Capítulo 5

El periodista

Ante ella tenía todo París.

Estaban en el tejado de la Ópera.

Christine se volvió hacia Erik, que la observaba expectante.

- Vaya, es… -Christine no encontraba las palabras. Y lo único que le venía a la cabeza era la pregunta-. ¿Por qué estamos aquí?

Erik tardó un rato en contestar. Christine no tenía claro si era porqué tenía que meditar la respuesta o porqué deseaba hacerla sufrir con el suspense.

- Asómate.

Christine levantó las cejas, con sorpresa, pero él se limitó a hacerle un gesto con la mano para que mirara. Christine obedeció con ciertas reticencias. Miró. Luego volvió a girarse hacia Erik.

- ¿Qué es lo que ves?

Christine se encogió de hombros.

- … ¿la calle?

- Sí, pero… ¿qué más?

- Pues… veo… unas vistas que… bueno, muchas calles y… -no parecía que fuera por el buen camino-. Erik, no entiendo nada. Aparte de las vistas de París no sé qué quieres que vea…

- ¡Exacto! ¡París!

Erik dio unos pasos hacia ella, con cierta exaltación.

- Ante ti tienes toda París. Sólo para ti –Christine frunció el ceño y le observó desconcertada. Erik prosiguió-. Quiero que cantes ante París.

Christine abrió mucho los ojos. Al fin lo entendía todo. No es que fueran a hacer nada especial. Simplemente era una clase más, en un espacio diferente, sí, pero una clase más. No sabía qué era lo que se esperaba, pero desde luego no era aquello. Y, obviamente, lo último que le apetecía en aquel momento era ponerse a cantar "ante" París.

- Erik… no puedes estar hablando en serio… no puedo… simplemente no puedo cantar aquí.

- ¿Por qué?

- Pues… porqué… es muy absurdo y… no tengo ningún acompañamiento y… -no parecía que Erik le convencieran tales excusas-. ¡Es francamente absurdo!

- Cuando acordamos que volvería a darte clases tú aceptaste acatar mis lecciones.

- Bueno, pero hasta ahora han sido cosas normales, pero esto…

- Christine, no debes tener miedo.

- No… no se trata de miedo…

- ¡Por supuesto que sí! Precisamente por eso quiero que lo hagas. Sé que estás aterrorizada. Han pasado dos años des de la última vez que pisaste un verdadero escenario –al recordar aquella última vez, Christine sintió un escalofrío que, por suerte pasó inadvertido para Erik-. Debes volver a habituarte a la gente.

Christine se cruzó de brazos.

- Erik. Sé que… sé que lo haces por mi bien, pero… y sé que prometí ser obediente y… -Christine suspiró. Bajó la mirada- no puedo. Lo siento.

No era lo que esperaba. De eso Erik se había dado cuenta. Su mirada, esquiva, se limitaba a mirar el suelo. Christine se apretaba las manos contra el pecho, como si sintiera mucho frío. Y no hacía frío. Erik sabía que no se lo esperaba, por supuesto. Era una sorpresa, después de todo. Lo que no esperaba es que aquella sonrisa con la que le había saludado, aquellos nervios, terminaran en aquel silencio. No era sólo sorpresa, o miedo por el reto. Era decepción. ¿Pero qué podía hacerla sentir tan decepcionada como para ser incapaz de devolverle la mirada?

- Ni siquiera vas a intentarlo.

No era una pregunta. Erik sabía que no podría convencerla. Más bien era un reproche. Christine se sintió avergonzada, se estaba comportando como una niña impertinente y tonta, como él tantas veces le había dicho en el pasado. Volvía a sentirse como entonces. Pero ella ya no era aquella niña, y nunca más volvería a serlo. Se había prometido a sí misma no volver a retroceder ante el miedo… o las decepciones. Sabía que la vida siempre estaría llena de impedimentos, decisiones y desilusiones a las que enfrentarse. Y si siempre retrocedía, nunca conseguiría deshacerse de ese sentimiento… esa vergüenza, esa falta de orgullo por sí misma. Debía imponerse a sí misma.

- Tú ganas –dijo finalmente Christine, volviendo a levantar la mirada, con una valentía que creyó no tener-. Cantaré.


Gaston llamó a la puerta. Tardaron en contestar. Pero él no desesperó. Sabía que aquella era la ocasión perfecta para entrevistar a madame de Chagny. Había estado muy esquiva durante semanas, pero su marido le había asegurado que se encontraba en casa, que seguramente no le importaría atenenderle. Por lo visto la chica no se encontraba muy dispuesta. La madre del conde había insinuado al periodista algo de que era algo propio en las mujeres recién casadas, nada que no pudiera arreglar el reposo. Pero que para lo que ella pensaba que tenía la chica, seguramente estaría disponible para contestarle aquellas preguntas. Y a eso iba.

