Capítulo 4
La sorpresa
Se sentía mejor des de que habló con Meg. Bueno, ligeramente mejor. Ligerisimamente respecto a como se sentía antes de verla… ¡Bah¿Para qué engañarse? No había mejorado para nada. Es más, sus últimas palabras en relación a aquel periodista chismoso la habían preocupado bastante. Y lo que era peor, no estaba segura de saber si sería adecuado informar a Erik del tema. ¿Cómo reaccionaría? Tal como era él, el asesinato era una de las posibilidades. Y Christine no soportaría ser la causante de que Erik volviera a matar. Si es que no lo había hecho ya. ¡Oh¡Qué ridículo era todo aquello¿Por qué tenía que sentirse tan extremadamente preocuada por Erik? No era lógico. Ni saludable. Pero no podía evitarlo.
Debía concentrarse en la música. Y no pensar más en aquellas cosas. Lo que hiciera aquel periodista a ella ni le iba ni le venía. Bueno, si no es que la incluía también en su increíble historia. Pero era imposible, porqué ella no le había dicho nada, y los únicos que sabían algo sobre su relación con Erik eran él mismo, ella… el Persa y Raoul. Y Raoul no querría recordar aquel espanto, por supuesto. En cuanto al Persa, supuestamente era "amigo" de Erik, así tampoco haría nada que pudiera… ¿molestar a Erik¿Perjudicarle? Bueno. Poco importaba. Porqué, como ya había pensado antes, a ella todo aquello no la incumbía.
Con aquellos inocentes pensamientos, Christine creyó que no tendría que volver a preocuparse de aquel periodista. Qué poco había aprendido en su ya magullada experiencia de la gente. Seguía creyendo en lo mejor de la gente. A pesar de todo, sí. Seguía pensando que la gente era buena por naturaleza. Qué ilusa había sido.
Todo empezó un tarde de Octubre. Christine volvía tarde del ensayo, puesto que había estado una hora más de la debida mejorando su canto con Erik. Como siempre, ella entró en casa y dejó su abrigo a la criada de turno. Dio unos pasos hacia las escaleras, cuando la voz de Raoul la detuvo.
- ¡Christine!
Christine se giró y vio que de la sala de estar salía un nervioso Raoul.
- Hola, Raoul –le saludó ella afectuosamente.
Él no se inmutó y le habló con el tono más frío que ella jamás había oído.
- ¿Dónde has estado?
- En el ensayo –contestó ella tranquilamente, algo desconcertada por el extraño comportamiento de Raoul.
- Hace media hora mi madre se encontró con tu director. Dijo que ya hacía un buen rato que habíais terminado.
Entonces Christine se percató de que, tras Raoul, en el salón, estaba sentada cómodamente su madre. Y con una sospechosa sonrisa en los labios. Christine sintió que la cara le ardía, pero se contuvo.
- Quería repasar mi solo. Me quedé un rato más.
- Pero eso podías hacerlo aquí –replicó él.
- No quería molestarte con el piano. Sé que te gusta trabajar en la sala contigua.
- No me gusta que te quedes sola en un lugar así. Prefiero que vengas aquí. Además, a mí no me molesta en absoluto que ensayes aquí.
- Pues a mí me molesta ensayar aquí porqué me da vergüenza que me escuches –contestó ella con más sequedad de la que hubiera deseado.
- ¡Vergüenza¡Cantaste delante de miles de personas tan sólo un año atrás¡Y de mí!
- Pero aquello no era un esayo. Me da vergüenza que veas mis fallos –dijo Christine, empezando a estar cansada de que todo lo que le decía tenía una réplica de Raoul. No tenía intención de ceder y sabía, ahora más que nunca, que no estaba dispuesta a renunciar a las clases de Erik.
- ¿Fallos, tú¡Imposible!
Christine dio un sonoro suspiro.
- Raoul, lo siento, estoy tremendamente cansada. ¿Te importa que vaya a cambiarme?
Raoul pareció dudar. Entonces Christine pudo ver con toda claridad lo que estaba pensando. Aquella conversación había sido claramente inducida por su madre. A él no se le hubiera ocurrido sospechar nada raro de ella. Y ahora, viéndole, sabía la encrucijada en la que se encontraba. Por un lado, quería complacer a su madre, pero, por el otro, no quería atormentar más a Christine. Finalmente se decidió.
