Cosas que me pertenecen: una largamente olvidada y recientemente reaparecida bufanda azul, que había caído atrás de los cajones de la cómoda y reapareció cuando yo estaba empacando mi mudanza.

Cosas que no me pertenecen: los personajes, la trama y la idea original de la saga Los Juegos del Hambre. *suspiro* Mi único pago son los reviews… ¿alguien quiere dejarme una propina?

Capítulo 5: Después de los Juegos

En la Ceremonia de Apertura, los tributos del Distrito 12 van disfrazados de pico y de pala, pero tan deformes y ridículos que es evidente que quien diseñó esos disfraces no vio esas herramientas en toda su vida y de hecho las conoce sólo de oídas. El distrito 12 es, una vez más, el hazmerreír de todo Panem.

Al día siguiente, la noticia del día es que Peeta Mellark, el más reciente Vencedor, se peleó a golpes con un tal Quintilius Applebaum, estilista del Distrito 12. Applebaum está en el hospital, mientras que Peeta luce un ojo morado y un tremendo malhumor. Aparentemente, Peeta y la otra estilista, una mujer llamada Portia, habían creado otros trajes para la ceremonia, pero este Applebaum impuso su autoridad como Estilista en Jefe del Distrito 12 y obligó a los tributos a usar sus creaciones.

Peeta, ante el fiasco, expresó vehementemente su disgusto por la situación. Léase, le rompió al otro la nariz, la mandíbula y dos costillas.

Para aclarar la situación, Peeta concede una entrevista en la que se roba olímpicamente al público al describirles los maravillosos trajes que él y Portia habían creado, lo horrible que se portó Applebaum, que es maleducado, egocéntrico y huele mal; destruyó los trajes para evitar que pudiesen usarlos, y se rió cuando vio las caras desoladas de Peeta y Portia. Explica el modo en que el otro estilista degradó a Portia y lo insultó a él, Peeta, y cómo él hay ciertas cosas que no tolera, entre ellas que se maltrate a una dama. Admite que golpear al otro no fue la forma de arreglar el problema, pero que no se arrepiente de haber puesto en su lugar a ese inútil con más ínfulas que talento, cuyas creaciones son de pésimo gusto, que está celoso de la capacidad de los demás y los sabotea por eso.

La audiencia ama cada minuto. Todos aclaman la caballerosidad de Peeta y desprecian al estilista, que es despedido en vivo y en directo.

Al saber que se quedó sin trabajo, Quintilus Applebaum arma un escándalo, con pataleo, reproches a viva voz, insultos a gritos y hasta llanto. Grita que es injusto que un muerto de hambre de los distritos le cause perder su trabajo, que no tienen ningún derecho de despedirlo y que son todos unos ingratos que no comprenden su arte. Y llora otro poco, a gritos. Es lo más patético que vi en mucho tiempo. Sigue amenazando e insultando a Peeta, al que una cámara enfoca todo el tiempo, supongo que esperando que pierda el control y golpee otra vez al ex estilista. Pero Peeta se limita a decirle que no vale ni su tiempo y se retira. A Appelbaum tienen que noquearlo a causa del ataque de histeria que le da.

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Llega el día en que se difunden las calificaciones. Rob obtiene un cinco. Leila, un cuatro.

Peeta aparece en televisión diciendo que él no descartaría a los chicos del Distrito 12 así de rápido, ya que las variables de la arena son muchas y nadie puede saber por anticipado quién es el más apto ni el más competente para sobrevivir.

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Las entrevistas pasan sin pena ni gloria para el Distrito 12. Ninguno de los dos chicos consigue causar algún tipo de impresión, ni buena ni mala.

En una entrevista a Peeta, él explica que sus tributos jamás habían salido en televisión ni sido entrevistados y por eso no supieron cómo comportarse en cámara, pero que él tiene fe en ellos.

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Por fin, los Septuagésimos Terceros Juegos del Hambre comienzan y los tributos son lanzados a la arena.

Ninguno de los dos chicos del Distrito 12 sobrevive al baño de sangre. Leila dura dos minutos. Rob, siete.

Cuando un periodista repeinado y pintarrajeado le pregunta en tono burlón a Peeta, que tiene todo el aspecto de cargar con el peso del mundo sobre sus encovados hombros, si no le preocupa que su imagen haya sido afectada por defender a dos tributos que duraron lo que un suspiro en la mano, Peeta le responde con voz gélida que le preocupa más cómo va a mirar a la cara a las familias de Rob y Leila sabiendo que no hizo más por traerles de vuelta al menos uno de sus niños. El periodista parpadea estúpidamente.

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Dos semanas más tarde, el tren devuelve a Haymitch, Peeta y dos ataúdes al Distrito 12. El ganador fue un chico del Distrito 2, una vez más, un Profesional de dieciocho años que en su entrevista se había jactado de conocer ocho formas distintas de matar a una persona.

Haymitch está tan borracho que no puede ni caminar y dos Agentes de la Paz tienen que llevarlo en una improvisada camilla hacia su casa. Peeta no está ausente, ni borracho, y no tiene ni una salpicadura de pintura encima, sólo una expresión distante.

Casi preferiría que expresara su malestar de alguna de esas maneras.

Al día siguiente de su regreso al distrito, idas las cámaras de televisión, vamos los tres a verlo, y lo encontramos diciendo incoherencias con las pupilas dilatadas mientras se tambalea por la casa. No da muestras de reconocernos, sino que se la pasa farfullando o gritando a seres que sólo él parece ver.

Empiezo a temer que el Capitolio haya vuelto loco a Peeta, cuando Gale nos señala un frasquito abierto que hay sobre la mesa, junto a un vaso de agua. Contiene pastillas… y está medio vacío.

Prim nos hace llevar al delirante Peeta al baño, donde le mete dos dedos en la garganta. Peeta vomita en la bañera una cascada de pastillas de brillantes colores. Prim abre la ducha de agua fría y nos manda a meter la cabeza de Peeta debajo mientras Gale le sujeta los brazos en la espalda y yo le inmovilizo las piernas. Peeta se despierta primero, grita después, se retuerce y trata de liberarse, luego llora y por fin se queda colgando, flojo y rendido, bajo el agua fría. Sólo entonces, cuando está muy quieto y temblando de frío, Prim nos permite soltarlo y le ordena a Gale que le ayude a bañarse con agua caliente mientras ella y yo le preparamos algo ligero de comer.

—¿Qué son esas cosas? —le pregunto a Prim, examinando un frasquito de pastillas que encontramos sobre la mesa de la cocina—. ¿Por qué las tomó?

—No sé, pero no le hicieron ningún bien —responde Prim, picando cebolla y perejil con el entrecejo fruncido—. Lo mejor será quitárselas, al menos hasta que sepamos mejor qué fue eso.

Me dedico a recorrer la casa y revisar el equipaje de Peeta, aún sin desarmar, en busca de todos los frascos y blisters de pastillas que haya. Acabo con seis frascos, que me guardo en el bolsillo. Luego busco dos toallones mullidos y un juego de ropa limpia, y se lo alcanzo todo a Gale por la puerta entreabierta, sin mirar.

Prim prepara sopa de conejo y verduras, que está lista justo cuando Gale y Peeta salen del baño. Con el cabello húmedo y ropa limpia, Peeta tiene mejor aspecto pero aún está débil, o al menos tiene uno de sus brazos alrededor de los hombros de Gale y se apoya en él para caminar. Gale lo sienta a la mesa de la cocina, donde Prim lo espera con un plato de sopa humeante.

—Siéntate y come —le ordena Prim—. No creo que te hayan dado de comer bien en el Capitolio. Alguien que se tiñe el pelo de verde, se tatúa la cara o usa joyas incrustadas en las cejas no puede saber nada sobre cómo se cocina una buena sopa.

Peeta se sienta, y los demás también nos ubicamos alrededor de la mesa. Prim nos sirve sopa a todos, y yo la como a cucharadas, está muy buena. Peeta toma la suya más lentamente, mientras que Gale revuelve el contenido de su plato con el ceño fruncido.

Peeta parece más tranquilo, casi el de siempre, salvo por la tristeza de su cara. Gale, en cambio, tiene todo el aspecto de estar conteniéndose apenas para no estallar de furia. ¿Qué pasó durante la media hora o algo así que los dos estuvieron solos?

—Peeta… nadie te culpa por lo que pasó —me atrevo a decirle. Las palabras no son mi fuerte, pero alguien tiene que decírselo.

—La gente está agradecida de que hayas hecho lo posible por los chicos —añade Prim.

—Y que hayas hecho echar a ese estilista —añado con una ligera sonrisa—. Nadie que venga después de él puede ser peor.

Peeta asiente con una débil sonrisa, antes de tomar otra cucharada de sopa. Gale empuña su cuchara con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.

—Peeta… en serio, todos sabíamos que la suerte no estaba a favor de ellos —insisto tímidamente.

—No es sólo por eso —dice entre dientes Gale, que ahora aferra la cuchara con ambas manos, lívido de furia apenas contenida.

Peeta le dirige una mirada de súplica, pero antes de que podamos preguntar nada más, la puerta del frente se abre y Haymitch entra tambaleándose. No está muy borracho, pero tampoco exactamente sobrio.

—Como si fuese tu casa, Haymitch —le dice Peeta en voz baja, sin siquiera girarse a mirarlo.

—Oh, eso hago. Hum, huele bien —asiente, olfateando apreciativamente—. Había venido a ver si tienes pan, pero no me negaré a un plato de sopa —anuncia.

—Siéntese, ya le traigo un plato —le dice Prim en voz baja, levantándose y yendo a la cocina.

—¿Ya terminaron la catarsis o llego a tiempo para unirme al club? —pregunta Haymitch, dejándose caer en una silla junto a la mía. Gale y Prim están del otro lado y Peeta en la cabecera.

—Aún no empezamos —le respondo.

—¿Cómo es que no estás pintando ni horneando nada? —le pregunta Haymitch a Peeta, un poco burlón, pero hay una nota de preocupación en su voz—. ¿Optaste por los ataques de llanto?

Sólo entonces noto lo enrojecidos que están los ojos de Peeta. Él, sin embargo, sólo se encoge de hombros.

—Tenía el estómago lleno de pastillas cuando llegamos —replica Prim, cortante, poniéndole a Haymitch un plato de sopa delante con más fuerza de la necesaria—. Lo hicimos vomitarlas y le metimos la cabeza bajo el agua fría. Pero alguien le dio esas cosas que lo hicieron alucinar.

Haymitch se congela un momento, con la cuchara a medio camino hacia su boca. Al segundo siguiente, deja caerla de vuelta en el plato, salpicándonos. Casi me veo venir un ataque de gritos hacia Peeta, pero Haymitch me sorprende al echar su silla hacia atrás tan rápido que la vuelca y salir a zancadas hacia otro sector de la casa.

Hay una larga sarta de insultos y maldiciones, además de sonidos de objetos siendo tirados por ahí. Los demás cambiamos miradas de sorpresa, hasta que escuchamos los gritos.

—¿QUÉ DIABLOS LE DISTE AL CHICO? ¿POR QUÉ LE ESTÁS ARRUINANDO LA VIDA CON ESA BASURA?

Haymitch está fuera de sí. No sé a quién le estará gritando, pero ojalá que esa persona sepa defenderse. O al menos, correr.

—¡NO ME IMPORTAN TUS EXCUSAS! ¡NI SE TE OCURRA VOLVER A DARLE DE ESA PORQUERÍA! ¡ÉL NO NECESITA ESO, TIENE AMIGOS AQUÍ QUE LE AYUDARÁN A SOBREPONERSE, NO NECESITA TU BASURA!

Dudo si levantarme a ver, pero me preocupa un poco lo que un Haymitch violento pueda llegar a hacer. Todos fingimos no oír los gritos que nos taladran los oídos.

—¡GUÁRDATELO! ¡Y NO TE ACERQUES…! ¿Qué?

De pronto hay un largo silencio. Es casi más ominoso que los gritos.

—¿Y tenías que decírselo? ¿Arruinarle por anticipado todo el tiempo de paz que podría quedarle? ¿Qué creías, que le estabas haciendo un favor? ¿Igual que con tus drogas?

Nueva pausa.

—Tiene una chica aquí. Sé que estaba reuniendo valor para acercarse a ella. Ahora nunca lo hará —gruñe Haymitch, casi creo que con dolor. ¿Está hablando de Peeta? ¿Y a qué chica se refiere? ¿Delly?—. ¿Y estás seguro? ¿Quién te lo dijo?

Tras un minuto o algo así de silencio, el suspiro de Haymitch es de resignación.

—Tendrías que habérmelo dicho a mí. No podías largarle ese baldazo de agua fría. No lo conoces, él no es como los otros. Saberlo lo destruirá… Sí. No. Voy a ver qué hago. Muchas gracias por ser tan servicial. Seh, claro. Hasta luego.

Un golpe seco más tarde, y los pasos arrastrados de Haymitch regresan al comedor. Endereza su silla, se deja caer en ella y toma su sopa a cucharadas.

—Ni se te ocurra volver a tomar esas porquerías —le advierte Haymitch a Peeta—. Sólo es otro modo de que puedan controlarte.

