Esta historia no es mía es una adaptación del libro de Lois Faye Dyer y claro esta los personajes son de Stephenie Meyer :) espero que les guste!
Soy nueva en esto así que se aceptan solo críticas constructivas! actualizaree cada que pueda porque estudio :D
Summary:Cuando el guapísimo Edward Cullen la invitó al baile del año, Isabella Swan se imaginó una velada mágica en la que se sentiría como Cenicienta. El reloj dio las doce y todavía estaba en los fuertes brazos del doctor, pero sabía que aquel donjuán no podría ser jamás el padre que necesitaba su hijita… y decidió dejarse de fantasías.
Por primera vez en su vida, Edward estaba oyendo campanas de boda. Sin embargo, necesitaría algo más que un zapato de cristal para demostrarle a Bella el amor que sentía por ella, además de vencer la oposición de su dominante y rica familia.
A las siete y cuarto del sábado por la tarde la transformación de Bella ya estaba casi completada. Victoria, Angela y Jessica se habían presentado en su casa a las cinco, cargadas de bolsas. Las habían dejado sobre su cama y habían tomado al asalto su cocina en busca de copas, una botella de vino, galletas saladas y queso. Lo colocaron todo sobre su cómoda y la mandaron a la ducha.
Se enjabonó con el gel aromático de gardenia que Victoria le había regalado y se lavó el pelo. Luego se secó y se aplicó una crema hidratante con la misma fragancia por todo el cuerpo.
Mientras lo hacía, oyó música y a Nessie prorrumpir en risitas, y cuando salió enfundada en su albornoz, la encontró cantando una canción disco de los años ochenta con Angela, al tiempo que giraban por el suelo de moqueta del dormitorio.
Su entusiasmo compensaba lo mucho que desentonaban, y Bella se echó a reír cuando acabó la canción.
—¡Hola, mamá! —exclamó Nessie con una sonrisa corriendo a abrazarse a su cintura. Los hoyuelos se le marcaban en las sonrosadas mejillas—. Estamos bailando.
—Ya lo veo —respondió ella—. Y lo hacéis muy bien; estoy impresionada.
—Sí, pero ahora tengo que arreglarle el pelo a tu mamá —le dijo Angela a la pequeña. Le tendió a Bella una copa de vino y le señaló una silla que había colocado a los pies de la cama—. Luego bailaremos otro rato, ¿te parece bien?
—Sí —asintió la niña al momento.
Se subió a la cama y se tumbó sobre el estómago para ver la sesión de peluquería en primera fila.
Angela empuñó el secador y el rizador, y una media hora después se apartó un poco para ver el resultado de su obra.
—Perfecto —dijo con satisfacción.
—¿Me arreglas el pelo a mí también, Angela? —le pidió Nessie incorporándose y agarrando con cada manita un puñado de sus rizos cobrizos.
—Pues claro, tesoro —respondió Angela con una sonrisa—. Jessica va a ayudar a tu madre a maquillarse en el baño, así que puedes ocupar su sitio.
Bella dejó a Nessie parloteando alegremente mientras Angela le hacía una trenza de raíz. Ya en el baño, Jessica volcó los contenidos de un neceser de maquillaje sobre la encimera del lavabo y colocó en fila varias cajitas de sombra de ojos, brochas para el colorete, barras de labios y un puñado de lápices para el contorno de los labios.
Mientras Nessie charlaba y se reía con Angela, se aplicó el maquillaje siguiendo los consejos de Jessica. Tras el último retoque de brillo sobre el intenso carmín que se había puesto en los labios, dio un paso atrás para mirarse en el espejo.
La sombra de ojos malva y el rímel hacían que sus ojos parecieran más chocolates, además de darles un aspecto misterioso. Un sutil colorete sonrosado teñía sus mejillas, y cuando echó la cabeza un poco hacia atrás le encantó la suave caricia de sus rizos castaños sobre las sienes y la nuca.
—Perfecta —dijo Jessica, de pie detrás de ella. Sus ojos se encontraron en el espejo—. Sencillamente perfecta, chica; estás fabulosa. Hora de vestirte.
Bella se giró en el umbral, mirando hacia la puerta, hizo una pose y carraspeó para llamar la atención de sus otras amigas.
—Ejem, ejem.
—¡Oooh…! —murmuró Nessie maravillada, con los ojos brillantes, antes de acercarse a ella—. Pareces una princesa, mamá.
—Gracias, cariño —dijo Bella acuclillándose para darle un abrazo—. Bueno y ahora tienes que irte —añadió, dándole otro abrazo—. Pórtate bien y hazle caso a Victoria, ¿de acuerdo? Y diviértete.
—Lo haré —le prometió Nessie, y fue a por su mochila—. Te lo contaré todo cuando vuelva a casa el domingo.
—Y yo estaré esperando impaciente —le aseguró Bella muy solemne, cruzando una mirada de madre a madre con Victoria.
Quince minutos después, Bella despedía a sus amigas por la ventana mientras se subían a sus coches abajo, en la calle. Nessie y Victoria se detuvieron un momento para decirle adiós con la mano y momentos después el sedán azul de Victoria desaparecía tras la esquina al final de la calle.
Después de las risas, la conversación y los consejos pícaros de sus amigas, el apartamento le parecía de repente demasiado silencioso con la música de la radio por única compañía. La tensión podía sentirse en el aire, como si el apartamento, igual que ella, estuviera esperando, expectante. Bella paseó la vista por el pequeño salón antes de entrar en el dormitorio a por el chal de satén a juego con el vestido.