- Baja cuando estés lista. Mi madre quería saludarte.
Christine forzó una sonrisa.
- Claro.
- ¿Qué tienes previsto para el próximo domingo?
Christine levantó la vista de la partitura que estaba repasando y miró sorprendida a Erik. ¿Le estaba hablando de algo que no era música? Imposible. Él jamás apartaba su antenta mirada de la música.
- El… ¿domingo? Lo normal. Ir a misa.
- Ya –dijo Erik, lacónico-. Y no podrías… ¿obviar tu cita con Dios?
Christine hizo una amarga sonrisa.
- No puedo. Mi suegra me vigila.
Erik alzó las cejas, con un gesto algo divertido.
- ¿En serio¿Por qué?
Christine dio un resoplido. Por un lado, le parecía una pregunta un poco absurda y, por el otro, dicho por Erik, sonaba mucho más extraño. Christine dejó de lado las partituras y miró a Erik. Su rostro, cubierto en parte por la máscara, seguía igual de inexpresivo que siempre. Nada en él había cambiado. Y, sin embargo, le había hecho preguntas extrañas. Christine quiso contestarle con alguna evasiva, pero en cuanto se fijó en aquellos curiosos ojos le fue imposible.
- Pues… porqué no le gusto. Cree que no merezco a su hijo, que no soy la esposa adecuada para él.
Entonces Erik soltó una carcajada muy poco frecuente en él.
- Vaya, vaya –dijo él con sarcasmo-. ¿Así que es bruja te vigila por qué cree que no mereces para el vizconde¡Por favor! Menuda estúpidez. Es obvio que el que no merece lo que tiene es él –Erik clavó los ojos en Christine y ella agachó rápidamente la cabeza sonrojándose-. Aunque… estoy de acuerdo en una cosa con esa mujer.
Christine levantó la mirada hacia Erik consternada. Christine presintió la sonrisa de Erik tras la máscara.
- Yo también creo que no eres la esposa adecuada para Raoul. Eres demasiado buena. No creo que nadie en este mundo pueda merecerte.
Christine se levantó precipitadamente de la silla en la que estaba sentada y empezó a dar vueltas por la estrecha habitación exaltación. Erik se limitó a quedarse sentado viéndola ir y venir. Finalmente se paró y miró con determinación a Erik.
- ¿Qué pasa con el domingo?
Erik tardó un rató en contestar.
- Oh, bueno. Eso –murmuró, como quién habla del tiempo-. Quería enseñarte algo.
Christine la miró de reojo, con desconfianza.
- ¿El qué?
- Es una sorpresa. Si te lo digo no tendría gracia.
Christine pareció plantearselo. Pero luego ante ella vino la imagen de Raoul y la responsabilidad se adueñó de ella.
- No puedo. Si digo que no voy a Misa porqué sí…
- Di que estás enferma. Que estás cansada. Pon una excusa.
La insistencia de Erik no hacían más que hacer dudar más y más a Christine.
- No debería…
- Es sólo un día.
- ¿Y si no me creen?
- Con ésa carita de ángel. ¿Quién no iba a creerte?
Los halagos no la estaban ayudando en absoluto.
- Todo esto es absurdo, deberíamos estar ensayando –intentó atajar ella.
- Christine…
Erik alargó la mano y cogió la de Christine. Ella se volvió hacia él con algo de alarma, pero no apartó la mano, sino que se limitó a mirarle como hipnotizada.
- Sabes que no me gusta rogar, pero si es necesario lo haré –siseó él, con la tenebrosa voz que solía utilizar él cuando hacía amenazas. Pero Christine no se sintió amenazada en absoluto, sino más bien… atrapada.
¿Cómo podía decirle que no?
- Oh, que no se me olvide, Christine –dijo Raoul durante el desayuno, mirando por encima del periódico a Christine-. El domingo tenemos boda.
- ¿El domingo? –preguntó Christine, abriendo mucho los ojos-. ¿Este domingo?
Raoul frunció el entrecejó.
- Mmm… no, no, este no. El de la semana que viene.
Christine respiro, aliviada.
- ¿Pasa algo?
- ¿Qué¿Pasar¡Nada, claro! Es que para este domingo no iba a tener nada que ponerme. Si es para el próximo tendré tiempo para ir a comprarme algo.
- Ah, bien. Mira por dónde, podrías ir con mi madre. Creo recordar que ella también necesitaba algo.