—Como si les faltara otro modo —masculla Peeta, alicaído.

—Estará triste y desganado al menos por el resto del día —nos advierte Haymitch a Gale, Prim y a mí—. Es efecto de esas cosas que tomó. Pasarán unos días antes que su organismo se recupere. Aguántenlo mientras tanto, y una vez que se le pase podremos hablar.

—¿Pero qué le pasa? —se me escapa preguntar.

—Dale unos días, Preciosa. Una vez que su humor ya no está influido por las drogas, nos sentaremos y hablaremos —gruñe Haymitch, con una mirada especialmente significativa en mi dirección—. Cuídenlo mientras tanto.

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Peeta está quieto y callado el resto de la tarde. Cuando estamos preparándonos para irnos, noto que está pálido y tiene los ojos muy brillantes. Él trata de restarle importancia, pero al apoyarle una mano en la frente, es claro que tiene fiebre.

Gale y Prim van a buscar a mi mamá y a su armario de medicinas. Yo me quedo con Peeta, tendido en el sofá junto al fuego, muy abrigado y afiebrado. La fiebre cede al cabo de un rato, pero entonces empiezan los temblores. Peeta tiembla tanto que no es ni capaz de hablar. Yo estoy aterrada, las enfermedades siempre me hacen sentir terriblemente insegura e incómoda, y mientras trato de confortar a Peeta me la paso mirando a la puerta del frente, rogando que mi mamá llegue ya y se haga cargo de la situación.

Cuando por fin, ¡por fin!, mi mamá llega con Prim y Gale, Peeta empieza a vomitar. Devuelve la sopa de Prim y una buena cantidad de bilis; el vómito lo deja más débil y agotado que antes. Yo me encargo de la no demasiado grata tarea de limpiar, pero hay que hacerlo, mientras mi mamá revisa a Peeta y le hace preguntas sobre qué comió, si lo picó algún insecto o lo mordió un animal, si bebió agua que podría no ser potable…

—Había tomado unas pastillas del Capitolio —acaba confesando Prim—. Lo hice vomitarlas. El señor Abenarthy dijo que eran drogas y le prohibió a Peeta que tome más.

—Por favor, ve a buscarlo —le pide mi mamá a Gale—. Haymitch debe saber algo sobre esas pastillas. En todos estos años sin duda vio sus efectos en el Capitolio.

Gale parte de inmediato, mientras mi mamá habla suavemente con Peeta y le hace beber agua de a sorbitos. Prim está clasificando hierbas para preparar un té que asiente el estómago… y yo me quedo en un rincón, tratando de no estorbar. No soy buena en esto de atender enfermos, normalmente hubiese salido corriendo. Pero es Peeta… aunque quiero ayudarle, lo mejor que puedo hacer es no molestar. Él se duerme por fin, exhausto.

Gale regresa al cabo de un rato con un muy borracho y muy malhumorado Haymitch, que aferra su botella como una madre aferraría a su único hijo antes de la Cosecha. Ante la pregunta de qué sabe de esas pastillas, se encoge de hombros.

—No estoy seguro de qué tomó ni en qué cantidades, pero sé que esa basura es muy adictiva y que el síndrome de abstinencia es una… —Haymitch se detiene al ver a Prim por el rabillo de ojo—… no es algo bonito de ver —concluye.

—Tomó esto —digo, sacando el frasquito de mi bolsillo—. Por la cantidad que vomitó, diría que todo lo que falta del frasco estaba en su estómago cuando llegamos.

Mi mamá parece preocupada, mientras que Haymitch está fuera de sí de furia silenciosa. Es una suerte que Peeta aún esté dormido.

—Debería molerte a golpes, a ver si consigo sacarte la estupidez a fuerza de puñetazos —le sisea a Peeta, lívido—. Te merecerías que no te hubiesen encontrado ni salvado. Por idiota.

—¿Salvado? —repite Prim, aterrada—. ¿Qué quiere decir… que lo salvamos?

—Esa droga, y en esa cantidad, lo hubiese al menos puesto en coma —explica Haymitch por entre dientes apretados de furia—. Por suerte no la tomó con alcohol, y no debía tener el estómago completamente vacío, o no estaría contando el cuento.

—¿Se recuperará? —pregunta Gale, preocupado.

—Sí —descarta Haymitch, frunciendo la nariz—. Alguien le indicó la dosis equivocada, o este inútil tomó cualquier cantidad, o tuvo una reacción excesiva… quién sabe. Pero estaba hablando y moviéndose coherentemente después de que lo hicieran vomitar. Sobrevivirá, aunque no lo merece.

