Realidades del Corazón

Capítulo III

Tan cerca y Tan lejos de mi.


Con el ímpetu del viento,
con mis ojos que lo miran, con mi aliento;
con cada gota de sangre,
con cada pequeño pensamiento:
Lo amo, simplemente lo amo.

En mis sueños de locos delirios y deseos,
en esas noches largas sin sus besos,
en esas horas de solitarios desvelos:
Lo amo, simplemente lo amo.

En la risa y en el lamento.
Cuando me hiere.
Cuando me quiere.
Cuando me castiga de silencio:
Lo amo, simplemente lo amo.

En la distancia y en el tiempo,
Cuando se ha marchado,
Cuando está de regreso:
Lo amo, simplemente lo amo.

Cuando es pasado,
Cuando es futuro,
Cuando es recuerdo:
Al principio y al final de los tiempos en la eternidad, en el cielo y en el mismo infierno:
Lo amo, simplemente lo amo.

Alisa.


Candy miraba su taza de café humear, estaba un tanto distraída. Por su mente pasaban infinidad de momentos vividos. Desde su llegada a Chicago todo había ido demasiado rápido, la ciudad, los amigos, la fiesta de bienvenida, la preparación del viaje. Los únicos días en que se sintió tranquila fueron en el Hogar de Pony. Al lado de la hermana Maria y de la Srita. Pony vivió instantes de descanso y en brazos de sus madres pudo llorar sus penas, las penas que traía su alma por todo lo vivido en esa cruenta guerra, por todas las vidas que se perdieron en insensatas batallas, por haber encontrado milagrosamente a Steare, por su propio dolor y cansancio; también lloró por su corazón testarudo que se negaba a olvidar.

La reunión con las dos mujeres fue algo muy anhelado, y cuando por fin estuvo en brazos de la hermana María, no pudo evitar reír y llorar a la par de las dos mujeres, juntas en un abrazo que decía lo que sus gargantas no podían decir. Esos tres benditos días le devolvieron cierto grado de tranquilidad. La Señorita Pony intuyendo en su hija el amor que aun le tenía al joven actor, trataba de consolarla con frases llenas de amor y la hermana María le hablaba dulcemente sobre como Dios alivia los pesares de los hombres.

Visitar el hogar de su infancia fue como ponerse al día con el tiempo, encontrar nuevas caritas, pasear con viejos amigos como Tom, como Jimmy, escuchar todo lo vivido mientras estuvo lejos, darse cuenta de cómo crecieron en mente y cuerpo. Tom era un hombre joven muy alto ya, de buena presencia y carácter rudo. Jimmy era un adolescente temerario y lleno de alegría. Los niños del hogar devolvieron a sus oídos recuerdos de risas anteriores, de momentos de inocente felicidad.

Cuando pidió café, el mesero no preguntó de nuevo, como le sucedía en Chicago, parecía que Nueva York era una ciudad de excéntricos, aquí las mujeres tomaban café y podían sentarse solas a hacerlo sin necesidad de un acompañante a su lado, simplemente el vestido que llevaba era una confirmación, seda satinada en verde oscuro, un tanto mas escotado de lo usual, con el talle tan ajustado que apenas y podía respirar, totalmente escandaloso de llevarlo en Chicago, pero aquí. . .

Sin imaginar si quiera el efecto que causaba en el sexo opuesto, ella solo pensaba en lo incómodo que le resultaba estar enfundada en el. Cuando miro de nuevo a la entrada del salón, una pareja entraba, ella iba del brazo de él y él la miraba con adoración. No puedo evitar recordar a otra pareja que se miraba igual aquella misma mañana. Albert y Kerry se encontraron por fin, en medio del frenético descenso de pasajeros, el muelle parecía un sin fin de cabezas que gritaban y saludaban en todas direcciones, pero Albert había localizado el escandaloso abrigo rojo, aquel que siempre usaba Kerry, entre toda ese mundo de atuendos oscuros ella resaltaba no solo por el color de su abrigo, si no también por su estatura y belleza. A su lado iba Arthur que, en vanos intentos de seguirla y al mismo tiempo de encargarse del equipaje de mano, iba tropezando y dando disculpas.

El amor y la pasión que se veía en esa pareja la dejaron sin aliento, un poco turbada y con deseos que sabía no podían ser. Arthur y ella fueron los mudos testigos de ese momento, cuando se vieron, solo pudieron sonreír, sin saludarse en voz alta, en un acuerdo tácito para no interrumpir a la pareja unida en un fuerte abrazo. Después de algunos minutos, de muchas palabras murmuradas al oído, de miles de promesas silenciosas, de miradas candentes, por fin volvieron a la realidad. Candy abrazó a Kerry y a Arthur dándoles la bienvenida, para dirigirse después al Hotel donde se hospedarían. Ahí estaba, en el salón de té del elegantísimo Astoria, sintiendo lástima por si misma. Sabía que ella nunca tendría la oportunidad de ser besada por el hombre que amaba con esa pasión. Sabía además que ningún hombre despertaría el amor que su joven corazón entregó en su adolescencia.

Verte tan nostálgica no es común – le comentó Arthur, sentándose a su lado – tampoco verte en con ese color, el blanco del uniforme te favorece, pero el verde definitivamente te ilumina Candy -Pues yo no lo veo vestido para quirófano Dr. Arthur Collier – contestó Candy dejando ver una sonrisa.
-Bueno, dicen que a la tierra que fueres. . .

