Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.
Acuerdo.
Luna llegó al callejón en el que iba a encontrarse con Sirius cinco minutos antes de que el reloj tocara las diez. Le había resultado fácil poder salir del castillo. Con sólo caminar hasta la torre de las lechuzas, transformarse en una y salir volando de allí con tranquilidad había logrado escapar del castillo y de la experta mirada de McGonagall que la había seguido furtivamente durante todo ese día vigilando cada uno de sus movimientos para ver si no se encontraba a escondidas con Sirius.
Aunque si hubiera sido descubierta mucho no le habría importado porque estaba enamorada de Sirius y de tan sólo saber que pronto lo vería sentía unas extrañas sensaciones en la boca de su estómago, como si cientos de plumas de fénix flotaran allí dentro haciéndole cosquillas.
Espera que el efecto de la picadura de los Skowtoas no duraran más de esos meses que ella estaba casada con Sirius porque sino temía verse en un gran problema. Ella no quería amarlo ya que comprendía que él no sentía lo mismo pero no era de esas personas que sufrían por tales complejos; simplemente se había resignado y admitido la verdad. No le gustaba mentirse a sí misma y mucho menos a los demás, por eso había sido sincera con Sirius diciéndole que lo amaba.
Se sentó al borde de la acera a esperar a que el tiempo pasara. Miró a su alrededor buscando algún indicio de Skowtoas. No quería arriesgarse a que alguno le picara nuevamente y aumentara los efectos del anterior. Afortunadamente, una vez su padre le había contado una historia de un amigo de un viejo primo que ya había muerto hacía unos cuantos años atrás, que había descubierto la manera de repeler a los Skowtoas. Era sencillo. Sólo tenía que colocar en su cabello una flor de Gardenia azul cuyo aroma los repelía. Había tardado en encontrar esa clase de planta pero luego de hablar con Neville e ir al sitio que le había recomendado, lo había conseguido.
Rebuscó dentro del pequeño bolso que había llevado y sacó una manzana que comenzó a comer tranquilamente mientras esperaba a que Sirius apareciera.
Y Sirius no tardó demasiado en aparecer. La vio allí sentada y sonrió al notar que llevaba una bella flor adornando su cabello. ¿A caso había querido verse linda para él? Aunque, tenía que admitirlo, se veía bien con ella y desde donde él estaba podía sentir aquella suave fragancia.
Se acercó lentamente a donde estaba y se sentó a su lado.
-Hola- le dijo ella con calma mientras mordía un trozo de manzana.
-Hola, Luna. ¿Cómo has estado?
-Bien- le contestó risueña mientras sonreía-La profesora McGonagall me siguió todo el día e interceptó todas mis cartas pensando que alguna era tuya.
-Lamento causarte tantos problemas- se disculpó él acercándose y robándole un bocado de la manzana que Luna tenía en su mano.
A ella no le pareció extraño aquel gesto ni dijo nada a modo de reproche.
-No importa- le contestó- Sólo eran de mi padre.
-¿Te escribe mucho?- le preguntó curioso.
-Sólo unas cuatro cartas al día. No son muchas.
No dijo nada más y, por más ganas que sintió Sirius de seguir preguntando intentando indagar sobre el padre de la joven, no lo hizo por temor a sonar demasiado imprudente y metido. Con otra persona no le importaría pero ella sería su esposa y merecía que él la tratara con respeto.
Pensó durante unos segundos cuál sería la mejor manera de abordar el tema de su casamiento pero, como siempre, Luna lo asombró cuando fue ella la que sacó el tema sin dar vueltas.
-Si debemos casarnos creo que será mejor que elijamos a nuestros padrinos de boda.
-Eh… sí. Yo elegí a Lupin.
-Y yo le pediré a Hermione.
-¿Cuándo quieres que nos casemos?- le preguntó.
Luna hizo una pausa y se quedó pensativa mirando la nada durante unos segundos antes de responder.
-¿Qué te parece dentro de una semana? El viernes por la noche a las siete- le preguntó- Pero será un secreto y sólo nuestros padrinos lo sabrás así evitaremos que McGonagall intervenga.
-Me parece bien-respondió con calma Sirius-¿Podrás salir del colegio sin que te descubran?
-¿Por qué no podría hacerlo?- inquirió ella mirándolo confundida por aquella pregunta que le resultó extraña.
-No sé… pensé que tal vez tendrías inconvenientes en escabullirte.
-No los tendré- le aseguró volviendo a morder su manzana.
Sirius se distrajo unos segundos viendo como los labios de Luna parecían más apetitosos cuando ella hacía aquello. Pero rápidamente apartó esa clase de pensamientos de su mente.
