Capítulo 3
Las tres reglas
Ahora ya no se sentía nerviosa. Ni ansiosa. Ni siquiera se sentía culpable por mentir a Raoul. No se trataba de engañarle, sino de protegerle. Sabía que él nunca comprendería por qué ella deseaba volver a tomar clases del fantasma. Se lo prohibiría, seguramente, y ella nunca le perdonaría por ello. Así que, no eran verdaderas mentiras. Era una medida necesaria. Para ambos, para todos. Nadie, más que ella, debía saber que Erik seguía vivo. Y que volvía a verle. O, almenos, que volvería a verle. Porqué des de aquella extraña noche no le había vuelto a ver. Y ya había pasado una semana. Pero ella esperaba con paciencia. Estaba segura de que volvería a aparecer. Estaba completamente convencida.
Erik siempre había sido precavido. Sabía que no la vería hasta que no estuviera seguro de que podía hacerlo. Tardó un mes. Christine empezó a creer que lo había soñado todo, cuando volvió a aparecer ante ella. Aquell vez, no obstante, apareció en el teatro dónde hacía los ensayos. Ella se había quedado hasta tarde, tentando a la suerte. Y, aquella vez, la suerte le sonrió.
- ¿Esperando a alguien, vizcondesa?
Christine se giró y ante ella vio la imponente figura oscura del fantasma de la ópera. Ella sonrió y, en un arrebato impulsivo y estúpido, le abrazó. A pesar de la sorpresa inicial, él la aparto rápidamente de sí.
- Hay ciertas cosas que… debemos evitar –repuso él, con voz gélida.
Christine asintió rápidamente, avergonzada. Sabía que estaba enfadado con ella, pero que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejarse llevar por su ira. En el tiempo que habían estado separados, él había aprendido a no dejarse llevar por sus impulsos más instintivos e irracionales. No era fácil, para un artista tan intempestivo como era él, pero era necesario. Sin embargo, esa compostura y porte tan inescrutable que había conseguido adquirir en el tiempo que no la había visto estaba siendo puesta a prueba por el poco cuidado de Christine.
- Nada de tocar. Nada de quitarme la máscara. Y nada de llorar. ¿Entendido?
- C-Claro.
- A partir de ahora estas serán nuestras tres reglas. Si se te ocurre romper una sola de ellas, entonces sí que no volverás a verme. ¿Me das tu palabra de que no harás ningua de estas tres cosas?
Le hubiera gustado discutirle el absurdo de tales reglas y el injusto castigo que suponía romperlas, pero, dadas las circunstancias, sabía que no estaba en posición de replicarle nada. Era él el que le estaba haciendo un favor. Ella era la deutora.
- Te lo prometo, Erik.
- Bien, en ese caso, podemos empezar con nuestras lecciones.
Y así, a tientas, con miradas disimuladas y cierta tensión, reemprendieron sus clases. Era como volver a los viejos tiempos, sí… A veces parecía que nada había cambiado, que todo seguía igual. Sin embargo, todo era tan tan diferente. No había nada en ellos que no les recordara todo lo que había pasado, todo lo que habían sufrido. Ambos ejercían sobre sí mismos una fuerte represión. Erik escondía tan bien como podía su temperamento, mientras que Christine no preguntaba nada de lo que se moría por saber. Dónde había estado aquel tiempo, cómo había vivido, cómo había sabido dónde estaba ella, por qué había vuelto… Eran preguntas silenciosas, que aguardaban con impaciencia por salir de sus labios. Y a pesar de todo se callaba.
En cuanto a Raoul, Christine explicó una media verdad para hacerle comprensible su tardanza. Le dijo que tenía que dar clases particulares, para recuperar el tiempo perdido. Aunque a Raoul no le hacía mucha gracia que estuviera tanto tiempo fuera de casa, vio que aquellas clases hacían feliz a Christine y no dijo nada. A cambio, sin embargo, esperaba que ella hiciera ciertas concesiones. Como por ejemplo, hacer más visitas a sus padres. Aquello disgustaba profundamente a Christine ya que, al parecer, a la madre de Raoul le encantaba fastidiarla. Pero no se quejaba, puesto que ella misma reconocía que le debía algo a Raoul.
