Capítulo 8:

El vals de la noche

Somos los afortunados

Radiantes como miles de estrellas

Cuando todos los colores se funden

Mantendré tu compañía

En perfecta armonía

Siempre danzando con el destino

Baila conmigo hasta el amanecer

Bajo la luz de la luna

Regresando a la luz

El tiempo de bailar pasa

Miro a través del cristal

Y sé que el cielo está fuera de mi alcance

Geometría sagrada

Dónde el movimiento es poesía

Viéndonos juntos para siempre

Baila conmigo hasta el amanecer

Bajo la luz de la luna

Regresando a la luz

Baila conmigo hasta el amanecer

Bajo la luz de la luna

Deja que el vals de la noche empiece

Oh, déjame girar – déjame dar vueltas

Deja que se adueñe de mí otra vez

Regresando a la luz*


Erik observaba con un inusitado interés la humeante taza de té. Nadir, que ya estaba familiarizado con las peculiaridades del comportamiento del que un día fue el fantasma de la ópera, sabía que cuando estaba tan meditabundo era mejor no molestarle. De hecho, era mejor no estar a su alrededor, puesto que uno nunca sabía muy bien si era seguro andar cerca cuando el genio reflexionaba sobre sus asuntos. Aquel día, sin embargo, la mera presencia del persa distrajo a Erik de sus cavilaciones.

- ¿Crees que debería disculparme?

Hacía más de una semana des de la última visita de Christine. El catarro de Erik ya casi había remitido y pronto podría salir a la calle con toda tranquilidad (para ser más exactos, toda la que puede procurarse alguien ataviado con una blanca máscara). Pero des de aquella última visita en qué Erik le había hablado a Christine de aquel modo, ella no había vuelto. Al principio Erik ni se planteó que por haberle hablado de aquel modo ella podría haberse sentido herida u ofendida, pero su más que prolongada ausencia provocó la duda en él. Aunque había tenido que pasar una semana y varias tazas de té para que el astuto fantasma se percatara de la situación.

Nadir, alentado por la invitación de Erik para hablar, se sentó frente a él.

- ¿Tú qué crees?

- No me contestes con otra pregunta, por favor -replicó Erik, hastiado.

- ¿De verdad crees que debo darte yo la respuesta?

- ¡Otra vez! ¿Pero qué te he dicho?

- Está bien, está bien -concedió Nadir. Se quedó un rato pensativo. Se rascó la barbilla, calibrando su respuesta. Pasó el interludio de tiempo justo y necesario para que su compañero empezara a impacientarse del modo en qué sólo él sabía hacer. Sin embargo, Erik se mantuvo en silencio hasta que Nadir dio a conocer su meditada respuesta-. La verdad, no se me ocurren más que preguntas como respuesta. Lo siento amigo, es mi modo de hablar.

Erik dio un golpe sobre la mesa, la taza de té vibró y se levantó violentamente de la mesa.

- ¡Maldito seas! No es tan difícil: ¡¿sí o no?

- Erik, no soy tu conciencia, eres tú quién debe juzgar si tu comportamiento con Madame de Chagny es adecuado o no.

- Pero crees que estuvo mal, ¿verdad?

- Verdad.

- ¿Ves? No era tan difícil.

- Desapruebo tu comportamiento y aún y así no puedo aconsejarte que dejes de ser como eres. De lo contrario estarías engañándola.

- ¿Crees que soy un gruñón?

- Lo creo -asintió Nadir, con total franqueza.

- ¿Quién quiere enemigos teniendo amigos como tú? -repuso el fantasma con amargo sarcasmo.

- De hecho en tu agenda ya cuentas con unos cuantos enemigos.

- Esta conversación es una pérdida de tiempo –replicó Erik, apartando la vista hacia la ventana, visiblemente molesto.

- En eso debo discrepar, querido amigo: no sabes cuán divertido es presenciar al abominable fantasma de la ópera comportándose como un adolescente.

- ¡Calla!

- Hombre, no es para tomárselo así...

- ¡No! –negó, observándole con impaciencia-. No me refiero eso. Ven –le indicó, haciéndole señales con la mano, para que se acercara a su lado. Nadir, algo desconcertado, obedeció-. Y mira.

Erik señaló hacia el otro lado de la ventana, en la calle. Nadir observó con curiosidad.

- ¡Oh! ¿Has decidido ya lo que vas a hacer?

- Eso creo.

- ¿No será nada ilegítimo?

Erik echó la cortina delante la ventana, velando el objeto de su observación.

- Nadir... ¿por quién me tomas? –dijo Erik burlón, y Nadir intuyó que tras la máscara una sonrisa de complacencia se dibujaba en sus labios.


Un más que curioso periodista llamó a la puerta del conocido Persa. Según le había dicho en su carta, tenía información relacionada con el fantasma de la ópera que darle.

Pasaron varios minutos hasta que alguien abrió la puerta. Mr. Leroux empezaba a plantearse seriamente si alguien vivía realmente en aquella hermosa residencia, cuando un hombre de piel olivácea le abrió con seguridad y recelo a un mismo tiempo.

- ¿Es usted Mr. Leroux? -le preguntó, conociendo perfectamente la respuesta, pero fingiendo inocencia por orden (no explicada y algo retorcida) directa de Erik.

- En efecto. Es usted... -el periodista dudó, ante lo inapropiado de referirse a alguien con un apodo, mas al no tener conocimiento de un modo más apropiado para llamar al hombre, prosiguió- ¿el Persa?

- Así es. Por favor. Pase -le invitó con palabras cortas y tajantes.

Mr. Leroux pasó, algo intimidado, pero tratando de ofrecer su lado más confiado y sereno ante aquel misterioso desconocido.


La satisfacción con la que salió Mr Leroux poco tenía que ver con la "preocupación" inicial que había podido sentir: aquel curioso personaje había resultado ser el testigo más interesante de todos los que hubiera podido encontrar. ¡Había sido brillante! Con todo lo que le había contado tenía ya un buen material para empezar a escribir su anhelada novela. Qué extraños son los avatares de la vida que nos permiten conseguir nuestras metas por pura casualidad.

Probablemente el periodista no estaría tan contento de haber sabido que lo que le habían dado una "versión" de la realidad un tanto ficcionada. O puede que sí, porqué aquella historia era mucho más jugosa que la verdaderamente ocurrida. En cualquier caso, ni el creador de tal patraña, ni su mensajero estaban tan contentos como deberían, a pesar de que su plan había salido rodado: el pobre infeliz se lo habría creído todo sin pestañear, incluso se habría creído que Erik podía volar si Nadir se lo hubiera dicho. El caso era que, mientras Mr Leroux salía de su casa, Erik, que observaba su enemigo marcharse con satisfacción, vio algo que casi lo llevó todo al traste:

El pálido, trémulo y dulce rostro de Christine al otro lado de la calle, observando con ojos impresionados al periodista salir de casa del Persa. ¡Maldita chica! ¿Qué puñetas hacía ahí, a tan sólo unas horas de su estreno? ¿Por qué no estaba en su casa, preparándose? ¡Esa dichosa curiosidad que se adueñaba de ella como un demonio!

Erik miró con aprensión a Christine, pero, con relativo alivio, vio que se apartaba de la vista del periodista. Lo siguió con los ojos, hasta que dobló la esquina. Entonces salió de su escondite y se quedó unos instantes parada, dubitativa. Erik pensó, creyó (¡deseó!, aunque no quisiera admitirlo) que cruzaría la calle y llamaría a su puerta. En lugar de ello, dio media vuelta y tomó la dirección contraria a la que había seguido Mr Leroux.

Soltando una o dos palabras malsonantes, Erik bajó rápidamente las escaleras y sin meditarlo un segundo fue hacia la puerta. Por suerte para él, Nadir seguía allí y le detuvo antes de que pudiera cometer cualquier locura.

- ¿Qué haces?

