Hallo! He aquí mi publicación semanal prometida :) Espero que les guste!
Dedicatoria: Este capítulo se lo dedico a HistoryPrincess! Espero que te guste :)
Inspiración: Bueno, no me inspiré en nada en especifico, fue una idea que volaba por mi mente. Es algo así como Kaicho wa Maid-sama!Tiene varios parecidos, pero la temática y la historia será completamente diferente.
Disclaime: Hetallia no me pertenece, es de nadie más y de nadie menos que de Himaruya-sensei.
El reloj marcaba las 10 de la mañana. La fiebre de Arthur había bajado hace horas y ya no parecía que volvería a subir en cualquier momento. No habían ido al colegio, aunque eso les importaba poco, el día anterior habían vivido demasiadas cosas como para presentarse en clases como si nada hubiera sucedido. Probablemente Kiku, Francis, Antonio y Gilbert ya sabían que había pasado, aunque lo más seguro es que no se imaginaban ni la quinta parte de la totalidad de las cosas.
Eran las 11 de la mañana y aún no se levantaban de la cama. Arthur porque aún no había despertado, y Alfred por que no estaba dispuesto a soltar a su amado inglés. Poco a poco los parpados del rubio cenizo se fueron abriendo, miraron primero el techo, luego el reloj y luego su costado. Lo primero que encontró al voltear su rostro fueron los ojos de Alfred sin lentes, haciéndolo ver más sensual de cerca. Su rostro pasó del blanco papel al rojo tomate, como los de su amigo Antonio. Intentó alejarse del americano, mas este lo retuvo entre sus brazos., sintió el rose de las ropas, eso fue un alivio.
- No te irás.- dijo Alfred, posesivo.
- Déjame ir bastardo.- gruño Arthur, forcejeando frente a los fuertes brazos del oji azul, imposible ahora que la fiebre lo había debilitado.
- No.- susurró Alfred, acercando su rostro al de Arthur, mirándolo fijamente. Arthur se relajó bajo la potente mirada del americano. Este, al sentir como el inglés de tranquilizaba, aprovechó para besarlo. Arthur no se alejó, como hubiera esperado, sino le devolvió el beso.
- ¿Cumplirás tu promesa?- preguntó Alfred, cuando se separaron buscando aire.
- Y-yo nunca te prometí nada.- tartamudeó Arthur, nervioso.
- Sí que lo hiciste.- dijo Alfred, hinchando sus cachetes, dándole un aspecto infantil e inocente.
- No lo hice Alfred.- gruñó Arthur, intentando ignorar la mirada de suplica que le dirigía el americano.
- Vamos Arthur, no me estarás diciendo que eres una gallina!- rió Alfred, pasando del plan "niño necesitado" al de "adolecente fanfarrón".
- Yo no soy ninguna gallina!- contestó Arthur, sabía que lo estaba provocando y sabía cuando ceder, quería jugar un poco con el menor antes.
- Eres una gallina Arthur! Todas esas púas son pura apariencia! – dijo Alfred, mirando los múltiples pírsines que estaban sobre la mesa de noche.
- Te demostraré que no son pura apariencia.- gruñó Arthur, divertido.
Tumbó a Alfred, dándole necesitados besos en el cuello, dejándole marcas que serían fácilmente vistas por los demás. Subió a la quijada, donde se entretuvo un rato, mordiendo y besando. Alfred no podía hacer nada más que gruñir ante el cálido tacto de las manos de Arthur. Decidido a no quedarse atrás, el americano empujó a Arthur, dejándolo bajo su abdomen. Este, en vez de comenzar por el cuello, mordió ligeramente el lóbulo de la oreja derecha de Arthur, mientras su mano viajaba bajo el blanco polo del oji verde, descubriendo debajo un six pack perfectamente formado. Lo recorrió con dedos agiles y expertos. Ese par de manos ya antes habían tocado los senos de una mujer, bueno, de varias. "Que tal cambio" pensó Alfred, pero la verdad es que después de que se había enamorado de Arthur, en tercero de secundaria, no había vuelto a tocar a ningún otro ser humano. Al igual que Arthur, quien antes se jactaba de ser el único heterosexual en el grupo. Sabía que Antonio tenía un novio italiano, Kiku uno de Grecia, Francis era un caso aparte, y Gilbert tenía un novio canadiense, que si no se equivocaba, era el hermanastro de Alfred. Y ese cambio radical que había llevado lo sorprendía, los sorprendía a ambos.
Un gruñido se escapó de entre los labios del inglés cuando Alfred atrapó una de sus tetillas. Bajó la mano de Alfred se sentía lívido. Intentó tumbarlo, de nuevo, pero esta vez el menor no se lo permitió, besándolo, quitándole el aire. Si Alfred era un tigre, Arthur era un león, y eso se volvió una lucha entre ambas bestias, hambrientas del otro. Mas esa lucha terminó, cuando ambos ya estaban desnudos, sudando del placer que sentían por el otro. Terminó cuando Alfred puso un dedo dentro de la entrada de Arthur, dominándolo por completo, dejándolo a su merced. Comenzó a dilatarlo de a pocos, mas fue detenido por Arthur.
- No soy una niña, Jones.- gruñó el inglés, mirando con ojos verdes lujuriosos al americano.
- Pero te va a doler.- suspiró Alfred, extasiado.
- No me importa.- musitó Arthur, rodeando la cintura del americano con sus piernas.
Acercándolo más a él. Provocando el choque entre sus virilidades. Un gruñido seco se escapó de entre los labios de Alfred. Fue silenciado por un necesitado beso de Arthur, quitándole todo el aire que era capaz de retener en sus pulmones. Pero el estaba tan o más necesitado que el inglés, por lo que no se separaron hasta que la demanda de oxigeno hacía peligrar sus vidas.
- Estoy listo.- murmuró Arthur.
- Seguro?- dudó el americano.
- Hazlo antes que me arrepienta.- musitó el inglés, mirando fijamente a Alfred, chocando verde esmeralda con azul zafiro.
Entonces Alfred entró de una sola estocada, llena de placer y necesidad. Un grito ahogado se escapó de los labios de Arthur, y una lágrima traviesa voló por su mejilla derecha, preocupando ligeramente a Alfred, quien comenzó a besar al otro para distraerlo del dolor.
- Estás tan estrecho.- gruñó Alfred, besando nuevamente los labios del inglés.
Apoyó la espalda de Arthur sobre la cama, las cortinas negras se ondeaban alrededor de ellos. Las cortinas en las ventanas estaban firmemente cerradas, creando una escena oscura donde solo sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural, una intensidad propia del sexo, no, del sexo no, del amor. Ese amor que habían guardado siempre.
Arthur recorría el pecho de Alfred con los dedos, extasiado por la perfección de este. Entonces la hombría tocó en el ese punto que lo volvía loco, y su espalda se curvó hacia atrás, presa del placer que sofocaba el dolor. Otra tras otra, las estocadas tocaban su interior, llenándolo, completándolo.
- Arthur, me voy a correr.- escuchó el inglés, un quejido fue su manera de responder.
Una, dos, tres, cuatro, cinco. La velocidad aumentaba. Seis, siete, ocho, nueve diez. Todo se volvía borroso. Once, doce, trece, catorce, quince. Los músculos de su entrada se estrecharon cuando él se corrió. Dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte. Alfred se corrió en el interior de su amado inglés, llenándolo por completo de su esencia.
El americano cayó sobre el cuerpo de su ahora oficial pareja. Besó su cuello, su oreja, luego besó sus ojos y después sus labios, donde se entretuvo durante largo rato.
- I love you.- dijo, abrazando con fuerza a Arthur.
- I love you too.- respondió el inglés, besando con delicadeza los labios del contrario.
Y así, se quedaron dormidos. A diferencia de la noche anterior, no estaban solos, cada uno en los brazos del otro. Sus corazones latían al mismo ritmo, latían como uno solo. Un gran y hermoso corazón.
"I love you Arthur"
"I love you too Alfred"
Bueno, queridos lectores/as (?), en la siguiente entrega, creo, que se acaba esta historia. Será la primera historia que termino! *se emociona*
Así que… Nos vemos la próxima semana
¿Merece un Review?
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