Candy observo detenidamente a su amigo, era un hombre atractivo y muy varonil; en Francia, la mayoría de las enfermeras suspiraban cuando lo veían, tenía un cierto aire de temeridad en sus ojos negros. Pero quizás su mayor atractivo era el cabello ondulado tan negro como sus ojos, lo peinaba hacia atrás, dejando que su perfecta nariz y su boca lucieran arrogantes por si mismas. Ese día vestido de etiqueta, se veía mucho más guapo, pero Candy pudo notar que estaba incómodo.

Puedo ver que el traje de etiqueta no es una elección libre – le dijo riendo -No, si por mi fuera, creo que me quedaría con los pantalones que nos daban en campaña, allá en Francia. Eran tan cómodos. . . Aunque supongo que el vestido tampoco.
-Si lo sé, pude usarlos en alguna ocasión. – dijo suspirando – en realidad el vestido me esta matando -No solo a ti, también a todos los hombres de este salón – le comentó galante – en realidad estas muy hermosa esta noche. -Gracias. . . Yo no se que decir, de hecho no se si es correcto que te devuelva el cumplido, pero tu estas muy elegante, te ves muy bien.
-Que bueno que te gusta, me siento halagado. La verdad Kerry lo eligió. . . no soy del tipo extravagante y por supuesto, en cuestión de compras soy aun peor- contesto guiñándole el ojo.
-¡Que sorpresa! Yo soy igual, la elección de este vestido se lo debo a mi mejor amiga, Annie, ella si que sabe vestir y ser toda una dama. . . creo que nosotros nos sentimos mas cómodos en un Hospital que aquí – comentaba mientras miraba alrededor del suntuoso salón.

Arthur miraba a Candy sonreír con gran placer. El la había mirado así muchas veces, al principio cuando la conoció no pudo dejar de pensar que era una mujer muy hermosa, la mayoría de los médicos y soldados la querían a su alrededor, no solo por su natural bondad o su dedicación y eficiencia, Candy era de esas mujeres que iluminaba la vida de los demás, siempre se preocupaba por tener esa clase de detalles que son importantes. Su incansable ánimo y su valor eran además cualidades que la distinguían de otras enfermeras. No importaba la clase de trabajo que le solicitaran, Candy lo hacía siempre con ánimo. En las largas horas de quirófano, mirarla a los ojos era un alivio, esos ojos que siempre devolvían una mirada de confianza, mientras realizaba su trabajo con gran eficiencia.

Al principio pensó que ella y Albert estaban enamorados, pero se equivoco. Albert y él compartieron mucho tiempo juntos, descubrió que entre ellos existía la clase de amor que hay entre hermanos, eso lo alegro mucho ya que su hermana, a quien el conocía perfectamente, comenzaba a sentir algo mas por el rubio precursor de la paz. Después creyó que su amor le pertenecía a Stear, el piloto americano estaba tan enfermo cuando lo encontraron. Recordaba perfectamente cuando Albert le dio la noticia de que estaba vivo, las lágrimas que derramaba en el pecho de Albert evidenciaban el cariño inmenso que le tenía. Haciendo lo imposible, logró que lo trasladaran a Paris y ahí comenzó a luchar para que el cuerpo atrofiado por tanto tiempo inactivo, volviera a ser el de antes. El cuidado que le prodigaba, las largas horas que le dedicaba en sus descansos para ayudarlo, el cariñoso tono con el que le hablaba, su forma de infundirle esperanza y valor para su recuperación, pensó que era amor. Pero una vez mas se equivocaba, una tarde los encontró en el jardín del Hospital, Steare le dictaba a Candy para una mujer, una que el joven piloto amaba. Ese día sintió que podía tener esperanza de conquistarla, pero Albert le advirtió que Candy aun tenía su corazón comprometido. Con el tiempo el mismo se dio cuenta. A fuerza de observarla, pudo notar que detrás de esa maravillosa sonrisa, había nostalgia, y cuando parecía que leía, en realidad estaba perdida en sus recuerdos. Había alguien en el corazón de Candy, alguien que ocupaba el lugar que el deseaba. Había pasado un año con la rubia mujer, y ella solo le ofrecía lo mismo que a su hermana, una amistad incondicional.

Tienes razón. . . yo no se tú, pero me muero de hambre y se que Albert y Kerry aún no van a bajar. Te parece si cenamos. . .
-Claro que sí, de cualquier manera esos dos no se dan cuenta de que hay mas personas alrededor. Además creo que preferirían cenar solos. – contesto con una risita.
-¿Conoces algún lugar?
-¿Quieres decir que no cenaremos aquí en el Hotel?
-Después de un viaje tan largo en barco, no pienso quedarme sin ver Nueva York de noche, dicen que es espectacular.
-Pues yo no conozco ningún sitio.
-Preguntémosle al portero de la entrada, el seguro debe saber de algún restaurante de moda.
-¡Excelente idea!

Candy se dejó llevar por Arthur hasta la entrada del Hotel, ahí le preguntaron al portero en turno y este les recomendó un restaurante cerca de Brodway. Al mencionar la ubicación Candy se sintió algo nerviosa, pero ante el entusiasmo de Arthur accedió sin replicas. Dejaron un mensaje para Kerry y Albert en la recepción, tomaron un coche de alquiler y se pusieron en camino.

