Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.
Sirius y la niña atolondrada de deseo.
Sirius se despidió del reformador del Ministerio con una radiante sonrisa que no tenía nada de falsa. Ese hombre le agradaba. En ningún momento intervino entre él y Luna y tampoco miraba de manera indecente a su esposa. Claro que esa no era la razón por la cual no podía dejar de sonreír, sino, más bien, porque la noche anterior Luna y él había compartido la habitación, la cama más precisamente, y él no había dudado en apoderarse de sus labios.
Sí, definitivamente una sesión de besos era una buena actividad antes de ir a dormir. Y él había descubierto que los besos de Luna, a pesar de saberles a poco, también alcanzaban para dejarlo felizmente saciado. Por supuesto, eso no podría compararse a si la hacía suya, como tanto deseaba, pero como eso no iba a suceder era mejor contentarse con los besos. ¡Y vaya que besos! Cualquiera que los recibiera (no es que la idea de que otro hombre la besase le gustara) jamás hubiera imaginado la poca experiencia que tenía.
Subió casi corriendo las escaleras para ir a despertarla. Ese día tendrían que ir a la imprenta del Quisquilloso.
Entró a la habitación sin tocar y la encontró aún dormida. Una de sus manos descansaba sobre su cabeza, en la almohada, y la otra sobre su estómago liso. La noche anterior no se había colocado para dormir el mismo pijama que en su noche de bodas, si no más bien una simple camisola con tirantes. Ésta cubría lo suficiente como para no considerársela atrevida, pero la mente de Sirius era demasiado imaginativa y no tardó en ver completamente las curvas que aquella tela cubría.
Se acercó al borde de la cama y la miró dormir por unos segundos. Luego alzó su mano y acarició suavemente su mejilla con la punta de sus dedos. Ese mínimo contacto sirvió para removerla de los sueños. Luna pestañó varias veces y lanzó un suspiro profundo. Sirius sonrió.
-Buenos días, preciosa- le dijo él siguiendo acariciándola.
-No quiero levantarme- indicó ella volviendo a cerrar los ojos.
Sirius frunció el ceño.
-¿Te encuentras bien?
-Sí, estoy bien. Sólo es pereza.- contestó abriendo los ojos nuevamente.
Él sonrió maravillosamente y ella pudo ver un extraño brillo burlón en sus ojos.
-Bueno, creo que puedo hacer algo para...eh... despejar tu mente.
Luna lo contempló sin saber a lo que se refería. Pero cuando él bajó su rostro hacia donde estaba el suyo comprendió lo que él quería decir. Esperó con muchas ansias que la besara en los labios, pero para su desilusión no fue así. Sirius se acomodó a su lado y la rodeó con sus brazos, empujándola hacia él.
Con cuidado, como si estuviera haciendo todo lo posible para no apresurarse, besó una de sus mejillas abriendo un poco los labios para dejar que el calor de su aliento la rozara. Los ojos de Luna se cerraron por voluntad propia.
-¿Estoy logrando despejar tu mente?- le susurró él al oído.
Luna tuvo que hacer un gran esfuerzo para no pensar en la mano de él que estaba recorriendo su espalda y, así, poder encontrar el habla.
-N... no.
Sirius besó su toda la extensión de su frente. La mano que estaba en su espalda desapareció de allí para apartar las sábanas de la cama, levantar un poco de la tela de su camisón y dejar al descubierta la piel de sus piernas y su estómago, dejando ver el tatuaje que ella le había enseñado el día anterior. Sólo las yemas de sus dedos la acariciaron. Inconscientemente, se movió bajo aquel contacto para sentirlo mejo. Era demasiado suave.
-¿No?- preguntó él- Pensé que ya no estabas perezosa.
-No lo estoy- dijo temblando- Sirius... Por favor...
-¿Por favor, qué?
-Bésame.
Él sonrió y corrió el cabello de la joven para dejar al descubierto su cuello. Allí depositó un beso.
-¿Aquí?- preguntó- ¿O aquí?- besó su oreja.
Intentó contestar pero todo fue inútil. De su boca sólo salió el aire de su respiración en forma de jadeos entrecortados. Luna no podía creer que simplemente unos cuantos besos la dejaban completamente rendida a él. Pero lo mejor de todo era que le importaba muy poco.
-O tal vez aquí.
Él dejó al descubierto su hombro y lo besó. Hizo lo mismo con el otro, y luego volvió a arremeter contra su cuello. Sus labios la estaban volviendo loca. Se retorció bajo él hasta poder separarse un poco y así encontrar su boca. Cuando lo hizo sólo se dejó llevar por el beso hasta que quedó sin aliento. Cuando se separaron los dos estaban jadeando, suplicando para que sus pulmones puedan volver a respirar con normalidad.