- Mmm…
Fantástico.
Se encogió más entre las sábanas. Cuando entró la sirvienta y le abrió las cortinas ella no se movió. Pasó un buen rato hasta que entró Raoul a verla.
- ¿No te levantas?
Christine hizo un callado quejido.
- No me encuentro muy bien –murmuró Christine.
Raoul fue a sentarse al borde de la cama para verle la cara. Estaba realmente pálida y tenía ojeras. Parecía enferma de verdad. Claro que, su aspecto era más bien debido a la falta de sueño y los nervios. Algo de lo que Raoul no estaba enterado en absoluto.
- ¿Qué te ocurre?
- Estoy algo mareada –gimió ella quejumbrosa.
- ¿Tienes náuseas?
- No lo sé.
- Mmm… en ése caso supongo que lo mejor será que hoy te quedes en cama.
- Oh, no, pero hoy hay Misa, debería…
- Ni hablar. Tú te quedas aquí recuperándote y no se hable más.
Christine hizo un débil suspiro.
- Oh, Raoul. Eres demasiado bueno.
Raoul le hizo una amable sonrisa y la besó en la frente.
- Descansa. Si cuando vuelva no te encuentras mejor llamaré al médio. ¿De acuerdo?
Christine dejó pasar media hora después de que Raoul se hubo ido para salir de la cama y empezar a arreglarse. Se sentía algo culpable, aunque aquel sentimiento se veía relativamente reducido ante la excitación de ver a Erik para algo diferente que no fuera trabajo.
Fue directa al armario y cogió el vestido que durante más de dos horas había estado decidiendo cogerse el día anterior. Se lo puso y se sintió maravillada ante su propia elección. Era muy sencillo, sin volantes ni grandes opulencias, muy cómodo y muy poco provocativo. Aquello último era de lo que más le había costado conseguir. La mayoría de los vestidos le marcaban mucho las curvas y aquel era de los pocos en que su figura de mujer no quedaba tan destacada. Aunque una parte de ella quería precisamente lucirse ante Erik, su constante precaución la hizo renunciar a su belleza. Lo último que quería erapreocupar a Erik por su aspecto.
Una vez se hubo arreglado y asegurado que no quedaba ningún criado, mayordomo o sirvienta en la casa, salió a la calle. El día era esplendido. El sol brillaba, el cielo estaba despejado y los pájaros parecían cantar. Era como si, después de aquellos meses de vacío y oscuridad, la vida empezara a sonreírle. De un modo un tanto cínica e irónica, pero, al fin y al cabo una sonrisa. Temporal, probablemente. Pero Christine prefería no pensar en ello. Porqué sabía que de hacerlo volvería a entristecerse. Ni siquiera quería pararse a pensar si aquella alegría era saludable o moralmente correcta. No quería pensar, sólo disfrutar del momento. Algo que nunca en toda su vida se había planteado. Siempre había pensado en el pasado o en el futuro. Nunca se había parado a pensar en el presente.
Puede que aquel fuera su momento.
Christine empezó a andar por las solariegas calles de París. El silencio reinaba en la ciudad. La mayor parte de la ciudad o dormía o estaba en la iglesia. Casi sin darse cuenta Christine llegó al teatro de los ensayos, donde había quedado con Erik. Pero en la puerta no estaba él. Claro que, aquello no la sorprendió en absoluto. No se imaginaba a Erik en plena luz del día. Seguramente estaría dentro esperándola o en algún rincón sombrío y oscuro. Dio la vuelta al teatro y encontró en la callejuela más estrecha que lo bordeaba un carro tirado por un caballo negro.
Christine sintió un escalofrío al recordar la última vez que había visto un caballo parecido. Por unos segundos se quedó quieta, esperando. De repente el terror la invadió. ¿Y si Erik no venía¿Y si se había arrepentido¿O era aquello una venganza por el comportamiento de Christine?
¿Por qué de repente había empezado a sentirse tan nerviosa?
¿Acaso tenía dudas?
Pero¿de qué?
Por suerte, todos sus temores y dudas eran del todo infundados. Tras las sombras del carruaje, Christine divisó el movimiento de una máscara blanca. De Erik. Entonces volvió a respirar, aliviada.
Erik le tendió una mano enguantada. Christine dio unos pasos hacia él, pero cuando iba a coger la mano que le ofrecía Erik, vaciló. Recordó las tres normas. Absurdas, por supuesto. Pero su quebrantamiento supondría graves consecuencias. Sabía que debía ser cautelosa. Aunque…
- ¿A qué esperas?