La antigua mansión de los Andric en Chicago parecía viva, los sirvientes y empleados subían y bajaban, limpiado y arreglando toda la inmensa casa. En los jardines el frío hacía que se tuvieran mayores cuidados. Annie y la tía Abuela Elroy se encontraban en su elemento, ambas planeaban la fiesta de compromiso de Albert llenas de alegría, aunque habían acordado que fuera una celebración intima, los pequeños detalles eran innumerables. Cuando la anciana mujer se cansaba demasiado, la joven tomaba su lugar, lo cual agradecía enormemente toda la servidumbre. Con la ausencia de Candy, una enfermera de ojos canela oscuro y gafas se había hecho cargo de la rehabilitación de Steare y discretamente de la salud de la matriarca. Flammy se encontraba viviendo en la mansión. Al principio se negó en redondo, pero Candy siempre sabía como convencer cuando se le metía algo en esa cabezota suya. Según Candy era un negocio redondo, tendría dos pacientes, podría ahorrar dinero, descansaría del trabajo realizado en años pasados, de la guerra y además la ayudaría. Todavía podía oír su voz en el teléfono.

Vamos Flammy, no puedes ser tan tonta de rechazar una oferta así, unos meses de descanso y sin dejar la práctica – razonaba.
-Pero no tendré práctica de quirófano Candy, sabes que soy, que somos instrumentistas. – objetaba sin mucha fuerza.
-Solo será un mes, cuando regrese de Nueva York y se haya realizado la fiesta, reanudaremos nuestro trabajo en el Hospital. Pide una licencia, a estas alturas no te la negarán.
-Bueno es cierto que no he tomado aun la licencia que nos dieron al regresar de Francia. . . – indico Flammy -Hazlo por mi ¿si? – Suplicó Candy con voz dulce -¡Eso e chantaje! – se quejó Flammy -¡Y lo tuyo terquedad! – gritaba Candy del otro lado de la línea -Ja, ja, ja. . .Me encantaría ver tu cara, seguro estas roja y apunto de comerte la bocina del teléfono – dijo riendo mientras la imagen se formaba en su mente – Esta bien gruñona, haz los preparativos para que me recojan mañana después de mi turno -Le pediré a Albert que mande a George, después de las 6:00 esta bien.
-Muy bien.
-Gracias Flammy, en verdad te lo agradezco.
-No Candy, como siempre yo soy la que debo agradecer. . . sin ti y sin Kerry no se lo que me hubiera pasado.
-Seguramente tu vida hubiera sido aburrida.
-Si, tienes razón, seguramente lo hubiera sido.

Flammy le causo una agradable impresión a la Sra. Elroy, sus maneras eran honestas, aunque algo bruscas. Stear que ya la conocía de Francia se reía de las caras de Paty y Annie cuando Candy les comunico el arreglo. Ambas todavía recordaban a la chica de cuando era estudiante con Candy, en el colegio interno de Mary Jane. En cuanto George la trajo, se instaló en la habitación mas cercana a la de la Sra. Elroy, ese único detalle no paso desapercibido por Stear, sin embargo no lo comentó.

Cuando Flammy llegó a su nuevo cuarto se sorprendió de ver en el hermoso armario varios vestidos. Cuando llamo la atención de esto Dorothy, la mucama le contestó que Candy antes de irse había comprado estos para ella. Las protestas de Flammy comenzaban cuando Dorothy le extendió un sobre con su nombre. Era la letra de Candy.

Hola Flammy:

Ya se que fue muy poco cortes de mi parte comprarte algo sin tu consentimiento y mucho menos sin tu buen gusto, pero en la mansión no puede usar el uniforme. La tía abuela fue muy especifica al respecto, no quiere que nadie se entere de los motivos por los que estas en la casa. Así que aunque levantes tus ojos al cielo, no te queda más que tomarlo como parte de tu trabajo. Seguramente en este momento has de estar pensando que soy una tramposa, cabeza dura. Lo soy querida Flammy y. . . no tengo remedio.

En serio, espero que te gusten. Annie me ayudo a escogerlos para ti, ya sabes que yo no tengo idea sobre estas cosas y te habría comprado algo inadecuado.

Disfrútalos y recuerda que además son mi regalo de bienvenida. Como dice Paty: "las mujeres de hoy debemos hacer frente común, la ayuda debe ser de las unas a las otras". En este caso tu eres la una y yo la otra.

Bienvenida a la casa Andric.
Candy W. Andric

P.D. No te parece muy pomposo el nombre. ¿Qué remedio? Una pequeña concesión para la tía abuela.

Flammy miró los vestidos todos eran muy hermosos, pero de líneas sencillas y de colores claros, cada uno era en si mismo una belleza. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella que nunca lloraba, que pudo resistir los peores momentos, no pudo dejar de sentirse emocionada por el detalle que tuvo su amiga con ella.

