Basado en los personajes de Harry Potter, por J.K.Rowling
Esta historia es con propósitos de entretenimiento y sin fines de lucro.
26/04/06
Bueno, aquí les traigo el siguiente capítulo de Las Caricias del Tiempo. Se suponía lo iba a subir diez días atrás, epro un problema con mi comp., y mis últimas vacas antes de comenzar otro año en la facultad me retrasaron... pero akí está! Espero que les guste, y les agrade sobretodo el nuevo personaje !
Chei.
Manzanita Roja:
Me agrada que te guste... Voldie se lleva a Herm? Puesh... un lu sé... creo que te has super re adelantado a la historia! Puesh, un, Jame son es hijo de Ron... hice una pequeña alusión en capis anteriores... de todas formas, en algunos más no te quedará duda! Muchas Muchas gracias por tu apoyo! Espero te guste este cap!
RESUMEN CAP 7:
Ron se toma un tren a Paris. Sin embargo, se enferma al punto del delirio, y es "salvado" por una francesa y su hija Madeleine, lugar donde Ron recobra la conciencia. (Aix... k cortito!)
Capítulo 10: Más allá del Mar
"Más allá del mar habrá un lugar,
Donde el sol cada mañana brille más.
Forjarán mi destino las piedras del camino,
Lo que nos es querido siempre queda atrás"
- Un beso y una flor - Armenteros/Herrero.
Dos días habían pasado desde su primer despertar en aquel lugar, finalmente podría salir de la prisión de esas paredes. Dominique, así era como se llamaba la mujer, le había traído un equipo deportivo para que se vistiera, y ahora se dirigía, con la pequeña guiándole, hasta la cocina. Aún se encontraba tan silencioso y reacio a ese lugar como el primer día, sin embargo, la niña no parecía comprender sus malas actitudes hacía ella como invitaciones a alejarse de él, y se apegaba aún más a este extraño para ella.
La mujer no parecía estar sorprendida por el comportamiento de su hija en lo más mínimo, y solía utilizarla para lograr que él hiciera aquello que tanto negaba a la mujer. Aquello que Dominique desconocía, era el porque Ron tenía tanta tolerancia hacía los ojos brillosos de Madeleine.
Poco después de haber recibido la primera comida en esa casa, tras un largo y tedioso sermón de la mujer, en el cual le había impuesto que él se cuidaría mientras estuviera en esa casa, y a lo que él había respondido rotundamente que no le interesaba tal favor, Madeleine había corrido hasta los pies de la cama, se había subido y le había abrazado, como implorándole que nunca se marchara de allí.
Ron, por más esfuerzo que había realizado para no rendirse ante la ternura de la niña, había terminado cayendo vencido bajo lo adorable de la situación, solo para encontrarse luego sumido en la culpa, al percatarse que en un par de años, sería James quien podría haber corrido hacia él de esa manera. Desde ese momento, tratando de obviar ese sentimiento de haber fallado a aquello que lo unía con su antigua vida, había otorgado a la pequeña las únicas sonrisas que aún guardaba, y que nadie había vuelto a ver desde la muerte de sus mejores amigos.
Ron tenía que aceptar, a medida que caminaba por la esplendida mansión, rodeado de sus pensamientos, y viejos recuerdos, que Dominique estaba haciendo un buen trabajo en distraerlo, y dentro de todo, él aún se encontraba en esa casa. Aún así, en las noches horribles sueños colmaban sus horas de descanso, sueños que no pasaban más allá de sus ojos, y que tanto madre como hija desconocían, sueños que en el día le recordaban que se marcharía pronto de ese lugar.
Descartando sus pensamientos, fijó su atención en los pasillos por los que caminaba, pertenecientes a una gran mansión con grandes ventanales góticos dejando traspasar la luz del sol, se le asemejaban extremadamente a aquellos que se habían convertido en su hogar a la edad de once años. Aún así, estos se revelaban contra aquella serena oscuridad de Hogwarts, completamente abiertos, casi permitiendo que el exterior se uniera al interior. Pero lo más extraño en todo el conjunto, era la falta de objetos, o retratos que indicaran a los habitantes del lugar.
