Pasaron dos semanas y Elizabeth por fin consiguió que su hija Carolyn aceptara a Julia. Le había tomado cientos de corridas de cuarto y gritos, pero por fin la Sra. Collins había logrado que la niña se diera cuenta de lo felices que eran ella y la doctora juntas. Un día por la mañana, como de costumbre, bajaron Julia y Elizabeth a desayunar juntas, las dos tomadas de la mano y platicando muy alegremente. Al entrar al comedor se encontraron a toda la familia ya sentada en la mesa y a Barnabas parado junto a la ventana, viendo hacia afuera. Elizabeth se separó de Julia para ir a buscar un par de vasos y la doctora se sentó en una de las sillas vacías, acercando un poco la que estaba junto para que su novia se sentara ahí. Justo cuando la Sra. Collins volvía a entrar al comedor Barnabas se sentó en la silla junto a Julia, sirviéndose el desayuno y sonriendo ligeramente. Elizabeth lo miró por unos segundos y después de decidir que no estaría bien pedirle que se quitara fue a sentarse hasta el otro extremo de la mesa, a la única silla vacía que quedaba.

Todos empezaron a comer y Julia pudo notar como Elizabeth no le quitaba los ojos de encima a Barnabas, mirándolo con una expresión que la doctora nunca le había visto. Para intentar calmarla un poco ella le sonrió y la Sra. Collins le devolvió la sonrisa, apretando con tanta fuerza el tenedor que sus nudillos se pusieron aún más blancos. Julia volteó a ver a Barnabas y este siguió comiendo como si no se diera cuenta de que Elizabeth lo fulminaba con la miraba, vigilando cada uno de los movimientos que hacía. "Doctora Hoffman, recuerda usted lo que le pregunté hace más de dos semanas?" dijo Barnabas sin quitar los ojos de su plato y Julia asintió levemente, mirando de reojo a su novia, "Si Barnabas, me preguntaste qué pasaría si alguien, que no fuera mi Elizabeth, me dijera que me ama". El vampiro volteó a verla y con un rápido movimiento puso su mano sobre la pierna de la doctora, haciendo que esta diera un pequeño salto e intentara alejarse de él. Elizabeth se levantó inmediatamente y fue hacia donde estaba sentada su novia, la tomó del brazo y la levantó de la silla, alejándola lo más posible de Barnabas y estrechándola contra su cuerpo. Los dos se miraron por unos segundos y la Sra. Collins se dio la media vuelta y sacó a Julia del comedor, caminando más rápido de lo normal hacia su habitación. "Liz, intenta calmarte por favor". Elizabeth no le respondió y al llegar a la habitación de la doctora cerró la puerta dando un portazo. Se sentó en el piso y sin mirarla se cubrió el rostro con las manos, pensando en lo que acababa de ocurrir en el comedor. "Y tú que le contestaste Julia?" le preguntó Elizabeth aún sin voltearla a ver y la doctora se sentó en el piso junto a ella, rodeando su cintura con sus brazos. "Que yo ya le pertenezco a alguien más, a alguien a quien amo con todo el corazón". La Sra. Collins no pudo evitar sonreír y Julia mordió su cuello suavemente, "Necesitas que te lo demuestre amor?" le preguntó sin soltar su cuello y Elizabeth gimió suavemente, mientras las dos se recostaban en el piso y empezaban a quitarse la ropa mutuamente.

Varias horas después Julia se encontraba de nuevo sola, sentada en el alféizar de la ventana mirando hacia la fábrica en donde Elizabeth estaba trabajando. La doctora se llevó su quinto vaso de ron a los labios y lo vació de un trago, mientras intentaba contener el impulso de levantarse, salir de la casa e ir caminando al pueblo para buscar a su novia. Lentamente para no caerse por la ventana se levantó y caminó tambaleándose hacia su puerta, la abrió con demasiada fuerza y cayó de rodillas en el pasillo. Como pudo se levantó y caminó hacia la puerta principal, sosteniéndose de la pared para no volverse a caer. Tardó casi veinte minutos en abandonar la casa y arrastrando los pies se dejó caer sobre una calabaza gigante, sentándose en ella y clavando la mirada en el lugar por donde debería de aparecer el coche de Elizabeth en unos cuantos minutos.

Barnabas se encontraba en el comedor, pensando en Julia y en una estrategia para lograr que ella se fijara, aunque fuera solo un poco, en él. Recordó la expresión de Elizabeth cuando él había tocado a su novia y no pudo evitar sonreír, suponiendo que la Sra. Collins se sentía de cierto modo amenazada por él. Cansado de pasar todo el día encerrado en la casa, Barnabas decidió salir a tomar un poco de aire fresco, así que poniéndose su abrigo abandonó al comedor caminando con su bastón hacia la puerta principal. Al salir de la casa lo primero que vio fue a Julia sentada en la calabaza y sin pensarlo dos veces se sentó junto a ella, tomando una de sus manos entre las suyas. La doctora lo miró a los ojos y tan alcoholizada como estaba lo único que pudo hacer fue sonreírle, olvidándose por completo de lo que había ocurrido en la mañana durante el desayuno. Barnabas le devolvió la sonrisa y se quedaron en silencio por largo rato, Julia mirando hacia la entrada y el vampiro mirándola a ella, esperando el momento justo para hacer lo que se había propuesto. "Me siento sola Barnabas, cada que Liz se va de la casa. Extraño tener a alguien que me abrace, siempre lo necesito." Barnabas la miró con la boca abierta y con un rápido movimiento la sentó en sus piernas, acariciando su cuello y mirándola a los ojos. "Yo nunca dejaré que te sientas sola Julia, podemos estar juntos para siempre, por toda la eternidad." La doctora lo miró a los ojos y sin poder pensar claramente por culpa del alcohol se inclinó para besarlo, cerrando los ojos y acercándose un poco más a él. Barnabas le devolvió el beso, sonriendo contra sus labios y no se apartó cuando la luz de los faros de coche de Elizabeth los iluminó. Los dos siguieron besándose y Barnabas se levantó, sosteniendo a Julia entre sus brazos para que la Sra. Collins no tuviera duda alguna de que él estaba besando a su novia.

Elizabeth pisó el freno a fondo cuando vio a Barnabas besando a su novia, se quedó observándolos por unos segundos, sin poder creer lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos. Julia, SU Julia, la mujer que le había prometido no lastimarla nunca ahora estaba en los brazos de alguien más, sin siquiera dignarse a voltear a verla. Pensó en salir del coche y separarlos, pero supuso que no tendría mucho éxito ya que uno de ellos era un vampiro que poseía una fuerza considerablemente mayor que la suya. Pasados unos segundos los dos se separaron y Barnabas la bajó con mucho cuidado al piso, sosteniéndola del brazo para que no fuera a caerse. Julia volteó a ver a Elizabeth y de repente palideció mientras empezaba a caminar hacia ella, intentando no tambalearse pero fallando estrepitosamente. La Sra. Collins pensó en bajarse del coche y correr a sus brazos, abrazarla fuertemente e intentar echarle la culpa de todo al alcohol, pero en vez de hacer eso puso la reversa y aceleró, alejándose de Julia mientras ella caminaba más rápido hacia el coche. Cuando por fin llegó a la pequeña glorieta quitó la reversa y pisó el acelerador a fondo mientras miraba por el retrovisor a tiempo para ver a su novia correr detrás de ella, gritando algo que no lograba escuchar.

Elizabeth empezó a llorar, luchando con todas sus fuerzas contra el impulso de detenerse y esperar a Julia, quien no dejaba de correr y de llamarla a gritos. Pisó un poco más el acelerador y se alejó a toda velocidad de la casa, sin poder dejar de llorar y sin poder sacarse de la mente la imagen de Barnabas tocando lo que era suyo.

Julia siguió corriendo detrás del coche a pesar de que ya no podía verlo ni escucharlo. El alcohol no le permitía entender por completo lo que estaba ocurriendo y lo único que sabía era que Elizabeth se había ido. Sin fijarse por donde caminaba siguió adentrándose cada vez más en el bosque, sin siquiera asegurarse de mantenerse en el camino de tierra. Caminó durante horas sin poder dejar de llorar ni un segundo, sus zapatos de tacón llenos de lodo y su vestido rasgado por culpa de las ramas de los árboles. Cansada y sin saber en dónde se encontraba, Julia se dejó caer al piso y se acurrucó contra un árbol, sus lágrimas cayendo por sus mejillas llenas de tierra. El alcohol por fin dejó de hacerle efecto y la doctora cayó en un sueño profundo lleno de pesadillas relacionadas con la partida de su novia.

Julia despertó varias horas después y se sorprendió mucho al ver a Barnabas y a Willie arrodillados junto a ella. Intentó incorporarse pero su cabeza empezó a dar vueltas y cerró los ojos, cubriéndose al rostro con las manos. Barnabas la levantó del piso y los dos hombres caminaron de regreso a Collinwood mientras Julia intentaba recordar lo que había sucedido la noche anterior. Cuando el recuerdo del coche de Elizabeth alejándose volvió a su mente la doctora empezó a llorar de nuevo, abrazándose fuertemente al cuello de Barnabas. "Por qué se fue Barnabas? Pudo haberse quedado y escuchar mi explicación." El vampiro la miró sin saber qué decirle y los tres llegaron a la mansión, Willie abrió la puerta para dejarlos pasar y los dos la llevaron a su habitación. Barnabas la recostó en su cama con mucho cuidado y después de besar su mejilla la dejaron sola, muy confundida y asustada.

Julia se quedó en la misma posición en la que la había dejado Barnabas por horas, hasta que por fin reunió las fuerzas suficientes para levantarse y caminar hacia su baño. Al abrir la puerta lo primero que vio fue la tina en la que hace casi un mes Elizabeth la había recibido con fresas y bombones y sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más. Intentó alejar esos recuerdos de su mente y se dirigió hacia su espejo de cuerpo completo, pero lo que vio reflejado le hizo dar un paso hacia atrás. Su cabello estaba lleno de ramitas y sus mejillas manchadas de lágrimas secas, su vestido estaba completamente arruinado y sus brazos cubiertos de rasguños y moretones. Lentamente se quitó toda la ropa y quedó desnuda enfrente del espejo, mirando con repulsión ese cuerpo que tanto odiaba, pero que Elizabeth había admirado noche tras noche. Asqueada se dirigió hacia la regadera y voltear a ver a la tina y se metió en ella, abriendo la llave del agua fría. Se estremeció un poco cuando su cuerpo quedó completamente mojado y se dispuso a bañarse, recordando todo lo que había ocurrido la noche anterior antes de que Elizabeth regresara a la casa y los viera besándose.

Veinte minutos después Julia terminó de bañarse y caminó de regreso a su cama, sin preocuparse por secarse o vestirse se acostó en ella y se cubrió por completo con las sábanas, acurrucándose debajo de ellas y abrazando con fuerza la almohada de Elizabeth, intentando imaginar que su novia seguía a su lado y que no la había dejado completamente sola en una casa en donde no podía confiar en nadie.