Hielo y Fuego.
Él siempre ha sido cómo el frío hielo. Incluso, desde que era un inocente niño. Y ella… Ella siempre ha sido el fuego que logra derretirlo. Incluso, desde antes de conocerse.
Capítulo Dos.
– ¿Estás bien, mini-Greengrass? –. Habían pasado ya siete minutos y cincuenta y seis segundos desde que Draco había entrado en la oficina, había hablado y Astoria, se había quedado paralizada. No había abierto la boca para responder a su primera pregunta, ni tampoco se había movido de su lugar. Incluso, aun tenía el bolso a medio colocar y parecía más una estatua que una bruja. – Greengrass, deja el juego. Tengo una reunión dentro de veinte minutos, pero eso debes saberlo, siendo mi secretaria. –. Parecía que Draco hablaba más solo que con la joven Astoria, quién aun se mantenía aterrada.
¿Por qué Draco Malfoy? ¿Por qué no había podido ser Theodore Nott o Blaise Zabini? ¡Hasta podía aceptar a la misma Parkinson, si estaba tan desesperada! Pero… Pero, ¿Draco? Astoria estaba que sacaba su varita y se lanzaba un Avada a sí misma.
Nunca le había agradado el joven Malfoy. Quizás, porque lo conocía mejor que nadie, a pesar de que nunca habían intercambiado más que insultos y humillaciones. Conocía a los de su calaña; ególatras, egoístas y crueles. Y por supuesto, no le gustaba la gente así. Y ahora, trabajaría para él. No lograba comprender aun porque Draco había decidido contratarla a ella, sin siquiera una entrevista previa. Siendo el rubio, seguramente tendría cientos de brujas a su disposición para el empleo, de todos los tamaños y no hablamos necesariamente de la altura. Sin embargo, entre todas esas brujas, la había elegido a ella. La más menuda, infantil y grosera de todas. La más altanera, ¿De qué le serviría? Además…
Un ruido seco la sacó de sus pensamientos. Draco se había dejado caer en uno de los cómodos sillones verdes que tenía frente al escritorio y la miraba, esperando alguna respuesta. Y cómo si con el golpe, la castaña hubiese vuelto a la realidad, dejó caer su bolso y comenzó a caminar de un lado a otro por la oficina.
–No, no, no, no, no, no. Debe ser una broma… ¡Una broma! –.
– ¡Oh, genial! Otra que habla sola. –Bufó Draco por lo bajo, pero Astoria no pareció escucharlo y siguió caminando cómo serpiente enjaulada por la oficina.
– ¡Es inverosímil! Debe haber una razón… Y… –De pronto, la joven de veintiún años se detuvo en seco y observó a Draco fijamente, clavándole su esmeralda y amenazante mirada. – ¿Por qué yo, Malfoy? –. El hombre pareció hacer una mueca de fastidio, mientras se levantaba para acercarse a su escritorio y sacar un par de papeles que parecían importantes. La castaña intentó descubrir qué era, en vano.
–Bien, no quería empezar está conversación hasta la tarde, pero me temo que tendré que aprovechar las energías del café por la mañana. – Y sin más, Draco extendió a Astoria los papeles en sus manos.
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Ella no entendía nada. Es decir, ¿Qué coño estaba pasando? "Desaparecido hombre de mediana edad." "Aurores buscan posible sospechoso." "¿Voldemort ha regresado?" "Gente aterrorizada." "Asesinatos por doquier." "Ya no sólo son hijos de muggles, ahora los puros también mueren." Esos y más eran títulos en los papeles que Astoria escasamente había podido leer antes de que Draco se los quitara. Eran muchas las preguntas que rondaban por su cabeza, pero la más importante en aquellos momentos era simple y clara; ¿Qué mierda tenía que ver todo eso con ella, Astoria Greengrass?
–Creo que necesitaré más que unos papeles para entender, Malfoy. –Astoria frunció los labios, mientras observaba cómo el hombre frente a ella se encontraba demasiado tranquilo ante la situación. Draco, sin embargo, sentía sus manos temblar ligeramente y su firmeza flaquear ante lo que diría a continuación.
