No, no soy Collins, de modo que los personajes y el contexto del argumento no me pertenecen. También es por eso que escribo sin fines de lucro. Eso sí, los reviews son bienvenidos.
Capítulo 3: Pesadillas al óleo
No me encuentro con Peeta durante la semana tampoco. El domingo siguiente vamos más temprano al mercado, lo que me obliga a contarle alguna excusa a Gale sobre por qué estoy apurada en volver a casa temprano. No me gusta guardar secretos de él, pero sé que no comprendería esta extraña forma de amistad que nos une a Prim y a mí con Peeta. Gale, igual que mi mamá y prácticamente todo el resto de la gente del Distrito 12, desconfía de Peeta después de los Juegos.
Tampoco encontramos a Peeta ese domingo, pese a que esperamos un largo rato. Prim está empezando a preocuparse por que algo le haya pasado, que esté enfermo o herido o algo. Yo intento aplacar sus temores, pero no dejo de preocuparme un poco yo también. Sin embargo, no hay demasiado que podemos hacer, y volvemos a casa una vez más.
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El tercer domingo seguido en que Peeta Mellark no aparece, Prim está medio muerta de preocupación y yo estoy furiosa. ¿Quién se cree Peeta que es para dejarnos plantadas? ¿Cree que puede hacer llorar a Prim de miedo por que le haya pasado algo? ¿Cree que yo no tengo nada mejor que hacer que esperarlo, domingo tras domingo, a ver si se digna a aparecer?
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El jueves de esa semana atrapo una ardilla. Es escuálida y no vale gran cosa, pero es un tiro limpio, a través del ojo. Haberla cazado me da el empuje necesario para hacer lo que hace tiempo que tengo ganas de hacer. La despellejo, la destripo, la envuelvo en papel encerado y le aviso a Gale que volveré en un rato. Él está ocupado rearmando las trampas, de manera que asiente con la cabeza y no me presta demasiada atención. Perfecto.
Voy rápidamente hacia la Aldea de los Vencedores. Me cruzo de camino con el señor Mellark, el panadero, que me saluda con una inclinación de cabeza. La expresión preocupada de su cara me hace temer lo peor, pero no quiero detenerme a hablar con él, de todos modos no sabría qué decirle, sino que me apresuro en hasta las casas de la colina.
Aunque no sé cuál es la de Peeta, no es difícil deducirlo. Sólo hay dos casas habitadas: delante de una de ellas se amontonan muebles rotos, botellas vacías y basura de todo tipo; la otra está limpia y bien cuidada, con humo saliendo por la chimenea. Voy hacia la segunda antes de dudar un momento. La costumbre de años me impulsa a ir hacia la puerta trasera a realizar mis canjes.
Golpeo la puerta y espero. Nada.
Golpeo de nuevo, más fuerte. Nada de nada.
Aporreo la puerta con el puño. Nada, no hay reacción alguna.
¿Quizás él no está en su casa? No lo vi por el pueblo, pero tampoco me dediqué a buscarlo, vine del bosque directamente hacia aquí. Pruebo la puerta a ver si se abre, con intención de dejar la ardilla en la caja de hielo para que no se eche a perder; Peeta sabrá quién la trajo y confío en que es lo bastante honesto como para darme mi pan después. Y en caso que no, nunca jamás volveré a negociar con él, también le advertiré a Gale al respecto y le prohibiré a Prim que lo vea. Satisfecha, pruebo la puerta, que se abre sin dificultad.
No puedo evitar dar un paso atrás ante la imagen que me recibe. Todas las ventanas están abiertas de par en par, pese al frío. La casa está completamente iluminada, con todas las luces eléctricas encendidas, lo que me permite verlo todo claramente. Las pinturas.
Hay pinturas sobre lienzo desparramadas por todos lados. Pinturas que muestran escenas de los Juegos de Peeta, a la pequeña Mellie sonriendo, paisajes desconocidos, gente con aspecto tan exótico que no pueden ser sino del ciudadanos del Capitolio. Pero no es eso lo que me impresiona, sino el hecho que Peeta por lo visto no se limitó a pintar lienzos. Las paredes, los pisos, los muebles, todo está cubierto de imágenes, escenas a veces muy claras y a veces incomprensibles. Hay dibujos bien delimitados y otros que se superponen, como si Peeta hubiese empezado a pintarlos, luego cambió de opinión y prefirió pintar otra cosa encima.
No sé muy bien dónde pisar, pero por lo visto toda la pintura está seca. Hay pomos vacíos tirados por todas partes, paletas secas, pedazos de tela, pinceles de todos los tamaños, vasos con agua o solventes o lo que sea. Entro silenciosamente, mi bravuconería olvidada. No estoy segura de en qué estado mental estará Peeta, pero considerando el dibujo a tamaño natural de Clove, la tributo del Distrito 2, con un cuchillo clavado entre las costillas que decora el lado interior de la puerta, algo me hace suponer que no será uno muy estable. Por si acaso, dejo la puerta abierta, si un escape rápido llegara a ser necesario.
En puntas de pie, me dirijo hacia la cocina, que está curiosamente limpia de pintura. No encuentro la caja de hielo, pero hay una extraña cosa blanca y alta de metal y plástico, una especie de armario. Al abrirlo, se enciende luz en el interior, y me sorprende encontrar que adentro del armario ése hace frío. Debe ser un "refrigerador", algo que nadie en el Distrito 12 tiene debido a los continuos cortes de energía… además que debe ser carísimo. Encogiéndome de hombros, dejo a la ardilla adentro y cierro la puerta, aunque me queda la duda si la luz de adentro del refrigerador se apagará o no.
Sigo caminando de puntillas, con mi paso cuidadoso de cazadora, atenta al menor movimiento, pero no hay señales de vida. Llego hasta la sala, tan cubierta de pintura como todo lo demás. Una de las paredes luce un mural de gran tamaño, una imagen de Peeta y Mellie juntos en el carro tirado por caballos, él con el traje de minero que le quedaba bastante ridículo (todos en el Distrito 12 sabemos que ningún hijo de comerciantes trabajaría en las minas salvo que sea por lo menos desheredado) y ella con el delicado vestido de plumas amarillas. Los estilistas habían disfrazado a Mellie de canario, el pájaro que a veces los mineros llevan a las profundidades para advertir si hay mal aire: el pajarito deja de cantar si el aire está viciado, y ésa es tu señal para salir de ahí mientras aún puedes. En la pintura, Peeta sostiene a Mellie sobre sus hombros y ambos saludan a una multitud de formas oscuras. Él no es muy alto, pero si lo bastante ancho de hombros y fornido como para sostener a la escuálida niña por un rato.
Es asombroso lo realista que Peeta consiguió hacer lucir la imagen, porque es exactamente como lo vimos por televisión: la pequeña y flacucha Mellie, con su vaporoso vestido de plumas amarillas, subida a los hombros de Peeta, ambos sonriendo y saludando… los comentaristas habían estado fascinados con esa demostración de compañerismo y amistad. Mientras los tributos de los otros distritos evitaban siquiera mirarse, él la sostenía a ella, que hasta lo había soltado para saludar con ambas manos, tan confiada en que Peeta no la dejaría caer como para ponerse completamente en sus manos.
La pared enfrentada refleja otro momento de los Juegos: Peeta sosteniendo a Mellie también, pero el cuerpo roto y sangrante de la pequeña, en medio del campo nevado que era la arena. La expresión de dolor, miedo y sufrimiento en la cara de Mellie es tan clara y precisa que no me cuesta imaginar que Peeta debe tener grabada a fuego esa imagen en su memoria, o hasta verla con suma frecuencia en sus pesadillas.
Sigo adelante, sintiéndome peor por cada vez que yo misma pensé mal de Peeta.
No puedo evitar preguntarme qué pasó con su decisión de no pintar retratos. Aunque hay imágenes de mutos, paisajes y animales que sólo conozco vagamente por los libros de texto de la escuela, la gran mayoría de las pinturas muestran gente. Más específicamente, tributos. Más aún, tributos muertos en los Septuagésimos Segundos Juegos del Hambre. Aún más concretamente, al modo, o al momento, en que esos tributos murieron.
Quizás la reticencia de Peeta de dibujar retratos alcanza sólo a personas vivas. O tal vez su estado mental es tan inestable que ya no recuerda que él no pinta rostros. O puede ser que haga una excepción si los rostros están contorsionados de miedo, como el de ese chico en el suelo frente a la ventana, que está siendo sepultado por la avalancha, o retorcidos en agonía, como el del chico al que atacan los zorros mutos en la pintura que cubre el mueble de tres cuerpos de la sala de estar…
Del lado interior de la puerta de calle estás pintadas dos chicas que recuerdo vagamente, aunque no sé a qué Distrito pertenecía cada una, pero sí me suena haberlas visto en los últimos Juegos. Las dos están acurrucadas, medio cubiertas de nieve, con la piel de la cara pálida y los labios azulados. Debieron ser las que murieron de frío. Literalmente, fueron congeladas.
