Capítulo 6

Sueños de perfección

Erik se retrasaba. No le bastaba con estar ya de por sí cabreada con él por el plantón del otro día, sino que ahora no se dignaba ni a aparecer. ¡Al final iba a resultar que era él el enfadado y que por eso no aparecía!

Christine empezó a dudar sobre si realmente Erik aparecería, pues era harto extraño que fuera impuntual. Puede que algo le hubiera surgido... algún asunto... o que algo o alguien lo hubiera retenido. ¿Pero... quién? ¿Con cuántos seres humanos a parte de ella misma de relacionaba Erik? Difícil pregunta y moralmente comprometedora respuesta. Se sintió algo culpable por pensar que Erik no hablaba con nadie más que ella. En parte porqué albergar dicho pensamiento le parecía egoísta, en parte porqué el hecho de estar bastante convencida de que estaba en lo cierto le producía un desagradable nudo en el estómago.

- Oh, Erik. ¿Dónde estás? –suspiró Christine para sí misma.

Entonces, como si alguien diera respuesta a su pregunta, un golpe se oyó en la puerta. Christine dio un salto del susto. Parecía como si... alguien hubiera chocado contra la puerta. Con el corazón en la boca, Christine se acercó a la puerta, pero no oyó nada. Puso la mano sobre la manecilla, contó hasta tres y abrió la puerta.

Ante ella apareció Erik. Aunque algo encorvado, y con la respiración entrecortada.

- ¿Te encuentras bien?

Erik asintió con la cabeza y entró sin más preámbulos para dejarse caer sobre la banqueta de un modo brusco e inquietante.

- Empecemos –murmuró, con tosca voz.

Christine se acercó a él, aún con recelo.

- Has tardado.

- Usted perdone madame de Chagny, pero el mundo no gira a su alrededor –replicó él, desdeñoso.

El rubor tiñó las mejillas de Christine, al recordar lo que hacía unos pocos segundos había pensado. Sin embargo, y a pesar de sus desagradables palabras, Christine no desistió en su empeño, pues percibió una clara afonía en su voz. En ese momento Erik sorbió, y Christine supo claramente que aquello era señal inequívoca de no menos que un resfriado. ¡Si al menos pudiera verle la cara sabría calibrar mejor su estado!

- Erik, no estás bien.

- ¡Yo decidiré si estoy bien o no!

Christine se sentó a su lado en la escueta banqueta y antes de que él pudiera evitarlo, ella posó una mano sobre lo que adivinaba era su frente tras la máscara, para confirmar sus sospechas.

- ¡Estás ardiendo!

Erik apartó violentamente la mano de ella de su frente.

- ¡Déjame!

Christine se levantó de la banqueta molesta.

- ¿Se puede saber cuál es tu problema?

- ¡Tú! ¡Con tus manitas, y miraditas... –al levantar la voz, le dio un acceso de tos- y ese maldito perfume... –añadió, con un gruñido, mientras la voz persistía con más virulencia.

Christine se quedó observándolo un rato, sin hacer nada, hasta que dejó de toser.

- Debería verte un médico... –repuso ella, con calma.

- ¡No! –exclamó él, casi sin aliento-. No –repitió, algo más calmado. Luego suspiró, y, haciendo lo que parecía ser un esfuerzo sobrehumano para su orgullo, dijo en tonos apagados-: llévame a casa del persa.

- ¿El persa? –preguntó Christine, confusa- pero...

- ...no está muy lejos.

Christine abrió la boca, para reclamar, pero la más que patente debilidad de Erik y el evidente esfuerzo que había hecho para ceder ante la insistencia de ella para tratar su enfermedad, prefirió callarse y obedecer.

- Indícame el camino.

***

Llegaron, a trompicones, y después de lo que pareció una eternidad para Christine, a la casa del persa. Erik estaba más mal de lo que quería admitir, pues su cuerpo estaba excesivamente caliente y sudoroso, y apenas se podía sostener por su propio pie, con lo cual Christine tuvo que ayudarle, dejando que se apoyase sobre ella. Fue una suerte que la casa del persa no estuviera muy lejos del lugar dónde hacían las clases.

Christine llamó a la puerta, no muy segura de que realmente fueran a encontrar un amigo en aquel lugar. Sin embargo, Erik estaba casi inconsciente y Christine sabía que si no encontraban la ayuda que necesitaban allí, poco más podría aguantar ella.