- Sigo sin comprender por qué ha cogido ese trabajo, Christine. ¿Qué hará cuando se quede encinta? –debía de ser la décima vez o así que la madre de Raoul (que se llamaba Nicole) le preguntaba lo mismo.
- No creo que por el momento Raoul y yo vayamos a tener hijos –respondía ella siempre.
- Oh, querida. ¡Pero eso es algo que no se puede controlar! Por eso las mujeres no trabajan.
Christine apretaba los dientes y cerraba el puño, intentando contener su furia. Nunca le contestaba, ni decía nada a sus constantes quejidos, burlas y comentarios desagradables. Todo, todo lo hacía por Raoul. Y empezaba a cabrearla de mala manera que él no hiciera nada en absoluto. Que ni una sola vez se hubiera dignado a defenderla. Era demasiado bueno para enfrentarse a su madre. Lo cual la obligaba a ella a tragarse según qué cosas intragables. Total, que cada domingo acababa con un cabreo de mil demonios y no tenía con quien desahogarse. A Raoul, óbviamente, no podía decirle nada. ¿Amigas? Desde Meg Giry no tenía ninguna mujer confidente. Y, bueno, después de los sirvientes sólo le quedaba… Erik. Impensable, tampoco, decirle nada a él. Del todo. Así que, en una de esas funestas tardes de domingo, Christine se decidió a escribir a su antingua amiga, Meg. Le escribió a la residencia que Christine conocía (con su madre). Esperaba que, almenos, si su madre recibía la carta, se asegurara de que le llegara a su nueva residencia (en caso de haberse casado o cualquier otra situación).
Pero ni Meg ni Madam Giry daban señales de vida. Y Christine estaba cada día más desesperada por encontrar alguien con quién desahogarse. Así que no se le ocurrió otra cosa que preguntarle a la única persona que también había conocido a Madam Giry si conocía su actual paradero.
- ¿Madam Giry? –respondió Erik, sorprendido por la pregunta. Últimamente no hablaban de nada en absoluto, sino que se limitaban a dar clases. Así que sorprendió de que ella sacara un tema diferente que no fuera la música-. Supongo que seguirá aceptando sobornos en la Ópera del algún que otro fantasma.
Siempre que le pillaba desprevenido le contestaba con sarcasmos o réplicas ingeniosas. Christine se molestó un poco por su contestación, pero trató de obviar su respuesta y persistir en su empeño.
- Es que… escribí a su casa pero no me han contestado.
- ¿Se puede saber a qué viene tanta urgencia?
- ¡Es que…! –Christinte se dio cuenta de que estuvo a punto de dejarse llevar por su extrema contención. Se calló y, tras una breve pausa prosiguió-. Sólo quería hablar con Meg.
- Ésa pequeña niña entrometida… ¿por qué querrías verla?
- ¡Es mi amiga! No hables así de ella… Dijimos que no hablaríamos de los viejos tiempos…
- Te recuerdo que has sido tú quién ha empezado el tema.
Christine se mordió la lengua.
- ¿Podemos empezar ya con nuestra lección? –dijo él, con algo de impaciencia.
- Erik, por favor… hasta ahora sólo te he pedido una única cosa… ¿No podrías ayudarme a encontrarla?
La impaciencia de Erik iba en aumento. Pero la contuvo con fría crueldad.
- Le recuerdo, Madam de Chagny, que ya tiene un marido para pedirle favores.
- ¡Pero no puedo pedírselo a Raoul! Es precisamente él el prob… -Christine se interrumpió abruptamente. Aquella noche le estaba resultando especialmente difícil contenerse. Volvió la mirada hacia Erik que, pudo observar que, tras su máscara, sus ojos habían cobrado cierto interés-. Necesito una mujer con la que desahogarme –trató de explicarse ella de un modo muy poco convincente.
- Si lo que necesitas es alguien para echar pestes e insultar el vizonde, créeme, nadie mejor que yo sabe menospreciarlo.
Aunque su voz siempre era segura y firme, la ira que iba creciendo en él la hizo temblar ligeramente.
- No creo que sea adecuado que hablemos de Raoul.
