Ni los personajes ni, en general, la trama me pertenecen; escribo sin fines de lucro, los reviews son mi sueldo.


Capítulo 2: El Tour de la Victoria

El domingo siguiente, vamos a verlo, enfundadas en nuestros abrigos nuevos, que agradezco mucho considerando el frío que hace. Cualquier día de éstos empezará a nevar. Él otra vez está pintando; ésta se trata de un gran jarrón lleno de flores silvestres. Prim le lleva un quesito de cabra en agradecimiento por las galletitas; al recibirlo, Peeta se emociona casi hasta las lágrimas.

—Gracias, Prim. Muchas gracias —dice con un obvio nudo en la garganta—. Pero no puedo aceptarlo como regalo… sé que necesitas el dinero, puedo pagártelo…

—¡Es un regalo! —protesta Prim, airada, con toda la furia que su metro y quince centímetros de altura pueden abarcar—. Los regalos no se pagan. Se agradecen educadamente, dice mi mamá. Yo te agradecí educadamente las galletitas, ¿no es cierto?

—Sí —tiene que admitir Peeta con una sonrisa—. Muchas gracias, Prim, por el queso. Tus modales son mucho mejores que los míos, parece.

—No, es sólo que eres generoso —lo corrige Prim amablemente.

Por alguna razón, Peeta se sonroja.

—Veo que cambiaste de temática —comento, señalando el nuevo cuadro.

—Sí, mejor pintar algo inofensivo —se encoge de hombros él—. Tengo una lista de cosas inofensivas que pintar. Flores, pájaros, atardeceres, el cielo estrellado, árboles, frutas, panes. Todo perfectamente inocente.

—¿Alguien te dio esa lista?

—No, la escribí yo mismo después de que me advirtieran que un perfil lo más bajo posible es lo ideal —admite Peeta—. Tengo que apresurarme a tener una buena colección de pinturas. El Tour de la Victoria es en dos semanas —añade con lo que me parece amargura.

—Al menos podrás salir y ver los otros Distritos —menciono.

—Hay algunos que me encantaría evitar —admite Peeta en un murmullo.

No hace falta que entre en detalles. Pienso en los chicos del Distrito 2 en los últimos Juegos, y en cómo sus padres estarán obligados a comportarse civilmente con Peeta cuando visite el distrito, por más que lo odien por lo que hizo. No es como si sus hijos fueron unos santos, pero aún así…

—¿Sabes que hoy estudiamos geología en la escuela? —comenta Prim de pronto—. La maestra dice que el suelo del Distrito 2 y el del 12 son similares: no excesivamente fértiles, porque la riqueza está bajo la tierra, en las minas. En cambio, el suelo del Distrito 11 es muy fértil, por eso están encargados de la agricultura.

—Eso es lo que recuerdo haber estudiado —asiente Peeta, melancólico—. Extraño la escuela.

—¿La extrañas? —le pregunto, incrédula—. ¿A la escuela?

—¿Por qué no vuelves? —pregunta Prim, curiosa—. Podrías ponerte al día con los estudios…

—No tengo permiso de ir —explica Peeta en voz baja, mirando al suelo.

—¿Tu mamá no te deja? —quiere saber Prim, confundida.

—El Capitolio no me deja —admite él—. Dicen que estoy por encima de estudiar sobre el carbón, y que con los Juegos y eso de todos modos no podría mantener el ritmo de cursado.

—¿Hay alguna otra cosa que te prohíban? —pregunto, casi irónica.

—No debo ser visto en compañía de gente "impresentable". No debo trabajar en la panadería de mi familia, de hecho, no debo trabajar en otra cosa que no sea mi talento —recita con monotonía—. No tengo permiso de vivir en otro lugar que mi casa en la Aldea de los Vencedores, y no debo hacer nada que incite al desorden público.

Prim y yo lo miramos con asombro.

—Me dieron todas esas reglas antes de enviarme de regreso —aclara Peeta, inexpresivo.

—Hhmm… ¿qué quiere decir lo de "incitar al desorden público"? ¿Tienes prohibido correr desnudo por ahí o algo parecido? —pregunto, tratando de hacer un chiste.

