Hielo y Fuego.
Él siempre ha sido cómo el frío hielo. Incluso, desde que era un inocente niño. Y ella… Ella siempre ha sido el fuego que logra derretirlo. Incluso, desde antes de conocerse.
Capítulo Tres.
La puerta se abrió con un fuerte golpe y la pelirroja dio un sobresalto sobre su asiento, ahogando un grito de espanto. Anastasia observó a Astoria con ojos cómo platos mientras la castaña se acercaba a ella señalándola con el dedo índice, amenazante. Tenía sus orbes esmeraldas entrecerradas y sus labios fruncidos, lo que indicaba a Anya que su amiga ya había conocido a su nuevo jefe.
–Tori…–.
– ¡Loca! ¡Estás completamente loca! –. Expresó la Greengrass cuando estuvo parada frente a ella. –Dame, por favor, una buena razón para no estrangularte ahora misma, Anastasia Karina. –Astoria cerró sus ojos y respiró profundamente, contando hasta diez.
– ¿Soy tu mejor amiga? –. Astoria enarcó una ceja. En aquellos momentos, eso no sería suficiente. – ¿Me quieres? –. Astoria se limitó a bufar. –Porque sin mi, Astoria, no sobrevivirás al empleo. –Y la pelirroja esperó que esa fuera razón suficiente para que su mejor amiga no le cayera directo a la yugular. La Greengrass pareció pensar por algunos minutos, antes de asentir y finalmente sentarse en la silla al frente de Anastasia, repentinamente exhausta. – ¿Qué pasa, Tori? –.
–Ya me ha dado mi primer encargo. –La mujer de mirada felina la observó con atención, esperando el resto de la oración. –Debo ir a la fiesta de ésta noche con él. –Dijo Astoria, cerrando sus ojos y permitiéndose un momento de relajación desde que había llegado aquella mañana al Ministerio. –Quiere investigar algo. –Expresó cómo toda explicación para su amiga quién había dibujado una mueca llena de confusión en sus delicadas y extravagantes facciones.
–Tori, no comprendo. ¿Investigar algo? –. La castaña entró en una encrucijada sin siquiera notarlo. Abrió sus grandes orbes esmeraldas y miró a su amiga, que, con gestos, pedía a gritos que le contará el chisme. Debía decidir; mantener su palabra o contarle lo que pasaba a aquella mujer que desde que eran niñas había estado con ella.
–Nada, sabes como es de maníaco. Cree que lo persiguen y no quiere decirle a los aurores. –Contó, a medias. Ciertamente, ya no consideraba a Draco maníaco. O sí lo hacía, pero no con aquél asunto. No desde que su padre se había visto involucrado con todo aquello. –Simplemente quiere que lo acompañe a la fiesta porque se siente solo. –Una sonrisa maliciosa por parte de Anastasia le hizo comprender a la joven castaña que su amiga había entendido mal el contexto de aquella frase.
–En ese caso, –aventuró Ana, quién se levantó del asiento y se acercó a Astoria antes de que la misma pudiera huir de la oficina. – ¡Serás la más hermosa de toda la fiesta! Te prestaré uno de mis vestidos… Sí, uhm… Recogeré tu cabello… No, mejor, no. Lo dejaré suelto y enmarcará tu redondeado y frágil rostro. Además, los tacones serán… –
–Eh, eh, eh, eh, ¿Qué estás haciendo? ¡Deja! –Exclamó la castaña, dando manotazos a su amiga quién había comenzado a jugar con su cabello, quizás imaginando como se vería tal cosa en él. Anastasia frunció los labios, con visible disgusto, más eso no importo a la menor de los Greengrass. –No pienso ir. –Y con eso, su amiga ahogó una exclamación de asombro, con exageración. En ocasiones, Astoria consideraba que Anastasia era la mujer más exagerada que había conocido durante el transcurso de su vida.
