Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen. Son todo creación de J.K.R . Sólo la situación insólita salió de mi cabeza.

Maldito George, malditas fotos

Luna era la más experta seductora del mundo ¿Quién lo hubiera dicho? Él, obviamente, jamás habría pensado que aquello era posible si no la hubiera visto en acción. Y todo ese condenado día parecían haber puesto en marcha su maléfico plan: provocándolo, tentándolo hasta un punto inimaginable; y lo más malvado de aquello era que lo hacía sabiendo que él no se podía tomarla en sus brazos y llevarla a la cama más cercana. Aunque tal vez Harry y Ginny comprendieran si él desaparecía unos momentos con Luna… No, seguramente se molestarían, y no sólo ellos sino que también Remus y Hermione.

Volvió a posar sus ojos sobre la figura delicada de su esposa que hablaba con Hermione, Fleur y otra joven a la que no reconoció. ¿Por qué le hacía aquello? ¿Por qué se había tenido que colocar aquel condenado vestido que se ajustaba a su cuerpo y dejaba a la vista el nacimiento de sus senos permitiendo que cualquier loco pervertido observase lo que no le pertenecía? Tenía ganas de levantarse y envolverla con una inmensa túnica para que todos esos idiotas comprendieran que sólo él tendría el derecho de degustar la vista. Pero sabía que si lo hacía quedaría en ridículo y lo molestarían de por vida por ser el marido celoso y sobreprotector, y él no deseaba verse de aquel modo porque arruinaría por completo su reputación de eterno conquistador. Claro que eso no quería decir que pensaba serle fiel a la mujer que amaba; por el contrario, quería decir que ella sería su eterna conquista porque su corazón no latía por nadie más… ¡Merlín! ¡Otro de los defectos del amor era que lo hacía que dar como un estúpido marica con pensamientos románticos!

Pero estos pensamientos románticos aparecían cuando menos lo necesitaba. Sin embargo, cuando necesitaba decirle a Luna que estaba enfermamente enamorado de ella, se quedaba mudo. ¿Por qué rayos no podía decírselo si sabía que ella le correspondía? Jamás en su vida se había considerado un hombre cobarde pero delante de Luna se volvía un cachorrito asustadizo. Y detestaba esa sensación.

El salón había sido idea de Harry y Ginny quienes, a pesar de las insistencias de la señora Weasley de realizar la ceremonia en el jardín de su casa, lo prefirieron así ya que sabían que necesitarían mucho espacio a causa de la numerosa cantidad de invitados. Todas las personas de allí sonreían y hablaban entre ellos. Algunos bailaban mientras los novios paseaban saludando a todos sin dejar demostrarse felices. ¿Por qué en ellos parecía cosa sencilla y a él le costaba tanto?

Lanzó un suspiro.

—¿Por qué tan melancólico?—preguntó Harry apareciendo a su lado.

Ginny se había ido a charlar con Hermione, Luna y las demás mujeres. Sirius volvió a mirar la razón de su existir y volvió a suspirar antes de volverse hacia su ahijado.

—Estoy enamorado—confesó sin preámbulos.

Harry arqueó una de sus cejas y lo miró con cierto aire de diversión. Había veces, como esta, que él le recordaba tanto a James.

—¿Y eso es malo?—le preguntó Harry.

—Lo es, verdaderamente—indicó volviéndose a verla.

Ella giró el rostro hacia él, como si se hubiese sentido observada, y le dedicó una leve sonrisa y una cautivante mirada pícara llena de promesas que no ayudaron demasiado a Sirius. Ahora más que nunca se planteaba la posibilidad de desaparecer junto a ella.

—Pero Luna te ama, no veo el problema—dijo Harry.

—¿Cómo le dijiste a Ginny que la amabas?—quiso saber Sirius.

Fue el turno de Harry de suspirar mientras agitaba la cabeza suavemente y bajaba la vista al suelo.

