Capítulo 12

El baile de los Laurent

Aunque no se enorgullecía especialmente de ello, Nadir no pudo sino sospechar de su amigo cuando este le pidió parte del dinero que generosamente le había entregado el periodista Leroux por contarle su "versión" de la historia del fantasma. La lacónica respuesta de Erik, resumida en un simple "no te preocupes" acrecentó sus dudas y no pudo evitar instigar a su amigo aún más.

- ¿Y qué dices que vas a hacer con ese dinero?

- No te lo he dicho.

- Claro. Entonces, ¿puedes contestarme a esta sencilla pregunta? ¿Qué vas a hacer con ese dinero?

- No te preocupes -repitió Erik, esbozando una misteriosa sonrisa que puso los pelos de punta a Nadir-. ¿Te queda tinta y papeles para escribir una carta?

- ¿A quién vas a escribir?

- No te preocupes -insistió Erik, subiendo rápidamente las escaleras y evitando así la circunspecta mirada de Nadir.

Por supuesto, no era nada ilegal lo que iba a hacer, pero estaba seguro de que si se lo decía a Nadir empezaría a ponerle objeciones. Sabía que ciertas personas podían considerar lo que se disponía a hacer moralmente reprobable, pero en aquel caso, el fin sí justificaba los medios. Le mortificaba el sentimiento de culpabilidad de Christine y no estaba dispuesto a soportarlo para siempre. No ahora que estaba tan cerca de ella. Así pues, para compensar el malestar de su pupila, había decidido que lo mejor sería rebajar la alta consideración que tenía ella de su marido. La idea era muy sencilla: pagar a una cortesana para que sedujera al maravilloso Raoul, así Christine no tendría por qué sentirse culpable. El plan era tan brillante que Erik no podía evitar sonreír de regocijo. A ver si el fantástico Raoul sería tan "noble y bueno" cuando su mujer descubriera que la había engañado con una fulana. Simplemente brillante.

Erik garabateó rápidamente la misiva, dirigida al Moulin Rouge y se aseguró que Nadir no viera el destinatario cuando la entregara al mensajero.

Una vez más, Erik sonrió con satisfacción. En unas horas una hermosa mujer aparecería en el baile y deslumbraría al pánfilo marido de Christine. Simplemente brillante.


Christine soltó un resoplido, sin aire, cuando una vez más su sirvienta le apretó el corsé para que pudiera meterse en el ceñido vestido. Un problema que no habría tenido de haber comprado con tiempo el vestido, pero las prisas obligaban a tomar cosas sin siquiera tener la talla adecuada para meterse en ellas.

- ¿Está bien? -le preguntó Marie con preocupación.

- Sí, sí. Acabemos con esto de una vez, ¿de acuerdo?

- De acuerdo -se limitó a responder obedientemente Marie y a dar el apretón final. Christine se preguntó si la sirvienta no tendría algo contra ella y estaría aprovechando la ocasión para descargar su ira. Por lo menos cabría en el dichoso vestido. ¿Pero para quien se suponía que habían hecho ese vestido? ¿Para una niña? De un modo u otro consiguió entrar, aunque el estar dentro y seguir respirando ya era otro tema. No sabía cuánto aguantaría así, pero esperaba que la velada no se prolongara demasiado.

Cuando bajó las escaleras Raoul la esperaba ya, y le dijo que estaba hermosa. Christine apenas contestó con una sonrisa contenida, bajando la mirada. Se sentía incapaz de mirarle a la cara, demasiado avergonzada al recordar a cada segundo lo que horas antes había ocurrido con Erik. Odiaba aquella sensación de malestar. Y eso unido a la estrechez del vestido la hacía sentirse por momentos más mareada y enferma de lo que quería admitir. Pero debía hacer aquel esfuerzo, por Raoul.


Viéndola bajar del carro tan pálida, Erik pensó enseguida que Christine estaba enferma. Sin embargo, tuvo que contener su preocupación y deseo por saber si estaba bien y mantenerse en las sombras, observándola impotente. Estar tan cerca de tanta gente que podría conocerle era peligroso, pero tenía que asegurarse que su plan funcionaba. Y de paso ver a Christine, aunque solo fuera de lejos, no le había parecido tan mala idea. En principio. Pero ahora que ya estaba allí se arrepentía amargamente. No soportaba ver cómo Raoul la cogía del brazo o de la cintura y se mantenía en todo momento cerca de ella. ¡Lo que habría dado Erik por estar en su lugar! Sin embargo, observando con más atención se dio cuenta de que Christine apenas le hablaba y no digamos mirarle. Ni una sola vez le miró. Pero la palidez no se marchaba de sus finos rasgos y a cada momento Erik estaba más preocupado e indignado. ¿Es que aquel maldito vizconde no se daba cuenta? ¡Estaba enferma! ¿Por qué la obligada a aguantar aquella situación si no estaba en condiciones?

Entraron en el palacete de los Laurent y Erik se las arregló para entrar también por la puerta de servicio. Consiguió encontrar un lugar privilegiado en una de los salones contiguos al gran comedor para espiar a los invitados sin ser visto. Era una suerte que los Laurent fueran unos metomentodo que tenían a cada esquina el clásico cuadro-espía. Erik no acababa de comprender las costumbres de aquellos burgueses, pero supuso que eran cosas que pasaban cuando el dinero se les subía a la cabeza. El caso es que desde allí podía ver perfectamente cenando a Christine, Raoul... y su pequeña infiltrada. Era mona. Tenía cierto parecido físico con Christine, puesto que había especificado ciertas características... pero evidentemente no era lo mismo. Christine era inigualable. Desde su punto de vista, claro. Esperaba que Raoul no fuera tan exigente como él.


Por enésima vez Christine miró hacia atrás. Tenía la extraña sensación de estar siendo observada. Probablemente serían imaginaciones... pero no podía quitarse ese cosquilleo en la nuca de encima.

- Christine, ¿conoces a aquella muchacha? -le preguntó Raoul, distrayéndola de su linea de pensamientos. Christine miró hacia donde le indicaba su marido y vio a una chica menuda, morena y con unos grandes ojos.

- No -repuso ella desconcertada-. ¿Por qué?

- No para de mirarnos. Creí que tal vez la conocías tú.

- Pues no. Y parece que viene sola, ¿no? Es raro.

- ¿Verdad?

Christine se limitó a encogerse de hombros, mientras daba otro sorbo de vino. Entonces se dio cuenta que tenía la copa vacía y buscó con la mirada al sirviente más próximo para que le sirviera más vino. Raoul puso una mano sobre su copa.

- Creo que por hoy ya has bebido bastante -dijo él en un susurro.

Christine apretó los dientes. Cierto, el beber algo refrescante le había proporcionado algo de alivio a la asfixia constante que suponía aquel corsé y tal vez estuviese bebiendo más de la cuenta. Pero independientemente de que pudiera tener razón, no le gustaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Además, era humillante que su marido tuviera que decirle cuando dejar de beber en una cena con tanta gente delante. Trató de mantener la compostura y fingir indiferencia.

- ¿Sí? No me he dado cuenta. Es que tengo mucha sed.

- Te pediré agua -resolvió Raoul, haciendo una seña al sirviente más cercano.

Christine se mordió una vez más la lengua y no dijo nada. Cuando el sirviente le puso agua en la copa ella bebió un sorbo y miró a Raoul.

- ¿Contento?

- Aliviado.

¡Oh, cuánta razón le daría ahora mismo a Erik si en ese preciso instante volviera a decirle que "Raoul era un tonto"!


Christine no parecía muy contenta. No tenía ni idea de qué estarían hablando, pero hacía la misma cara que cuando le decía que tenía que hacer más ejercicios de voz antes de cantar. Y aunque el vino le había dado algo de color en sus mejillas seguía estando muy pálida. ¡Qué daría Erik por poder acercarse a ella! Solo con que se separara un momento del grupo, o fuera al lavabo... pero allí, entre tanta gente era imposible siquiera estar a un metro de ella.

Pronto acabó el baile y su enviada especial pudo poner en marcha su plan de ataque. Por desgracia, era tan menuda que le era difícil vislumbrarla entre tanta gente. Bueno, ¿a quién quería engañar? Estaba absolutamente absorto siguiendo los pasos de Christine. Poco le importaba lo que hiciera o dejara de hacer la muchacha.

Parecía que Raoul quería sacar a Christine a bailar, pero ella se mostraba reacia. En aquel momento apareció muy cerca de ellos su enviada, que distrajo a Raoul y permitió a Christine escapar. Erik sonrió con satisfacción. Por desgracia, Raoul apenas hizo caso a la chica y se volvió para buscar a su mujer. Había desaparecido de su vista y para sorpresa de Erik, tampoco él sabía donde se había metido su diva. En aquellas circunstancias, Erik se dijo a si mismo que sí que estaba justificado salir de su escondrijo para buscarla.


Christine sintió que por fin podía respirar. Había salido a la calle y el aire frío de la noche la había revitalizado. Sin consideración alguna, se rompió una parte del vestido para librarse de aquella opresión infernal. Un destrozo no demasiado evidente pero suficiente como excusa para volver a casa. Pero en lugar de entrar de nuevo a la casa y explicarle a Raoul su pequeño incidente, Christine prefirió quedarse fuera. Suspiró, aliviada por poder encontrar un momento de paz y tiempo para reflexionar.