–Escucha bien, Greengrass, porque no pienso repetir ni una sola palabra, ¿Entendido? –. Cuando Astoria asintió a cascarrabias, por el hecho de no poder interrumpir y que su curiosidad le estuviese ganando, Draco se sintió listo para comenzar. –En los últimos dos meses se han presentado tres asesinatos de integrantes de familias con sangre pura. El primero, fue el Señor Morrel, el cuál es amigo íntimo de mi abuelo. El segundo, ha sido la Señora Tatiana Nott, mejor amiga de mi madre. Y el tercero, fue Marcus Flint, un viejo conocido que yo admiraba en el Quiddith. ¿Puedes, Astoria, decirme cuál es el factor común en las tres muertes? –. Preguntó el hombre arrastrando las palabras cómo solo él sabía hacerlo, lleno de paciencia y hasta algo de malicia. Ella se encogió de hombros, sin inmutarse.
– ¿Todos son mortifagos? –. Respondió la chica, intentando adivinar. Realmente le importaba poco lo que le había contado Draco, aunque sentía lástima por la muerte de la madre de Nott. Para sorpresa de Astoria, el chico rio con carcajadas apagadas y negó con la cabeza, rotundamente.
– ¡Qué superficial eres, mini-Greengrass! –. Expresó Draco jugueteando con las puntas de las hojas en sus manos. –El señor Morrel no fue mortifago. Se alejó de Voldemort por no compartir sus ideas y según tengo entendido, Flint tampoco lo fue. Tatiana quizás, pero no estoy seguro. –Explicó el chico intentando dar razones a su risa. Entonces, fue cuando Astoria sintió real curiosidad por el tema y comenzó a analizar, hasta que los ojos abiertos cómo platos, descubrió el factor común.
–Todos tienen alguna relación contigo, por muy mínima que sea. –Concluyó la joven tomando asiento en una de las sillas frente a Draco. Volvió la mirada a la puerta de la oficina, descubriéndola cerrada por lo que suspiró aliviada. Seguramente Draco la había cerrado mientras ella se encontraba en su pequeño trance. –El Señor Morrel, era amigo de tu abuelo. Una conexión lejana, pero existe. Y Tatiana es la madre de uno de tus mejores amigos, lo cuál te afecta porque seguramente has pasado más de un verano en su casa. Y Flint, pues, fue quién te enseño a hacer trampa en los partidos de Quiddith y por lo tanto, existe conexión entre ustedes. –Draco asintió, sorprendido bajo una gruesa careta de indiferencia. Nunca hubiera pensado que Astoria sacaría las conclusiones tan eficientemente. –Pero, pueden ser casualidades, Draco. Es decir, no eres el centro del mundo y no todo tiene que ver contigo. –Y eh allí, en ese punto, cuando el rubio platinado seguía sorprendiéndose ante la ingenuidad de la joven.
–Las casualidades no existen, Astoria. Yo no he sido bueno, no he sido un héroe. Y tengo mucha gente atrás mio con ganas de hacerme daño. Sospecho de muchos, pero a solo unos pocos los creo capaces de cometer asesinatos sólo para vengarse. –Él iba a continuar hablando, pero una mueca llena de terror en el rostro de Astoria lo interrumpió. – ¿Qué pasa, Greengrass? –. Preguntó confundido, sin entender.
– ¡Me crees una sospechosa! Pe-pero… ¡¿Qué te he hecho yo? –. La joven llevó ambas manos a la parte superior de su pecho, en un gesto algo exagerado y dramático. Él solo se limitó a entornar los ojos con exasperación, perdiendo la paciencia por primera vez desde que habían comenzado a hablar.
–No seas estúpida, Greengrass. No te he llamado por eso. Y deja el drama, que mucho me has hecho y bien podría sospechar de ti. –Entrecerró los ojos, mientras calmaba su tono de voz lleno de fastidio y exasperación. –Pero, no. No te he llamado, para que me rindas cuentas. No hoy. –Ella volvió a fruncir sus labios, sin comprender.
