Cosas que me pertenecen: un reloj despertador que señala las 12:00 hs (…porque se quedó sin pilas. Lo giré para que quede mirando a la pared después de la segunda vez que salté horrorizada de mi cama por lo tarde que era, antes de ver que el segundero no se movía y recordar que el reloj no funciona).

Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre. Eso significa que escribo por diversión y sin fines de lucro.


A ver si ahora el capítulo es legible, estoy volviendo a subirlo... gracias a bren-nuit y Searching for a Shooting Star por avisarme del problema.


Capítulo 6: Tres días

Durante los tres días de espera, nos turnamos para cuidar a Peeta sin ser demasiado obvios. Prim cocina cosas sabrosas para él, yo lo visito y le hago compañía un largo rato bajo la excusa de traerle una ardilla, mamá viene a verlo con el pretexto de ver cómo evoluciona, y Gale también ronda, vigilante, por ahí. Es raro ver a Gale tan protector para con Peeta, porque si bien la relación entre los dos últimamente fue buena, Gale siempre lo trató como a un igual, no como a alguien que necesitara ayuda, cuidado o protección, algo que, creo yo, Peeta apreciaba mucho. Su cambio de actitud sólo me hace sentir más ansiosa.

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El primer día después del atracón de pastillas Peeta lo pasa en cama, durmiendo la mayor parte del tiempo. Sólo una vez tiene un poco de fiebre y algunas náuseas, pero en general está mucho mejor. Mi mamá sigue cuidándolo y nos asegura que está fuera de peligro.

Cuando salimos de clases Gale y yo damos una vuelta rápida por el bosque; él revisa las trampas y yo tengo la suerte de abatir un pavo silvestre y una ardilla. Pasamos por el Quemador casi como una exhalación, aceptando canjes menos beneficiosos sólo para no perder tiempo regateando. Le vendo el pavo a Darius en lugar de Cray, que hubiese pagado más, con tal de no perder tiempo buscándolo. Es un día muy caluroso y todo el mundo parece más dispuesto a tomarse su tiempo para todo, lo que a mí me irrita, porque quiero terminar con esto cuando antes así puedo ir a ver a Peeta.

Por supuesto, como el Quemador, además del punto de encuentro de todos los que nos movemos por el circuito de lo no exactamente legal, es el mayor lugar de circulación de chismes de todo el Distrito 12, alguien vio a mi mamá subir la colina hacia la Aldea de los Vencedores ayer al anochecer y alguien notó la preocupación de Gale y la mía, y corren los más salvajes rumores. Aunque nadie se atreve a preguntarnos, oigo a Tim, el contrabandista de carbón, asegurando que "el muchacho Mellark se quiso matar cortándose las venas", mientras que Ripper, la fabricante de licor casero, quiere saber si alguien más escuchó que Mellark regresó con una grave enfermedad del Capitolio. Ethel, una mezcla de bruja y curandera que vende amuletos, lee la suerte, cura el mal de ojo y la culebrilla, y a veces hace de consejera sentimental, tuvo un sueño premonitorio que le reveló que vendrán tiempos difíciles para el joven Mellark, y la borra del té anunció que Peeta sufrirá de dolor y angustia.

—Eso yo también podría haberlo predicho sin sueños, borra de té o cosa parecida —masculla Gale, irritado—. Cualquier que sea Mentor está condenado a no pasarlo bien.

—Pero hay más que eso, ¿no? —pregunto yo en voz muy baja.

—Sí —admite él en voz muy, muy baja—. Pero… no aquí, no ahora.

Cuando, tras hacer nuestros magros trueques, regresamos rápidamente a la casa de Peeta, encontramos a mi mamá cocinándole un guiso a partir de una de las ardillas que había en el congelador. Prim, que después de clases pasó por casa a ordeñar a Lady y luego fue directamente a verlo, está contándole animadamente a Peeta todo lo que pasó en su clase en la escuela ese día. A él se lo ve mucho mejor.

De paso por el pueblo le avisamos al señor Mellark, el panadero, y él viene a ver a su hijo, claramente preocupado. Ni Gale ni yo nos atrevimos a decirle de las drogas, sólo mencionamos que Peeta había estado enfermo pero que ya se encontraba mejor. El señor Mellark le trae una madalena. Debe ser algún tipo de recuerdo de infancia, porque Peeta casi se echa a llorar al verla. Los dejamos solos para que hablen tranquilos.

