Esta historia no es mía es una adaptación del libro de Lois Faye Dyer y claro esta los personajes son de Stephenie Meyer :) espero que les guste!
Soy nueva en esto así que se aceptan solo críticas constructivas! penultimo cap :D!
Summary:Cuando el guapísimo Edward Cullen la invitó al baile del año, Isabella Swan se imaginó una velada mágica en la que se sentiría como Cenicienta. El reloj dio las doce y todavía estaba en los fuertes brazos del doctor, pero sabía que aquel donjuán no podría ser jamás el padre que necesitaba su hijita… y decidió dejarse de fantasías.
Por primera vez en su vida, Edward estaba oyendo campanas de boda. Sin embargo, necesitaría algo más que un zapato de cristal para demostrarle a Bella el amor que sentía por ella, además de vencer la oposición de su dominante y rica familia.
Cuando Bella salió del servicio, vio a Edward de pie junto al reservado en el que había dejado sentada a Nessie. Sorprendida, se quedó paralizada un instante, y observó con incredulidad como Edward se inclinaba para ver el dibujo que estaba coloreando Nessie y los dos cruzaban unas palabras. Luego su hija le dijo algo, señalando el asiento frente a ella, y Edward se sentó.
«Oh, no». Bella casi gimió de desesperación. Una vez más Edward acababa de desbaratar una de las reglas incuestionables que había establecido en su vida. Era como una fuerza de la naturaleza: imposible de contener; imparable.
Bella se dirigió hacia allí con paso firme, decidida a echar a Edward del reservado en el que estaba sentada su hija. Era ella quien debía decidir qué influencias masculinas quería que tuviese Nessie. Sin embargo, a cada paso la detenía algún cliente para que le sirviera más café o pedirle alguna otra cosa, y tardó un buen rato en llegar al fondo del local.
—Hola, mami —la saludó Nessie con una sonrisa.
Vestida con el pichi azul oscuro del colegio, una blusa blanca, y un suéter rosa, estaba sentada de rodillas sobre el asiento de vinilo rojo. Las ceras de color yacían dispersas por la mesa, claramente olvidadas mientras charlaba con el médico.
—A Edward también le gustan los perros —le dijo a Bella.
El inesperado comentario de la niña pilló a su madre desprevenida, que no supo qué decir, y los ojos castaños de Edward brillaron divertidos.
—Yo le he sugerido un rottweiler, como Butch, o un pastor del Pirineo, pero parece que Nessie se inclina por un perro más grande.
¿Más grande? —repitió Bella abriendo mucho los ojos—. ¿Qué perro puede haber más grande que ésos?
—Un Terranova —le dijo Nessie—. Me encantan los Terranova, mamá. Tienen una cara muy dulce y unos ojos amables. Vi una foto de uno en un libro —miró a Edward—. Nuestra profesora a veces nos lleva a la biblioteca —le explicó, a modo de confidencia.
—Ah, vaya, qué profe más guay —respondió él con una sonrisa—. Y más si en esa biblioteca hay libros de perros con fotos.
—Hay un montón de libros de perros. El otro día conté cuatro —Nessie miró a su madre—. Creo que deberíamos comprar una perrita Terranova y llamarla Sadie.
—Sadie es un nombre muy bonito —concedió Bella—. Y los Terranova son unos perros con un temperamento muy tranquilo y cariñoso, cariño, pero… creo que pueden llegar a pesar más de sesenta kilos. No sé si podríamos tener un perro de ese tamaño, aunque tuviéramos una casa con jardín. Quizá deberías considerar otros perros más pequeños como un salchicha o un chihuahua.
—Yo creo que no, mami —replicó Nessie muy seria, inclinándose hacia delante para mirarla—. Yo creo que necesitamos un perro grande, un perro guardián, porque no tenemos un papá que viva con nosotras y nos hace falta un perro grande que nos defienda de los ladrones y todo eso.
Bella se quedó sin habla, y trató de pensar una respuesta razonada, pero su mente estaba en blanco.
—No sabía que te preocuparan los ladrones, Nessie.
—Bueno, no me preocupan mucho —dijo la niña—, pero hasta que encontremos un papá deberíamos tener un perro.
Bella puso unos ojos como platos, y cuando miró a Edward lo encontró observándola. No estaba sonriendo, pero sus ojos reían. Ella le lanzó una mirada ceñuda, y Edward sonrió mostrando los dientes, y levantando las manos, como negando cualquier responsabilidad sobre las palabras de Nessie.
¿Pero cuándo has decidido eso? —le preguntó Bella a Nessie, dándole la espalda a Edward azorada.
No quería que Edward pensara que las observaciones de su hija la habían pillado completamente por sorpresa, aunque por su expresión seguramente eso ya lo habría deducido él solito.
