Capítulo 9
Tocar
- Necesito verte, aunque sólo sea una vez más...
Los dedos de Christine se deslizaron tras la máscara. Pero el instinto primario de Erik fue más rápido y le agarró la mano con fuerza antes de que pudiera arrancársela.
- Sigo siendo un monstruo, si eso es lo que te preocupa -gruño él, con amargura.
- No, Erik, no es así...
La respiración de Erik era por momentos más agitada.
- Erik, por favor -insistió ella-. Necesito que confíes en mí.
Erik negó con la cabeza.
- No.
- ... por favor...
- ¡No! -exclamó Erik, apartando a Christine de su lado con violencia.
Christine se quedó mirándole anonadada. Erik se mantuvo alejado de ella, observándola con recelo y rencor.
- Tenías que estropearlo todo -masculló Erik, con odio.
A punto estuvo Christine de dejarse llevar por sus antiguos instintos y echarse a llorar como una tonta niña desgraciada. Pero no lo hizo, contuvo sus lágrimas, y le devolvió una mirada feroz, furiosa, respondiendo con vehemencia al cruel trato al que él intentaba volver a someterla.
- ¿Estropearlo? ¡¿ Estropearlo? ¡Eres tú el que se esconde tras una máscara! ¿Qué pretendes aparentar delante de mi? ¡Lo sé todo! ¡TODO! ¡Conozco todos y cada uno de tus crímenes! ¡Sé qué has hecho y des de luego sé perfectamente qué hay tras esa máscara!
- ¡¿Entonces por qué insistes en quitármela? ¿Por qué persistes en torturarme? ¡No quiero que me veas! ¿Es que no lo entiendes? ¡No quiero que recuerdes lo que soy!
Christine no replicó, pues no supo cómo reaccionar ante tan súplica. Tuvo que morderse la lengua, porqué la rabia que sentía en aquel momento era demasiado intensa como para ser capaz de sentir compasión hacia Erik. En aquel momento ni siquiera sabía si era digno de su compasión. Christine se apretó los brazos contra el pecho y dio un paso hacia atrás. No quería seguir hablando, temía decir algo de lo que se arrepentiría más tarde.
- No vale la pena... -murmuró, para sí misma-. No debería... debería irme.
Erik también refrenó el impulso de seguir gritando. Se quedaron un breve lapso que pareció ser eterno en un tenso silencio, cada uno mirando lados opuestos. Ambos se mordían la lengua, por no decir todo aquello que deseaban decir, pero que su orgullo les sentenciaba al silencio. Y sin embargo, eran incapaces de decidir qué hacer o decidir. Marcharse. Era lo que había dicho Christine, ¿no? ¿Por qué no se movía, pues?
Erik observó de reojo a Christine. Sus miradas se encontraron. Ambos volvieron a apartar la mirada, divididos entre el enfado y la vergüenza. ¡Qué absurdidad!
Entonces, aunque con pasos vacilantes, Christine se dispuso a darse la vuelta. No quería irse, pero algo tenía que hacer. Y no quería hablar. Ya había hablado lo suficiente.
- Christine... -masculló Erik, al detectar el movimiento de ella.
- ¿Qué? -contestó ella en seguida, volviendo de nuevo toda su atención a él con expectativa.
Erik dudó. ¿Frunció el ceño? ¡Quién podía saberlo!
- Tu concierto del otro día... -parecía tener serias dificultades en arrancar. Hasta que una idea pareció iluminarle y prosiguió- fue horroroso. El próximo lunes tendremos que hacer un buen repaso.
Christine alzó las cejas, incrédula.
- ¿Q...?
- Hasta entonces.
Con uno de sus voluptuosos movimientos de capa, Erik se fundió con las sombras y desapareció.
Christine dio un resoplido. ¡Si ni siquiera estuvo allí!
- ¿Qué...? Como se... No me lo...
Christine dio media vuelta, airada y fue andando a grandes hacia su casa. Entró, dando un fuerte portazo y soltó un alarido muy poco armónico.
- No puedo creerlo, no puedo creerlo... -empezó a murmurar entre dientes, dando vueltas de un lado hacia otro como un león encerrado en una jaula. Fue hasta el salón, cogió un cojín y lo aporreó con virulencia contra el sofá, hasta que se cansó de tal infructuosa actividad y se desplomó sobre el suelo.
- Te odio.
Un abrumador silencio le acompañó durante todo el camino hasta casa del Persa. Técnicamente, su casa actual, pero le resultaba difícil aún no desviarse hacia la ópera populaire. No podía pensar en nada. Lo cierto es que sólo sentía. Sentía, sentía y sólo sentía. Muchas emociones, demasiadas emociones le torturaban y era incapaz de librarse de ellas. Una opresión en el pecho le dificultaba respirar, y todo cuanto deseaba era arrancar de cuajo aquella sensación, vaciarse de toda sensación. Porqué se volvería loco si seguía sintiendo tanto.
Entró en casa, sin preocuparse de poder despertar al Persa al cerrar de un golpe considerablemente fuerte la pobre puerta, que nada había hecho. Fue al salón, se sentó en la butaca. Se levantó. Fue a la cocina y cuando estuvo allí, preguntándose por qué había ido, volvió al comedor. Fue hacia el piano. Abrió la tapa...
- Ni se te ocurra -le advirtió el Persa-. Mis vecinos no son tan comprensivos como yo.
Erik dejó ir la tapa y miró a su amigo furioso.
- Eso es algo de lo que no solía preocuparme...
- Es lo que tiene ser humano -suspiró Nadir, dejándose caer en una butaca-. Por cierto, gracias por despertarme, empezaba a aburrirme de dormir plácidamente.
Erik dio un par de vueltas más, hasta que finalmente se sentó y se volvió hacia su amigo, que le miraba expectante.
- ¿Qué? ¿Esperas que me disculpe?
- Uy, no, es algo a lo que renuncié hace mucho tiempo. No, pero ya que estamos aquí y que desearía seguir conservando mi casa entera mañana por la mañana, cuéntame: ¿Qué tal esa velada tan perfecta?
- Ni me hables -masculló Erik, malhumorado.
- Está bien -repuso, con tranquilidad Nadir.
Erik volvió a levantarse, sulfurado.
- ¡Quería que me quitara la máscara!
- Por Alá. Qué cosas. Bueno, ¿y?
- Y... ¿qué?
- ¿Qué hiciste?
- La rechacé, ¡por supuesto!
Erik volvió a sentarse.
- Tú la... ¿qué? Erik, exactamente... ¿que pasó antes de que ella te pidiera semejante barbaridad?
- ¿Pasar? -Erik se levantó una vez más-. Qué pregunta más estúpida. No sé ni porqué me molesto, de verdad -fue hacia el piano, pero cerró los puños y volvió a dar varios pasos por el salón.
- Está bien, no me lo expliques, si no quieres -repuso Nadir, conciliador-. ¿Puedo irme a dormir?
- Ella estaba... estábamos... -empezó a decir Erik, vacilante y en voz tremendamente baja- bueno, compuse un vals. Ella cantó.
- Ah.
- Bueno, y un vals se baila, ¿no?
- ¿Bailaste con ella? -dijo Nadir, con asombro.
- Pareces sorprendido -repuso Erik, molesto.
- Es que un baile no es cualquier cosa. Un baile implica mirar cara a cara a tu pareja. Es como sincerarse delante de un espejo, no puedes mentirle. Un baile implica una conexión con la persona que compartes ese momento. Un baile implica acercamiento. Implica tocar.
Erik se dejó caer sobre el sofá nuevamente, con un hondo suspiro.
- No puedo... no puedo dejar que vuelva a verme... volverá a alejarse de mí.
- ¿De verdad crees lo que dices?
- Lo creo.
- Pues yo tengo otra teoría. No sé si te gustará, pero... creo que tienes conciencia. Que ella hizo despertar esa conciencia, que ahora te hace sentir remordimientos. Porqué temes por ella, no quieres que sufra. Porqué la quieres.
Erik no contestó, se limitó a sostenerse la barbilla con sendas manos y mirar fijamente el suelo.
- Nunca has dejado de quererla, ¿verdad?
- Aquello fue hace mucho tiempo -repuso Erik, con voz ronca-. Fue una obsesión febril, una locura... una estupidez. No quiero repetir de nuevo los mismos errores.
- Ella hace que quieras ser mejor persona -insistió Nadir.
- ¡Basta! -volvió a levantarse bruscamente-. No quiero hablar más. Es una estupidez.
Su fue hacia su habitación y con otro delicioso golpe, se encerró allí para no tener que escuchar la dichosa vocecilla de Nadir. ¡Maldito Persa! ¿Qué sabía él? ¡Nada, nada! ¿Quererla? ¿Qué sentido tenía?
No podía seguir albergando aquellos sentimientos hacia ella. Sólo le convertían en una persona desgraciada. En un hombre profundamente desgraciado, pues le era vetado aquello que más deseaba en el mundo. ¡Oh! ¿Cómo negarlo? ¡La deseaba, la deseaba con locura! ¿Por qué si no iba a inventarse una regla tan absurda como no tocar? ¡Porqué el más mínimo roce le desesperaba! ¿No fue ella la mujer que sostuvo una mirada firme, ante su desfigurado rostro? ¿Que posó su mano sobre su desgarrada mejilla? ¿Que le besó?