Veo algo en las escaleras que me asombra y horroriza a la vez. Son varios Oros… manchados de sangre. Voy hacia allá con rapidez, temiendo que Peeta se haya herido a sí mismo, que sea su sangre la que mancha el dinero. Es sólo cuando estoy a unos centímetros que descubro que los Oros están pintados en la madera de la escalera, al igual que la sangre. Son tan aterradoramente realistas que en verdad creí estar viendo dinero ensangrentado. Subo con precaución por las escaleras, repletas de dibujos de dinero a veces salpicado de sangre y a veces cubierto de fluido rojo. Es tan realista que me hace sentir náuseas.
La planta alta está libre de imágenes. Por lo visto, Peeta limitó la zona de decoración macabra a la sala y al comedor de la planta baja. Pero tampoco hay rastros de él en la planta alta de la casa. Bajo con precaución, sin abandonar el andar sigiloso, evitando pisar las manchas de sangre pintada que rodea las monedas de pintura, asqueada.
Acabo de llegar al pie de las escaleras cuando la puerta del frente se abre con brusquedad. Instintivamente, me escondo tras la pared más cercana, calculando cuánto me tomará llegar a la puerta trasera. No quiero que Peeta me descubra merodeando por su casa.
—¿Qué diablos…? ¿Chico? ¿Peeta?
No es Peeta quien entró. Es la voz de un adulto, algo ronca, algo gruñona.
—¿Chico? ¿Dónde estás? —llama el otro, entrando con pasos ruidosos a la casa.
Me quedo inmóvil en mi improvisado escondite. ¿Quién será que entra con tanta familiaridad a la casa? ¿Quizás uno de sus hermanos mayores? No es la voz del panadero, de eso estoy segura.
—¿Peeta? ¿Se puede saber qué significa este despliegue de decoración de interiores?
Un gruñido es toda la respuesta.
—Chico, hace dos semanas que no me llevas pan. ¿Acaso pretendes que me muera de hambre?
—¿Desde cuándo es mi responsabilidad alimentarte? —responde la voz malhumorada de Peeta desde la sala. Abro enormes los ojos. ¿Dónde estaba, que no lo vi? ¿Camuflado en uno de sus murales?
—Oh, vamos, ni que tuvieses algo mejor que hacer.
—Bueno, lo tengo. Pintar mi casa y compadecerme a mí mismo —masculla Peeta, gruñón—. Ahora, lárgate.
—Sabes, creo que no —dice el otro con tono peligrosamente suave—. Voy a quedarme y admirar tu obra. ¿Qué pasó que no sigues pintando? Veo como treinta centímetros de pared limpia ahí. ¿No me dirás que vas a dejarlo así?
—Me quedé sin pintura. Estuve pintando como un poseso por diez días, pero no me queda más una gota de nada —admite Peeta, sonando cansado.
—Vi a tu padre —comenta el visitante.
Silencio.
—Vino a verte hoy otra vez —continúa.
Silencio, silencio.
—Un día de estos quizás quieras abrirle la puerta. Si no le da una pulmonía de andar en el frío, le dará una úlcera por los nervios —sigue en tono desinteresado.
—No estoy para visitas —masculla Peeta.
—¿No? Quién lo hubiese dicho, con el esfuerzo que hiciste para hacer acogedora tu casa —replica el adulto, el sarcasmo rebosando en cada sílaba.
—Es mi casa y hago lo que quiero —replica Peeta a la defensiva.
—Claro, por supuesto. Eh, buen cuadro, ése.
—¿Cuál?
—Ése de ahí. Deberías regalárselo a alguien.
—Claro —accede Peeta de inmediato, desinteresado—. Se lo daré a Effie.
—A alguien que sepa apreciarlo, idiota —gruñe el otro—. Estaba pensando en Lyme.
—Como sea. ¿No quieres que le regale éste otro a Annie, ya que estoy? —pregunta Peeta, sarcástico.
—Nah, le gustaría más a Mags —replica el visitante con indiferencia—. Annie le tiene cierto pavor al agua.
