Las Caricias del Tiempo Por Chei (a.k.a ChePotter)

Basado en los personajes de Harry Potter, por J.K.Rowling

Esta historia es con propósitos de entretenimiento y sin fines de lucro.

25/12/06

sonríe Dos meses... es un buen promedio !!! Además, regalito de Navidad, gnt! Espero les guste el capi, y trataré de seguir con una buena racha de actualización !

Chei.

RESUMEN CAP 10:

Ron continúa en casa de la mujer francesa y su hija. Conoce a una muchacha misteriosa, a la que considera una chiquilla. Parte de la casa y termina en un sucucho de mala muerte donde vuelve a encontrarse con el Señor Minko, y vuelve irse del hotelcito sin rumbo definido.

Capítulo 13: El Nombre de la Rosa

Ron observó indignado al letrero en la ventanilla. Había deseado tomar el primer tren que saliera de la estación, no importaba destino, no importaba nada, sólo quería seguir alejándose, pero... a los empleados ferroviarios se les había ocurrido entrar en huelga justo aquella mañana. Refunfuñando por lo bajo se dirigió hacia un pequeño quisco ubicado a unos pasos de la estación, un hombre rebasando los cincuenta le observó con desinterés.

- Disculpe... - el hombre asintió, y Ron continuó sabiendo que éste le entendería. - ¿Dónde puedo conseguir un transporte fuera de la ciudad?

- En la principal y la cinco, pero no se esfuerce en llegar. - agregó cuando Ron comenzaba a preguntar por direcciones. - Todos los medios de transporte fuera de la ciudad se han adherido a la huelga de los ferroviarios... - el hombre sonrió tristemente. - Es la quinta vez en el mes... la ciudad se está convirtiendo en un mundo ajeno.

Ron se quedó mirando al hombre perplejo. Aquello no podía ser posible, qué locura del mundo podía haber pasado para que a esa ciudad, con todo el movimiento industrial que tenía, se quedara así, estancada.

- La única vía de salida es por Londres, los ferry siguen funcionando.

- Muchas gracias. - Ron no quería seguir escuchando eso, lo que menos quería era volver a Inglaterra.

Comenzó a caminar por las calles de la ciudad. Conocía un transporte que posiblemente lo llevaría lejos, a algún lugar donde pudiera tomar algún otro vehiculo y seguir su viaje, pero no estaba dispuesto a llamarlo, ni tampoco tenía varita con que hacerlo.

El clima había mejorado notablemente con el transcurso de las horas, y a pesar de que se mantenía completamente nublado, había sólo una suave brisa. El ambiente era tranquilo, mucho menos ajetreado, una extraña calma se difundía por el aire. Pronto caería la noche, y él se encontraría nuevamente allí.

Se dirigió a un parque municipal, no deseaba volver a aquella posada, en realidad no quería encontrarse con el tal Minko. El lugar estaba prácticamente vació, salvo por un último par de niños con sus madres, que ya comenzaban a aprontarse para partir. Se sentó en uno de los columpios, y cerró los ojos, dejando que las memorias se apoderaran de él.

- Ron... ¡¡vamos!! - Ginny corrió como bólido por toda la plaza hasta llegar hasta los grandes e imponentes columpios de metal, sus favoritos. La niña saltó sobre el de color naranja, y comenzó a mecerse con dificultad. Sus pequeñas piernitas apenas llegaban al suelo desde el alto asiento. - ¡Empújame! - pidió con emoción.

- Ve con tu hermana. - ordenó su madre, él levantó la vista y le miró con cansancio. Nunca le había gustado ese parque, nunca le había encontrado la misma emoción que Ginny.

- ¡¡RON!! - al nuevo llamado de la pequeña, Ron corrió hasta su lado, y comenzó a columpiarla. Los gritos y las sonrisas de su hermana le hicieron reír.

¡¡Más alto!! ¡¡Más alto!! ¡¡Quiero llegar al cielo, Ron!!

Observó la plaza vacía a su alrededor y fijó sus ojos sobre el abandonado columpio a su lado. Eran tan pequeños entonces, ni siquiera tenían edad suficiente para entrar a Hogwarts, ni siquiera comprendían lo que sería ir a Hogwarts, y sin embargo, era una memoria tan hermosa.

