Hielo y Fuego.

Él siempre ha sido cómo el frío hielo. Incluso, desde que era un inocente niño. Y ella… Ella siempre ha sido el fuego que logra derretirlo. Incluso, desde antes de conocerse.


Capítulo Cinco.

Parkinson.

Puedes contestar de una maldita vez, ¿Quieres? Es la décima carta que te envío durante la semana. Malfoy quiere verte. Ya no sé ni cómo decírtelo. El maldito rubio quiere hablar contigo.

Greengrass.

Sí, Astoria ya se estaba volviendo loca intentando contactar a la maldita pelinegra que se encontraba en no sé qué viaje de no sé qué en Aruba. Había pasado una semana desde que Draco le había encomendado a la castaña el contactar a Pansy, pero Astoria, ni por cielo y tierra, lo había logrado.

— ¿Tori? —. Astoria alzó la mirada del pergamino que con tanta rabia escribía y observó a Anastasia, quién se encontraba frente al escritorio que tenía en el ministerio.

—Estoy ocupada, Ana—, espetó la joven Greengrass volviendo a bajar la mirada, sin ninguna gana de hablar con su mejor amiga. Anastasia respondió sentándose frente a ella, como si no hubiese captado el tono hastiado de su voz. Nunca la llamaba así, a menos que Astoria estuviera afligida por algo.

—Te pasa algo.

Y, ¡Oh! Sí. A Astoria Greengrass le pasaba algo. Ni ella misma podía controlar el incesante burbujeo que le hacía temblar de pies a cabeza. Pero, ¿Cómo decirlo? ¡Ah, sí! Resulta, Tasi, que me quiero acostar con mi jefe. El cual realmente odio, pero, ¿Qué te puedo decir? No puedo negar que tiene buen culo. ¡En fin! Está bueno. No sonaba bien. No sonaba a algo que haría ella. Así que optó por negar lo que su amiga decía.

—Por supuesto que no me pasa nada—, sonrió, forzadamente, y volvió a escribir, ésta vez una dirección que había conseguido, sobre el pergamino, y se levantó, dispuesta a llevar aquella carta hasta la lechucería del ministerio, para ver si ahora tenía suerte y encontraba a Parkinson. Anastasia la siguió.

—Astoria, te pasa algo. Estás rara. —Astoria sonrió con ironía. Su amiga la conocía más que ella misma. —Estás como cuando querías darle tu primer beso a Thomas Parker. O cuando querías perder la virginidad. Y… —La pelirroja se detuvo antes de continuar la frase, al ver como el moreno Zabini se acercaba a ellas con grandes zancadas.

— ¡Astoria! —, gritó Blaise.

— ¿Qué? ¿Hoy todos tienen que molestarme? —, pensó la castaña irritada y en voz alta. Blaise enarcó una ceja y alzó ambas manos, con una sonrisa petulante adornando sus finas facciones.

—Eh, eh, preciosa, no te enojes. Solo quería saber si has visto a Theodore. Ayer discutió con tu hermana mientras cenábamos.

—Pues, no. No he visto a Theo, ni a mi hermana y realmente me importa una mierda que hayan discutido. Tampoco me pasa nada, y la maldita Parkinson no se digna a contestar al maldito Malfoy. ¡Y sí me quiero acostar con alguien es mi maldito problema de mierda y no se tienen que meter ninguno de los dos como los tremendos y terribles chismosos que son!—, exclamó, con la mandíbula apretada y los nudillos crispados de rabia. — ¿Qué el calentamiento global hace que estemos a cincuenta grados? ¡TAMPOCO ME IMPORTA! —Y con eso, Astoria salió de allí a mandar la carta, dando grandes zancadas.

—Uau—, Blaise y Anastasia, ambos, se quedaron viendo como Astoria se iba, con los ojos como platos. Ninguno de los dos entendió lo que Astoria quería decir, ni tampoco el arranque de ira. — ¿Con quién quiere acostarse?

—No lo sé, Blaise. Intentaba averiguarlo antes de que llegaras—, fue entonces, cuando Anastasia fue plenamente consciente de que Zabini se encontraba a su lado y viceversa. La pelirroja sonrío, perspicaz, y mordió su labio inferior de aquella manera tan terriblemente tentadora. Aquellos sabrosos y exquisitos, exóticos y carnosos labios color carmín. Blaise le devolvió la sonrisa.