– ¿Cómo que no? ¡Estás loca! –. Anastasia se volvió y comenzó a guardar cosas banales en su bolso, como algunos labiales que tenía sobre el escritorio o un par de papeles que se veían importantes para su trabajo. Ante la confusión de su castaña amiga, la tomó del brazo y la hizo caminar hasta la chimenea de la oficina. Cuando Astoria notó sus intenciones, ya habían llegado a casa de la pelirroja, la humilde casa de los Bergström.
–Pero, ¿Qué coño…? –.
–Fue una orden de su parte, Astoria. –La oji-oliva no la soltó, sino que la arrastró hasta su habitación. –No querrás perder el empleo por tu orgullo. –Añadió, introduciendo a Astoria con brusquedad a la habitación y cerrando la puerta tras ella. Dejó caer su bolso en el pie de la puerta y clavó su mirada nuevamente en la castaña frente a ella. –Además, no me digas que no te mueres por verlo en traje. –Comentó, como punto final a la discusión.
La pelirroja sonrió, radiante como siempre solía hacerlo cuando victoriosa se sentía.
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– ¡Joder! ¿Por qué tiene que ser tan condenadamente puntual? Que mierda… ¡Anastasia! –. La pelirroja corrió a recibir al invitado, en cuanto una joven y curiosa elfa había entrado en la habitación para avisar de su llegada. Cuando llegó abajo, Draco reía con disimulo, con ironía.
– ¿Se pone bonita para mi? ¡Vaya! Eso sí que es un milagro. –Anastasia rodó sus orbes oliva al escuchar aquél comentario, con palabras arrastradas.
–No es por ti, Draco. Es por su trabajo. Tú realmente le das igual. –Exclamó la joven pelirroja, regalándole una de sus más espléndidas sonrisas. El rubio siguió mostrando una sonrisa ladina como huella de aquella risa disimulada que le había atacado anteriormente y se encogió de hombros, sin darle importancia alguna a las palabras de aquella mujer.
Los minutos siguientes fueron una eternidad para el joven quién decidió sentarse en uno de los amplios sillones de la sala, como perro por su casa, luego de que Anastasia alegara que debía ayudar a Tori con el vestido.
Él definitivamente no entendía el desespero por las mujeres en arreglarse hasta el más mínimo de los detalles. Bien, sí, disfrutaba del resultado, en ocasiones demasiado. Pero, no lo entendía. Las mujeres, al menos la mayoría, le parecían sumamente hermosas. Seres enviados por Merlín para iluminar la tierra. Como su madre, Narcissa. Apreciaba mucho la virtud de la cuál su madre era poseedora. Podía estar lista en pocos minutos. Y no solo lista, sino también radiante, espléndida y sumamente hermosa.
Sin embargo, él… Bueno, él sabía que Astoria no era de esas mujeres que solían arreglarse continuamente para salir. Astoria era de esas mujeres que gritaban en algún concierto con unos jeans desgastados y una blusa con el logotipo de la banda. Por eso, decidió qué disfrazaría sus ansias por ver el resultado con desesperación al llegar tarde. ¡Vamos! Que la mini-Greengrass no era un diamante en bruto, por lo que dudaba que se viera un gran cambio. Quizás, y hasta se le ocurría ir con jeans…
–… Y ya sabes, Tori, nada de tomar mucho. Sonríe… ¡Eso es! Y recuerda, hoy te quedarás a dormir aquí, así que le pides a Malfoy que te traiga, ¿Estamos? –. Anastasia hablaba sin parar, y fue entonces, cuando Draco las escuchó en las escaleras, que recordó porque aquella pelirroja le mareaba con su sola presencia. Demasiada palabrería.
– ¡Astoria, es para hoy! –. El rubio se sentía como el dueño de la casa, al tiempo que gritaba aquella y se levantaba del sillón. La sintió llegar a la estancia, refunfuñando y no pudo sentirse más satisfecho. Entonces, se dignó a observarla.
Sus ojos del color mercurio empezaron a detallarla, punto por punto. Sus pensamientos habían sido acertados durante la reunión en el ministerio. Astoria definitivamente ya no era una niña. El vestido claramente era de Anastasia, pero a la castaña le quedaba como hecho a su medida. Era negro, con detalles sumamente finos de color blanco. Con un escote generoso, pero no lo suficientemente revelador. Y la falda, ondulada, no llegaba más allá que a tres dedos de sus rodillas, dejando a la vista las bonitas piernas de la Greengrass.