Peeta estalla en carcajadas, mientras que Prim se sonroja y me sisea un "¡Katniss!" cargado de reproche.

—Eh, creo que eso le encantaría al Capitolio… daría que hablar, y les encantan los chismes —admite Peeta, volviéndose serio—. No, básicamente, es lo mismo que todo el mundo: tengo prohibido criticar al Capitolio.

—Todos tenemos prohibido eso.

—Sí, pero si yo lo critico, en lugar de castigarme a mí, las consecuencias caerán sobre mi familia —señala él, lacónico—. Haymitch dio a entender que, como quedaría mal que el gobierno encarcele a un Vencedor, cuando quieren hacer sufrir a alguien, quienes acaban castigados son su familia y amigos.

—¿Haymitch sabe de eso? —pregunto en voz baja.

—Eso le pregunté. Me respondió arrojándome una botella —nos confía Peeta en un murmullo—. Me pareció explicación suficiente.

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Vuelvo a encontrarme con Peeta Mellark el miércoles de esa misma semana. Estuvo nevando durante días y está todo helado. Casi no hay presas, la verdura escasea en el bosque, el lago está congelado... hasta los sinsajos andan con bufandas, o poco menos.

Aún así, voy al bosque, con la esperanza de encontrar algo útil. Bayas, un animal herido, hierbas medicinales para mi mamá… algo, cualquier cosa. De camino hacia la verja me encuentro con una figura envuelta en un largo abrigo que camina lentamente en dirección a la casa de los Sullivan. Entrecierro los ojos, no es ninguno de los miembros de la familia, que son todos más flacos y no tienen ese tipo de abrigos largos y caros. La figura se da vuelta, quizás notando que yo la observaba fijamente, y noto que es Mellark, lo que me confunde y mucho. ¿Qué hace él a esta hora en este lugar?

Lo saludo con la mano, un poco desconfiada, y él me devuelve el saludo, dudando. Yo sigo hacia la verja, manteniendo un ojo en él, quien deja de ir hacia la casa de los Sullivan y se acerca a mí. Está tan abrigado que parece casi gordo, sólo la cara asoma por entre un montón de ropa. Se lo ve un poco ridículo, no puede estar cómodo con tantas prendas encima.

—Hola —me saluda con una pequeña sonrisa.

—Hola —lo saludo yo también, precavida.

—Bonito día, ¿no? —comenta con una mueca, señalando el suelo nevado y el cielo cubierto de nubes que anuncia más nieve y frío.

—Precioso —respondo, sin poder evitar la sonrisa irónica—. Voy a cazar ardillas y recoger frambuesas al bosque. ¿No querrás comprarme algunas cuando regrese?

De inmediato me doy cuenta que probablemente Peeta no sabe que las ardillas están muy bosque adentro, en busca de comida, y que en esta época del año los arbustos de frambuesas son una miseria de palos pelados sin siquiera hojas. Gale hubiese entendido el chiste de inmediato, pero Peeta probablemente cree que lo dije en serio.

—Oh, me encantaría, si estuvieses de acuerdo en cambiar una ardilla por un pan —dice, animado.

—Tu papá me da un pan por dos ardillas —le señalo.

—Mi papá tiene que rendir cuentas, pero yo no —se encoge hombros él, con una sonrisa un poco burlona—. Y me gusta mucho el guiso de ardilla. Mi papá solía prepararlo en casa, y hasta el día de hoy mi mamá cree que todo este tiempo estuvo comiendo liebre.

Se me escapa una pequeña carcajada al imaginarme a la esposa del panadero, esa bruja, engañada durante años, comiendo las ardillas que Gale y yo cazábamos, convencida de que era liebre. Me sorprende que Peeta me cuente esto, sin embargo.

—Es verdad que extraño las ardillas. Cuando haga mejor tiempo, ¿querrías canjearme algunas por pan?

—Claro —acepto de inmediato. Un pan por una ardilla es un excelente negocio… para mí.

—¿Qué otras cosas cazas? —pregunta él con interés—. Escuché una vez a Jenna Blotts diciendo que su papá te había visto en el Quemador, donde habías llevado para vender un oso que habías matado con un cuchillo.

Me sonrojo de vergüenza ante semejante exageración.

—Era un ciervo, no un oso. No le arrojé cuchillos, le clavé una flecha en el cuello, y después le clavé un cuchillo, para rematarlo. Y no lo cacé sola, mi amigo Gale estaba conmigo —explico.

—Eso me suena más plausible. Sin ofender —aclara Peeta Mellark enseguida—, pero me costaba imaginarte apuñalando un oso y cargando al animal muerto hasta el mercado. ¿Cómo de grande era el ciervo?

—Era una hembra que tenía una pata herida, quizás por lobos o perros salvajes —recuerdo—. Nos tomó un buen rato llevarla, pesaba bastante. Esperamos a que oscureciera y la llevamos hasta el Quemador. Fue una locura, todo el mundo empezó a pujar por las piezas, gritaban, algunos hasta arrancaron pedazos —sacudo la cabeza, recordando el caos—. Por fin, Greasy Sae, la mujer que cocina sopas y guisos en el Quemador, intervino y nos mandó con el animal a la carnicería. Nos pagaron lo justo, porque el forcejeo había estropeado al animal. La siguiente vez que Gale y yo cazamos un ciervo, lo llevamos directamente a la carnicería.

—Por casualidad, ¿tu amigo Gale es ése que viene allá? —comenta Peeta con voz inexpresiva, señalando con la cabeza hacia la verja.

Efectivamente, Gale viene trotando a un lado del alambre tejido, con la mirada fija en Peeta y en mí, y con cara de pocos amigos. ¿Qué bicho le picó ahora? Estaba de buen humor anoche.

—Sí, es él —confirmo.

—Supongo que debería irme, así los dejo cazar tranquilos —murmura Peeta, mirando el camino que cruza la Veta y el pueblo hacia la Aldea de los Vencedores. Tiene un largo trecho por delante—. Sigo interesado en las ardillas, cuando caces algunas.

—Lo tendré en mente. Sólo, una cosa, ¿qué hacías yendo a la casa de los Sullivan a las cinco de la mañana en medio de un montón de nieve? —le pregunto sin poder contener mi curiosidad.

Él parece dudar un momento, y en ese momento Gale llega junto a mí. Se queda mirándonos, tenso, sobre todo a Peeta.

—Hola —lo saluda Peeta con un gesto de la cabeza. De vuelta hacia mí, se encoge de hombros—. Tuve una pesadilla, me levanté a tomar agua y me encontré con que todo estaba cubierto de nieve. El médico me había dicho que tengo que enfrentarme a lo que me causa miedo, entonces pensé que el mejor modo de convencerme que la nieve es sólo eso, nieve, era caminar por un lugar conocido y seguro cuando estuviese cubierto de nieve… de modo que me pasé casi toda la noche caminando por el Distrito 12.

No se me ocurre muy bien qué decir. Los Juegos que Peeta ganó consistían en una arena que era un enorme campo nevado; varios tributos murieron de frío ese año, a otros los sepultó una avalancha. Peeta perdió parte de la pierna izquierda debido a la congelación. En esas circunstancias, a mí la nieve también me causaría pánico. Supongo que su exceso de abrigo tiene cierto sentido.

—Bueno, ya me voy, no quiero molestarlos. Que estén bien, y buena caza, Katniss, Gale —Peeta nos saluda con otro movimiento de cabeza, da media vuelta y se va apresuradamente.

—¿Qué hacía Mellark hablándote de sus pesadillas? —quiere saber Gale en cuanto Peeta se pierde de vista.

—Hola, Gale, yo también me alegro de verte —le contesto con sorna.

—Catnip, en serio, ¿qué hacía aquí? —pregunta Gale, desconfiado.

—Me lo crucé cuando iba hacia la verja. Quedamos en que me cambiará ardillas por pan, y entonces le pregunté qué hacía aquí, y en eso llegaste —comento sin entrar en detalles, encaminándome hacia la verja, con Gale un paso detrás de mí.

—¿Hablaron de ardillas? —pregunta Gale, poco convencido.

—Sí, me dijo que su papá prepara guiso con ellas. ¿Sabías que el panadero le hace creer a la Vieja Bruja que es liebre lo que comen? —le pregunto con una sonrisa, escuchando a ver si la verja está electrificada. No lo está.

—Por favor, hay un mundo de distancia de una liebre a una ardilla —arruga la nariz Gale, sonriendo.

—Ya, pero por lo visto es posible confundirlas si no tienes idea —sonrío yo, metiéndome por debajo del alambre teóricamente electrificado.

—Ardilla por liebre —Gale sonríe y sacude la cabeza antes de meterse por el hueco—. No hubiese creído que el panadero tuviese en sí el ser tan… pillo.

—Debe ser un mecanismo de supervivencia. Hay que ingeniárselas para sobrevivir con una esposa tan desagradable como ésa —señalo yo.

Gale asiente y me pregunta sobre los quesos de leche de cabra que prepara Prim; aún está aprendiendo y a veces los quesos salen mal, pero mejoró últimamente. El tema de Peeta, su padre y las ardillas queda olvidado.

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El domingo siguiente Prim y yo vamos nuevamente a ver a Peeta Mellark al mercado. Ésta vez no está pintando, sino que sólo está sentado en su lugar habitual, abrigadísimo y con un termo de té caliente entre las manos, del que toma sorbos de vez en cuando.

Lo noto distraído desde el principio. Se alegra de vernos, pero parece claro que ese día tiene la cabeza en otra parte. Prim le cuenta con lujo de detalles una pequeña historia cotidiana sobre la vez que Lady, la cabra, consiguió soltarse de la cuerda con que estaba atada y escapó a la casa de los vecinos, donde la atraparon comiéndose los crisantemos que con tanto esfuerzo la señora Peters, nuestra vecina, había conseguido cultivar. Avergonzada, Prim les regaló a los Peters un litro de leche por día durante una semana, y cambiamos la cuerda de Lady por una cadena oxidada que conseguí en el Quemador a cambio de un pescado.

Peeta asiente y sonríe en todos los lugares correctos, pero no puedo quitarme la sospecha que no está prestando atención realmente. Por fin, después de varias pausas incómodas en la conversación, que ese día corre mayormente por cuenta de Prim, Peeta parece reunir valor y decidirse a decir lo que le viene dando vueltas por la cabeza todo este tiempo.

—Lamento que no vaya a poder verlas por varias semanas —dice lentamente, triste—. El próximo jueves me llevan al Tour de la Victoria.

—Vamos a recordarte mientras no estés —le promete Prim, enlazando los dedos. Su reacción natural hubiese sido ponerle una mano en el hombro o quizás abrazarlo, pero como Peeta rehúye el contacto físico, Prim está un poco perdida de cómo confortarlo.

—Y te vamos a ver en televisión —añado—. Antes de que siquiera te des cuenta, estarás de regreso en casa.

—Podrás pintar todas las cosas nuevas que veas, así sabremos cómo son los otros Distritos —sugiere Prim, entusiasmada—. Y el Capitolio no podrá enojarse ni nada.

Peeta sigue sin estar del todo convencido, pero parece un poco menos amargado que antes.

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Efectivamente, vemos a Peeta Mellark en televisión; ni Prim ni yo nos perdemos ni una de sus apariciones. La primera parada, en el Distrito 11, tiene el aspecto de ser una experiencia agridulce para él. El chico de ese distrito, un muchacho corpulento de dieciséis años llamado Thresh, fue algo así como un aliado suyo durante los últimos Juegos, o al menos, Peeta no aprovechó a matar a Thresh cuando tuvo la oportunidad y Thresh defendió a Peeta de un ataque por la espalda, aunque eso le costó la vida al chico del Distrito 11. Tengo la impresión que Peeta se siente culpable, por más que él no tiene en verdad responsabilidad alguna en la muerte del otro tributo. Fue la chica del Distrito 1, Glimmer, la que hirió de muerte a Thresh.

También le presentan a los otros Vencedores. El 11 tiene tres que aún viven, un hombre llamado Chaff que se la pasa haciendo chistes malos, y dos mujeres, Seeder y Dahlia. Los tres parecen llevarse bien con Peeta, a pesar de la diferencia de edades, ya que el Vencedor más joven del Distrito 11 tiene al menos cuarenta años.

Mamá no entiende del todo nuestra fijación con ver cada aparición pública de Peeta. Normalmente evitábamos ver los Juegos, las repeticiones y las proyecciones del Tour de la Victoria salvo cuando era completamente imprescindible. Está un poco preocupada por nuestro "encaprichamiento" con Peeta, y nos recuerda que si bien él es de nuestro distrito y está bien reconocer su valentía, es mejor dejarlo tranquilo. Ésa es su forma de decirnos que nos mantengamos alejadas de él, sin decirlo explícitamente. Al igual que los demás, ella no puede ver más allá de las acciones de Peeta en la arena.

Guardamos silencio al respecto, pero no le hacemos caso. Seguimos viendo a Peeta en cada distrito, diciendo unas líneas ensayadas, cosas que él nunca diría. Un espectador externo quizás no se dé cuenta, pero me sorprendo al darme cuenta que noto la diferencia, y también lo hace Prim.

En cada distrito él parece pasarlo un poco peor. En cada distrito está obligado a ver a las familias de los chicos que tuvieron que morir para que él ganara los Juegos. Pero lo que parece quebrarlo no es un insulto. En el Distrito 8 la tributo femenina había sido una chica escuálida de quince años que había sobrevivido nadie sabe cómo a una meningitis siendo muy pequeña, aunque le quedaron graves secuelas, como dificultad para hablar y falta de coordinación motriz. La pobre no duró ni media hora en los Juegos. La madre de esta chica abraza a Peeta y le agradece por no haberse aprovechado de la debilidad de su hija. Peeta rompe a llorar en cámara y a disculparse por no haber podido hacer más, pero sólo alcanzamos a verlo un momento antes de que la transmisión sea interrumpida.

Peeta lo pasa especialmente mal en el Distrito 2, donde los padres y los tres hermanos de la chica que él mató, Clove, lo fulminan con la mirada y el padre de Gus, el tributo masculino de ese distrito y otra víctima de Peeta, le dice con desprecio que él, Peeta, no merecería haber ganado. El hombre inmediatamente es arrestado por Agentes de la Paz mientras Peeta se queda mirando a la nada, inexpresivo, pero temblando como una hoja.

—¡Es injusto! —protesta Prim airadamente, hablándole a la pantalla—. ¡Ese Gus mató a Mellie, es lógico que Peeta reaccionara! ¡Y Clove atacó a Peeta directamente, él se defendió!

—Seguro que esos hipócritas del Distrito 2 pretendían que Peeta no defendiera a su compañera de distrito —digo con repugnancia. Me había conmovido el modo en que Peeta había protegido a la pequeña Mellie Sullivan, la niña sorda de trece años que fue elegida como tributo junto a él.

—Tendrían que haberse imaginado que Peeta haría lo posible por ayudarle a Mellie. ¿No vieron cómo estaban juntos en la Ceremonia de Inauguración, cómo Peeta la abrazaba cuando iban en el carro tirado por caballos? ¿Cómo él le ayudó con la entrevista? Peeta era capaz de entenderla casi siempre, y hasta podía comunicarse por medio de gestos con ella —sisea Prim, lívida—. ¿Creían que iba a dejar que la mataran sin mover un dedo?

Recuerdo todo eso perfectamente, cómo Peeta parecía ser la única persona con paciencia e ingenio suficiente para comunicarse con una niña que nunca había aprendido a escribir y que era sorda de nacimiento. Mellie se valía de unos gestos que a la gente del Capitolio le parecían grotescos e incomprensibles, y si bien Peeta no era ningún experto en la rudimentaria lengua de señas de Mellie, al menos era capaz de entenderla y hacerse entender por ella, la mayor parte del tiempo.

—Son Profesionales —digo casi escupiendo la palabra, como si eso explicara todo. En cierto sentido, lo hace.

—Aún así, uno creería que tendrían un poco más de comprensión del sentido del compañerismo…

—Supongo que no. Quizás lo que los irrita es que Peeta no atacó a Gus para defenderse él, sino para proteger a alguien más —conjeturo con el ceño fruncido.

—Idiotas —bufa Prim. Asiento de todo corazón.

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Las cosas no están mucho mejor para Peeta cuando lo vemos en el Distrito 1. Las familias de Glimmer y Milton, los tributos muertos en los Juegos que ganó Peeta, lo miran con indisimulado odio y desprecio, pero no le dirigen la palabra ni hacen medio gesto en su dirección. Da la impresión que esto sólo hace sentir peor a nuestro joven Vencedor.