Al girarse para salir vio su reflejo en el espejo que tenía la puerta por detrás y se detuvo. La mujer que la miraba parecía una extraña. El vestido, de color escarlata, se ajustaba a su cuerpo como si se lo hubiesen hecho a medida. Tenía un escote cuadrado que dejaba al descubierto la curva superior de sus senos, manguitas de casquillo y el talle ceñido a su fina cintura. La falda estaba hecha con metros de gasa y encaje y los zapatos, cuyas puntas asomaban por debajo, eran rojos, de tiras y tacón de aguja.
También llevaba unas cuantas joyas de las buenas: tres esclavas de oro con incrustaciones de pequeños diamantes y pendientes de botón a juego. En el cuello se había puesto su medallón con la foto de Nessie. Sabía que no pegaba mucho, pero nunca se lo quitaba.
Angela le había hecho un sencillo recogido que dejaba desnudo su cuello, pero por detrás caían algunos rizos en cascada, y el vestido de firma la hacía sentirse verdaderamente como una princesa esperando a su príncipe para que la llevara al baile. Aquella idea la hizo sonreír cuando se recordó la reputación de donjuán que tenía Edward.
En ese momento llamaron a la puerta y Bella se quedó paralizada y el estómago se le llenó de mariposas. Se puso una mano en el abdomen e inspiró profundamente para tratar de calmarse. Salió del dormitorio, cruzó el salón y al echar un vistazo por la mirilla, el corazón empezó a latirle como un loco. Inspiró de nuevo, expulsó lentamente el aire por la boca y abrió la puerta.
Allí, de pie en el descansillo, estaba Edward. Llevaba un esmoquin negro, una camisa blanca con botones de ónice, una pajarita negra y zapatos negros de charol. Con unos vaqueros y una chaqueta de cuero ya le había parecido guapo, pero al verlo vestido de etiqueta se le cortó el aliento.
Edward la miró de arriba abajo sin intentar siquiera disimular su atracción por ella.
—Hola —la saludó.
Su profunda y aterciopelada voz la hizo estremecer por dentro, y Bella sintió como si una oleada de calor inundase todo su cuerpo.
—Hola.
—¿Lista? —le preguntó él.
A Edward no le pasó desapercibida su reacción, y notó que se excitaba al verla sonrojarse y bajar la vista.
—Sí, sólo tengo que ir a por mi bolso.
Edward la siguió con la mirada mientras se alejaba y sus ojos se fijaron en la larga falda del vestido. Se balanceaba de un lado a otro con cada paso que daba, marcando la femenina curva de sus caderas y sus muslos, y por detrás el cuerpo del vestido iba abierto, dejando al descubierto la blanca piel de su espalda hasta la estrecha cintura.
Bella desapareció tras una puerta, liberándolo momentáneamente del hechizo que lo tenía prisionero. Paseó la vista por el pequeño salón del apartamento, tan pulcro como el viejo pero cuidado y bien mantenido edificio. El hogar de Bella tenía una calidez que le faltaba a su casa, decorada por encargo.
Había un mullido sofá azul y una mecedora de madera pintada de blanco, de cuyo brazo colgaba una manta de ganchillo de color azul y crema. En la pared, sobre el sofá, destacaba un póster enmarcado del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, y en el extremo más alejado del salón se alzaba una librería atestada de libros en rústica y tapa dura. Edward, aunque sentía curiosidad por saber qué clase de libros le gustaba leer, contuvo la tentación de acercarse para mirar los títulos escritos en los lomos.
En un mueble bajo con dos estantes había un televisor y un reproductor de DVD y en la pared opuesta, a través de la puerta abierta, se veía la cocina, con una mesa blanca, cubierta con un mantel azul, y cuatro sillas. Sobre la mesa había apilados varios cuadernos y lo que parecía un grueso libro de texto.
Justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral del pasillo, llevado por la curiosidad, Bella reapareció. Edward sintió una ráfaga de calor en el vientre, como cada vez que se acercaba a él en el restaurante.
—¿Lo tienes todo? —inquirió.
—Sí.
Salieron, y Bella se volvió para cerrar la puerta con llave antes de que tomaran el ascensor.
Fuera hacía una noche típicamente primaveral: agradable, pero algo fresca. Bella se puso el chal sobre los hombros, y echó uno de los extremos hacia atrás para que le tapase un poco la espalda.
—¿Tienes frío? —le preguntó Edward mientras le abría la puerta de su Jaguar negro, aparcado junto a la acera.
—Sólo un poco —murmuró ella antes de sentarse.
—En un segundo te pongo la calefacción —dijo Edward.
Se agachó y metió dentro del coche un pliegue de su falda que había quedado colgando fuera, para no pillarlo con la puerta, y cerró.
Un momento después se sentaba al volante, junto a ella.
Bella se abrochó el cinturón, acarició con las yemas de los dedos el suave asiento de cuero, y sus ojos recorrieron el lujoso interior del vehículo.
—Es un coche muy bonito —comentó, inspirando el olor del cuero y de la colonia de Edward.
—Gracias. A mí también me gusta —le respondió él con una sonrisa y un guiño. Tocó unos cuantos botones y mandos del salpicadero, y de inmediato Bella notó una suave ráfaga de aire caliente en los pies y que el asiento se calentaba—. ¿Qué tal?
