Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.

Resumen: El ministerio de Magia decide absolver de los cargos a Sirius Black de los que se lo acusa con la condición de que tome a una mujer en matrimonio para demostrar que es un responsable mago que puede ser reintegrado a la comunidad mágica. Pero él no piensa dejar que algo como el matrimonio se interponga en su camino, por lo que elabora un rebuscado plan y recibirá la ayuda de la persona menos esperada… Y esa personita hará que su plan salga de camino y entre en los terrenos del amor.

Acontecimiento inesperado.

Minerva no podía creer lo que veían sus ojos ni lo que acababa de escuchar. Tenía los ojos abiertos como platos y la boca levemente desencajada. Y Sirius no se encontraba en un estado muy diferente que el de la mujer.

-¡Señorita Lovegood!-exclamó McGonagall con los labios apretados- ¿Qué hace usted aquí?

Luna dio un par de pasos dentro del despacho y cuando sintió la mirada de Sirius sobre ella giró sus ojos grises para mirarlo durante unos segundos antes de volver hacia la profesora y contestarle.

-La profesora Sprout me mandó buscarla para avisar que hay un alumno que tuvo que ser llevado a la enfermería ya que se descompensó en su clase.

-¿Y eso le da derecho a escuchar conversaciones que no le conciernen? ¡Qué vergüenza debería sentir! ¡Y 30 puntos menos a Ravenclaw por tal osadía! Ahora, váyase…

-Un momento, Minerva- la interrumpió Sirius- Yo quiero hablar con Luna.

-¿No me digas que estás considerando este absurdo ofrecimiento?- inquirió ella mirando asombrada al hombre- Es impensable… ¡Sirius ella es una niña! ¡No puedes casarte con ella?

-¿Por qué no?- preguntó él mirando a la mujer como si fuera ella la que estuviera loca al no comprender su razonamiento-Luna es mayor de edad y puede tomar sus propias decisiones.

-Tiene razón, profesora- aseguró Luna asintiendo con la cabeza mientras daba otros pasos más al interior del despacho.

-¡Silencio señorita Lovegood! Usted no podrá participar de tan desquiciado plan.

-Pero usted no podrá impedirlo, Profesora- le dijo ella avanzando el resto del camino hasta al lado de la silla de Sirius.

Minera abrió la boca sin poder creer lo que estaba escuchando. ¡Luna Lovegood la estaba desafiando! Ni en sus más remotos y excéntricos pensamientos imaginó que esto pudiera llegar a suceder.

Sirius miró primero a Luna y luego a Minerva totalmente divertido. Aquella muchachita era un verdadero caso. Había escuchado que la llamaban "lunática" ya que era algo extravagante y rara pero a él no le importaba. Podría sobrevivir con ella durante dos o tres meses de matrimonio para hacerle creer al Ministerio que había aceptado sus órdenes. Además, tenía que admitir, que era algo linda, con esa cara tan angelical y esos ojos claros llenos de ensoñación.

-Tiene razón, profesora- dijo Sirius repitiendo las mismas palabras que Luna había dicho momentos antes.

La mujer cerró la boca y apretó sus labios haciéndolos una delgada línea blanca. Los nudillos de su mano que mantenía aferrada al borde de la mesa estaban blancos a causa de la presión que ejercía en ese agarre.

-No permitiré que usted haga tal cosa.- le dijo a Luna mirándola con algo muy semejante al odio- Está en el colegio…

-Sólo le falta un mes- argumentó Sirius.

-Pero en ese mes no permitiré ningún tipo de contacto entre ustedes. Si desea terminar en este colegio, señorita Lovegood, tendrá que abstenerse a cumplir mis órdenes.

-De acuerdo- dijo la joven asintiendo con la cabeza dejando a todos asombrados.

-¿De acuerdo?- inquirió Sirius mirándola asombrado.

¿Así de fácil se rendía? Había escuchado alguna que otra historia de ella pero todas las describían como valiente.

-Sí- afirmó de nuevo Luna mirándolo.