Aunque, si era Erik el que le ofrecía la mano… No iba a ser tan descortés como para rechazarlo. Christine posó sus dedos sobre los de Erik y sintió que un gran cosquilleó la invadía. Erik le apretó la mano y la ayudó a subir al carruaje. Entonces le dejó ir la mano. Christine se sentó al lado de Erik y se sintió extraña y absurdamente inquieta. ¿Por qué se había sentido así al tocarle la mano que, además, estaba enguantada¡Y tampoco era la primera vez que le daba la mano! Todo aquello era una tontería. No debía pensar en ello.
Ignorante de los pensamientos de Christine, Erik atió al caballó y puso en marcha el carruaje. Christine no despegó la boca ni se atrevió a mirar a Erik en todo el trayecto. Aunque tampoco es que él hiciera ningún esfuerzo por mantener alguna conversación inteligente. Parecía estar centrado en sus propios pensamientos.
No fue hasta que se detuvieron que Christine levantó la vista y habló.
- ¿Dónde estamos?
Se habían parado en otra callejuela estrecha y oscura que Christine no supo reconocer.
- En ninguna parte. He parado porqué he olvidado algo –respuso Erik, mientras se giraba para buscar algo detrás de su asiento.
Christine miró ansiosa, como una niña pequeña curiosa.- ¿El qué?-.
Erik no contestó y se limitó a mostrarle lo que había estado buscando. Una prenda de ropa alargada y negra.
- ¿Una venda?
- Ajá –asintió Erik mientras se la colocaba a Christine-. ¿Ves algo?
- No –contestó Christine, algo contrariada.
- Perfecto.
- ¿Pero dónde vamos? –preguntó Christine, mientras se tocaba la venda que tenía sobre los ojos, nerviosa.
- Es una sorpresa –se limitó a decir Erik, mientras el carruaje retomaba la marcha.
El trayecto a ciegas se hico eterno para Christine. Los nervios la estaban matando. No sabía dónde la llevaba Erik, ni por qué, ni cuando volvería. No dejaba de pensar en aquel momento, en que sus manos habían contactado. Y el pensamiento de que en cualquier momento Raoul volvería a casa y no la encontraría no dejaba de atormentarla. De repente no le parecía tan buena idea todo aquella. ¿Por qué cuando había salido de casa todo lo había parecido tan maravilloso¡No lo era, en absoluto! Estaba mintiendo a su marido. Estaba con otro hombre que, en otro tiempo, fue asesino, se enamoró de ella y la secuestró. ¿Por qué estaba con él, en lugar de con su marido, como debía ser¿Qué hacía allí¿Por qué se le revolvía el estómago cada vez que recordaba el momento en que le había dado la mano a Erik?
¿Por qué no dejaba de cuestionárselo todo?
Por qué, a pesar de haberlo deseado¿no era capaz de disfrutar del momento?
¿Pero como podía disfrutar de nada estando a oscuras?
Llegaron.
Erik volvió a cogerle la mano para ayudarla a bajar del carruaje. Y se la siguió cogiendo, para poder guiarla hasta el lugar dónde quería llevarla. Y Christine seguía sintiendo aquella extraña sensación en la boca del estómago al ser plenamente consciente del tacto de la mano enguantada de Erik.
Erik le hizo subir varios tramos de escaleras y largos pasillos. Christine empezó a impacientarse.
- ¿Adónde vamos? –preguntó de nuevo.
- Espera y lo sabrás –dijo él, en tono misterioso.
Después de subir varios tramos de escaleras y que Christine tropezará otras varias veces, se detuvieron. Con suavidad, Erik le soltó la mano para quitarle la venda.
Una luz cegó los ojos de Christine. Parpadeó un par de veces, hasta que se acostumbró.
Dio un gritó ahogado.
Conocía aquel lugar.
Continuará...
N.A.: Bueno gente, lo hemos conseguido. Y digo hemos porqué de no haber sido por vuestros reviews este capítulo no habría sido escrito. Siento la espera y haberos hecho creer que lo dejaría... pero últimamente no tengo tiempo de nada. En fin. Que al final lo hemos conseguido. Cuarto capítulo y más que se avecinan... ¡Gracias a todos por vuestro apoyo!