—Hoy, en el colegio, Claire me dijo que a ella no le importaría compartir a su padre conmigo, pero yo creo que deberíamos buscarnos uno para nosotras solas —frunció las cejas, preocupada—. ¿Crees que será difícil encontrar un papá al que le gusten los Terranova? —se volvió hacia Edward, apoyándose en los codos para inclinarse hacia él—. ¿Tú qué crees, Edward?
Él se inclinó hacia delante, acortando la distancia entre ellos.
—Creo que a cualquier padre digno de ese nombre le encantaría tener una perrita Terranova llamada Sadie —le dijo—. Y si además el lote incluye a una niñita castaña llamada Nessie, sería una oferta imposible de rechazar.
Nessie sonrió de oreja a oreja antes de volverse hacia Bella.
¿Lo ves, mamá? Somos una buena oferta.
—Sadie y tú desde luego lo seríais —asintió Bella. Miró su reloj—. Mi turno ya ha acabado y es hora de que nos vayamos a casa. ¿Por qué no guardas las cosas en la mochila mientras voy a por mi bolso y la chaqueta? No queremos perder el autobús, ¿verdad?
—Bueno.
Bella se giró hacia Edward, e iba a abrir la boca para decirle adiós, pero él habló primero.
—Tengo el coche aparcado fuera. Os llevaré a casa.
—Es muy amable por tu parte, Edward, pero Nessie no puede ir en un coche que no tenga una silla de niño, y no creo que tú tengas…
—Yo puedo prestarte la que tengo en mi coche —los interrumpió Victoria, acercándose con una bandeja cargada de platos. Se detuvo, y sosteniendo la bandeja con la cadera, sacó una llave del bolsillo de sus pantalones—. Ten, Edward. Es el sedán azul que hay aparcado justo al otro lado de la calle.
—Pero… —protestó Bella. Victoria se limitó a guiñarle un ojo.
Edward se puso de pie y tomó la llave.
—Gracias, Victoria —le dijo con una sonrisa—. Volveré enseguida a por vosotras; nos os vayáis a ir —le dijo a Bella, levantando un dedo en señal de advertencia.
—Pero es que yo…
Nessie le tiró del brazo.
—Por favor, mami… —le suplicó en un susurro perfectamente audible—. Hoy no tengo ganas de volver a casa en autobús; quiero que nos lleve Edward.
Bella no pudo resistirse a los ruegos de su hija.
—Está bien —le dijo a Edward—. Te esperamos.
Edward salió del restaurante antes de que pudiera cambiar de opinión. Cruzó la calle, y sólo le llevó unos minutos sacar la silla del sedán de Victoria, aunque le llevó un poco más colocarla en la parte trasera de su Jaguar. Mientras ajustaba el cinturón del asiento, pensó en la pequeña Nessie. Era una niña adorable, pensó con una sonrisa. Había estado hablando sin parar de las princesas Disney, y de su deseo de tener un perro, además de hacerle un sinfín de preguntas muy directas a las que no le habría contestado si quien se las hubiera hecho hubiese sido una mujer y no una niña de cinco años. Le había robado el corazón. Parecía que Nessie tenía en él el mismo efecto que su madre.
Encontraba a la pequeña adorable, y le daba la impresión de que él también le había caído bien a ella. Y aquello era una locura, se dijo mientras volvía a entrar en el restaurante, porque no es que no le gustaran los niños, pero tampoco había sentido un interés especial hacia ellos… hasta que había conocido a Nessie.
¿Tenéis planes para cenar? —les preguntó a Bella y a su hija más tarde, cuando se alejaban del restaurante—. Yo llevo todo el día muriéndome por una pizza. Y no cualquier pizza, sino mi favorita, la que hacen en Giovanni's.
¡A mí me encanta la pizza! —exclamó Nessie desde el asiento trasero.
—Pues entonces ya somos dos votos a favor. ¿Y tú qué, Bella? —Le preguntó Edward al ver que permanecía callada—. ¿Te gusta la pizza?
Ella lo miró de reojo, con una expresión que no supo interpretar.
—Sí, me gusta la pizza —asintió—, pero había preparado estofado para esta noche, y tengo que estar en clase a las seis y media, así que me temo que no podemos…
—Por favor, mami… —suplicó Nessie—. Yo quiero pizza… Podemos tomar el estofado mañana por la noche.
—Bueno, es que no sé si nos va a dar tiempo, Nessie. Porque después tengo que llevarte a casa con Sue, y luego irme a clase, y…
—Yo te llevaré —intervino Edward—. Dejaremos a Nessie en casa y te acerco. No me cuesta nada.
Bella lo miró vacilante.
—Pero si de verdad no puedes, os llevaré a casa —le dijo—. Podemos ir a comer pizza en cualquier otra ocasión.
—Bueno, yo… —Bella retorció la tira de su bolso entre los dedos.
Edward se sintió como un miserable. Era evidente que Bella estaba debatiéndose entre dar gusto a su hija y hacer lo que creía que debía hacer.
—Perdona, no quería presionarte —murmuró, apretándole la mano—. No te preocupes; dime qué quieres hacer y ya está.