Sí. Hasta él debía admitir que se había arreglado bien.
–Estás…–, buscó la palabra, aquella que se le escapaba. Nada de halagos, no era su estilo. Y la joven tampoco merecía tanto, según él. Terminó optando por un sencillo: –Bien.
–Vale, con eso me es suficiente. –Respondió ella, de mala gana. No porque necesitara un halago, era lo que menos le importaba. Era el pequeñísimo detalle que iba a aquella fiesta por obligación.
–Bien, me alegro. Es lo único que tendrás. –Espetó él, hastiado de pronto por la mala actitud de la castaña.
–Eres un… –
– ¡Basta! En mi casa no. Se pelean en el carro. Ahora… ¡Largo! –Señalando la puerta principal, por donde había entrado el joven Malfoy, los despidió, no sin antes guiñar un ojo pícaro a su mejor amiga. Fue ahí cuando Astoria lo supo.
Sería una larga noche.
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La fiesta se celebraría en un recinto muggle. Algo en lo que Draco no estaba completamente de acuerdo. Ni siquiera estaba de acuerdo, pues aun presentaba secuelas de la guerra de Hogwarts, pero había aceptado sin rechistar, ya que el inicialmente no iría. Sin embargo, al escuchar los argumentos de Astoria, decidió que tendría que armarse de indiferencia y dejar las secuelas a un lado. Como había hecho durante los últimos seis años en los que se había esforzado por poner en alto nuevamente el apellido de su familia.
– ¿Debo hacer algo especial o solo perseguirte el culo? –. La pregunta de Astoria le tomó por sorpresa. Al entrar en el auto, luego de salir de la casa, se habían sumido en un intenso e impenetrable silencio. Le había dado tiempo para pensar en las razones que tenía para verse aquella noche cara a cara con el que podría ser su asesino. Y él ni siquiera lo sabría. Pero, ella había parloteado, como siempre, arruinando el momento.
–Sé que mi culo es sexy y tentador, Greengrass, pero no quiero que lo persigas. ¡Eres mi secretaria! ¿Qué pensara la gente? –. Su sonrisa fue arrogante. Y su mirada estaba llena de burla hacía ella. Por lo tanto, Astoria bufó.
–Vete a la mierda, Draco. –Se volvió hacía la ventana y cruzó sus brazos a la altura del escote, enfurruñada tal cuál una niña pequeña. En momento como aquél, Draco retiraba lo pensado; Seguía siendo una niña.
–Oh, no, Astoria, querida. Soy tu jefe y al jefe no se le manda a la mierda. Es de mala educación. –Estaba claro que el tono utilizado era de burla hacía ella, más sin embargo, las carcajadas que le siguieron a esas palabras por parte de él solo le confirmaron que la trataba como a una bebé desobediente.
–Vete a la mierda–, volvió a observarlo, tentándole con aquellas palabras. Más, él hizo caso omiso del comentario. –Ya, rubito, dime que tengo que hacer.
–No hables con la gente sobre la investigación, –comentó él luego de pensarlo un rato, al tiempo que se orillaba para estacionar el auto, –Y por nada del mundo te separes de mi. –Y sin más, el motor del auto se apagó y él salió. No se molestó en abrirle la puerta a ella.
Cuando Astoria logró bajar de una vez de aquél Nissan GT-R plateado, se sintió pequeña ante la estructura que se alzaba frente a ella. Era una celebración junto al ministro muggle, que había comenzado a celebrarse anualmente hacía ya cinco años, luego de la batalla. Más, la joven Greengrass no había asistido nunca.
Aquello era elegante, maravilloso; ella no encajaba.
–Ehm…–su voz le sonó tímida, no parecida a ella. El hombre, que ya llevaba la mitad del camino, volvió a verla. Y algo en su posición tan indefensa le hizo devolverse.
