Hola! Bien, originalmente esto iba a ser solo un One-Shot, pero al final un momento antes de subirlo tuve una idea. Lo cambie un poco, le agregue otro tanto y surgió un mini-fic de algo así como doce capítulos. Así que Miss Pringles, si hay continuación, no te respondí porque FF no me dejó hacerlo, no tenés activados los mensaje privados.

Gracias a Miss Pringles, Aniyasha y a HW789 por sus comentarios.


Kushina


Naruto no me pertenece.


Muy bien, Minato, pensaba el joven, no estás loco.

El joven estudiante se giró en la cama, enredándose por milecima vez. Pero a ciencia cierta, tenía miedo. Nunca había sido el típico niño llorón, que hace un berrinche cuando algo mínimo lo atemoriza. Minato no había sido un niñito miedoso, no le temía la las alturas, ni a la oscuridad, ni a los fantasmas. O eso creía hasta ese mismo día.

Ahora le tenía miedo a la oscuridad, y estaba tratando de dormir con la puerta entreabierta para que se colase la luz del comedor. Y a los fantasmas.

Era imposible que él hubiese visto un fantasma, era literalmente imposible. Minato no era uno de esos médiums raros en los que nunca había creído. Por otro lado él sí creía en la otra vida, cierto, pero la quería lejós de la suya. Masculló una maldición. Ahora le daba miedo cerrar los ojos.

Esa noche no había podido apartar los ojos de la imagen de la chica. Llevaba tres días muerta, el mismo tiempo que él llevaba viéndola en el bar. Eso explicaba, también, que el mesero no la atendiera ¡El mesero no podía verla! Bien, pensó sentándose, no ganaba nada dándole vueltas al asunto.

A todos los habían espantado alguna vez, había sido su turno y allí acababa todo. Había visto un muerto, bien, no era el primero. Había conversado con un muerto, tampoco era el único. Pero por alguna razón, pensó, las cosas pasan. Dejo de lado ese hilo de pensamiento y tendió la cama revuelta. Se acostó de nuevo y está vez se obligó a sí mismo a mantener los ojos cerrados. Se durmió con la imagen de ella en su rostro, pero distinta. La vio con el cabello atado en una coleta alta, sonriendo y preguntándole sobre un aula de aritmética.

No entendía nada.

A la mañana siguiente se despertó temprano, pero para su mala suerte- o buena en todo caso- su profesor había faltado por enfermedad, y lo haría la clase siguiente. Por lo tanto, ese día no tendría clase. El joven volvió a su apartamente, procurando no mirar al bar de frente a su facultad, apretando el paso. Llegó casi corriendo a su casa, con el corazón latiendo locamente y casi sin poder respirar.

Subió las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta. Todo estaba a oscuras. Camino hasta la cocina, a ciegas, encendió la luz y puso agua a hervir. Se quito el abrigo que llevaba y camino hasta la ficha de la luz del comedor, para encenderla. Al hacerlo y fijar sus ojos en el sofá en busca del control remotó emitió un jadeo de terror.

Ella estaba sentada en su sofá, con las piernas cruzadas, mirándolo fijamente. Minato la señalo, incapaz de reaccionar, y ella parecía tan sorprendida como él.

— ¡Puedes verme! — Exclamó ella, levantándose, feliz.

— ¡Cla-claro que puedo!

Minato retrocedió cuando la chica se acercaba, hasta que choco con la pared. Ella trato de tocarlo, pero para su tristeza, lo atravezo como la materia inexistente que ella era. Kushina miró su mano, molesta, y la apretó.

Era injusto.

—¡Tú-ú estás mu-muerta! — Tartamudeó Minato, aterrado.

Ella giró los ojos.

—Dime algo que no sepa, idiota.

Minato no podía creerlo, era la misma chica que antes, con el mismo vestido, el mismo pelo rubicundo, pero una actitud totalmente distinta.

— ¡Eres la del bar!

Ella lo miró aturdida, lo pensó un instante mientras cerraba los ojos y asintió.

— Si, te recuerdo. Lo que pasa antes de que nuestros cuerpos lleguen a la tierra es borroso. Es como un letargo, o algo así.

Minato asintió, moviéndose hasta la cocina, tratando de huir ¿De qué le serviría si ella podía atravesar paredes y eso? Ella lo siguió hasta la cocina, usando la puerta para su desconcierto. Bien, lo más seguro era que ella misma no se acostumbrá aún a la idea de estar muerta.

—Si ya te… enterraron ¿Por qué sigues aquí?

Minato pregunto, retrocediendo más, hasta darse en la cabeza con una alacena. Ella se rió, enjugándose una lágrima que no estaba allí.

—No lo sé, creo que tengo asuntos sin resolver.

—¡Pues ve y resuélvelos! — Minato ordenó, pero al ver los ojos furiosos de la chica se quedo sin habla.