Paty participaba parcialmente en los preparativos, entre las clases en la universidad y Stear tenía bastante tiempo ocupado. Desde su encuentro en el andén del ferrocarril sintió un inmenso pesar. Su novio adolescente ya no estaba en esos ojos que la miraban, era él, si pero también no lo era. El hombre que tenía delante estaba lleno de cicatrices en cuerpo y alma. Lo que mas le dolió fue como se retraía con ella. Después de estrecharla entre sus brazos como ella había esperado, su cuerpo se tenso y la soltó como si le lastimara tocarla. Las siguientes semanas fueron aún peor. No permitía que lo acompañara en su rehabilitación y casi nunca buscaba estar solo con ella. Candy le decía que Stear tenía aun mucho que perdonarse y mucho que olvidar. Fue por esos día que se le ocurrió invitar a Stear a la universidad, después de algunos ruegos lo convenció. El ambiente de la casa de estudios atrapó a Stear, cuando visitó los laboratorios y las aulas, Paty pudo ver por fin ese brillo en sus ojos. Se aferró a este pequeño vínculo que compartía, se lleno de esperanza, se volcó en estudios de psicología, tratando de ayudarlo, encontrando en este campo un camino que hasta ese momento no había definido. El estudio de la mente, la forma en que funcionaba, era algo que la fascinaba, la pedagogía había sido solo el principio. Al fin comprendió lo que sintió Candy años atrás cuando eligió su carrera, esa certeza de haber encontrado su propósito en la vida.

Estas segura entonces – decía Stear mientras acompañaba a su entusiasmada novia por los corredores del la universidad.
-Lo estoy, me he inscrito en 3 materias de Psicología para el semestre entrante – le contestaba con una sonrisa – creo que encontré algo a lo que quiero dedicarme.
-Me alegra por ti

El silencio que siguió fue incomodo. Últimamente tenían demasiados de esos silencios. Ella lo miraba y pensando

"Tan cerca y tan lejos de mí"

Aun no te decides por nada.
-Si y no, sabes que me encantan las ciencias, pero también me inclino por la ingeniería.
-Que te ves haciendo el resto de tu vida Stear.
-Ese es el problema, no se que quiero hacer, no se donde empezar, ni si quiera se si puedo- contestó amargado mientras miraba el bastón que aun tenía que usar.

Paty escuchaba ese mismo pesimismo todo el tiempo. Al principio lo consideró normal, pero últimamente se estaba cansando de la autocompasión de su novio. Si tan solo reaccionara. . . tal vez. . .

Tienes razón querido, deberías quedarte en casa. – dijo en tono condescendiente -¿Tú crees?- contesto sorprendido -Por supuesto. Estoy segura de que encontraras algo más. . . sencillo – nuevamente Paty ataco en tono condescendiente.
-Estas insinuando que no soy capaz. - Stear estaba comenzando a irritarse, no entendía a Paty, se supone que una novia debía darte ánimo.
-Bueno, la Universidad no es para todos Stear – Paty lo miraba -¡Crees que no podría con una carrera! – repitió Stear con voz mas grave

Bien ya se esta enojando. Un poco más.

Yo no insinuó nada, se que eres inteligente, pero tal vez una carrera sea. . . demasiado.
-Demasiado para mí, pero no para ti. – siguió en tono sarcástico -Quizás temas. . .
-¿Qué¡Acaso piensas que tengo miedo, que el reto de una carrera me intimida. No tienes idea de lo que es el miedo Patricia. Miedo es enfrentar a la muerte a la cara, como yo lo he hecho. Miedo es tener la certeza de que vas a morir, de que no vas a ver nunca mas a las personas que amas, tu hogar, que tus sueños no se realizaran. ¡No soy un cobarde! – Stear casi gritaba -Entonces no te comportes como uno – la voz de Paty era tranquila, suave, pronuncio la frase con amor.

Stear se quedo callado, demasiado atónito por la respuesta de Paty y por su comportamiento. Sentía como su sangre corría por todo su cuerpo, se sentía. . . enojado, desconcertado y ¡vivo¿Hacía cuanto que no se sentía así? Demasiado. Miro a Paty, sus ojos brillaban y la sonrisa en la boca de su novia le decía que lo que hizo fue planeado. Se había dejado caer en la autocompasión. Paty lo notó y no lo dejó revolcarse en su desanimo.

Sabes Paty, creo que tienes razón – le decía con un asomo de sonrisa en su boca – encontraste tu vocación.
-¿Y tu Stear? – le preguntó inquieta.
-Aun no, pero hoy encontré algo mejor.
-¿Si¿Qué?
-Ganas de vivir.

Por la tarde Stear se sintió inquieto, después de su sesión de rehabilitación con Flammy le preguntó si podía terminar caminando por el jardín.

Bien – dijo con una sonrisa – no más de media hora. No debes excederte sin el bastón. Me alegra verte mas animado.
-¿Me veo mas animado?
-Pues si. Sabes Stear, parte de la recuperación de un enfermo depende de él mismo. De sus motivaciones para salir adelante. Los pacientes con ánimo alto mejoran más rápido.
-Suenas como Paty. – comentó divertido -Eso es porque las enfermeras llevamos mas tiempo practicando lo que ahora llaman psicología. Como enfermeras estamos en contacto directo con la recuperación. Entendemos, por sentido común, que un paciente necesita esperanza, algo que lo haga luchar. Nuestro conocimiento puede ser empírico totalmente, pero no menos efectivo. Esta es una de las cosas que Candy entendió mucho antes que yo, desde que estudiábamos con Mary Jane. Candy siempre es generosa con el amor.
-Ah el amor. . . – dijo algo confundido -Debes sentirte muy satisfecho con todo el amor que tienes a tu alrededor. La Sra. Elroy, Albert, tu hermano Archie y tu cuñada, Candy y los que te estimamos, pero más que nada por Paty. No sabes lo triste que es no tener una familia amorosa, como yo o amar imposibles como Candy.