–¡Vamos, Greengrass! No me digas que nunca habías asistido a una celebración. –Ella le miró mal, entrecerrando sus esmeraldas orbes.
–No seas estúpido, Malfoy. Sí he asistido, pero siempre me iba temprano porque me aburría. Quería jugar y divertirme. –La sonrisa de él, llena de un extraño sentimiento que no supo identificar, le pareció sincera.
–Vamos, Astoria. Es hora de crecer. –Y sin más, tomó la mano de ella con elegancia y educación, y la entrelazó con su brazo, como el caballero que su madre le había enseñado a ser. Y aun así, ella no se sintió segura antes de entrar a aquél lugar, en el cuál se hallaba un asesino.
{...}
Risas y conversaciones sin importancia alguna para ella. Eso era lo que podía escucharse con más ahínco en aquél lugar, donde todos celebraban otro año bueno en el ministerio de Magia. Estaban cerca de Navidad, por lo que la mayoría de los trabajadores ya tendrían vacaciones dentro de poco y aprovechaban aquella ocasión para festejar que habían sido buenos trabajadores. O, según Astoria, para seguir aparentando.
Aparentar. De eso se trataba, pues los trabajadores debían aparentar que seguían ilusionados con un pago justo por sus servicios, aquellos que no eran fáciles prestar. Porque en el Ministerio, aunque el ministro mismo fuera un excelente hombre, no se podía compensar la corrupción que venía de años. Se intentaba, eso nadie lo negaba. Pero, aun habían demasiados desacuerdos, demasiadas cosas que arreglar. Y entre eso que aun estaba pendiente, se encontraba el sueldo justo de los empleados.
Por eso, Astoria sabía que todas aquellas sonrisas eran pura apariencia. Algunas eran sinceras, pero eran minoría. La mayoría debía buscar un segundo empleo para cubrir sus necesidades, porque aun quedaban cenizas de una guerra pasada que había arrastrado consigo una victoria, pero también muchas consecuencias, como la crisis económica de la que apenas y estaba saliendo el mundo mágico en aquellos momentos.
Pero, eso no hizo que se sintiera más segura en aquél lugar. Saberse completamente libre de cargos por corrupción o con una buena cuenta bancaria en el banco, no logró que su sonrisa fuese sincera. Ni tampoco que dejará de tomar con fuerza el brazo de Draco que tenía entrelazado con el suyo.
–Eh, Greengrass, ¡Qué duele! –. Exclamó el hombre, desviando su mirada a ella, hastiado por su comportamiento. Él, al contrario, si estaba acostumbrado a las apariencias. ¡Qué toda su vida había sido una vil apariencia! Sonríe, Draco. Finge que te agradan y tendrás una buena alianza; palabras como aquellas había escuchado durante toda su niñez por boca de su padre, quién le había enseñado a actuar como nadie. Draco sí sabía como sonreír fingiendo sinceridad, sabía como ser elegante y como ofender sin parecer mal educado. Él se movía por aquellos mundos; él pertenecía a ese mundo.
Astoria le soltó el brazo y sintió el impulso de sacarle la lengua, pero resistió, sospechando que se vería demasiado infantil por su parte. ¿En qué pensaba? ¡Ya era toda una mujer adulta!
–Qué quejica eres, Malfoy. –Exclamó ella, sin importarle ni un ápice la mirada de los invitados más cercanos que observaban a la peculiar pareja recién llegada que había entrado; ellos. Es decir, hacía años que aquellas personas, -muchos estudiantes de Hogwarts- no veían a Malfoy y Greengrass juntos. Y hacía más años todavía que no los veían conversando civilizadamente. ¡Já! Sí tan solo supieran.
– ¡Tori! –. Aquella voz simplemente le sacó una sonrisa, interrumpiendo la respuesta mordaz del rubio platinado. Aquellas esmeraldas se volvieron, en busca de su buen amigo, Emerick. Cuando lo vio, no hizo menos que echarse a sus brazos en un cálido abrazo. No había tenido oportunidad si quiera de agradecerle lo que había hecho por ella aquella tarde. – ¿Qué haces aquí, princesa? –. Preguntó el hombre, sonriendo ampliamente, antes de depositar un beso en la suave mejilla de su amiga.