Abrió la puerta el Persa. Christine le reconoció por su tez morena, no porqué les hubieran presentado nunca, pero si tenía duda alguna, la cara que puso él al verles fue más que concluyente.

- Te lo advertí.

Erik hizo un sonido que parecía ser una risa amarga.

- Ya me conoces.

- Por desgracia. Déjame que quite de encima un peso a madame –prosiguió adelantándose y cogiéndole. Erik apartó el brazo de Christine y se dejó caer sobre el persa.

Entraron en el comedor y Christine les siguió, cerrando la puerta tras ella. El persa dejó caer a Erik sobre el sofá y le ayudó a tumbarse. Se dispuso a quitarle la camisa a Erik, pero se detuvo, mirando a Christine.

- No sé si madame debería estar presente...

- Quiero ayudar –aseguró ella.

Erik murmuró algo apenas audible, que sólo el Persa entendió.

- Él preferiría que no estuviera.

Christine sintió su cara enrojecer de la ira. Apenas pudo ocultar su enfado.

- Al menos podré esperar hasta saber si se encuentra bien.

- Por supuesto, madame... pero aquí mi oculto amigo es tremendamente pudoroso.

Sin añadir nada más, Christine salió de la habitación.

***

- ¿Puedo verle?

- Está dormido.

- Es igual.

- Está dónde le dejó.

- Gracias.

Christine fue directa hacia el salón, seguida no muy de lejos por el Persa. No hizo sino disgustarla aquella vigilancia constante, pero pretendió no ser consciente de su presencia.

Se sentó al lado de Erik y, por la tranquilidad de su respiración, pudo confirmar que dormía. Sin embargo, mantenía, como una carcasa, la máscara puesta. Como si ocultar su feo rostro fuera más importante que el cuidar su mal estado.

- ¿Por que no le quita la máscara? –dijo ella, levantando la vista hacia el Persa.

- Me mataría si lo hiciera.

- Podría morir de asfixia.

- Es muy tarde. Su marido estará preocupado –concluyó el Persa, zanjando la cuestión.

Ella quiso replicarle, decirle que no era de su incumbencia y que prefería preocupar a su marido antes que abandonar a Erik. Pero no lo hizo. En lugar de ello, asintió en silencio. Aunque no sin antes dejar clara su intención de regresar.

- ¿Podré venir mañana a verle?

- Claro... sólo asegúrese de que nadie la sigue cuando venga.

- No se preocupe.

***

- ¿Dónde estabas? ¿Por qué llegas tan tarde? ¡Casi aviso a la policía! Christine... ¡Christine! –exclamó Raoul, al ver que su mujer no le contestaba- ¿Por qué no me hablas?

- Lo haría si me dejaras –repuso ella, con tranquilidad, mientras empezaba a subir las escaleras que la conducían a su habitación, quitándose las horquillas del pelo.

Raoul le seguía, subiendo a trompicones y hablando como un loro.

- ¡Pues habla, habla! ¡Aquí espero yo! ¡Mírate! Es como si no te importara lo más mínimo... ¡casi me da un ataque de la preocupación!

Christine puso los ojos en blanco, consciente de que, al estar situado detrás suya Raoul, no podría ver la expresión de impaciencia que hacía.

- Nos retrasamos. El ensayo se alargó –repuso ella, al llegar al rellano y se girara para hablarle.

Raoul se detuvo a medio escalón, mirándola perplejo.

- ¿Y ya está? ¿Eso es todo?

- Sí. ¿A qué tanto escándalo? Si hubieras sido tú no le habrías dado la menor importancia.

- Tampoco a ti te importa demasiado –dijo, en tono bajo y amargo.

- ¿Perdona?

- Digo que últimamente parece que no te importo.

Christine se quedó un largo rato, mirándole impertérrita, con la respiración alterada.

- Creo que será mejor que esta noche duermas en tu habitación.

Dicho esto, Christine dio media vuelta y se metió en su habitación dando un fuerte portazo.

Más tarde, aquella misma noche, alguien llamó quedamente en su puerta. Christine lo oyó, porqué no había podido pegar ojo en varias horas, pero no se movió, no se levantó, como otras noches hiciera, para abrirle la puerta a su marido. Aquella noche no hubo reconciliación alguna, como cada vez que habían discutido en anteriores ocasiones. Porqué aquella noche el problema no era Raoul, ni nada de lo que él pudiera haberle dicho, sino los turbios pensamientos de Christine. En su mente acechaba Erik, que no cesaba de preocuparla, de desear poder estar allí, junto a él, para cuidarle. Pero no podía, debía quedarse, allí, preocupada, en su lecho conyugal.