Reflexionar. Christine no estaba segura de si realmente era lo que quería hacer. Aún se sentía demasiado confusa. Ni siquiera ella entendía sus propios actos. No sabía por qué, pero durante mucho tiempo había deseado quitarle la máscara a Erik. ¿Lo habría hecho de haber sabido todo que había desencadenado? ¿O tal vez su subconsciente sabía precisamente que era esto lo que ocurriría y la había empujado a hacerlo?

¿Con qué motivo?

¿Por qué?

Quería probar algo. Pero no ante Erik, sino ante ella misma. Quería demostrarse a sí misma que podría sobreponerse. Que no era tan superficial como en otros tiempos. Bueno, pues lo había conseguido. ¡Y tanto! Recordó aquellos tiempos en qué Raoul creía que Erik una amenaza... hasta que supo que su rostro estaba desfigurado. Entonces supo que la partida estaba ganada. Tal vez Raoul no conocía a Christine tanto como creía. Ni siquiera Christine estaba segura de conocerse a sí misma. Se sentía como si convirtiera en una persona diferente cuando estaba con Erik. En cambio, cuando estaba con Raoul... era la Christine que ella misma creía que era. ¿Tenía algún sentido lo que estaba pensando? ¿O solo estaba consiguiendo confundirse más a sí misma?

¿Por qué era tan complicado?

¿Por qué no podía ser Erik normal?

Christine se sorprendió a sí misma ante este último pensamiento. ¿Deseaba que Erik fuera normal? Sí, sí. ¿A quién quería engañar? ¡Por supuesto! ¡Oh, sí, y tanto! ¡Ojalá no hubiera sido un atormentado artista escondido bajo la ópera! ¡Ojalá no tuviera razón para llevar esa maldita máscara! ¡Ojalá...!

Ojalá no hubiera conocido a Raoul.

Con tristeza, Christine se percató de que era demasiado tarde para darse cuenta de algo así. Demasiado tarde se había dado cuenta de sus verdaderos sentimientos. Tampoco había sido casualidad. Si había tardado tanto en dejar escapar siquiera dichos pensamientos en su cabeza era porqué tenía miedo. Un terrible miedo de la verdad. Con Raoul todo era sencillo, razonable. No daba miedo. En cambio, Erik... Lo que sentía por Erik... la aterrorizaba. Por eso había preferido ignorar esos sentimientos. Porqué intuía algo demasiado, demasiado... simplemente demasiado para ella. Era incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Sin embargo, con la música, era otra cosa. Ahora, justo en ese momento, Christine empezaba a atisbar el verdadero significado de la música de Erik. Todo aquel tiempo era como si hubiera estado ciega. Tan asustada que no podía ver lo que tenía delante. Tanto, que ni siquiera se había podido comprender a sí misma. Claro que no había podido entender la música de Erik. Aquella música era el más puro lenguaje de las emociones. De los sentimientos de Erik. Pero todo aquel tiempo había estado demasiado asustada para escucharle.

La cuestión era, ¿podía ser ahora valiente? ¿Quería serlo?

No estaba segura.

Seguía teniendo miedo de ser consumida por la música de Erik.

¿Y la alternativa? ¿Vivir eternamente reprimida e infeliz por hacer "lo correcto"? ¿Vivir sin vivir? ¿Qué era la vida, al fin y al cabo?

Oh, Dios. Ahora filosofo y todo. Tantas horas con Erik empezaban a hacer mella en ella.

Christine se llevó las manos a la cabeza, sintiendo un dolor agudo en las sienes. Se masajeó con los dedos, pero el dolor persistía. Demasiadas revelaciones. Demasiados sentimientos para procesar.

Y lo peor: una decisión que tomar.

¿Qué hacer?

Ojalá alguien pudiera decidir por ella. Así se libraría de la responsabilidad. ¿Sí? ¿Era eso lo que quería? ¡No, no lo sabía! ¡No sabía lo que quería, no lo sabía! Ni siquiera estaba segura de querer que alguien tomara la decisión por ella.

- ¿Miss Daeé?

Christine se giró, sorprendida por escuchar su antiguo y querido apellido. Vio una pareja vestida elegantemente que reconocía haber visto en la fiesta, pero que no conocía personalmente. El hombre no le dio tiempo a contestar, pues prosiguió hablando:

- ¿Es usted, verdad? ¡Ya me lo pareció! Solo quería decirle que la vi en su debut en la ópera de París y que desde entonces he creído... bueno, creemos -se rectificó, mirando a su mujer- que es usted una maravillosa soprano. Fue una verdadera lástima lo de la ópera, sinceramente... Desde entonces no la hemos visto actuar. ¿Sigue usted cantando?

Christine sonrió, algo atribulada por la velocidad en qué hablaba el hombre. Pero viendo que el hombre callaba y la dejaba hablar, Christine contestó educadamente:

- Es usted muy amable. Sí que sigo cantando, pero... bueno, no es lo mismo que antes.

- Es una verdadera pena, sinceramente, porqué tiene usted un gran talento -prosiguió la mujer, hablando con la misma viveza que su marido-. ¿Sabe? Mi marido y yo somos unos apasionados de la ópera. La verdad es que estamos sufriendo mucho desde que se incendió. No entendemos por qué están tardando tantísimo en las tareas de reconstrucción. Es horrible, ¿sabe usted quién está al cargo ahora mismo? No, claro que no -se contestó a sí misma la mujer, viendo la cara de desconcierto de Christine-. Por eso precisamente hemos estado pensando en tomar cartas en el asunto, ¿verdad que sí, Charmant?

- Desde luego que sí. Esto es un abuso a los ciudadanos de París. ¡Un año sin ópera! Esto es inadmisible. ¿Qué se supone que debemos hacer las personas decentes sin nuestra mayor fuente de entretenimiento? ¿Cotillear como viejas? ¡Desde luego que no! Por eso hemos estado pensando Charmine y yo que vamos a contactar con quien quiera que sea que está al cargo de estas cosas y decirle que hasta aquí.

-Eso mismo, ¡hasta aquí!

- Y sepa usted que cuando reabra la ópera nosotros estaremos ahí para asegurarnos que usted será la prima donna.

- Son ustedes... muy amables -repuso ella, aún sorprendida ante tanta vehemencia.

- Esta noche hemos estados ya haciendo algunas gestiones, viendo lo que piensa la buena sociedad sobre el tema. Y creo que tenemos bastante gente de nuestra parte -le aseguró Charmine en tono de confidencia.

- ¡Y qué feliz casualidad que estuviera hoy usted aquí también! No teníamos ni idea que siguiera usted viviendo en París. Creíamos que tal vez se hubiera marchado a alguna ciudad dónde el arte fuera más próspero que aquí. ¡Bueno, tanto mejor para nosotros! Dígame, ¿dónde vive usted ahora? Así podremos visitarla y hablarle sobre las novedades sobre nuestras gestiones. ¿Le parece a usted bien?

- Por supuesto. Vivo en la Rue de Rivoli, vengan ustedes cuando quieran.

- ¡Espléndido, espléndido!

Ambos le dieron un ferviente apretón de manos mientras se despedían con el mismo entusiasmo. Finalmente se fueron y Christine pudo preguntarse qué era lo que realmente acababa de pasar. ¡Qué locura de matrimonio! Sin embargo, parecían perfectamente coordinados. Compenetrados. ¿Era así como debían ser los matrimonios?

Oh, no. Por unos segundos había olvidado "su tema". Ahora volvía a recordarlo. Ciertamente, aquella pareja le había dado algo nuevo en lo que pensar. ¿Y si lo conseguían? ¿Y si reabrían la Ópera? Oh, ¡sería tan maravilloso! Volver a la Ópera, volver a cantar de verdad... no en un simple coro.

- Por fin te encuentro -dijo tras ella la voz de Raoul-. Te vas a helar aquí fuera.

- No me encontraba bien -se justificó ella-. El aire fresco me ha venido bien.

Raoul bajó los escalones de la casa.

- ¿Estás mejor?

- Sí.

- ¿Quieres que volvamos a casa?

- Si no te importa, sí, me gustaría volver a casa.

- Claro -asintió él. Se acercó y le dio un beso en la mejilla. Christine bajó la mirada, algo incómoda-. Voy a por los abrigos.

- Te espero aquí.


Erik vio como Raoul volvía a entrar en la casa. Christine se quedó de nuevo sola. Pero esta vez, en lugar de fruncir el ceño, una leve sonrisa se dibujaba en sus labios mientras sus mejillas recuperaban su color. ¿Qué le habría dicho aquel matrimonio para cambiar su expresión? Erik quiso pensar que había sido el matrimonio, pues apenas acababa de salir y la había encontrado despidiéndose de aquella extraña pareja. Poco después apareció Raoul. ¿Por qué había sonreído Christine? ¿Era realmente por algo que le hubieran dicho aquellos extraños? ¿O era por Raoul? Una sensación muy desagradable se instaló en el pecho de Erik. Una sensación que ya conocía, y que creía haber superado tiempo atrás. Trató de desterrar los celos de su corazón, pero verla con Raoul era una verdadera tortura. Decidió marcharse antes de que volviera a aparecer él.

Esperaba y ansiaba que esa maldita ramera hiciera bien su trabajo. ¡Pero solo Dios sabía cuanto tiempo más tendría que soportar la presencia de Raoul alrededor de Christine!