- Ma maman est là. - murmuró al niña, luego de entrar a un gran comedor, y señalando un tapiz en la pared. Ron observó el extraño bordado sobre la tela con curiosidad, aquel no era un objeto que hubiese esperado en casa de un muggle, ya que estaba claro que tenía un origen completamente mágico.
- ¡Parece que hubiese visto a un fantasma, hombre!
Ron observó a la mujer atontado, luego de haber saltado sorprendido hacía atrás, cuando ésta, habiendo corrido el tapiz de golpe, había salido a través de una abertura en la pared.
-No se quede allí parado, pasé, debe tener mucha hambre... hace dieciséis horas que usted duerme.
Dominique volvió a entrar en la cocina, y Ron, tras ser empujado levemente por la niña por la espalda, la siguió, no así lo hizo Madeleine, quien corrió de vuelta por los pasillos, quien sabría a donde.
El espacio que se ocultaba tras el antiguo bordado, que Ron había esperado fuera un comprimido lugar adecuado al tamaño de un elfo domestico, era casi tan inmenso como el comedor en el exterior.
Dominique sirvió un par de tazas de té, y unos bizcochos en la mesa, mientras colocaba una bandeja, de lo que Ron supuso el futuro almuerzo, en el horno. La mujer tomó asiento, pero Ron aún seguía demasiado pasmado ante la situación como para reaccionar. Primero aquel tapiz, luego un espacio inmenso salido de la nada, ahora se encontraba con lo que él, con sus mínimos conocimientos muggles, consideraba la absoluta tecnología muggle, y sobretodo, Dominique tratándole como si aquello fuera una visita de toda la vida.
- Disculpe...
- Oh, lo siento, había olvidado que las ultimas veces casi había tenido que obligarle a alimentarse, creí que habiendo mejorado su estado físico, se encontraría más dispuesto a... - la mujer acallo su voz ante el rostro de Ron, que demostraba completamente incredulidad ante la palabras que en esos momentos se le ofrecían.
- Solo quiero irme de aquí. - murmuró recobrando su malhumor.
- Haga el favor de sentarse. - continuó ella amablemente, pero con el tono severo que había utilizado al dirigirse a él desde el primer día. Ron se mantuvo erguido en su posición, mirando desafiantemente a la mujer. - Considero que si planea emprender nuevamente viaje, debería al menos tratar de reponer fuerzas, así que siéntese y tómese el maldito té.
Ron caminó hasta la mesa, y tomó asiento, aún sin parecer intimidado bajo la ira que comenzaba a crecer en la mujer, y de la cual era él el causante.
- Así está mejor... ahora, usted dice que quiere marcharse, pues bien, luego de que termine le daré sus cosas, le enseñaré la puerta, y podrá ser libre de hacer lo que quiera, nadie aquí puede detenerlo. Pero si usted me permite el atrevimiento, yo considero...
- No se lo permito. - le interrumpió, volviendo a levantarse, sin haber tocado la taza frente a él. - Usted no es nadie siquiera para haberme mantenido aquí tanto tiempo, cuando ya he manifestado con anterioridad mis deseos de marcharme...
- Veo que tiene usted el don de ser descortés pero hacerlo parecer una simple charla formal. - acotó la mujer en medio de su discurso, pero él, optó por desentenderse del tema y continuar.
- Nunca pedí los cuidados que me fueron otorgados, y si hubiese podido elegir, no los hubiera aceptado, ahora si me hace el favor, quiero salir de este lugar lo antes posible...
Respiraba entrecortadamente tratando de no observar a la mujer, sabía que nuevamente estaba actuando mal, sabía que otra vez huía, pero eso era lo que había deseado hacer desde que había pisado pie en la estación, y no pararía hasta lograrlo, o esos eran sus planes. Lo único que le quedaba en la vida eran esos desgraciados planes, y él no iba a dejar que esa mujer, por más buena que se hubiese portado con él, le derrumbara el frágil soporte que había logrado construir.