La criada le abrió la puerta. Aunque tan sólo unos centímetros. Le hizo una extraña mirada.

- ¿Quién es?

- Soy Mr Leroux, me han informado de que la señora se encuentra en casa. Si es posible me gustaría verla para hacerle algunas preguntas.

- ¿Por qué?

Gaston no comprendía porqué aquella criada se mostraba tan reacia a abrirle la puerta, y mucho menos como unos condes podían tener una mujer así atendiéndoles.

- Soy periodista. Su marido me ha dicho que no le importaría contestarme…

- La señora se encuentra indispuesta.

- Estoy seguro de que podrá contestarme unas sencillas preguntas…

- Lo siento pero… -de pronto la muchacha se calló y se puso muy pálida. Parecía estar mirando algo tras el periodista, pero antes de que éste pudiera mirar, ella volvió a hablar- si quiere pasar y esperarla…

Gaston no comprendía en absoluto a aquella extraña muchacha. Miró hacía dónde hacía unos segundos la chica se había fijado, pero no vio nada. Se volvió a la chica, que le esperaba con la puerta abierta y entró.


- Tranquila. No te ha visto –mumuró Erik, girándose hacia Christine, que aún se escondía en el umbral de la puerta.

Christine alzó la mirada y suspiró con alivio.

- ¿Dónde ha ido?

- Ha entrado.

- ¡No!

- ¿Puedo saber quién es ése hombre?

- ¿No te hablé de él? ¡El periodista!

- Lo siento, querida, pero nunca has mencionado a ningún periodista –la voz de Erik parecía algo molesta, por no estar enterado, al parecer, de algo tan obvio.

Christine no se sentía con fuerzas de subir la dañada moral de Erik, así que fue directa al grano.

- Es un periodista que me ha estado preguntando sobre ti.

- ¿Des de cuando?

- Des de que volví a la música.

- De eso hace meses.

- ¡Eso es irrelevante! –chilló Christine, perdiendo los estribos-. No tengo ni idea de qué hacía Marie en casa, pero me acaba de meter en un buen lío. Si ése entrometido periodista se entera de que he mentido a Raoul seguro que saca provecho.

- ¿Qué sabe? –preguntó Erik, lacónico.

- Por ahora cree que estás muerto. Espero –suspiró Christine, recordando lo que le había dicho su buena amiga, Meg. Christine sacudió la cabeza, intentando no pensar en aquello ahora y se volvió hacia Erik-. Ayúdame, Erik.

La presencia de la máscara no ayudó en absoluto a Christine a descifrar el silencio imperturbable de Erik. ¿Cuál era el problema?

- ¿Cómo? –dijo, al fin, con un cierto deje burlón-. ¿Presentando mis respetos al buen señor y pedirle que te deje en paz? Me temo que no, querida.

Christine frunció el ceño. ¿Qué? Erik suspiró con algo de exasperación.

- Tengo que irme.

La ira, el dolor y la desesperación, se adueñaron de Christine.

- ¡Erik!

- Chut –la silenció él, poniéndose el dedo índice sobre los labios-. Aprende a no engañar a tu marido.

Y con esas palabras, tan sólo esas palabras, Erik se dio media vuelta y se marchó. Aún con la respiración agitada y con el corazón en un puño, Christine se encaminó hacia su casa, con toda la dignidad que fue capaz de reunir.


- Creí que se sentía indispuesta –dijo Mr Leroux, con cierta ironía.

- Necesitaba tomar el aire –contestó Christine, con frialdad.

- Y aún así la veo muy pálida.

- Disculpe, señor. ¿Quiere algo? ¿O su único propósito en la vida es incordiarme?

Mr Leroux hizo una sonrisa afectada.

- Veo que no le gusto mucho.

- Ha acertado usted.

- Bueno. Tampoco me importa mucho, si al final consigo lo que quiero. ¿Me contestará unas preguntas?

- Eso depende de lo que me pregunte.

- Está bien. Verá, el otro día estuve hablando con su marido… -Mr Leroux se detuvo unos segundos, para calibrar la reacción de Christine, pero para su eterna decepción no expresó emoción alguna con su gesto. Prosiguió-: Y me explicó lo que pasó aquella fatídica noche en la Ópera. Según su marido, la última persona en ver al fantasma fue usted. Cuando le pregunté a usted me dijo que murió. Pero ¿cómo lo sabe? ¿Lo vio usted morir?