— ¿Qué ya no te gusta verme? Interesante—, Blaise ladeó su rostro y enarcó una ceja, sin molestarse en ser discreto al momento de pasar su mirada por aquél menudo, pero bonito cuerpo, que tenía frente a él. —Apostaría que te gustaba verme el viernes.

—No seas estúpido—, ella se acercó. Porque aquello era un juego; un maldito juego donde las sonrisas y las miradas coquetas eran la clave de absolutamente todo. Él también se acercó. Y comenzó a jugar con uno de los rizos rebeldes y pelirrojos de la mujer, qué no dejaba de mirarlo. —Claro que me gusta verte. Pero, tienes cómo que demasiada ropa. ¿No tienes calor, Zabini?

—Mucho. Sí—. Blaise se acercó, hasta que su nariz rozó con la de Anastasia, hasta que sus alientos se mezclaron en uno solo y sintió el ya típico deseo entre ellos, que al final los llevaría allí donde nadie los viera. Entonces, cuando ella cerró los ojos y entreabrió sus labios ligeramente para recibir el beso, él se alejó con brusquedad. —Lo siento. Tengo que cancelar hoy.

Anastasia, quién se había quedado atontada por el momento anterior, abrió sus extraños orbes felinos completamente confusos. Y entonces, entendió. Mierda, pensó.

—Claro. Me lo supuse. La rubia del quinto piso se te metió por los ojos, ¿No? —, ella se cruzó de brazos y su tono, aquél seductor tono que lo había engatusado, cambió drásticamente hasta convertirse en un tono gélido. Tanto, que Blaise sintió que se golpeaba contra un gran muro de acero.

—Tenemos un acuerdo, bonita—, él deslizó su pulgar por las suaves mejillas blanquecinas de la pelirroja. —No ataduras. Solo sexo. Y nos va bien. No me digas que te has enamorado. Eso no está en el trato, niña. —Ella lo observó y, ¡Oh, por Merlín! Cómo quiso haber sido más como Astoria y haberle dejado sin descendencia gracias a una buena patada en su virilidad. Pero, ella, ante todo, era una dama.

—No seas imbécil, Zabini. Puedes ir a revolcarte con la rubia. Estás en todo tu derecho—, y sonrió. Con aquella curvatura de labios tan dulce, característica de Anastasia. —Y antes de enamorarme de ti, preferiría despedazar mi corazón. Nada personal. El amor no es para mí.

—Me alegro, Tasi. No quisiera arriesgar lo que tenemos—, él dio un par de palmaditas en las cálidas mejillas de la joven y Anya casi sintió el impulso de voltearle el rostro, pero se contuvo. —Deberías buscar a alguien para está noche.

—Ya lo tengo, Blaise. Puedes irte tranquilo—. Y lo observó sonreír aliviado, al saber que no tenía la carga de una niña enamorada en sus hombros. Y lo observó caminar, alejarse de ella para refugiarse en los brazos de aquella rubia oxigenada. Y claro que no tenía a nadie más. No había tenido a nadie más desde que había empezado aquella relación puramente sexual con Blaise Zabini. Aunque ella asegurara lo contrario. Opciones no le faltaban, pero ella no quería a ninguna de ellas. Lo quería a él.

Y por eso, se quedó allí, observando como él se alejaba de ella. Y luego, comenzó a caminar hasta su puesto de trabajo para encontrar algo que hacer que le evadiera de la pregunta que rondaba su mente. ¿Cuándo coño se había enamorado perdidamente de Blaise Zabini?

{…}

La pelinegra suspiró, aburrida, cuando terminó de leer la décima carta que la mocosa Greengrass le mandaba en la semana. Ya no tenía nada contra ella, ni ninguna razón para decirle mocosa, pero la esbelta mujer no podía contra las viejas manías.

Enarcó una ceja, imaginando porque Draco la quería ver. Y como el resto de las cartas que había recibido, con sus finas manos, Pansy arrugó aquél pergamino en una bola de papel y la tiró en la papelera de la habitación. Sí, iría con su rubio amigo. Posiblemente no le daría lo que quería, pero le ayudaría con sus penurias.