-Bueno, entonces puede retirarse ya mismo.- ordenó McGonagall.

Luna asintió con la cabeza y salió del cuarto dejando a Sirius asombrado. ¡Ya se había hecho la idea de tener que casarse con la pequeña! ¿Dónde encontraría otra mujer que estuviera dispuesta a aceptar casarse con él por un par de meses?

Molesto, se levantó del sillón y miró a la directora del colegio con molestia antes de dar media vuelta y salir de allí sin dirigirle la palabra. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a arruinarle sus planes? No haría daño a nadie casándose por ese corto tiempo. Porque, a pesar de cualquier pensamiento que pudiera tener McGonagall, él no engañaría de ninguna forma a nadie para hacerle creer que aquello era por amor. Si se casaba, iba a dejarle muy en claro a la afortunada mujer que aquello no era más que puro papelerío y teatro.

Salió del castillo dirigiéndose al pueblo de Hogsmeade para tomar algo en Las Tres Escobas. Madame Rosmerta, hermosa como siempre a pesar de los años, atendía a algunos de sus clientes que se sentaban en la barra. Él prefirió ocupar una de las mesas más alejadas de la puerta en uno de los rincones menos iluminados ya que por más que el Ministerio lo haya declarado inocente ante el cargo de asesinato y lo hayan publicado en El Profeta, los magos todavía no se acostumbraban por completo a su presencia. Recordaba perfectamente la primera semana que salió a la calle teniendo que soportar los cuchicheos a sus espaldas y las miradas llenas de asombro y desconfianza. Había sentido rabia e impotencia ante este hecho. Un encarcelamiento tan injusto como el suyo había destruido toda su vida. Pero, afortunadamente aquello había menguado. Al menos, las personas eran un poco más discretas a la hora de murmurar sobre él.

Uno de los empleados de aquel lugar se le acercó. Era un muchachito que pasaba los veinte, delgaducho y con cabello muy corto. Al principio, el joven no lo reconoció pero cuando lo hizo su mirada se hizo más precavida, casi temerosa. Cansado de todo aquello decidió poner en práctica su encanto con la dueña del local.

-Bu… buenas…- comenzó a decir el joven pero Sirius lo interrumpió.

-Dile a Rosmerta que quiero que ella me atienda- le dijo con una sonrisa sin dejar de mirar a la mujer que iba y venía detrás de la barra.

No es que quisiera intentar algo con ella, solamente deseaba divertirse un rato y demostrarle al mundo que Sirius Black había regresado.

-Ella está…

Pero ante una de las miradas que le dirigió Sirius el muchacho se calló y dando media vuelta fue a buscar a su jefa. Sirius lo siguió con la vista y vio como el jovencito le susurraba al oído de Rosmerta mientras hacía una seña con la cabeza hacia donde estaba él. Rosmerta siguió con la mirada y cuando lo vio sonrió. Rápidamente se encaminó hacia la mesa que él ocupaba acarreando consigo una jarra de Cerveza de Mantequilla.

-¡Sirius!- exclamó la mujer con alegría- ¡Jamás imaginé volver a verte por aquí!

-Aquí me tienes, querida- le dijo éste levantándose para tomar la jarra y, sin soltar la mano de la mujer, depositar un delicado beso en el dorso de ésta.

-¡Oh, siempre tan galante!-dijo ella apartándose algo ruborizada.

Le tendió la jarra a Sirius y se sentó en una de las dos sillas que tenía la mesa. Sirius se sentó en la de enfrente. Tomó un sorbo de la jarra y volvió a sonreír a la mujer.

-¿Cómo has estado Sirius? Leí el artículo que salió en El Profeta anunciado de tu liberación… Debo admitir que me sorprendió… Aunque, claro, Dumbledore había anunciado tiempo antes que eras inocente.

-Lo has leído tu y todo el mundo mágico- le contestó él- Pero las viejas costumbres no se pierden- comentó lanzando una mirada alrededor y comprobando que varias cabezas lo contemplaba.

