Las Caricias del Tiempo Por ChePotter

Basado en los personajes de Harry Potter, por JK Rowling.

Esta historia es con propósitos de entretenimiento y sin fines de lucro.

16/11/05

Aix... cuantos años sin subir un capi! Los miles de los perdones... pero como akí tengo tan atrasada la historia me olvido... so, sorry! A ver si me pongo al día! Bue, supongo k si alguien esta leyendo debe tener unas cuantas dudas de que es lo k está pasando en esta historia, básicamente son tres historias relacionadas que pasan en tiempos diferentes! En 7mo, poco después de terminada la guerra, y once años después! Los capis serán Ron/Harry/James... o sea, cada capi esta dedicado a un tiempo... cualkier duda ya saben existen lo rr! Y si solo kieren decir k les gusta, o bue, cualkier tipo de critica tmb es bienvenida!

Muchas pro muchas gracias a Doky por su rr! (Niña! Espero saber de ti pronto!)

Chei.

Capitulo 4: Agua Consumida

Caminó todo un día, sin tener un rumbo fijo. Con la mente en blanco. Con los ojos chocolates de su hermana mirándole cálidamente. Con su llanto en sus oídos. Con el alma partida.

Tú siempre piensas eso. Las palabras de la pequeña Weasley resonaron en su cabeza. Sabía que esta vez era lo mejor, sabía que estaba haciendo lo mejor, sabía que había sido la decisión correcta.

Sonrió al recordar la escena del té. Sólo tenía cinco años en aquel entonces, ahora ya era adulto, sabía muy bien lo que hacía. A medida que caminaba, más se perdía en su mente.

Llegó a una pequeña plaza. Los grandes robles adornaban el lugar dándole un toque mágico.¡Ja, mágico! ¿Para qué servía la magia?

Avanzó lentamente, como lo había hecho desde que había abandonado la casa, hasta un banco en el centro el lugar. Revolvió entre sus ropas, las que Ginny le había dado.

Ginny...

Siguió buscando hasta que encontró el objeto. Lo tomó en su mano y lo sacó. Su vieja varita posaba ahora sobre sus manos. La recorrió con el dedo índice, haciendo que un par de chispas salieran de la punta de ésta.

Hacía tanto que no usaba magia. Movió la varita ligeramente formando un círculo dorado frente a él, el cual se desvaneció rápidamente.

Magia. ¿Qué era la magia? Un instrumento de muerte, le respondió una voz lejana. Sí, sólo servía para eso, para destruir vidas inocentes.

Miró su varita. Parecía un simple pedazo de madera. ¿Cómo podía un pedazo de madera ser tan destructivo?

Poco a poco el sueño le embriagó con su suave sabor a paz. Paz... él no quería paz, ¿o sí? Sus ojos se cerraron, su respiración se hizo más lenta, y su mente se quedó en blanco.

Abrió los ojos. No sabía dónde estaba, ni cómo había llegado hasta allí. No se preocupó, hacía mucho que estaba en esa situación. El frío entraba entre sus ropas, frío húmedo de la noche. Una luna llena correspondió su mirada, dulce y cálida, ajena a todo. El banco bajo su cuerpo resultaba más incomodo en esos momentos que cuando había llegado a él...

Ginny...

Volvió a cerrar los ojos al recordar los sucesos del día. El peso del pequeño James en sus brazos se había perdido esa tarde, pero él sabía que era lo mejor para el bebé, era lo mejor...

Movió levemente su mano, y notó algo en ella. i Su varita... /i Se enderezó sobre le banco, y posó sus ojos sobre el preciado elemento. La luna creaba delicados brillos sobre la madera, madera inútil y sin sentido.

Los extrañaba...

Se levantó de golpe y tiró el pedazo de madera al suelo. Fina y pequeña como era ella, se partió en dos. No le importó. Brutalmente colocó su pie sobre el, ahora inservible, objeto, y le despedazó con fiereza. No quería saber nada de aquello que le había quitado todo, su vida... su vida se había ido con ellos.

-Yo tendría que haber muerto. Yo—susurró al aire.