Erik la observó durante un rato, sin decir nada.
- Tienes razón –fue hacia el piano y se sentó en la banqueta-. Empecemos.
Justo cuando Christine empezó a creer que ya no volvería a ver a Meg Giry, recibió una carta suya. En ella le explicaba que se había casado con un rico burgués y que era muy feliz. También, le comentaba, que si había tardado tanto en contestarle (alrededor de dos meses) era porqué había estado de luna de miel durante aquel tiempo, pero que seguía viviendo en la misma casa. Para finalizar, la invitaba aquel mismo sábado a una comida en la que estaban invitados sendos esposos. Christine recibió esta última noticia con fastidio, pues su intención era la de hablar a solas con Meg. Sin embargo, se acontentó con ver a su amiga, aunque en la visita estuvieran incuídos los maridos.
Raoul recibió la invitación con cierta sorpresa, pero aceptó sin reparos a ir. Pronto llegó el día y Christine y Raoul se presentaron puntualmente en casa de Meg Loirent. Les recibió una criada jovencísima que les llevó al salón, dónde les esperaban Meg y su marido Nicholas. Meg saludo y abrazó efusivamente a Christine, mientras que con Raoul se portó con más recato y educación.
La velada transcurrió normalmente, fue agradable y entretenida. Durante todo el tiempo de la comida, a pesar de aparentar tranquilidad, Christine esperaba con desesperación la hora en qué las damas y los caballeros se separaban para hablar de las cosas propias de cada sexo.
- Bueno, cuéntame –le preguntó Meg, nada más salir los hombres de la habitación-. ¿Qué tal todo con Raoul?
- Oh, bien, bien –aseguró ella, segura de que no debía empezar demasiado deprisa con los reproches-. ¿Y tú, con Nicholas?
- Maravillosamente bien. Es todo lo que me había imaginado de un hombre y más. Jamás creí que tendría tanta suerte.
Christine hizo una media sonrisa carente de alegría.
- ¿En serio? Me alegro mucho por tí, Meg.
- Pero dime. He oído decir que has entrado en la compañía de Saint Germain¿no?
- Pues sí –dijo ella, enérgica. Hablar de aquel tema le producía mucho mayor placer-. Es como volver a los viejos tiempos. No sabes cuánto añoraba volver a cantar.
- Tienes suerte de que Raoul te lo permita…
- ¿Es que Nicholas no te deja? –la cortó Christine, con alarma.
- Oh, no, no. Por supuesto que sí. Pero yo no… ahora estoy casada y, ya sabes… prefiero dedicarme a lo propio.
Christine frunció el ceño.
- ¿Qué quieres decir?
- Bueno, ya sabes. Yo sólo era una bailarina del coro. No es como tú, que eres una gran diva… A mí no se me echará de menos… una corista más o menos…
Aunque no era el tema del que quería hablar, Christine respondió con excesivo acaloramiento.
- ¡Pero es tu carrera¡Es tu vida! Con esfuerzo, cualquiera puede destacar…
- Por Dios, Christine. No todas tuvimos un maestro que nos inculcó tales ideas. Para alguna mujeres, su vida es su marido.
Christine apretó los dientes, con irritación.
- Eso no son más que sandeces –replicó ella, con obstinación.
Para sorpresa de Christine, Meg no respondió a su provocación, sino que le sonrió con cierta ternura.
- Has cambiado. Ahora no te importa expresar libremente tus opiniones. Creo que, después de todo, la vida de casada te viene bien.
Christine la observó con cierta impotencia.
- Oh¡si supieras!
- ¿Qué ocurre?
- Verás, no quisiera pecar de egoísta, pero yo…
Meg se dio cuenta de que Christine estaba haciendo un verdadero esfuerzo para seguir. Ella la alentó.
- Vamos, dímelo.
- Quería verte porqué… porqué yo… necesitaba hablar contigo –a medida que iba hablando, sus palabras si iban atropellando, ya que iba más deprisa- necesitaba contarle a alguien y me di cuenta de que te echaba de menos, que necesitaba a alguien con quién desahogarme…
- ¡Por supuesto! Y yo estoy encantada de que lo hagas. Vamos. Cuéntamelo.