Bufó, cansada ya de aquella situación, y decidió ir a relajarse a la piscina del hotel, donde se quedaba en Aruba. Si bien seguía queriendo a Draco, no era de aquella forma enfermiza y denigrante con la que había vivido en sus años escolares. Ni se le acercaba. Tampoco lo amaba. Simplemente consideraba al rubio un gran y viejo amigo, al cual tenía mucho que agradecer.

Porque sin Draco, Pansy nunca hubiese logrado ser la periodista tan exitosa que es, ya que nunca hubiese aprendido a valorar sus esfuerzos. Sí, siempre había sido consciente de su exuberante belleza, y no negaría que ese factor no la ayudaba en su trabajo. Pero, ya no se denigraba a rogar amor. ¡Oh, Merlín! Por supuesto que ya no.

— ¿Draco otra vez? —, la joven Parkinson disimuló una sonrisa al escuchar aquella voz tan varonil. Se volvió a observar a aquél hombre de cabellos color arena y de ojos tan avellanas, como ningunos otros. La musculatura de aquél hombre indicaba a primera vista que solía hacer ejercicio, aunque sin excederse. Y la sonrisa tan paciente y relajada, dejaba entrever un carácter tranquilo y bohemio.

Ella asintió, denotando el fastidio que contenía aquella pregunta.

—Sí, Joshua—, afirmó, al tiempo que, con un movimiento bastante ágil de su muñeca, recogía algunas cosas y las metía en su pequeño bolso de aquella diseñadora muggle cuyo nombre no recordaba, pero que había encontrado en oferta por las calles de la isla. —Iré, a ver que quiere. Regresaré mañana, a más tardar—, la pelinegra de profundos orbes negros, le guiñó con diversión y acto seguido, desapareció, dejando la habitación impregnada de su exquisito aroma.

{…}

Draco observó el collar sobre su escritorio. Tenía su cabeza apoyada sobre su mano y su brazo en la mesa de madera, observando atentamente aquella mariposa tallada en nada más y nada menos que platino. Lo mejor de lo mejor. Y sabía muy bien a quién pertenecía. Lo que no sabía era quién lo había dejado en su escritorio junto con aquél pedazo de pergamino viejo y arrugado. Oh, sí, Malfoy. Tú madre está en la lista.

En cuánto lo había leído, había destrozado el florero que su propia madre le había regalado para ponerlo al lado de la ventana. Había sentido la cólera subir por su garganta y había soltado los gritos que necesitaba, sin importarle lo más mínimo que alguien lo hubiera escuchado.

Aquél colgante de plata era de su madre.

Y ya se había asegurado que ella se encontraba bien, pero aun así, no dejaba de darle vueltas al asunto en su cabeza. ¿Cómo habían entrado en su oficina? O peor aun, ¿En la casa donde había crecido y ahora donde su madre vivía sola? Porque Narcissa estaba sola en aquella gran mansión. Lucius aun cumplía condena en Azcaban.

Maldita sea. Su madre necesitaba protección. Y quizás mudarse a una casa donde ir hasta la cocina desde el dormitorio no tomara más de quince minutos. Tenía a los elfos, pero… Un pequeño estallido le sacó de sus cavilaciones. Alzó la mirada, la vió materializarse de la nada y sonrió con arrogancia.

—Mi querida Parkinson—, Draco se levantó con parsimonia, pero sin dejar de sonreír mientras se acercaba a la mujer cruzada de brazos en medio de la estancia. — ¡Hasta que te dignaste a venir! Pensé que McGowan te había consumido.

—No seas imbécil, Draco—, ella ladeó su cabeza, sonriendo hastiada por haberse tenido que aparecer desde tan lejos. —He venido por la insistencia de la Greengrass.

—Pues me alegra que haya insistido—, él se acercó un par de pasos más, tal cuál una serpiente que espera expectante a que su presa caiga. Y entonces, cuando estuvo a la distancia suficiente, bajó su mirada y acaricio el abultado vientre con una delicadeza atípica en él. —El embarazo te sienta genial, Pansy.