–Entonces, sigo sin entender, Malfoy. ¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? Es decir, a mi no me importa que alguien pueda estarse vengando de ti. Me tiene sin cuidado, la verdad. –Draco sonrió torcidamente, cómo hacía cuando se sabía conocedor de algo que nadie más sabía. Y eso, asustó a Astoria.
–Greengrass, yo sé dónde está mi padre. Está en Azkaban. ¿Dónde está el tuyo? –. Y con esa sencilla oración, Astoria se sintió pequeña e indefensa. ¡Joder! No tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba su padre. Sus labios comenzaron a temblar y se sintió repentinamente mareada.
–No hablo con él desde hace meses. –Respondió cómo toda explicación que parecía satisfacer al joven Malfoy. Él se inclinó en su silla en dirección a Astoria, cómo si fuera a decir un secreto importante y ella, de pronto, recuperó el interés por lo que Draco pudiera contarle.
–Ha habido un cuarto suceso. Una desaparición. Y el cuarto individuo, qué creo es el último, se llama y por favor, déjame terminar de hablar, Gaspard Greengrass. –Astoria ahogo un gritito de exalto. ¿Su padre? ¿Qué tenía que ver su padre con una venganza contra Malfoy? Estuvo a punto de interrumpirlo, pero decidió que quería escuchar la historia completa algo con lo que Draco se sintió aliviado. No estaba para dar muchas explicaciones. –Cómo sabrás, aunque tú seas una mocosa consentida que no me agrada, tú padre es cómo un segundo padre para mi. Daphne vino ayer, preguntando si sabía algo de él y luego de que ella se fue, me llegó Hook con una carta. Eran dos simples palabras; Tú sigues. Y le he estado dando vueltas a todo desde ayer. Descubrí que no puedo hacerlo solo y tú hermana no sirve para éste tipo de trabajos. Por eso, quiero que seas mi secretaria, Greengrass. –
– ¿Para jugar a los detectives? No, no, no. ¿Por qué no se lo dejas a los aurores? Creo que te sigues creyendo en el centro del Universo y… –Astoria sabía que no dejaría a su padre a merced de los aurores, esos mismos que le tenían cierto recelo por haber elegido el bando equivocado. Un largo suspiro salió de sus sonrojados labios y asintió. –De todas formas, sabías que te ayudaría, ¿Verdad? Será cómo tu segundo padre, pero sigue siendo el mio. Así que, ¿Qué plan tienes en mente, Malfoy? –Él sonrió, aunque su sonrisa no era común en sus facciones. Era una sonrisa más bien avergonzada, diferente a cómo sonreía normalmente.
–Ese es el punto, Greengrass. No tengo ningún plan. –Expresó el chico lo cuál hizo enfurecer a la joven castaña.
– ¿Y porque no te entregamos y ya? Es decir, te quieren a ti. Dejan a mi padre tranquilo y asunto resuelto. –Ella sabía que esa no era una opción, al menos para él. Porque ella estaría dispuesta a arrojarlo con leones si con eso salva la vida de su padre. Más sin embargo, la mirada de Draco, firme y gélida cómo el mismo hielo, le indicó que esa solución estaba fuera de orden. Ella, al contrario, estaba roja y furiosa, cómo el mismo fuego.
–Tengo poca información hasta ahora, Greengrass. Quizás, mientras voy a la reunión puedas leerla. No puedes decirle nada a nadie, Astoria. –Explicó el hombre repentinamente serio. Sin más, se levantó de la silla y comenzó a caminar hacía la puerta, observando el reloj de muñeca que su madre le había regalado a los diecisiete años. Antes de cruzar el umbral de la oficina, se volvió a mirar a Astoria con aquellos orbes plateados que se asemejaban al mercurio, pero que en aquellos momentos, estaban cubiertos con un grueso tempano de hielo impenetrable. –Y has llegado tarde. Lo descontaré de tu salario. –Y sin más, salió de la oficina dejando a la joven castaña con demasiadas preguntas rondando su cabeza.