Esa noche Stear encontró en su habitación un sobre de color lila, igual a los sobres que una linda adolescente le dejaba en el hueco de un árbol, allá en el colegio San Pablo. Los mismos que recibiera en Francia durante un año y medio. Igual que antes llevo el sobre hasta su nariz, el perfume de Paty lleno sus sentidos. Los recuerdos lo inundaron, desde el día que bailo con ella en el festival de mayo, aquel cuando los lentes de ambos se cayeron y sus ojos se encontraron, recordó el tiempo pasado en Escocia y luego aquí en Chicago. Sus cartas antes de que lo derribaran y las que le dirigió cuando lo encontraron. Todo eso hablaba de amor, de un amor profundo. Y él ¿Acaso no esperaba cada palabra suya con solicitud¿Que no recordaba el anden? La tuvo en su abrazo estremecido y su deseo se despertó sin aviso. Había sentido como la imagen de su tierna novia se encimaba en la de la hermosa mujer que lo espero en el anden. Abrió el sobre y leyó en silencio.

Como te extraño, como te quiero.
A veces siento que ya te perdí.
Cuando te busco, ya no te siento.
Estas en tu mundo, tan lejos de mí.
No se si es mi culpa o nuestro destino,
No se que ha pasado, Pero cuando te miro, ya no adivino Lo que piensas de mí.
Pasan los días y sigo sin sentirte.
No se que sucede dentro de tu alma.
Ya no me miras. Te escondes de mí

Y yo no tengo paz, no tengo calma

Pues tu amor rehuye de mí

Te amo.
Paty.

Stear cerró el sobre y se lo llevo al pecho. En su corazón y en su mente solo tenía un pensamiento innegable, la única seguridad que en ese momento poseía. Las lágrimas llegaron a sus ojos al mismo tiempo que a las palabras a su boca, en el silencio de su habitación decía con voz ronca "la amo, simplemente la amo."

Albert leía la nota de Arthur y Candy. Con una sonrisa pensó que aquellos los dejaron solos a propósito y él estaba muy agradecido. En ese momento sintió la mirada de una persona, cuando levantó la vista pudo apreciar a una reina. Kerry llevaba puesto un vestido azul rey que se pegaba a su figura, elegante y sencillo, con los hombros desnudos y el cuello adornado por una cadena de plata. Su rostro trigueño resplandecía al verlo, su sonrisa, sus ojos, sus mejillas, su hermoso cabello castaño, todo en ella irradiaba luz.

Eres la mas hermosa visión – con esta frase le dio la bienvenida – Desde la primera vez que te vi.
-¿De verdad? – pregunto ansiosa -Tú no me miraste si quiera, pero la primera vez que te vi salías de quirófano, te llevaste la mano al rodete y dejaste libre tu cabello. Ese solo movimiento se quedo grabado para siempre en mi mente, tu rostro enmarcado en castaño era una imagen maravillosa, parecías una princesa celta.
-Gracias – contesto mientras sus mejillas se sonrojaban – Tu luces magnifico así, en traje de etiqueta. – lo halago también mientras le daba un beso ligero en los labios.
-Albert sintió que la sangre le hervía en el cuerpo. "Solo con un inocente beso" pensaba "esta mujer provoca en mi cosas que nunca había sentido por nadie".
-Gracias. Será mejor que vayamos a cenar – dijo mientras le daba el brazo.
-¿Nos están esperando Candy y Arthur?
-No, parece que ese par decidió hacer una excursión nocturna en Nueva York.
-Eso quiere decir que tenían hambre y no quisieron esperarnos.

Cenaron en animada conversación, platicaban de sus respectivos viajes desde Europa mientras se robaban besos. A los postres, Kerry le preguntaba sobre la reacción de su familia.

Bueno. . . al principio la Abuela Emilia estaba escandalizada, sobretodo por el hecho de que eras doctor, pero después lo acepto.
-Me imaginaba que no le iba a sentar nada bien. Candy la menciono en algunas ocasiones, se que es una mujer de ideas fijas.
-Pues todo lo contrario. En realidad no se que le pasa, pero desde nuestro regreso la he notado muy cambiada. Es más cariñosa y condescendiente. De hecho parece que ella y Candy se llevan mucho mejor ahora.
-Me alegro por ella. ¿Cuándo nos vamos a Chicago?
-Pasado mañana, quiero pasar unos días contigo lejos de familiares, hospitales y demás. Me he vuelto egoísta.
-¿Por qué lo dices?
-Porque te quiero solo para mí en estos momentos.
-Pues entonces yo también soy egoísta porque me encanta la idea – contestó riendo -Kerry. . . adoro la forma en que te ríes, creo que no podría vivir sin ti.
-Yo también te amo profundamente – le decía mientras tomaba su mano – Sabes Albert, en Francia te sentía tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, tuve que reconocer que aunque no lo quisiera, te amaba.
-Aunque fuera un "engreído" -Precisamente por eso.
-Soy afortunado de tenerte y de que me ames. En Francia debí decírtelo infinidad de veces antes de que partiera, pero hoy quiero repetírtelo. Kerry, te amo. . . – Albert la miraba a los ojos con intensidad mientras su corazón dictaba a su voz – Si, te amo. Amor es algo que nunca se ha podido decir sin le certeza de sentirlo, de no ser así la vida, la fe y la gloria, son palabras de un mundo casual acomodadas por el viento, sin sentido, sin inmortalidad ni esperanza. Esto es lo que siento por ti. Tú eres mi vida, tú compartes mi fe y solo contigo existe la gloria. Quiero que seas mi historia y el sentido de mi futuro. Yo. . . no te lo pregunte de la forma correcta en Francia. . . ahora lo hago – le dijo apasionado mientras sacaba una cajita de terciopelo negro de su bolsillo - Doctora Kerry Collier¿me haría el honor de ser mi esposa?