Escuchó sus pensamientos, contrariado por la hilaridad de ellos. Se sabía irracional, pero así también conocía que no quedaba mucho de racionalidad, ni en el mundo, ni en él, y no estaba dispuesto a seguir buscando una respuesta a ello.
No supo cómo, ni de que manera, pero minutos después la puerta de la mansión se cerraba tras él con un gran golpe, y se enfrentaba a la planicie de la soledad otra vez. Su ropa había sido cuidadosamente empaquetada en una mochila, junto a algunos alimentos que debían durar hasta que llegara a la ciudad.
Solo al dar un par de pasos notó los ojos de Madeleine observándole desde las alturas de una de las torres. Por alguna razón, le partía el corazón volver a dejar a la pequeña...
- Duele, ¿verdad? - Saltó hacía atrás cayendo de bruces al suelo, sobresaltado ante la aparición de una joven frente a él. - Lo siento. - se disculpó la chica, ofreciéndole una mano para ayudarle a levantarse, que Ron rápidamente rechazó, poniéndose de pie con dificultad.
Observó a la muchacha creyendo que estaba alucinando, dado que desconocía por completo de la presencia de alguna otra persona en la casa además de Madeleine y Dominique. Ella le observaba expectante, con unos ojos dorados casi blancos, y el cabello completamente opuesto, ondulado contrastando con una pálida tez. Si Ron no hubiese conocido la verdadera forma de los fantasmas, le hubiese confundido con uno.
- ¿Quien eres?
- Veo que mi tía no te habló sobre mí... - murmuró la muchacha para sí. - No has respondido mi pregunta.
- Tu tampoco.
La chica sonrió ante la testarudez de su interlocutor. - A decir verdad, si lo hice, pero por otra parte, yo pregunté primero.
Ron abrió los ojos como platos ante la ocurrencia de la muchacha, luego, aún intrigado por esta nueva figura, tomó sus cosas, y emprendió camino fuera de los terrenos.
- No te irás sin responderme, ¿o sí?
- No veo de que te incumbe a ti esa respuesta.
- A ella le duele. A cualquier niño lo haría... - aquello había sido un golpe bajo para Ron, aún cuando la muchacha no supieran el efecto que sus palabras tenían en él.
- No hables de lo que no entiendes. - escupió sin mirar hacia atrás, donde ella, cruzada de brazos le observaba expectante.
- No asumas lo que no sabes, entonces.
- Solo eres una chiquilla que no sabe nada.
- Si se supone que ese comentario debería herirme, lamento avisarte que estás totalmente equivocado, además, podría apostar que tú eres menor que yo. - Ron casi pudo sentir la sonrisa burlona de la chica tras su espalda.
- La edad no es lo que te hace mayor en la vida, niña. - murmuró lúgubremente, sin intensión alguna de continuar con esa discusión infantil, y volviendo a emprender el paso.
- ¿Sabes lo que me cuesta entender? - comenzó la muchacha comenzando a caminar, y colocándose junto a él. - Porque mi tía se tomó tanto trabajo en ayudarte, cuando estaba claro que tú no lo deseabas, y me cuesta entender que en el mundo haya gente capaz de despreciar así la ayuda de una persona como ella...
- Te aseguro, que prefieres no entenderlo, a veces, para entender cosas como las que planteas... - detuvo sus palabras, no era capaz de pronunciar todo el sufrimiento que había pasado para pasar a comportarse de esa manera. Como bien se había planteado nada, ya nada había de racional... - ...luego, dentro de lo irracional no hay nada que entender. - murmuró finalmente.
La chica continuó a su lado sin decir palabra, casi meditando los murmullos que habían salido de sus labios, como si aquello le ayudara a comprender. Ron urgía por gritarle que a veces había cosas que no se podían comprender, que no había explicaciones, ni lógicas, ni mucho menos justicias en los actos, que cuando se vive, esas cosas se descubren, y que ella estaba mejor sin descubrirlas.
El camino que llevaba a la entrada de la mansión era largo, y para cuando llegaron al final del trayecto, y los grandes portones de hierro se elevaron sobre ellos, el sol ya se encontraba en su mayor esplendor. Lamentablemente, unas grandes nubes negras amenazaban con tapar la fría luz, casi como previendo los sentimientos negros que se arremolinaban en el corazón de Ron.