Ella sonrió ante la faceta tan paternal del joven rubio hacía un niño que nada tenía que ver con él. Y entonces, cuando Draco dejó de saludar al bebé, el pequeño tesoro que crecía en su vientre, ella le sonrío nuevamente, ésta vez con sinceridad y le abrazó con fuerza.

—Dime que no estás metido en un lío otra vez, rubio—. Pansy se sentó en uno de los cómodos sillones de cuero negro de la sala y casi le rogó con la mirada que no le dijera algo parecido. No podría darle lo que quería siempre Draco, no aquella vez. Un informe periodístico le sería imposible en sus siete meses de embarazo donde su única concentración tenía que ver con su hijo o hija.

—Tranquila, Pans. No te pediré otro informe—, aseguró él, sentándose en el sillón de al frente, el verde oscuro.

Pansy Parkinson era una de las mujeres importantes en la vida del rubio. Era su mejor amiga, la persona que mejor le entendía por su gran parecido en su forma de ser. Y sí, alguna vez había pensado en ella como algo más que su mejor amiga y no había sido especialmente amable con ella, pero al darse cuenta del daño que le hacía no correspondiendo sus sentimientos, Draco había cortado por lo sano. Y desde entonces, no había vuelto a verla con unos ojos que no fueran de hermanos. Le alegraba que Pansy hubiera encontrado a alguien que sí la amara, de aquella manera tan afable y afectiva como Joshua lo hacía. Si bien su amiga y su esposo eran muy opuestos, lo cierto era que no había pareja más ideal.

—Entonces, Draco—, comenzó la pelinegra después de un buen rato hablando con su amigo sobre temas triviales sobre sus respectivas vidas. — ¿Qué hago aquí? —, subió ambas piernas al sillón y se sentó en posición india, sin retirar sus finas manos de su barriguita de embarazada. —Y más te vale que me des una buena razón para interrumpir mi viaje de cumpleaños.

—Contraté a Astoria Greengrass.

—Oh, sí, Draco. Creo que ya lo había notado, querido.

—Y creo que la deseo.

—Vale, eso no me lo esperaba—. Ella alzó sus manos, y masajeó su nuca, sin entenderlo. Draco y Astoria eran como perros y gatos. La chiquilla había estado enamorada de él en Hogwarts, un par de años, sino se equivocaba. Todo el mundo lo sabía. Pero, Draco nunca le había hecho el más mínimo caso y siempre había pasado de ella. Incluso, aquél dibujo que Draco había conseguido por casualidad una vez mientras recorrían juntos el castillo y que ahora estaba enmarcado en su escritorio, lo había hecho ella. Algo que él no sabía. —Uhm, ¿Crees?

—Sí.

—Y Astoria, pues, ¿Qué dice acerca de eso?

—No se lo he dicho, Pans. Un jefe normal no anda por ahí queriendo meter a su asistente en la cama—, comentó él exasperado con su amiga y consigo mismo. Él estaba claro en sus sentimientos. No era algo tan profundo como amor. Era tan banal como deseo.

—Te sorprendería la cantidad de telenovelas hispanas con esa temática justamente—, se burló ella, sin arrepentirse en absoluto en cuanto vió al rubio fruncir el ceño. Rodó los ojos y suspiró, antes de acariciar su vientre. —Vale, vale. Draco, creo que deberías hablar con ella.

— ¿Crees que lleguemos a algún acuerdo ideal para ambos?

—No.

— ¡Vaya, Pansy! Me encanta el apoyo que me das—, exclamó él con sarcasmo—. ¿Qué debo hacer entonces? Ella me odia y realmente, yo tampoco le tengo lo que se dice aprecio. Es una amargada de mierda.

—Bueno, Draco, no sé. Lo que sí sé es que no estoy aquí por eso—, ella sonrío en cuanto su rubio amigo lanzó aquella sonora carcajada, que le daba la razón—. ¿A qué no? —. Sí, lo conocía demasiado bien. Tan bien como la palma de su mano. Y sabía que Draco siempre había sido reservado con sus situaciones sentimentales. Y sabía que, dijera lo que dijera, Draco haría lo que ella misma haría: Lo que le diera la real gana.

En cuánto Draco se calmó y se dispuso a responder aquello, la puerta se abrió con estrepito dando paso a una sulfurada Astoria, con el cabello revuelto y los labios entreabiertos, intentando conseguir un poco de oxígeno.