Paró al llegar a un semáforo en rojo, y cuando miró a Bella la encontró observándolo. Sus hombros, que hasta ese momento habían estado tensos, se relajaron, y asintió con decisión.
—Lo de la pizza suena bien. Y Nessie tiene razón, podemos dejar el estofado para mañana por la noche.
—Estupendo —dijo Edward. Y su sonrisa y el gritito de felicidad de Nessie hicieron sonreír a Bella—. Giovanni's está sólo a un par de manzanas de aquí.
El semáforo se puso en verde y volvieron a ponerse en marcha. Minutos después aparcaron el coche y salieron a la calle. Edward sostuvo la puerta del restaurante para que Bella y Nessie pasaran primero, y el delicioso aroma a pizza los envolvió en cuanto entraron.
—Qué olor tan rico —susurró Nessie cuando se sentaron.
—Creo que ésa es una de las razones por las que me gusta venir aquí —le confesó Edward.
—Me encanta —dijo la niña asintiendo con la cabeza.
—Bueno, creo que le ha dado el aprobado —le dijo Edward a Bella.
Ella suspiró.
—Nessie es cualquier cosa menos indecisa. Tengo el presentimiento de que cuando crezca será la primera presidenta de los Estados Unidos. O quizá presidenta de una compañía como Häagen-Dazs porque le encantan los helados y así podría probarlos gratis.
Edward se rió a carcajadas, y su espontánea risa arrancó sonrisas de las mesas vecinas.
La cena pasó muy deprisa, como siempre que uno se divierte, y después de dejar a Nessie en casa al cuidado de Sue, Edward llevó a Bella al campus, y llegó para ellos el momento de despedirse.
—Gracias por aceptar mi invitación a cenar —le dijo Edward—. Tu hija es estupenda. Me ha encantado conocerla.
Bella frunció ligeramente el ceño.
—Edward, respecto a Nessie…
Se quedó callada, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para lo que quería decirle.
¿Qué pasa con Nessie? —la instó él para que continuara.
Sin pensar, extendió la mano para borrar con la yema del pulgar las pequeñas arrugas de preocupación entre las cejas de Bella, y sus dedos descendieron en una caricia por su mejilla y la curva de su mandíbula.
El tacto sedoso de su piel hizo que una profunda e inesperada emoción lo sacudiera. El fuego del deseo era algo a lo que estaba acostumbrado, pero aquel sentimiento de intenso afecto y esa ansia de protección eran algo nuevo para él.
—En todo este tiempo no he salido con nadie, principalmente porque no quería que Nessie se encariñara con hombres que sólo serían amigos y nada más —le explicó Bella—. No quería que se llevara una decepción.
—Entonces… ¿soy el primer hombre con el que te ha visto después de tu divorcio?
—Eres el único hombre con el que me ha visto. Su padre y yo nos divorciamos antes de que naciera, y él nunca ha querido conocerla.
Edward soltó una palabrota entre dientes.
¿Quieres decir que el padre de Nessie no forma parte de su vida? —preguntó con incredulidad.
—Patrick se puso furioso cuando le dije que estaba embarazada. Nunca quiso tener hijos. Esa misma noche se fue de casa y una semana después interpuso una demanda de divorcio.
Edward, incapaz de asimilar aquello, sacudió la cabeza.
—Menudo imbécil —dijo finalmente.
—Sí que lo es —respondió ella con una sonrisa maliciosa.
—Algunos hombres no tienen cerebro —le dijo Edward tomándola de la barbilla y mirándola a los ojos—, pero yo no soy así, y nunca os haría daño a Nessie o a ti. No sé muy bien qué es lo que hay ahora mismo entre nosotros, pero me cortaría un brazo antes que veros sufrir por mi culpa.
Los ojos chocolates de Bella se humedecieron.
—Eres un buen hombre, Edward Cullen —le dijo en un tono quedo.
—Pues claro que no lo soy —replicó él en broma.
La besó, saboreando la dulzura de su boca cuando los labios de ella cedieron a la presión de los suyos y respondió al beso.
Momentos después, cuando él levantó la cabeza, las manos de Bella estaban aferradas a su camisa y la respiración de los dos se había tornado jadeante.
¿Me dejas que espere a que acabe tu clase y te lleve luego a casa? —le preguntó Edward.
—No es necesario, gracias. Hoy salimos un poco antes y una de mis compañeras me acerca. Dice que no le importa aunque tiene que desviarse un poco porque así podemos hablar de la clase.
Edward la dejó ir a regañadientes. Bella se volvió al llegar a la puerta de la facultad para despedirlo con la mano, y después entró en el edificio.
No había parecido muy convencida cuando le había dicho que no tenían que temer que fuera a hacerles daño, pensó Edward mientras se alejaba en el coche.
«Podría haberle dicho que creo que me estoy enamorando de ella», se dijo apesadumbrado. «Quizá eso la habría tranquilizado».
