Esta historia no es mía es una adaptación del libro de Lois Faye Dyer y claro esta los personajes son de Stephenie Meyer :) espero que les guste!

Soy nueva en esto así que se aceptan solo críticas constructivas! actualizaree cada que pueda porque estudio :D

Summary:Cuando el guapísimo Edward Cullen la invitó al baile del año, Isabella Swan se imaginó una velada mágica en la que se sentiría como Cenicienta. El reloj dio las doce y todavía estaba en los fuertes brazos del doctor, pero sabía que aquel donjuán no podría ser jamás el padre que necesitaba su hijita… y decidió dejarse de fantasías.

Por primera vez en su vida, Edward estaba oyendo campanas de boda. Sin embargo, necesitaría algo más que un zapato de cristal para demostrarle a Bella el amor que sentía por ella, además de vencer la oposición de su dominante y rica familia.


Edward tomó a Bella de la mano, la condujo escaleras arriba y luego por el pasillo hacia su dormitorio.

En el piso de abajo se oyó un repiqueteo, como de uñas, sobre el suelo de tarima, seguido de un fuerte ladrido.

—Es Butch, mi perro —la tranquilizó Edward.

Ella contuvo la respiración al ver el tamaño del rottweiler que subió las escaleras y corrió por el pasillo hacia ellos. Se detuvo a apenas medio metro, se sentó y se quedó mirando a Edward con lo que parecía una sonrisa de oreja a oreja y jadeando.

—Parece que se alegra de que hayas vuelto a casa —dijo Bella poniéndose inconscientemente detrás de Edward.

—Sí, creo que tienes razón —Edward tiró de su mano y la llevó dentro del dormitorio—. Voy a ponerle agua y comida en la cocina; enseguida vuelvo.

Se alejó por el pasillo con el enorme perro trotando a su lado y meneando la cola, y Bella, con las piernas algo temblorosas por los nervios de estar allí, se sentó en el borde de la cama e inspiró profundamente. Apenas había recobrado la compostura cuando regresó Edward.

Entró en la habitación, la tomó de las manos para hacerla levantarse y la atrajo hacia sí. Bella dejó caer el chal, que formó un charco de seda roja a sus pies, y también su bolsito.

Edward tomó su rostro entre ambas manos y la miró a los ojos.

—No sabes cuántas veces te he imaginado aquí… en mi dormitorio; en mi cama.

Depositó suaves besos en su mandíbula, en sus mejillas, en sus sienes. Bella dejó que sus párpados se cerraran, viéndose de pronto envuelta por la bruma del deseo que se había disipado hacía unos instantes por la interrupción de Butch.

Deslizó sus dedos por entre los mechones de cobrizo cabello de la nuca de Edward, y le hizo bajar la cabeza hasta que sus labios se encontraron con los de ella.

La temperatura subió rápidamente a medida que el beso se volvía más apasionado. Sin despegar su boca de la de ella, Edward le bajó la cremallera del vestido y sus dedos acariciaron la piel desnuda de su espalda.

Bella bajó los brazos del cuello de Edward, dejando que el vestido cayera, arremolinándose a sus pies. Se sintió algo vergonzosa cuando él dio un paso atrás y recorrió su cuerpo con una mirada abrasadora, pues la única ropa que le quedaba encima eran unas braguitas rojas de encaje, unas medias transparentes hasta el muslo y los zapatos rojos de tacón de aguja.

—Dios, eres preciosa… —murmuró, acercándose para arrancarle un beso rápido y apasionado antes de retroceder de nuevo.

Sin apartar los ojos de ella, se aflojó la pajarita y la dejó caer al suelo, se quitó la chaqueta del esmoquin y la arrojó detrás de él.

Luego asió a Bella por la cintura y la atrajo hacia sí.

—Desabróchame la camisa —le dijo con voz ronca por el deseo.

Mientras, sus pulgares se movían en círculos sobre su cintura, como si la impaciencia hiciese que le fuera imposible dejar de acariciarla.

A Bella sólo le llevó unos segundos. Luego le quitó los gemelos, que Edward tomó de su mano para dejarlos sobre la mesilla.

Luego Edward no esperó más para deshacerse de la camisa y atraerla hacia sí, enredando las manos en su cabello para alzar el rostro de ella y tomar una vez más sus labios con un beso a la vez suave y absorbente.

El roce de sus sensibles senos contra el torso desnudo de Edward estaba excitando a Bella igual que el tacto algo áspero de la tela de sus pantalones. Murmuró algo incoherente, y Edward la tumbó en la cama antes de quitarse los calcetines y bajarse los pantalones y los boxers.

Abrió un cajón de la mesilla de noche, y sacó un preservativo que apenas tardó unos segundos en colocarse.

Luego enganchó los pulgares en sus braguitas, se las quitó, y las dejó caer al suelo antes de inclinarse para depositar un beso en la curva de su vientre.

A Bella se le cortó la respiración al sentir el calor de sus labios, y gimió cuando Edward le lamió el ombligo.

Ansiosa por tenerlo más cerca de sí, lo asió por los brazos y tiró de él.

Edward se tumbó sobre ella, tomó sus labios, y le separó las piernas con la rodilla. Luego, sin esperar más, se introdujo en ella, y Bella gritó, sumiéndose en un mar de deseo y placer.

Hacía demasiado tiempo de la última vez que había hecho aquello, y Edward apenas tardó unos minutos en llevarla al paraíso.

Satisfecha y cansada, abrió los ojos y encontró a Edward mirándola. En sus sensuales labios se dibujó lentamente una sonrisa.

—Demasiado increíble para ser cierto.

Sus palabras no habían formado una pregunta, pero Bella asintió; estaba tan relajada y saciada que no podía articular palabra.

—Probemos otra vez —murmuró él contra sus labios.

Y, a pesar de que en ese momento Bella estaba segura de que no podría mover un músculo, al cabo de un rato volvía a estar ardiendo, revolviéndose impaciente debajo de él por sus besos y sus caricias hasta que se fundieron de nuevo como un solo ser.

Pasada la medianoche, el hambre los llevó a abandonar la cama para asaltar la nevera.

Vestida únicamente con la camisa blanca del esmoquin de Edward, que le llegaba a la mitad del muslo, y con las mangas dobladas hasta los codos, Bella se sentó en una banqueta. Puso el codo en la encimera de la isleta que dividía en dos la cocina, y apoyó la barbilla en la mano.

La cocina estaba amueblada con muy buen gusto; allí donde posaba la vista se encontraba con algo que le llamaba la atención.

Sin embargo, tras un rápido vistazo a su alrededor, sus ojos volvieron a fijarse fascinados en Edward.

Los boxers grises se le bajaron un poco cuando se inclinó para mirar dentro del frigorífico. Sus fuertes hombros y su torso estaban desnudos, igual que sus piernas. A pesar de las largas horas que habían pasado en el dormitorio, y aunque hacía sólo unos instantes que se había sentido plenamente saciada, de pronto notó que los rescoldos del deseo se estaban reavivando en su vientre.

Se estremeció de sólo imaginarse deslizando las palmas de sus manos por la espalda de Edward mientras el peso de él la mantenía inmovilizada sobre el colchón.

—¿Qué te parece espaguetis y tarta de queso?

Edward giró la cabeza para mirarla.

—Pues normal y corriente, supongo, aunque tiene chocolate por encima.

—Aún mejor —respondió ella al instante.

Edward sonrió.

—¿Te gusta el chocolate?

—Pues claro, ¿a quién no?

—A mí desde luego que sí. En una cafetería que hay cerca de aquí hacen unas crepes con chocolate tan buenas que harían llorar a un hombre. Mañana te llevaré allí a desayunar.