El señor Mellark tiene una expresión de dolor intenso cuando se va, un par de horas después. Le agradece a mi mamá, le estrecha la mano a Gale y le agradece en voz baja, le da unas palmaditas en el hombro a Prim con una sonrisa triste, y a mí también me agradece por haberle ayudado a Peeta y me ruega que no lo deje solo. Yo le prometo que voy a ayudarle en todo lo posible, mientras para mis adentros me pregunto qué le pasa que cree que soy la salvación de su hijo o algo así, cuando ni siquiera sé qué está mal con él. Pero no puedo decirle eso a la desgarradoramente triste cara del señor Mellark.

Peeta parece un poco más tranquilo después de la visita de su papá, pero no más animado. Más tarde Delly viene a verlo, enterada de que Peeta estuvo enfermo. Pese a lo que me irrita tenerla aquí, ella parece honestamente preocupada por él y hasta consigue sonsacarle una pequeña sonrisa. Me esfuerzo a recordarme que ésta es la casa de Peeta, que él puede recibir a quien quiera, que Delly es su amiga de infancia y que si él es lo bastante generoso como para perdonarla por haberlo dejado solo, es asunto suyo.

Es noche, Peeta recibe una bandeja en su cama ya que no tiene permiso de levantarse, y como no quiere comer solo todos los demás también nos armamos de bandejas y comemos en el dormitorio de Peeta, lo que parece casi un pic–nic algo extraño, pero muy animado. Peeta insiste en que está lo suficientemente bien para pasar la noche solo y que no vale la pena que nos molestemos. Jura que no va a hacer nada arriesgado o estúpido y que va a comportarse.

—Señora Everdeen, ¿cuánto le debo por haberme curado? —pregunta, muy serio.

—Peeta, no podría cobrarte —sacude la cabeza ella—. No cuando el que me des el dinero a mí significa que alguna persona necesitada se queda sin.

Le toma un momento a Peeta comprender lo que mi mamá está implicando. Ella sabe que es él quien reparte dinero durante las noches.

—Pero usted me cuidó y me ayudó —protesta él—. Pasó toda la noche sin dormir por atenderme a mí. Si eso no merece una recompensa, no sé qué lo hace.

—No, Peeta. Ya nos ayudaste más que suficiente. Y aún te debo una disculpa por cómo te traté la primera vez que fuiste a casa —admite ella, incómoda—. Ayudarte ahora era lo menos que podía hacer.

—Mi propia madre evita verme o hablarme, ¿cree que voy a guardarle rencor a usted por no haberse alegrado de que sus hijas estuviesen codeándose conmigo? —pregunta Peeta retóricamente—. Señora Everdeen, si usted no me da un precio, tendré que darle lo que yo considere un pago justo. Y le advierto que soy muy generoso.

Por fin, mi mamá cede.

—Oh, está bien, está bien —se rinde con una sonrisa—. Me debes un céntimo.

—¡Ah, pero qué complicación! —suspira Peeta—. Justo ahora no tengo cambio. ¿Se lo puedo dar mañana?

—Por supuesto —acepta ella.

Parece que espera que Peeta se olvide del asunto, pero yo entorno los ojos. Sé que él se trae algo entre manos…

Efectivamente, antes de irnos Peeta nos dice que trajo nuevas recetas del Capitolio y que necesita espacio en el congelador, por lo que por favor lo vaciemos y nos llevemos toda la comida que queramos, y que regalemos el resto. Como no podía ser de otra manera con una oferta semejante viniendo de él, el congelador está lleno a rebosar de pan, pastelitos, carne, pastas, pescado, jugos de frutas y todo tipo de comida en excelente estado, sólo que congelada. Gale se lleva un buen montón de comida a su casa y nosotras también nos quedamos con suficiente como para darnos un banquete, y aún sobra comida para que le llevemos a Haymitch y a varios de nuestros vecinos. La ausencia de caza y canjes no se nota para nada en nuestras mesas, y al estar congelada, la comida no se echa a perder tan rápido si la transferimos del congelador de Peeta a nuestra caja de hielo.

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El segundo día después del episodio de las drogas, Peeta ya está levantado y haciendo una actividad física moderada. Aún se cansa más fácil que antes, pero físicamente está bien, y considerando el calor, todos andamos más lentos y nos cansamos más rápido. Lo que no lo abandona en todo el día es lo profunda melancolía. Parece que cualquier cosa que digamos o hagamos lo sumerge en una tristeza más profunda.

Yo casi entro en pánico, aterrada de que se vuelva como mi mamá estuvo después de que mi papá muriera, que se aísle, que deje de responder al mundo exterior, que no le importe nadie de cuantos estamos a su alrededor.

Estoy tan preocupada por él que hago todo lo posible por traerlo de vuelta. Me paso el resto de la tarde a su alrededor, contándole viejas historias, como la vez que fui lo bastante tonta como para retar a un oso a una pelea por ver quién se quedaba con un panal de miel silvestre, o la historia completa del ciervo que Gale y yo abatimos y que me permitió comprarle la cabra a Prim para su cumpleaños. Después, tratando de sacarlo de su melancolía, lo animo a que él me cuente algo, cualquier cosa. ¿Cuál era su juego favorito? ¿Cuándo fue la primera vez que preparó pan? ¿Quién le enseñó a decorar las tortas tan bonitas? ¿Siempre fue bueno pintando o aprendió con el tiempo? ¿Cuándo empezó a decorar galletitas tan primorosamente?

Peeta no tiene energías para hacer nada que requiera un esfuerzo mayor que estar sentado con los ojos y los oídos abiertos. Ni siquiera está interesado en dibujar o pintar. Sólo me mira con tristeza y se encoge de hombros ante mis preguntas. A veces, ni eso. Todo ese día hasta hay poco menos que alimentarlo a cucharadas para que coma algo. Estoy enferma de preocupación por él. Prim parece un poco más compuesta, preocupada, pero no al borde de la histeria como yo estoy al ver a Peeta tan abatido.

Haymitch viene a verlo al anochecer, más borracho que sobrio. Entra a la casa sin golpear la puerta ni pedir permiso, va directo hacia Peeta, le ladra un par de insultos sobre lo idiota que es y lo estúpido que se comportó, y sale dando portazos. Pero ya el solo hecho que se haya tomado el trabajo de venir a verlo significa que Peeta le importa de alguna forma, supongo. Peeta sonríe levemente antes de sumirse de nuevo en su profunda tristeza.

Pero por lo visto no todo está perdido, ya que Peeta realiza una travesura ese día que al menos me asegura que no está totalmente alejado de nosotros y de la realidad. Le da una bolsita a mi mamá, diciéndole que el pago está ahí dentro. Ella acepta y la guarda sin controlar la cantidad, por lo que es sólo al llegar a casa que nos damos cuenta que Peeta le dio un Oro en lugar de un céntimo. En una palabra, centuplicó el precio.

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Mi mamá intenta devolverle el dinero a Peeta el día siguiente, explicándole que su precio estaba en céntimos, no en Oros. Peeta asiente y acepta de inmediato, lo que me hace sospechar que ya tiene otro plan para volver a darle la misma suma a mi mamá, pero me alegra tanto verlo dispuesto a tratar de ser generoso otra vez que no intervengo, ni siquiera cuando lo observo esconder el dinero en el pequeño armario de las medicinas que mi mamá hoy se lleva de vuelta a casa. Además, hoy él ya está pintando de nuevo, lo que tratándose de Peeta es la mejor garantía de que está bien de salud y de ánimo. Se trata de una melancólica noche estrellada, con luna menguante y el cielo oscuro salpicado de puntos de luz.

Después de clases voy otra vez a verlo, y le llevo una ardilla. Hace tanto calor que el sudor me chorrea por la espalda tras una actividad tan simple como caminar hasta la casa de Peeta. Adentro de la casa el calor es peor aún, porque Peeta tiene el horno encendido para hornear pan, lo que en realidad es bueno, porque significa que él está mejor si ya vuelve a su especie de rutina. Eso no quita que casi no se puede estar ahí sin deshidratarse.

—Este calor es insoportable —me quejo.

Voy hacia el refrigerador y saco una de las botellas de agua que Peeta guarda ahí; él nos dijo que nos sirvamos agua fría siempre que queramos. También nos dijo que tomemos toda la comida que se nos antoje, pero no lo hago: su comida es suya, y del mismo modo que él no va a mi casa a comerse lo que tengo en la alacena, yo normalmente no acepto más que una galletita o una rodaja de pan de él. Pero con este calor, no puedo resistirme al agua deliciosamente fría, un lujo que nadie más tiene en el Distrito 12, excepto quizás Haymitch, si no se las arregló para romper su refrigerador. Es sólo agua, Peeta rellena las botellas en el grifo, de modo que no me siento mal por beberla.

Me sirvo un vaso y lo bebo a grandes tragos.

—Ya apago el horno, es sólo que quiero terminar esto —avisa él, empujando un par de hogazas dentro del horno ardiente.

Nadie de nosotros dice una palabra al respecto, pero Peeta tiene un exótico aparato que enfría los ambientes. Creo que se llama "acondicionador de aire", pero como Peeta es tan arisco al frío, el acondicionador de aire está desenchufado y muerto de risa mientras todo el Distrito 12 pasa calor. Por otro lado, como Peeta siempre tiene al menos una ventana abierta, supongo que el acondicionador de aire no tendría mucho sentido de todos modos. Y además, con el horno funcionando…

—No era una crítica, es sólo que siento que me estoy derritiendo —digo, sirviéndome un segundo vaso de agua fría con un suspiro de satisfacción—. ¿Cómo soportas estar al lado del horno?

—Después de la arena, si me dan a elegir, me quedo toda la vida con un calor como éste antes que con siquiera un poco de frío —explica Peeta encogiéndose de hombros, al tiempo que cierra la puerta del horno.

Desde su punto de vista, no puedo sino comprenderlo. El año que él fue tributo la arena consistió en un enorme campo nevado. Tomando la Cornucopia como punto central, había unas rocas escarpadas en una dirección, un lago helado en otra, unos árboles de aspecto tenebroso en otra, y un vasto campo vacío en otra. Muchos tributos estaban completamente atónitos por la nieve, pero Peeta y Mellie al menos habían corrido con la pequeña ventaja de saber qué era eso blanco.

El hecho que todos recuerdan acerca de Peeta pero jamás nadie menciona había ocurrido muy rápido: ni bien el gong sonó, la mayor parte de los tributos corrieron hacia la Cornucopia, dando comienzo al baño de sangre. Mellie, que no podía oír, había reaccionado a la seña de Peeta para escapar, pero el tributo del Distrito 1, llamado Gus, arrojó una jabalina en dirección a Mellie que la derribó de inmediato mientras huía. Mellie empezó a emitir guturales gemidos de dolor, ante lo que Gus respondió riendo.

Hasta ahí, todos habíamos visto lo que sucedía con dolor e indignación. Era horrible, pero no era la primera vez que algo así sucedía. Lo que pasó después es lo que el Capitolio tuvo que mostrar a cámara lenta y desde tres ángulos diferentes para que adquiriera sentido: Peeta vio a Gus arrojando la lanza. Le gritó a Mellie, supongo que en un acto reflejo, porque él sabía que ella no podía oírlo. Vio a Mellie caer moribunda. La cara de Peeta se contorsionó de furia y dolor. Tomó lo primero que encontró a mano, que resultó ser una especie de pequeña botella que contenía un líquido, y lo arrojó en dirección a Gus mientras corría hacia él.

En la entrevista posterior, Peeta juró que no tenía idea de lo que contenía la botellita y que la arrojó como hubiese arrojado una piedra, de haber tenido una a mano.

Pero la botellita no contenía agua ni alcohol etílico, como hubiese podido suponerse, sino nitroglicerina. Al impactar en un golpe seco contra Gus, la botella explotó, al igual que el tributo, que voló en pedazos tan pequeños que más tarde el aerodeslizador pasó un buen rato juntando lo que quedaba de lo que una vez había sido un orgulloso Profesional.

Clove, otra de las profesionales, vio esto y atacó a Peeta, que intentaba llegar hasta donde Mellie yacía herida en la nieve. Clove se interpuso en su camino y le arrojó un cuchillo que Peeta esquivó, aunque impactó en la chica del Distrito 10 que estaba detrás de él. Sin dejar de correr hacia Mellie, sin cambiar la expresión de su rostro y antes de que Clove pudiese buscar otra arma, Peeta le clavó entre las costillas un cuchillo que recogió del suelo y siguió adelante.

Thresh, el chico del Distrito 11, estaba en el camino de Peeta, quien se había armado de una espada corta de los suministros que había desparramados por ahí y seguía firme en su propósito de llegar hacia su compañera de distrito herida. Thresh, que estaba desarmado, se apartó del camino de Peeta, que pasó a veinte centímetros del otro chico sin dedicarle una segunda mirada, pese a que hubiese podido matarlo bastante fácilmente.

Llegó finalmente hasta Mellie, y aunque intentó ejercer presión para detener el sangrado o vendarlo de alguna manera, todo lo que Peeta pudo hacer fue acariciarle la cara y el cabello mientras la hemorragia acababa con la vida de la niña. Viéndolo distraído, la chica del Distrito 1, una femme fatale llamada Glimmer, apuntó con una lanza en su dirección.

—¡ABAJO, DOCE!