Extrañaba a su hermanita. Extrañaba su vivacidad, sus fuerzas, sus sonrisas. Extrañaba verla reír, extrañaba incluso sus reproches y peleas, porque ella era parte integral de él.

- Vamos, Ron... no te hagas el niño grande. - la pelirroja rió ante su cara de reprobación, y corrió hacia "su" columpio. La noche caía por completo sobre la plaza, y la luna dejaba un suave resplandor sobre los ya no tan impresionantes hierros de los columpios.

- ¡¡Si nos llegan a descubrir, te mataré!!

- No seas alarmista, Ron... algún día tendríamos que traer a Harry y Herm aquí, ¿no crees? - Ron elevó una ceja, confundido por las intenciones de la niña. - Definitivamente te estás volviendo un tonto, Ronald Weasley. - Ginny sonrió inocentemente y comenzó a columpiarse con tranquilidad.

- ¿Qué es lo que tanto te fascina de este lugar, Gin? - Su hermana levantó la vista al cielo, y dejó que las estrellas se reflejaran en su suave y cristalina mirada.

- Tal vez, que me hace sentir la más feliz del mundo, aún cuando todo no lo es... - Se quedó perplejo ante aquella respuesta. Había esperado algo más sencillo, como: "me gusta columpiarme", pero ella había logrado sorprenderlo, nuevamente.

- ¿Qué es lo que tanto detestas de este lugar, Ron? - comenzó a columpiarse buscando una respuesta a aquella pregunta.

- No lo detesto...

- ¿Ah, no? Pero si odiabas venir aquí, siempre lo hiciste...

- No lo odiaba... sólo que no podía ver lo maravilloso de él que tú veías. Me parecían unos simples trastos de hierro...

- Eres demasiado cerrado, Ron... debes ver más allá de la figura de metal...

- ¿Seguirás con tus locas frases toda la noche, Gin?

- ¿Por qué no? No puedes negar que son buenas...

- Pero no son como para estas horas

- Ron, tienes los ojos más abiertos que una lechuza, así que no me vengas conque no son para estas horas. - Ginny le miró entre sonriente y herida, y luego rió de la perpleja mirada que él se había quedado dando a ella. - Vamos, lo digo en serio... si sigues tan amargado te van a salir canas...

- No estoy amargado, Gin.

- Si tuviera un espejo, si tuviera un espejo... - rió alegremente ante los exagerados suspiros que su hermana daba. - Ves, así está mejor...

- Eres una tonta.

- Así es. - la muchacha saltó del columpio y se paró delante de él. – Pero te he hecho reír.

- Eso no quita que eres una tonta. - Ron sonrió divertido, y Ginny comprendiendo sus intenciones, salió corriendo por la plaza riendo alegremente.

Se quedó mirando como hipnotizado las palmas de sus manos, sintiendo que parte del mundo se le venía abajo. ¿Cuándo habían perdido aquella sencillez? ¿Aquella infantilidad? Quizás él lo había hecho antes, y según propias palabras de Ginny él ya era un amargado en aquellos tiempos. ¿Por qué la guerra les había sacudido por dentro y por fuera?

Ginny quizás sí había conservado esa viveza, esa pureza suya, y estaba seguro de que siempre lo haría, más allá de con quien estuviese, de que creciese y formara una familia, Ginny siempre sería... Ginny.

Sonrió con añoranza, y no pudo más que preguntarse que estaría haciendo en aquellos momentos. Si tendría a James en sus brazos, o quizás el pequeño durmiera placidamente en la cuna nueva que ella le habría comprado.

Había pasado un mes entero con el pequeño, y se había desprendido de él como si de un viejo trapo se tratara. ¡¿Dónde había quedado perdida su alma?! No, no la había vendido a nada, no la había abandonado tirada por ahí, su alma, sus ultimas fuerzas por James habían sido darle algo mejor de lo que él jamás podría darle. ¿O no?

Maldijo por lo bajo, a pesar de no haber nadie allí para oírlo. Si las compañías no hubiesen decidido estar en su contra, él no estaría ahí en esos momentos, seguiría viajando y alejándose. Sólo que tal vez, jamás podría alejarse, porque todos esos recuerdos, los remordimientos, el miedo y la culpa estaban dentro de él, e irían consigo a donde quiera que fuese. No había escape de su propia conciencia.