- ¡Ésa tonta niña! Está ahí fuera, y ha visto al periodista... ¡tengo que detenerla! -dijo Erik apremiante, tratando de apartar a Nadir de la puerta.

- ¡Loco! ¿Salir a la calle ahora? ¿Ahora que por fin ese maldito periodista cree que estás muerto?

- ¡Me importa bien poco ese bastardo! Pero Christine... ella cree que... ella... -Erik se detuvo, tratando de reorganizar sus argumentos y hacer que tuvieran sentido en su cabeza. Pero lo mirara por dónde lo mirara, Nadir tenía razón: ahora menos que nunca no podía salir a la calle.

- Déjala que crea. Como cantante es la mejor, pero como actriz nunca destacó. Erik, estas horas, estos días son cruciales. Si cualquier cosa, lo más mínimo, hace que Leroux dude de nuestra historia... volverá a por ti. Y no parece un hombre que desista fácilmente cuando quiere algo.

- ¡Pero no puedo dejar a Christine así!

- ¿Por qué no? Dejaste que creyera durante años que habías muerto. ¿Qué diferencia hay ahora?

Erik suspiró.

- ¿Y qué pretendes que haga? ¿Que me quede quieto mientras ella piensa que me has traicionado?

- Básicamente sí, eso es lo que haría yo. Pero claro, tú no eres yo.

- Qué perspicacia, amigo mío.

- ¿Por qué no... le comunicas que estás bien... de un modo que nadie más que ella pueda saberlo?

Aunque inicialmente Erik iba a responder ante tal sandez que nunca había oído nada más ridículo, pero luego rápidamente su mente de genio empezó a vislumbrar lo que parecía ser otro plan y acalló sus insultos. Cuánto más lo pensaba, más sentido tenía, y como seguir hablando con Nadir sería perder un tiempo precioso que podía dedicar a su genial idea, sin mediar una sola palabra más, se encerró en la sala dónde tenía el piano y empezó a aporrearlo sin remedio.

- De nada -respondió el Persa a la silenciosa fórmula probablemente nunca pronunciara su tempestuoso amigo.


Erik se zambulló de tal modo en su proyecto que olvidó por completo el debut Christine. Aquella tarde en la que su querida alumna más le hubiera necesitado, su ausencia tuvo desastrosas consecuencias en su actuación. Pero el fantasma no supo nada de ello, pues estaba demasiado entusiasmado con su vals como para ver o pensar en nada más a su alrededor.

Pasaron varias semanas hasta que hubo terminado lo que él consideraba una de sus tantas obras maestras, con la que esperaba despertar la más profunda admiración por parte de su pupila favorita. Ni siquiera reparó en el tiempo que pasó, ni lo que pudo ella haber sufrido al no tener noticia alguna de él en tanto tiempo: lo único que importaba era terminar la obra y hacérsela llegar a Christine. Y lo que era aún más importante: planear el sublime momento en el que interpretarían su creación. "Todo tenía que ser perfecto", pensaba Erik, con regocijo, entusiasmado como nadie con sus planes maestros.

Christine, al recibir la obra, estaba demasiado alegre por saber de su maestro que no reparó en las semanas de angustia que había sufrido y pronto empezó a estudiar y ensayar con plena dedicación la obra. Era evidente la marca personal de Erik, más aún, era evidente que era una canción dedicada a ella, para ser interpretada por ambos: compositor y soprano.

Sólo cuando hubo memorizado hasta la última nota y letra del vals, a Christine se le ocurrió pensar en qué significaba exactamente aquello: Erik se había limitado a enviarle la obra, pero no se le había ocurrido adjuntar una nota en la que se refiriera a algo tan básico como "nos encontraremos tal día a tal hora" o "estoy bien, no te preocupes, te encontraré yo un día" o... ¡cualquier otra palabra que le hubiera indicado el paradero del fantasma!

Christine empezaba a pensar que Erik se estaba haciendo algo olvidadizo y con una exasperante falta de tacto, cuando ocurrió todo.