—¡No diga que él no lo merece! —le chillo, indignada—. ¡Peeta habrá cometido un error, pero no se merece morir por eso!

Haymitch me mira fijamente un momento, diría que evaluándome, antes de encogerse de hombros con una sonrisa socarrona.

—Lo que digas, Preciosa —se gira hacia mi mamá—. ¿Me necesitas para algo más por aquí?

—¿Qué tipo de reacción puedo esperar? —pregunta mi mamá, seria—. ¿Más vómitos? ¿Fiebre? Necesito saber qué es esperable y qué se sale de la norma.

—Vómitos, fiebre, debilidad, cansancio, temblores… —empieza a enumerar Haymitch, antes de encogerse de hombros y beber otro trago de su botella—. Oh, y posiblemente depresión y desgano los próximos días. Tomará algo de tiempo que regrese. Denle tres días.

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Es una de las noches más largas que recuerdo. Llevamos a Peeta a su cama, en su dormitorio. Mi mamá se queda a su lado, cuidándolo. Intenta mandarnos a casa a Prim y a mí a casa a dormir, pero nos negamos a movernos del lado de nuestro amigo, de modo que acabamos acurrucadas en la cama del dormitorio de huéspedes de la casa de Peeta, mientras que Gale pasa la noche en el sofá de la sala. Cuando me despierto al amanecer del día siguiente, descubro que mamá pasó la noche en vela junto a la cama de Peeta, haciéndole beber agua y tés de hierbas, aplicándole compresas frías y cuidándolo en general.

Ella está agotada, pero satisfecha. Peeta no tiene fiebre, los temblores desaparecieron y dice tener hambre. Aún está débil y desganado, pero sonríe ligeramente al verme.

—Pasó lo peor —anuncia mamá en voz baja—. A partir de ahora, va a mejorar.

—Perdón —musita Peeta, claramente avergonzado—. Perdón por… por todo… yo…

—Tranquilo, no es momento de pensar en eso —le asegura mi mamá con una sonrisa genuina, acariciándole el cabello—. Tienes que descansar y recuperar fuerzas. No te muevas de la cama por hoy, mañana puedes levantarte, pero quiero que sigas sin hacer nada que exija un esfuerzo físico.

—Sí, señora Everdeen —acepta Peeta, sumiso.

—Voy a prepararte el desayuno. ¿Hay algo en especial que se te antoje?

—Hum… pan con miel, por favor —pide él, tímido.

—Pan con miel será —asiente ella con una sonrisa animada—. Katniss, ¿me ayudas a prepararlo?

Asiento a regañadientes. Yo tenía muchas ganas de hablar con Peeta, quizás gritarle que jamás se le ocurra volver a hacer una estupidez semejante y, quién sabe, quizás decirle que me alegro que no le haya pasado nada. Posiblemente hasta lo hubiese abrazado. O al menos, le hubiese puesto una mano en el hombro, y le hubiese hecho jurar que jamás nos daría un susto tal de nuevo. Pero no, mi mamá otra vez no quiere dejarme a solas con él.

En cuanto salimos de la habitación de Peeta, la sonrisa de mi mamá cambia drásticamente a una expresión de profundo dolor. Me asusto de inmediato. Tiene que haber algo mal con Peeta, algo que ella no le dijo.

—Ven —me dice en voz baja, pero no agrega anda hasta que estamos en la cocina desierta. Entonces mi mamá toma mis manos entre las suyas y me mira fijamente—. Katniss, tienes que ayudarle a Peeta. Él es un buen muchacho, que sufrió mucho y necesita toda la ayuda que podamos darle. No lo dejes solo, pase lo que pase.

Oh–oh… eso suena a enfermedad incurable avanzada. ¿Qué tan mal está Peeta? Por la cara de mi mamá, debe estar en las puertas de la muerte.

—¿Mamá? —soplo más que hablo, aterrada—. ¿Qué tan mal está Peeta?

Ella sacude la cabeza, triste.