Las palabras de Albert inflamaron su pecho con amor y con pasión, nunca en su vida pensó que una declaración pudiera ser así, intensa, desbordante. El hombre que tenía ante el era sin lugar a dudas impetuoso y en lugar de sentirse temerosa o escandalizada, solo podía concebirse amándolo en igual medida.

Si Albert, acepto ser tu esposa. – le contesto con los ojos miel brillantes de lagrimas.

Albert le coloco el anillo de compromiso en el dedo anular, y ella sin dejar de mirarlo a los ojos, puso las manos en sus mejillas y acercó sus labios. Ese beso no tuvo nada de fugaz, ni fue como los primeros de la noche, simples sondeos. La boca de Kerry busco un encuentro mas profundo, mas largo y al mismo tiempo le repetía en murmullos que lo amaba.

Recordando de pronto donde estaban, Albert se apresuró a pagar la cuenta, tomándola del brazo la llevo hasta el jardín posterior del Hotel que estaba iluminado apenas con hermosos faroles de tenue luz. Debajo de uno, la tomo por la cintura y sin dejar de repetir su nombre mientras estampaba besos en sus mejillas y cuello, dejaba que su cuerpo se amoldara al de él. Sin atreverse a ir más allá, escondió su rostro en el cuello de ella para dejar que su respiración, como la de ella, se tranquilizara.

Nunca había besado así a un hombre, nunca había sentido la necesidad de ello, pero cuando Albert volvió a declararse, todo lo demás, el mundo a su alrededor, todo desapareció. Solo existían los dos. Sus besos eran cada vez más sensuales y su cuerpo respondía a cualquier roce, a cualquier palabra. Albert se detuvo. Al principio no supo por qué, no comprendía, busco en mirada una respuesta, estaba cargada de deseo, pero después noto que miraba alrededor, entonces comprendió. Aun estaban en el restaurante y que habían estado dando un espectáculo.

Cuando por fin se atrevió a mirar también, en las otras mesas había una especie de sorpresa, para algunos de disgusto, para otros de comprensión. Algunas parejas de las más jóvenes, levantaban sus copas y los felicitaban. Albert agradecía con un asentimiento de cabeza y pedía la cuenta. Sin dudarlo la tomo por el brazo y la llevo hasta el jardín, ella estaba agradecida de no tener que hacer nada más que seguirlo. Aun estaba muy exaltada y cuando la volvió a tomar en sus brazos, al amparo de la semi-intimidad del jardín, volvieron a besarse, a decirse que se amaban. Por segundos pensó que sus piernas no la sostendrían más, así que se aferró aun más a los hombros de Albert. Se escucho gemir ante la invasión de su boca y pequeños escalofríos la recorrían. De nuevo Albert se detuvo, lo sintió bajar su cabeza hasta el hueco de su cuello y su voz penetro por fin en su mente nublada.

Por Dios Kerry, si no me detengo ahora. . . lo siento mucho es que yo. . . no pude contenerme. . . debes disculparme. . . – angustiado le pedía disculpas -Albert – lo llamó -En realidad no tenía planeado algo así es solo que cuando me besaste. . . yo. . .
-Albert - insistió -Traerte aquí no es correcto, no se en que estaba pensando. . .
-¡Albert basta! Aquí no a sucedido nada que yo no haya querido. . . yo también lo deseaba amor. Nada hay que disculpar. Tal vez si no te hubieras detenido, yo te habría arrastrado a mi habitación.
-¡Que bien!. No perdón, quiero decir que. . . Que bueno que no estas enojada. – una sonrisa se dibujaba ya en el rostro de Albert.
-Será mejor que entremos. – le pidió también con una sonrisa cómplice - Si, tal vez debamos ver si Candy y Arthur ya regresaron. – dijo mientras la volvía a tomar del brazo -Conociéndolos, no lo creo. – contesto con una pequeña risita -Son unos chaperones terribles¡eh! – tercio siguiendo la broma -No tienes idea de cómo me alegro de que sea así. – diciendo esto lo miro con todo el amor de su corazón.

Una vez más Terry estaba de pésimo humor. Esta vez no pudo evitarlo, su madre se había llevado a Alan y no le quedaban pretextos. Parecía que tendría que ir a la cena de cumpleaños de Karen.