Sin embargo, no estaba seguro de sentirse preparado para confesar que finalmente había encontrado a la mujer capaz de hacerle echar raíces. Ni siquiera estaba preparado para reconocerlo para sus adentros.
—Ponte el pijama, cariño —le dijo Bella a Nessie mientras secaba el suelo del baño con unas toallas la noche siguiente.
La próxima vez tendría que acordarse de poner un par de toallas en el suelo antes de que Nessie fuese a bañarse. La pequeña salpicaba tanta agua fuera de la bañera como un delfín en una piscina.
Se preguntó si Edward estaría todavía en su consulta de la clínica. La había llamado unas horas antes para decirle que tenía que trabajar hasta tarde, pero que quería invitarlas a Nessie y a ella a un picnic el sábado siguiente. Se había sorprendido por lo decepcionada que se había sentido al saber que no iban a poder verse antes, pero intentó convencerse de que era una reacción perfectamente normal. Al fin y al cabo hacía tanto que no salía con nadie que ya no recordaba lo que se consideraba «normal».
Echó las toallas húmedas en el cesto de la ropa, y se puso a doblar los vaqueros y la camiseta que Nessie había dejado hechos un gurruño sobre la encimera del lavabo.
¡Nessie! —la llamó—. En cuanto hayas acabado de vestirte iremos al apartamento de Sue para ver cómo se encuentra.
—De acuerdo —respondió la voz de Nessie como amortiguada, y al instante siguiente apareció frente a la puerta del baño metiéndose la parte de arriba de su pijama rosa de princesas por la cabeza—. Esta tarde Sue estaba tosiendo mucho, mamá.
— ¿Ah, sí? —inquirió Bella, colgando las toallas húmedas en un toallero. Repasó el baño con la mirada para asegurarse de que todo había quedado recogido, y salió—. Por eso vamos a ver cómo está.
Nessie se adelantó, pero esperó a que su madre quitara el cerrojo y abriera la puerta antes de salir.
Al ver que Sue no les abría cuando llamaron al timbre, Bella golpeó la puerta con los nudillos. Cuando por fin la puerta se abrió, Bella comprendió por qué su vecina había tardado tanto: estaba pálida excepto por el rubor en sus mejillas, y tenía los labios apretados.
—Cielos, Sue —Bella tomó del brazo a la anciana para evitar que perdiera el equilibrio, y su preocupación aumentó cuando vio que estaba temblando y que se apoyó en ella como si no pudiera tenerse en pie—. Nessie, entra y cierra la puerta —le dijo, y esperó a que la niña obedeciera antes de llevar a Sue al sofá—. ¿Cuánto llevas…? —las toses de la anciana la interrumpieron. Era una tos áspera, seca, que resonó en el silencioso apartamento.
Bella le tocó la frente.
—Estás caliente. ¿Te has tomado la temperatura?, ¿tienes fiebre?
—Sólo un poco —respondió Sue con voz débil y algo rasposa.
—Pues no puedes quedarte así —dijo Bella con decisión—. Tiene que verte un médico.
—No, no —protestó Sue, aunque sin la energía y la imperiosidad que la caracterizaba—. Estoy segura de que no es más que un resfriado. Estaré bien en un día o dos.
—Tal vez —dijo Bella, no muy convencida—, y espero que sea así, pero entretanto iremos a la clínica gratuita para que un médico te eche un vistazo, sólo por si acaso —miró a Sue a los ojos—. No me gusta cómo suena esa tos, ni el que te esté entrando fiebre, aunque no sea muy alta. Si te hace falta antibiótico, cuanto antes empieces a tomarlo, mejor.
Sue suspiró.
—Está bien.
El que capitulara tan fácilmente preocupó a Bella aún más. Sue estaba comportándose de un modo demasiado dócil, y eso no era normal en ella. Y el que la dejara ayudarla a vestirse y atarse los zapatos tampoco la tranquilizó.
—Tendremos que entrar un momento en el apartamento para que Nessie y yo nos pongamos algo de abrigo —le dijo—. Y yo necesitaré mi bolso —añadió mientras iba a por las llaves y el bolso de Sue.
Salieron del apartamento de la anciana y cerraron la puerta.
—Mami, ¿voy a salir en pijama? —le preguntó Nessie a su madre mientras ésta abría la puerta de su apartamento.
— ¿Por qué no te pones los vaqueros sobre el pantalón del pijama? —le sugirió Bella, ayudando a Sue a sentarse en el sofá—. O cámbiate de ropa si quieres, pero no tardes. Voy a pedir un taxi por teléfono y no podemos hacerlo esperar.
—Saca de mi monedero el dinero para el taxi —le dijo Sue, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
En otras circunstancias, Bella habría dicho que no le importaba pagar ella, pero sabía que Sue insistiría, y no quería que se cansara haciéndole discutir.
—De acuerdo, ahora lo saco.