—No lo hubiese pensado, viviendo en el Distrito 4.
—En sus Juegos inundaron la arena —gruñe el otro, en tono desagradable—. Ella sólo sobrevivió porque era la única que sabía nadar. Vio ahogarse a los otros competidores.
—Oh. Qué trágico —replica Peeta, desinteresado—. Ahora que sé las desgarradoras historias de vida de otra gente, ¿me dejas volver a revolcarme en mi propia miseria en paz?
No puedo ver qué es lo siguiente que pasa, pero escucho un fuerte golpe y de inmediato un grito, mitad dolor y mitad sorpresa.
—¿Qué mierda fue eso, Haymitch?
—Oh–oh… y con esa boquita toma la sopa…
—¿Quién te crees que eres, para venir a golpearme a mi casa? —chilla Peeta, furioso.
—¿Quién te crees que eres para rendirte, Peeta Mellark? —le replica el otro en tono acusador, furioso, casi a los gritos—. ¿Desde cuándo te dejas estar? ¿Qué rayos pasó con el chico que se las arreglaba para entender a la niña sorda? ¿Dónde está el chico que aguantaba la charla de Effie sin intentar estrangularla? ¿El que me salvó de ahogarme en mi propio vómito? ¿El que les dio buenas ideas a esos inútiles estilistas del Capitolio? ¿El que se iba a repartir dinero por ahí por las noches, porque lo hacía sentir mal tener tanto cuando otros tenían tan poco?
Juro que intenté contener el grito de sorpresa, pero no pude. Simplemente no pude. Alcancé a amortiguarlo, pero me deben haber oído, porque antes de que yo alcanzara a decidirme si era mejor huir o seguir escondida, en la esperanza que creyeran que lo habían imaginado, una mano grande y fuerte me agarra por el brazo y me arrastra hasta el pie de las escaleras de nuevo.
—¿Quién es esto?
Tengo un hombre adulto, debe rondar los cuarenta, frente a mí, sujetándome en una presa de hierro por el brazo. Está sucio y apesta a alcohol, con los ojos enrojecidos y las mejillas sin afeitar. Lo reconozco de haberlo visto en el Quemador comprando el licor casero que prepara Ripper: es Haymitch Abenarthy, el que fue mentor de Peeta y el único otro Vencedor vivo del Distrito 12.
—Suélteme —le siseo, sacudiendo mi brazo. Por supuesto, no me suelta.
—Oh, preciosa, ¿no estabas queriendo robar, no? —ladea la cabeza para mirarme—. No, no es eso —se responde, pensativo—. Entonces, ¿por qué estás aquí?
—¿Katniss? —la voz de Peeta suena repleta de incredulidad, y una nota de cansancio.
Me giro a verlo. Está en el suelo, medio envuelto en un capullo de mantas, delante del sofá de la sala, como si se hubiese caído, quizás por el golpe que le dio Abenarthy. Asique Peeta estaba bajo el lío de mantas. No se me ocurrió buscarlo ahí, aunque tiene sentido que se haya abrigado, con el frío que hace y teniendo todas ventanas completamente abiertas. Sólo viste una delgada camiseta, un pantalón flojo de color azul y va descalzo, lo que me permite observar el pie ortopédico, extrañamente liso e inmóvil, y de color más claro que el real. Él está cubierto de manchas de pintura de pies a cabeza. Despeinado, ojeroso, más flaco que nunca y con una marca rojiza en el mentón, Peeta Mellark me mira como si acabara de brotarme un tercer ojo en medio de la frente.
—Cacé una ardilla y te la traje —digo, a la defensiva—. Dijiste que me las cambiarías por pan.
—Sí —admite, sorprendido, pero sin moverse.
—Y para decirte que eres un idiota —añado antes de poder contenerme.
Haymitch Abenarthy se sorprende tanto que me suelta. Él y Peeta me miran incrédulos.
—¡Hiciste llorar a Prim! —le grito, enojada, al recordar a la pequeña y frágil Prim llorando de preocupación por este idiota que prefiere quedarse en su casa pintando monedas ensangrentadas en la escalera antes que hacer feliz a mi hermanita.
—Yo no hice nada —medio protesta él, aturdido.
—¡Exacto! ¡No fuiste el domingo al mercado! ¡Desde hace tres semanas que no te vemos el pelo! ¡Te esperamos durante horas y no apareciste! ¡Llegamos a creer que estabas enfermo o herido! —le grito, furiosa, poniendo los brazos en jarras—. ¡Prim estaba enferma de preocupación! ¿Te crees que puedes hacer llorar a mi hermanita?
De la nada, Haymitch está riendo. Ríe y ríe y ríe. Lágrimas de risa la caen por la cara, se sujeta el vientre de la risa y finalmente cae al suelo sin dejar de reír como un poseso. Le falta el aire, tiene la cara enrojecida, pero sigue riendo sin parar en el suelo.
Me aparto un paso. Haymitch tiene todo el aspecto de estar rematadamente loco. Peeta se levanta por fin del suelo y fulmina a Haymitch con la mirada.
—¿Te molestaría explicarnos qué es tan gracioso? —le gruñe.
El otro intenta dejar de reír, pero todavía no puede, por lo que Peeta pasa entre él y donde estoy parada yo y se dirige a la cocina, de donde vuelve a salir al cabo de un minuto.
—Lo lamento, no tengo pan fresco ahora —me dice Peeta en voz baja—. No horneé nada en los últimos días. Estuve… ocupado.
—Sí, ya veo —comento, frunciendo la nariz hacia la pintura del suelo, donde la chica rubia y hermosa del Distrito 1 está convulsionándose con una especie de disco dentado clavado en el cuello ensangrentado.
—Tendré pan fresco mañana —me promete él, aparentemente avergonzado—. Si quieres venir, te daré dos hogazas, en disculpa por la demora. O puedo llevártelas si quieres. Y galletitas para Prim, para pedirle perdón por hacerla llorar. Lo lamento mucho, no fue mi intención —añade Peeta con remordimiento, mirándose las puntas de los pies—. Pero después de lo de los paquetes, creí que no… que no querrías… querrían…
—¿Siempre eres tan duro de entendederas o es desde que estuviste en el Capitolio, que te contagiaste la idiotez de la gente de ahí? —le pregunto, frustrada.
Él me mira con la boca abierta.
—Nos habías dicho que no pintas retratos —le recuerdo—. Yo sólo traté que las cámaras nos captaran lo menos posible. Por las dudas. Por lo que habías dicho, sobre que era mejor que no nos vieran.
Una sonrisa tan brillante como mil soles le ilumina la cara a Peeta. Es como si le hubiese dado el mejor regalo del mundo o algo parecido. ¿Quién lo entiende? En el Capitolio sí deben haber afectado su inteligencia de alguna manera.
—Yo… gracias —me dice con fervor, y me sorprende ver que tiene los ojos brillantes de lágrimas.
—¿Por qué? —le pregunto, sin entender.
—Por… por estar. Hoy por hoy, son de las únicas personas que me hablan por propia voluntad… además de mi papá y mis hermanos. Bueno, y Haymitch, pero él no cuenta —descarta Peeta velozmente. Haymitch está jadeando junto a las escaleras, recuperándose apenas del ataque de risa—. Yo… tenía miedo de haberme quedado solo… de que no quisieran verme…
—Eres un estúpido —le digo con una sonrisa, sacudiendo la cabeza.
—Me han dejado solo antes. Ninguno de mis amigos de antes me saluda siquiera —me dice en voz baja, no en tono de queja, sino exponiendo un hecho—. Me evitan, fingen no conocerme cuando nos cruzamos por la calle. Mi mamá me tiene miedo desde una vez que la detuve de echar a un chico que fue a pedirle trabajo. Ella estaba por golpearlo con la escoba, yo no podía permitir eso, le quité la escoba, le dije que jamás volviese a tratar a alguien así… le di un puñado de décimos al chico y dos panes grandes. Él salió corriendo. Mi mamá me evita desde entonces.
Yo sabía que la esposa del panadero era mal llevada, no por nada Gale y yo la habíamos apodado la Vieja Bruja hacía tiempo, pero esto…
—La gente del Distrito me tiene miedo. Sé que tratan de disimularlo, pero se les nota —suspira Peeta con triste resignación—. No los culpo, todos vieron de lo que soy capaz, pero… cuando pasó esto… entré el estrés del Tour, y luego lo de los paquetes… temí haber perdido a mis únicas amigas.
—Claro que no. Pero donde se te ocurra volver a desaparecer así, reconsideraré los términos de nuestra amistad —le advierto.
—Me parece justo —responde, con la sonrisa enorme de vuelta en la cara.
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