No había salida posible que le ayudara, se encontraba perdido en el mundo, encadenado en los recuerdos, y abatido por la culpa. Deseaba gritar tantas cosas, decir tantas cosas... contar al mundo su dolor. Aún así, callaba. Había aprendido a callar, poco a poco las situaciones se lo habían ido pidiendo, y había comenzado a vivir para los demás.

Harry y Hermione lo habían necesitado, y él había dado todo de sí para cumplir con su papel de amigo lo mejor posible. Aún así... no había sido suficiente. Los había perdido, y ellos lo habían abandonado. Luego de todo lo que habían pasado juntos, él se encontraba solo. Y eso, ni Ginny lo entendería.

Levantó la vista y observó las estrellas, brillantes y fuertes como aquel verano. Parecían querer contarle historias, historias de fuerzas y valentías, pero él había olvidado al niño gryffindor dentro de él. Había olvidado que valía la pena vivir.

Había olvidado lo que tanto Harry y Hermione habían luchado por...

Suspiró mientras un par de lágrimas recorrían su rostro con melancolía. ¿Dónde había ido a parar? ¿Dónde había perdido el sentido y la racionalidad? Una nube negra se cernía sobre su cuerpo, sobre su mente, un dolor intenso revivía en el fondo de su pecho. Era como si algo le comiera vivo, le asfixiara por dentro, casi tan similar a la sensación que producía tener a un dementor cerca.

Era la completa pérdida de la esperanza...

Estaba cansado, agotado de su alrededor. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer? ¿Qué olvidar? ¿Y qué recordar? Estaba sin fuerzas, porque ya no había fuente de dónde conseguirlas, no había sonrisas, no había ni besos ni abrazos. Todo se alejaba, tal y como él trataba de hacerlo en esos momentos. ¿De qué escapaba al fin de cuentas? ¿Cómo saberlo?

El corazón partido, bajo el llanto del olvido, el sufrimiento de ser solo, del alma en pena, de la vida de miserias. La vida en vuestras manos, la vida alienada. En las penumbras de la angustia, endulzado con sabor a muerte. Recuerdos del pasado, ávida caída al vacío... a la nada. Al limbo de tus pensamientos.

- Bonjour - una voz suave llegó a sus oídos. Intentó abrir los ojos, pero el cansancio le vencía. Poco a poco dejó que la luz del sol se colara entre sus parpados, y pudo observar la silueta de una chica que le observaba sentada en un columpio. - Tal vez quieras sentarte, debe ser incómodo allí abajo.

Observó a su alrededor y pudo percatarse, que en la noche, cuando el sueño le había vencido, había caído de espaldas, y ahora se encontraba en el suelo, con sus piernas aún elevadas sobre el columpio.

No sin dificultad, ya que se sentía como un zombi, se deshizo del columpio en sus pies, y se levantó del suelo, sacudiendo sus ropas del polvo que habían adquirido. Finalmente allí volvió a fijarse en la muchacha que le hablaba. Se trataba de la misma chica que había conocido al salir de casa de las francesas, y de la cual aún desconocía su nombre. Los ojos dorados de la niña le observaban curiosos, esperando con paciencia que tomara nuevamente su asiento en el columpio.

- ¿Qué haces aquí?

- Paseo... - Ron elevó una ceja, por alguna razón, dudaba que aquello fuera verdad - Pero la pregunta es, ¿qué haces tú aquí?

- ¿Qué te parece que estoy haciendo? - respondió de malhumor, se dio media vuelta y comenzó a alejarse.

- No podrás ir muy lejos, la huelga aún continúa, y tengo la sensación de que no deseas volver a Inglaterra.

Ron se giró sobre sí mismo y la observó en silencio. ¿Por qué esta chica se empeñaba en querer ayudarle, en querer hacerle ver cosas? ¿Y porqué tenía que darse cuenta de todo tan rápido?

Volvió hasta el columpio y tomó asiento. No sabía porqué lo hacía, no sabía a qué llegaría con todo eso, pero después de todo, ella tenía razón, no tenía muchas opciones por el momento.

- ¿Qué es lo que quieres de mí?

