Cosas que me pertenecen: una entrada al Cine Rex, cortada, para ver Los Juegos del Hambre en la función de las 20:00 hs.

Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre, lo que significa que escribo sin fines de lucro y sólo por diversión.

Es respuesta a Sabaku No Nathzu Uchiha: Haymitch reía porque estaba un poco borracho, porque está un poco loco, porque lo divertía que alguien estuviese gritándole a Peeta en lugar de tenerle miedo y quién sabe por qué más. Sobre las frases que te parecen traducciones literales, no sé qué decirte, salvo que la historia no es una traducción, que soy hablante nativa del idioma español y que de hecho jamás salí de la Argentina. Sí es verdad que manejo un nivel aceptable de inglés, pero no creo que contamine a tal punto mi escritura… "dejarse estar" y "ya que estoy" son giros lingüísticos coloquiales de la zona en que vivo.

Capítulo 4: El veredicto de Gale

Retomamos con facilidad nuestra amistad.

Al día siguiente, después de clases, un Peeta bañado y vestido con ropa limpia está frente a casa, llevando una gran canasta cubierta con un paño. Prim chilla de alegría y corre hacia él, deteniéndose a duras penas a un paso de él. Peeta deja la canasta cuidadosamente en el suelo antes de extender los brazos y abrazar a Prim cuidadosamente. Ella lo abraza con fuerza un momento, antes de soltarlo. Él también se aparta, pero sonríe.

—Había olvidado lo bien que se siente recibir un abrazo —murmura él, sorprendido.

Peeta me da dos panes enormes a cambio de la ardilla, y cuando le hago ver que es un pago exagerado, dice que las disculpas van incluidas ahí. Para Prim, preparó una cesta repleta de cuatro tipos diferentes de galletitas: con glaseado artístico, untadas de chocolate, pegajosas de mermelada, esponjosas y con pedacitos de nuez y chocolate. Prim lo perdona de todo corazón por el faltazo de las últimas semanas, pero acepta las galletitas de buena gana, a condición que Peeta se quede a comerlas con nosotras. Prim sirve vasos de leche de cabra para todos y nos sentamos en la cocina a degustar las delicias de Peeta.

Estamos en medio de nuestra merienda de leche y galletitas, riendo y poniéndonos al día de todo lo que pasó en los dos meses que nos vimos a Peeta, cuando llega mamá. Está claramente sorprendida de ver a Peeta en nuestra humilde cocina.

—Buenas tardes, señora Everdeen —la saluda Peeta de inmediato, poniéndose de pie.

—Buenas tardes… —contesta mamá, atónita.

—¡Mamá, mira, Peeta nos trajo una cesta repleta de galletitas! ¡Y están riquísimas! —exclama Prim radiante.

—Qué… qué bien.

—¡Éstas se llaman brownies y tienen chocolate y nuez y son muy dulces y SON MIS SÚPER FAVORITAS! —chilla Prim, blandiendo un brownie como si fuese una espada, medio saltando en su silla.

—Uh, exceso de azúcar —sonríe Peeta en disculpa, quitándole el brownie de la mano y acercándole el vaso de leche—. Mejor rebajarlo un poco, ¿sí?

Prim bebe medio vaso a grandes tragos, pero no parece más calmada. Yo sonrío, feliz de verla tan alegre y vivaracha, hasta que mis ojos se encuentran con mi madre, que observa el intercambio entre Peeta y Prim con mal disimulado terror.

—Mamá, ¿podemos hablar un momento? —le digo en voz baja, tomándola de la muñeca y medio arrastrándola hacia el dormitorio, donde cierro la puerta tras nosotras.

—¿Qué hace este chico en casa? —pregunta mamá en un hilo de voz.

—Peeta es amigo mío y de Prim —le respondo con firmeza—. Es una buena persona. No me importa lo que diga la gente, él es bueno y generoso, ¡y no me importa que haya matado a esa gente en los Juegos del Hambre!

—Katniss, hija, ese chico mató a cinco personas —susurra mamá, pálida.

—Todos vimos los Juegos, sabemos cómo fue que los mató. El chico del 2 había matado a Mellie, la chica del 2 que lanzaba cuchillos lo atacó a él primero, esa chica rubia del 1 trató de matarlo por la espalda, el del 1 y él pelearon y Peeta ganó limpiamente, y el chico del Distrito 4… ¿qué, hubiese sido mejor que Peeta lo dejara tranquilo? —pregunto, enarcando las cejas en desafío.

El chico del Distrito 4 fue la única persona que Peeta atacó y mató intencionalmente. Sin embargo, nadie se lo reprocha realmente, ya que el chico estaba a punto de violar a la chica del Distrito 6. Peeta se lo sacó de encima a la chica, lo arrojó lejos, y le hundió un cuchillo en la garganta antes de que el otro pudiese ni reaccionar. A todo el mundo lo impresionó lo salvaje que Peeta había parecido, lo fuera de sí y completamente descontrolado, al matar al otro chico, y lo gentil y amable que fue con la chica al momento siguiente, cuando le ayudó a incorporarse y a arreglar lo mejor posible su ropa rota. La chica murió finalmente, de frío, igual que tantos otros, pero al menos Peeta la había protegido de ser violada y asesinada por ese otro tributo en vivo y en directo.

—No estoy diciendo eso —se defiende mamá, asqueada.

—¿Entonces? —le pregunto desafiante, enarcando las cejas.

—Es sólo que no me sentiría tranquila de saber que están a solas con él —intenta explicarse ella.

—¿Oh, es eso? ¿No te preocupa que yo vaya al bosque a cazar animales salvajes, pero que vea a Peeta en público es peligroso? —replico, sintiéndome bullir de furia.

—Es diferente. En el bosque estás con Gale —trata de protestar ella.

—¡No estaba con él cuando tenía once años y me encargaba yo sola de alimentarnos a las tres! ¡No estuve con él las primeras veces que una jauría de perros salvajes me persiguió! —me obligo a respirar, a dejar de gritar. Tantos recuerdos, tantas emociones, después de tantos años, amenazando con desbordarse—. Estuve completamente sola. Cuando estábamos muriéndonos de hambre, estuve sola. Nadie me ayudó, excepto Peeta. Él me dio los dos panes, ¿recuerdas? Con nueces y pasas. Me los dio sin pedirme nada a cambio. Él me ayudó. Nos ayudó.

—Yo… yo no… estaba enferma —se defiende mi mamá. Débilmente. Débil, como es ella.

—Ahora él está solo, aunque no hizo nada malo, nada que los otros vencedores no hayan hecho también, nada que Gale o yo o cualquier otra persona no hubiese hecho también en su lugar —le digo con dureza—. Pero Peeta es una buena persona. Es mi amigo, y es amigo de Prim, y vamos a seguir viéndolo, ¡y no me importa lo que digas, porque dejó de importarme lo que opines cuando nos abandonaste!

Furiosa, salgo a zancadas del dormitorio, pero me voy hacia la puerta del frente en lugar de regresar a la cocina. Tengo que calmarme antes de volver hacia donde están Prim y Peeta, no puedo descargar mi enojo y frustración en ellos, y no quiero que me vean así.

Cierro los ojos y me esfuerzo en calmarme, en respirar profundamente. Pensar sólo en cosas buenas. El bosque. Las galletitas. La sonrisa de Prim al ver que Peeta había vuelto. La cara de alegría de Peeta cuando le dije que habíamos evitado a las cámaras, no a él.

—¿Catnip? ¿Estás bien? ¿Hay problemas?

Gale está de pronto frente a mí, con expresión preocupada. Hay veces que odio que pueda ser tan endiabladamente sigiloso.

—Oh, no es nada —bufo, con algo de furia escapándoseme todavía en el tono—. Yo… discutí con mi mamá.

—¿Qué pasó? —pregunta Gale, atónito. El que mi mamá y yo no tenemos la mejor de las relaciones no es un secreto para él, pero normalmente yo la ignoro, no discuto con ella—. ¿Problemas en la escuela? —trata de adivinar Gale.

—Hum, no.

—¿Entonces qué? —pregunta, perdido.

—Es que… Prim y yo tenemos un nuevo amigo, y mi mamá le tiene miedo —digo evasivamente.

—¿Eres amiga del jefe de los Agente de la Paz, el viejo Cray? —pregunta Gale, medio en broma—. Ése sí que es un tipo poco recomendable. Lo vi en el pueblo la otra noche, borracho como una cuba. ¿No es él, no?

—No.

—¿Entonces quién? —insiste Gale.

No debería decírselo. No quiero pelearme con él también. Suspiro, miro su cara de honesta preocupación, y la verdad se me escapa antes de poder controlarme.

—Peeta Mellark —digo.

Automáticamente, la expresión de Gale se endurece.

—¿Desde cuándo son amigos? —pregunta, desconfiado.

—Siéntate —le digo, sentándome yo misma en la hierba frente a casa—. Es una larga historia.

Espero a que Gale se siente y le cuento todo. El hambre, los panes, el diente de león. Cuando Prim encontró las monedas, cuando nos decidimos a gastar una, cuando compré la pintura. La advertencia de Peeta, el cuadro sin rostros, las galletitas para Prim, la alegría de Peeta de que alguien le hubiese hablado. Nuestros encuentros con él los domingos. El episodio con los Paquetes Especiales, su ausencia después de eso, la preocupación de Prim y la mía. Cuando cacé la ardilla, cuando fui a la casa, el estado en que la encontré. Gale hace muecas ante mis descripciones de las imágenes, y a mí misma me recorre un escalofrío al recordarlas. La conversación de Haymitch Abernathy y Peeta, la mención del viejo Vencedor sobre que fue Peeta quien estuvo repartiendo el dinero. Gale abre mucho los ojos, pero no dice nada. Explico que le grité a Peeta, que Haymitch se rió, que Peeta se disculpó y nos trajo pan por la ardilla y galletitas de disculpa hoy. Que mi mamá reaccionó como si Peeta hubiese traído pistolas automáticas a casa, en vez de dulces. Le cuento a Gale mi discusión con mi mamá, sobre cómo ella no tiene autoridad alguna para decirme qué hacer cuando no actuó como mi madre cuando hubiese debido, y que estoy totalmente furiosa con ella.

Estoy algo ronca cuando acabo de contarle todo esto. Gale, debo decirlo, no me interrumpió en ningún momento, sino que me dejó hablar todo el tiempo, haciendo sólo muecas o pequeños sonidos de sorpresa o disgusto.

—Katniss, ¿le explicaste todo eso a tu mamá o sólo le gritaste?

No sé qué era lo que yo esperaba que me dijera Gale, pero seguro que no era esto.

—¿Qué tiene que ver? —le pregunto, a la defensiva.

—Mira, cuando me dijiste que tu nuevo amigo es Mellark, no me gustó nada. No, espera, déjame hablar a mí —me advierte Gale, viendo que acabo de abrir la boca para protestar—. Si sólo me hubieses dicho que es tu nuevo amigo y el de Prim, y luego me hubieses gritado… supongo que yo te hubiese gritado más fuerte, porque no tengo el carácter de tu mamá —admite—. Pero sin saber nada, no me hubiese quedado tranquilo sabiendo que las dos pasan tiempo con él. En cambio, después de que me explicaste todo esto… bueno, Mellark sigue sin ser la persona que más admiro en el mundo, pero ahora no lo evitaría como a la peste, sino que le daría una oportunidad de probar que es un tipo decente.

—Él es un tipo decente —protesto, airada.

—Pero pinta escenas de masacres en el piso y las paredes —me recuerda Gale, serio—. Me perdonarás que me preocupe por que se le salte algún tornillo y te lastime, o a Prim.

—A menos que seas un mueble, un piso o una pared, no tienes nada de que preocuparte estando alrededor de Peeta —gruño.

—Katniss, Mellark no está bien. Nadie que pinte escenas de muertes en su casa está bien —me dice Gale, serio—. Creo que Mellark no es malo, pero está trastornado y puede llegar a ser peligroso. No digo que no te le acerques, sólo que tengas cuidado.

Una parte de mí quiere chillarle a Gale que no se meta, pero otra más grande reconoce que, mal que me pese, tiene razón. Peeta tiene un buen corazón, es de su mente de lo que estamos dudando. Y, admitámoslo, él está un poco raro. No creo que sea peligroso, pero sí está raro.

—Está mucho tiempo solo. Quizás sólo necesita salir, pensar en otra cosa, relacionarse con gente —cavilo—. Si se queda todo el tiempo encerrado, acabará como Abenarthy.

—Lo que sigo sin entender es por qué Mellark es tu trabajo de caridad —frunce el ceño Gale—. Él tenía un montón de amigos en la escuela, ¿dónde están ellos ahora?

—Fingen no conocerlo cuando se lo cruzan por la calle —le recuerdo con dureza—. Y Mellark no es mi trabajo de caridad. Mi madre es un trabajo de caridad, no él.

—¿Todo esto es por el pan que te dio hace años? ¿O es porque te da lástima? —pregunta Gale.

—No es sólo por el pan. Y no me da lástima, me inspira respeto. Creo que se portó muy bien con Mellie, que gracias a él todos estamos comiendo mejor este año, y que es injusto que nadie más le ayude —expongo, algo violenta.

Ni yo estoy completamente segura por qué me preocupo por él. Quizás porque sé qué se siente estar completamente sola cuando más necesitas ayuda. Quizás porque alguien que es capaz de llorar por la muerte de una niña sorda a quien sus propios padres ya habían dado por perdida no puede ser intrínsecamente malo. O quizás simplemente porque siento que después de todo lo que pasó, Peeta se merece más que ser dejado de lado por todo el mundo. Quizás porque mientras ayudarle no interfiera con alimentar a mi familia y hacer feliz a Prim, supongo que puedo cuidar a alguien más.

—Cálmate, sólo estoy tratando de entender. Nunca te había visto actuar tan decidida respecto a algo que no fuese conseguir comida o cuidar a Prim, trato de entender qué te impulsa a actuar así —explica Gale, apaciguador.

Yo gruño por toda respuesta.

Nos quedamos en silencio un rato, el tiempo suficiente como para escuchar las carcajadas de Prim desde el interior de casa.

—¿Prim está sola con él? —quiere saber Gale, un poco preocupado.

—Mi mamá anda por ahí. Y Prim está con una sobredosis de azúcar importante —menciono.

—¿Puedo ir a ver? —pregunta Gale, poniéndose de pie.

—Si quieres —digo encogiéndome de hombros.

No acabé de decir las palabras que Gale está en la puerta y entrando a casa. Con un bufido de frustración, me pongo de pie dispuesta a ir con él, pero me detengo en seco al ver que mamá está en la puerta, retorciéndose las manos nerviosamente. Una sola mirada a su cara me confirma lo que yo me temía: mi mamá escuchó mi conversación con Gale.

—Katniss… —ella duda, aparentemente sin saber muy bien qué decir.

—Yo, hum, voy a ver en qué anda Prim —digo y me escabullo. Yo tampoco sé qué decir.

De regreso a la cocina, encuentro al viejo y horrible Buttercup sobre el regazo de Peeta, ronroneando satisfecho y mirándome con superioridad, mientras Peeta lo acaricia. Prim sigue a los saltos por toda la cocina, y Gale parece haber superado su reticencia frente a Peeta en favor de comer todas las galletitas que pueda.

Pasamos un rato en relativa paz. Gale es correcto con Peeta, aunque un poco distante. Peeta es amable con él, pero un poco inseguro. Prim está pasada de revoluciones por la alegría de haber recuperado a su amigo y la cantidad de dulces que hay en nuestra mesa. Gale me recuerda después de un rato que es tiempo de pasar por el bosque a revisar las trampas, al menos, si no vamos a cazar ni pescar. Peeta toma esto como el pie que indica su salida del escenario y vuelve a su casa tras agradecerle muy educadamente a mi mamá por su hospitalidad, despedirse de mí y de Gale, y de compartir otro cauteloso abrazo con Prim.

Gale entorna los ojos, pero no comenta al respecto. Mi mamá se porta con más normalidad de lo que yo hubiese creído posible, algo que agradezco. Finalmente, los tres salimos de casa, Peeta de regreso a su hogar y Gale y yo al bosque.

—Quizás lo juzgué mal —admite Gale cuando estamos en lo más profundo del bosque, mientras desenreda un conejo de una de sus trampas—. Al menos mientras está en sus cabales, Mellark no es capaz de matar una mosca. Nadie que pinte lirios de azúcar en unas galletitas y consiga llevarse bien con ese apestoso gato de Prim puede ser esencialmente malo.

Reprimo una sonrisa. Pese a su fachada de tipo duro, Gale tiene un corazón de oro bajo toda esa coraza de ferocidad, sarcasmo y odio por el Capitolio.

—Sigue sin gustarme que lo vean a solas —advierte, ceñudo—. Por si acaso. Pero estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda.

Ruedo los ojos, pero sonrío satisfecha cuando Gale no me ve.

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Una vez que Peeta tiene la aprobación, aunque precavida, de Gale, el joven Vencedor se convierte en una constante en nuestras vidas. Peeta suele venir a casa por las tardes algunos días por semana y ayudarle a Prim con los deberes, sobre todo los de matemáticas, que a Prim le cuestan. Normalmente ése hubiese sido mi trabajo, y si bien Peeta no sabe tanto más que yo, sí tiene mucha más paciencia. Cuando tras un mes de prácticas intensivas Prim obtiene la nota máxima en el examen, Peeta la da un espontáneo abrazo y un beso en la coronilla al saberlo. Él se queda muy quieto un momento al comprender lo que hizo antes de sonreír y encogerse de hombros, pero noto que desde entonces saluda dando la mano y tolera los toques casuales sin dar respingos, como antes.

Peeta también me ayuda a mí en medida de lo posible, y su paciencia es un bálsamo para mi fastidio por tener que perder el tiempo estudiando cosas que no pondrán comida en la mesa. Él no intenta regalarnos comida ni dinero, algo que agradezco. No me gustaría tener que rechazarlo, pero no podría aceptar tampoco. De algún modo, me alegra que me conozca lo suficiente como para saber eso. Sin embargo, siempre me cambia las ardillas por pan exageradamente grande y trae galletitas bajo la excusa que son para Prim; las acepto porque sé que es terapéutico para Peeta prepararlas y que Prim enloquece por comerlas. Después de un par de semanas Peeta también prepara galletitas para Vick, Rory y Posy, aunque en cantidades tan industriales que alcanza y sobra para que Gale y su mamá, Hazelle, también coman.

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Para cuando Peeta cumple quince años, él no quiere un gran evento, pero Prim y yo nos las arreglamos para hornearle una torta quemándola sólo un poco y la cubrimos de mermelada para que no se noten las partes donde tuvimos que cortarle la corteza chamuscada. Además, Prim cose una funda para que guarde sus pinceles, y Gale y yo, tras resolver el complicado dilema de qué–le–regalo–a–alguien–que–lo–tiene–todo, nos decidimos a prepararle una gran cacerola de guiso de ardilla. Peeta tiene en su enorme casa algo llamado "congelador" que le permite guardar la comida por un montón de tiempo, de manera que no habrá problema con que se eche a perder.

El cumpleaños es tranquilo y agradable. Peeta está loco de alegría por nuestros sencillos regalos. Nosotros tres, el Sr. Mellark y los dos hermanos de Peeta son los únicos que vienen a saludarlo. Haymitch Abenarthy, algo más sobrio que de costumbre, también se da una vuelta, aunque no sabe que es el cumpleaños y parpadea un poco estúpidamente al enterarse.

Nos encontramos con la grata sorpresa que Peeta pintó todas las paredes de su casa de regreso al amarillo pálido habitual, y también quitó las pinturas de los muebles y del piso. Parece que nada hubiese pasado, y aunque yo sé que no es así, me alegra saber que al menos él tiene la voluntad de no revivir ese tipo de memorias todo el tiempo.

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Pasan los meses. Peeta es una mezcla de padre y hermano mayor para Prim, de un modo que ni siquiera Gale pudo ser nunca, o sólo no tuvo la inclinación de ser. Peeta nos acompaña al bosque un par de veces, pero resulta ser un pésimo cazador y un recolector mediocre. Aún así, sé que aprecia el hecho que lo hayamos invitado, aunque prefiere quedarse en el pueblo en adelante.

Para mi decimoquinto cumpleaños, Peeta prepara una esponjosa torta de cumpleaños cubierta de glaseado verde, mi color favorito, que compartimos con los Hawthorne y un puñado de gente que pasa a saludar. Varias personas parecen estar sorprendidas de ver a Peeta ahí, pero nadie sale corriendo despavorido, al menos. De hecho, Delly Cartwright está tan encantada de encontrárselo que se queda hasta tarde conversando con Peeta y riendo juntos.

No sé por qué, pero la imagen de los dos juntos me irrita. Debe ser sólo que me fastidia que nadie se acordara de él antes, cuando realmente necesitaba a sus amigos. Ahora que Peeta está bien es que aparecen, los hipócritas. Bueno, ¿saben qué? Peeta ahora ya no los necesita, nos tiene a Prim y a Gale y a mí.

Peeta le ayudó a Prim a preparar bollos de queso de cabra, mis favoritos, como regalo de cumpleaños. Además, Gale y Peeta juntaron dinero entre los dos para comprarme una lujosa linterna eléctrica con baterías recargables. Mi mamá me tejió un suéter, y Posy hizo para mí un dibujo. Se supone que soy yo, con arco y flecha, a punto de derribar tres ciervos con una sola flecha. La niña me ve como a una especie de superhéroe, por lo visto.

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Cuando Prim cumple once años, Peeta prepara una torta de cumpleaños en forma de corazón con glaseado blanco, adornada de flores de colores y con la inscripción "¡Feliz cumpleaños, Prim!" pintada en azúcar azul, el color favorito de Prim. Hay pastel, regalos, los numerosos amigos y amigas de Prim la visitan, todo es alegría. Peeta le regala un coqueto perfume embotellado en una botellita de vidrio tallado; el perfume huele a primavera y Prim usa sólo unas gotas en las ocasiones muy especiales, para que dure mucho tiempo. Yo consigo ahorrar lo suficiente como para regalarle una blusa nueva, y mamá le tejió un suéter. La gente ya está acostumbrada a que Peeta esté en casa y lo tratan con mucha más normalidad que antes. Él parece haberles perdonado el que lo hayan tratado como a un paria, pero yo les sigo guardando rencor a esos ingratos.

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Gale también recibe una torta de cumpleaños, y aunque diga que le da vergüenza y que a los diecisiete años se es demasiado mayor, en realidad creo que sólo no quiere confesar lo agradecido que está y lo mucho que le gustan las figuras de una masa dulce y deliciosa llamada "mazapán" con las que Peeta decoró la torta. Un bosque en miniatura, con árboles y hasta animales salvajes, adorna la parte superior.

Los pequeños Hawthorne también reciben tortas, y como algunos cumpleaños ya pasaron, los festejamos un día cualquiera. Posy, en su media lengua de los tres años, no habla de otra cosa por diez días que su torta de cumpleaños con azúcar rosado y flores de colores que se podían comer. Gale nos cuenta medio en broma y medio en serio que Posy le preguntó si ella se puede casar con Peeta. Avergonzado, Peeta murmura algo sobre que siempre quiso una hermanita y que Posy es una niña encantadora, pero que si él la viera de un modo romántico a esta edad debería estar preso. Gale asiente, satisfecho, y es mucho más cordial con Peeta desde entonces.

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Antes de lo que ninguno de nosotros quisiera, ya es nuevamente tiempo de la Cosecha. Los Septuagésimos Terceros Juegos del Hambre están a la vuelta de la esquina. No hablamos al respecto, pero todos estamos preocupados. Al menos Prim es todavía demasiado pequeña, pero me preocupan especialmente Gale y la cantidad de teselas que tiene. Aunque no necesitó pedirlas este año, aún tiene muchas, demasiadas, acumuladas de años anteriores. Yo misma también tengo más que suficientes como para tentar al destino.

Una semana antes de que el sorteo tenga lugar, un Peeta muy pálido nos confía a Gale y a mí que tiene indicaciones de viajar al Capitolio como mentor. Normalmente viajarían un mentor femenino y uno masculino, al igual que hay un tributo femenino y uno masculino por distrito, pero no hay mentor femenino vivo en el distrito del carbón, de manera que el Capitolio hizo una excepción, y este año Haymitch y Peeta serán mentores de nuestro Distrito.

Es Gale quien tiene la palabra justa.

—Bueno, me alegro —dice. Ante las miradas incrédulas de Peeta y mía, se explica con una ligera sonrisa—. Así, quien sea que vaya de este Distrito, al menos estará en buenas manos. No me fío de Abenarthy. Quiero decir, ¿hay algún momento en que no esté borracho? Nuestros tributos necesitarán al menos un mentor en el que puedan confiar.

A mí sigue pareciéndome horrible, pero Peeta sonríe ligeramente.

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La Cosecha tiene lugar. La repelente Effie Trinkett, que este año tiene una melena de tirabuzones color magenta, saca los nombres con su modo demasiado alegre tan habitual. Peeta parece estar en un funeral, tan serio y tieso está. Haymitch está borracho, para variar.

Sortean a la chica. Es Leila Summers, la hermana menor de Dina, mi compañera de curso. Es flacucha, bajita, y se larga a llorar al comprender que es su nombre el que salió elegido. Sólo tiene doce años.

Sortean al chico. Es Rob Gewitter, un chico de la Veta, demasiado bajo, flaco y huesudo para los dieciséis años que tiene. Aunque no llora, su miedo es evidente.

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Durante la hora que tienen los chicos para despedirse de su familia, nosotros vamos a despedirnos de Peeta, que de pálido pasó a un poco verde. Da la impresión de que va a vomitar.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? —nos pregunta con desesperación, al vernos a Gale y a mí, tirándose del pelo—. Son tan flacos, tan pequeños, tan… ¿qué voy a hacer?

—Harás lo que puedas —le digo con un nudo en la garganta. Verlo sufrir de semejante manera me hace sentir una empatía que casi nadie más despierta en mí.

—No es tu culpa si otros tributos son más fuertes, si están mejor preparados, si entrenan durante años —le dice Gale con dureza—. No eres el Capitolio. Harás lo posible, les conseguirás patrocinadores, les enseñarás todo lo que sepas.

—Por supuesto —musita Peeta.

—Y si no salen vivos, no será tu culpa, sino del maldito Capitolio, que los obliga a pelear —masculla Gale, apretando los puños.

—Sabemos que harás todo lo posible —le digo rápidamente, lanzándole una mirada de advertencia a Gale—, eso es suficiente.

—No es suficiente. Aún si hago todo lo posible, al menos uno de los dos morirá —jadea Peeta, desolado—. ¿Cómo puedo vivir con eso? Como si yo no tuviese muertos suficientes en la conciencia ya…

Gale abre la boca, pero vuelve a cerrarla al momento siguiente, apretando muy fuerte la mandíbula. Yo busco desesperadamente palabras de aliento.

—Peeta, así son los Juegos —es todo lo que puedo decirle en este lugar y en este momento—. No es tu culpa ni responsabilidad. No los inventaste. Haz lo mejor posible, nadie te pide más.

—¿Saben lo que pensé? —murmura Peeta—. Cuando llamaron a esos chicos… todo lo que pude pensar fue "por favor, que no sea Katniss, que no sea Gale". Desde que supe… desde que supe que debía ser mentor, sabía que tenía que guiar a dos chicos, pero es tanto peor tenerlos enfrente, saber que serán ellos, que tienen amigos, familia…

—Peeta Mellark, escúchame muy bien —le digo, empezando a enojarme. El enojo es mi reacción habitual frente a cosas que me dan miedo y que no puedo controlar—. Irás al Capitolio. Serás el mentor de estos dos. Y te prohíbo que te deprimas, te emborraches, o pintes pisos y paredes si fallas. ¿Entendido?

Peeta está mudo un momento antes de sonreír débilmente.

—Entendido.

—¿Lo prometes? ¿Nada de volverte mudo y dejar de reaccionar al resto del mundo? ¿No te emborracharás? ¿No te pondrás a pintar cosas en las paredes, el piso o los muebles? —insisto, ocultando mi angustia tras un tono severo—. ¿Prometido?

—Lo prometo —dice Peeta solemnemente.

Y le creo.

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