Antonio abrió los ojos. Le extraño no encontrarse en su cama. Fue hasta que los recuerdos de la noche anterior vinieron a su cabeza que se dio cuenta de qué había pasado.

Soltó una pequeña risa al acordarse de cómo había encontrado a Arthur y cómo fue que terminó teniendo sexo con él.

Para su desilusión, el inglés no estaba con él dormido. Lo que más hubiera querido es que, al haber despertado, Arthur lo hubiera estado esperando dispuesto a continuar como en la noche anterior. Pero pedir eso era como pedir lo mismo de Lovino: algo imposible.

Se estiró y se puso de pie, viendo que las cortinas estaban abiertas y dejaban entrar luz por la habitación, la cual estaba hecha poco menos que un desastre al haber dejado Inglaterra las botellas regadas por doquier.

—¿En dónde estás, Inglaterra?

Recorrió con la mirada, pero no vio nada. Lo más seguro es que, después de la cantidad de alcohol que consumió ayer, el inglés estuviera en la cocina buscando con qué calmar las nauseas y el dolor de cabeza.

Tomó ropa prestada de Arthur, pues recordó que la suya estaba manchada. Además, no se iba a poner siquiera a buscarla entre tanto desastre.

La casa estaba en un extraño silencio que le hacía sentir escalofríos a España. Era como si nadie estuviera ahí. Aún así, continuó y bajó las escaleras, dirigiéndose a la cocina. Quería algo de comer antes de irse, además de que esperaba encontrarse con el rubio.

Para su suerte, ahí estaba, y de muy mal humor, por cierto. Apenas entró, este levantó la mirada, tan fría como su propia casa. Seguramente estaba teniendo una jaqueca terrible.

—Buenos días.

Estaba nervioso. Inglaterra sólo lo seguía con la mirada sin responderle. Casi podía escuchar las maldiciones que seguramente el inglés le estaba mandando desde su mente.

Tomó una fruta que estaba sobre una de las mesas, notando que su mano estaba temblando. Le estaba dando la espalda a Arthur, así que no sabía en qué momento este tomaría un cuchillo filoso y se lo clavaría en el pecho, pero estaba seguro de que la idea estaba en la cabeza de Inglaterra. Lo conocía demasiado bien como para saber que eso era justo lo que el rubio quería hacer en esos momentos.

—Yo… creo que me voy. Supongo que Lovino me ha de estar esperando en el hotel. Hay que regresarnos a nuestros países.

—Sí…

No sólo la mirada de Arthur era escalofriante. Antonio se dio cuenta de que debió de estar agradecido por el silencio del inglés, pues escuchar su voz era como recibir un balde de agua helada.

A pesar de la amenaza en esos ojos verdes, como cuando un perro sólo te ve previniéndote de que si te acercas te morderá, España se acercó un poco, buscando las palabras correctas para explicar lo de la noche anterior, que suponía era la razón por la que Inglaterra lo trataba así.

—Sabes, Arthur… Lo de la noche anterior… Creo que no es para tanto. Se veía que tú también te la pasaste bien.

«¡Deja de verme así!», pensaba Antonio mientras extendía su mano queriendo tomar del hombro a Arthur. Sin embargo, apenas lo tocó, éste rápidamente lo tomó de su mano y lo jaló hasta tirarlo al piso.

—¡Maldito bastardo, no me toques!

España se levantó y corrió hacia la puerta, pues ahora sí no dudaba de que un cuchillo iba a atravesar su garganta.

Salió de lo que le pareció ser una película de terror.

Aún así, una idea le cruzó por su cabeza al escuchar esa forma de hablar y ver cómo el otro lo amenazaba con sus ojos. No quería aceptarlo, pues hacerlo significaría que él había sido el responsable de despertar a un demonio.