-Debemos vivir juntos para hacerles creer al Ministerio que estamos verdaderamente casados- le explicó él- ¿Tienes inconveniente de ir conmigo a vivir a Grimmauld Place?
Luna negó con la cabeza.
-¡Genial!- dijo Sirius sonriendo- Tendrás tu propia habitación y podrás acomodarla como más te guste.
-¿Y qué pasará cuando venga de visita el Reformador?- preguntó Luna.
Sirius se sorprendió.
-¿Aún hay de esos?- preguntó un tanto molesto.
-Sí. En cada matrimonio que es encargado por el Ministerio el Reformador va a dar visitas sorpresas a la pareja para comprobar que no sea una farsa.
Cosa que, evidentemente, iba a ser su matrimonio, pensó Sirius.
-Y en esas ocasiones compartiremos habitación- dijo unos momentos después de pensarlo. –Espero que no te importe.
-No me importa- le respondió con calma pero sintiendo de nuevo esas plumas flotando en el interior de su estómago.
-¡Ah!- dijo recordando que tenía dentro de su bolsillo todavía el anillo que había pensado darle- Toma… eh… No quieres que me arrodille ¿Verdad?
Luna tomó aquel cofrecito ya sabiendo cuál era el contenido pero cuando él hizo esa última pregunta lo miró asombrada.
-¿Por qué ibas a hacer eso?- le preguntó.
-Es costumbre arrodillarse ante la novia cuando se le pide matrimonio- contestó con calma Sirius.
-Jamás supe de eso- comentó Luna mientras abría la cajita.
Sirius vio como sus ojos se abrían asombrados al ver aquel anillo.
-Es tan… verde- dijo Luna- y grande.
Sirius hizo una mueca y volvió a mirar aquella joya cuyo centro era una gran esmeralda rodeada por diminutos diamantes.
-Pruébatelo- le pidió.
Luna lo sacó y se lo probó. Aquel anillo bailaba alrededor de su fino y delicado dedo.
-Permíteme- dijo Sirius mientras tomaba con delicadeza la mano de la joven.
Sacó su varita y apuntó al anillo murmurando un hechizo hasta hacerlo encajar perfectamente en el dedo de Luna. Guardó nuevamente su varita y, antes de soltarle la mano se inclinó y dejó un beso justo encima del anillo pero logrando que sus labios tocaran la piel de la mano de Luna.
Mientras alzaba la cabeza para verla le sonrió y soltó su mano, completamente ajeno a los latidos desaforados del corazón de la joven.
-Gracias- le respondió Luna.
Ella hizo una pausa y se quedó mirando el cielo nocturno. Estiró las piernas delante de ella ya que antes las había tenido flexionadas y suspiró.
-¿A qué viene ese suspiro?- le preguntó Sirius sonriendo.
Ella giró el rostro y lo contempló durante unos segundos.
-¿Puedo pedirte algo?- le preguntó ella mirando fijamente a los ojos.
-Claro- aseguró preguntándose qué podía ser lo que quería.
-¿Me regalarías un beso? Nunca nadie me ha besado y quisiera saber cómo se siente.
Una sensación de infinita ternura invadió a Sirius. Aquella pequeña era, definitivamente, una de las personitas más maravillosas e inocentes que conoció en su vida.
-Me encantaría- le respondió mientras se inclinaba hacia el rostro de ella.
Pero Luna se apartó antes de que él pudiera llegar a tocar sus labios.
-No- le dijo- Después de que nos casemos.
Sirius la contempló asombrado pero sonriente.
-Esperaré a ese momento- le aseguró- Pero si cambias de opinión y lo deseas antes, sólo házmelo saber.
La sonrisa que Luna le dedicó lo dejó sin aliento. ¡Por Merlín! ¡Aquella muchachita sí que era hermosa!
-Será mejor que me marche- dijo ella.
Sirius se sintió un poco desilusionado a pesar de que no habían hablado de gran cosa con Luna, pero la estaba pasando bien.
-Si- dijo con cierta reticencia- Será mejor que te marches antes de que McGonagall se dé cuenta de tu ausencia.
Luna se paró y él la imitó.
-Adios- le dijo y nuevamente lo asombró cuando se le acercó y le dejó un casto beso en su mejilla.
Inocentemente se llevó la mano allí y frotó su mejilla suavemente, percibiendo aún el calor del beso fugaz. Luna le sonrió y dejó al lado de la acera el centro de la manzana.
-Para los Trullery- explicó antes de convertirse en una lechuza y marcharse volando.
-¿Qué serán los Trullery?- se preguntó Sirius en voz baja sonriendo.
Se quedó observando a la lechuza hasta que la perdió de vista para luego aparecerse en su casa. Tendría que comenzar a acomodar un poco el lugar y ver cómo le anunciaría a Remus que iba a casarse.