Se volvió hacia la nevera de nuevo, y momentos después se irguió y la cerró con la cadera porque tenía las dos manos ocupadas.

—Espera, deja que te ayude.

Bella se bajó de la banqueta de un salto y corrió a quitarle el plato con la tarta de queso, en precario equilibrio sobre una fuente azul.

—Gracias.

Edward dejó la fuente sobre la encimera y le quitó la tapa.

Añadió unas cucharadas de salsa de tomate a los espaguetis, los removió, colocó la fuente en el microondas, ajustó el temporizador y lo puso en marcha.

—Creo que podríamos probar un pedacito de esa tarta de queso mientras esperamos a que se calienten —propuso Bella, mirando con ojos golosos las virutas de chocolate que había sobre la tarta.

—Claro, por qué no —respondió él. Sacó un cuchillo y un tenedor de un cajón y se unió a Bella, colocándose detrás de ella—. Ten, haz los honores —puso el cuchillo y el tenedor sobre la encimera, a ambos lados de la tarta, y se inclinó para frotar la nariz contra su nuca y tomar posesión de sus caderas con las manos.

Bella cerró los ojos y sintió como si todo su cuerpo se estuviese derritiendo. Las manos de Edward se deslizaron por debajo de la camisa y subieron, primero hasta su vientre, luego a su cintura y finalmente se cerraron sobre sus senos.

—Oooh… eso no es justo —jadeó ella.

Sus pezones se endurecieron y apretó las caderas contra las de él, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás.

Edward inclinó la cabeza para besarla en el cuello. Ella se volvió, le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él mientras los labios de Edward tomaban los suyos.

Luego las manos de él apretaron sus nalgas, levantándola, y el beso se tornó más apasionado, más carnal.

Detrás de ellos sonó el «ding» que indicaba que había saltado el temporizador del microondas.

Edward despegó sus labios de los de ella y levantó la cabeza.

—¿Quieres que dejemos los espaguetis y la tarta para luego y te haga el amor sobre la encimera? —inquirió él con la voz ronca por el deseo.

Bella estaba debatiéndose entre una cosa y la otra cuando su estómago rugió, y los dos se echaron a reír.

—No hay más que hablar. La comida gana —anunció Edward tomando sus labios una última vez antes de apartarse de ella—. Primero comemos y luego nos dedicaremos a otros placeres. Volvamos a la cama.

Alargó el brazo por detrás de ella para alcanzar el plato de la tarta con el cuchillo y el tenedor.

—Tú llevas esto y yo llevaré los espaguetis.

—¿Y no necesitaremos platos? ¿O al menos otro tenedor? —inquirió ella, aún aturdida por el deseo y algo desorientada.

—No —Edward se puso unas manoplas para sacar la fuente del microondas y cerró la puerta de éste con el codo—. Compartiremos el tenedor. Aunque necesitaremos servilletas. Saca un par del cajón que tienes a tu lado, ¿quieres?

Bella encontró allí unas servilletas blancas de lino y lo precedió escaleras arriba hasta el dormitorio.

Una vez allí, Edward apartó la sábana, fue al cuarto de baño, y regresó con una toalla grande de ducha que extendió sobre el colchón, y sobre la cual colocó la fuente con los espaguetis.

—Ah, vamos a hacer un picnic —dijo Bella encantada—. Me encanta ir de picnic, y nunca antes había hecho uno en la cama.

—Bueno, es que he pensado que estaríamos más cómodos en ella que en el suelo —Edward le hizo señas con un dedo para que se acercase—. Y cuando hayamos terminado con el festín… la cama también es más cómoda para hacer el amor.

Bella se rió y se subió a la cama con el plato en la mano y los cubiertos en la otra.

—Y lo mejor es que no hay hormigas —comentó con buen humor.

Edward, que también se había subido a la cama, le acarició el pelo y la besó.

—Me encanta cómo siempre le ves el lado bueno a todo. Eres fácil de complacer.

—¿Cómo podría no sentirme complacida cuando me has ofrecido tarta de queso con chocolate y espaguetis? —inquirió ella enarcando una ceja.

—Muchas mujeres se sentirían ofendidas si no les hubiese ofrecido champán y caviar.

—Umm… —murmuró Bella mirándolo de reojo—. Me parece que has estado saliendo con las mujeres equivocadas.

Los ojos de Edward reían.

—Me parece que tienes razón.

Hundió el tenedor en los espaguetis, le dio vueltas y lo levantó hacia Bella.

—Prueba y dime qué tal están.

Ella abrió la boca obedientemente.

—¿Qué tal?

—Riquísimos —respondió ella—. Pruébalos tú también.

Como Edward se empeñó en darle de comer, fueron tomando bocados por turnos.

Cuando la fuente quedó vacía, Bella se bajó de la cama y la colocó sobre un mueble con estantes que ocupaba toda la pared. Había un televisor de pantalla plana y un montón de libros.

—Vaya, tienes el último libro de Tom Clancy —comentó sorprendida—. No sabía que ya hubiera salido.

—Es que aún no ha salido. Tengo un amigo en la editorial y me mandó un ejemplar antes de la fecha de lanzamiento.

Bella curioseó los títulos de los otros libros.

—Umm… Tienes libros de misterio, de suspense, y un par de no-ficción —dijo tomando uno de ellos para echarle un vistazo al texto de la contraportada—. ¿Qué otros géneros te gustan? ¿Has leído alguna novela romántica de suspense?

Edward frunció el ceño.

—No lo sé. Creo que no. Por desgracia, tengo que leer un montón de revistas médicas para mantenerme al día, así que no me queda mucho tiempo para la ficción.

—Sé a qué te refieres. Yo últimamente sólo leo libros de texto.

—Ven aquí —la llamó Edward dando unas palmadas en el colchón, junto a él—. Todavía tenemos que comernos la tarta.

Bella dejó el libro en su sitio, regresó a la cama, y se sentó de rodillas con mucho cuidado, colocando bien los faldones de la camisa a continuación.

—Seguro que en tu infancia fuiste un primor de niña —la picó Edward mientras cortaba un trozo de tarta con el tenedor.

—¿Por qué lo dices? —inquirió ella antes de abrir la boca para aceptar el bocado que le ofreció.

—Porque te has sentado como si tu madre te hubiera enseñado a colocarte la falda al sentarte y ponerte bien erguida —respondió él con una sonrisa.

—Fue mi abuela, no mi madre —replicó ella sin pensar, después de tragar.

—Y seguro que eras su nieta favorita.

Edward se metió el tenedor en la boca con otro pedazo de tarta, y Bella observó fascinada el movimiento de los fuertes músculos de su garganta al tragar.

—Era su única nieta —murmuró absorta, dibujando un trazo invisible con los dedos del cuello de Edward a su hombro.

—¿Tú también eres hija única? —inquirió él sorprendido.

—Sí —Bella forzó una sonrisa, decidiendo confirmar lo que probablemente Edward ya imaginaba: que ella no había crecido en un entorno privilegiado como el suyo—: la hija única de unos padres que luego se divorciaron. Mi madre decidió que no quería volver a casarse ni tener más hijos. Estaba demasiado ocupada conociendo a otros hombres y pasándolo bien. Mi padre, en cambio, según tengo entendido, sí que se volvió a casar… varias veces, de hecho, y tuvo más hijos, pero no conozco a ninguno de ellos —mantuvo la vista fija en la tarta mientras cortaba otro trozo de tarta con una precisión exagerada—. Dudo que mi niñez se parezca en nada a la tuya.