La primera vez que vio a Arthur con esos ojos fue hace ya demasiado tiempo. El rubio estaba en un barco, con ropa muy elaborada, parado en la cubierta y con su mano posada sobre una espada bastante filosa. Una risa fría y cruel le hacía sentir cómo su piel se erizaba. Esa vez fue la primer pelea que tuvieron en el mar, y Antonio espero jamás volver a verlo de esa manera.

Desafortunadamente, esas miradas se repitieron demasiado durante esos años y él también aprendió a no tener compasión con el inglés. Ambos lucharon, sin importarles hasta donde llegara su decencia o rectitud para intentar cortarle el cuello al otro.

Pero era imposible. Eso fue hace siglos. Era tonto pensar que por haberlo violado ayer (aunque según él no había sido violación), ahora hubiera despertado a ese pirata. Si era así, tenía que salir rápido de Inglaterra y volver a España. No quería saber cuáles serían las consecuencias de su lujuria.

Lo más rápido que pudo, fue al hotel para buscar a Lovino.

Cuando llegó, se fue corriendo a su habitación. Había perdido algo de tiempo por el tránsito, pero ya estaba ahí listo para preparar su maleta e irse.

Entro a su cuarto y lo encontró solo. La parte sur de Italia no estaba en ninguna parte.

Dio unos pasos, de nuevo sintiéndose en una de esas películas de terror que Estados Unidos o Japón solían hacer. Empezó a sentir miedo.

—¿Lovino? ¿Estas ahí?

De repente, unas manos lo tomaron por la espalda y Antonio se preocupó más por el filo de una daga en su garganta que por saber de quién era el brazo que le hacía daño mientras lo sujetaba.

—Me alegra saber que sigues igual de lento, Antonio.

La voz era la de Arthur, pero había algo escalofriante. No era el Arthur de siempre. Eso aclaró las dudas que tenía Antonio sobre quién era en esos momentos el inglés.

—No enfrentar a tus enemigos de frente y aprovecharse de que están desarmados es algo bastante indigno, ¿no crees, capitán Kirkland?

Sintió cómo el cuerpo del inglés temblaba al lado suyo conteniendo la risa. Al final la soltó, escuchándose bastante burlona.

—Esas son las ventajas de ser un pirata, Antonio. Verás, la dignidad es algo que tiramos igual que a una puta después de haberla follado toda la noche. En estos momentos deberías de preocuparte más por ti que por mi dignidad.

No quería admitirlo, pero en cierto modo España extrañaba esa forma de hablar tan sucia que Arthur tenía cuando era pirata. Quería volver a tomar la valentía que tenía en el pasado para enfrentarlo, pero le era muy difícil hacerlo después de tantos años de paz entre ellos.

—No deberías hablar tan mal de una mujer que vende su cuerpo. A fin de cuentas, tú ayer actuaste como una.

Quiso reír, pero el inglés lo tomó de su cabello, tirando de él hacia atrás y haciéndole daño.

—Búrlate si quieres. Tú me dijiste una vez que todo acto tiene su pago. Sigue riéndote, pero quiero ver que lo hagas cuando esté dentro de ti.

Inglaterra empujó a España en la cama, haciéndolo caer boca abajo sobre las sábanas. Ni siquiera le dio tiempo de moverse, pues el inglés se sentó encima de él, colocando sus rodillas a cada lado de su cadera. España se hubiera intentado incorporar y salir huyendo, pero aún estaba esa daga en las manos de Inglaterra.

—Espero que hayas disfrutado ayer metiéndomela, porque será la última vez que lo hagas.

Antonio sintió un escalofrío cuando el filo del arma pasó por su espalda. Quiso suspirar de alivio cuando se dio cuenta de que no le cortó la piel, aunque no se podía decir lo mismo de la ropa, que estaba desgarrada.

—¿Sabes que esa camisa es tuya? —dijo para intentar relajarse un poco al burlarse de él.

—Sí, lo sé. No me importa. Tuya o mía, servirá para lo mismo.

Desgarró la parte de atrás hasta hacer tiras. Las agarró con su mano libre y se colocó la daga en los labios para sujetarla.

Agarró con brusquedad las manos de Antonio y las puso sobre su espalda, haciéndole algo de daño al ponérselas tan atrás.

El español empezó a retorcerse al ver que Arthur lo estaba atando de sus muñecas. No sólo lo hacía para dejarlo sin libertad de moverse o defenderse, sino que, además, había apretado el nudo tan fuerte que Antonio supo que le dolería y le dejaría marcas.

—Deberías de preocuparte menos por la ropa en estos momentos. Si fuera tú, me cuidaría de otras cosas. —Arthur se había quitado la daga de la boca y vuelto a colocar en su mano derecha.

Haciéndose a un lado, le dio vuelta a España, dejándolo ahora recostado sobre sus manos atadas.

Eso no evitó que buscará la manera de incorporarse. Se impulsó hacia delante, intentando sentarse y luego pensar en cómo salir de la habitación.

—¿Quién te dijo que podías irte? Todavía no hemos hecho nada. Te estas portando mal, Antonio.

El español tenía que admitir que Inglaterra tenía demasiada fuerza, pues con una mano lo volvió a recostar y no hubo modo de impedírselo.

Aún así Antonio era una persona difícil de controlar. Todavía sus piernas estaban libres y alzó una de ellas de tal manera que le dio una patada en el rostro a Arthur, dejándole una herida fuerte en su mejilla.

Casi pudo escuchar como el rubio gruñía de puro coraje. Se dio cuenta de que tenía todas las de perder, pues se encontraba atado de sus manos y lo que hizo no iba a suavizar a Inglaterra. Sería mejor que se fuera preparando para su castigo.

—Así que quieres pelea. Descuida, si quieres jugar rudo, entonces así será.

No fue una cachetada. El puño de Arthur le devolvió el golpe que él había dado con su pierna, dándole una fuerte punzada en la mandíbula y haciendo que no pudiera reprimir un quejido fuerte. No se esperaba el golpe y tampoco lo que venía.

Al haber quedado un poco aturdido, no pudo reaccionar bien cuando Inglaterra lo volteó y le desató las manos. Al inicio no entendió por qué lo desataba, ya que eso le daba más libertad de moverse, pero luego entendió que no lo desataba para dejarlo libre, sino para amarrarlo de otra forma.

Arthur tomó su muñeca izquierda y la jaló, haciéndole daño. Luego, tomó su tobillo, también izquierdo, y lo amarró junto con su muñeca, impidiéndole de esa forma cualquier clase de movimiento tanto con su brazo como con su pierna.

Lo mismo hizo con su brazo y pierna derecha. No tenía sentido que Antonio se moviera o intentara patearlo de nuevo para hacerlo a un lado. Estaba inmóvil de todas sus extremidades.

Su corazón latía rápidamente, se sentía completamente expuesto al inglés pues no sólo no podía moverse, sino que sus piernas estaban abiertas y lo único que hacía falta era que el inglés entrara por ellas.

Escuchó cómo Inglaterra se bajaba el cierre de su pantalón. Ese sonido nunca le había causado tantos escalofríos. Se sentía como una virgen a punto de ser violada, y lo más seguro es que Inglaterra lo trataría como tal.

—¿Tienes miedo? No me vengas con esas cosas. No es como si fuera la primera vez que te amarro. Agradece que no estamos en el calabozo de mi barco y no llevas días sin comer. Te has hecho débil, Antonio.

España se preguntó si acaso merecía tanto sufrimiento mientras veía ya el miembro erecto de Arthur. El día anterior sólo había querido un poco de diversión y luego fingir que nada había pasado, no terminar de esa forma con un pirata sádico.

Arthur se sentó nuevamente encima de él, pero esta vez, encima del pecho del español, haciendo que su miembro estuviera bastante cerca de la cara del otro.

Se inclinó un poco hacia delante y no le dio tiempo a Antonio de captar la situación cuando Arthur tomó su miembro con una mano y con la otra el cabello de Antonio para que no moviera la cabeza. Metió su miembro en la boca de España y empezó a mover suavemente su cadera como si diera estocadas.

Antonio sentía que se atragantaba, y no importaba si intentaba mover su cabeza, no tenía forma de liberarse, así que soltaba gemido para quejarse, moviendo su lengua inconscientemente como si de esa forma pudiera quitar ese miembro caliente de su boca.

—¿Sabes que haciendo eso sólo logras que me excite más? Mueve más tu lengua, me gusta cómo intentas empujarme con ella.

La vibración que provocaban los gemidos de España hacían que Inglaterra empezara a jadear y a meter más su miembro en la boca del otro. Se alegró de saber que Antonio ya se estaba acostumbrado a la intromisión.

España dejó de retorcerse. Ya no tenía los ojos fuertemente apretados por la incomodidad, sino que succionaba el miembro de Arthur mientras que este movía más su cadera y reía al ver la sumisión de Antonio hacia él.

—Ya déjalo así. Tampoco se trata de que disfrutes esto como una perra.

Lo sacó de su boca y España tosió un poco, tomando una gran bocanada de aire. Tenía saliva bajando por su barbilla y la comisura de los labios, pero al estar atado, no tenía forma de limpiarse.

Apenas estaba recuperándose y tomando aire cuando notó que su corazón se detenía al sentir el frío filo de la daga recorrer su abdomen sin cortarlo, bajando cada vez más hasta llegar al inicio de su pantalón.

—¿Qué es esto, Antonio? Parece que no soy el único aquí que requiere atención.

Lo admitía, haberle hecho sexo oral a Arthur lo había excitado, pero eso sería algo que no diría en voz alta. A pesar de que estaba amarrado y había cedido a las locas ideas del pirata, todavía tenía algo de orgullo que mantener.

Con la daga, Arthur cortó la tela del pantalón, pues estando amarrado no había forma de quitárselo de la forma correcta.

No sólo el pantalón, sino que la ropa interior también sufrió el mismo destino que la camisa y fueron rasgados hasta que Antonio quedó desnudo y expuesto al inglés.

–Hagamos esto todavía más divertido.

Estaba seguro de que el concepto de diversión de Inglaterra no era el mismo que el suyo. El rubio tomó otro de los trozos de tela, ahora del pantalón, y le cubrió los ojos, como si usara una venda. Si Antonio se sentía indefenso, ahora lo estaba más, pues la risa fría de Arthur era lo único que podía escuchar, además de sentir sus dedos recorriendo su abdomen.

Arthur bajó y pasó sus labios por su ingle, provocándole un suspiro involuntario ante el acto. La risa que soltó Arthur hizo que se sonrojara.

Estaba ansioso. No sabía qué pasaba ni qué era lo que Arthur planeaba hacerle.

No pudo evitar gemir cuando los labios de Arthur bajaron todavía más y rozaron su entrada. Inmediatamente, su lengua entró y empezó a fingir penetraciones para lubricarlo un poco, pero no para dilatarlo mucho.

Antonio notó que estaba sudando y su respiración estaba acelerada, no muy seguro si era por miedo o por placer. Había una mezcla extraña de ambas sensaciones y no sabía cuál le causaba más vergüenza.

Así fue durante un rato. Antonio se sonrojaba de que lo único que escuchaba era su voz gimiendo y el sonido de la lengua de Arthur lamiéndolo y penetrándolo.

Cuando Inglaterra sacó la lengua, Antonio estuvo seguro que lo siguiente le iba a quitar todo placer que pudo haber llegado a sentir hasta ese momento.

Notó que Arthur se colocó entre sus piernas. Luego vino el dolor. Inglaterra lo penetró tan fuerte y sin prepararlo correctamente que no se controló y gritó del puro dolor. Se sentía desgarrado por dentro y ni el jadeo de Arthur por haber entrado al fin lo había hecho sentir mejor.

Al menos Inglaterra no se movió, si no habría empezado a gritar que saliera, pues no habría soportado eso. El inglés se recostó más encima, sintiendo su piel y su abdomen subir y bajar rápidamente como el suyo.

—Cálmate. No es para tanto, Antonio. Respira e intenta relajarte, ya verás que luego me pedirás más.

Ironías de la vida. Fue lo que pensó Antonio. Recordaba que esas mismas palabras había usado él la primera vez que violó al inglés cuando había capturado toda su flota en la mitad del mar. Soltó una risa, pero fue más como una forma de burlarse de su suerte y de cómo la vida daba vueltas. Tenía razón cuando una vez le dijo a Arthur que todo acto tenía su pago.

Era cierto que el dolor disminuyó un poco, pero aún así era tanto que lo que más quería en ese momento era acabar con esa tortura.

Arthur comenzó a moverse, y al parecer sintió algo de piedad por el español, pues no fue tan rudo como Antonio creyó que sería. Además, Inglaterra tomó su miembro entre una de sus manos, moviéndola al ritmo de las penetraciones, haciendo que el placer volviera lentamente al cuerpo de España.

—Aprietas tan bien, Antonio —jadeó—. Hasta siento que lo haces a propósito para que entre más en ti.

Poco a poco Antonio se estaba acostumbrado a la penetración de Arthur, y al final, ya ni se acordaba del dolor en sus muñecas por estar amarradas, ni de la falta de movilidad de sus piernas. Con los ojos cerrados sólo podía limitarse a sentir, y siendo sincero, se sentía bastante bien.

Inglaterra se volvió más sucio con su vocabulario y más duro con sus movimientos, pero era obvio que estaba disfrutando mucho el estar dentro del español, sólo que no se lo demostraría con palabras de un joven enamorado, sino como del pirata que era.

Cada vez iba más rápido, más fuerte, y Antonio ya no prestaba atención a nada que no fuera el miembro de Arthur entrado y saliendo profundamente de su interior.

Arthur empezó a besarle el cuello, sabiendo que estaba a punto de llegar al final. España no perdió la oportunidad de, al menos, una pequeña venganza, y mordió la oreja de Arthur, haciendo que dejara salir un quejido fuerte y levantara la cabeza.

No le dio tiempo de devolverle la mordida con un golpe o algo más, pues terminó viniéndose dentro del español con un gemido grave y España no tardó en unírsele, perdiéndose en un orgasmo que compartió al mismo tiempo con Arthur.

¿Qué pasó después? Antonio no estaba muy seguro. Había sentido placer, miedo, confusión y enojo en un tiempo muy corto. Después de sentir cómo Arthur salía de él, se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó, descubrió que no estaba amarrado ni vendado de los ojos, pero las marcas moradas en su muñecas y tobillos le recordaron todo lo que había pasado y se maldijo internamente por no haber logrado liberarse del inglés.

No lo encontró en la habitación y eso le hizo sentir un poco de tristeza, pues tenía la vaga esperanza de que estuviera con él pidiéndole perdón por lo que había hecho.

Se rió. Era de Arthur de quién estaba hablando. Alguien como ese vándalo jamás le pediría perdón por nada. No lo hizo hace cinco siglos y no lo haría ahora.

Como pudo, se levantó. Estaba seguro de que no podría caminar bien ni sentarse en todo el día, pero ya encontraría la forma de fingir.

Ese día y todos los demás, actuaría como si no hubiera pasado nada y en las juntas saludaría a Arthur como siempre, pues este seguramente también lo trataría como si nunca hubiera pasado nada.

De todas formas, por si las dudas, debía de anotar en el calendario que el 4 de julio era fecha importante. Quizá tomaría un año, pero quería volver a visitar a ese inofensivo y borracho inglés, y esta vez, se aseguraría de que cuando el pirata despertara, él ya estuviera tan lejos que no le daría oportunidad de vengarse.