Al ser descubiertas, giraron rápidamente y continuaron en un pobre intento de aparentar que nada había estado ocurriendo.

-¡Bah!- dijo la mujer haciendo un ademán con la mano para restarle importancia a este hecho- No tienes que hacerles caso.

En realidad, le importaba muy poco lo que los demás pensasen de él. Lo que no quería era llamar demasiado la atención en eventos como el que prontamente vendría. El casamiento de Harry con Ginny Weasley era un acontecimiento que debía tener la atención en la pareja no en un ex presidiaron prófugo.

-¿Y dime, Rosmerta, qué ha pasado en tu vida todo este tiempo?- le pregunto dejándola hablar.

La conversación que mantuvieron rodó alrededor de esa pregunta. Si algo había aprendido Sirius en el largo trayecto de su vida que estuvo con las mujeres era que para llegar al corazón de una había dos opciones: obsequios o dejarlas hablar. Y como no tenía intenciones más que pasar ese rato (y no tenía ninguna joya a mano) decidió que la mejor opción en esta ocasión era dejarla hablar. ¡Y vaya que hablaba! Ya se había olvidado que Rosmerta tenía esa vena cotilla latente en alguna parte. Contó no solo de su vida sino que también la de alguno de los más distinguidos clientes del local (incluidos algunos profesores del colegio), esparciendo chismes y rumores que lo divirtieron y entretuvieron por un buen rato.

-Entonces…- estaba diciendo Rosmerta mientras reía con una mano cubriéndose la boca- Entonces, el mago dijo…

Pero Sirius no pudo enterarse de qué fue lo que dijo el mago porque en ese momento un Patronus apareció con forma de liebre. Dejó sobre la mesa la jarra que estaba llevándose a la boca y contempló aquella figura reconociéndola inmediatamente a pesar de no haberla visto nunca antes.

Luna. El nombre de la jovencita resonó en su mente.

-Discúlpame, Rosmerta- dijo rápidamente mientras dejaba dinero sobre la mesa para pagar lo que había consumido-Tengo que marcharme.

-Ah… Bueno… Sí, claro… yo…

-Sí, después hablamos.

Se levantó de un salto de la silla sin apartar la mirada de aquella liebre. La vio salir de aquel local y él comenzó a seguirla. Estaba más que seguro que la muchachita lo había mandado a buscar y que aquel patronus lo llevaría a dónde ella se encontraba. Y no se equivocó. Siguió a la liebre por unas cuantas calles hasta que se encontró con una especie de callejón que se abría por dentro de dos edificios. Allí se encontraba Luna esperándolo. Ella alzó la vista al escuchar sus pasos.

-¡Qué bien que no te atraparon los Skowtoas!-fue lo primero que le dijo con un tono lleno de alivio.

Sirius frunció el ceño, perplejo por este comentario. ¿Qué rayos eran los Skowtoas? Pero tampoco le interesaba en ese momento conocer la respuesta de eso así que decidió seguirle la corriente.

-Sí, vi a un par siguiéndome pero logré despistarlos.- le contestó divertido e irónico a la vez.

Pero Luna, ajena a eso, pareció aún más aliviada al oír aquello.

-Eso fue toda una hazaña. Por lo general son muy difíciles de perder.- hizo una pausa y con un movimiento de su varita hizo desaparecer su patronus.

-Este… eh…- Sirius titubeó pero sin borrar su sonrisa- ¿No era que ibas a obedecer a Minerva?

-Sí- aseguró con convicción Luna- Pero ella no me ordenó quedarme en el castillo para no verte.

-Tienes razón- le dijo riendo él pero luego se puso serio- Luna… ¿Por qué quieres hacer esto?

La jovencita lo miró directamente a los ojos. Así, con el rostro tenuemente iluminado por la luz de la luna cuarto creciente de aquella noche, parecía tan etérea, casi irreal.

-Porque creo que te amo- le contestó ella con una tímida sonrisa en sus labios dejando a Sirius en shock.