— ¡Malfoy! Tu maldito encargo es misión imposible. Parkinson no contesta ninguna de mis malditas… —Astoria detuvo su parloteo en cuánto observó a la pelinegra, que, con exagerada calma, se había levantado y con las manos entrelazadas bajo su vientre, esperaba a que Astoria se percatara de su presencia. —Es-es-estás em-emba…

—Embarazada, Greengrass. Estoy embarazada—, interrumpió Pansy, con una sonrisa poco amable en sus exóticas facciones. Pansy siempre le había recordado a Astoria una de esas mujeres griegas de la antigüedad que había estudiado en Estudios Muggles. Con su largo cabello ondulado y negro como la noche, y con aquellas almendras de carbón siempre tan fríos. Y ahora, embarazada, Astoria solo podía admitir que era radiante.

—Ehm—, carraspeó la joven Greengrass. Draco soltó una risita por lo bajo; parecía divertirse bastante con la situación—. Yo… Felicitaciones, supongo—, e intentó sonreír. De verdad, lo intentó, pero solo le salió una terrible mueca que se quedaba en el más horrible intento de sonrisa jamás visto. —Draco, ¿Necesitas algo más?

—Oh, tranquila. Ya me voy. Pasaré por casa de Daphne a saludar. Seguro quiere ver a su futuro ahijado o ahijada—, se inclinó para recoger su bolso y varita y se despidió de Draco con un sonoro beso en la mejilla, una vez que el rubio se hubiese levantado. Luego, desapareció, así sin más.

Astoria se giró y cuando iba a cruzar la puerta nuevamente, para largarse de allí, Draco se le adelantó cerrando la puerta. Ella maldijo su suerte para sus interiores y decidió que su maldito jefe estaba loco de remate. Sin contar, por supuesto, el incesante burbujeo fastidioso que sentía en su maldito vientre hormonal y descontrolado.

—Me estás evitando—. Astoria abrió su boca, una y otra vez, pero volvió a cerrarla, sin saber que responder exactamente. Sí, lo había evitado. O algo así. Se había mantenido ocupada para no tener que servirle. Principalmente porque no estaba segura de ser capaz de controlarse. Especialmente cuando intentaba recordar el sabor de los labios del rubio y deseaba volver a probarlos. —Astoria, ¿Qué quieres preguntarme? —. Oh, mierda. Mierda. Mierda. Mierda.

— ¿Es tuyo? —, preguntó ella, volviendo a girarse para encararlo a él, que aun tenía una mano sobre la puerta. La confusión no se hizo esperar.

— ¿El qué exactamente?

—El hijo de Pansy. ¿Es tuyo? —. La carcajada que siguió a su pregunta como respuesta dejó en claro a Astoria que no era así. Y solo le enfureció un poco más. ¿Se estaba burlando de ella? —Venga, ya entendí, pedazo de imbécil. Déjame salir. —Volvió a jalar la puerta, para salir, pero Draco una vez la detuvo.

—Venga, Greengrass. Qué inocente puedes ser en ocasiones—, añadió él, con una sonrisa aun en su rostro. Sonrisa que desapareció en el momento en el cuál colocó una mano en la cintura de Astoria y con la otra la aprisionaba contra la puerta de madera. Y deslizó su mano por la cintura de la castaña bajo la blusa, haciéndola temblar con su solo tacto. —No toco a Pansy así desde hace años. —Venga, Astoria; pensó, no caigas. No con él, ¡Por Merlín!

— ¡Pues ve a tocar a la vieja que te parió! —. Astoria alzó su rodilla con brusquedad, dando justo en el clavo, nunca antes mejor dicho. Draco se alejó de ella con rapidez, y casi al mismo tiempo, llevo ambas manos a su entrepierna, gimiendo de puro dolor. —Qué te den, Malfoy.

Se iba a ir. Sí, lo iba a hacer. Pero, entonces algo llamó su atención. La cadena de plata sobre el escritorio del rubio se le hacía conocida. Y sabía porque. Se acercó y la cogió entre sus manos, para observarla más de cerca. No sabía de donde había salido el colgante de mariposa, pero si sabía de quién era aquella cadena. Sintió al instante como sus dientes crisparon y como su estomago dejó el deseo por Malfoy atrás para revolverse completamente. Sí, la sangre se notaba. Y las lágrimas no se hicieron esperar.