—Mucho mejor —contestó ella con una sonrisa, sintiéndose mimada con sus atenciones.
—Estupendo. Si quieres que suba un poco más la calefacción no tienes más que decírmelo.
Edward miró por el retrovisor antes de salir y se pusieron en marcha.
—¿Dónde se celebra la fiesta? —le preguntó Bella cuando dejaron atrás su calle para dirigirse al centro de la ciudad.
—Según parece en el mismo sitio que el año pasado —respondió Edward, y le dio el nombre de cierto hotel muy lujoso.
Aunque era relativamente nuevo, parecía de finales del diecinueve por su diseño arquitectónico, y en muy poco tiempo se había puesto de moda entre la gente rica, convirtiéndose en uno de los hoteles más célebres de Boston por sus salones, donde se llevaban a cabo todo tipo de eventos y fiestas de postín.
—Nunca he estado allí —dijo Bella, intrigada—, pero leí un artículo que publicó el Boston Herald cuando lo inauguraron. Por lo que decía parece que es impresionante por dentro y por fuera.
—Sí. Se dice que el dueño es un conde austríaco medio loco que es pariente lejano de Drácula.
—¿Qué? —Bella lo miró y vio que los ojos verdes de Edward brillaban divertidos—. Estás de broma.
—No —le aseguró él levantando una mano con la palma abierta—. Te juro que es lo que me contaron.
—¿Y tú lo creíste? —inquirió ella riéndose.
—Ni por un momento.
—Bien —respondió ella al instante—. Me alegra saber que eres un hombre sensato.
—Oh, lo soy, lo soy. Claro que si hubieras dicho que soy un buen chico… de eso ya no estoy tan seguro.
Ella le lanzó una mirada reprobadora y en los labios de Edward se dibujó una sonrisa socarrona que hizo que su corazón palpitara con fuerza.
—Umm… Mejor no te pregunto a qué te refieres con eso —dijo. Y cambiando abruptamente de tema, señaló delante de ellos—. ¿No es ése el hotel?
Edward enarcó una ceja y la miró un instante antes de asentir. Cambió de marcha y giró hacia la entrada.
Un aparcacoches se hizo cargo del Jaguar y entraron en el edificio. El vestíbulo era una fascinante mezcla de tradición y modernidad con unas vanguardistas lámparas de colores de vidrio soplado. El suelo era de moqueta, con dibujos en negro y dorado, y entre la mesa de recepción y el amplio pasillo a la derecha había varios asientos redondos tapizados también en dorado.
Bella se deslió el chal y dejó que se deslizara por sus brazos y quedara colgando a la altura de los codos. Edward le ofreció su brazo y ella pasó su mano por el hueco, aunque tenía la sensación de estar jugando con fuego. Era muy consciente de su reputación, ya que en más de una ocasión había oído en el restaurante conversaciones sobre él entre empleadas del Instituto Vulturi. Tenía por seguro que los planes de Edward eran acabar la noche llevándola a la cama, lo cual sólo dejaba una pregunta en el aire: ¿era lo que ella quería?
No podía negar que se sentía atraída por Edward. Después de charlar con él casi a diario durante los últimos seis meses, la atracción ya no era sólo puramente física, pero no estaba segura de querer que esa noche fuera algo más que una ocasión para divertirse cenando y bailando. Y como no lo tenía claro, se dijo, lo mejor sería que dejase de preocuparse y disfrutase de la fiesta.
Edward la condujo por el amplio pasillo, a uno de cuyos lados se sucedían varias boutiques de lujo. Algunas exponían joyas y ropa de firma, mientras que otras parecían la cueva llena de riquezas de Aladino y la lámpara maravillosa, con coloridos objetos de vidrio y todo tipo de regalos. En el otro lado había una larga fila de ascensores.
—¿Suben? —les preguntó un hombre mientras evitaba que se cerrara la puerta de uno de ellos, en el que aún quedaba sitio.
—Sí, gracias —respondió Edward, dejando que Bella pasara delante de él.
Como a continuación de ellos subieron otras dos parejas, tuvieron que moverse hasta el fondo, y Bella se encontró justo delante de Edward. Cuando el ascensor se detuvo en el piso siguiente entraron más personas, y la gente volvió a moverse para hacer sitio.
Bella dio un paso atrás para evitar que se chocara contra ella un hombre bastante corpulento, y Edward le pasó un brazo por la cintura atrayéndola hacia sí. Su espalda desnuda quedó apretada contra el pecho de él, y Bella notaba su brazo como una barra candente sobre el estómago.
Se sentía envuelta en él. Cada vez que inspiraba, sus pulmones se llenaban del aroma de su colonia, y su espalda desnuda rozaba la tela de su chaqueta Cerró los ojos, presa de aquellas sensaciones, cada vez más consciente de su proximidad. Quería apoyarse en el vigoroso cuerpo y hacer que la rodeara con ambos brazos, pero en vez de eso se obligó a abrir los ojos, y al hacerlo se le cortó el aliento al ver en el espejo del ascensor el reflejo del rostro de Edward, con la mirada enturbiada por el deseo. Una oleada de calor la invadió.
Se quedó muy quieta, notando como la mano de Edward la asía con más fuerza y como se tensaban sus músculos. La tensión entre ambos fue in crescendo, igual que una goma elástica estirada hasta el límite, y Bella casi gimió de frustración cuando el ascensor se detuvo y rompió la magia del momento con un «ding» antes de que las puertas se abrieran.