—Eh —murmuró. La tomó de la barbilla e hizo que levantara la cara para mirarla a los ojos—. No me importa qué clase de gente fueran tus padres ni nada de eso, Bella. Me gustaría que hubieras sido feliz, pero el pasado pertenece al pasado. Lo único que cuenta es que ahora estás aquí, conmigo.

La emoción embargó a Bella. Sabía que aquello no tenía futuro, que durante los próximos años no tendría tiempo para nada que no fuera el trabajo, Nessie y sus estudios, pero sólo por esa noche podía olvidarse del mañana y de sus responsabilidades. Y aunque con Edward sintiera cosas que no había sentido antes con nadie, también se preocuparía más adelante de eso.

—Es verdad. Lo único que tenemos es el ahora —murmuró, dejando el tenedor en el plato para rodearle el cuello con los brazos—. Y no debemos perder un momento.

Una chispa prendió en los ojos de Edward que, sin soltarla, empujó la toalla, la tarta y los cubiertos, tirándolos al suelo, y se tumbó sobre ella para devorar sus labios.

Bella acogió con deleite la oleada de deseo que la invadió, borrando todo pensamiento del mañana. Para ella sólo existía ese momento y el poderoso cuerpo de Edward sobre el suyo, llevándolos a ambos más y más alto hasta que alcanzaron el cielo.

Bella no estaba despierta del todo a la mañana siguiente, cuando Edward abandonó la cama. Se inclinó, la besó, se rió suavemente y tras darle una palmadita en el trasero, cubierto por la sábana, se fue al cuarto de baño.

Bella sonrió, entreabrió los ojos y se fijó en que la luz del sol que se filtraba ya por entre las cortinas. Bostezó y rodó sobre el costado.

Cuando Edward salió del cuarto de baño con varias prendas de vestir echadas sobre el hombro, le pareció que apenas había pasado un momento.

—¡Eh, dormilona, despierta! Te prometí crepes para desayunar —dijo arrojando la ropa a los pies de la cama—. Mi madre se dejó esto en la habitación de invitados la última vez que vino —le explicó, dejándose caer en la cama para tenderse junto a ella—. Puede que los pantalones te queden un poco cortos, pero siempre te quedarán mejor que unos vaqueros míos.

El colchón cedió bajo su peso, haciendo que Bella se deslizara hacia él. Edward sonrió de oreja a oreja, la agarró, y tiró de la sábana hacia abajo hasta que quedó por debajo de su ombligo. Luego agachó la cabeza para deslizar sus labios por la curva superior de sus senos.

—Ummm… —murmuró—. Tu piel es tan suave…

Bella introdujo sus dedos por entre los cortos mechones de su cabello y cerró los ojos mientras él cubría su pecho de besos.

—Si vamos a salir, tengo que ducharme y vestirme —le recordó soñolienta, y sonrió al oír el gruñido de protesta de Edward. Apretó los dedos para tirarle del pelo, y Edward obedeció a regañadientes, levantando la cabeza para mirarla.

—También podríamos quedarnos y pedir que nos traigan algo —sugirió.

—Ni hablar —contestó ella riéndose—. Estoy muerta de hambre y esas crepes con chocolate que me prometiste suenan de maravilla.

Además, quería ver un poco más de su día a día. A cada instante que pasaba con Edward, esa necesidad de saber más sobre aquel hombre de apuesto rostro e increíble físico se hacía más fuerte.

—De acuerdo —accedió él. Antes de bajarse de la cama, sus manos se deslizaron por el estómago de Bella mientras rodaba sobre el costado—. Sacaremos a Butch a pasear y desayunaremos en la cafetería. Aunque la hora que es, más que un desayuno será un brunch. Luego volveremos y lo retomaremos donde lo dejamos. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —le contestó ella con una sonrisa descarada.

Bella tomó la pila de ropa de los pies de la cama y entró en el baño. Se quedó un instante con la espalda apoyada contra la puerta, los ojos cerrados y una sonrisa en los labios, deleitándose en la sensación de pura felicidad que burbujeaba en sus venas.

Una media hora más tarde, Bella se había duchado, se había recogido el pelo en una coleta alta, se había maquillado un poco con el pintalabios y el rímel que había metido en su bolso la noche anterior y se había vestido.

Se detuvo para echarse un rápido vistazo en el espejo que había junto a la puerta. Los pantalones de seda rosa le quedaban bien, salvo que, como había dicho Edward, le quedaban un pelín cortos, justo a la altura del tobillo. Pero era una suerte, porque si hubieran sido más largos seguramente habría dado algún traspié por culpa de los zapatos de tacón.

El top de seda blanco sin mangas era ceñido, y, como no tenía sujetador, se había puesto encima una camisa blanca que le había tomado prestada a Edward. Era demasiado grande para ella, naturalmente, pero después de doblar las mangas hasta los codos le pareció que no quedaba mal, y disimulaba el hecho de que no llevaba nada debajo del top.

De hecho, pensó girándose un poco y mirando por encima del hombro para verse por detrás en el espejo, el conjunto, aunque improvisado, resultaba bastante chic.

Los pantalones le daban una forma bonita a sus muslos, que asomaban por debajo de los faldones de la camisa y los zapatos rojos otorgaban al conjunto un toque de portada de Vogue.

Verdaderamente era una suerte que la madre de Edward se hubiese dejado allí aquellas prendas. Al principio había sospechado que Edward le habría dicho una mentira piadosa, y que en realidad serían de alguno de sus ligues, pero tanto el pantalón como el top tenían una pequeña etiqueta bordada por dentro en azul y dorado que decía: E. Cullen.

Edward le había dicho que sus padres se llamaban Carlisle y Esme, así que no había duda de que «E. Cullen» debía ser su madre. Salió del baño y fue en busca de Edward. Lo encontró en la cocina leyendo un periódico que tenía abierto sobre la encimera de la isleta central.

—Ah, buenos días —la saludó al verla entrar, y sus ojos recorrieron hambrientos su figura.

—Hola —saludó ella algo azorada, bajando la vista a su ropa—. Es una suerte que tu madre se dejara este top y estos pantalones. ¿Seguro que no le importará que los tome prestados?

—Seguro —respondió él. Fue hasta ella en dos zancadas y la atrajo hacia sí para besarla en la boca. Cuando despegó sus labios de los de Bella, sus ojos parecían de lava—. Si no nos marchamos ya, acabaré llevándote arriba y te haré el amor otra vez. Anda, vamos. Necesitas recuperar energía para cuando volvamos.

La soltó para tomarla de la mano, entrelazando sus dedos, y tiró de ella hacia la puerta.

—Vamos, Butch.

El perro obedeció con entusiasmo, y corrió delante de ellos para quedarse esperando cuando llegó al vestíbulo.

Edward tomó una correa que estaba colgada de un perchero en la pared y la enganchó al collar de Butch antes de abrir la puerta.

Bella salió fuera, inspiró el fresco aire primaveral y se sonrió con deleite al sentir el calor del sol en sus antebrazos.

Edward cerró con llave, la guardó en el bolsillo, volvió a tomar la mano de Bella y echaron a andar calle abajo.

—Me encanta tu barrio —le dijo Bella, admirando las fachadas de las casas que pasaban y las flores en las ventanas.

Alzó el rostro para dejar que el sol, que se filtraba entre las hojas de los árboles, le calentara las mejillas.

—Buenos días.

Aquel amistoso saludo hizo a Bella bajar la cabeza, y respondió al unísono con Edward a la pareja joven que se acercaba a ellos en dirección contraria con un carrito de bebé. El niño, al ver a Butch, alargó las manitas hacia él y empezó a balbucear animadamente.

Edward dejó que el pequeño tocase un poco al perro, pero alejó a Butch antes de que pudiera lamerle la cara.