—Eh, Greengrass, ¿Te arrepentiste de golpearme? —, preguntó el rubio, aun con un hilo de voz, pero con una sonrisa llena de suficiencia atractiva como solo él podía sonreír. Entonces, se dio cuenta del collar entre las manos de Astoria.

—Es de mi padre, Draco—. Un susurro que se perdió con el viento que entraba por la ventana. Detalló un poco más la sangre ya seca y sintió como el collar se deslizaba de sus manos hasta caer con un golpe sordo en el suelo. —Mi padre.

Astoria comenzó a buscar la ya esperada nota, y la encontró, con la amenaza a Draco sobre su madre. Era obvio que Draco, con aquella amenaza, no hubiese buscado más. Entonces, la castaña sacó su varita y con un simple hechizo mental, las letras que faltaban aparecieron en el viejo pergamino.

Oh, ya notaste la sangre. ¿No te parecía que la cadena era muy grotesca para tu madre, Draco? Sí. Él ya está en mejor vida.

Astoria no lo pudo creer. Ni siquiera notó que Draco, tras sus hombros, había leído también la nota con seguridad. La joven sintió el mareo, y el rubio lo adivinó.

Su padre estaba muerto.

Draco logró atraparla en brazos, cuando ella cayó de rodillas con el papel aun en sus manos y completamente pálida. Y lo único que pudo hacer fue sostenerle el cabello mientras Astoria expulsaba su almuerzo en vomito.


Disclaimer: Todo, menos mi querida pelirroja de ojos felinos, Anastasia y mi galán castaño de ojos oscuros, Emerick, son de Jotaká. Así que todos los créditos a ella. Así cómo he basado a Astoria en la imágen que nos proporciona Ophelia Greengrass, una gran escritora en éste fandom.

TATIANA: ¡Hola! Sí, he vuelto. Y con muchas sorpresas por delante. La historia ya tiene forma en mi cabeza, solo tengo que encontrar tiempo para plasmarla. Éste capítulo tiene un par de sorpresitas más. La Pansy, la relación de Zabini y Anya y, ¡Tan, tan, tan! Ya tenemos una idea de lo que le ha pasado al padre de Astoria. Me alegra saber que sigues por aquí, de verdad. Me encanta todo lo que me dices. Y bueno, como siempre, no prometo fechas. ¡Un beso grande! Saludos. :3

Al resto, Macarena y Medusae, creo que ya les respondí. Sino, pues, no duden en avisarme. Y bueno, ésta vez tenemos una idea del padre de Astoria. ¿Qué quiere decir ésto? La veremos más involucrada con el caso y por ende, más cerca de Draco. Vemos un Draco atormentado por su deseo y ¡Una Pansy casada y embarazada! Sí, no queria a la típica Pansy mala del cuento que atormenta a Draco. Sigue siendo mala, pero no se interpondrá entre Draco y Astoria. Sobretodo porque encontró un bombon como Joshua, que sí la ama y ella le corresponde. Y, y, y, ¡Un Blaise y una Anastasia juntos! Bueno, no juntos, juntos, pero sí juntos. Ya me entienden.

Hablando de eso. Pensaba meter en la historia un par de escenas de Lemmon. Bastante ligero, en realidad. Y solo un par en toda la historia, ya que la historia no es precisamente romántica y tampoco de puro sexo. Está el maldito bastardo que asesina gente por ahí. Pero, Astoria y Draco ya son grandecitos y pues, estamos en el siglo veintiuno. Sin embargo, antes quisiera saber que opinarian.

Ahora sí. Espero sus comentarios y bueno, sus opiniones para saber que les pareció. Es más un capítulo transitorio, pero ustedes dirán. ¡Ah! Y ya que ya, les invito a leer mi nueva historia: De amor y otras leyes. Es de Scorpius y Rose, y pues tiene una temática algo particular. Es un Universo Alterno. La pueden encontrar en mi perfil. Espero les guste. (:

¡Saludos! Gabriela. C: