Capítulo 7
¡Traición!
Christine no volvió a visitar a Erik. Ignoraba su estado, y deseaba pensar que poco le importaba. Centró toda su atención en sus ensayos, pues pronto sería su primera actuación después de aquel fatídico día en la Ópera de París. Tarea que, a pesar de las apariencias, de les antojó mucho más difícil de lo que jamás habría imaginado: las constantes interrupciones de la madre de Raoul durante sus ensayos la estaban volviendo loca. Parecía que la vieja loca no confiaba en los inocentes retrasos de su hija política y deseaba vigilarla. Puede que fuera precisamente eso lo único bueno de no ver a Erik: aquella entrometida no tenía nada que descubrir, pues ya no se veían. Quiso creer que aquello era un alivio, el dejar de ver a Erik significaba también dejar de mentir a Raoul... y supuestamente aquello era algo bueno. Y era algo bueno. ¡Claro que sí! Sus nervios tan sólo eran fruto del miedo a la próxima representación, nada tenían que ver con la ausencia de Erik.
Las elucubraciones de Christine fueron interrumpidas por una voz chillona y desagradable.
- Acuérdate de las camisas que vimos el otro día. Debes ir a recogerlas mañana a primera hora. Verás que contento se pone mi Raoul. Ya lo verás cuando... ¿Christine? ¿Christine, me escuchas?
- Por supuesto, Madame de Chagny.
- Bien. Porqué también deberías...
La incesante verborrea de aquella mujer parecía no tener límites. Era como un martilleo en su cabeza, que allá dónde fuera parecía seguirla. ¿Por qué no la dejaba en paz? ¿Tanto la odiaba que tenía que atormentarla a todas horas con su ingrata presencia?
En fin... tendría que hablar con Raoul... Aunque, francamente, no sabía si aquel era el mejor momento para hablarle del tema a Raoul. De aquel tema y de cualquier tema en general. Des de aquella noche sus relaciones no habían sido muy... agradables. Había un cierto resquemor entre ellos, una constante situación incómoda. Ambos trataban de actuar como si nada, educadamente. Pero precisamente aquel exceso de educación era el que más delataba lo extraño de la situación.
Oh, ¿por qué tenía que ser todo tan complicado? ¿Por qué tenía que soportar todo aquello? Porqué no podía, simplemente, irse y vivir en paz. Sí... una idea que cada día la tentaba más. Pero luego la realidad, la cruda realidad volvía a ella, y se daba cuenta de que pensar en tales cosas era una estupidez. ¿Irse? ¿Adónde? ¿Vivir en paz? ¿Sola? ¿Y con qué dineros?
Un imposible, imposible. Además, no deseaba dejar París. Siempre se había sentido cómoda allí.
- Quédate aquí. Voy a hablar con mi amiga –le ordenó, de repente, La Madame, hablándole como si fuera su sirvienta. Aunque acatar tal orden no era un problema para Christine: estaba deseando deshacerse de su presencia. ¡Alejarse de ella aunque sólo fuera un instante era la felicidad absoluta!
La madre de Raoul salió corriendo en busca de su amiga. Christine se quedó parada, mirando a su alrededor. Estaba en medio del mercado, donde los ajetreados comerciantes, los sirvientes y los curiosos merodeaban por doquier. ¿Cómo habían llegado allí? Christine suspiró, con cansancio. Ya no sabía ni por dónde andaba.
Dio unos pequeños pasos, sin ir a ninguna parte, observando la gente a su alrededor. No paraba atención a nadie en especial, cuando vio aparecer al Persa. Su corazón le dio un vuelco. ¿Debería saludarle? Pero, ¿y si la veía la madre de Raoul, que pensaría? ¿Y en caso de hablar con él... debía preguntarle sobre Erik? Sería, lógico, puesto que era lo único que tenían en común ambos, aunque sería muy extraño, puesto que hacía semanas que no vería Erik... e imaginaba que, al residir en la misma casa que Erik, se había enterado de lo sucedido... Entonces, ¿que hacía? ¿Fingía que no le había visto? Aunque sería innecesariamente maleducado por su parte no dirigirle ni siquiera un "hola". Su padre siempre le dijo que había que mantener un mínimo decoro con la gente, aunque fueran extraños...
- Buenos días, Madame de Chagny –la saludó el Persa, al pasar por su lado.
Y ya se estaba yendo cuando Christine se dio cuenta de lo sucedido... Se dio media vuelta corriendo.
- ¡Buenos días! –exclamó ella, en una octava más alta de lo que habría deseado- Disculpe... –el Persa se paró, al ver que Christine deseaba decirle algo- pero creo que no sé su nombre...
- Oh, no se disculpe Madame. Ambos sabemos que las condiciones en qué fuimos presentados no fueron las idóneas. Mi nombre es Nadir.
- Encantada, Nadir. Y, por favor, llámeme Christine.
- Como guste.
Hubo una breve pausa entre ambos. Nadir percibió, por la mirada indecisa de ella, que quería preguntar algo más. Y podía intuir con bastante certeza el qué.
- Nuestro amigo común se encuentra ya completamente restablecido.
Un ligero rubor tiñó las mejillas de Christine.
- Ah –se limitó ella, tratando de no mostrar el interés que realmente sentía.
- ¿Y qué tal se encuentra usted?
Christine miró de soslayo a la madre de Raoul e hizo una mueca.
- Bien, bien. Nerviosa por el estreno.
- Aunque él nunca lo admita, echa de menos sus ensayos –dijo él, en tono confidencial.
- ¿En serio? Quién lo diría.
Nadir sonrió.
- Le diré que le manda saludos de su parte –concluyó él, marchándose.
Christine no pudo evitar soltar una exclamación. ¿A qué venía aquello? ¿Y por qué aquella sonrisa? Hmm... bueno, al fin y al cabo, era amigo de Erik. ¿Qué más se podía esperar de alguien con tales amistades? Comportamientos extraños e incomprensibles.
Pronto reapareció la madre de Raoul (que, por suerte, no había visto nada) y dejó de pensar en el extraño comportamiento del Persa.
* * *
La mañana del estreno de la obra Christine seguía dándole vueltas a lo que había dicho Nadir. ¿Erik echando de menos sus ensayos? Echando de menos... ¿su compañía? ¡No! Imposible. Aunque en los últimos días se hubiera comportado mejor (al menos antes del catarro), aquella especie de educación, cordialidad con la que se escudaba a todas horas no hacía más que acentuar la frialdad con la que la trataba. La ayudaba, sí, pero... Christine sabía que, después de lo que le había echo, después de todo... la odiaba. Tenía que ser así, por fuerza. Y si hacía lo que hacía era porqué realmente creía que tenía talento. Pero no por ningún tipo de sentimientos pasados. No, era imposible. ¿Qué necio seguiría amando la mujer que lo rechazó por otro hombre?
Así pues, sólo había una explicación plausible. Erik echaba de menos la música que creaban juntos. Pero nada más. Es decir, que al final y al cabo, tras las palabras de Nadir no podía haber doble sentido: Erik echaba de menos los ensayos y sólo los ensayos. Ella no tenía nada que ver. Y si Nadir se lo había dicho a ella era porqué... sabía que estaba nerviosa por el estreno y trataba de infundirle ánimos diciéndole que... tenía un amigo... musical.
Vale. Bien. Su capacidad de racionalizar empezaba a fallar. Aquella explicación era absurda y estúpida. Tan sólo quería acallar sus dudas. Pero llevaba ya cuatro días así. ¿Servía de algo darle tantas vueltas al tema? Ni siquiera había llegado a una explicación que la convenciese.
Tal vez debería dejar el tema. Simplemente olvidarlo. No volver a pensar en ello.
Christine miró a su alrededor. Estaba sentada en un sillón de la sala de estar, con unas partituras frente suya. ¿Estaba ensayando? Debía de estarlo. De lo contrario no sabía cómo habían llegado aquellas partituras a sus manos.
Miró por la ventana. Las ramas de los árboles se agitaban con virulencia. Hacía un viento muy desagradable. No apetecía nada a salir a la calle, aunque el sol luciera espléndidamente. Permaneció con la vista fija en la ventana, absorta en la mera observación del exterior.
Pasaron varios minutos. Debería reaccionar, hacer algo. Ensayar, puesto que la obra era aquella misma tarde. Oyó unos pasos arriba. Raoul se había levantado.
Suspiró.
Qué livianas y absurdas se tornan las horas cuando no sabes qué hacer de ellas. Bueno, en realidad, cuando sabes qué deberías hacer, pero no logras hacerlo porqué tu cabeza está en otra parte.
Un pañuelo rojo voló por delante de la ventana. Seguramente el viento se lo había robado a alguna mujer que trataba de salvar su peinado del aire.
¿Y si...?
¿Y si realmente la echaba de menos?
De un salto, como si una corriente eléctrica la hubiera asaltado, Christine se puso en pie. Basta de preguntas. Sin mediar palabra con nadie, cogió su capa roja y salió a la calle. Una bofetada de aire frío le removió su rizada cabellera. Pero su resolución era tal que ningún viento la haría retroceder: debía resolver sus dudas de una vez por todas. Se cubrió la cabeza con la capucha y bajó a la calle.
Las calles estaban prácticamente vacías. Mejor para ella. Lo último que deseaba era que alguien la retuviera. Pronto llegó a casa del Persa, que no estaba muy lejos de la suya. Una suerte para ella. ¿No?
Qué curioso. Ahora que estaba justo delante de la puerta no se sentía tan segura respecto a su decisión. Quería resolver su duda, lo cual, por muy lógico que pareciera, en aquel momento temía que era algo... ridículo. ¿Qué iba a hacer? ¿Preguntarle a Erik después de todos los días que habían pasado si la había echado de menos? Seguro que pensaría que seguía siendo una niña, patética y absurda.
El viento que la azotaba no la ayudaba demasiado a resolver su duda. Tan sólo la apremiaba a que hiciera algo de inmediato.
Bueno, no tenía porqué preguntarle directamente sobre el tema. Podía simplemente decir que se trataba de una visita de cortesía, para decirle que deseaba que fuera a verla actuar. Y no era del todo mentira. Buena idea.
Se dispuso a cruzar la calle, cuando la puerta se abrió. Alguien salía de la calle. Instintivamente, Christine se escondió tras un árbol y espió al susodicho saliente. Poco esperaban sus ojos encontrarse con aquel personaje.
Gaston Leroux. Saliendo de la casa del Persa, dónde supuestamente estaba Erik. Hablando con Nadir, el amigo de Erik.
¿Qué hacía aquel hombre allí?
* * *
No muy consciente de dónde ponía sus pies, llegó a casa. Raoul estaba desesperado, buscándola. ¡Ya era la hora! Exclamaba él. Pero ella apenas era consciente de lo que le decía Raoul, de lo que ocurría a su alrededor. Tan sólo restaba una imagen en su cabeza: Gaston Leroux saliendo de casa del Nadir.
Ni siquiera se dio cuenta de que ya habían llegado al teatro hasta que se encontró en el escenario. Dadas las circunstancias y el estado de Christine, sobra decir cuán mal fue su actuación. La peor de su vida. Lo hizo horriblemente mal, olvidó y pisoteó todo lo que Erik le enseñara en algún momento. Y todo porqué no podía parar de pensar en él. Porqué la desesperaba el no saber qué había sido de él. Si el Persa lo había traicionado... puede que ya estuviera en la cárcel. ¡O peor! Puede que lo hubieran ejecutado por sus crímenes pasados. O que al resistirse a la autoridad fuera herido mortalmente. O que aún no estuviera del todo recuperado de su gripe y, al entrar en una fría celda, hubiera cogido una pulmonía. ¡Sólo Dios sabía cual de esas espantosas posibilidades era la real! Y, pensando en lo pudiera haberle sucedido a Erik, poco importaba a Christine cómo fuera la actuación.
Cuando acabó, Raoul fue corriendo a verla para decirle lo estupenda que había estado. Christine no tuvo ni fuerzas para sonreír ante tal patético intento de animarla y le dijo que necesitaba ir a cambiarse al camerino. En realidad lo que necesitaba era estar sola. Alejarse de aquel ajetreo. Alejarse de las miradas compasivas.
Echó fuera toda la gente del camerino y atrancó la puerta con su propio peso. Suspiró y, en un lento movimiento, se dejó caer sobre el suelo. Se quedó mirando los ramos de flores que habían dejado sus antiguos admiradores. Y ni una sola rosa. Ni una sola. Ninguna rosa.
Ningún espejo por el que entrara ningún fantasma. Ningún Ángel que la ayudara a levantarse. Sólo ella.
Alguien llamó a la puerta. El corazón le dio un brinco.
- ¿Christine? –dijo una voz conocida-. ¿Te encuentras bien?
Christine tomó una bocanada de aire antes de contestar.
- Sí.
- ¿Llamo al carruaje?
No contestó. Se quedó mirando la ventana oscura, en la que se veía su distorsionado reflejo.
- ¿Christine?
Christine se levantó y abrió la puerta a su marido.
- Vámonos a casa.
Raoul le pasó el brazo por el hombro.
- Sólo ha sido la primera vez –trató de animarla.
Christine se limitó a asentir con la cabeza.
- Ya verás como... es sólo la falta de costumbre.
Por más que Christine valorara lo que intentaba hacer Raoul, sentía que la desesperación empezaba a adueñarse de ella. La gente pasaba a su alrededor, reía y algunos la miraban curiosos. Ninguno de ellos comprendía nada.
Entonces, como si nada de todo aquello fuera suficiente, apareció. La criatura que más menospreciaba en el mundo se planto delante de sus narices. ¡Y encima tuvo la indecencia de sonreírle!