- Lo último que vi es cómo se quedaba en aquel agujero sin salida, a la espera de una muchedumbre enfurecida.

- Según me informó su amiga, que iba en esa "muchedumbre", llegaron a la guarida, pero no encontraron a ningún fantasma.

- ¿En serio?

- En serio.

- Oh.

- ¿No lo sabía?

- No.

- Bueno, no importa. Su marido también me dijo que aquella no fue la primera vez que estuvo usted en la guarida del Fantasma –prosiguió Mr Leroux-. ¿Sabría usted indicarme el camino?

- Ése… Fantasma, como usted lo llama –siseó Christine expresando abiertamente el desprecio que en aquel momento sentía hacia su maestro- me arrastró en contra de mi voluntad, a penas era consciente de dónde estaba. No sabría decirle dónde estaba su guarida. Pero estoy segura de que Meg se lo contará encantada.

- No quiso decírmelo.

- ¿Ah, no? –preguntó Christine, algo sorprendida.

- Al parecer su amiga estaba tan confusa como usted, cuando iba de camino a la guarida del Fantasma.

- Qué pena –musitó Christine, ocultando con serias dificultades su alegría. Sabía que Eric ya no vivía allí, pero no dejaba de ser su santuario. Sería un sacrilegio dejar a ese hombre entrar.

En ése momento se oyeron voces, fuera, en la calle. Christine reconoció la voz de Raoul.

- Bien, caballero –dijo ella, levantándose-. Creo que ya he contestado a sus preguntas. Si me permite le acompañaré hasta la salida.

Algo reticente, Mr Leroux obedeció a Christine sin decir nada.

Cuando ya se hubo ido y Christine explicó a Raoul que ya se encontraba mucho mejor, él no pudo evitar preguntarle:

- ¿Qué te ha preguntado el periodista?

- Oh, ya sabes. Lo de siempre.

Raoul arqueó una ceja.

- ¿Y qué le has dicho?

- Lo que sé: que el Fantasma ya no existe.

Y, de alguna manera, era cierto, puesto que tampoco existía ya la Opera Populaire como tal. Tan sólo un hombre llamado Erik.

Una vez Christine estuvo del todo segura de que Raoul no sospechaba nada, ni sobre su enfermedad, ni sobre Mr Leroux, Christine fue a buscar a Marie. La llamó y habló con ella en un rincón apartado.

- ¿Qué hacías esta mañana en casa?

- Yo… olvidé… algo.

Christine no acabó creerse aquella explicación. O bien la chica quería ocultar algún interés personal (algún amante o algo por el estilo) o bien tenía una pequeña espía en casa. Fuera una cosa u otra, sabía que había un modo infalible para conseguir el silencio de un criado.

- No sé lo que sabrás. Pero esto –dijo, poniéndole un cuantioso billete en las manos- es por tu silencio.

- Yo… le juro que no sé nada, de verdad.

- Lo sé. Pero creo que ya va siendo hora de que te compres unos zapatos nuevos.

La chica hizo una tímida sonrisa y, son un asentimiento, volvió corriendo a sus tareas. Christine dio media vuelta y volvió a sus aposentos. Sin embargo, al pensar en lo ocurrido, sintió un escalofrío en la espalda. No sólo había mentido a su marido, al periodista y embaucado a la criada. Sentía como si todo aquello fuera sólo el principio. Como si en ella se estuviera produciendo un cambio. ¿Se estaba volviendo mala persona? Empezaba a utilizar los mismos trucos que Erik. ¿Sería que pasaba demasiado tiempo con él? ¿O que le estaba influenciando más de lo que ella se permitía admitir?

En el momento en qué en su mente se pronunció el pensamiento de que, tal vez, era peligroso seguir viendo a Erik, trató de borrarlo inmediatamente. Porqué, a pesar de todo, no podía evitar recordar aquellos tiempos en que él no estuvo. Y se le hacía casi insoportable pensar en aquella posibilidad.

Sin apenas ser consciente, había vuelto a caer en las redes de su Ángel de la Música. Y esta vez su caballero de armadura blanca había sido cegado con el velo de la ignorancia.


N.A.: No quería dejar esta historia, la verdad. Si no he actualizado... bueno, es porqué estoy muy liada y lo voy dejando, se me olvida... Hoy, de pura chiripa, he visto que tenía un review. De no haber sido por este recordatorio... Bueno, a lo mejor pasaba otro año más.

Espero poder seguir adelante con la historia.