– ¿No te he contado? ¡Juraba que sí! Soy trabajadora en el ministerio. Podremos vernos más seguido, –no sabría porque hasta mucho después, pero Draco compuso una mueca de desagrado al escuchar aquellas palabras por parte de la castaña que aun se encontraba a su lado.
–No, Tori, no sabía. Pero, no comprendo, a ti no te gusta el ministerio. ¿Qué haces allí? –. Emerick era un hombre atractivo y galante, que solía vestir con traje a excepción de cuando iba a las misiones. Era intelectual e inteligente, eran rasgos que se podían notar en sus expresiones faciales. Por eso, la curiosidad que se reflejó en la mirada turquesa de aquél hombre, le causó gracia a Astoria, al tiempo que una inmensa ternura.
–Es mi secretaria. –Contestó Draco, de quién Astoria se había olvidado por completo. El hombre puso los ojos en blanco, incrédulo ante aquella noticia y su atención se centró por completo en aquél otro hombre, que desde su época en Hogwarts le había dado mala espina.
–Lo siento. Mi jefe es solo otro mal educado que se mete en conversaciones ajenas. –Ante aquella respuesta por parte de la mujer, Emerick sonrió.
–Y mi secretaria es una insolente cobarde que tiene trabajo que hacer. – ¡Uh! El golpe fue devuelto con astucia y Draco fue testigo de las pequeñas llamitas de furia que se asomaban por las esmeraldas que ahora lo miraban fijamente. No la dejó ni siquiera contestar y con una sonrisa llena de triunfo arrogante, centró su atención en el hombre de tez morena, – ¿Qué haces aquí, Friedman? Pensé que no dejaban traer mascotas y por eso, no le pregunté a Astoria por ti. –Rick ya estaba alzando su puño en dirección a las perfectas facciones del rubio, cuando Astoria le detuvo el brazo con rápidez y agilidad. Y más fuerza de la esperada.
–Malfoy, veo que Azkaban no te hizo nada. Sigues siendo el mismo imbécil de siempre. –Astoria llevó una mano a su frente, comenzando a exasperarse. Sabía cuando le costaba a Emerick soportar al rubio.
–Gracias. –Ni siquiera aquello borró la sonrisa del impotente hombre. Y antes de alargar más aquella absurda conversación, hizo un gesto de asentimiento con su cabeza e ignoró a la mascota, centrándose en Astoria. –Te doy permiso para que lo pasees. Necesita adiestramiento. Pero, cuanto te llame, te quiero a mi lado, ¿Entendido? –. La mirada que le envió Malfoy no dejaba espacio a dudas. Y algo en aquél tono mercurio, le indicó a Astoria que no le refutara. Porque sabían que no habían ido a esa fiesta por gusto.
Sin más, el rubio se alejó de la pareja de amigos y lo vieron desaparecer entre las sillas del bar donde se encontró con un grupo de personas, que al parecer conocía. Astoria pudo reconocer entre ellos a Zabini y a Nott, viejos e inseparables amigos de su hermana y del rubio Malfoy.
– ¿Qué ha sido eso? –. La voz de su amigo vuelve a llegar a sus oídos, mientras que en el fondo, puede escuchar la ambientación musical de la noche, alguna canción de alguna banda que ella no conocía. Ella lo mira y sonríe, prefieriendo hacer caso omiso de su pregunta y disfrutar el descanso que su jefe le ha permitido.
– ¿Será que me hace el honor de sacarme a bailar, Friedman? –, pregunta ella divertida. Él rueda los ojos; no se le escapa el detalle de como ha evitado la pregunta, pero le da igual. Y tomándola de la mano, se la lleva al centro de la pista de baile, alejándola por un rato de aquél mundo al que ella, a pesar de haber crecido en él, realmente no pertenece. Salvándola de las apariencias.