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No podía concentrarse. Kingsley hablaba con sus empleados, entre los cuáles estaba Draco, pero él no prestaba atención a las palabras del ministro. Incluso, Kingsley decía algo sobre su departamento, el de Misterios, pero el rubio platino parecía estar en otro lado. Pensaba en Astoria y en aquella niña caprichosa que había conocido en Hogwarts. Aun la recordaba; era tan desesperante que él, precisamente Draco Malfoy quién no era dueño de mucha paciencia en Hogwarts, la encontraba sumamente odiosa. Incluso, aun podía recordar el día que la conoció en la Mansión Greengrass.
Aquél día, un Draco de siete años estaba enojado porque su madre lo había obligado a asistir al cumpleaños de la niña Daphne. No era que Daphne le cayera mal, pero normalmente era ella la que iba a su Mansión y no viceversa. Por supuesto, él no esperaba con encontrarse a la pequeña castaña corriendo por allí cómo si de un huracán se tratara. Ni tampoco esperaba que por ese pequeño huracán terminaría lleno de pintura verde, ensuciando así su traje de alta costura y costoso. A Narcisa le divirtió lo ocurrido y Lucius no se preocupó en reñir a la niña de cinco años, por lo que Draco salió con una muy mala impresión de esa casa. Sin contar, por supuesto, cuando le tiró los espaguetis en la cara mientras almorzaban ni cuando lo lanzó a la piscina. Porque sí, se podía decir que la pequeña niña que era Astoria, era muy tremenda.
Pero, ya no era una niña. Y llevaba seis años sin verla, en los cuáles la joven había terminado Hogwarts y había perdido muchos de sus gestos aniñados. Ahora, podía notar unos pechos de verdad bajo ese suéter color carmín, aunque no fueran tan exuberantes. Sus curvas se habían acentuado y había crecido varios centímetros. Sin embargo, seguía siendo la misma Astoria con nariz de botón y labios pequeños, en forma de durazno. O con su cabello terriblemente lacio y sus orbes inquietantemente esmeraldas. Con algo distinto en la mirada, definitivamente. Quizás, madurez. Tal vez, profundidad, pero seguía siendo la misma Astoria.
La misma Astoria que lo hubiera tirado a los carriles del tren en King Cross a la más mínima oportunidad y que estaba aun dispuesta a hacerlo, si con eso salvaba a su padre. Y, ¡Claro que lo había pensado! Entregarse a quién fuera el desconocido, para salvar a su segundo padre, pero luego de pensarlo unos minutos había llegado a la conclusión de que no quería morir, sin importar los daños colaterales que eso podía causar. Porque, cómo Astoria seguía siendo esa misma chica con una semejanza inmensa al furioso y rebelde fuego, él seguía siendo el mismo Draco; con porte elegante y facciones educadas que delataban el tempano de hielo que realmente era.
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Caminaba cómo alma en pena. Sus ojos se encontraban húmedos, a pesar de que no habían derramado ni una sola lágrima. Y sus pensamientos parecían no estar junto a ella, sino con su padre, dónde fuera que estuviera él. Había salido de la oficina de Draco quince minutos después que él sin un destino previo. Pensó en buscar a Anastasia, o quizás a Daphne, pero finalmente había decidido caminar por los alrededores del ministerio para despejar su mente. Sin embargo, había parado en una pequeña plaza y se había dejado caer en un banco cómo si su cuerpo no tuviera el más mínimo peso.
La última vez que había hablado con su padre, habían discutido. Él se encontraba cansado de tener que mantenerle y ella estaba disgustaba porque no encontraba un empleo decente. Incluso, había estado trabajando en Honeydukes hasta el día que Ana la había llamado para ofrecerle el trabajo en el Ministerio. Astoria, desde que entró a Hogwarts, estuvo segura de que trabajaría cómo periodista en el Profeta. Incluso, al finalizar Hogwarts, había estudiado los dos años requeridos, pero encontrar trabajo en el Profeta era más difícil a que Voldemort regresara. Entonces, le asaltó un pensamiento. Recordó uno de los títulos que había leído en los papeles que Draco le había dejado ver por unos segundos y se sintió aterrada.