—Fue el peor momento de mi vida—confesó Harry—Yo no sabía qué era lo que ella sentía por mi, por lo que estaba aterrado de ser rechazado. Le llevé una rosa y… se lo dije.

—¿Así directamente?—preguntó.

Harry asintió.

—Si prefieres puedes optar por la forma Lupin—dijo su ahijado riendo suavemente mientras le lanzaba una mirada a Remus que permanecía en la otra punta de aquella sala y hablaba con otro mago.

Sirius rió también recordando lo que le había contado Lunático: El pobre había elaborado todo un plan tan rebuscado, con cena a la luz de las velas, música romántica y rosas; pero al final habían terminado discutiendo por celos y Remus le había gritado a Hermione: ¡Maldita sea, te amo! Nada romántico pero efectivo ya que habían terminado haciendo el amor como condenados. Tal vez ese seria también su modo de confesarse…

Volvió a mirar a Luna pero descubrió que ella ya no se encontraba allí. Giró el rostro por toda la sala, buscándola, pero no la vio por ningún lado.

—Se fue hacia la parte de atrás—le dijo Harry que había notado la inquietud de Sirius.

Éste, sin decirle nada, comenzó a ir hacia allí. Aquella parte sólo estaba reservada para los organizadores de la boda, o sea la señora Weasley, Hermione, Fleur y los novios. Para su desgracia, allí no sólo se encontraba Luna sino que también Ron. Estaban a una distancia prudente entre ellos y no hacían más que charlar pero de todos modos se sintió molesto. La expresión de Ron al verlo se volvió seria, casi temerosa, pero la de Luna permaneció sonriente. Él se le acercó y la rodeó desde atrás, haciendo caso omiso a la presencia del otro, y comenzó a besarle el cuello hasta hacerla estremecer.

Ron, con el rostro completamente rojo, se apresuró a salir a salir de allí.

—¿Estás contento?—le preguntó Luna tirando la cabeza hacia atrás con los ojos mientras él continuaba besando la extensión de su cuello y acariciándola con la punta de su nariz.

—Mmm… ¿Debería estarlo?—preguntó él sobre su piel.

—Asustaste a… Ron—mustió ella mientras comenzaba a respirar con prisa ya que una de las manos de Sirius se había deslizado por su muslo, levantado un poco el vestido y logrado tocar parte de su piel.

—Sí, eso me hace muy feliz—contestó él apartándose un poco.

Ella lo miró con cierto disgusto. No había querido que se detuviera. Él comprendió aquella mirada pero no hizo ningún comentario al respecto.

—Estuve hablando con Remus y me dijo que estamos invitados a cenar a su casa para… ¡Luna!

Él había tenido la intención de hablar normalmente y luego, poco a poco, confesarle que la amaba. Pero ella se había apresurado y, atrevidamente, había comenzado a acercársele sigilosamente con ese movimiento de sus caderas locamente seductor y había colocado su mano justo ALLÍ.

—¿Qué?—preguntó ella con suma inocencia mientras movía su mano.

Sirius apretó los dientes e intentó apartarla con la mayor suavidad que pudo obtener. Pero eso le costó mil demonios puesto que lo que en realidad deseaba hacer era hacerla suya allí mismo o desaparecer junto a ella a algún sitio.

—¡Merlín, Luna! ¿Quieres volverme loco?—le preguntó.

Ella negó con la cabeza mientras en su rostro se formaba una expresión de confusión.

—No, sólo quería que me hicieras el amor… Pero si no quieres volveré a…

—Tsh… —le pidió silencio él colocando una de sus manos en sus labios-¿Quién dijo que no quiero? Sólo que aquí no porque….

Luna no lo dejó terminar lo tomó de la mano y lo arrastró hacia una puerta que estaba cerca de allí. La abrió y Sirius pudo ver que aquello era de un diminuto armario donde se guardaban unas cuantas escobas y productos de limpieza.