—Es nuestra planta —murmuró Edward en su oído con voz ronca.
Bella no contestó, temiendo que las cuerdas vocales no le respondiesen, y salieron sin decir nada, entre las risas y las conversaciones de la gente. La mano de Edward descansaba en la parte baja de su espalda, un peso cálido que pareció vincularla a él con la misma fuerza que una cadena invisible.
Nunca había sido tan consciente de las diferencias físicas entre hombre y mujer, ni se había sentido tan tentada de explorar la inexorable atracción que sentía hacia él.
El arco por el que se accedía al salón donde se celebraba la fiesta formaba un cuello de botella, y se produjo un atasco que hizo que la gente aminorara el paso.
—La cena debería estar bien —le dijo Edward sacando la invitación del bolsillo interior de su chaqueta—. Conozco al chef.
Cuando llegaron a la cabeza de la cola, un miembro del personal apostado junto a la puerta, sonrió al ver a Edward, como si se conocieran.
—Buenas noches, doctor Cullen —lo saludó—. Buenas noches, señorita —saludó a Bella con un asentimiento de cabeza.
—Hola, Seth —contestó Edward—. Dile a tu jefe que me alegra que sea él quien esté al mando en los fogones. Estaba pensando seriamente en saltarme la cena hasta que me enteré de que él era el chef.
—Se lo diré —respondió el hombre con una sonrisa aún mayor. Tomó la invitación que le tendió Edward, y consultó una tabla de la distribución de mesas—. Su acompañante y usted están en una de las mesas principales con el senador y su esposa —chasqueó los dedos y al instante apareció un camarero—. Paul, lleva al doctor y a su invitada a la mesa número cuatro.
El joven los miró, e hizo un respetuoso asentimiento de cabeza.
—Sí, señor. Síganme, por favor.
Bella hizo un esfuerzo por no parecer demasiado impresionado mientras atravesaban el inmenso y hermoso salón de estilo art decó. En cada una de las mesas redondas, de ocho comensales, que estaban cubiertas con un mantel de lino blanco y adornadas con un centro floral, relucían los cubiertos de plata, las copas de cristal y los platos de porcelana con el borde dorado.
Del techo colgaban resplandecientes lámparas de araña con piezas de cristal.
Cuando llegaron a su mesa, justo a la izquierda del podio del orador, un hombre alto de pelo blanco se puso de pie.
—¡Edward! —exclamó con una sonrisa que acentuó las arrugas junto a sus sagaces ojos azules—. Le dije a Heidi Vulturi que se asegurara de que estuviéramos en tu mesa. Me alegra que lo tuviera en cuenta.
—Hola, John —Edward estrechó la mano que le tendía el hombre antes de pasar un brazo por los hombros de Bella—. Bella, éstos son el senador McCarty y su esposa, Susan. Su hijo Emmet fue mi mejor amigo desde la guardería hasta la universidad. John, Susan, os presento a Bella Swan.
—Buenas noches —Bella extendió su mano y recibió un apretón firme y cálido del senador.
—Encantado de conocerte, Bella —dijo con una mirada amable y una sonrisa acogedora.
Su esposa, sentada a su izquierda, la saludó con un asentimiento de cabeza y sonrió.
—Un placer, querida.
Cuando se sentaron, la mujer, cuyos cabellos también eran ya plateados, se inclinó hacia delante y le dijo:
—Tú y yo tenemos que hacer un pacto para evitar que John y Edward se pasen toda la cena hablando de política y de la financiación de la investigación médica. Cuando empiezan pueden pasarse horas discutiendo.
—Vaya, pues tendremos que estar al quite para que no derive por esos caminos la conversación —respondió Bella—. Puede contar conmigo.
Susan asintió satisfecha.
—Excelente.
—Susie, no sé qué tiene de malo discutir un poco —protestó su marido—. Y más cuando esta fiesta se hace para recaudar fondos para la clínica, una de tus causas favoritas.
—Pues claro que estoy a favor de que se recaude dinero para la investigación médica —repuso Susan con mucha serenidad—. Lo que no quiero es que os paséis toda la cena hablando de lo mismo. Sobre todo cuando seguro que habrá un montón de cosas más interesantes de las que hablar. Como por ejemplo —continuó ladeando la cabeza y bajando la voz—, esa estrella de cine recién divorciada que acaba de entrar del brazo de un constructor millonario. ¡John, no mires! —increpó a su marido, agarrándolo de la manga cuando iba a volverse.
—Diablos, Susie —gruñó el senador—. ¿Qué esperabas que hiciera después de soltar una bomba así?
—No deja de admirarme tu profundo conocimiento de toda esa gente del «famoseo» y de lo al día que estás de los rumores que suscitan —la picó Edward, apoyando un brazo en el respaldo de la silla de Bella.
Sus dedos acariciaron su brazo desnudo distraídamente, haciendo que el vello se le erizara a su paso.
—Bueno, con algo tiene que entretenerse la esposa de un senador cuando su marido está ocupado con asuntos de Estado —respondió Susan—. Además, no tiene tanto mérito; es sólo que tengo acceso a una red de chismosos muy bien informados —añadió guiñándole un ojo a Bella.
Bella se rió. Eran una pareja encantadora. Antes de que pudiera responder llegaron las otras dos parejas a las que habían asignado aquella mesa, y se produjo un revuelo de presentaciones y conversaciones cruzadas.