- Ha estado usted soberbia, vizcondesa –expresó con su exasperante voz Mr Leroux.
Christine se limitó a dirigirle una mirada de odio, demasiado consternada para responderle sin medio a decir algún improperio.
- ¿Verdad? –contestó por ella Raoul-. Es lo que intentaba decirle, pero es demasiado orgullosa. Un simple error y...
Esta vez fue a Raoul a quien dirigió una mirada fiera Christine. Éste calló abruptamente y cambió de tema.
- Dígame, ¿cómo va su investigación?
- Excelentemente. Encontré un testigo muy interesante que me ha ayudado mucho.
- ¿En serio? ¿Y de quién se trata?
- Raoul, cariño. Me duele terriblemente la cabeza. ¿Podemos irnos? –le interrumpió Christine con una falsa voz amable.
- Claro. Si nos disculpa, Mr Leroux...
- Por supuesto. Debe cuidar a su Diva.
Christine no tenía ni idea de cómo consiguió contenerse, pero lo hizo. Se marcharon y Christine no tuvo que contener por más tiempo su mal humor.
Pobre Raoul, si hubiera sabido el verdadero motivo de la irritación de su mujer, no se habría mostrado tan comprensivo.
* * *
Unas semanas después de aquello, un mensajero llevó un impresionante ramo de rosas rojas a casa de Christine. Fue una suerte que la sirvienta de hiciera cargo de atender al mensajero, pues Christine estaba demasiado perpleja ante tal regalo para preocuparse de la educación.
Con nerviosismo, miró entre las rosas y encontró un sobre. Las manos le temblaban, con lo que fue toda una odisea abrir el sobre sin desgarrarlo por completo. Lo abrió con tal ahínco, que su contenido se desparramó por el suelo. Dejó las rosas a un lado y bajó desesperada al suelo.
Eran tres hojas, cuidadosamente dobladas con partituras escritas a mano. Con una caligrafía que recordaba perfectamente. Se trataba de una obra diseñada especialmente para una voz soprano como la suya. Buscó alguna nota, algo escrito que le indicara que realmente Erik le había mandado aquello. Pero las únicas palabras que encontró fueron las letras de la canción.
Y el título de la obra.
El vals de la noche.
N.A.: Bueno, como bien os dije, los reviews motivan mucho la renovación de capítulos! ¡Así que muchísimas gracias por vuestros reviews!!
En cuanto al misterio de la obra del "vals de la noche", como podréis imaginar, tendrá un papel relevante en el desarrollo de la trama. Lógico, ¡el propio fic lleva su nombre! Llegado este punto, creo que este es el momento adecuado para explicaros de dónde surgió la idea de titularlo así. Fue hace unos años cuando yo era una exageradamente ferviente admiradora del Fantasma de la ópera y me pasaba el día viendo vídeos en youtube de frikis que habían editado imagenes de la peli a su antojo con canciones mona. Fue así como encontré "dark waltz". La historia venía a ser la de siempre, Erik es el mejor y Christine debería haberlo elegido. Pero no fue aquello lo que encantó, sino la música. Incluso pensé, por la voz de la cantante que era la misma actriz que interpretaba a Christine, puesto que tiene un "algo" muy parecido a la tónica del musical. Así pues, este fue el punto de partida. El problema era que traducir literalmente "vals oscuro" no quedaba muy poético en castellano. Así que me tomé una licencia de traductora y preferí titularlo "el vals de la noche"... y, para acabarlo de redondear... bueno, para eso será mejor que os leais el próximo capítulo. Ya lo veréis. Por el momento, podéis ver el precursor de todo e ir imaginando posibilidades: youtube.com/watch?v=K5VnBTnI3s4
Y ahora agradecer todos vuestros reviews: Moira; Maghika (pronto tendremos más momentazos máscara, jaijai...); Medumisakura; Hoshi no Negai (si te soy sincera empecé a escribirlo precisamente porqué nada de lo que tenía en mis manos era suficiente para mí... ¡y ya ves! aquí estamos); Núria; Troyana (¡sorpresa!); Damalunaely (me temo que aún no he contestado del todo a tus dudas, pero pronto lo haré... sigue leyendo!); Afrodita (creo que para lo del beso aún tendrás que esperar un poquito más... sin espera no hay ansias!); Ariakas DV; Nadesiko-San (no te voy a engañar, es chungo unir ambas vertientes, pero ahí estamos, a ver como va).
No sé si hace falta decirlo, pero sois precisamente tods vosotrs mis muss!!!! Son vuestros comentarios lo que me han ayudado a no tardar un año, como de costumbre! Así que por favor, por el bien de todos, no me abandonéis... :P
¡HASTA PRONTO!