Ni una sola alma movía su cuerpo por el vecindario, todos reposaban tranquilos en sus camas, con sus sueños de hadas, creyendo que la vida es algo que uno puede sentir, que la vida está para ser feliz. ¡Pobres inocentes! Si solamente supieran lo que la vida era capaz de hacerle a uno, las injusticias que se llegaban a cometer... él tenía que estar muerto, él, no ellos, ellos que debían formar una familia, una de esas que se sonríen todos los días...

Pero no, él era el que había sobrevivido, él que no tenía nada porqué vivir, nada, absolutamente nada. Se odiaba.

-¿Mala noche?—preguntó una voz tras él.

Se giró con brusquedad, buscando entre sus bolsillos por su varita, pero se detuvo al recordar que acababa de deshacerse de ella. Un hombre, de unos treinta, treinta y cinco años le miraba con serenidad. Tenía el cabello pardo y sus ojos claros como el agua, iluminaban todo su rostro.

-Mala vida—respondió sin interés. El hombre delineó una suave sonrisa, que pasó inadvertida a sus cansados ojos, y se sentó en el banco donde minutos atrás él dormía.

-Pues qué mal entonces—siguió el hombre tranquilamente, mientras buscaba entre sus ropas, y sacaba una pequeña caja de metal—¿Uno?—Ron observó los gruesos cigarrillos dentro de la cajilla, y negó con la cabeza.

-Uno de los más preciados placeres que aún conservo—comentó el hombre, mientras encendía con un cerillo el oscuro cigarro—¿Seguro que no desea uno?—Ron volvió a asentir.—Siéntese, hombre, si la vida lo ha tratado tan mal, al menos tómese un descansito—Ron miró al hombre entre curioso y molesto. ¿De dónde había salido?

-No me diga que me tiene miedo—comentó el hombre, más como una curiosidad que como una pregunta, y luego exhalaba el humo negro del cigarro.

-No le tengo miedo, señor, simplemente no me interesa—contestó secamente Ron. Lo único que le falta, que el tipo se creyera el amo del mundo.

-Pues aparentemente no le interesa nada—siguió el hombre con tranquilidad. Ron podía ver el rostro del hombre contorsionarse en una ligera sonrisa de burla. Se estaba burlando de él.

-Pues a usted no debe interesarle si a mí me interesa algo o no—respondió casi bruscamente, y se giró para irse.

-Déle una oportunidad a lo que se le ofrece... si tan mal le fue hasta ahora, nada puede empeorar, ¿o sí?—

Se detuvo. Palabras resonando en sus oídos. Oídos debilitados, debilitados como rosa en otoño, como nieve en primavera, como agua de manantial seco. Volvió a dirigir la mirada hacia le hombre, quien mantenía sus ojos fijos en el puro en sus manos, tenía las piernas cruzadas y una postura desinteresada, sin embargo, sus palabras... sus palabras habían sonado sabias para un joven cansado de escuchar de dolor y sufrimiento, y de esperanza utópica.

Ron caminó lentamente hasta estar frente al hombre, quien no se inmutó en mirarle. -¿Qué quiere?—

-Yo no deseo nada, hombre, es usted quien busca las estrellas entre las nubes negras—Otra vez palabras misteriosas que resonaban en el aire. Sin saber muy bien porqué, se sentó al lado del desconocido.

-¿Seguro que no desea uno?—preguntó volviéndole a ofrecer la cajilla de cigarros.

Ron asintió sin pronunciar palabra. Un torbellino de pensamientos se amontonaba sobre su capacidad de razonar, dejando sus habilidades motoras como único sustento de su alma. El hombre le movía el piso donde se encontraba parado... su vida parecía oculta tras un velo de incertidumbres que no lograba retener, las ideas se escabullían, aceleradas por motores nucleares que disipaban todo pensamiento racional que él pudiera tener en esos momentos. ¡Y era un simple desconocido! Un hombre salido de la nada, un hombre que sólo se planteaba fumar... desgracia desgarradora de los pulmones y el alma del ser que sufre.