Llamó al servicio de radio taxi, y después se puso un suéter que había dejado colgado en el respaldo de una de las sillas de la cocina. Luego sólo le llevó un momento ir al dormitorio a por el bolso y volvió a toda prisa al salón.
— ¡Nessie! —Llamó a la pequeña—. ¿Estás lista?
La niña apareció vestida con unas zapatillas de deporte, unos vaqueros, una camiseta, y un suéter rosa, además de su mochila, que parecía que fuese a estallar.
—Sí, mami.
Bella miró su reloj.
—Estupendo, pues bajemos. El taxi ya debería estar por llegar.
Por suerte, justo cuando estaban saliendo llegaba el taxi.
—Gracias a Dios —murmuró Bella.
Ayudó a Sue a subir al taxi, Nessie y ella entraron también, y le dio al conductor la dirección de la clínica gratuita.
La noche estaba cayendo, y cuando llegaron, las farolas ya estaban empezando a encenderse. Bella ayudó a Sue a subir los tres escalones de la entrada mientras el taxi se alejaba. Nessie iba junto a ella, inusualmente callada. Con la mochila colgada a la espalda, agarró el pomo alargado de la puerta de entrada con las dos manos y empujó con todas sus fuerzas, sosteniéndola luego para que pasaran.
El área de recepción estaba casi vacía. Sólo había dos personas allí sentadas: una mujer joven con un bebé que lloraba en sus brazos, y un anciano caballero chupando una pipa apagada.
Bella llevó a Sue hasta el sofá de vinilo pegado a la pared, y Nessie se sentó a su lado, mirando a la mujer y a su bebé con preocupación e interés. La recepcionista saludó a Bella con una sonrisa cuando se acercó al mostrador.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?
—Mi vecina tiene una tos muy fea, y también fiebre. Necesita que la vea un médico —miró a Sue por encima del hombro cuando ésta empezó a toser.
—No se preocupe, el médico la recibirá enseguida —le aseguró la recepcionista—. Ahora mismo está con un paciente, pero esas dos personas sólo están esperando los resultados de unas pruebas, así que sólo tendrá que esperar unos minutos. Tiene que rellenarme un impreso con los datos de su vecina y los datos de su seguro.
El papeleo sólo le llevó unos minutos, y cuando le hubo entregado el impreso a la recepcionista fue a sentarse con Sue y con Nessie.
—Te recibirán enseguida, Sue —comenzó a decirle a la anciana—. La recepcionista me ha dicho que el médico…
Las puertas al fondo de la sala se abrieron, y salió un joven con la mano vendada, seguido de otro alto y cobrizo con una bata blanca.
—La próxima vez procura tener más cuidado cuando estés cortando verduras —le dijo el médico.
—Lo haré; gracias, doctor.
Bella parpadeó. No podía dar crédito a sus ojos. La voz que conocía tan bien, el rostro que veía en sueños… ¡Edward estaba allí! ¿Pero qué estaba haciendo Edward en la clínica gratuita? Era el último lugar en el que habría esperado encontrarlo.
—¡Mira, mami, es Edward! —exclamó Nessie levantándose del sofá de un saltó y corriendo hacia él.
—¡Eh, Nessie! —la saludó Edward con una sonrisa—. ¿Qué estás haciendo aquí? —su sonrisa fue reemplazada por una expresión de preocupación, y paseó la vista por la sala. Cuando vio a Bella, pareció sentirse aliviado—. Hola, Bella —la saludó yendo hacia ella.
—Hola —respondió ella poniéndose en pie—. No esperaba encontrarte aquí.
—Trabajo aquí como voluntario —le explicó él—. ¿Por qué habéis venido? ¿Estáis bien las dos?
—Oh, sí, estamos bien —respondió Bella—. Venimos por Sue, nuestra vecina.
La anciana, sentada aún en el sofá, se movió, abrió los ojos y se irguió un poco.
—Ya veo —dijo Edward. Se dirigió a ella con un tono amable—. Usted debe ser Sue. ¿Por qué no pasa a la consulta?
La ayudó a ponerse de pie asiéndola por el codo.
—Puedes entrar si quieres —le dijo a Bella girando la cabeza por encima del hombro—. Y tú también, Nessie.
Cruzaron las puertas y siguieron a Edward por un corto pasillo, aunque lentamente, porque él se acomodó al paso de Sue. Cuando estuvieron en la consulta, hizo que la anciana se subiera a la camilla, y le dijo a Bella que tomara asiento en la silla de madera que había frente a la mesa.
Nessie se encaramó al regazo de su madre, y observó a Edward con los ojos muy brillantes y abiertos.
—Bueno, cuénteme, Sue —le dijo mientras le colocaba un manguito a la anciana para tomarle la tensión.
—Tengo un resfriado —respondió la mujer—. Bueno, al menos empezó como un resfriado —se corrigió—. Pero esta tarde me notaba la cara caliente, y cuando me tomé la temperatura vi que tenía un poco de fiebre.
—Ya veo —murmuró Edward, anotando la tensión antes de quitarle el manguito—. Hay mucha gripe por ahí —le dijo—. Vamos a ver qué temperatura tiene ahora —le puso un termómetro y esperó unos minutos—. Umm… Está algo elevada.
Sue asintió cansada.
—Lo que le decía.
Bella controló a duras penas su preocupación hasta que Edward terminó de examinar a su vecina. Cuando se puso a tomar notas después de escucharla con el estetoscopio y de palparle la garganta, le preguntó:
—¿Tiene la gripe?
—Me temo que sí —contestó Edward—. Me gustaría que pasara la noche en el hospital. Le daremos líquidos y la tendremos en observación para asegurarnos de que no empeora.
—No quiero ir al hospital —protestó Sue.
—Ya sabemos que no quieres —le dijo Bella en un tono amable—, pero seguro que el que estés bien cuidada una noche será mejor para ti que el que te vayas a casa, y te pongas peor, porque entonces no tendrías que pasar una noche en el hospital, sino varios días.
—Bueno, eso es verdad —reconoció Sue a regañadientes.
—Es lo mejor, ya lo verá —le dijo Edward, dándole una palmada en el hombro—. Me ocuparé de todo para que una ambulancia la traslade al Hospital General de la ciudad. Vuelvo enseguida.
—Preferiría irme a casa —gruñó Sue cuando la puerta se cerró detrás de Edward.
—Lo sé —la tranquilizó Bella—. Y lo entiendo, pero creo que el doctor Cullen tiene razón. Será lo mejor.
—Supongo —murmuró la anciana cansada.
Al poco rato volvió Edward, y su presencia pareció llenar toda la habitación.
—Su transporte la espera, señora Clearwater.
—Cielos, qué rapidez —dijo Sue abriendo mucho los ojos—. ¿Es usted mago?
—Me temo que no —contestó él con una sonrisa. Sus blancos dientes resaltaban más con su piel pálida—; había una ambulancia en la zona cuando la recepcionista pidió una. Ha sido sólo cuestión de suerte.
—Vaya, pues eso está bien. Un poco de suerte no me vendría mal —murmuró Sue.
—Creo que a ninguno de nosotros nos vendría mal un poco más de suerte —dijo Edward.
Fuera, en el pasillo, se oyeron voces, y Edward abrió la puerta de la consulta.
—Aquí está vuestra paciente, chicos —llamó al equipo de la ambulancia—. Bella, Nessie, vamos a salir fuera; necesitarán sitio para meter la camilla.
—Nos vemos mañana por la mañana, Sue —le prometió Bella a su vecina, inclinándose para besarla en la pálida mejilla.
—Hasta mañana, Sue —se despidió Nessie, siguiendo el ejemplo de su madre y dándole un beso—. Te queremos.
Una sonrisa arqueó los labios de la anciana.
—Y yo a vosotras, cariño.
Bella tomó a la niña de la mano y siguieron a Edward al pasillo para hacer sitio a los dos auxiliares de la ambulancia y su camilla. La pasaron en un abrir y cerrar de ojos a ella, la taparon con una manta, y le ajustaron unas correas.
—Hasta mañana, Sue —repitió Nessie mientras los dos hombres se alejaban con ella hacia la salida, donde esperaba la ambulancia. Apretó la mano de su madre, y cuando la puerta de la ambulancia se cerró, miró a su madre preocupada—. ¿Se pondrá bien, verdad, mamá?
—Edward ha dicho que sí, y es muy buen médico, cariño —la tranquilizó Bella, acariciándole el cabello con la palma de la mano.
Los ojos chocolates de Nessie se posaron entonces en Edward, que se puso en cuclillas frente a ella, y le dijo:
—Tu amiga Sue se pondrá bien, Nessie, ya lo verás. Las enfermeras del hospital la cuidarán esta noche y le darán medicinas para que mañana pueda volver a casa. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —Nessie sonrió, y Edward le dio un pellizco afectuoso en la barbilla con la mano antes de levantarse.
—Si quieres puedo recogeros mañana por la mañana, sobre las diez, para que vengáis al hospital conmigo. Tengo que visitar a varios pacientes. Podéis estar con Sue hasta que haya acabado la ronda. Luego os llevaré a casa a las tres.
—Gracias —se limitó a decir Bella.
Su carácter independiente podría haber hecho que en otras circunstancias hubiera declinado su ofrecimiento, pero Sue iría mucho más cómoda en el coche de Edward que en un taxi.
—Os llevaría a Nessie y a ti de vuelta a casa ahora, pero mi turno no acaba hasta dentro de varias horas. Le dije a la recepcionista que os pidiera un taxi, y ya está esperándoos en la puerta —añadió él—. Ya sé que podríais tomar el autobús, pero es tarde, y Nessie parece que está que se cae de sueño.
Bella sabía que tenía razón; Nessie estaba cansada. La niña estaba apoyada en ella, y su hora de irse a acostar ya hacía bastante que había pasado.
—De acuerdo, gracias de nuevo.
El alivio se dibujó en el rostro de Edward, que le sonrió con una calidez que hizo que a Bella le flaquearan las piernas.
—No hay de qué —murmuró, y las acompañó fuera—. Me siento mejor sabiendo que el taxi os llevará directamente a casa.
—Buenas noches, Edward —se despidió Nessie de él.
La boca se le abrió en un gran bostezo, y entró en el taxi.
—Buenas noches, Edward, y gracias por todo —le reiteró Bella.
—Nos vemos mañana.
Por un momento, Bella creyó que iba a besarla, pero cerró la puerta y se inclinó sobre la ventanilla entreabierta del copiloto para decirle al taxista:
—Cuide bien de mis chicas —y le tendió unos billetes doblados.
—Lo haré, no se preocupe —respondió el hombre tomándolos.
Edward retrocedió y el taxi se alejó de la acera.
¿Sus chicas? Bella no sabía muy bien cómo sentirse respecto al matiz posesivo que había acompañado a las palabras de Edward.
Sin embargo, el cariño y la preocupación que había mostrado por Sue y por ellas la había enternecido. Hacía mucho que nadie la hacía sentirse cuidada, y le gustaba. Quizá demasiado, pensó.
¿No estaría empezando a depender demasiado de Edward? ¿Y si era así?, ¿cómo se sentiría cuando él se cansase de ella, como era indudable que ocurriría?
Apartó de su mente esos pensamientos, decidida a no estropear la felicidad que sentía en ese momento por preocuparse por el futuro.
A la mañana siguiente, tal y como les había prometido, Edward las recogió y las llevó al hospital con él. Estaba lloviendo, y corrieron desde el coche hasta la entrada, mojándose un poco con aquella lluvia primaveral. Edward las dejó en la planta de Sue y les dijo que pasaría a recogerlas en una hora más o menos.
Por fortuna, Sue estaba mucho mejor y le dieron el alta. Cuando regresaron a casa y dejaron a la anciana en su apartamento, ya era más de mediodía.
— ¿Crees que Sue estará bien sola en su casa? —le preguntó Nessie a su madre preocupada—. A lo mejor debería quedarse con nosotras hasta que se ponga bien.
—Quiere descansar en su propia cama, cariño —le dijo Bella—, pero como estamos al lado, podemos pasar a verla las veces que haga falta para asegurarnos de que está bien y de que tiene todo lo que necesite.
— ¿Como comida? —Nessie se subió de rodillas a una de las sillas de la cocina y apoyó los codos en la mesa—. Yo tengo hambre. Seguro que Sue también.
—Bueno, ella ha almorzado antes en el hospital, ¿te acuerdas? —le dijo Bella—. Pero nosotras no; no me sorprende que tengas hambre. ¿Qué te apetece comer?
— ¿Qué tal comida china? —Propuso Edward—. He visto que hay un restaurante de comida china en la esquina.
— ¡Sí! Me encanta la comida china —exclamó Nessie al instante.
Edward miró a Bella y enarcó una ceja.
— ¿Y a ti qué te parece la idea? ¿Te gusta la comida china?
—Sí, pero no sé si Nessie se la comerá cuando la hayamos pedido. Siempre está diciendo que le gustan todas las comidas que le suenan exóticas, las haya probado o no.
—Bueno, podemos probar —le dijo él.
—Si quieres —respondió ella encogiéndose de hombros—. El otro día nos dejaron una hoja de publicidad en el buzón. La tengo ahí colgada, en la nevera.
Media hora después estaban los tres sentados en torno a la mesa de la cocina con una docena de cajitas de comida china y un plato para cada uno.
—Esto me gusta —dijo Nessie mientras masticaba—. ¿Qué es?
Edward se inclinó para mirar el trozo de comida pinchado en su tenedor.
—Pollo con almendras.
—Está rico.
Edward sonrió a Bella.
—Le gusta.
—Bueno, supongo que podemos añadirlo a la corta lista de comidas que se ha atrevido a probar —concedió Bella.
—Quiero usar los palillos, mamá —le pidió Nessie.
—Es mucho más fácil comer con el tenedor —replicó su madre.
—Pero Edward usa palillos.
—Eso es verdad —dijo Edward. Miró a Bella para pedirle permiso y, cuando ella asintió, rasgó el envoltorio de un par de palillos del restaurante y se los tendió a Nessie. La niña los sujetó con torpeza entre sus dedos y trató de atrapar con los palillos un trozo de pollo, pero se le cayó al plato antes de que llegara a la boca—. Así, no. Espera, yo te enseñaré —se ofreció Edward.
Se puso de pie, rodeó la mesa y se inclinó sobre ella para enseñarle cómo colocar los deditos para sujetar bien los palillos y agarrar un trozo de comida.
Bella aplaudió cuando éste desapareció en la boca de Nessie.
—Mira, mami —dijo la niña orgullosa con la boca llena—. Ya sé usar los palillos.
