Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.

La Flor de la Luna.

Sirius se encontraba sentado en la sala de la casa de los Lupin junto a Remus. Ambos estaban enfrascados en una partida de ajedrez mágico mientras Luna y Hermione permanecían en la cocina preparando el almuerzo y hablando de sus maridos.

—En serio, Luna, a veces creo que Remus no entiende nada de lo que le digo.—decía Hermione—El otro día le pedí que me dijera cuál era el mejor color para las cortinas y le tendí dos muestras. Una era azul cobalto y el otro Azul de Prusia.

Luna comenzó a reír divertida.

—¿Y crees que supo cuál era la diferencia entre esos dos? ¡No! Me quedó mirando como si yo estuviera hablando en chino o tritón…

Luna volvió a reír tapándose la boca con la mano para que sus risas no se fueran demasiado fuertes. Hermione se la quedó mirando sonriendo pero luego estalló en risas al igual que ella al darse cuenta de que los hombres jamás entenderían esas cosas.

Remus y Sirius, al escucharlas, se apresuraron a entrar para ver qué les sucedías.

—¿Están bien?— les preguntó Remus al ver a las dos mujeres doblándose de la risa.

Sirius se había quedado en el marco de la puerta de la entrada cruzado de brazos mirándolas divertido.

—Es que…—decía Luna jadeando a causa de la risa—Me contó lo de las cortinas.

Remus hizo una mueca, molesto y avergonzado a la vez.

—¿Qué cortinas?—preguntó Sirius.

—Ningunas—masculló malhumorado Remus.

—Ay, amor—le dijo Hermione acercándose a él para darle un cariñoso beso en los labios—No te ofendas te apuesto a que Sirius tampoco sabe.

—¿No sé qué cosa? Alguien dígame de qué están hablando.

—¿Cuál es la diferencia entre azul cobalto y azul de Prusia?

Sirius se encogió los hombros con indiferencia.

—Son solamente diferentes tonos de azules—respondió.

—Ustedes son hombres—le dijo Hermione—Por eso no entiende de colores, diseños y adornos.

Sirius la miró ofendido.

–Yo entiendo de diseños. ¿A caso crees que los tatuajes que tengo no fueron pensados y diseñados por mí?

—¿En serio?—preguntó animada Luna.

—Claro, preciosa—indicó él sonriendo con orgullo—Después te los muestro.

—Claro, y yo te muestro el mío—dijo Luna sonriendo.

Todos se la quedaron mirando asombrados.

—Luna, ¿Tu tienes un tatuaje?—preguntó Remus sin poder creerlo.

—Sí. Me lo hice las vacaciones del verano pasado—dijo ella sin borrar la inocencia.

—¿Qué es lo que te tatuaste?—inquirió con curiosidad Hermione.

—A Sac-Nicté—dijo ella con calma.

Hermione la miró extrañada.

—¿La del mito?

Luna frunció el ceño.

—No es un mito. En realidad existe—le aseguró ella.

—De nuevo me perdí—dijo Sirius—¿De qué mito están hablando?

—El de la flor de la Luna.—indicó su esposa con calma—Es una historia de amor muy hermosa de la cual nación esa flor que solamente se abre por las noches con la Luna llena.

—Sigo sin entender—dijo él confuso—¿Qué es lo que te tatuaste?

—La flor—respondió.

—Luna, nunca nadie la ha visto—dijo Remus.

Luna sonrió misteriosamente y se encogió de hombros levemente.

—Hermione, tenemos que terminar de preparar la cena—dijo cambiando de tema.

Pero a Sirius, que ya llevaba tiempo conociéndola y conviviendo con ella, no iba a engañarlo. Sabía que ella estaba ocultando algo con respecto a eso y cuando volvieran a su casa no iba a descansar hasta averiguarlo.

El resto de la comida transcurrió en relativa calma, hablando tranquilamente de temas sin importancia. Pero a Hermione no se le pasó inadvertido las constantes miradas que le lanzaba Sirius a Luna cuando ella no se daba cuenta. Sin embargo, no quería presionar la situación de ellos dos por lo que prefirió mantenerse callada y esperar a ver qué pasaba con esa relación.

Cuando Luna y Sirius regresaron al número 12 de Grimmauld Place, ella se encaminó hacia la cocina a beber un vaso de agua, él la siguió.

—¿Te puedo contar un secreto?—le pregunto de repente Luna antes de que él pudiera comenzar a indagar lo que deseaba.

—Claro, preciosa. Puedes confiar plenamente en mi.

—Bueno, ven.

Ella lo tomó de la mano delicadamente y lo llevó caminado hacia las escaleras. Sirius simplemente se dejó arrastrar por ella, preguntándose a dónde lo llevaba y qué era aquel secreto que quería confesarle.

Su sorpresa fue aún mayor cuando se dio cuenta que se dirigían directamente hacia el cuarto de ella. Por unos momentos dudó en seguir avanzando porque sabía que estar allí representaría un verdadero reto para él: ella completamente predispuesta y una cama cerca eran una ¿mala? combinación. Pero a pesar de sus pensamientos preventivos su cuerpo y la mayor parte de su mente los mandó a volar y la siguió sin más cuestionamientos.