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–Greengrass, ¿Enserio, Draco? –Blaise se estaba divirtiendo de lo lindo a costa suya, y eso el rubio lo sabía, pero decidió dejarle hacer y restarle importancia a lo que pudiera decir. – ¡Vamos! Es que, de tantas mujeres en el mundo mágico, vienes y contratas a la más temperamental de todas. ¡Y no te quedas con ello! Sino, también, a la que te ha odiado durante toda su vida. ¿Te has vuelto loco? –.
–Pensé que te caía bien, Zabini. No entiendo tanta gritería. –Exclamó el rubio con calma, controlando los nervios que el moreno le estaba poniendo de puntas. Estaba intentando descifrar quién de todos los presentes no trabajaba en el ministerio y no solo eso, sino también, quién de ellos podría ser su individuo.
–No, no. No confundas, Malfoy. La chica me encanta. Incluso, podría casarme con ella si no la viera como una hermana menor, ¡Me cae muy bien! Pero, a ti no. Y ese, amigo mío, es el detalle. –Theodore bufó, haciéndose notar por primera vez desde que Draco se había acercado.
–Ya déjalo, Zabini, ¿No ves que le gusta la Greengrass menor? –, y con esas palabras, se ganó unas terribles y sonoras carcajadas que lograron sobresaltar a las personas más cercanas. Draco se destornillaba de la risa, hasta casi llorar. Algo, que sinceramente, no se veía todos los días. Lo curioso era que sus carcajadas eran elegantes y no eran ruidosas, ni siquiera molestaban.
– ¿A… mi? –, y vino otra tanda de carcajadas. No fue hasta un par de minutos después, que se calmó completamente y pudo ver a sus amigos al rostro sin reír. –Ahora si que tu silencio te ha vuelto loco, Nott. Esa niñata escuálida y altanera no me gusta. ¡Vamos! Tiene buen culo y todo, pero es demasiado delgada y demasiado, uhm, no sé… No me parece atractiva. Y si vamos a los rasgos psicológicos, pues muchos menos aun. Es una niña, ¡Una niña que se cree mujer! –. No era mentira, a Draco no podía gustarle Astoria.
Ella era como el mar, como un océano de misterios que nunca terminas de resolver. Podía ser aquél mar furioso que destruye sin consideración o aquella suave y delicada ola que llegaba a la orilla, a finales de la tarde. Era demasiado cambiante, demasiado contradictoria para su propio bien. Y demasiado temperamental.
Él quería a alguien que fuera su tipo; hermosa, elegante, tranquila y hasta algo sumisa. Sería todo mucho más fácil. Por supuesto, debía ser independiente y ese rasgo lo admiraba en Astoria, porque no soportaría otra relación como la que tuvo con Pansy Parkinson.
– ¡Vamos, amigo! Tampoco así. La chica tiene lo suyo; es una mujer encantadora cuando le sabes llegar, es cariñosa y es bondadosa. Y su cuerpo no está mal. Además… –
– ¿De quién hablas, Blaise? –, preguntó una voz sumamente delicada, suave y melodiosa interrumpió el discurso del moreno. Los tres hombres observaron a la recién llegada, que iba de la mano de su novio de turno. Voluptuosa, tal cuál una sirena, Daphne Greengrass se alzaba sobre un buen par de tacones que le hacía ver más alta de lo que realmente era. Y aquellos impactantes zafiros que tenía como orbes, se clavaron en Blaise, acompañada de una sonrisa tan radiante y llena de brillo, que solo le dejó sin respuesta rápida.
– ¡Ah, Daphne, querida! Zabini hablaba de lo buena que está tu hermana. –Nott, quién detallaba a todos, podía jurar que la sonrisa de Daphne se ensombreció ligeramente ante las palabras del rubio y aun así, no perdió su brillo. No era secreto que Daphne era toda una víbora cuando se trataba de su hermana; para protegerla. Era la persona más significativa de su vida, debía cuidarla de sus allegados.
Como sospechaba, Draco observó como la rubia enarcó una ceja con escepticismo y decidió dar un sermón a Blaise del porque no podía considerar a su hermana como buena, incluyendo las consecuencias por si Astoria salía dañada.