Bella se sentía como si hubiese retrocedido en el tiempo y estuviese en el club de campo en su ciudad natal. Los McCarty le recordaban a un matrimonio que había sido amigo de sus abuelos de toda la vida. Y era evidente que adoraban a Edward, lo que respaldó su convicción de que, a pesar de quienes lo tildaban de donjuán, era un buen tipo.
Una de las otras dos parejas tenía una hija de cuatro años, y Bella tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no mencionar a Nessie. El marido era un productor de televisión y la mujer presentadora del telediario de una cadena local de Boston. Bella solía verla en la emisión de la noche, y le sorprendió gratamente descubrir que era tan agradable en persona como parecía en televisión.
Cuando la cena, que fue verdaderamente deliciosa, hubo terminado, abrieron las puertas del salón de baile contiguo, y la música de la orquesta, situada en una tarima al fondo adornada con grandes macetones de palmeras, flotó hasta ellos.
Pasaron allí, pero Bella se excusó para ir al lavabo, y Edward se quedó esperándola con un hombro apoyado en la pared y las manos en los bolsillos.
—¡Eh, Edward! —exclamó una voz a sus espaldas, dándole una palmada en el hombro.
Edward se irguió, y al girarse se encontró con Felix Vulturi y sus hermanos, Alec y Jane.
—Buenas noches a todos —los saludó Edward.
Los tres eran la viva imagen de la élite a la que representaban: los gemelos impecablemente vestidos con el esmoquin de rigor, y la rubia y delicada Jane con un vestido de firma en tonos ostra y bronce.
—Una gran fiesta —los felicitó Edward.
—Gracias —dijo Jane con una sonrisa de satisfacción, paseando la vista por el salón de baile—. Parece que todo el mundo lo está pasando bien.
—Eso parece —asintió Edward. Detuvo a un camarero que pasaba con una bandeja de copas de champán, y tomó una para cada uno de ellos—. Creo que esto se merece un brindis. Estoy seguro de que el contenido de las arcas de la clínica aumentará considerablemente después de esta noche.
Levantó su copa y todos tomaron un sorbo.
—¿Está aquí toda la familia? —inquirió luego, buscando con la vista a su otra hermana y al marido de ésta—. No he visto a Bree y a Riley.
—Oh, sí que han venido —respondió Jane—. Hace un momento hemos estado charlando con ellos.
—Sí —asintió Félix—, estaban hablándonos de los trámites de la adopción.
—¿Adopción? —repitió Edward sorprendido—. No sabía que estuvieran pensando adoptar un niño.
—Niños, en plural —lo corrigió Alec—. Son dos hermanos, y el pequeño es autista.
—¿Ah, sí? —Edward no sabía muy bien qué decir. Adoptar a un niño autista era un acto muy noble, sin duda, pero también era un gran desafío y, por si eso fuera poco, Riley, que era senador, estaba pensando en presentarse a las elecciones presidenciales—. Vaya, eso es… una gran responsabilidad.
—Lo mismo pienso yo —dijo Jane sin poder disimular su preocupación—. No puedo evitar preguntarme si estarán preparados para lo que supone criar a un niño con necesidades especiales.
—Bree está decidida y no se echará atrás —comentó Felix encogiéndose de hombros—. Sólo el tiempo lo dirá, pero yo creo que lo harán bien.
—Disculpen —los interrumpió una mujer. Llevaba una carpeta en la mano, y un discreto pin en el vestido que la identificaba como parte del personal—. El senador McCarty me ha dicho que un amigo suyo querría conocer a todos los miembros de la familia Vulturi —luego, bajando la voz, añadió—: Me ha pedido que les diga que es un donante potencial de los proyectos de investigación de la clínica.
Alec entrelazó su brazo con el de Jane y le dio una palmada a Felix en el hombro.
—Bueno, pues será mejor que vayamos a saludar.
—El deber nos llama, Edward; nos vemos luego —se despidió Felix.
—Diviértete —le dijo Jane por encima del hombro mientras se alejaban tras la mujer de la carpeta.
Edward alzó su copa medio vacía a modo de despedida.
—¿Quiénes son? —inquirió Bella, que reapareció justo a tiempo para ver a los Vulturi abriéndose paso entre la multitud.
—Mis jefes… y compañeros de trabajo —contestó él, antes de dejar su copa en la bandeja de otro camarero que pasaba—. Han tenido que irse porque van a presentarles a una persona que puede que se decida a donar dinero para los proyectos de investigación de la clínica. Para ellos esta fiesta es trabajo y placer a partes iguales. Quería presentártelos, pero supongo que eso tendrá que esperar —le tendió su mano—. ¿Bailas conmigo?
Bella sonrió con timidez.
—Me encantaría.
Edward la llevó a la pista de baile y giraron y giraron entre las otras parejas al ritmo de los acordes de un vals.
—Me siento como Cenicienta —murmuró Bella.
Edward la atrajo más hacia sí, y su pierna rozó las de ella cuando hicieron un giro.
—¿Y eso me convierte a mí en el príncipe? —inquirió.
Bella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—No estoy segura —dijo—. El jurado aún está deliberando.
—Diantre —respondió él con una sonrisa amarga—. Y eso que en lo que va de noche me he portado bien —añadió con los ojos brillantes, haciéndola reír.
—Después de oíros al senador y a ti contar historias sobre las bromas pesadas que solíais gastar su hijo y tú, no estoy muy segura de cuál es tu idea de «portarse bien» —lo picó ella.
—Pero de eso hace mucho tiempo —protestó él—. Y Emmet y yo cubrimos nuestro cupo de gansadas entre el instituto y la universidad.
—¿Y desde entonces nada? —inquirió ella con una sonrisa, como si no estuviera muy convencida.
—No —le aseguró Edward—. Lo pasamos muy bien, pero mis días de bromista han terminado. Me gustaría tener más tiempo para ver con más frecuencia a Emmet y su familia —añadió—, pero en los últimos años mi compañero Jasper y yo hemos estado muy ocupados con nuestras investigaciones.
—Trabajas demasiado —le dijo ella con una mirada preocupada—. Últimamente cuando vienes al restaurante pareces exhausto.
—Bueno, es que llevo unas cuantas semanas en las que he dormido más bien poco —admitió.
—¿Qué trabajo haces exactamente en la clínica? —inquirió ella, curiosa por saber más sobre él.
—Trato a mujeres con problemas de fertilidad —le explicó él—. Parte de la jornada la dedico a recibir a las pacientes y a llevar a cabo las inseminaciones y otros procedimientos, y el resto del tiempo lo paso en el laboratorio con Jasper. Estamos investigando nuevos métodos para incrementar el porcentaje de éxitos en los embriones que implantamos… entre otros proyectos.
—Eso es maravilloso —murmuró Bella. Debía ser durísimo querer tener hijos y no poder concebirlos. No podía imaginar su vida sin Nessie—. Creo que no hay nada mejor que poder ayudar a la gente.
—Lo mismo pienso yo. Así es como siempre lo he sentido —asintió él—. Es agradable que alguien te comprenda aunque sólo te conozca desde hace unos meses. Mis padres, en cambio, aunque empecé vendando a los perros de nuestro barrio cuando sólo tenía ocho años, siguen sin comprender por qué me hice médico.
—¿En serio? —dijo ella sorprendida—. A la mayoría de los padres les encantaría tener un médico en la familia.
—Querían que me dedicara al negocio familiar; mi padre sobre todo. Es el presidente de la compañía y quiere que ocupe su lugar cuando él se jubile —respondió Edward encogiéndose de hombros—. Si hubieran tenido más hijos, tal vez no les habría resultado tan difícil aceptar mi decisión, pero por desgracia soy hijo único.
A Bella le pareció entrever un matiz de tristeza en sus palabras.
—Imagino que para ti también debió ser difícil tomar esa decisión sabiendo que ibas a decepcionarlos —murmuró.
—Sí, lo fue. Bueno, aún lo es… algunas veces.
—Pero disfrutas tanto con tu trabajo que te merece la pena —adivinó ella.
—Sí —Edward le sonrió con una mirada cálida en sus ojos verdes—. ¿Y qué me dices de ti? ¿Te gusta trabajar en el restaurante?
—Sí —asintió ella—. Me gustan los clientes, las otras camareras… incluso mi jefe. Pienso seguir trabajando allí hasta que consiga mi licenciatura.
—¿Qué estás estudiando?
—Magisterio; quiero ser profesora.
—Bien por ti —dijo él con una sonrisa de aprobación y respeto—. ¿Qué asignaturas tienes?
—Lengua y Literatura, que me encanta —le explicó ella—. Psicología… Artes Plásticas —añadió haciendo una mueca.
—¿No te gusta el arte?
—Oh, sí, me encanta —le aseguró Bella—. Me encanta ir a museos y ver las esculturas, y los cuadros… Sobre todo me gusta la pintura impresionista, pero por desgracia no tengo el menor talento artístico, y tengo que aprobar esa asignatura para poder licenciarme.
—¿Cuántas horas a la semana trabajas en la cafetería? —inquirió él frunciendo el ceño—. ¿No tienes jornada completa? ¿Cómo te las apañas para estudiar?
Bella esbozó una sonrisa maliciosa.
—No salgo con nadie. Es increíble cuánto tiempo te queda libre cuando borras a los hombres de tu vida.
Edward la estrechó contra sí.
—Pues eso tiene que cambiar —gruñó.
Bella se rió. Sus senos estaban apretados contra el musculoso torso de él, y los fuertes muslos de Edward se rozaban con los de ella cada vez que se movían. Una ráfaga de calor y excitación la hizo estremecer, y echó la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Pero es que tengo que conseguir mi diploma si quiero ser profesora… y quiero serlo.
Los ojos de Edward la escrutaron en silencio antes de que asintiera.
—Te imagino de profesora… de niños pequeños, ¿si no me equivoco? ¿O estás pensando en dar clases en un instituto?
Ella negó con la cabeza.
—Estoy más interesada en la enseñanza de primaria.
—Otra cosa que tenemos en común —comentó él—: nuestra vocación de ayudar a la gente: tú con la enseñanza y yo con la medicina.
Bella se quedó mirándolo sorprendida. No lo había pensado. Parecía que tenían más en común de lo que pensaba, y con cada cosa nueva que descubría acerca de Edward, más profundos se volvían sus sentimientos hacia él.
Se quedaron callados y siguieron bailando, hechizados por el roce de sus cuerpos mientras se movían al compás de la música.
Cuando la orquesta se tomó un descanso, Chase miró a Bella y le preguntó:
—¿Tienes sed?
Ella asintió, y Edward la soltó para luego tomarla de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella para conducirla fuera de la pista.
Otros invitados paseaban por los márgenes del salón de baile, tomaban una copa sentados en pequeñas mesas, o se agrupaban para charlar y observar el colorido remolino que formaban las parejas que bailaban.