No podía dejar de reír ante la cómica mueca que hacía Rob Eames, quién imitaba al malhumorado compañero de escena. La compañía había quedado de ir a cenar para festejar su cumpleaños y Terry no pudo desprenderse de este compromiso. El restaurante al que iban no estaba lejos del teatro y si lograban que el ermitaño actor dejara su habitual rutina, podría decir que esa noche era un completo triunfo.

¡Vamos hombre, cualquiera diría que desprecias nuestra agradable compañía- le decía a Terry, Robert Eames mientras subían al automóvil del actor.
-La de Karen querrás decir, por que la tuya. . . en realidad, no eres la primera elección que me viene a la mente para pasar un buen rato. – contesto irónico Terry -¿Cómo, es que acaso Karen no te ha dicho! – preguntó el interpelado llevándose una mano dramáticamente a la frente y la otra al pecho -¿Decirme que? – contestó insolente -Que soy un hombre espectacular, magnifico oyente, entretenido, pero sobre todo soy un magnifico actor – indicó enumerando sus cualidades.
-¿De veras? – Comento riendo a carcajadas Karen, ante la cara de Terry y la dramatización de Eames – lo he olvidado.
-Claro. – dijo mientras ponía cara de nostalgia – y yo que estaba dispuesto a declararme esta noche. – mas dramático aun.
-¿Cómo? Crees acaso que Karen va a corresponder a tú. . . – argumentaba ya Terry cuando fue bruscamente interrumpido.
-Y quien habla de Karen. . . – terminó Eames ante las carcajadas de Karen y las de él mismo.

Terry estaba completamente extrañado, en muy pocas ocasiones había estado atrapado en una broma. Por lo general ningún compañero se atrevía a hablar mas allá de lo relacionado con el teatro, la obra en turno o los diálogos, algunas actrices intentaban ir mas allá, pero el siempre pudo manejar ese aspecto de su relación laboral. Pero el hombre que estaba sentado junto a Karen, parecía totalmente relajado con el hecho de estarse burlando de él. Al principio se sintió sorprendido, pero lejos de enojarse, se encontró riéndose de los estupidos comentarios de Eames. Después se sorprendió aun mas al darse cuenta que llevaba demasiado tiempo sin sentirse así, relajado y contento. Tal vez no fuera tan mala idea después de todo el ir a cenar con la "la nueva pareja de Brodway" como los llamaban en los tabloides.

Definitivamente Eames, tú le das un significado completamente nuevo a la palabra "cínico" – le comentó Terry después de unos minutos de intensa risa.
-Todos tenemos nuestras cualidades Granchester, hasta tú. Podría listarte las mías si no estas muy ocupado.
-No por favor- contesto como si la mera sugerencia lo aterrorizara - En realidad, ya hemos llegado y de pronto siento mucha hambre.
-Que bien, también yo estoy muerta de hambre. Caballeros esta noche no podré ser una dama y comer poco, como debe hacerlo una mujer educada.
-Tu mi querida Karen, serías una dama aunque te comieras un caballo de una sentada. -Cierto Granchester, esta hermosa mujer no dejaría jamás de ser una reina en cualquier lugar a donde entre, incluso en un bar de mala muerte.
-Más les vale a los dos que dejen ya su numerito si no quieren. . .
-Hablar como sopranos por la mañana - contestaron al unísono ante la conocida amenaza de la actriz.

Terry los dejó en la puerta y fue a estacionar el automóvil, nunca dejaba que nadie lo hiciera. Mientras Karen y Robert eran asediados por fotógrafos y reporteros el se colaría por la parte de atrás.

"The Fuss", era el restaurante de moda, la excéntrica elite de Nueva York se codeaba ahí con actores, políticos y ricos empresarios. El ambiente tenía un acento decadente, sus paredes llenas de Fotografías de distintos personajes públicos, en un mismo muro. La música era escandalosa, el ritmo del blues en el piano competía con el griterío de los comensales. Cuando Arthur y Candy entraron, se miraron entre si y sonrieron.

Vaya, creo que te he invitado a un lugar poco apropiado Señorita Andric.
-Creo que es verdad Doctor Collier – contesto Candy mirando todo el entorno – solo puedo decir¡Me encanta!

Los llevaron hasta una mesa cerca del pianista. Arthur pidió una botella de Champagne ante la mirada pasmada de su acompañante.

No me mires así Candy, este lugar me hace sentir febril. No me digas que no has bebido nunca Champagne.
-Pues no. De hecho lo único que he bebido además del vino de mesa es jerez.
-¡Jerez, no pensé que te gustara una bebida así. – dijo extrañado -De hecho fue una travesura infantil Arthur. Annie y yo tomamos la botella de la alacena de la Srita. Pony. Era para un pic-nic. Bebimos dos grandes vasos y por supuesto terminamos con dolor de cabeza y un castigo de una semana. – Candy platicaba su anécdota, mientras reía de su recuerdo infantil.
-No te preocupes una copa será nuestro límite.

Desde hacia un año que Arthur escuchaba historias como esa. Candy le había hablado de su orfandad, de su infancia en el hogar, de cómo la adopto Albert y de cuando estudio enfermería, en fin la hablaba de todas las personas que ella amaba. A pesar de que no tuvo una niñez normal, podía verse que fue feliz, y el conocía a todas esas personas a través del amor de Candy. Una hermosa voz comenzó a cantar, el ritmo era cadencioso, la voz era ronca y potente y la letra hablaba de amor y de pasión sin respuesta.