—¿Los conoces? —le preguntó Bella cuando se alejaron.

—Sí, son los Carmichael —Edward tiró de la correa para que Butch esquivara a tres adolescentes con vaqueros y sandalias que iban charlando entre ellas y riéndose—. Se mudaron a una casa cerca de la mía antes de que naciera su bebé. Los conocí un día al sacar a Butch a pasear.

—Seguro que Butch es estupendo para romper el hielo —comentó Bella—. Y seguro que conoces a un montón de gente que se para a acariciarlo.

—Sí, ya lo creo —contestó él. Le soltó la mano y le pasó el brazo por los hombros para atraerla hacia sí—. Nadie puede resistirse a un perro tan amistoso como Butch.

Bella se dijo para sus adentros que aparte de que su perro fuera amistoso probablemente el encanto personal de Edward también tuviera que ver.

—Bueno, ya hemos llegado —anunció Edward, deteniéndose frente a una pequeña cafetería con terraza—. ¿Te importa que nos sentemos fuera? No podemos entrar con Butch.

—Oh, sí, estupendo —asintió ella.

Justo cuando se sentaron en una de las mesas de hierro forjado, protegidas del sol por sombrillas blancas y rojas, un cliente abandonó la cafetería, y el aroma que salió por la puerta hizo que a Bella se le hiciera la boca agua.

—Umm… Huele de maravilla. Dudo que nadie tenga la suficiente fuerza de voluntad como para pasar por delante y no entrar a tomar algo.

Edward se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—La comida que ponen es deliciosa, pero no sabe tan bien como tú.

Bella se estremeció por dentro y sintió calor en las mejillas. Butch se había echado entre los dos, y tenía las orejas tiesas mientras observaba con ojos curiosos a las personas sentadas en las mesas vecinas.

Edward también conocía a la joven camarera que se acercó a anotar lo que iban a tomar, y por cómo sonreía ella parecía que sentía adoración por él.

—Me parece que tienes otra admiradora —lo picó Bella cuando la chica entró en la cafetería.

—¿Quién?, ¿Carrie? —inquirió él con una sonrisa—. No, qué va. Es que estoy ayudando a su hermano a preparar las pruebas de acceso a la universidad. Quiere estudiar Medicina. Es un chico brillante, pero su familia no tiene dinero para mandarlo a la universidad. Si consigue sacar buena nota en las pruebas puede que consiga que le concedan una beca.

—Eso dice mucho en tu favor —murmuró Bella—. Es usted una caja de sorpresas, doctor Cullen.

—¿Lo soy? ¿Por qué? —inquirió él, cruzando los brazos en la mesa e inclinándose hacia delante.

—Porque tienes reputación de donjuán, lo que podría dar pie a pensar que eres una persona superficial, pero cuanto más te conozco, más complejo me pareces.

Edward sonrió.

—No tan complejo —replicó con voz ronca—. En este momento sólo me interesa una cosa.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —inquirió ella fascinada por el fuego en sus ojos y la sensual curva de sus labios.

—Tú.

Edward acortó los pocos centímetros que los separaban y tomó su boca con un dulce beso, lento y ardiente. Bella sintió mariposas en el estómago y cómo el deseo corría por sus venas como la pólvora.

—Em… perdón.

La voz vacilante de la camarera hizo a Edward levantar la cabeza.

—Ah, el café —dijo, y se echó hacia atrás para que pudiera descargar la bandeja—. Gracias, Carrie.

La chica colocó sendas tazas de humeante café frente a ellos y una cafetera en el centro de la mesa. Luego sonrió tímidamente y se retiró.

Bella todavía estaba aturdida y algo mareada por el beso, mientras que la excitación de Edward parecía haberse desvanecido como si tal cosa.

Decidida a igualar su aparente imperturbable calma, tomó un sorbo de café mirándolo por encima del borde de la taza mientras rebuscaba en su mente un tema de conversación.

—¿Te criaste aquí, en Boston? —inquirió.

—No —Edward sacudió la cabeza—. Pasé mi niñez en el norte del estado de Nueva York. Me mudé aquí cuando acepté la oferta del Instituto Vulturi. ¿Y tú? ¿Eres de aquí, de Boston?

—No, antes de mudarme aquí el año pasado vivía en una ciudad de provincias en Illinois.

—¿Y qué te hizo escoger Boston?

—Una amiga del instituto, Emily, se había mudado aquí y me animó a venirme. Le encanta esta ciudad, sobre todo los monumentos. Solíamos hacer visitas culturales casi cada fin de semana.

—¿Solíais? ¿Y por qué dejasteis de hacerlo?

Bella se encogió de hombros.

—Emily conoció al hombre de sus sueños; fue amor a primera vista. Sólo estuvieron saliendo tres semanas antes de casarse, y desde entonces han estado viajando por todo el mundo. Él es arqueólogo y ahora mismo están viviendo en Centroamérica, colaborando en las excavaciones de un templo maya.

—¿En serio? —exclamó Edward intrigado—. Vaya, ése sí que debe ser un trabajo interesante.

Bella se rió.

—Cada hombre al que he hablado del marido de Emily dice lo mismo. Debe ser que todos sois aventureros frustrados.

—Tal vez —concedió él con una sonrisa.

La camarera los interrumpió de nuevo: traía las crepes con chocolate de Bella y una tortilla española para Edward. Mientras comían retomaron la conversación, que acabó derivando en cine.

—Vamos, que te gustan las «pelis» de chicas —concluyó Edward—. La mayoría de tus películas favoritas son comedias románticas.

—No es verdad; también me gusta La caza del Octubre Rojo y ésa no es una «peli» de chicas —protestó Bella.

—¡No me digas que te gusta esa película! —exclamó él sorprendido, enarcando las cejas—. Yo debo haberla visto una docena de veces.

—¡Yo también! —contestó ella riéndose antes de tomar otro sorbo de café—. Claro que las estrellas son Sean Connery y un Alec Baldwin muy joven, así que, si te soy sincera, sólo por verlos a ellos soy capaz de verla todas las veces que hagan falta.

—Ah, o sea, que no te gusta por la trama, sino porque los actores son guapos.

Bella se quedó pensando un momento y finalmente asintió.

—Supongo que sí.

Edward prorrumpió en carcajadas y Bella sonrió como una tonta sin poder evitarlo. El sol arrancaba destellos de su cabello cobrizo, y la risa había hecho que se formaran pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos.

Luego Edward se quedó callado, y mientras se miraban en silencio fue como si el aire se cargara de electricidad.

—¿Volvemos a casa? —le preguntó él con voz ronca.

—Sí, volvamos —murmuró ella.

Bella se despertó despacio, se estiró y sonrió feliz al sentir el calor corporal contra su espalda. El brazo de Edward descansaba sobre su cintura, manteniéndola cerca de él. Abrió los ojos y miró el reloj que había sobre la mesilla. Sus números brillaban en la habitación en penumbra, pues no habían descorrido las cortinas.

Sus ojos se abrieron como los de un búho al ver la hora que era: ¡casi las cuatro de la tarde! Victoria le había prometido que llevaría a Nessie de vuelta al apartamento sobre las seis.

El fin de semana tocaba a su fin, pero no se sentía preparada para dejarlo ir. Había perdido la cuenta del número de veces que habían hecho el amor, y aun así quería más. Sin embargo, la realidad la llamaba. Se mordió el labio sabiendo que no tenía elección.

Con cuidado, levantó el brazo de Edward y se bajó de la cama. Entre sueños, él farfulló algo a modo de protesta. Bella se quedó quieta como una estatua junto a la cama, conteniendo el aliento y rogando para que no se despertase.