Sirius cerró rápidamente la puerta dejándolo encerrados y enseguida comenzó a besarla con verdadera pasión. La lengua de él no tardó en adentrarse en su boca, acariciando la de ella. Luna se aferró a su cuello y entrelazó sus dedos con el cabello de su esposo mientras era arrinconada en uno de los muros de aquel diminuto lugar. Luna mordisqueó suavemente su labio, tironeándolo y luego pasándole su lengua encima. ¡Merlín! ¿Por qué los besos de ella le hacían el mismo efecto que si hubiera tomado el más potente de las pociones afrodisíacas?

Y encima de todo, ese día ella se sentía más perversa de lo normal. Nuevamente, sin pudor, se frotó contra cierta parte de su cuerpo que ya había comenzado a crecer robándole unos cuantos gemidos ahogados sobre sus labios a Sirius. Y era mejor que se mantuvieran lo más silenciosos posibles si no querían ser descubiertos porque ambos habían olvidado colocar algún tipo de hechizo a la puerta pero estaban tan perdidos en sí y en lo que sentían que tampoco deseaban detenerse para hacerlo.

—Te deseo, Sirius—gimió ella mientras él comenzaba a bajar las delgadas tiras de su vestido que cubría sus hombros e iba besando cuanta piel encontraba.

Sirius murmuró algo ininteligible mientras volvía a arrasar su boca en un profundo y apasionado beso mientras que sus manos expertas hacían aumentar el placer de Luna con las caricias que le prodigaba a todo su cuerpo.

Él tomó una de sus piernas e hizo que rodeara su cadera, haciendo el toque más íntimo mientras que con la otra de sus manos intentaba desesperadamente desprender el cinturón de su pantalón y abrir luego la bragueta.

El plan era sencillo: le alzaría la falda del vestido, rompería la molesta ropa interior que en ese momento no hacía más que molestar y luego la penetraría una y otra vez hasta que ambos estuvieran satisfechos.

Pero cuando llegó a la parte donde rompía aquella provocativa prenda que él mismo había elegido, Luna se molestó.

—No tenías que hacerlo—dijo ella con tono represor.

—Si, sí tenía—contradijo él y en seguida la penetró con un solo movimiento.

Sirius se apresuró a besarla para que el gemido que dio ella no se escuchara tanto. Pero a medida de que las embestidas fueron haciéndose más y más veloces la tarea resultó casi imposible. Sirius se sentía morir del placer que sentía estar dentro de ella. La tomó de las caderas y la elevó, sosteniéndola en sus brazos.

—¡EY, PERVERTIDO LOCO!—dijo una voz conocida desde afuera del armario haciendo que los dos se detuvieran rápidamente— ¿Qué le estás haciendo a la inocente Luna?

¡Merlín, los habían descubierto!

—George—mustió Luna.

Sirius pudo comprobar que se encontraba con los ojos abiertos como platos, completamente pálida.

—Vamos, ya salgan que lo están esperando para las fotos—indicó George.

Sirius maldijo su suerte. Salió lentamente del interior de Luna y ambos se apresuraron, como pudieron, a arreglarse apresuradamente. Sirius tuvo que hacer un hechizo para reparar la ropa interior de Luna mientras ella se acomodaba el vestido. Ambos se miraron y vieron que, a pesar de su intento de arreglarse, no les iba a costar a los invitados atentos adivinar lo que habían estado haciendo.

Salieron, Luna con el rostro ahora ruborizado, y vieron la pícara sonrisa del pelirrojo. Pero Sirius tenía sus técnicas.

—Abres la boca—comenzó a decir con tono amenazante—y le digo a todos lo que sucedió la navidad pasada.

Sonrió triunfante cuando vio a George enrojecer tanto como su cabello mientras asentía nerviosamente con la cabeza. Él salió casi corriendo y Sirius rió divertido.

—¿Qué sucedió la navidad pasada?—quiso saber Luna.

—Eh… digamos que tuvo un pequeño incidente con… unas revistas muggles.—fue toda la respuesta que él le dio.