La fuente de champán estaba en una mesa cubierta con un mantel de lino blanco. Edward llenó una copa para Bella y otra para él.
—Hola, Edward. Seth me ha dicho que estabas aquí.
Bella se giró y se quedó sorprendida al ver al hombre al que pertenecía aquella voz: un tipo alto y moreno ataviado con uniforme de cocinero cuyo atractivo rivalizaba con el de Edward. Parecía una estrella de cine.
—¡Jacob! —exclamó Edward con una sonrisa de oreja a oreja.
Los dos hombres se estrecharon la mano, y Edward le pasó a Bella una mano por la cintura para hacer que se acercase.
—Bella, te presento a Jacob Black, el mejor chef de Boston.
—Encantado de conocerte, Bella —la saludó Jacob, mirándola largamente de arriba abajo, como si le gustara lo que veía.
Bella notó que Edward se ponía tenso, y aunque por un momento se preguntó si sería una reacción por celos, se dijo que debían ser sólo imaginaciones suyas. Sonrió y le tendió la mano a su amigo.
—Un placer, Jacob. Me alegra tener la oportunidad de decirte lo maravillosa que ha sido la cena. Creo que nunca había probado unos platos tan buenos.
—Gracias —respondió él. Cuando le tomó la mano para estrechársela la sostuvo más de lo estrictamente necesario antes de soltarla. Enarcó una ceja en dirección a Edward—. Es preciosa y le gusta cómo cocino. ¿Dónde la tenías escondida?
—¿No tienes cosas que hacer? —le dijo Edward frunciendo el ceño.
Jacob se rió.
—Me temo que sí. El deber y la cocina me llaman —le dijo a Bella guiñándole un rojo—, pero espero que podamos hablar luego para que me cuentes qué le has hecho a mi amigo para que se vuelva tan posesivo.
—Sólo estoy protegiéndola de los lobos como tú —le espetó Edward.
—Y haces bien —bromeó Jacob—. Bueno, que disfrutéis de la velada.
A Bella no se le escapó la enigmática mirada que le lanzó a Edward antes de alejarse entre la multitud.
—¿Dónde lo conociste? —le preguntó curiosa a Edward.
—Su hermana era una de mis pacientes —le explicó él—. Celebró una fiesta cuando nació su bebé, y después de que todo el mundo se hubiera ido a casa, él y yo vaciamos una botella de whisky juntos brindando por su nueva sobrina. Hemos sido amigos desde entonces.
Bella tomó un sorbo de champán, paseó la mirada por el salón, y sus ojos se posaron en una pareja. Era Jasper, el compañero de trabajo de Edward, que iba acompañado de una joven ataviada con un vestido azul zafiro entallado. Parecía que sólo tenían ojos el uno para el otro hasta que de pronto Jasper alzó la vista, sonrió al verlos y agitó la mano.
—¡Ah, ahí está Jasper! —comentó Edward, levantando su copa para contestar a su saludo.
—¿Quién es la mujer que está con él? —inquirió Bella.
—Su esposa, Alice Brandon —contestó él—. No sabes lo agradecido que estoy de que dijera que sí cuando él le propuso matrimonio. Hasta que no se decidió a pedírselo y ella aceptó, Jasper estuvo insoportable.
—Se les ve muy enamorados —dijo Bella, viendo cómo Jasper le acariciaba el cabello a su esposa y le sonreía.
—Ya lo creo que lo están —Edward apuró su copa de champán, la dejó sobre la mesa y tomó a Bella de la mano—. Anda, vamos a bailar —le quitó la copa de la mano y la depositó junto a la suya. Cuando ya estaban otra vez girando por el gran salón, añadió—: Por cierto, me alegra saber que no me equivocaba.
—¿Sobre qué? —inquirió ella frunciendo ligeramente el ceño.
—La comida —contestó él con una sonrisa. La condujo fuera, al amplio balcón, donde bailaban otros invitados bajo las estrellas—. A menos que no hayas sido sincera con Jacob; dijiste que te encantó la cena.
Ella sonrió también.
—Ya lo creo. La langosta estaba deliciosa y el mousse de chocolate era sensacional.
—Te lo dije: sólo por la comida merecía la pena pagar lo que costaba la cena —respondió él con satisfacción—. Jacob no sirve ridículas porciones de nouvelle cuisine como otros chefs, ésos que te dejan con tanta hambre que tienes que pararte a tomar una hamburguesa camino de casa.
Bella alzó la vista hacia él con una sonrisa en los labios.
—Parece que tienes mucha experiencia en esta clase de eventos. ¿Te ha tocado pasar hambre en cenas en las que apenas te ponían té y unos sándwiches de pepino?
Edward se rió.
—No exactamente, aunque mi abuela me obligaba a comer esos sándwiches de niño cuando iba a su casa —le explicó—. Pero sí, he tenido que asistir a un montón de cenas en las que te servían un trozo de carne minúscula adornada con tres o cuatro trozos de apio y unas rodajas de rábano —dijo estremeciéndose—. Me da hambre sólo de pensarlo.
—Imagino que hace falta más que eso para alimentar a alguien de tu tamaño —bromeó Bella.
—Supongo que sí —asintió él—. Mucho más. Tengo un apetito enorme —le confesó con un guiño.