Edward se movió tumbándose boca abajo sobre el lugar donde ella había yacido hasta hacía unos instantes. Sus ojos permanecieron cerrados, y su cuerpo se relajó. Bella permaneció allí de pie un momento más, grabando en su mente la línea de su mandíbula con sombra de barba, las oscuras pestañas sobre su piel pálida y la sensual curva de su boca. La sábana blanca estaba arremolinada en torno a su cintura, dejando al descubierto su torso desnudo.

Aunque reacia a dejarlo y marcharse, se obligó a darse la vuelta y entrar de puntillas al baño, donde había dejado la camisa, el top y los pantalones. Se vistió rápidamente, y después de tomar su bolso, bajó las escaleras y salió de la casa.

Mientras se apresuraba calle abajo, hacia la parada del autobús a unos bloques de allí, se vio asaltada por los recuerdos de las horas que había pasado con Edward.

Sería tan fácil enamorarse de un hombre como él, se dijo, rogando para sus adentros por que no se hubiera enamorado ya. Sería una tontería por su parte sabiendo como sabía que lo suyo no tenía futuro. Justo cuando estaba a unos pasos de la parada llegó el autobús, y echó a correr para no perderlo. Las puertas se abrieron y subió, decidida a sacarse a Edward Cullen de la cabeza. Si podría sacarlo de su corazón estaba aún por ver.

Nada más despertarse, Edward se dio cuenta de que Bella se había ido. Pasó la mano sobre la sábana, pero no sintió siquiera el calor de su cuerpo. Debía haberse ido hacía bastante. Se incorporó, se frotó el rostro con las manos y se quedó escuchando. El silencio, absoluto, sólo era roto por el suave tic-tac del reloj de su mesilla de noche.

—Diablos —masculló en medio de tanta quietud.

Habría querido llevarla a casa. No había contado con que después de que hicieran el amor la noche anterior y aquella mañana se había quedado tan relajado que se había dormido como un lirón.

Oyó un repiqueteo de uñas en el pasillo, y el morro de Butch asomó por el hueco de la puerta entreabierta antes de que entrara moviendo la cola. Se acercó a la cama, apoyó la cabeza en el colchón, y sus grandes ojos castaños miraron a Edward suplicantes.

—No me lo digas —gimió Edward—. Quieres que te saque de paseo.

El ladrido de aprobación del rottweiler hizo a Edward contraer el rostro.

—No tan alto, chico —masculló—. Acabo de despertarme.

Echó la sábana a un lado y se sentó en el borde de la cama.

Butch volvió a ladrar, y se puso a juguetear con la sábana, metiendo el morro debajo hasta que su cabeza desapareció debajo de ella.

—Eh, para ya —le dijo Edward apartando la sábana.

Fue entonces cuando vio un brillo metálico entre los pliegues. Había una cadenita de plata que sobresalía por debajo de la almohada. Tiró de ella antes de que Butch pudiera alcanzarla, y el animal emitió un gemido de protesta.

—Calla, Butch —lo increpó, acariciándole la cabeza y rascándole detrás de las orejas—. Es de Bella, no tuyo.

Butch se sentó sobre las patas traseras y se quedó mirando el colgante que pendía de la mano de su amo. Era un medallón de forma ovalada, con un cierre tan delicado que a Edward le pareció que sus dedos fueran los de un gigante cuando lo abrió con sumo cuidado y lo sostuvo en su palma. En una de las mitades había una fotografía de una niña pequeña de rostro travieso y sonriente. En la otra, un mechón de cabello cobrizo brillaba sobre la plata.

«Qué niña tan mona. ¿Me pregunto quién será?». Edward acarició con la yema de su dedo índice el mechón. «Y si este mechón será suyo».

No tenía respuestas, pero se lo preguntaría a Bella tan pronto como la viera de nuevo. Había tantas cosas que quería saber de ella… Aquella cita que habían tenido, y lo increíble que había sido el sexo con ella, había hecho que se sintiera aún más intrigado por ella.

Butch emitió otro gemido de protesta y empujó con su morro húmedo la rodilla de Edward.

—Está bien, grandullón. Te dejaré salir.

Sacó unos vaqueros del armario y se los puso. Luego bajó descalzo las escaleras con Butch, y entró en la cocina para abrirle la puerta trasera, y el perro salió al pequeño jardín.

—Voy a tener que enseñarle mejores modales —se dijo Edward entre dientes.

Entró en la cocina para preparar un café, y se preguntó si Bella estaría pensando en él igual que él estaba pensando en ella.

Bella se quitó los pantalones de seda, los dobló y los colocó sobre la cesta de la ropa en el cuarto de baño. Por la etiqueta debían costar más de lo que ella ganaba al mes. El tacto de la tela era increíble.

«Lo dejaré en la tintorería mañana, después del trabajo», se dijo. «Junto con el top. Y luego se los enviaré a Edward por correo».

Se quitó el top, lo dobló y lo colocó sobre los pantalones. Luego fue al lavabo para echarse agua en la cara. Agarró a ciegas la toalla para secarse antes de quitarse la goma con la que se había recogido el pelo en una coleta. Cuando tiró de ella y el cabello le cayó sobre los hombros, se pasó una mano por la nuca y se extrañó de que sus dedos no palparan la cadenita de plata de su colgante.

Miró su reflejo en el espejo y vio espantada que el medallón no pendía sobre su pecho. Estaba segura de que lo había llevado puesto esa mañana, cuando habían salido para tomar un «brunch». Con el ceño fruncido, repasó mentalmente todo lo que había hecho esa tarde, y cayó en la cuenta de que la última vez que recordaba haberlo visto había sido al regresar a casa de Edward.

Habían subido a la habitación, y Edward la había desvestido antes de depositarla sobre la cama. Él se había unido a ella de inmediato, y le pareció recordar que Edward había apartado el medallón para besarla entre ambos senos.

«Quizá lo perdí en su cama», pensó, rogando para que el medallón se hubiese quedado entre las sábanas revueltas de Edward, en vez de que se le hubiese caído en la calle, o en el autobús.

El sólo hecho de pensar que tendría que llamar a Edward para preguntarle hizo que el corazón le diese un brinco, y se dijo que quizá no fuera tan buena idea. No estaba segura de tener la fortaleza suficiente como para alejarse de él una segunda vez.

Aquel fin de semana con Edward había sido como un cuento de hadas; tiempo robado al tiempo, pensó Bella esa noche mientras arropaba a Nessie y ésta le contaba lo bien que se lo había pasado con los hijos de Victoria.

Cuando le hubo dado el beso de buenas noches, fue al salón a sentarse un rato. Encendió el televisor y fue pasando de un canal a otro con el mando a distancia, para acabar quedándose en una cadena de noticias.

Vestida con un pantalón de pijama y una camisola de algodón blanca, se acurrucó en el sofá y se quedó mirando la pantalla sin prestarle atención. En ese momento le daban igual las noticias de política y el último escándalo protagonizado por un representante de su estado. No podía dejar de pensar en Edward.

Y no sólo por el sexo, que había sido increíble. La había sorprendido su sentido del humor y el descubrir que a los dos les encantaban y disgustaban las mismas películas. Cierto que habían discutido un poco luego, cuando uno había defendido acaloradamente algún libro que al otro lo había dejado indiferente, pero la discusión había acabado entre risas y besos.

Nunca había conocido a un hombre como Edward, y ahora que el fin de semana había pasado, tuvo que admitir para sus adentros que ese fin de semana con él había sido algo que iba más allá de un breve y apasionado interludio en su vida.

Sentía algo por él. No estaba segura de qué nombre dar a esos sentimientos, ni de lo profundos que eran, pero sí sabía que el solo pensar en que nunca podía haber nada serio entre ellos hacía que le doliese el corazón.