- ¿Yo? - la muchacha le miró con indignación. - Yo no quiero nada de ti... No te conozco, no tengo la menor idea de quién eres... - la chica se detuvo, y sonrió para ella, como si estuviera recordando algo.

- ¿Entonces qué haces aquí? ¿Por qué insistes en hablarme?

- Ya te dije, estoy de paseo... - los ojos de la niña se apagaron lentamente, pero pronto volvieron a ser los mismo que él había visto hasta ahora. - Y si insisto en hablarte es porque has pasado la noche durmiendo en un columpio...

Ron observó el lento despertar del pueblo, el descorrer de las cortinas y las primeras voces dormidas que partían a trabajar.

- Si te interesa, la huelga se levanta mañana, y estoy segura de que Mado no se molestará en que le des una visita.

- ¿Quieres que vuelva allí?

- No, te estoy ofreciendo alojamiento hasta que puedas seguir tu camino, sea cual sea éste...

- No deseo alojamiento alguno, no deseo que me ofrezcan nada más.

- Entonces dormirás nuevamente en una plaza.

- Me gustan las estrellas... - murmuró entre divertido y cansado. No quería tener esa conversación, no quería tener ninguna conversación. Pero algo dentro de él le pedía a gritos encontrar las palabras para poder comunicarse de nuevo, para dejar de sentirse abandonado en el mundo.

- Si, elles sont très belles, mais... - la muchacha sonrió. - Debo irme, mi tía se preocupará. Si quieres ir, búscame a las cinco en el bar Fil du Roses...

La chica se levantó de su columpio, le dirigió una suave sonrisa y comenzó a alejarse. Ron la quedó observando, y en un nuevo impulso, corrió hacia ella y la detuvo por el brazo.

- Aún no sé tu nombre...

- Si quieres saberlo, vendrás. - la chica le sonrió divertida, sabiendo que finalmente había atraído su atención, y se marchó rápidamente, dejando a Ron inmóvil en sus pensamientos.

Ron pasó el resto de la mañana buscando algún indicio mágico que le permitiera conseguir dinero muggle para poder alimentarse. Sin embargo, tampoco se preocupaba demasiado al respecto, y a las dos de la tarde volvió a la plaza.

Los columpios estaban ocupados por infantes sonrientes. Ron se sentó en uno de los bancos del lugar, y se los quedó observando. Estaban llenos de vida, libres de preocupación. Sólo les importaba "llegar hasta el cielo." Sonrió recordando la inocencia de su hermana, pero rápidamente la melancolía volvió a apoderarse de él.

Una pelota cayó al lado de sus pies, y un niño, de cabellos negros y ojos azules, corrió hacia ella rápidamente. Dirigió una mirada curiosa a Ron, tomó la pelota entre sus manos y volvió con sus amigos riendo y gritando felizmente.

Aquel lugar estaba lleno de vida, de esperanzas, y en cierta forma, algo de esa plaza, tal vez el recuerdo, le llenaba poco a poco, dejándolo en un mutismo sin sentimientos. Era como estar y no estar al mismo tiempo, ver y no tocar, saber y no sentir. No le importaba, se sentía bien, pero a su vez, un mal recorría su cuerpo. Era él detenido en el tiempo.

- Ron...

- No le hagan caso... tiene un no sé qué con este lugar.

- Eso no es verdad.

- ¡Qué sí lo es!

- Ya te dije que no...

- Eh... ¿pueden dejar de pelear?

- Si nosotros no estamos peleando. - los hermanos sonrieron divertidos, y dirigieron a sus dos amigos hacia el parque.

- ¿Qué se supone que estaban haciendo, entonces? - cuestionó Hermione cansada de la extraña actitud de los hermanos.

- Expresando opiniones, Herm. - Ginny sonrió y corrió hacia los columpios como si nuevamente tuviera cinco años.

- Le gusta mucho este lugar, ¿No? - Harry cuestionó, sorprendiendo a Hermione y Ron, quienes no habían escuchado palabra suya por varios minutos.

- Yo creo que el día que se case lo hará en esos columpios, sino no se casa con ellos. - los tres amigos rieron, y caminaron hasta donde Ginny.

Caminó por las calles de la ciudad como si sus pies le pesaran. Preguntó a todo el mundo dónde encontrar el bar que la chica le había mencionado, pero nadie parecía conocer de su existencia. Finalmente una mujer anciana, de voz amable, le indicó el camino, y Ron pudo ir al encuentro con la muchacha sin nombre.

Se detuvo fuera del lugar, y le observó con curiosidad. Era pequeño, tendría unos tres metros de ancho, suficiente para una sencilla puerta y una delgada ventana. Emanaba una calidez increíble, y el nombre del lugar estaba pintado en letras doradas sobre el escaparate. Sin embargo nada se podía ver para adentro, debido a unas grandes y pesadas cortinas en el interior.

Dudó por unos momentos, no sabía muy bien qué hacía allí, porqué concurría a ese encuentro. Deseaba pensar que lo hacía porque no tenía otra opción, no podía salir de esa ciudad sin pasar por Londres, no podía continuar sin alimentarse, aunque a veces, deseara hacerlo. Finalmente empujó la puerta.

Pero se sorprendió enormemente al ver que ésta estaba completamente cerrada, aún a pesar del cartel que notificaba que el salón estaba abierto. Golpeó la puerta suavemente, al notar que no había timbre, ese artefacto muggle que hacía resonar la casa avisando de la llegada de visitas, y esperó. Esperó por lo que le pareció una eternidad, y volvió a golpear, esta vez con mayor fuerza.

De algún lado en el interior del local sonó una suave campanilla, y se escuchó la voz de una mujer decir: "Un moment, s'il vous plaît..."

La puerta se abrió casi al instante, dejando ver a una mujer de baja estatura, y rebosante. Llevaba un delantal blanco, y un gran moño recogía su abundante cabello castaño. Su rostro bonachón sonrió a Ron con alegría.

- Oui, qu'est que je peux faire pour vous? - Ron observó a la mujer confundido, no entendiendo una palabra de lo que esta le decía. - Vous ne comprends pas c'est que je di, n'est pas, mon ami? - la mujer le sonrió dulcemente, le indicó que entrara y cerró la puerta tras él. - Attende ici, s'il vous plaît.

Ron siguió con la vista a la mujer que se adentraba por una puerta, y la cerraba tras de sí. El lugar era aún más minúsculo de lo que semejaba el exterior. No había ni sillas ni mesas, y él comenzaba a creer que le habían indicado mal y que toda la ciudad estaba loca de remate.

Había un fino mostrador de madera antigua, un par de postres lucían en una vitrina bajo este, y luego el resto de la decoración del espacio incluía solamente la puerta por donde había salido la mujer.

No teniendo ningún objeto en particular en el cual centrar sus pensamientos, Ron comenzó a preguntarse si no era mejor marcharse de allí. Volvería a la plaza, esperaría tranquilamente hasta el día siguiente, y cuando la huelga fuera levantada, se tomaría el primer tren fuera de la ciudad.

- Je crois qu'il parle l'anglais, et tu sais que je ne sais pas parler l'anglais, ma petit Danièle, - la mujer de sonrisa bonachona apareció por la puerta, hablando con alguien que quedaba fuera de la vista de Ron. - Il est ici... je vous attendre dans le salon. - En el momento que la mujer volvió a adentrarse por la puerta, su interlocutora entró en la habitación, sonriendo inocentemente.

- Así que te llamas Danièle.

- Así es... no creía que vendrías.

- Tenía curiosidad.

- Ya veo... tampoco creí que fueras capaz de encontrar el lugar. - la muchacha agregó más para sí misma que para él. - Ven, Adèle nos ha preparado una mesa. - la muchacha tomó su mano, y lo guió a través de la misteriosa puerta hacia un pasillo alargado. - Es una mujer muy amable, suelo visitarla con frecuencia, sobre todo desde... creo que se ha quedado sorprendida que alguien de las Grandes Islas (así les llama ella) supiera de su local. - La muchacha sonrió y le siguió guiando por el sencillo pasillo, finalmente parándose frente a la puerta Rosas Blancas, y abriéndola.

- No es demasiado grande, pero Adèle se conforma con dar privacidad a sus clientes... ésta es mi preferida.

La pequeña habitación contenía una mesa de madera lustrada para cuatro personas, cubierta por un fino mantel de encaje blanco, sobre el cual se situaba un bellísimo florero antiguo, con un par de rosas blancas en él. Las paredes eran completamente blancas, y el lugar lucía espléndidamente iluminado a pesar de la oscuridad del exterior.

Danièle tomó asiento en una de las sillas y le indicó que le imitara. Ron siguió sus órdenes, y se quedó observando en silencio a la muchacha. No sabía porqué estaba allí, y la actitud de la muchacha le confundía.

- En unos momentos Adèle nos traerá té y biscochos. - la chica sonrió. - Luego nos iremos... Mado se alegrará de verte.

- No dije que aceptara. - la realidad era que había comenzado a considerarlo como una opción, como su única opción, pero temía deber demasiados favores a esta familia de mujeres francesas.

- Creí que al venir aquí...

- Quería saber el nombre de la única persona que verdaderamente me ha enfrentado desde... - acalló su voz, no importaba todo lo que había pasado, ni mucho menos importaba que lo supiera una desconocida.

- Está confirmado, el paro se levanta mañana, podrás macharte para entonces, y creo que no te hace nada mal un poco de confort por una noche más, si luego seguirás durmiendo en plazas... - la ironía de las palabras de la chica fue cortada por al intromisión de la mujer bonachona, cargando consigo una bandeja con el té. - Y sobre todo, necesitas alimentarte... Merci, Adèle. - la mujer apoyó la bandeja y sirvió las tazas de té mientras sonreía a Danièle, y dirigía miradas curiosas a su compañero. Apenas hubo terminado su labor, salió de la habitación con tranquilidad.

- ¿Qué hacías esta mañana en el parque?

- Otra vez con eso, ya te dije, paseaba...

- Y justo fuiste a dar adonde yo estaba...

- Yo diría más bien, que tú fuiste a escoger el parque yo visito, pero eso depende de cómo uno lo mire. - la muchacha sorbió de su té, y le miró complacida cuando él le imitó.

- ¿Por qué visitas ese parque?

- ¿Se supone ahora que esto es un interrogatorio? - la muchacha levantó una ceja, gesto que Ron encontró gracioso en el rostro angelical de la chica.

- Tengo curiosidad... - algo en él le había despertado, tal vez hubiesen sido aquellos recuerdos, o tal vez, encontrarse atrapado entre la espada y la pared. Sin embargo, se sentía bien, mejor de como lo había hecho en mucho tiempo.

- La curiosidad mató al hombre... - ella sonrió y esquivó su pregunta. - ¿De qué huyes? - A punto de atragantarse con el té, Ron le miró perplejo, totalmente desprevenido ante aquella pregunta.

- No te incumbe. - nuevamente sus barreras subidas, sus defensas con las armas desplegadas y una cortina de hierro ocultando sus pensamientos y sentimientos.

- Lo siento... - pura sinceridad emanaba de los labios carmesí de la chica, y Ron asintió aceptando su disculpa, pero se concentró en retomar la bebida. - Hablé con mi tía, y no ha tenido problema en que pases la noche allí, sin embargo... - Ron levantó la vista y la fijó en los ojos de Danièle. - Ha dicho que la primera rudeza de tu parte te sacará nuevamente a la calle, no sé muy bien qué le habrás dicho, ni me importa, pero ella no suele tomarse las cosas así, y si le llegas a hacer algo...

- No le haré nada... no soy tan estúpido como para repetir los mismos errores dos veces. - sonrió con amargura.

- Bien... entonces te quedarás con nosotros... - por más que la muchacha trató de afirmarlo, Ron tenía suficiente experiencia como para notar el suave temblor de su voz.

- No dije eso... - Danièle le observó con tristeza silenciosamente. – Aún. - la verdad era que no perdía nada, ganaba una cómoda cama y un poco más de palabras de la chica. Había algo curioso, algo que en cierta forma le recordaba a él mismo. Tal vez esa tristeza profunda, y un deseo de salir adelante que se asemejaba al carisma de su hermana y a la esperanza de Hermione. Danièle sonrió con dulzura.

– Me agradas más cuando no te cierras tanto. - sabía que la chica estaba bromeando con él, estaba tratando de probarle, de saber qué tanto había cambiado su humor desde que había salido de la casa. Tal vez... el encontrarse entre personas nuevamente, de aquella forma, charlando como si nada pasara en otra parte del mundo, realmente le estaba ayudando a lograr el objetivo que él deseaba.

Olvidar.