—No está enfermo y creo que no le quedarán secuelas. No, no es eso. Es que… —ella duda—. Tuvo fiebre muy alta. Deliraba. Pero dijo muchas cosas. No puedo repetirlas, yo ni siquiera debí haberlas escuchado. Pero las escuché, y no puedo evitar… querer ayudarle. Katniss, cuando la mente está tan vulnerable, a veces alguien dice cosas que normalmente no diría… o responde preguntas que normalmente no contestaría —admite—. No debí haberlo hecho, pero me preocupo por él. Le pregunté. Peeta no quiso suicidarse, él mismo lo dijo, y en ese estado no era capaz de mentir. Sólo quería olvidar. No quiso otra cosa que dejar de pensar y de sentir por un rato. Claramente exageró la dosis, y eso casi le cuesta la vida. Tienes que cuidarlo, y dile a Gale que te ayude. No podemos dejar ir a Peeta de nuevo. Tienen que sacarle todas esas pastillas. Tienen que distraerlo, impedirle que vuelva a tomarlas. Y tienen que estar a su lado. Siempre. Él los necesita más que nunca. Necesita a sus amigos.

El tono de mi mamá es tan vehemente, tan apasionado, que casi no la reconozco. Sólo puedo asentir.

—Ya lo hice. Le saqué todas las pastillas que tenía —digo, atontada.

—Bien —asiente mi mamá, enérgicamente—. Muy bien. Tíralas por el inodoro. Que nadie pueda tomarlas. Cuiden a Peeta, necesita apoyo y contención. Oh, y ahora ve a despertar a Prim y Gale, tiene que pasar por casa a cambiarse y comer algo antes de ir a la escuela. Yo me quedo cuidando a Peeta hasta que regresen.

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Los tres días se hacen largos. Peeta aún está tristón, meditabundo o reflexivo, y aunque intenta parecer animado por el bien de Prim y el mío, la verdad es que no engaña a nadie. Mi mamá cuida al punto de malcriar a Peeta, que parece no tener idea de qué hacer con una figura materna que le recuerda que coma, lo reta por andar sin zapatos o lo cubre con una frazada extra y le da un beso de las buenas noches en la frente.

Yo no entiendo el cambio de mi mamá, que de horrorizarse de que Peeta viniese a vernos pasó a tolerar sus visitas, de ahí a tratarlo con normalidad, y ahora casi lo asfixia de cuidados. Lo que sea que Peeta le dijo en su delirio la debe haber impresionado profundamente. Probablemente le habló de cómo se sintió en sus Juegos. Yo vi las imágenes que él pintó y lo entiendo por eso, mi mamá ahora lo comprende porque él le contó.

Haymitch nos evita cuidadosamente, y Gale está rarísimo. Cuando no está furioso, está pensativo, como si hubiese algún tipo de problema que lo carcome por dentro y del que no se decide a hablar. En nuestras escapadas al bosque o está tan distraído pensando en quién sabe qué que se es capan las presas, o tiembla de furia gritando insultos contra el Capitolio, lo que ahuyenta las presas. Estoy muy tentada de ir al bosque sin Gale, que estos días no está siendo más que un estorbo.

Quizás peor que eso es que no quiere decirme ni media palabra de lo que pasó cuando él le ayudó a Peeta a bañarse. Es desde entonces que Gale está tan raro. Su furia es hacia el Capitolio, más precisamente, hacia el Presidente Snow, no hacia Peeta. No sé qué pensar, salvo que Peeta le dijo algo, o le mostró algo, o que Gale vio o escuchó algo que hizo que su odio por el Capitolio aumentara tan desproporcionadamente. ¿Pero qué fue?

¿Puede ser que en el Capitolio hirieron a Peeta y Gale lo vio cuando lo desvistió? Es posible que lo hayan castigado por pelearse a golpes o hacer despedir a ese estilista… pero, ¿no se supone que cuando un Vencedor hace algo que al Capitolio no le gusta, quienes son castigados son su familia? En el Distrito 12, antes había flagelaciones públicas para quienes infringían la ley y hasta fusilamientos y ahorcamientos, según recuerdan los adultos. Pero jamás oímos que nada de eso pase en el Capitolio. ¿Es que no sucede o es sólo que no nos enteramos?

Al menos resolví un pequeño misterio. Haymitch no le había estado gritando a ninguna persona físicamente presente, y tampoco estaba hablando solo, sino que había usado el teléfono que venía con la casa de Peeta para llamar a alguien y gritarle. Por lo visto, Haymitch sabe quién le dio esas drogas a Peeta, y no estaba nada contento. Aunque resulta reconfortante saber que ese borracho es capaz de preocuparse por alguien, también me preocupa que por lo visto Haymitch tiene más cosas que decirnos, dado el "entonces nos sentaremos y hablaremos" con que nos consoló/advirtió/amenazó.

No pueden ser buenas noticias, a juzgar por su tono.

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