- Es sobre… la madre de Raoul. Me odia. Me hace la vida imposible. Y estoy harta porqué Raoul no hace nada, simplemente se queda mirando, como si eso no fuera con él… Y yo no hago más que tragar, porqué no puedo decirle nada y eso me hace sentir peor aún…
Christine había dicho todo aquello de un tirón, sin mirar una sola vez a Meg. Tras un silencio, volvió a mirar a Meg. Ésta volvía a sonreírle con ternura.
- Christine. Creerás que eres la mujer más desgraciada del mundo. Pero esto les pasa a tres de cada cuatro mujeres casadas. De verdad, sí, no me mires así –dijo, ante los ojos de incredulidad de Christine-. Así que acóntentate con saber que esto es lo normal.
- ¿Tú también…?
- Oh, no, por Dios. Nicholas es huérfano.
- Vaya. Lo siento.
- ¿Por tí o por él?
Christine hizo una sonrisa trémula.
- Bueno, yo… ya me entiendes.
- Te entiendo. De todos modos, ahora ya sabes que me tienes aquí para desahogarte siempre que quieras. ¿De acuerdo?
Christine asintió vigorosamente con la cabeza.
- Gracias, Meg.
- Y ahora hablemos de un tema menos serio, te lo ruego –le suplicó Meg, con una cara que le recordó mucho a sus tiempos de coristas-. ¿Sabes que hay un periodista escribiendo la historia de la Ópera?
Christine frunció el ceño, desconcertada.
- ¿A qué te refieres?
- ¡Del fantasma, por supuesto!
A Christine se le borró toda sonrisa de la cara y se puso pálida.
- ¿E… El fantasma de la Ópera?
- ¿Qué otro fantasma conocemos, tonta? –prosiguió ella, con su tono alegre-. Así que, como persona con influencias que soy, el periodista vino a mí, pero con la misma suerte que tú, yo estaba de luna de miel. Por eso me dejó una carta, rogándome una cita para visitarme. Y yo le contesté que, por supuesto, estaría encantada de contarle todos los chismes que sabía…
- Le… ¿le has visto ya? –la interrumpió Christine, agitada.
- No, no, vendrá el lunes.
- Y… ¿qué le contarás?
- ¡Todo, por supuesto¡Una historia así no puede quedar escondida en el sótano de la ópera! Así que lo que tú ya sabes, sobre Joseph Buquet, la Carlotta, el lago… su misteriosa desaparición… ¡Pero qué estoy diciendo! Seguro que todo esto ya se lo habrás contado tú¿no?
- Bueno yo… no me cogió en buen momento, la verdad.
- ¿Y qué le dijiste?
- Pues que el fantasma murió.
- Oh, pero eso es lo más aburrido… ¡Es más divertido creer que sigue deambulado por las calles de París!
- ¡Pero está muerto! –replicó ella con vehemencia.
- Ay, mujer, qué sosa eres a veces, de verdad. Yo le diré lo que creo y luego él que escriba lo que quiera.
- Meg, debes decirle la verdad. Murió –insistió ella.
- Christine, por Dios, es sólo un chismorreo, no debes tomártelo como algo personal…
- Meg, te lo pido por favor. Dile la verdad.
Meg hizo una mueca.
- Pero…
- Por favor.
Meg cedió de mala gana.
- Está bien, si te hace ilusión…
- Sí. Mucha ilusión.
- Bueno, bueno. ¡Pero recuerda que lo hago como un favor personal! Me debes una¿eh?
- Sí, sí. Lo que tú quieras.
- Hum. Bien –dijo ella, con relativa satisfacción.
Si no fuera porque conocía a Christine, Meg juraría que su amiga tenía algún interés oculto.
N.A.: Bueno, nuevo capítulo y creo que el último... agradezco aquellos que me dejaron algún review, pero son tan pocos que no creo que siga con el fic.Bueno, eso, si no es que ahora se anima la gente y me deja más de cinco riviews... Sí, suena a últimatum, lo sé... pero si no lo hago así no estoy segura de si vale la pena seguir con esto. Perdonadme, si creeis que es una medida extrema... Pero de verdad, a mi más que nadie le gustaría que este no fuera el último capítulo