Finalmente Christine consiguió dormirse, pero ni siquiera en sueños Erik la abandonó. Soñó que le encontraba restablecido, tocando el piano para ella. Él estaba de espaldas y Christine se acercaba a él por detrás, para poner una mano sobre su hombro. Erik se giró hacia ella y al hacerlo, ésta apartó momentáneamente la mano de él, sorprendida. No llevaba la máscara.

Pero lo que vio no fue aquel rostro demacrado y deforme, sino unos maravillosos ojos verdes, una nariz recta, unos labios perfectos: era Erik, y sin embargo, su rostro era bellísimo.

Ante la sorpresa de ella, él no hizo sino sonreír y tomar entre sus manos la mano que ella apartara unos segundos antes para darle un ardoroso beso a su palma. Aún incrédula, ella puso la otra mano sobre la que solía ser su corroída mejilla para apreciar, una vez más, que era perfecto.

Perfecto.

Entonces Erik la estiró hacia él y la sentó en su regazo para besarla, besarla de aquel modo que tanto había deseado, en sus labios, sus pómulos, su cuello, su delicada piel...

Fue aquel el momento en qué Christine despertó en su casa, dónde también dormía su marido, Raoul. Y entonces, muy a su pesar, recordó aquella conversación que una vez mantuvo con Raoul, cuando la ópera aún era ópera y ella aún era una inocente doncella.

"Tiene miedo... pero ¿me ama?... Si Erik fuera hermoso, ¿me amaría, Christine?"

"¡Desventurado! ¿Por qué tentar al destino?... ¿Por qué preguntarme cosas que yo oculto en el fondo de mi conciencia como se oculta el pecado?"

Christine enterró el rostro bajo sus temblorosos brazos y de dejó llevar por un silencioso llanto.

***

A la mañana siguiente, antes de que Raoul despertara y la discusión de la noche anterior pudiera renacer entre ambos, Christine salió rauda de su casa para ir a visitar a Erik. Como bien le había aconsejado el Persa, Christine se aseguró de que nadie la siguiera, e hizo bien, pues pronto comprobó que una sombra la acechaba a cada esquina. Decidió dar una vuelta más larga de lo necesaria para despistar al dichoso curioso. Sin embargo, el personaje parecía experto en espionaje, por lo que la cantante a punto estuvo de desistir en su empeño. Por suerte, era día de mercado y Christine encontró una calle abarrotada de gente. No era un sitio por el que soliera frecuentar una vizcondesa, pero servía a la perfección para su propósito: pronto desapareció el desconocido.

Christine dio un exagerado suspiro de alivio cuando llegó a casa del persa y este le abrió con gesto afable. En ése momento la vizcondesa se preguntó cómo podía ser aquel hombre tan simpático amigo de Erik. Pero entonces pensó que ella era quién menos podía juzgar algo así, por lo que desechó rápidamente dicha idea.

El Persa la invitó a entrar, aunque no sin antes asegurarse de que no hubiera ningún agente sospechoso en la calle.

- ¿La ha seguido alguien?

Christine se estaba quitando su capa y no pudo menos que mostrarse sorprendida ante la seguridad con la que la cuestionaba.

- Sí, pero le despisté. Cómo lo...

- Erik siguió ayer a su curioso periodista. Por eso cogió la gripe, se pasó varias horas espiándole bajo el chaparrón que cayó anoche.

Ella se quedó mirándole con el ceño fruncido.

- Como que... pero si dijo que... dijo que... –tartamudeó ella, sintiendo que le encogía el corazón al entender el significado de aquellas palabras. ¡El muy canalla! ¡La había engañado! Le había hecho creer que no le importaba, cuando en realidad...

- Vaya a verle. La está esperando –le indicó él, tendiéndole una mano para que fuera al salón, dónde le había dejado la noche anterior.

Christine entró en el salón, mientras veía cómo el Persa se recluía en otra habitación de su casa. Vio que Erik estaba en el sofá, recostado, con una manta en los pies, leyendo el periódico. No fue hasta que la cantante se hubo sentado a su lado, que él levanto la vista de su lectura. Permanecieron un rato observándose mutuamente.