- Sé que esto no servirá de mucho... - murmuró la chica, haciendo que Ron se sobresaltase, ya que, en el silencio en el que marchaban, se había olvidado de la presencia de la muchacha a su lado. - Pero ella realmente te extrañará mucho... iluminaste una sonrisa perdida en el rostro de esa niña... - la chica movió sus dedos en uno de los bolsillos de sus ropas, como jugueteando con algo allí. Movilizó los labios como para decir algo más, pero luego se volteó, y sin palabra alguna regresó por el camino que recién los dos habían transitado.
Ron se mantuvo allí erguido por lo que luego le pareció una eternidad. Había algo en al tristeza con que la muchacha había pronunciado esas últimas palabras que le había dejado en una especie de trance. Sin embargo, logró llevar sus pies fuera de aquellos terrenos, y momentos después, era levantado por un camión de carga, y transportado hasta la ciudad.
El movimiento de la ciudad pesquera era inmenso, las voces y el ruido de los coches llenaban el aire, logrando aislar cualquier otro sonido que se quisiese pronunciar. Ron bajó del camión frente a una gran construcción que colaboraba a tal bullicio con una estrepitosa maquinaria. Cuando había decidido cruzar el canal de la Mancha, no había esperado pasar de un sencillo y bastante tranquilo clima de la ciudad de Cherinton, a la bulliciosa y trabajadora Caláis.
Con su poco equipaje en una mano, y su mente tratando de ser liberada de cualquier pensamiento o sentimiento, emprendió camino por las frías calles de la ciudad. El viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, y Ron se apretujó bajo el sobretodo que Dominique había tenido la delicadeza de otorgarle. No tardo mucho para la lluvia acompañar el mal tiempo, y una fina y congelante llovizna comenzó a caer, sobre un, ahora, apurado Ron. Finalmente, entró en un hotel de mala muerte, buscando refugio al gran temporal que deseaba azotar la ciudad.
El único sonido que se oía en el lugar era el del viento hostigando contra la vieja puerta de madera, y el de un viejo reloj de pared sobre un raído mostrador. No había nadie allí a quien solicitar habitación, por lo que Ron se acercó con cautela hasta la mesilla que era ocupada solamente por un desgastado timbre.
Segundos después de haber presionado dicho artefacto, un hombre anciano bajaba las escaleras tras el mostrador. El hombre apenas si tenía cabello, y la piel se encontraba tan arrugada, que a Ron le costaba distinguir entre el final de la frente y el comienzo de la nariz. Tenía unos ojos diminutos, casi de rata, brillantes y ambarinos, y le observaba con escrutinio.
- Disculpe... - comenzó Ron al ver que el hombre no prestaba intenciones de hablar. - Buscaba una habitación donde pasar la noche.
- Por supuesto, son... ¿en que desea pagar? - Ron miró al hombre destartalado al notar que no llevaba ningún tipo de dinero muggle encima. - Si no tiene con que pagar, puede ir saliendo por la puerta por la que entró. - el hombre sonó frío y distante, se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras.
- Pierre, yo pagaré la estadía del buen hombre... - una voz sonó desde lo que era un pequeño estar hacia la derecha de la habitación, en el cual Ron no había percatado.
- No es necesario, yo... - trató de excusarse Ron, observando el respaldo del sillón hablante.
- No se preocupe, hombre. - murmuró la voz animadamente, y Ron pudo ver levantarse de aquel sillón al hombre que le había ofrecido el puro allá en su tierra. - Parece que volvemos a encontrarnos...
- Así parece. - murmuró mirando con incertidumbre al hombre.
-Pierre, dale al buen hombre una habitación, y luego tráeme un güisqui.
- Si, señor. - respondió el anciano, y con un gesto de cabeza, indicó a Ron que le siguiese. Este estaba demasiado impresionado para moverse. Nuevamente este hombre se cruzaba con él, y no deseaba tener que deberle nada, sobretodo, porque no le traía muy buena espina.