—Sí, ya lo veo —asintió su madre cruzando una mirada divertida con Edward.
Fuera, la lluvia golpeteaba los cristales y regaba las flores primaverales y los árboles que ya estaban echando hojas. Dentro, los tres acabaron de almorzar, recogieron la cocina y se sentaron en el salón a jugar al Clue.
Bella encendió el reproductor de CD, y se empezó a oír la voz de Louis Armstrong cantando una canción de la década de los cuarenta. Bajó el volumen para que no molestara y fuera sólo una música de fondo, que le dio al apartamento un ambiente aún más acogedor.
Edward tiró los dados y movió su ficha.
—Oh, no —gimió Nessie con mucho dramatismo—. ¡Estás en la biblioteca, y con la señorita Escarlata!
Edward se rió.
—No juego a esto desde que era niño pero, si no recuerdo mal, creo que cuando otro jugador no quiere que caigas en la casilla de una habitación es porque probablemente sabe algo sobre quién mató a quién.
Nessie le dirigió una mirada pícara.
—Puede que sí, puede que no —sacudió la cabeza, y su cabello cobrizo, que su madre le había recogido en una coleta, se movió de un lado a otro y brilló con la luz de la lámpara—. No te lo pienso decir.
Bella se inclinó hacia Edward y le siseó:
—Creo que debería advertirte: Nessie casi siempre gana cuando jugamos a esto.
—Ajá. Pues esto es un desafío en toda regla —les dijo él—. Ahora voy a jugar en serio. Tengo que demostraros que los chicos también sabemos jugar a esto —añadió con una expresión ceñuda que hizo reír a ambas.
«Parece mentira. Estoy jugando a un juego de mesa con una niña y su madre y me lo estoy pasando bien», pensó Edward de pronto.
Qué diferente era Bella de las chicas con las que había salido anteriormente, todas tan sofisticadas e insinuantes. Y qué diferente era aquel ambiente hogareño de los exclusivos eventos sociales que había frecuentado un fin de semana sí y otro también en el pasado. Tal vez había estado equivocado todo ese tiempo. Tal vez su convicción de que no estaba hecho para ser un hombre de familia se debía sólo a que no había conocido a la mujer adecuada.
Aquél era un pensamiento inquietante, y como tal lo empujó a un rincón de su mente. Ya volvería sobre ello más tarde. Mucho más tarde. En ese momento estaba disfrutando de la compañía de Bella y Nessie y no quería pensar en cosas serias.
Horas después, cuando Edward ya se había ido y Nessie estaba dormida, acurrucada bajo la colcha rosa de princesa en su cama, Bella se fue también a su dormitorio.
La lámpara de su mesilla proyectaba un círculo de luz dorada sobre el libro y el cuaderno que tenía en su regazo. Había decidido aprovechar para estudiar un poco, pero no podía dejar de pensar en Edward.
El contraste entre la reputación de donjuán que tenía Edward y el hombre que se había sentado al estilo indio en el suelo de su salón esa tarde a jugar con su hija y con ella al Clue no podía ser más chocante.
Sus labios se curvaron en una sonrisa y sus ojos se tornaron soñadores mientras repasaba mentalmente cada momento de aquella tarde. En cierto modo había sido algo agridulce, porque le había hecho pensar que así era como podría haber sido su vida si el padre de Nessie la hubiese querido y respetado. Y si hubiera sido un hombre honorable y se hubiese quedado a su lado, añadió para sus adentros.
En ese momento sonó el teléfono, sacándola de sus pensamientos, y se inclinó hacia el lado para tomar el inalámbrico de la mesilla.
— ¿Diga?
—Hola, Bella.
Ella casi gimió de disgusto al reconocer la voz de su ex.
—Hola, Patrick.
—Te llamo por lo que hablamos. ¿Lo has pensado?
—Ya te lo he dicho, Patrick. No voy a pedirle a Edward que te dé un trabajo.
—Vaya, pues siento oír eso —respondió él—. Quizá podríamos hablarlo mañana tomando un café.
—Me temo que no. Francamente, Patrick, no tenemos nada de qué hablar.
—Oh, ya lo creo que sí —replicó él en un tono áspero—. Podemos dejarlo en manos de nuestros abogados, por supuesto, pero creí que preferirías que primero lo habláramos entre nosotros; ya sabes, sobre cómo vamos a establecer el calendario de visitas y todo eso. Antes de que mi abogado pida que se fije una fecha para la vista en el juzgado para resolver este asunto.
—Eres un miserable. No tienes ningún interés en ver a Nessie —le espetó ella furiosa.
—Pero como padre tengo derecho a visitarla —repuso él—. Y puedo ejercer ese derecho si quiero.
—Está bien —claudicó ella—. Podemos vernos antes de que entre a trabajar.
Le dio la dirección de un Starbucks que había cerca del restaurante y colgó con un dedo tembloroso antes de volver a poner el teléfono sobre su base.