Oh, cuanto había deseado besarla aquella noche. Cuanto había deseado ceder ante ella y arrancarse aquella maldita máscara. ¿Pero podía ser tan inocente como para siquiera pensar que ella podría soportarlo una vez más? Al fin y al cabo, ¡él la coaccionó! ¡Ella no fue libre la otra vez! La obligó. Los remordimientos aún le carcomían por haberla puesto en tal situación. No podía permitir volver a dejarse llevar por la locura y la ira. ¿Por qué luchar una batalla ya perdida?
Christine estaba casada. Con un home joven, guapo y rico. Sencillamente perfecto. Todo cuanto no era él. Ni siquiera era digno de compararse con él. El vizconde de Chagny era un hombre infinitamente afortunado. Algo que, Erik ya tenía asumido, nunca viviría en su propia carne.
Christine ordenaba sus partituras, sentada en la banqueta del piano, cuando un ostentoso y colorido ramo de flores apareció ante sus ojos. Christine se giró y vio que la mano que le tendía aquel grandilocuente ramo pertenecía a su marido. Ella hizo un amago de sonrisa, pues últimamente le resultaba dolorosamente difícil sonreír por nada, y cogió las flores.
- Gracias. Son preciosas.
Christine se levantó para abrazarle, dejando sobre la banqueta el portentoso ramo y rodeó a Raoul con sus brazos.
- ¿Me has echado de menos? -le preguntó él con voz queda.
Christine sintió que se le formaba un nudo en la garganta. ¿Que si le había echado de menos? ¡No había pensado un solo instante en él! Todo en lo que podía pensar era... Christine trató de controlarse y desterrar todo pensamiento sobre Erik, ya que temía echarse a llorar allí mismo si volvía a pensar en lo ocurrido.
- Por supuesto que te he echado de menos -cuchicheó Christine, con un hilo de voz y apretándose más contra él.
- Me alegra oírlo -suspiró, denotando un claro alivio.
Raoul se apartó un poco de ella para darle un beso en la frente. Le pasó una mano por la mejilla y se quedó un rato observándola.
- ¿Vuelves a ser tú misma?
- Últimamente no he...
- No, y ojalá me contarás el porqué. ¿Fue por lo del concierto? Tampoco estuvo tan mal...
- No quiero hablar de ello -le interrumpió Christine con brusquedad, apartando la mano de él de su mejilla y bajando la mirada.
- Eres demasiado severa contigo misma -le reprochó él cariñosamente-. Ey -le puso un dedo bajo la barbilla, en un intento de volver a recuperar el contacto visual con ella- te quiero.
Raoul no llegó a esperar respuesta, lo cual en parte fue un alivio para ella, por otro lado, su beso no lo recibió con tanto alivio. No es que fuera desagradable. Simplemente era que en aquel momento no le apetecía que la besara. El problema era que, por cómo la abrazaba, Christine presentía que su marido en aquel momento no pretendía conformarse con un casto beso. No, qué va. Pretendía reclamar sus derechos conyugales. Y sintió como cada parte de su ser se negaba en rotundo a ello. Por más que supiera que era su "deber de esposa", simplemente no podía.
- Raoul... -trató ella de apartarse con suavidad, pero él no pareció escucharla- para... por favor, espera... ¡Raoul!
Raoul paró bruscamente.
- ¿Qué ocurre, cariño?
- Es que no... no me apetece ahora... eso.
- Christine... hace meses que no dormimos juntos... así nunca tendremos hijos -Raoul volvió a insistir, empezando a besarle el cuello.
Christine le puso las manos sobre los hombros, intentando apartarle de sí.
- Es que ahora mismo no quiero hijos.
Raoul volvió a mirarla sorprendido.
- ¿Por qué?
- Bueno, no... es que... tampoco importa mucho ahora porqué debería poner las flores en agua y luego debería terminar con lo que estaba haciendo, porqué tengo un desorden...
Christine empezó a coger las partituras, las flores, mientras se afanaba por evitar la mirada preocupada de Raoul. Al final, con los nervios, se le cayó todo por el suelo y tuvo que agacharse a recogerlo y enfrentarse a su marido, que intentaba ayudarla a recoger flores y papeles desordenados.
- Algún día tendremos que hablar de ello.
- Lo sé, Raoul, lo sé -le cortó ella, tajante-. Pero hoy no.
Cogió un revoltijo de partituras, se levantó y salió de la habitación, dejando a Raoul con un no tan brillante ramo de flores desparramado por el suelo.