- Debería apurarse, Pierre no gusta de esperar.
Ron le observó con los ojos como platos, pero sin pronunciar palabra, y lanzando miradas furtivas hacia la puerta crujiente bajo la ferocidad de la lluvia, siguió al anciano por las escaleras. El lugar parecía aún más decrepito una vez uno se introducía en él, telarañas deshabitadas se colgaban del techo, produciendo escalofríos en la piel de Ron, contra el suelo podían observarse las ratoneras maltrechas, y un olor nauseabundo inundaba todo el espacio circulatorio.
Ron no pudo más que agradecer que al llegar a la habitación, el lugar parecía al menos estar deshabitado de intrusos no-humanos. Tenía un aspecto mucho menos terrorífico que la escalera y los pasillos, quizás acompañado por el repiquetear de la lluvia contra la ventana que dejaba entrar un mínimo de claridad.
Ron se dejó caer en la cama, la cual no resistió su peso, y cayó quebrando sus patas contra el suelo. Maldijo por lo bajo, pero no hizo intento alguno de levantarse, mientras observaba la inmensa lluvia que parecía ir a por él. Sus ojos no tardaron mucho en cerrarse ante los pesados parpados, y cayó dormido en el que debía ser, el más espantoso rincón de la ciudad.
La mañana despertó tan tormentosa como la tarde anterior, incluso quizás aún más, forzando con tanto estruendo la ventana, que esta se abrió de par en par, dejando pasar la lluvia a la pequeña habitación. Poco a poco el clima frío invadió los sueños del ocupante, hasta despertarle, y con un gruñido, y los ojos casi cerrados, cerró la ventana, no sin tener que despertarse completamente y poner todas sus fuerzas a ello.
Profirió la más larga lista de obscenidades de su vida, mientras se dirigía a la pileta, único elemento higiénico en la habitación, que se encontraba sobre una esquina. Lanzó un poco de agua sobre su rostro, esperando encontrarse con la calidez de esta, para percatarse, de que se encontraba tan gélida como la exterior que había mojado sus ropas.
Aún refunfuñando, Ron observó su reflejo en el espejo. El pelo rojo, una vez estridente y lleno de vida, caía ensopado como muerto sobre un muy pálido rostro. Sus ropas estaban mojadas de pies a cabeza, provocándole grandes escalofríos, pero aún así se le notaban holgadas sobre el cuerpo.
Abrió la puerta de la habitación, y salió en busca del baño, cargando consigo sus únicas pertenencias. No tardó mucho en encontrarlo al final del pasillo, casi tan lúgubre y sucio como ese último. Con cierto asco inundando su estomago vacío, se desnudo, y tiró las ropas mojadas sobre el suelo de la ducha, para luego pisar sobre ellas sin estar en contacto con el mugroso piso.
Abrió el agua caliente, la cual le congeló en los primeros momentos, pero que a medida fue tomando temperatura, pareció calmar las sacudidas que su cuerpo comenzaba a sufrir. Sabía de sobra que físicamente aún no se encontraba lo suficientemente bien como para soportar el frío de esa lluvia, y decidió aprovechar de esa ducha caliente el mayor tiempo que pudiese. Sin embargo, el agua no estaba de acuerdo con este pensamiento, y no duró más de diez minutos antes de comenzar a enfriar nuevamente. Se quejó de su suerte en maneras que Hermione habría reprochado severamente, y ese recuerdo le hizo sonreír. Era extraño darse cuenta de que aunque nunca más estuvieran físicamente, ellos siempre estarían con él en sus recuerdos. Quizás era eso lo que le atormentaba tanto, tenerlos tan cerca consigo, pero a la vez tan lejos.
Salió de la ducha, y tomando una toalla puesta allí con ese propósito, secó su cuerpo para poder vestirse luego con las ropas que llevaba antes de llegar a donde Dominique, Madeleine, y la otra chica.