No, difícilmente podría tener futuro la relación entre una camarera de un pequeño restaurante como el Coach House y un médico del Instituto Vulturi. Sus vidas eran demasiado distintas, igual que su estatus social y sus ingresos. Ya lo había decidido: no volvería a verlo fuera del restaurante.

Sabía que era lo mejor, pero por algún motivo, la idea de volver a servirle el café cada mañana, sabiendo que no había sido sino otro ligue para él, hacía que el corazón le doliese aún más.

«¿De qué sirve desear la luna?», se reprendió, secándose las lágrimas que humedecían sus mejillas. «Cuando accedí a ir con él a esa fiesta sabía que sería una vez y no más. No más citas, y nada de soñar con una relación seria».

Apagó el televisor y las luces del salón y entró en su dormitorio, donde la lámpara de la mesilla arrojaba un suave haz de luz blanca sobre su solitaria cama.

«Hora de que Cenicienta vuelva a su verdadera vida», se dijo subiéndose a la cama antes de apagar la luz. La habitación se sumió en la oscuridad, salvo por los débiles destellos de las luces de la calle que se colaban por las rendijas de las persianas de lamas. Y, resuelta a cumplir con lo que había decidido en un principio, cerró los ojos, pero cuando al fin le venció el sueño, soñó con Edward.

El lunes por la mañana, Edward apenas se había enfundado su bata blanca de trabajo cuando sonó el teléfono que había sobre su mesa. Quien llamaba era la secretaria de Félix Vulturi, el director de la clínica, para decirle que se requería su presencia de inmediato en el despacho de éste.

Preguntándose qué podría haber ocurrido, y temiéndose que de nuevo estuviera en peligro la financiación de las investigaciones médicas que Jasper y él estaban llevando a cabo, salió de su consulta y se encaminó hacia el despacho de Félix.

Al llegar llamó con los nudillos a la puerta entreabierta y pasó.

—Buenos días, Félix —lo saludó. Al ver a la prometida de Félix, que además era la jefa de prensa de la clínica, la saludó también—. ¿Qué hay, Gianna?

—Buenos días, Edward —respondió Félix, apoyado en la parte delantera de su mesa y con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones.

Gianna, rubia y de ojos azules, le sonrió, pero a Edward no le pasó desapercibida la preocupación que reflejaba el rostro de ambos.

—¿Va todo bien?

—Me temo que no —contestó Félix en un tono grave—. No me es fácil decirte esto, así que no me andaré por las ramas: una antigua paciente de la clínica ha interpuesto una demanda de paternidad y dice que tú eres el padre de su hijo.

Edward se quedó patidifuso. De todas las posibles malas noticias que le podían haber dado, nunca se hubiera esperado aquélla.

—Qué absurdo —dijo cuando al fin recobró el habla—. Es absolutamente ridículo. ¿Quién es la demandante?

—Tania Denaly.

Edward soltó una palabrota.

—Lo sé —Félix contrajo el rostro y se cruzó de brazos—. La clínica te respalda en esto al cien por cien, Edward. Si podemos hacer algo para ayudar, dínoslo y lo haremos.

—Lo siento mucho —le dijo Gianna—. El momento que ha escogido no podía ser peor, ahora que apenas habéis salido de aquellas falsas acusaciones de la empresa para la que trabajabais antes.

—Estoy seguro de que ganarás el pleito —añadió Félix muy seguro.

—Gracias —Edward frunció el ceño y se pasó una mano por el cabello, pensando en voz alta—. Debería llamar a mi abogado. ¿Os han enviado algún documento?

—Sí; varios. Éstos son copias que le he pedido a mi secretaria que te hiciera —Félix tomó unos papeles de su mesa y un ejemplar del Boston Herald y se los tendió—. Ya ha salido en los periódicos.

Edward abrió el diario por las páginas de sociedad. Félix había redondeado con rotulador negro dos párrafos en los que citaban las palabras de Tania Denaly.

—Esto es prácticamente difamación —masculló.

—Nadie que te conozca lo creerá —dijo Gianna con firmeza.

—Tal vez —concedió Edward, sintiendo que la ira se apoderaba de él mientras releía el último párrafo—. Me gustaría llevarle esto también a mi abogado.

—Puedes quedártelo —le dijo Paul—. Yo lo he leído esta mañana de camino aquí.

—Y también querría tomarme unos días para ocuparme de esto, si fuera posible —le pidió Edward—. Supongo que ya es tarde para evitar la mancha en mi reputación; al menos hasta que se demuestre que miente, pero no quiero dañar la imagen de la clínica.

—Tómate el tiempo que necesites —respondió Félix.

—Gracias. Mi esperanza es que mi abogado pueda agilizar los trámites para que se haga una prueba de paternidad. Una vez tengamos los resultados podré demostrar que no soy el padre, quedará desestimada la demanda y podré volver al trabajo sin que me sigan los reporteros y den mala prensa a la clínica —añadió Edward, sacudiendo la cabeza.

Paul asintió.

—Me parece bien.

—No os vi el día de la fiesta —dijo Edward cambiando de tema.

—Nosotros a ti sí… con una castaña muy atractiva —comentó Gianna—. ¿No era esa camarera del Coach House? ¿Cómo se llamaba?

—Vaya, yo que quería mantener su identidad en secreto —bromeó Edward esbozando una media sonrisa—. Se llama Bella. Por cierto, ¿cómo está tu madre?

El rostro de Gianna se iluminó, y cruzó una mirada con Félix.

—La hermana por parte de madre que descubrí que tenía, Kate, ha accedido a donar parte de su médula ósea, así que tengo esperanzas de que el pronóstico sea favorable.

—Me alegro —dijo Paul—, me alegro muchísimo.

Llamaron a la puerta y la secretaria de Félix asomó la cabeza.

—Doctor Vulturi, perdone que les interrumpa, pero el senador Johnson está al teléfono. Quiere hablarle de una posible donación por parte de un elector.

—Disculpa, Edward; tengo que atender esa llamada —dijo Félix irguiéndose.

—Cómo no. Te pondré al corriente en cuanto haya alguna novedad —respondió Edward y se dirigió hacia la puerta.

—Cuídate —le dijo Gianna—, y recuerda que estamos aquí para lo que necesites.

—Gracias; no sabes cómo os lo agradezco.

Edward levantó una mano a modo de despedida y regresó a su consulta, donde se quitó la bata blanca y se puso su chaqueta de cuero. Unos segundos después salía con los papeles y el periódico en la mano. En el pasillo se cruzó con su compañero Jasper.

—Eh, Edward, ¿dónde vas?

—Voy a estar de permiso unos días, pero si surge cualquier cosa puedes llamarme al móvil.

Jasper parpadeó sorprendido y frunció el ceño.

—¿Por qué, ha ocurrido algo? ¿Estás bien?

—Sí, bien —respondió Edward levantando los documentos de la demanda para mostrárselos. Jasper los miró, y alzó de nuevo la vista hacia él con el ceño fruncido, pero antes de que pudiera preguntar nada, Edward lo interrumpió—. Es una larga historia. Ya te lo explicaré en otro momento.

—De acuerdo.

Edward asintió y se giró para marcharse, pero se detuvo cuando Jasper lo llamó.

—Llámame si necesitas algo.

Edward lo miró por encima del hombro y sonrió.

—Lo haré, gracias.

Era bueno saber que tenía amigos con los que podía contar cuando estaba en apuros, se dijo mientras se alejaba. Claro que tampoco era que necesitase ayuda con aquello, añadió para sus adentros quitándole hierro al asunto.