Bella escrutó su rostro pensando qué responder a lo que era una insinuación evidente. Él se inclinó y le susurró al oído:
—¿No estás preguntándote qué otra clase de apetitos tengo? —la picó, como si aquello lo divirtiera.
Ella echó la cabeza hacia atrás, y los labios de Edward rozaron su mejilla. Apenas unos milímetros los separaban de los suyos.
—Estaba intentando decidir si preguntar o no —le dijo Bella en un tono quedo—, pero creo que debería sopesarlo un poco más antes de hacer preguntas que puedan tener respuestas peligrosas.
—Pues yo estaría encantado de responder cualquier pregunta que quieras hacerme —le aseguró él—. Peligrosas o no —añadió con una mirada ardiente.
—Nunca me ha gustado jugar con fuego —murmuró Bella—. Siempre he preferido lo sensato y lo seguro.
—Conmigo no tienes nada que temer, Bella —le aseguró él y la besó en la sien—. Nunca haría daño a una mujer, y menos a ti.
—Te creo. Pero eres un hombre muy atractivo, Edward, y a tu lado una mujer corre el peligro de acabar con el corazón roto.
—¿Tú crees? —inquirió él con voz ronca.
—Sí —Bella asintió con la cabeza y su cabello rozó la mandíbula de Edward y su garganta—. Y yo no quiero acabar así.
—No te lo romperé. Ven a mi casa, Bella —los dedos de Edward se deslizaron por su mejilla, remetieron un suave mechón tras su oreja y descendieron de nuevo por su rostro para acariciarle el labio inferior—. Te he deseado desde el primer momento en que te vi.
—No soy una chica fácil, Edward.
Dejaron de bailar al llegar al final de la terraza, donde no había nadie más, pero permanecieron el uno en brazos del otro. Más allá de la barandilla de piedra brillaban las luces de la ciudad, mientras que abajo, en las calles, se oían distantes los ruidos del tráfico. A través de las puertas de la terraza, abiertas de par en par, salía una luz dorada que iluminaba la oscuridad de la noche y resaltaba los rasgos de Edward mientras Bella escrutaba su rostro en silencio.
—De hecho, no he tenido relaciones desde que me divorcié, y de eso hace ya más de cinco años —le confesó.
Los ojos de Edward se oscurecieron, y sus labios se arquearon en una sensual sonrisa.
—Pues eso sí que es una pena; una mujer tan hermosa como tú se merece que le hagan el amor a menudo, y que se lo hagan como es debido —se inclinó y rozó su boca contra la de ella para luego, muy despacio, trazar la curva del labio inferior de Bella con la lengua—. Ven a casa conmigo. Por favor.
La atrajo hacia sí, y Bella, que quedó apoyada en su pecho con sus muslos alineados con los de él, se estremeció al sentir sus duros músculos contra sus senos.
—No quiero añadir complicaciones a mi vida —murmuró. Cerró los ojos, esforzándose por recordarse por qué debía resistirse a él, tratando de ignorar el calor de su aliento sobre su cuello—. Ni a la tuya.
—No tiene por qué ser una complicación —replicó él susurrando las palabras junto a su cuello, justo debajo de la oreja—. Puede ser lo que nosotros queramos que sea.
Un delicioso escalofrío recorrió la espalda de Bella, y supo que sería inútil resistirse.
—Sólo por esta noche —murmuró. Se obligó a abrir los ojos y se echó hacia atrás para hacerle levantar la cabeza y mirarlo a la cara. Los ojos de Edward ardían de deseo—. Nada de complicaciones… y después de esta noche volveríamos a ser camarera y cliente. ¿De acuerdo?
Por la expresión de su rostro supo que Edward quería objetar.
—Por favor… —le pidió, desesperada por retener aunque fuera una brizna de control sobre la situación—. No puedo prometer nada más allá de esta noche.
Los dedos de Edward le apretaron la cintura, y asintió.
—Está bien. Si esta noche es todo lo que puedes darme… —la besó en la mejilla—, me conformaré.
Sus labios tomaron los de ella en un beso abrasador, que la hizo sentirse aturdida y presa del deseo segundos después, cuando Edward levantó la cabeza.
Edward la tomó de la mano y la condujo a la salida. Tras esperar lo que le pareció a Bella una eternidad, por fin llegó uno de los aparcacoches con el Jaguar de Edward, y se alejaron de allí.
La tensión sexual podía sentirse en el interior del vehículo como si fuese algo vivo, y Bella apenas era consciente de las calles por las que pasaban. Sus sentidos sólo estaban pendientes del hombre sentado al volante.
Minutos más tarde, Edward aminoraba la velocidad, y Bella vislumbro una casa de ladrillo antes de que Edward accionara un botón en el salpicadero y se abriera automáticamente la puerta de un garaje en el cual entraron.
Cuando Edward apagó el motor, el silencio los envolvió, y se quedaron mirándose a los ojos.
—Si te toco ahora no saldremos del garaje —murmuró.
Ella, que se notaba la garganta repentinamente seca, tragó saliva.
—De acuerdo —musitó torpemente, sin saber qué estaba diciendo.
Edward sonrió, y la tensión disminuyó un poco cuando añadió divertido:
—A menos que una de tus fantasías sea hacerlo en el asiento trasero de un Jaguar.
Bella parpadeó, distraída por la tentadora curva de su labio inferior.
—Em… no.
—Lástima —dijo él con voz ronca—. Habría sido interesante. Pero yo tampoco quiero que nuestra primera vez sea en un coche. Vamos, entremos en la casa.