Sirius giró la cabeza para mirarla y ella hizo lo mismo. Luna le sonrió.
-¿Ya no tienes pereza?- preguntó él.
Ella negó con la cabeza. No tenía pereza y por eso su mente podía pensar con coherencia. Sin darle tiempo a reaccionar, giró sobre sí misma, y se colocó sentada a horcajadas sobre las caderas de él. Sirius abrió los ojos inmensamente ante aquel atrevimiento pero antes de poder decir algo ella se inclinó sobre su pecho y lo beso. Y el beso que le dio fue mejor que el anterior, saturó sus sentidos y lo llenó de una fuerte necesidad de poseerla. Ella lamía y mordisqueaba sus labios mientras sus manos acariciaban sus hombros, los músculos de su cuello, y enterraba sus dedos en el cabello de él. Adoraba besarlo. Porque a simple vista sus labios parecían demasiado firmes pero al tacto eran delicados y suaves. Y no iba a desaprovechar esta oportunidad para obtener lo que más deseaba, a todo él.
Lo amaba, lo deseaba, iba a entregarse libremente a él. No quiso detenerse a pesar en lo que iba a hacer. Tomó los bordes de su camisón y, sin perder el tiempo, se lo quitó por encima de su cabeza. Ruborizada, pensando que tal vez Sirius no pudiera encontrarla deseable, lo miró tímidamente. Pero la imagen anonadada y sentir que algo crecía bajo ella, dentro del pantalón de su esposa, le quitó todos sus temores.
Sirius no podía creerlo. Luna, sentada sobre él, usando solamente la parte inferior de su ropa interior, con algunos mechones de su rubio cabello cubriendo, acariciando sus senos, era la imagen más erótica que alguna vez en su vida pudo imaginar.
Reconoció que, por primera vez en su vida adulta, tenía verdadero temor. No estaba acostumbrado a que su corazón latiese frenético por el mero capricho de una mujer, perder el control de sus acciones y sentirse tan vulnerable en sus brazos. Odiaba sentirse tan vulnerable.
Nuevamente, fue Luna la que dio el siguiente paso, inclinándose tentativamente, algo ruborizada, sobre él, dejando sus senos a la altura de su rostro.
¡Por Merlín, estaba acabado! Al diablo toda su maldita caballerosidad.
Fue su turno de hacer le próximo movimiento, colocándola bajo él mientras se aferraba con desesperación a sus labios. Luna no protestó, por el contrario, sintió tal sensación de felicidad que quiso reír. Pero prefirió simplemente besarlo.
Sirius, se separó de sus labios y comenzó a besar cada uno de los lugares de la lista secreta que él había armado. Lugares donde deseaba besarla: sus párpados, sus mejillas, su nariz, su frente, el punto sensible detrás de sus oídos. Y por cada lugar en que posaba sus labios ella tenía una reacción que lo cautivaba: jadeaba, suspiraba, temblaba, gemía. Pero cuando bajó por su cuello tentativamente hacia sus senos, lamiéndolos primero y luego mordisqueándolo suavemente, ella hizo todas esas cosas a la vez mientras arqueaba su espalda hacia él.
Luna se sentía agonizar. Lo único que atinaba a hacer era a entrecerrar sus dedos en el cabello de su esposo que le hacía cosas endemoniadamente indecentes con la boca.
Sirius ya no pensaba demasiado. Simplemente se dedicaba a disfrutar con todo aquello. Cambiando de posición, la hizo abrir sus piernas y él se colocó entre ellas, arrodillado en la cama, aún completamente vestido, y comenzó a bajar lentamente por su estómago lizo. Ella le acariciaba la espalda con las manos y se deleitaba con el tacto de la musculatura bajo sus dedos.
Él siguió bajando, hasta donde Luna tenía ese tatuaje que lo volvía loco. Apartó el borde de la ropa interior de ella y la besó allí. Luna contuvo la respiración pero la soltó cuando él siguió y siguió bajando pasando de largo hasta sus muslos. Las manos de Sirius también se encontraban allí y el contacto cálido de ellas no hacía más que aumentar la temperatura de su cuerpo.
-Sirius- musitó temblando de la expectativa.
Él no le contestó. Sólo comenzó a acariciarla por encima de la tela, haciéndola arquearse y gemir del placer. Y esa reacción tan entregada por parte de ella aumentaba también la excitación de él. ¿Hacía cuanto que no estaba con una mujer? Recordaba que había sido hace tiempo ya, con aquella muggle gritona. Pero las sensaciones que lo invadían en ese momento, al estar tan íntimamente con su esposa no tenían comparación con ninguna de sus otras amantes. Tal vez la diferencia principal es que era Luna, su esposa, la jovencita que había hecho de su mundo uno mucho mejor. A la que había aprendido a querer.
Él comenzó a quitarle la única prenda que le quedaba pero ella lo detuvo.