Es increíble, esta música es conmovedora, expresiva. ¿No lo crees Candy?
-Si, lo es. Y la letra, la cantante parece de veras sentir todo esa emoción de no ser correspondida. – comentó sin dejar de mirar a la cantante fascinada - ¿Cómo se llama?
-Blues, viene de Nuevo Orleáns, es música de gente de color.

Candy escuchaba la melodía y la letra, era como si su corazón cantara su tristeza, la agonía que vivía cada vez que se atrevía a pensar en él. "Terry, hoy estas tan cerca y tan lejos de mi", sus ojos parpadearon para evitar las lágrimas.

¿Realmente te gusta, verdad? - -Oh si, es maravillosa.
-Mañana te compro un disco de Blues.

Candy sonrió, Arthur trataba de ser galante. Se había percatado de los sentimientos que le provocaba hacía unos meses. Tendría que hablar con él. No podía hacerlo sentir que tenía esperanzas. Aun cuando Annie le había recomendado intentar, ella sabía que sería inútil, pero sobretodo injusto para Arthur.

Cenaron y bebieron su copa de Champagne. Para el momento del postre, Candy miraba con glotonería el pastel de chocolate que había pedido, mientras Arthur la animaba a comérselo. La noche había resultado perfecta, se sintió relajada y la compañía de su amigo era muy agradable. Escucharon música por un rato más y cerca de la media noche le pidió que regresaran al hotel. Mientras Arthur pedía la cuenta, ella se dirigió al tocador de damas. En el camino, justo en una de las paredes de la izquierda la foto de un actor sonriente llamo su atención. Candy no pudo evitar el dolor que sintió en el pecho cuando se acercó. Era la foto de Terry, estaba más alto y más corpulento, pero sus ojos, aun en esa foto, brillaban en un azul iridiscente y altanero. Parecía mirarla a ella. Parecía que le decían "ves, no puedes olvidarme, aun eres mía". Sin pensarlo corrió al tocador de damas y ahí pudo dar rienda suelta a su dolor, un par de lágrimas resbalaron de sus ojos y respiraba con dificultad. Cuando el dolor se acomodo de nuevo en su corazón, se dirigió al lavabo y se miro en el espejo. No usaba maquillaje y su cara estaba muy pálida. Tras unos momentos más, se limpio los ojos con su pañuelo y arreglándose el rebelde pelo rubio, regreso con Arthur. Mientras caminaba de regresó se dio cuenta de que nada había cambiado. Simplemente lo amaba y lo amaría el resto de su vida.

En la puerta del restaurante, Arthur pidió un carruaje mientras la ayudaba a ponerse el abrigo. En esos momentos escucharon alboroto en la calle.

¿Sucede algo? – le preguntó Arthur al "maitre" -Oh no se preocupe, seguramente son actores y los fotógrafos y periodistas los han de haber detenido, ya sabe, fotos y entrevistas. Seguro es la Srita. Claise.
-Karen Claise – pregunto Candy muy nerviosa.
-Si señorita, veo que reconoce su nombre.
-Viene seguido – pregunto Arthur curioso -Si, le encanta venir, la acompaña últimamente su última conquista, un actor novel. . . creo que se llama Robert Eames, tienen puesta en escena de Cyrano de Bergerac. Ojalá puedan verla. ¡Oh¡ su coche de alquiler esta ya en la puerta -Gracias – contestó Candy mientras se ponía la capucha para salir a la calle nevada, respiraba mas tranquila cuando escucho el nombre del actor que lo acompañaba

Una vez en el auto, Candy miro por la ventana, detrás de varios hombres con cámaras fotográficas y libretas una pareja de jóvenes sonreía y charlaba con ellos. Era Karen, no había duda. El joven que la acompañaba era seguro el actor que mencionaron en el restaurante. El coche comenzó a moverse y ella suspiro.

No sabía que eras aficionada al teatro Candy.
-No lo soy Arthur. Lo que sucede es que conocí a Karen Claise.
-¿De verdad? Que pequeño es el mundo. Debiste decírmelo antes, pudimos quedarnos para que la saludaras.
-No. – dijo Candy bajando los ojos y retorciendo su pañuelo.
-¿Solo no? – pregunto Arthur mirando como su rubia acompañante estaba tan nerviosa y pálida -Lo siento Arthur, es que ella me hace recordar. . . algo que quiero olvidar. – termino diciendo.
-¿Algo o alguien Candy? – volvió a preguntar

Candy levanto la cabeza y miro sorprendida a Arthur, se había puesto más pálida. Sin decir palabra, volvió a bajar la mirada. En silencio la pareja regreso al hotel.


Continuará ...

Gracias por leerme. Para este capitulo tome prestada la mayor parte de la letra de Benny Ibarra "Me muero sin ti" para el poema que Paty le escribe a Stear, ajustándola un poco. En cuanto al movimiento de Blues, era en esa época cuando se comenzaba a tocar en toda la unión americana, los datos nuevamente son de la Enciclopedia Encarta 2004. También los automóviles eran ya más cotidianos que los carruajes, sobre todo en una ciudad como Nueva York. El poema del principio es de mi propia autoría, espero que lo disfruten y me comenten que piensan de él.

Un beso Alisa.