En las festividades del Capitolio, Peeta parece un títere manejado por unas manos muy torpes. Sus movimientos son mecánicos, su sonrisa es obviamente forzada, en lugar de la ligera cojera casi inevitable con la pierna ortopédica él casi arrastra la pierna izquierda tras de sí. Pese a que debe tener comida más que suficiente, juraría que adelgazó, y en los planos cerrados de su cara las bolsas bajo sus ojos son visibles aún bajo todo el maquillaje que le untaron en la cara.

Por fin, las festividades llegan al Distrito 12, con tres eventos. Uno es una fiesta muy exclusiva a la que sólo un puñado de selecta gente es invitada, y no puedo imaginarme a Peeta sintiéndose muy cómodo ente ellos. La siguiente es una gran fiesta popular, con comida gratis para todo el mundo y entretenimiento traído del Capitolio especialmente para la ocasión. Se suspenden las clases y hasta el trabajo en las minas, pero los obreros cobrarán el día de todos modos, algo tan extraordinario que los más memoriosos recuerdan que la última vez que esto pasó fue cuando Haymitch Abernathy ganó los Quincuagésimos Juegos del Hambre, hace veintidós años.

El tercer evento parece ser el único que le da algún tipo de satisfacción a Peeta, o al menos, le arranca una sonrisa sincera. Es la entrega de los Paquetes Especiales. Ya habíamos recibido los paquetes convencionales, uno por habitante, el día doce de cada mes desde que Peeta había ganado; paquetes con comida, y comida lujosa: fruta enlatada, frascos de miel, botellas de jarabe de maíz, pan suavísimo y muy blanco, bolsas de azúcar, bolsas de harina de maíz, fruta fresca, quesos, leche en polvo, jamón… y un saco de treinta kilos de harina de trigo, suave y blanca, para cada familia, además de una lata de veinte litros de aceite de girasol para cada hogar. Los paquetes especiales son aún mejores, ya que su contenido, a nuestros ojos, cuenta como puras golosinas: mermeladas, pan dulce con pasas y nueces, pasteles, budines, incluso caramelos y otras golosinas envueltas en papeles de colores brillantes, y algo marrón, alargado y plano, que yo nunca antes había probado, algo dulce y delicioso llamado chocolate.

Peeta está entre los Agentes de la Paz encargados de repartir los paquetes y ayuda a alcanzárselos a la gente. Es una acción simbólica para las cámaras de televisión que están filmando, pero Peeta parece honestamente feliz cuando le alcanza a la pequeña Posy, la hermanita de Gale, un paquete casi tan grande como ella, o cuando le ayuda a Ripper, la vendedora de licor del mercado negro, a sujetar lo mejor posible su paquete con una sola mano y balancearlo con el muñón.

Cuando es el turno de Prim y el mío, Peeta nos sonríe amablemente, pero no da la menor señal de reconocernos. Recordando lo que nos confió sobre no pintar retratos, le doy un veloz codazo a Prim, que había abierto la boca como para hablarle al recibir su paquete. Mascullo un veloz "gracias" en dirección a Peeta antes de tomar mi paquete y llevarme a Prim medio a rastras.

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Tardamos en volver a encontrarlo a solas. Hay un equipo de televisión que lo sigue por la ciudad, como queriendo documentar su día a día. Lo más cerca que estamos de interactuar con él es cuando los de la televisión filman un par de tomas de la Veta y nuestra casa sale en uno de los planos por casualidad.

Por si acaso, dejo pasar otras dos semanas después de que los equipos de televisión por fin se fueron antes de regresar el domingo al mercado. Prim había querido ir antes, había insistido, suplicado y rogado, pero yo no quise saber nada de eso, me había parecido demasiado inseguro.

Cuando vamos al mercado el domingo, al rincón en que Peeta suele estar, lo encontramos vacío. Esperamos un rato, pero él no aparece. Por fin, conjeturo que él debió haberse ido ya y volvemos a casa, en mi caso, un poco decepcionada, y en el de Prim, arrastrando los pies de desilusión.