Volvió hasta su habitación poco después de haber dado una rápida lavada a las ropas que había utilizado de trapos de piso, y las colocó sobre una silla, con la intención de consultar sobre alguna estufa o similar donde secarlas. Sin embargo, en aquellos momentos no deseaba bajar, a pesar, de que la curiosidad sobre la identidad de ese misterioso hombre le carcomía la mente, se encontraba demasiado debilitado como para pensarlo en esos momentos.
Se recostó en la cama, a suerte de poder descansar unos momentos más, pero en el instante de recostar su cabeza contra la almohada, alguien golpeó la puerta de la habitación. Cuando dio permiso al intruso de su sueño, Pierre entró con aire formal, pero aún así osco.
- El señor Minko le espera en el estar. - el hombre no esperó respuesta alguna, y salió de la habitación, golpeando la puerta tras si, obviamente en desacuerdo con el nuevo huésped en su posada.
Ron suspiró cansado, pero tomando fuerza se sentó en la cama, y puso su rostro entre sus manos. Bien, Ron... este hombre esta pagando tu noche aquí... ahora párate y baja a encararlo, se dijo a si mismo.
El hombre se volteó a verlo desde su lugar en el sillón cuando el pisaba el último escalón de la escalera. Sus ojos claros brillaron cortésmente, y luego volteo esperando a que Ron tomara asiento.
- ¿Quiere? - ofreció su caja de puros.
- No... Gracias. - agregó sin bajar la vista de los ojos del hombre.
- Que curiosa esta vida que nos ha encontrado de nuevo, ¿no lo cree usted? - comentó el hombre como si hablara de la lluvia en el exterior del local. - ¿Qué lo trae por estos pagos?
- Usted no es ni de aquí ni de Inglaterra.
- Muy observador, verdaderamente, muy observador. - murmuró nuevamente el hombre. - ¿Algún trabajo quizás? - Ron no respondió, pero tampoco bajo la vista. - Simplemente curioso... hacía mucho que no visitaba este lugar, pero heme aquí, justo cuando usted también lo hace... esta vida tiene hechos muy curiosos.
Ron desvió finalmente la vista, mientras en sus ojos se reflejaban los rostros de todos esos seres queridos que ahora ya no se encontraban con él, simplemente traídos de vuelta bajo el poder de las palabras del hombre.
- ¿Donde puedo secar unas ropas? - cambió de tema.
- Oh, eso será sencillo, venga conmigo que le explico.
El hombre, o Minko como le había dicho le llamase la primera vez, no volvió a cruzar palabra con él, más que de hechos banales, como la torrencial lluvia que extrañamente azotaba la ciudad, donde días antes había brillado un sol espectacular.
En la tarde, Ron tenía todo nuevamente pronto para partir. Miró por la ventana hacia las calles de la ciudad, toda gris y opacada por unas grandes nubes negras, tal cual su propia alma. Suspiró con cansancio, últimamente parecía que lo único que hacía era irse de todos lados.
- Se marcha, ¿tan pronto nos arrebata su presencia? - cuestionó Minko cuando le vio frente a la puerta de la posada.
- Solo estoy de paso, esa es la respuesta a su curiosa pregunta. - respondió con sencillez.
- Eso dije yo la primera vez que pasé por estas tierras, y míreme, aquí estoy de nuevo, volviendo a mi antigua droga. - el hombre dirigió una mirada a la habitación, refiriéndose claramente al hotel, lo que hizo a Ron cuestionarse como alguien podía apreciar quedarse en un lugar como ese.
- Dudo mucho que vuelva a poner mis pies en estos "pagos" como usted se ha referido a ellos... - murmuró abriendo la puerta. - Muchas gracias pro todo, señor Minko. - y con esas palabras salió a la calle.
El viento aún azotaba fuerte a pesar de que la lluvia ya no caía en forma lagrimosa, por lo cual Ron se arropó fuertemente a sus ropas, y deseo poder tener su varita para calentar su cuerpo. Sonrió distraído, había sobrevivido unos cuantos días sin la ayuda de su magia, podía soportar unos cuantos más.
Pero no lo has hecho solo.
Ya cállate, susurró a su mente, mientras empujando contra el viento emprendía camino hacia la estación de trenes.