Christine hizo ademán de hablar, pero las palabras murieron en su garganta.

- No se le puede decir nada a este hombre –gruñó Erik, entre dientes, apartando a un lado el periódico que tenía entre manos y cruzándose de brazos.

- ¿Por qué eres tan terco?

Erik soltó una exclamación.

- Los años niña, los años.

Ella hizo una breve sonrisa, bajando la vista. Cuando volvió a levantarla, y se enfrentó de nuevo a su máscara, no pudo evitar recordar su sueño. Y al tenerle tan cerca, no pudo sino acrecentar una curiosidad que creía haber perdido.

Deseaba volver a cometer la locura que años atrás casi la mata. Deseaba quitarle la máscara. A pesar de saber lo que se encontraría, a pesar de saber que no sería como en su sueño. Aún así, quería quitársela. Sin embargo, no lo hizo.

- ¿Qué tal te encuentras?

- ¿Por qué? ¿Te has encariñado con el papel de enfermera? –respondió él, socarrón.

Christine negó con la cabeza, ignorando su sarcasmo, con aire ausente.

- Soñé que no llevabas máscara, Erik.

Al decir estas palabras, se dio cuenta de su error. Notó un cambió en Erik, cómo la miraba con frialdad y recelo, cómo aquel breve encuentro relajado se disipaba. Si hubiera podido ver su rostro, sabría que lo habría visto transformarse por la crispación.

- Y yo que dejabas de ser entrometida. Pero al parecer hay cosas que nunca cambian.

- Erik...

- ¿Recuerdas las reglas?

- Erik, yo no he dicho que...

- ¡¿ Las recuerdas?! –bramó él, provocando que ella se levantara asustada.

- S... sí –murmuró temblorosa.

- Pues harás bien en no volver a olvidarlas.

Christine suspiró, sintiendo que todos sus colores se les subían. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué era tan desagradable? ¿Por qué no la dejaba acercarse? Quería decirle algo, algo apropiado, hiriente, demostrarle que ya no era una niña, que podía sobreponerse a sus gritos y que podía enfrentarse a él.

Pero justo en aquel instante llegó el Persa, alertado por los gritos, y todo buen propósito de Christine fue olvidado prestamente. Salió corriendo del salón sin ni siquiera despedirse.

El Persa miró a Erik con desaprobación.

- ¿Por qué le haces esto?

- ¡Porqué no puedo permitir que se autodestruya conmigo! ¿Entiendes? ¡Ya ni siquiera teme...! –Erik se interrumpió y miró al Persa, contrariado.

- ¿... tu rostro?

Erik no dijo nada más, se limitó a bajar la mirada y taparse con la manta, enfurruñado. Visto su humor, el Persa decidió que lo mejor sería irse. Sin embargo, cuando ya estaba en la puerta, Erik volvió a hablar, con la voz ronca.

- Está casada. Casada.

- Lo sé –repuso el Persa-. Pero el corazón no entiende de convenciones sociales.

El Persa se fue, y Erik trató de volver la vista al periódico, pero la congestión no le permitió leer ni media línea.

- ¡Al infierno con el periódico!

En un tempestuoso arrebato, Erik se levantó y se puso a aporrear el pobre piano, que nada había hecho. El Persa, una planta más abajo, sonrío con tristeza. Qué fácil era conocer los sentimientos de su amigo.


N.A.: Bueno, como veis, después de mucho tiempo he continuado la historia. Antes que nada quería advertiros, lo que dije en el capítulo 3, quedó totalmente anulado después de publicar el cuarto, ya que como habéis podido comprobar, he continuado. No me gusta dejar las cosas a medias, y mucho menos si veo que realmente hay gente que lo sigue... otro tema en el CUANDO, que es siempre cuando puedo y lo siento mucho por tardar (¿un año?) pero por escribir aquí no se gana dinero y sólo le dedico algunos ratos libres. Ahora, no sé si habré dicho esto, pero la velocidad de actualización es directamente proporcional a mi motivación, a la cual, sólo se le echa leña con reviews. ¡Así que ya sabéis!

Nada más, sólo quería agradecer los reviews a Murron, Lady-Vania, Lady Bathory, May Potter; Medumisakura, Afrodita, Alexdir, Nadesiko-san y Ariakas DV! ¡A mi me da igual si me ponéis sólo un "continua, continua", agradezco un montón todos vuestros comentarios (o críticas constructivas) y saber que os gusta!