-No, Sirius. Detente.
Él se apartó un poco, preocupado por haberle hecho algo que en realidad la disgustaba pero se llevó una sorpresa cuando fue Luna la que, mirándola a los ojos y con un fuerte rubor, comenzó a desprenderle la camisa. Él sonrió y la ayudó a quitarse a sí mismo el resto de la ropa. Y cuando quedó completamente desnudo delante de ella, Luna se tiró, literalmente, sobre él besándolo con desesperación, tocándolo por cuanto lugar encontrasen sus delicadas manos.
Esto estaba yendo demasiado rápido para él. Quería ser delicado con ella, ir con cuidado, pero Luna parecía no tener nada de paciencia. Estuvo a punto de detenerla, pero cuando sintió la mano de Luna rodeándolo no pudo hacer más que cerrar los ojos y gemir sobre su boca. Sí, definitivamente, esa muchachita atolondrada por el deseo sería su perdición. Y Luna se encargó de demostrarle que ese pensamiento era verdad porque, desvergonzada y torpemente, le hizo cosas, con las manos, con la boca, que lo llevaron a tal punto que temió no poder seguir hasta el final. Pero él era Sirius Black, el gran Sirius Black, el que seducía, no el que era seducido.
Apartándola, casi con cierta brusquedad, la colocó en la cama y se apresuró a subir sobre ella, impidiéndole moverse demasiado y volviendo a atacar su boca. Pero las manos de Luna eran rápidas y no tardaron en volver al ataque.
-¡Por Merlín, Luna, detente un segundo!- gruñó.
Ella se detuvo inmediatamente y lo miró con los ojos bien abiertos.
-Lo siento- se disculpó rápidamente mientras apartaba la mirada completamente avergonzada.
Sirius se dio cuenta del error que había cometido.
-No es que no me guste, amor, sólo que si seguías así no lograríamos terminar- le explicó con suavidad mientras se inclinaba y volvía a besar su cuello.
La sintió temblar.
Nuevamente se colocó entre las piernas de ella y antes de que pudiera protestar le quitó última prenda que llevaba. El ataque que le dio fue su forma de vengarse por todo lo que ella le había hecho. Luna se aferraba con desesperación a su cabello, dándole tirones pero sin causarle verdadero dolor. Alzo la cabeza y lo vio con la cabeza enterrada entre sus muslos. Pero antes de que pudiera alcanzar su primer orgasmo él se apartó. Por primera vez en su vida sintió deseos de maldecirlo.
Sirius se dio cuenta y sonrió pícaramente mientras volvía a subir y besaba sus labios con infinita ternura.
-Te quiero ahora- pidió Luna con la voz entrecortada.
Él asintió, aún besándola, mientras se colocaba entre sus piernas. La penetró con cuidado, temiendo lastimarla, controlándose por el inmenso deseo que lo embargara. Pero Luna estaba tan perdida en las nuevas sensaciones que la invadían que no sintió nada más que una leve presión incómoda.
-¿Estás bien?- preguntó Sirius mientras salía lentamente de ella.
Luna asintió varias veces mientras se arqueaba e intentaba retenerlo en su interior. Sirius volvió a entrar, con la misma lentitud, con cuidado.
-Sirius, por favor- rogó- Muévete.
Él rió nerviosamente sin aumentar la velocidad.
-¿Hay prisa?- le preguntó inclinándose y besándole el cuello.
Ella no le respondió. Simplemente le demostró cuánto lo deseaba arqueando sus caderas para recibirlo más profundamente. Sirius gimió junto a ella.
-Luna, por Merlín, no vuelvas a hacerlo- pidió.
Pero ella no le hizo caso y toda la poca cordura que le quedaba a Sirius se perdió. La acomodó mejor y comenzó a penetrarla con mayor rapidez mientras la besaba. Pero ella tampoco se quedó quieta, sus manos se encargaron de seguir acariciándolo, deleitándose al sentirlo.
Y así, perdidos en el éxtasis mutuo de tenerse, de sentirse, de amarse, llegaron al clímax. El primero de Luna y el más intenso de Sirius.
Cuando todos los espasmos del placer acabaron, Luna suspiró sintiéndose feliz de haber conseguido lo que tanto deseaba. Y con ese pensamiento se quedó dormida con una leve sonrisa en sus labios.
Sin embargo, cuando despertó, se encontró sola en la cama. No tenía idea de qué hora era pero si algo sabía era que Sirius ya no se encontraba en la casa. Se tapó hasta los hombros con la sábana e intentó no sentirse mal. Pero era difícil hacerlo cuando cabía la posibilidad que él se hubiera arrepentido de lo que acaba de suceder.
Se apartó una lágrima que había escapado. Sólo esperaba que Sirius no estuviera tardara en regresar.