Fue una noche invernal, fría y húmeda, de aquellas en las todo cuanto apetecía era quedarse tranquilamente en casa, cerca de la chimenea. Aquella noche, sin embargo, Christine se sentía nerviosa y agitada: Raoul se había marchado dos días por un problema de tierras con el que le había enredado su madre (Christine no entendía de aquellos temas, ni ganas que tenía, así que aunque él se lo hubiera explicado debidamente ella tampoco le habría prestado demasiada atención); el cas era que Christine, desacostumbrada a la soledad, se sentía algo intimidada al estar sola en aquella casa tan grande, por más criados a su disposición que pudiera tener.

Noches como aquella la sumían en un estado de melancolía del que difícilmente sabía apartarse. No es que ella hiciera esfuerzo alguno en animarse, en verdad, y aunque no quisiera admitirlo, a veces le gustaba deshacerse en su propia autocompasion y tristeza, aunque no sintiera una razón clara para justificar dicha emoción.

Tan ensimismada estaba que tardó largo rato en percibir y percatarse de un lejano sonido, proveniente del exterior de su casa. Pero cuando lo oyó, supo enseguida de qué se trataba.

El violín de Erik.

Tocando las primeras notas de El vals de la noche.

Era una llamada, clara y abierta, para Christine y ella no tardó en atenderla, olvidando por completo lo que pudiera haber pensado o dejado de pensar sobre Erik, obviando cualquier enfado o resentimiento que pudiera haber habido entre ellos.

Tras ponerse sin pensar varias capas de ropa sin pensar en modas ni conjuntos adecuados, salió preparada para resistir el frío invernal, deseosa de volver a ver su mentor.

Cuál fue su decepción al salir y no ver a Erik. Sin embargo, en sus oídos seguía resonando la dulce melodía del violín. No podía estar lejos, debía estar cerca, muy cerca de ella. No podía esconderse en otro lugar que no fueran las sombras de la noche, el único lugar dónde se sentía seguro de las miradas perversas.

Christine respondió al canto de Erik en voz alta y poniendo toda la pasión que existía en su interior:

Somos los afortunados

Radiantes como miles de estrellas

Cuando todos los colores se funden

Christine empezó a andar entre las sombras, sin dejar de cantar, buscando su acompañante musical que la seguía con perfecta sincronía.

Mantendré tu compañía

En perfecta armonía

Siempre danzando con el destino

Las nubes que cubrían la luna se movieron, dejando que ante ella se abriera una de las calles más bellas de la ciudad y en la que, delante suyo, se erguía la imponente silueta del fantasma tocando el violín. Christine se acercó a él, dejando que la música fluyera, que las palabras por sí solas describieran aquel mágico instante.

Baila conmigo hasta el amanecer

Bajo la luz de la luna

Regresando a la luz

Entonces Erik dejó el violín en el suelo y se acercó a Christine. Y, pese a que tras aquella última aguda nota, la voz de Christine se había apagado y el instrumento de Erik yacía en el suelo, en sus oídos, la música seguía resonando. Erik tomó una mano de Christine y se la puso sobre el hombro, mientras que la otra la cogió entre sus dedos. Pasó un brazo tras la cintura de Christine y la acerco a él. Con un ligero movimiento, Erik indicó a Christine que la siguiera, y empezaron a bailar al ritmo del vals.

La música instrumental dio de nuevo paso a Christine, que prosiguió cantando:

El tiempo de bailar pasa

Miro a través del cristal

Y sé que el cielo está fuera de mi alcance

Geometría sagrada

Dónde el movimiento es poesía

Viéndonos juntos para siempre

Baila conmigo hasta el amanecer

Bajo la luz de la luna

Regresando a la luz

Sus pasos poco a poco se fueron ralentizando. El final estaba cerca. Era como si el mundo exterior se hubiera desvanecido, y tan sólo existieran ellos dos y la música. Erik era incapaz de apartar la mirada de su ángel, su ángel de la música, con aquella celestial voz, y su ángel, a su vez, se sentía hipnotizada por aquella música, aquella mirada, aquellos suaves movimientos al ritmo del compás. Sin apartar la mirada de Erik, Christine tomó aire para empezar la estrofa final:

Baila conmigo hasta el amanecer

Bajo la luz de la luna

Deja que el vals de la noche empiece

Oh, déjame girar – déjame dar vueltas

Deja que se adueñe de mí otra vez

Regresando a la luz

Christine dejó que su voz alargara unos instantes más la coda final. Su voz acabó por extinguirse y la música se alargó unos compases más para ensalzar el clímax final de la obra. La conclusión. La música cesó, pero sus lentos movimientos, su baile no se extinguió, pues en todo momento la música no había sido otra cosa que fruto de su imaginación, excepto por la brillante voz de Christine. Permanecieron un rato más bailando, abrazados el uno al otro, sin apartarse las miradas.

Sus movimientos se fueron ralentizando hasta que finalmente se detuvieron. Más no dejaron de mirarse, no dejaron de abrazarse. Tanto se habían abstraído del mundo exterior que apenas eran conscientes de lo que hacían. Entonces Christine se desprendió de la mano que le tenía sujeta Erik y la deslizó sobre el brazo de él. Reptó hasta la solapa de su camisa, y allí permaneció unos instantes dubitativa. La mano libre de Erik no censuró tal osado movimiento, sino que lo consintió y presa del mismo delirio se posó sobre la cintura de Christine. Estrechó el cuerpo de ella contra el suyo, y ella no dijo nada, él tampoco. Alentada por aquel acercamiento rozando lo íntimo, la mano de la soprano llegó hasta la máscara. Christine sintió como el pulso de Erik se aceleraba, empezando a ser demasiado consciente de lo que se proponía ella. La joven se quedó paralizada, siendo presa del mismo nerviosismo y turbación al que había inducido al fantasma.

- Christine... -le advirtió Erik, con voz débil, susurrante, demasiado extasiado con el perfume de su ángel para dar un no rotundo a su temeridad.

Christine sintió que se le formaba un nudo en la garganta ante tal súplica. Sin embargo, la curiosidad era más poderosa.

- Necesito verte, aunque sólo sea una vez más...


Continuará...


N.A.: Sí, he sido muy mala... es lo que tiene la influencia de esas grandes series americanas... ¡dejarlo en el mejor momento!

Bueno y pasando a otro tema, para que veais que la insistencia persistente de escribir reviews tiene sus frutos, tras vuestro gratificante aluvión de reviews no podía hacer otra cosa que actualizar, tarde, sí, pero no sabéis vosotros bien cuanto podría llegar a tardar. Está bien, trataré de no cumplir con la amenaza y ser más puntual, pero no prometo nada, eh... Por lo demás, muchas gracias a:

damalunaely (me alegro que te guste como escribo), Hoshi no Negai (gracias por tu bien argumentado review, siempre gusta recibir de esos en qué se explica tan bien lo que gusta y lo que no... espero tu comentario de este capi!), Maghika, Troyana, Afrodita-Amy Malfoy 49 (ya ves que no me olvido... ¡y mil gracias por tu apoyo! has sido la motivación que necesitaba para acabar el capi) , Anyverest Di Britannia, R. Claire (lo admito, yo también me quedé más tanquila cuando apareció erik).

Y nada, espero que os haya gustado el capi y que dejéis vuestros comentarios para decirme qué os ha parecido. ¡Hasta pronto!


* Traducción personal de la letra en inglés de Dark Waltz:

Dance me into the night
Underneath the moon shining so bright
Let the dark waltz begin
Oh let me wheel - let me spin
Let it take me again
Turning me into the light

Dance me into the night
Underneath the moon shining so bright
Turning me into the light

Sacred geometry
Where movement is poetry
Visions of you and me forever

Time dances whirling past
I gaze through the looking glass
And feel just beyond my grasp is heaven

Dance me into the night
Underneath the moon shining so bright
Turning me into the light

I'll keep you company
In one glorious harmony
Waltzing with destiny forever

We are the lucky ones
We shine like a thousand suns
When all of the colour runs together