Erik suspiró con alivió cuando vio que, tras dar varias vueltas delante del portal e ir y venir unas cuantas veces, Christine se decidía a entrar. Sin embargo, aún pasó un buen rato largo hasta que oyó sus pasos cerca de la sala. Incluso oyó como llegó hasta la puerta y, probablemente, se quedó unos segundos delante dubitativa. Se estaba planteando seriamente marcharse. En realidad llevaba todo el día tratando de decidir si ir o no. No la culpaba, pues él llevaba todo el día temiendo que no viniera. Finalmente, llamó a la puerta y abrió con cautela.
Erik trató de aparentar toda la tranquilidad y frialdad de la que fue capaz, cuando en realidad se sentía tremendamente nervioso. Christine, al verle allí plantado, frente a la ventana tan alto y tan desafiante, volvió a recordad los motivos por los que no quería haber ido. ¡Estaba enfadada con él! ¡Tremendamente enfadada! ¡Su mera visión la irritaba de sobremanera!
- ¡Ni siquiera te dignaste a venir! -fue lo primero y lo único que fue capaz de decir Christine al verle.
Erik quedó algo parado y desconcertado ante tal afirmación.
- ¿Dónde se supone que tenía que dignarme a ir? -preguntó con curiosidad él, tratando de parecer desinteresado.
- ¡El concierto! -exclamó ella, asombrada por la falta de tacto que estaba teniendo Erik-. ¿Cómo podías saber que fue horroroso si ni siquiera estabas allí?
- Efectivamente, no estuve allí, pero sé leer un periódico, querida.
- Ah -asintió ella, algo avergonzada.
- ¿Podemos empezar ya con la clase?
Christine tomó aire, recopiló toda la información que había ido almacenando durante horas y dio unos cuantos pasos hacia Erik para darle rienda suelta a toda la confusión y rabia que había guardado dentro de ella des de esa fatídica noche.
- No he terminado, porqué, ¿sabes qué? Estoy harta de ser la que recibe órdenes, y la que tiene que acatar tus estúpidas reglas, que, ¡por cierto! ¿se puede saber qué pasó con la norma de no tocar? ¡A tomar viento! Pues no señor, no, ya estoy hasta las narices de que me tratéis como una niña. ¡No soy una niña! Soy una mujer, ¿de acuerdo? Y yo tomo mis decisiones y punto, ¿entendido?
Erik se cruzó de brazos y permaneció un rato observándola, intrigado por aquel (aparentemente) estallido de su pupila. Christine se cruzó también de brazos y le devolvió una mirada desafiante.
- Vale -Erik se quitó sus guantes negros y los dejó sobre el piano-. ¿Has terminado?
Christine pareció meditarlo unos segundos, pero luego negó rápidamente con la cabeza.
- ¿Deseas... decir algo más? -repuso Erik, en tono suave, algo irónico, aunque expectante, pues ya no sabía qué esperar de ella.
- Sí -asintió ella con vehemencia. Dio un paso más hacia Erik, levantó el dedo índice y le tocó el hombro con evidente intencionalidad. Luego volvió a cruzarse de brazos y a mirarle desafiante.
Erik frunció los labios en un evidente intento de guardarse para sí la sonrisa que pugnaba por dibujarse en sus expresión. En qué buena hora decidió ponerse su media máscara. Christine inclinó un poco la cabeza, tratando de averiguar qué significaba aquel fruncimiento.
- Comprendo -siseó Erik, tratando de reprimir la risa. Abrió la tapa del piano, puso la banqueta delante del piano y se sentó en ella, quedando de espaldas a Christine.
- Entonces...
- Supongo que... podemos pasar por alto esa regla.
- La regla de...
- Tocar.
- ¿La de tocar?
- Exacto, tocar.
- Tocar.
- Ahá. ¿Podemos empezar ya?
- ¿Con el calentamiento? -preguntó Christine, juguetona, olvidando ya completamente toda su rabia anterior.
Ninguno de los dos vio la cara del otro, pues Erik estaba encarado a las teclas del piano y Christine sólo veía su espalda, pero ambos compartieron secretamente una sonrisa de complicidad.
Continuará
N.A. Bueno, un siglo y medio más tarde, nuevo capítulo. Tengo que advertiroslo, de no haber sido por vuestros reviews puede que jamás me hubiera animado a seguir escribiendo. ¡Pero aquí me tenéis! Además, hace poco me enteré que Andrew Lloyd Weber ha hecho una secuela del fantasma y eso también me animó bastante. En fin, no sabría deciros cuando volveré a actualizar (ojalá sea pronto), así que no puedo prometeros nada. Aunque si insitís mucho, puede que me dé un poco más de prisa.
Espero que os haya gustado, sé que en cierto aspecto puede que os haya decepcionado, ¡pero todo lo bueno se hace de rogar!