El aullido de Thresh le salvó la vida a Peeta, que alcanzó a echarse al suelo, aunque puso en evidencia a Thresh. El chico le arrojó una piedra a Glimmer que le rompió el brazo, pero por desgracia para Thresh, el izquierdo. Glimmer arrojó otra lanza con el derecho, y la clavó justo en el pecho de Thresh. Pero Glimmer no vivió para disfrutar de su triunfo, porque Peeta había tenido tiempo de agarrar una especie de discos dentados que tenía cerca y empezó a arrojárselos a Glimmer, que esquivó varios (Peeta no tenía muy buena puntería), pero uno acabó clavándosele en el cuello. Murió incluso antes que Thresh, dijeron los comentaristas.

Milton, el compañero de distrito de Glimmer, fue hacia Peeta rojo de furia y armado con una espada larga y delgada. Peeta sacó la lanza del cadáver de Mellie, y los dos empezaron a pelear. Yo sabía que Peeta era bueno en lucha, no tanto como su hermano mayor, pero se le daba bien; aún sabiéndolo, me quedé muda ese año viendo cómo Peeta paraba estocadas con la jabalina y daba golpes, ya sea con el filo o con la punta roma. Milton acabó en el suelo, de espaldas, jadeando por aire y desarmado, frente a un Peeta de pie. Peeta estuvo a punto de dejarlo ir, pero entonces Milton sacó un pequeño cuchillo y se lo clavó en la pantorrilla a Peeta, quien sin pensarlo le hundió la punta de la jabalina en la garganta.

La enorme mayoría de los tributos no se quedaron a mirar; habían recogido lo que podían y habían huido para el momento en que los cañonazos empezaron a sonar. Nueve tributos habían caído en el baño de sangre, entre ellos, cinco de los seis Profesionales, y cuatro de ellos, a manos de Peeta. Todas las apuestas empezaban de cero, aparentemente, ahora que los que tradicionalmente eran los favoritos habían desaparecido.

Fueron unos Juegos inusuales, ya que sin un grupo numeroso de Profesionales que se dedicara a cazar a los tributos más débiles, no hubo muchas muertes sangrientas más. Pese a lo que todo el Capitolio esperaba, Peeta no se reveló como un sádico sediento de sangre que desayunaba las vísceras de sus enemigos, sino un chico que regresó hacia su compañera ya muerta y entre sollozos se despidió de ella con gestos y un beso en la frente, y que le agradeció a la figura ya inmóvil de Thresh por su ayuda, diciéndole además que le hubiese gustado conocerlo mejor.

Durante los días siguientes, Peeta no hizo mucho más que protegerse lo mejor posible del frío, atender su herida y racionar la comida que había junto a la Cornucopia, comida que dejó al alcance de cualquiera que quisiera recogerla, tomando sólo lo que él necesitaba y ni un poco más. El único cambio en su tranquila y normal rutina fue cuando protegió a esa chica del tributo del Distrito 4, el único Profesional que había escapado a tiempo del baño de sangre.

Los Organizadores de los Juegos debieron cansarse pronto de esto, porque enviaron una ola de frío terrible primero, una jauría de zorros árticos mutos que se dedicaban activamente a cazar tributos después, y una avalancha luego, cuando quedó en claro que los tributos que quedaban no parecían muy dispuestos a matarse entre ellos.

Pero Peeta resistió bien al frío, pese a que su pierna herida sufrió congelación. Mantuvo a raya a los mutos con fuego, y mató a varios con más botellitas de nitroglicerina. La avalancha lo enterró en el interior de la Cornucopia, pero gracias a una tremenda tenacidad y mucho excavar, Peeta volvió a salir a la luz. Los comentaristas del Capitolio estaban tan impresionados por la resistencia y valentía de Peeta, que jamás se quejó ni desesperó ni dejó de luchar por salir adelante, que hasta Caesar Flickermann admitió haber apostado por él.

El último tributo que quedaba en la arena además de Peeta pasó por encima del lago helado, cuya superficie cedió bajo su peso y lo hundió en unas aguas gélidas, apenas por sobre el punto de congelación. Para cuando Peeta fue coronado Vencedor, todos en el Capitolio se jactaron que desde el principio habían sabido que él resultaría ganador.

Peeta admitió que él no lo había sabido. Él sólo quería regresar a casa.

Viéndolo en casa ahora, horneando pan un día calurosísimo, forzando su expresión de tristeza a convertirse en una sonrisa por mi bien, no puedo dejar de preguntarme si yo acabaría de forma parecida de ser tributo alguna vez. Pese al calor, me recorre un escalofrío.

Lo más probable es que no, decido. Lo más probable es que yo no llegaría a ser una Vencedora.

Y lo que es peor, viendo a Peeta, es que no sé si querría serlo, aún si se presentara la oportunidad.

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