Los ojos azules brillaban, fulminantes, en medio de pestañas rojizas. La fantasma resoplo de forma muy poco femenina, y puso sus manos en las caderas. Aparentemente, lo único que no podía atravesar era a ella misma.

— ¿Crees, imbécil, que estaría aquí de saber qué es lo que tengo que hacer para largarme?

Minato tartamudeó un intento de respuesta que ella no lo dejó concluir.

— Hay muy pocas cosas que recuerde, ni siquiera sé mi nombre — Ella respondió, enojada —Pero para nuestra desgracia, te recuerdo a ti, y a tu capacidad para verme. Así que ahí lo tienes, nenita, tú vas a ayudarme a irme de aquí.

Minato la miró asombrado. Ella estaba confusa, enojada y determinada. Muerta, para agregar. Y él, aterrado, confundido, y rezando para estar aún dormido.

— ¿Cómo encontraste mi departamento?

Ella alzó una ceja.

—Sabía que era tuyo porque te seguí. No llevo aquí más que tú.

—¡Pero no te ví en el camino, por qué te veo ahora!

—¡Porque no deje que me viera, daah! — La pelirroja se sentó de nuevo, estaba sorprendida de poder hacerlo. En otros lugares se caería.

Miró al chico, que murmuraba para sí mismo mientras caminaba de un lado a otro. Muy probablemente fuera porque el rubio se sentara allí diario. La joven miró alrededor, y sintió ganas de llorar. No recordaba nada, ni su nombre, ni sus gustos, ni siquiera sabía como o por qué había muerto ¿Había sido una buena o una mala persona? ¿Era una ladrona, una monja, un chica normal?

Kushina miró sus manos, blancas, no parecían las manos de alguien que trabajara duramente. No tenía cicatriz alguna. Su pelo estaba muy bien cuidado, de forma que lo cuidaba. Ella se hundió en el sofá esperando que el joven reaccionara. Lo que fuera que ella hubiese sido, tenía que dejarlo ir. Había decidido irse si de todas maneras no pertenecía más allí.

Se había despertado en un basurero, mirando como gente se llevaba su propio cuerpo bañado en sangre. Se quedó quieta, estática, observándose a si misma metida en una bolsa, siendo llevada a dios sabrá donde. Se quedo allí, quieta, hasta que reacciono. Trato de tocar a uno de los investigadores, pero fue imposible, lo había atravesado. Grito de pánico y echó a correr, hasta encontrar un lugar donde ocultarse.

Sentía ganas de llorar, pero no podía hacerlo. Tampoco iba a mostrarse débil ante ese médium idiota que le temía.

— ¿No se supone que eres un médium o algo así, porque carajo te doy miedo? Ni que fuera horrenda, o lo peor que has visto.

—¡No soy un bendito médium!

Ella parpadeó, confusa.

—Pero puedes verme — Dijo, señalándose. — Entonces eres un fantasma, o un médium.

—Espera, espera— Minato le pidió, sin querer volver a hacerla enojar — Yo no soy un médium, estoy muy vivito, y eres el primer fantasma que veo en mi vida entera ¡Yo no puedo ayudarte, Kushina!

Al contrario de lo que el rubio esperaba, la chica no le contesto de forma inmediata. La pelirroja lo miró y abrió la boca, solo para volverla a cerrar sin emitir sonido alguno. Minato esperó un largo minuto a que ella encontrara las palabras adecuadas para lo que fuera que planeara decirle. Él sólo quería sacarla de allí, y no verla nunca más.

¿Qué demonios había hecho él para merecer ser espantado por una sexi fantasma?

—¿Cómo me llamaste?

La voz de Kushina salió ahogada, desencontrada y baja. Pero Minato lo entendió al instante; ella no recordaba su propio nombre.

—Kushina, así te llamas. Tú misma me lo dijiste en el bar; Kushina Uzumaki.

Ella levantó la vista y se paró, caminando hacía él mientras se repetía su nombre. Kushina. Un nombre que para ella carecía de significado hasta que lo escucho de los labios del joven, que le causo un estremecimiento.

—Esto es un asco — Kushina dijo, llevándose una mano a la cabeza para despeinarse con desesperación — Pero si puedes verme es por algo, inútil, y vas a ayudarme.

Minato iba a quejarse pero ella le enseño una sonrisa sádica que le helo los pensamientos.

—No voy a dejarte en paz ni para ir al baño, no tienes opción — Le advirtió — Desde ahora, vas a vivir para que yo muera en paz, niñito, desde hoy no voy a dejarte en paz, ni un solo instante. Vas a ayudarme quieras o no.

Minato escuchó el agua hervir en la cocina y miró el reloj.

En menos de seis minutos se había convertido en, básicamente, una fantasma con complejo de superioridad. Suspiró, sip, había hecho algo jodidamente malo en sus vidas anteriores para terminar así.

—Bien, creo.