Luna le soltó la mano con la misma suavidad y él se sintió extraño sin ese contacto… ¡Por Merlín! ¿Qué le hacía esa muchachita?

Ella fue hasta uno de los armarios y rebuscó en el interior, inclinándose, dándole a Sirius una muy buena vista.

—¡Acá está!—dijo ella de repente colocándose derecha y yendo nuevamente hacia él con una caja pequeña en sus manos forrada de un chillón amarillo.

Se la entregó.

—Mírala—le indicó.

Sirius abrió la tapa de la caja y pudo ver que en el interior había una flor blanca cerrada.

—Es la Flor de la Luna—le dijo Luna acercándose más a él—Me la obsequió mi madre cuando era pequeña. Solamente se abre cuando los rayos de Luna llena o con un hechizo.

Ella sacó su varita y apuntó a la flor murmurando unas palabras que Sirius nunca había escuchado. Inmediatamente la flor comenzó a abrirse, pétalo por pétalo, soltando un delicado aroma muy parecido al Jazmín, que le hizo recordar al de su preciosa esposa, y brillando suavemente con un resplandor blanquecino. Literalmente, se quedó con la boca abierta. Jamás en su vida había visto algo así.

Alzó los ojos hacia Luna.

—¿Dónde lo tienes tatuado?—quiso saber.

Ella sonrió de tal modo que él presintió que hubiera sido mejor haber mantenido la boca cerrada. Dando un paso hacia atrás, Luna, sin apartar sus ojos de los de él, desprendió los botones de su jeans. Sirius tragó saliva y se quedó estático con la respiración algo agitada porque su imaginación ya había comenzado a vagar. Con cuidado, ella bajó un poco de su pantalón, no demasiado, pero lo suficiente como para que, después de apartar un poquito su ropa interior (una muy interesante para Sirius dado que tenía pequeños lunares rojos que le parecieron sumamente atrayentes), él pudiera ver el tatuaje. No era muy grande pero tampoco pequeño como para no poder disfrutar de los detalles del mismo. Se notaban cada uno de los pétalos y estaba sombreado delicadamente haciendo que contrastara con la blanca piel de ella.

Sirius dejó la caja con la verdadera flor sobre una mesita que había allí y se acercó a Luna porque la flor que ella tenía allí tatuada le resultaba mucho más interesante y atrayente. Pero antes de poder acercarse tanto como deseaba a ella, Luna le habló y retrocedió un paso.

—Quiero ver los tuyos.

Sirius sonrió divertido sabiendo el juego que estaba planeando ella. Era peligroso pero demasiado tentador como para resistirlo.

Sin perder tiempo, se quitó la chaqueta y luego desprendió su camisa, pero sin quitársela, para dejar ver los tatuajes que tenía en su pecho. Luna mordió su labio inferior mientras dejaba que sus ojos disfrutaran de aquella imagen y no se refería precisamente a los tatuajes sino a los músculos de su esposo perfectamente formados que le ayudaban a su mente a recordar aquel momento en que lo había visto completamente desnudo. Quería verlo de nuevo así. Pero pedirle que se desprenda década prenda sería demasiado atrevido, incluso para ella. Sintió sus mejillas arder pero no le importó.

—¿Quién te lo hizo?—preguntó Sirius completamente ajeno a los pensamientos libidinosos de Luna.

—Un amigo—respondió tranquilamente ella.

—¿Un amigo? ¿Qué amigo? ¿Qué tan amigo?

Ella sonrió feliz, percatándose del tono celoso de Sirius.

—Solo un amigo que conocí en Francia—le dijo—Pero amigo, simplemente. ¿Recuerdas que te dije que nunca antes había besado a nadie?

Sirius se sintió completamente idiota al haber olvidado ese detalle. Pero ahora que había recordado aquello la idea de ser el primero en haberlo hecho le hacía desear ser el único.

—Luna… ¿Puedo besarte?

—No quiero…

—Está bien, entiendo que estés enojada conmigo por lo de…

—Sirius, no me dejaste terminar—lo interrumpió—No quiero que me preguntes si puedes besarme. Quiero que vengas, me tomes por la cintura, y simplemente me beses como corresponde.

Sirius rió divertido mientras se acercaba a ella. Pero se puso serio mientras la tomaba por la cintura para apretarla contra su cuerpo y aceraba el rostro al de ella. Pero ante de que pudiera tocar sus labios una lechuza golpeó suavemente la ventaba del cuarto.

Sirius gruñó molesto pero Luna rió divertida por su reacción mientras caminaba a abrirle. Tomó el sobre y la lechuza salió volando nuevamente.

—Es del Ministerio—le dijo a Sirius al leerla—Dicen que esta noche viene el reformador y que nos avisaron para que no salgamos a ningún lado.

Sirius apenas había prestado atención a sus palabras. Desde que le había dado vía libre para besarla, o sea cinco segundos atrás, no podía pensar en otra cosa.

Sin perder tiempo, se le acercó, la tomó y le plantó un apasionado beso en sus labios que ella respondió gustosa, dejando caer la carta que acababan de recibir al suelo para poder rodearle el cuello con sus brazos.