-Tal vez acepte uno—dijo finalmente, luego de un incómodo silencio en el cual el hombre se mantuvo sereno y distante.

-Como usted desee, hombre—el desconocido extendió la cajilla y Ron tomó un cigarro. Nunca había estado en contacto con uno, apenas si sabía lo que eran, y lo que podían causar...

El hombre buscó con su otra mano, cigarrillo entre los labios, y tomó una cerilla. Ron se mantuvo con el cigarro en la mano, observando al hombre.

-¿Primera vez entonces?—dijo el hombre sonriendo. Ron asintió. –Muy bien, ponga el cigarrillo entre los labios, muy bien, ahora aspire—el hombre puso la cerilla en la punta del cigarro y Ron aspiró.

Tosió. La sensación era embriagante y sofocadora. Volvió a aspirar. Tosió. Realizó varios intentos antes de poder librar el humo con naturalidad. Podía sentir el aire inflándose en sus pulmones, cubriéndole poco a poco con su impureza, con su sabor, con su final.

-No sé preocupe, se acostumbrará—

No le importaba acostumbrarse, pero no replicó. El sentimiento de desahogo que le inundaba con cada aspiración, y el relax que introducía en su cuerpo cada pequeñez de humo liberado era suficiente placer para una vida que le había sido arrebatada de las manos.

-Muchas gracias, señor... —

-Puedes llamarme, Minko, hijo—

-Muchas gracias, señor Minko—agradeció Ron, mientras elevaba la vista al cielo. La Luna apenas brillaba tras una traslucida nube blanca.

-No hay de qué, hombre—

El sol comenzó a asomarse por un tibio horizonte de blancas casas. El parque le sonrió cuando abrió los ojos, y el olor a cigarrillo le inundó las narinas al instante. El hombre de la noche anterior ya no estaba, pero a su lado, reposaba el paquete de cigarrillos, abierto, y prácticamente lleno, como una ofrenda.

Ron se enderezó en la banca, y tomó el paquete observando hacia todos lados. No había rastros del hombre, en las casas comenzaban a divisarse el movimiento de apuradas figuras, y algún que otro coche comenzaba su camino al madrugador trabajo.

Se acomodó las ropas, y guardó el paquete de cigarrillos, mientras volvía a ponerse en camino. Sólo Dios sabía adónde.

No tardó mucho en llegar a la estación de trenes. Sus pies le habían transportado. El hambre rugía en su estomago, lo único que había comido, o en realidad bebido en unos tres días, había sido el té de Ginny.

El lugar bullía en excitación bien disimulada, las personas corrían de un lado a otro, comprando sus boletos antes de que los trenes partieran, apurados por llegar a sus trabajos en las cercanías de la ciudad, o en algunas más lejanas.

Ron pasó desapercibido entre tanto movimiento, y caminó sin rumbo por el lugar. Unas grandes maquinas le saludaban a su paso, unas iban otras venían, llevando y trayendo gran cantidad de pasajeros. En el medio de la estación, se erguía una pequeña plaza de comidas, un par de cafés, una pizzerías cerrada a esas horas, y dos o tres locales de souvenir.

-Veo que ha decidido alimentarse—murmuró la voz del hombre colocándose a su lado.

-¿Qué quiere?—cuestionó Ron, impacientándose con la insistencia del hombre, pero sin dejar de caminar.

-Desayunar—

-¡Hágalo!—

-No me gusta comer solo—

-¡Busque compañía entonces!—

-Eso estoy haciendo—le respondió el hombre, manteniendo calma ante la elevación del tono de voz del pelirrojo.

-Pues lamento decirle que no está en mis planes hacerlo, así que busque a otro. Con permiso—se disculpó más calmo y comenzó a caminar rápidamente para alejarse del hombre.

-¡No va a llegar a ningún lado de esa forma!—gritó el hombre a sus espaldas, pero Ron no le hizo caso, se dirigió a una ventanilla, y compró un boleto para el primer tren en partir, ni siquiera escuchó a la recepcionista al decir el destino, y se encaminó hacia la plataforma número 4. No quería estar un segundo más en ese lugar.

Ni un segundo más...