Tania Denaly era una joven con problemas emocionales. Aunque se hubiese sentido tentado de dejar a un lado su ética profesional para acostarse con ella, la vulnerabilidad de la chica se lo habría impedido.

Ya le había preocupado su inestabilidad emocional cuando había acudido a su consulta para que la ayudase con sus problemas de fertilidad, y sus dudas se habían acrecentado cuando las acciones de la joven se volvieron erráticas. La había derivado a un compañero de otro centro especializado en pacientes con dificultades para concebir y problemas emocionales.

Y aunque sabía que era emocionalmente inestable, nunca se le había ocurrido que pudiera ser una desequilibrada mental.

«No puede haber otro motivo para lo que ha hecho; no cuando la demanda de paternidad será desestimada en cuanto el análisis de sangre demuestre que no soy el padre de su hijo», pensó. Imaginaba muy bien qué clase de abogado debía haber aceptado representarla ante un caso tan frívolo.

Telefoneó al bufete de su abogado mientras iba hacia el aparcamiento, y después de que le dieran cita para media hora más tarde, se subió al coche y se dirigió allí.

De camino pasó por delante del restaurante Coach House, y pensó en Bella.

Diablos, no quería pasarse el día librando otra batalla contra una demanda injustificada que amenazaba su reputación. Había pensado que cuando saliera del trabajo, iría a comprar una docena de rosas para presentarse con ellas en su casa. El fin de semana había sido increíble, y quería hacerla cambiar de opinión, quería volver a salir con ella.

Irritado, golpeó el volante con el canto de la mano. Todos sus planes para el día se habían echado a perder por culpa de aquella estúpida demanda. Tenía que conseguir resolverlo cuanto antes para poder volver a centrarse en su vida… y en Bella.

La reunión con su abogado fue bien. Le aconsejó que se fuese a casa y repasase en su ordenador los registros de todas las visitas que Tania había hecho a su consulta.

También le había recalcado la importancia de que durante un tiempo no saliera con nadie, advirtiéndole de que era probable que si lo hacía, lo siguiesen los reporteros para conseguir más munición para alimentar el escándalo en los periódicos. Su conversación había convencido a Edward de que debía proteger a Bella de esas hienas, lo cual significaba que además de tener que mantenerse alejado de la clínica tampoco podría ir al restaurante.

Por suerte, el análisis de sangre para las pruebas de paternidad ya había sido fijado para aquella semana, y una vez tuviera los resultados se demostraría que él no era el padre y podría volver a ver a Bella.

Con todo, el tener que desistir de sus planes, aunque fuera necesario para protegerla de la prensa, no le hacía ninguna gracia.

La llamó a casa con el móvil, pero le saltó el contestador, y como quería explicarle la situación en persona, le dejó simplemente un mensaje diciéndole que había surgido algo y que volvería a ponerse en contacto con ella dentro de una semana.

Malhumorado y frustrado por no haber podido hablar con ella, regresó a casa. La primavera había convertido su barrio en un estallido de color: los árboles desplegaban ya sus hojas nuevas, y en muchas ventanas se veían macetas de flores púrpura, azules, amarillas y rosas. Aunque había comprado aquella casa en parte por el encanto del barrio, en ese momento apenas se fijó en lo que lo rodeaba. Estaba demasiado abstraído pensando en lo mucho que quería volver a ver a Bella, y si eso no era posible, al menos necesitaba oír su voz.

Arrojó las llaves del coche sobre la encimera de la cocina, encendió la cafetera y momentos después el aroma del café recién hecho flotaba en el ambiente. Justo en ese momento llamaron a la puerta.

Cuando Edward fue a abrir la puerta, en el porche había un hombre distinguido de cabello plateado vestido con traje, y tras él, junto a la acera, había aparcado un coche negro con un chófer al volante.

—Vaya, hola, papá —saludó Edward—. Qué sorpresa; no sabía que estuvieses en la ciudad.

—Tengo una reunión de negocios con un grupo de inversores esta noche —contestó Carlisle Cullen, y pasó dentro sin esperar una invitación—. Como tenía una hora libre se me ocurrió pasar a saludarte.

«Eso no te lo crees ni tú», pensó Edward, preguntándose cuál sería el verdadero motivo de su visita. Sin embargo, fuera cual fuera, sabía que lo mejor era dejarle hablar para que se fuera lo antes posible.

—Ven a la cocina —le dijo—. Acabo de preparar café.

Cuando su padre se hubo acomodado en una de las banquetas frente a una taza de humeante café, Edward tomó la suya, se la llevó a los labios y sopló un poco antes de tomar un sorbo.

—¿Por qué no me cuentas a qué has venido de verdad, papá? —lo instó apoyando la espalda en el mueble que tenía detrás.

—Muy bien —Carlisle Cullen sacó un recorte de periódico del bolsillo interior de su chaqueta y lo deslizó por la encimera de la isleta hacia su hijo—. A tu madre y a mí nos preocupa que estés saliendo con esta mujer.

Edward tomó el recorte y entornó los ojos. Pertenecía a las páginas de sociedad del periódico local, y en él había una fotografía en blanco y negro de Bella y él bailando. La expresión de ambos delataba la poderosa atracción entre ellos.

—Bonito encuadre —comentó.

—La cuestión no es si la fotografía es buena o no —gruñó su padre con impaciencia, frunciendo el ceño.

—¿Y cuál se supone que es la cuestión, papá?

—La cuestión… —repitió su padre con énfasis—, la cuestión es que esa joven es la camarera de un restaurante. No precisamente la clase de mujer que mi heredero debería llevar a un evento social importante como ése.

Edward soltó una palabrota entre dientes. No le hacía falta preguntarle a su padre cómo sabía que Bella era camarera y dónde trabajaba. Carlisle Cullen tenía a todo un bufete de abogados a sus órdenes. Lo más probable era que, después de ver la fotografía en el periódico, apenas hubiesen pasado veinticuatro horas antes de que tuviera ya sobre su mesa un informe detallado de un detective privado.

Se frotó el rostro con la mano y miró a su padre con una expresión de cansancio.

—No me digas que has venido a echarme otra de esas charlas sobre cómo debo comportarme. Creía que la última vez te habías dado cuenta de que no sirven de nada.

—La última vez que saliste con una mujer que no te convenía fue en tu último año de universidad —lo increpó su padre—. Después tu madre y yo dimos por hecho que habías madurado. Tienes una serie de responsabilidades y obligaciones con las que debes cumplir ya estés de acuerdo con ellas o no.

Edward levantó la mano para interrumpirlo.

—Papá… No. Por favor, no sigas por ahí —inspiró profundamente para tratar de calmarse y no alzar la voz—. Con quién salga o deje de salir es asunto mío. Y nunca escogeré a una mujer por las anticuadas reglas por las que os regís mamá y tú. Y cuando me case… si es que me caso algún día —añadió al ver que su padre enrojecía de ira y abría la boca para decir algo—, seré yo quien elija. Y dudo que sea alguien que pertenezca a una de las pocas familias a las que aprobáis mamá y tú.

—Tienes una obligación para con tu apellido —dijo su padre irritado—. Durante años tu madre y yo hemos sido tolerantes con tu rebeldía, con la esperanza de que con el tiempo ocuparías el lugar que te corresponde en…

—Padre —lo cortó Edward, haciendo un nuevo esfuerzo por no perder los nervios—. Donde debo estar es junto a mis pacientes. Soy médico y me debo a ellos. Nunca llevaré la vida de un niño rico esperando heredar. Ya os lo dije a mamá y a ti cuando entré en la Facultad de Medicina: mi primera obligación serán siempre mis pacientes.

