Capítulo tres: Wish you were here — Avril Lavigne

—Rose ¿quieres jugar al quidditch?—le preguntó James Potter con una sonrisa, a pesar de que estas tendían a ser extremadamente contagiosas, ese día no estaban surtiendo efecto en la pelirroja, la cual lucía totalmente desanimada. Rose estaba sentada, desde ya hacía un buen rato, en aquella banca a la sombra de los arboles frutales del huerto de sus abuelos, pero su mente no estaba allí.

—No, gracias James—se limitó a responder con la vista fija en una oración del libro al que había estado intentado leer por media hora, porque la realidad era que desde hace semanas no sentía ánimos para hacer nada que no fuera dormir, el verano la había golpeado fuertemente dejándola sin fuerzas. Ya no vivía aquella Rose alegre y llena de vida sino que lo único que quedaba era un mero reflejo de su personalidad chispeante. Por supuesto que todos sus primos lo habían notado desde un primer momento y desde hace semanas habían intentando hasta lo imposible para ayudarla, pero sus esfuerzos habían sido en vano, ella parecía no responder ante nada. El único que entendía la situación era Albus, sabía perfectamente por lo que Rose estaba pasando y prefería tan solo sentarse a su lado y acompañarla, él confiaba que el silencio la ayudara más que cientos de palabras.

— ¿Por qué no?, estoy cansado de tu actitud—se quejó el primogénito de los Potter quitándole en menos de un pestañeo el libro a la chica.

—Rose ¿Qué te sucede?—intervino Hugo aprovechando el momento creado por su primo y enfrentando a su hermana directamente. El resto de los Weasley inmediatamente dejaron lo que estaban haciendo y voltearon a contemplar la escena con total curiosidad.

—Nada—gritó con furia la muchacha, la sacaba de sus cabales que todos la miraran como si fuera un animal de circo ¿acaso nadie podía entender que no le sucedía nada?—estoy perfectamente bien.

— ¿Entonces por qué no quieres jugar?, con lo mucho que te gusta el quidditch—detectó Fred haciéndose el detective para molestarla.

—Hace mucho calor—inventó rápidamente poniéndose de pie—dame mi libro James—exigió después, estirando su brazo e intentando tomarlo, pero James sacó su varita y lo hizo levitar unos metros por encima de su cabeza.

—Si juegas te lo daré, además como yo soy mayor de edad y puedo usar magia, estas en desventaja Rosie—se rio el muchacho de ojos avellana.

Ella miró por unos segundos a su libro, inalcanzable y flotando libremente, y supo que no había otra forma de conseguirlo. Cuando ya iba a abrir la boca una nueva voz se alzó entre las demás.

—James devuélvele su libro a Rose—.

—Pero, ¿por qué Teddy?, ¿no ves que nos estamos divirtiendo mucho?—ironizó James mostrándole una sonrisa extremadamente falsa al muchacho que prácticamente consideraba como su hermano mayor.

Antes de que alguien pudiera decir algo más el joven de cabellos azules sacó su varita y atrajo el libro con un solo movimiento, entonces se lo devolvió a la pelirroja junto con una sonrisa.

—Nana Molly preparó jugo de calabaza para todos, así que entren por un rato—estableció el ahijado de Harry Potter.

Se escucharon muchas quejas por parte de los chicos que estaban ansiosos de jugar un partido antes de que llegara la hora del almuerzo pero nadie renegó la orden de su abuela porque sabían que la anciana podía ser atemorizante en cuanto empezara a gritar.

Rose fue la primera en entrar a la cocina, con desgana se sentó en la mesa y se vació todo su vaso de jugo de una sola vez. Su abuela la miró con preocupación pero no dijo nada, enseguida ella se escabulló a su habitación para poder terminar la tarde en paz. Intentando que nadie la notara atravesó la cocina como un rayo y subió los escalones de dos en dos. En cuanto alcanzó el cuarto que compartía con varias de sus primas se tumbó en su cama con un suspiro. Automáticamente sus ojos se posaron en la ventana totalmente abierta, pero allí no había nada, ni una sola lechuza desde hacia cuatro largas semanas. Todavía guardaba esperanzas de que Scorpius le contestara su carta, y nunca una espera se le había hecho tan larga.

Ante todos aquellos pensamientos que ya estaban dejándole un sabor amargo en la garganta, ella abrazó a su preciada guitarra, necesitaba de su música para pasar ese momento. Inmediatamente después sus dedos largos y finos comenzaron a rasgar con delicadeza las cuerdas del instrumento, la melodía comenzó a sonar y sus labios la acompañaron. No sabía porque estaba cantando aquella canción pero se sentía bien, sus sentimientos lentamente se inmiscuyeron en el sonido y de pronto se dio cuenta de lo que le sucedía: ella lo extrañaba. Poco a poco su alma se fue liberando de aquella angustia que le oprimía el pecho hasta tal punto que sus lágrimas se mezclaron con la música.

Entonces la puerta se abrió y una pelirroja ingresó, parecía bastante confundida, sin embargo al ver en el estado en que se encontraba su prima no tardó en correr hacia ella y darle un fuerte abrazo. La pequeña de los Potter nunca había visto a Rose tan mal, con los ojos hinchados por un llanto desgarrador.

—Rose no llores, por favor—le suplicó Lily con un susurro en el oído.

No se separaron hasta pasados unos minutos en los que la chica de ojos azules pudo tranquilizarse y dejar de llorar.

— ¿Puedes contarme que sucede?—

—No sé que hacer, hace semanas que él no me responde ¿y si le ha pasado algo?—manifestó Rose terriblemente preocupada. La chica de ojos cafés rápidamente entendió a que se refería y la miró con ternura.

—No lo creo, en mi opinión él está ocupado, quien sabe las cosas que le hizo hacer su excéntrica abuela francesa—indicó Lily con una risita intentando aflojar el ambiente.

—Tienes razón—aceptó Rose con una mueca bastante parecida a una sonrisa—pero lo extraño mucho…—murmuró ella con tristeza.

—Queda una semana para que volvamos a Hogwarts, anímate, pronto lo podrás ver todos los días—aseguró la más joven—además de seguro se contactará contigo para tu cumpleaños.

Rose pronto recordó su cumpleaños, no se había percatado que en menos de veinticuatro horas sería por fin mayor de edad, podría defenderse de las travesuras de James y Fred.

— ¿Cuánto piensas confesártele?—quiso saber Lily poniendo una cara de niña inocente incapaz de romper un plato. El rostro de Rose se puso totalmente rojo ¿era tan evidente?

—No sé de que me hab…

—No te hagas la tonta, no sólo es algo que salta a la vista sino que a Al se le escapó el otro día después de que James le pusiera whisky de fuego en su jugo—le contó la pelirroja algo divertida ante la reacción de su prima.

—La próxima vez que lo vea, no puedo seguir así, me estoy volviendo loca—.

La chica de ojos cafés se rio ante el comentario de su prima pues si hace dos años atrás alguien le hubiera dicho que eso sucedería, ella solo se habría burlado; todavía no se explicaba como la primogénita de Ronald y Hermione Weasley había caído en el amor, pues siempre ella había sido la chica más fuerte y razonable de todo el clan Weasley; alegaba que ese sentimiento no era más que un desperdicio, pero ahora esas palabras jugaban en su contra.

—Toma, lo olvidaste en la cocina—dijo la más joven, al mismo tiempo que le entregaba ese libro que había estado leyendo en el jardín.

Luego la chica Potter se retiró de allí. Como la pelirroja sabía que era imposible concentrarse en los libros en ese momento decidió guardarlo en su baúl. Lo estaba acomodando entre sus múltiples ejemplares cuando vio algo que le llamó la atención. Un pequeña caja musical color azul yacía en el fondo, con cuidado la tomó entre sus manos y la observó .Ese era el regalo que le había dado Scorpius en su anterior cumpleaños, su mente pronto se fundió en los recuerdos del verano pasado; recordó cuando habían encerrado a James en el armario de las escobas, cuando habían jugado quidditch bajo la luz del sol, sin mencionar aquella vez que habían ido al pueblo…

Habían hecho tantas cosas juntos que ella ya no las podía recordar todas. Era como si dentro de cada objeto existiera un recuerdo de ellos dos, un fragmento que marcaba su presencia incluso cuando él no estaba allí. No obstante aquello no era suficiente para Rose, ella quería que Scorpius estuviese en la madriguera, dentro de esa misma habitación, sonriéndole como siempre lo hacía.

De pronto, una voz semejante a un murmullo lejano, se escuchó y la pelirroja giró su cabeza hacia la puerta intentando esconder la cajita musical entre sus manos.

—Es hora del almuerzo—.

Su prima más pequeña, Lucy, la miró a través de la rendija con una sonrisa tímida.

—Dile a Nana Molly que ya bajo, me cambiaré de ropa—le indicó Rose algo más tranquila de que fuera ella, pues si alguno de sus primos la veía en ese estado de seguro las cobraría con cierto rubio.

—¿Estas bien?—volvió a susurrar la pequeña de doce años, se notaba la preocupación en sus ojos oscuros.

—Sí, lo estoy— le sonrió Rose afectivamente logrando la misma reacción en su acompañante. Con esto todas las dudas de Lucy se dispersaron y se fue de allí en silencio.

Con el ánimo notablemente mejor que antes, la chica de ojos azules guardó como si fuera un tesoro la caja musical y buscó un cambio de ropa dentro de su baúl. Después de todo mañana era su cumpleaños, el día que esperaba con ansias, el día que una lechuza llegaría con su esmerada caligrafía. Su deseo comenzó a invadir cada rincón de su mente hasta que cuando puso sus pies en la escalera este ya la había conquistado por completo. Sólo le restaba esperar, entendía que sí tenía un poco de paciencia él estaría pronto junto a ella, o al menos eso creía ella.