¿Voldemort ha regresado?
–Astoria, ¿Estás bien? –. La castaña alzó la mirada encontrándose con los oscuros orbes de su mejor amigo, Emerick Friedman, el cuál se sentó a su lado con una mueca de preocupación en su rostro. Emerick era un hombre con buen corazón, hijo de muggles, que Astoria había conocido al salir de Hogwarts. Habían estudiado juntos, pero él era un Hufflepuf por lo que no tenían mucho trato. Sin embargo, se conocieron en Hogsmade una buena tarde un par de meses luego de Hogwarts, cuándo él comenzaba a trabajar en el ministerio y se volvieron inseparables, casi cómo Anastasia y Astoria.
–Supongo que si, Rick. Solo he tenido un día pesado, es todo. –Expresó la chica con su dulce mirada, mientras recostaba su cabeza en el hombro de su amigo quién la aceptó sin rechistar.
–Sabes que estaré para lo que necesites, ¿No? Incluso para detener a Malfoy, sin importarme que sea tu jefe. –. Comentó el chico castaño de ojos negros. Ella asintió, sonriendo. Un par de palabras más y Astoria decidió que era hora de volver a la oficina. Se despidió de su amigo con un beso en la mejilla y con el asunto de Voldemort en su cabeza, volvió casi corriendo al Ministerio.
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Cuando Draco volvió a su oficina, Astoria se encontraba rodeada de un montón de papeles, leyéndolos atentamente. El rubio se sorprendió, pero se re compuso cuando la chica alzó la mirada. Ella enarcó una ceja, casi escéptica y volvió su mirada al montón de papeles en sus manos y regados por el escritorio de su nuevo jefe.
–Voldemort no tiene nada que ver. –No era una pregunta, era una afirmación. –Voldemort tendría muchas cuentas que saldar antes de llegar a ti. Ni siquiera estarías en sus prioridades. –Expresó la chica con algo de malicia, sabiendo que eso afectaría el orgullo Malfoy del chico. No estar en la prioridad de alguien debe afectarlo y aunque así fue, su rostro se mantuvo tranquilo ante lo que ella expresó. De todas formas, ya eso lo sabía.
–Voldemort está muerto. Y así se quedara, ésta vez definitivamente. Eso de los Horrocruxes que salió en el Profeta lo explica todo. –Dijo Draco mientras sacaba la varita de su túnica y con un movimiento de muñeca sencillo, recogía todos los papeles que Astoria leía para ordenarlos sobre un estante. No el importó la mueca de disgusto de la castaña ni tampoco su mala educación. Con ella, no necesitaba ser el Draco que era con el resto de las mujeres. A ella no quería llevarla a la cama. –No me interesan tus descubrimientos tardíos, sólo quiero descubrimientos nuevos, Greengrass. ¿Qué tienes? –. Metió una mano en su bolsillo, luego de guardar su varita y le hizo un gesto con la mano para que se levantara de su asiento. Ella así lo hizo y se sentó frente a él.
–Hoy por la noche, el Ministerio dará una fiesta. Irás. –Draco frunció los labios y estuvo dispuesto a interrumpirla, pero ella comenzó a hablar antes de que él pudiera hacer más. –Nuestro individuo estará en la fiesta. De eso no cabe duda. Debes estar pendiente. Quién te mire más, quién preste especial atención a tus gestos y quién parezca sospechoso. Seguramente será alguien fuera del Ministerio, alguien que quizás no hayas visto en mucho tiempo. Pero, también puede ser alguien cercano. Debes tener seis sentidos, Malfoy. Y estar pendiente de absolutamente de todo. –Explicó ella sin dirigirle la mirada. Sus esmeraldas estaban clavadas en el dibujo de su propiedad sobre el escritorio de Draco.
– ¿Y porque estaría el individuo en la fiesta, Greengrass? –. Preguntó sin comprender el hombre rubio. Ella alzó la mirada y sonrió.
–Porque quiere saber cuál ha sido tu reacción. ¿Te asústate, has tomado cartas en el asunto, qué está haciendo Draco Malfoy? Son preguntas que querrá responderse. Por eso, debes parecer indiferente a todo, lo cuál, estoy segura, no te será muy difícil. –Él asintió, sonriendo casi con orgullo por su nueva adquisición. Ella tenía razón.
Astoria dejó que él lo pensará, mientras observaba su dibujo. Recordaba aquél día. Le había gustado la escena y había decidido dibujarla. Y quizás, en ese momento, cuando las manos le temblaban al tomar el lápiz, había descubierto que Malfoy tenía un lado que no conocía.
– ¿Dónde lo conociste? –. Preguntó Astoria señalando el dibujo, pero Draco no le prestaba atención. Se había levantado y se había acercado a la puerta para abrirla, indicando con ese gesto que Astoria podía salir. Ella se levantó a cascarrabias y bufó exasperada, maldiciendo a su jefe por lo bajo, gesto al cuál él sonrió con encanto.
–Dile a Bersgtröm que te muestre tu lugar de trabajo. No será lejos, pero no se cuál de todos los escritorios es. –Comentó refiriéndose a Anastasia. Cuando Astoria pasó por su lado, sintió una mano fría adherirse a su muñeca, deteniéndola. Astoria bajó la mirada y pudo ver el inicio de la Marca Tenebrosa cubierta por las mangas de la camisa de Draco y un pequeño escalofríos le recorrió la espina dorsal. Recordó, entonces, todo lo que Draco había hecho en su estancia por Hogwarts y se convenció a si misma, que el Draco que había dibujado realmente no existía. –Y Astoria; –Su sonrisa le trajo un mal presentimiento, cuando él se acercó a su oído casi melosamente, aunque con una terrible sensualidad. –Estate lista a las siete. Y cómprate un vestido bonito. Iremos juntos a la fiesta, es tu primer encargo. –Y sin más, la soltó para cerrar la puerta prácticamente en sus narices, dejándola completamente desarmada antes esas palabras.
Pues, qué podía hacer. Al fin y al cabo, eran órdenes del jefe.
Bueno, aquí está el segundo capítulo. Espero que les guste. Aquí explico un poco más lo que será la trama general de la historia, pero falta conocer mucho más. Por ejemplo, ¿Qué es de la vida de Nott, Zabini, Daphne y nuestra adorada Parkinson? ¿Que es de la vida de Anastasia y Emerick? ¿Y la Señora Malfoy? Además, creo que hay muchas preguntas por resolver aun. ¿Quién es el individuo? ¿Por qué busca a Draco? ¿Por qué el padre de Astoria? ¿Tendrá ella algo que ver? ¿Y el dibujo de dónde coño salió? Si quieren saber todo ésto, tendrán que leer la historia (:
Gracias por los comentarios, a RoseGreengrass: Gracias, linda, por leer la historia. Me alegra mucho que te haya gustado y espero que éste capi sea de tu agrado. Nos leemos; un beso ;)
Ophelia Greengrass: Pues, ¿Qué te puedo decir que no haya dicho ya? Que me encantan tus escritos y muchos de ellos han inspirado ésta historia. Así que, ¡Gracias a ti! Espero que éste capi te guste y ya me voy corriendo a leer tus nuevos escritos. Nos leemos y un beso grande (:
Además, gracias por las alertas y por poner la historia cómo favorita. Eso me ayuda a escribir. Entonces, aceptó tomatazos y todo lo que se les ocurra. Ya, estoy en el punto de mira :D
Disclaimer: Todo, menos mi querida pelirroja de ojos felinos, Anastasia y mi galán castaño de ojos oscuros, Emerick, son de Jotaká. Así que todos los créditos a ella. Así cómo he basado a Astoria en la imágen que nos proporciona Ophelia Greengrass, una gran escritora en éste fandom.