Pronto se aburrió, así que decidió alejarse y joderle un poco más la noche a Astoria, pero a mitad de camino sintió como alguien, con una voz aniñada, le llamaba por su nombre de pila. Buscó con la mirada, encontrando pronto a una niña no mayor de siete años que le sonreía con nerviosismo. Le entregó un pequeño papel y salió corriendo casi al instante, riendo por lo bajo, como si hubiese visto a un dios. Ese pensamiento causó que el ego del rubio aumentara un poco más, pero la sonrisa que se formó en su rostro desapareció en el momento en el cuál leyó la carta. Toc, toc, toc. El tiempo corre; era lo único que citaba la pequeña hoja.
Buscó a la niña con desesperación y miedo, ¿Quién coño había mandado aquello? ¿Una broma pesada, quizás? Y sí así era, ¿Quién coño había sido el desgraciado? Sin embargo, no vio más a la niña que se había perdido entre la muchedumbre. En cambio, observó a Astoria a lo lejos, riendo tan sinceramente y destilando tanta alegría con Friedman, que se llenó de rabia y caminó a zancadas hacía donde ella estaba.
–Nos vamos. Despídete. –Escupió, con creciente rabia en su interior. Esperó hasta que la joven reaccionara, pero no le extrañó que quisiera discutir su orden.
– ¿Qué te ha picado, Malfoy? ¿Ya el bebé tiene sueño? –, preguntó la joven, haciendo un falso mohín con sus carnosos labios de durazno, que solo enfureció más al rubio. Apretó sus manos en puños, con tanta fuerza, que sus nudillos comenzaron a crisparse. Tenía miedo. Y necesitaba salir de allí.
–He dicho que nos vamos, Greengrass. Y si lo digo, se hace, –sus ojos llameaban, ansiosos por sacar a la castaña de allí, porque no quería estar solo; porque el niño dentro de él buscaba protección. Tampoco quería que Astoria sufriera cualquier ataque, ¿Quién le ayudaría, entonces? –Lo repetiré: D-E-S-P-Í-D-E-T-E. –Ella entendió, al bajar su mirada para observar los puños de Draco y divisar el pequeño papel atrapado en ellos. Y asintió. Pero, Emerick, quién había observado toda la escena sin decir palabra alguna, no entendió un coño y optó por terminar lo que había empezado minutos atrás. Pronto, el puño de Friedman se estampó con furia en la cara del rubio.
–Ella se despide cuando le de la gana, ¡¿Estamos? –, la escena, para entonces, ya había llamado la atención de todos los presentes cercanos a ellos, incluyendo a el trío amigo de Malfoy y otros estudiantes de Hogwarts que recordaron viejos tiempos. Draco se impulsó para derribarle, pero sintió que lo detenían. Una pequeña mano en su pecho, que ejerció fuerza suficiente para detenerle y calmarlo. No supo como, pero aquél contacto cálido de la mini-Greengrass le brindo una gran ola de tranquilidad, que le calmó los nervios.
–Me tengo que ir, Rick. Nos veremos otro día. –Emerick abrió los ojos con sorpresa y esas palabras desviaron la atención del resto, que esperaba más acción. Así que finalmente, eran ellos tres otra vez. Sintió que le debía una explicación a su amigo, aquél que la había hecho sonreír durante la noche, pero no en aquél momento. Draco la necesitaba y algo en su expresión al pedirle que se despidiera, había tocado la tecla sensible en Astoria.
Ella tomó la mano de él y lo arrastró, desapareciendo entre una multitud que ya no le prestaba atención a sus pasos apresurados ni al labio partido del rubio, que le ardía con intensidad. Pero, en su carrera por salir, algo la detuvo a ella y por ende, a él también. Sus tacones, aquellos prestados que ya comenzaban a molestarle, pisaron una cadena que brillaba por el reflejo de las luces en el techo. Se agachó para tomarla entre sus manos y apretó con fuerza la mano de Draco, llamando su atención. El corazón de ella se detuvo por un instante.