—Supongo que esa camarera debe pensar que ha dado con una mina de oro —dijo su padre con mordacidad—. No sólo está saliendo con un médico, sino que además eres un miembro del clan Cullen.

Edward puso los ojos en blanco.

—¿Sabes?, dudo que sepa siquiera quién es nuestra familia, ni que le importe.

—Permite que discrepe —gruñó su padre irritado—. Las mujeres jóvenes de su clase siempre están ansiosas por codearse con quienes están por encima. Ya lo creo que sabe quién eres.

—Voy a hacer como que no he oído lo que acabas de decir —murmuró Edward en un tono tenso—, pero te pido que no vuelvas a hacer ese tipo de comentarios sobre ella. Y por cierto, se llama Bella.

Su padre lo miró espantado.

—¿No estarás diciéndome que lo tuyo con esa mujer va en serio?

—Lo que estoy diciendo es que no quiero que nadie le haga daño, ya sea por prejuicios o por esnobismo —le espetó Edward.

—Piensa si quieres que soy un esnob, pero he tenido más experiencia en esos asuntos que tú, y el relacionarte con mujeres que no pertenecen a tu misma clase social acaba siempre en desastre. Lo he visto una y otra vez en amigos y familiares.

—Muy bien, pues tú sigue con tu opinión, que yo seguiré con la mía —replicó Edward. Los argumentos de sus padres seguían pareciéndole tan poco convincentes como le habían parecido a los catorce años—. ¿Está ilusionada mamá con el crucero que contrataste para su cumpleaños? —le preguntó.

Por suerte, su padre no objetó al cambio de tercio, ni volvió sobre el asunto de Bella, y una media hora más tarde se marchó. No era que no quisiera a sus padres, pensó Edward tras cerrar la puerta para dirigirse a su estudio, pero a veces lo sacaban de quicio.

Suerte que parecía que no se habían enterado aún de lo de la demanda de paternidad.

Sin embargo, para desgracia de Edward, aquella fotografía de Bella y él en la fiesta y el texto que lo acompañaban no era lo único que se había publicado sobre él. A la tarde siguiente, cuando abrió el Boston Herald, se encontró con un artículo de varias columnas precisamente sobre la demanda de paternidad en la sección de noticias locales junto con sendas fotografías de Tania y de él. Soltó una palabrota y se fue a la ducha. Luego se vistió en un tiempo récord y se fue en el coche al restaurante. Para su frustración, cuando llegó, Bella ya había acabado su turno y se había ido a casa.

—¿Podrías decirle que me he pasado por aquí? —le pidió a Victoria, la camarera pelirroja a la que solía ver hablando con Bella.

—Claro, ¿cómo no? —contestó ésta—. ¿Pero por qué no la llamas? ¿O por qué no vas a su apartamento?

Edward no quiso confesarle que le había dejado varios mensajes en el contestador, pero que ella no le había devuelto las llamadas. Estaba empezando a sospechar que Bella se había arrepentido de haber pasado la noche con él. Claro, que si había visto lo de la demanda en el periódico, no la culpaba.

—No puedo ir a su apartamento —le dijo a Victoria—. Me está siguiendo uno de los paparazzi del Boston Herald. Lo vi cuando aparqué delante de la clínica esta mañana, y no quiero que me siga a casa de Bella. No quiero que le den la lata a ella también.

Victoria lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Es porque llevaste a Bella al Baile del Fundador?

—No —replicó él sacudiendo la cabeza—. Es por otra cosa.

—¿Y aún te sigue ese tipo? ¿Dónde está? —le siseó ella, antes de lanzar una mirada furtiva detrás de sí.

—Está sentado en el reservado que está más cerca de la puerta.

Ella se giró un poco, alargando el cuello, pues una pareja de ancianos que salían en ese momento le tapaban la vista.

—¿El tipo bajito del sombrero? ¿Es ése? —inquirió volviéndose hacia Edward—. No parece gran cosa.

—Tal vez, pero la cámara que lleva es un arma muy peligrosa; te lo aseguro —respondió él.

Victoria se inclinó hacia adelante para proponerle en un susurro:

—¿Quieres que lo entretengamos mientras sales por la parte de atrás?

—Te lo agradezco, pero también lo he visto aparcado frente a mi casa, así que sabe dónde vivo. Iría allí y me esperaría.

—¿Y qué diablos has hecho para que un reportero vaya por ahí persiguiéndote? —inquirió ella mirándolo curiosa.

—Nada de nada —gruñó Edward—. Pero me llevará al menos una semana demostrar que no hice lo que él cree que hice, así que hasta entonces tendré que acostumbrarme a tenerlo pegado todo el día a los talones.

—Ya. Pues mantenlo alejado de Bella —le aconsejó Linda—. Es muy celosa de su intimidad, y no creo que le hiciera gracia tener a un reportero acampado a su puerta.

Precisamente era eso lo que Edward se temía que pudiera pasar, que Bella se viera envuelta en aquel torbellino.

—Eso es lo que quiero evitar.

Linda le sonrió.

—Me alegra ver que ha encontrado a un hombre que se preocupa por ella.

El modo en que Linda formuló aquella frase hizo que Edward frunciera el ceño.

—Eso suena como si en el pasado hubiera habido algún hombre que no se ha preocupado por ella.

Linda hizo una mueca y agitó una mano, como quitándole importancia.

—El último tipo con el que estuvo era su marido. No lo conocí, pero por lo que ella cuenta debía ser un imbécil —le dijo sin andarse por las ramas—. Si alguna de las otras chicas o yo hubiéramos visto que te parecías lo más mínimo a él, habríamos ido a por ti —le advirtió.

Edward asintió solemnemente, reconociendo la amenaza no demasiado sutil de la camarera.

—Y si la hubiera tratado mal me lo merecería —dijo.

—Veo que nos entendemos —bromeó ella—. Bueno, tengo que volver al trabajo. ¿Seguro que no quieres nada más que café?

—No, gracias.

Linda se inclinó y, poniéndose seria de nuevo, le dijo:

—Cuida de nuestra chica, doctor. La tenemos en muy alta estima.

—También yo.

Su respuesta pareció satisfacer a Linda, que asintió antes de alejarse.

Edward apuró su taza de café y se levantó. Se metió una mano en el bolsillo de los vaqueros y dejó sobre la mesa lo que debía por el café. Luego se dirigió a la salida, se detuvo para dejar pasar a una anciana antes de salir, y la puerta del restaurante se cerró detrás de él con un ruido de campanillas.

Mientras Edward salía del restaurante Coach House en Boston, en el estudio de su casa en Nueva York, Carlisle Cullen estaba acabando de leer un artículo que detallaba la demanda de paternidad interpuesta contra su hijo.

Apretó los labios iracundo, tomó el teléfono inalámbrico, y se levantó para cerrar la puerta. No quería que su esposa oyese la llamada que iba a hacer. Marcó un número y volvió a sentarse tras su escritorio.

—Agencia Jenks, ¿dígame?

—Quería hablar con Jason Jenks.

—Un momento, por favor.

Mientras esperaba, Carlisle releyó el artículo, sintiendo que su ira aumentaba por momentos.

Sabía muy bien que su hijo se pondría furioso si se enteraba de que había interferido, pero aquel escándalo amenazaba con salpicar a toda la familia y manchar su buen nombre.

«Y cuando haya hecho que investiguen a esa Tania Denaly, le pediré a Jason que escudriñe un poco más en el pasado de esa camarera», decidió.

—Soy Jenks; ¿con quién hablo? —respondió la voz profunda y abrupta del detective al otro lado de la línea.

—Andrew, soy Carlisle Cullen. Quiero que investigues a dos mujeres, y necesito la información lo antes posible.