– ¿Draco? –. Sonó quebrada, no era su voz común y corriente, con la que siempre le gritaba. Aquella pregunta, la forma en que pronunció su nombre, dejo en evidencia una niña en busca de protección, de consuelo y a poco de llorar. Él correspondió al apretón de su mano, sin saber si quiera porque. –Es de mi padre, Draco. Yo se lo regale… La navidad pasada. Y… Está roto, está… –Draco lo veía. Veía su deterioro, su oxidación, quizás por humedad y las pequeñísimas manchas de sangre en el pequeño retrato del hombre con su hija, al final del collar.
Sin embargo, no le dio tiempo de decir nada más. Las luces del lugar se apagaron, sumiendo todo en una preocupante oscuridad e instintivamente, él la acerco a su cuerpo, hasta sentirla casi como un tatuaje. Ninguno se soltó, se abrazaron con fuerza, a pesar de no poder ver nada. No eran Draco y Astoria en ese momento; eran dos personas que buscaban sobrevivir mientras quedaba aferrados y atrapados entre el pánico de la multitud, que, temerosa, buscaba una salida a ciegas.
Ellos lo sabían.
El juego había comenzado.
Disclaimer: Todo, menos mi querida pelirroja de ojos felinos, Anastasia y mi galán castaño de ojos oscuros, Emerick, son de Jotaká. Así que todos los créditos a ella. Así cómo he basado a Astoria en la imágen que nos proporciona Ophelia Greengrass, una gran escritora en éste fandom.
Siento mucho la tardanza, soy un desastre. Lo cierto es que nunca prometi nada de tiempo, porque me conozco y espero que me sepan perdonar. Sigo sin prometer, porque mi vida siempre ha sido un desastre con respecto a la organización, pero lo que si puedo prometer es que la historia NO quedara inconclusa. Y decirles que esto apenas es el comienzo. Espero que disfruten del capítulo, más o menos larguito, y que el próximo verán el final de la fiesta.
Carla: ¡Gracias, linda! Es un placer para mi que leas la historia. Tiene un poco de lo que nombras, porque me he inspirado en el estilo de Nora Roberts y aunque no podré igualarla, porque esa mujer escribe oro, espero que te siga gustando. ¡Gracias por comentar! Saludos, cielo.
aleera: Me alegro mucho que te guste, cielo. ¡Muchas gracias por leer y comentar!
TATIANA: No sé si seguirás leyendo, pero te debo un agradecimiento muy grande. Durante la temporada que estuve sin escribir, cada vez que me sentaba para armar poco a poco el capítulo siguiente, recordaba tu comentario, entre otros. Me alegra mucho que te guste la historia, me ha costado decidirme a hacerla y éste es el resultado. Espero seguir viendo de tus comentarios, que realmente me gustó mucho. Y espero que sigas leyendo, aunque más que eso, que cubra tus espectativas. ¡Muchas gracias, linda! Con cariño. (:
Ophelia Greengrass: ¡Ujum! La culpable de que me haya enamorado de ésta pareja. Si, hay mucho misterio. ¡Y todo lo que falta por resolver!. Me dio gracia eso de Astoria y Draco tipo detectives. Creo que también los llegue a imaginar así. Una vez más, gracias por todo tu apoyo y por escribir como lo haces. Creo que sin tu influencia, no hubiese logrado enamorarme de Astoria y Draco, o dejar de odiar a Draco. Porque sí, antes lo odiaba, ¿Cómo lo ves? Ahora no concibo a otra que no sea Astoria para Draco o viceversa. Me encantan tus escritos, ya te lo he dicho. Y disculpa si no te comento seguido, pero como ya he dicho, mi tiempo en la pc es escazo. Espero seguir contando contigo, cielo. Y nos estaremos leyendo, porque eso si, no dejo de leerte para nada. ¡Besos y abrazos! ;D
Toujours Asteria: Me alegra mucho que te guste, linda. Aquí está la continuación y no te preocupes, que no dejaré de publicarla así me tarde mucho en actualizar. ¡Gracias por leer y comentar! :D
Y eso es todo. ¡Vamos! Acepto lo que sea. Nos leemos.
Gabriela. (:
