Cosas que me pertenecen: mi largamente traspapelada y recientemente redescubierta copia de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban.

Cosas que no me pertenecen: la trilogía Los Juegos del Hambre, entre otras cosas. Es por eso que sólo escribo por diversión y sin fines de lucro.


Capítulo 7: El secreto

El cuarto día después de haber encontrado a Peeta drogado es domingo. Me levanto de madrugada, como siempre, agradeciendo la relativa frescura del aire al amanecer. Me visto sin hacer ruido, recojo mi cabello en mi trenza estándar y me voy al bosque. Gale me espera en nuestro sitio de encuentro habitual, con expresión solemne y un poco preocupada.

—Buenos días —me saluda—. Ven conmigo —indica antes de empezar a caminar en dirección al lago donde solemos pescar.

—¿No vamos a revisar las trampas primero? —le pregunto, sorprendida—. Con este calor, las presas se echarán a perder si no las recolectamos temprano.

Si hay algo de lo que puedo jactarme, es que jamás vendo presas en mal estado, ni animales enfermos. La carne que ofrezco es de primera calidad y aspiro a que siga siéndolo.

—Eso puede esperar —descarta Gale con un gesto de la mano.

—No, no puede esperar. No con el calor que hace, o que va a hacer en un par de horas —le subrayo, un poco preocupada por su desinterés y un poco irritada por su despreocupación.

—Katniss, esto es serio —dice él, su expresión oscura—. ¿Quieres saber qué le pasa a Peeta o no?

—Claro que sí, pero…

—Entonces vamos —me interrumpe él—. Tendremos el resto del día para cazar y recolectar.

—Si vamos a hablar de eso, es justo que Prim… —empiezo, pero Gale me interrumpe de nuevo.

—No. Créeme, no quieres que Prim sepa de esto —advierte él, sacudiendo enérgicamente la cabeza—. De hecho, no querrás haberlo sabido una vez que te enteres.

—¿Qué rayos pasa? —pregunto, poniendo los brazos en jarras. Como cada vez que estoy muy preocupada, me enojo. Es más fácil lidiar con el enojo que con el miedo: el enojo me da energía, el miedo paraliza—. Dime que Peeta está gravemente enfermo por lo menos, como para justificar tanto secreto.

—Sólo… vamos, ¿sí? —insiste Gale—. Es importante.

Caminamos a lo largo de la verja teóricamente electrificada, del lado del bosque, lo bastante lejos como para que nadie nos vea desde el pueblo. No es como si hubiese muchas personas despiertas de todos modos, los domingos todos aprovechan para dormir hasta un poco más tarde.

Gale me hace señas de guardar silencio cuando nos acercamos a la zona de la verja más cercana a la Aldea de los Vencedores. Encontramos un hueco de buen tamaño y nos deslizamos por debajo; lo sigo directamente a la casa de Peeta, donde para mi sorpresa no entramos, sino que Gale me conduce a una escalera angosta apoyada contra una de las paredes y empieza a trepar por ella.

—¿Qué…? —empiezo a preguntar, sin entender más nada, pero Gale me hace enérgicos gestos de que haga silencio y lo siga.

La escalera nos lleva, previsiblemente, al techo. Sobre el techo, no tan previsiblemente, están Peeta y Haymitch, además de una canasta de pic–nic aparentemente repleta de comida.

—Espero que tengan una muy buena explicación para estar comportándose tan extraños —les advierto, sentándome junto a Peeta, que tiene aspecto de no haber dormido en toda la noche.

—La tenemos. Estamos protegiendo nuestras vidas, incluida la tuya, Preciosa —responde Haymitch.

—¿Qué se supone que es esto?

—En el Capitolio lo llamarían un desayuno de trabajo. Aquí lo llamaremos conspirar sin morirnos de hambre en el proceso —replica Haymitch, dándole un mordisco a un panecillo de arándanos que sacó de la canasta. Mastica, traga, y me mira severamente—. Estamos escondiéndonos a simple vista.

—Haymitch cree que hay micrófonos ocultos en la casa —explica Peeta en voz baja—. El lugar más seguro es, según él, el último donde nos buscarían.

Tanto secretismo está poniéndome nerviosa.

—Bueno, sírvanse algo —indica Haymitch, señalándonos la canasta abierta—. ¿Quieren charla ligera primero o pasamos directamente al meollo del asunto?

—Vamos al grano —suspira Gale, mordisqueando sin ganas un pan en forma de medialuna y salpicado de semillas—. No tiene sentido esperar.

—Chico, haz los honores —le indica Haymitch a Peeta.

Peeta suspira, clava la mirada en sus zapatos y empieza a hablar en voz baja. Yo me sirvo un bollo relleno de queso y empiezo a comerlo.

—Durante los últimos Juegos, tuve oportunidad de pasar un poco más de tiempo con los otros mentores. Algunos son netamente desagradables, como Brutus del Distrito 2, pero otros son buenas personas, y entienden por lo que pasé en la arena porque ellos, en su momento, también estuvieron ahí —explica Peeta en voz baja. Levanta la mirada y nos dirige una mirada de disculpa a Gale y a mí—. No es que no aprecie todo lo que están haciendo por mí, es sólo…

—Está bien —le responde Gale, descartando la disculpa con un gesto de la mano—. No te echamos nada en cara.

Peeta asiente, y clava la mirada en sus zapatos de nuevo, más fijamente que antes. Sigue hablando en voz baja.

—Uno de los mentores con los que me llevé mejor fue Finnick Odair. Me felicitó por haber protegido a la chica del Distrito 6, aún a costa del tributo de su Distrito… parece que no era la primera vez que Letho, así se llamaba ese chico, atacaba a alguien —musita Peeta, tenso—. Hablamos sobre nada en particular por un rato, sobre mis pinturas y lo diferentes que son nuestros distritos y sobre el último grito de la moda en el Capitolio, que consiste en llevar pequeñas jaulas o peceras con animalitos o peces adentro, como parte del vestuario. En eso, de pronto Finnick me miró muy serio y comentó que tenía un secreto para mí. Yo no entendí muy bien de qué estaba hablando, pero él me explicó que la gente del Capitolio que quiere codearse con él le paga, no en dinero, sino en secretos por el placer de su compañía. Le dije que yo no tenía ningún secreto que valiese la pena para dale a cambio, pero él me dijo que lo considerara un favor. Me aseguró que este secreto era muy serio y de una fuente muy confiable, antes de decirme…

La voz de Peeta se quiebra. Noto que nadie está comiendo, sino que todos estamos pendientes de él. Cuando Peeta no sigue hablando de inmediato, Haymitch suspira, toma una pila de papeles que tenía a su lado y los tira en medio de todos nosotros.

—Pedí información. Aunque no te puedo asegurar que sea cierto, todo apunta a que lo que te dijo Odair es verdad —gruñe Haymitch, señalando los papeles de colores.

Veo, ahora que los tengo cerca, que no son papeles sueltos, sino revistas. Revistas impresas en colores brillantes, en papel satinado, y todas tienen fotos de Peeta en la tapa.

—¿De dónde salieron? —pregunta Gale, sorprendido, tomando la primera del montón, donde la cara sonriente de Peeta está enmarcada por un corazón rojo.

—Se las pedí a Trinkett, que me mandó un montón desde el Capitolio —explica Haymitch, bebiendo un largo trago de la petaca que siempre parece llevar encima—. Dijo alguna estupidez sobre que estaba muy bien que el Chico se mantuviese al día de sus apariciones en la prensa o algo parecido, no le presté atención.

Yo tomo otra revista. Un cuarto de la tapa está dedicado a la foto de Peeta con un ojo morado y el entrecejo fruncido, acompañada del título El último caballero y el subtítulo Peeta Mellark defiende a puñetazo limpio el honor de una dama – página 5. Abro la revista en la página 5, donde además de un recuento muy exagerado del incidente en el que Peeta golpeó a ese estilista, hay todo tipo de afirmaciones sobre que Peeta es "un joven tan encantador y dulce", "un diamante en bruto criado entre el carbón", "nuestro sexy joven vencedor" y "un apasionado defensor de las mujeres". Es absurdo a la manera de Capitolio, pero no veo por qué todos tienen esas caras de tragedia al hojear las revistas.

Dejo la que tengo en el montón y tomo otra, que analiza mediante cantidad de fotografías los rasgos faciales y el cuerpo de Peeta, y propone una lista de mejoras quirúrgicas que podrían realizársele. Me recorre un escalofrío ante las sugerencias de marcarle los pómulos, afinarle la nariz, suavizarle el mentón, levantarle los glúteos y alargarle las piernas. Peeta no necesita nada de eso, él está muy bien tal y como está ahora. No sé de dónde salió ese pensamiento, pero la verdad es que no quiero que cambien nada de él.

Una tercera revista publica una encuesta realizada en el Capitolio según la cual Peeta fue elegido el muchacho más sexy, mientras que Finnick Odair obtuvo el título de el hombre más sexy. El texto, lleno de comentarios del tipo "chicas, ¿verdad que están para comérselos a besos?", "rubio o pelirrojo, ¿cuál te gusta más?" y "la belleza se encuentra aún en los distritos más insospechados", está acompañado por fotos que ilustran bien el carácter de los dos: mientras que Finnick Odair sale sonriendo arrogantemente a la cámara, Peeta parece haber sido tomado de sorpresa por el fotógrafo y luce más sorprendido que seguro de sí mismo.

Una cuarta revista tiene un largo artículo repleto de palabrería psicológica de la que, leyéndola sólo superficialmente, saco en limpio que, de acuerdo a sus acciones y palabras recientes, los psicólogos afirman que Peeta es honesto, leal, ama intensamente, tiene pensamiento positivo, se lleva bien con los niños y los animales, es un protector de los débiles y es más probable que ataque a alguien para defender a una tercera persona antes que para protegerse a sí mismo. Por una vez, parece que están en lo cierto.

El quinto artículo me irrita, casi tanto como me avergüenza. El degenerado que escribió esa cosa parece creer que Peeta será "un amante apasionado y cariñoso, dado lo protector y sensualmente salvaje que demostró ser hasta ahora". ¿Quiénes se creen que son para especular sobre la vida privada de Peeta? Por favor, es enfermo ponerse a hipotetizar cómo se comportaría él con su novia de tener una.

Otra nota compara a Peeta con Finnick Odair, e insiste en señalar a Peeta como "el chico bueno que llevas a casa y le presentas a tus padres" en oposición a Odair, que aparentemente es "el chico malo con el que te ves a escondidas, que te come la cara a besos y te deja con el maquillaje corrido". No sé qué concepto de bueno y malo manejan en el Capitolio, pero está bastante claro que no es el mismo que en el Distrito 12. Aquí Peeta no es exactamente un chico bueno, sino un chico del que una chica promedio se mantendría precavidamente alejada: no es que sea malo, pero sí poco recomendable, al menos como pretendiente. Un chico malo, al menos en el lugar en que vivo, es alguien que golpea a los demás, es borracho o vago o las dos cosas, y eso no lo hace atractivo sino un indeseable y candidato a acabar arrestado por los Agentes de la Paz. Sin mencionar que en el Distrito 12 no usamos maquillaje.

En la última nota que leo Peeta es comparado nuevamente con Finnick Odair, pero ésta vez se los compara además con otras dos personas. No entiendo demasiado de qué se trata, ya que nunca antes había escuchado hablar de ellos, pero aparentemente Peeta es más similar a un tal Romeo Montesco, mientras que Odair es "un auténtico Don Juan", sea lo que fuere eso. Deben ser celebridades del Capitolio.

Dejo la revista en el montón al mismo tiempo que Gale deja la que él estaba mirando con gesto de asco. Veo que es la que teoriza sobre la vida privada de Peeta.

—Veo que estás convertido en toda una celebridad del Capitolio, y que por lo visto están un poco obsesionados con compararte con Finnick Odair. Si bien entiendo que no te guste salir en esas revistas, no entiendo qué es tan grave —le digo honestamente a Peeta.

A mí también me molestaría que alguien escriba un artículo sobre cómo cree que soy en la cama, pero no entiendo la cara de funeral que Peeta tiene al respecto. Después de todo, lo único que hacen es hablar bien de él en cada oportunidad. Peeta me sonríe débilmente, con dolor, por un momento.

—Finnick averiguó que… el Presidente Snow… quiere venderme —dice Peeta en voz plana.

Frunzo el ceño en incomprensión. ¿Venderlo? No puedes vender a una persona. ¿Y a quién se lo vendería? ¿Qué está tratando de decirnos?

—Mi cuerpo —aclara Peeta al notar que no lo entendí—. Quiere… prostituirme.

La palabra cuelga, pesada y siniestra, en el aire entre nosotros.

—¿Qué? —jadeo por fin, todavía incrédula.

No puede ser. Peeta es un Vencedor. La gente del Capitolio lo ama y admira. ¿Cómo podría el Presidente Snow…?

Entonces entiendo. La gente del Capitolio lo compraría. Los mismos que están imaginándose qué clase de amante es Peeta, escribiendo sobre lo caballeroso que es, analizando su cuerpo y cara, nombrándolo el muchacho más sexy.

Entiendo cada vez más. Peeta no sólo tuvo que ver morir a dos niños del Distrito 12 en los últimos Juegos del Hambre, además recibió esta noticia mientras estaba en el Capitolio. Por eso tomó esas pastillas. No quiso suicidarse, sólo olvidar, dejar de pensar, dejar de sentir. Y su tristeza no se debía sólo a las drogas o al cargo de conciencia por los chicos muertos.

Más lo pienso, y más entiendo todo. La extraña actitud de Haymitch. Lo que había dicho por teléfono: "no podías largarle ese baldazo de agua fría. No lo conoces, él no es como los otros. Saberlo lo destruirá…"

La insistencia de mi mamá sobre que Peeta es un buen muchacho, que debíamos cuidarlo. Sus cuidados. Sus mimos. Todo tiene tanto más sentido ahora. En su delirio Peeta no le contó sobre sus Juegos. Le confesó esto, sin ser consciente de lo que estaba diciendo.

La furia de Gale. Su intensificado odio hacia el Capitolio y el Presidente Snow. Su repentina actitud protectora para con Peeta. Su insistencia que Prim no debía saber de esto.

El señor Mellark. Su tristeza, y su gratitud por cuánto habíamos ayudado a Peeta. Su petición que lo cuidáramos.

Vuelvo la cara hacia Peeta, que está mirando hacia abajo, avergonzado. Parece incapaz de mirarme a la cara, cuando él no hizo nada malo.

—Peeta —digo, mirándolo fijamente, mi voz temblando de furia contenida—, tienes que negarte. Dile que no lo harás. No puede obligarte. ¡No tiene ningún derecho de… de hacerte eso!

Haymitch suelta una especie de bufido que me suena medio a risa y medio a eructo. Peeta hunde otro poco los hombros, abrazado como está a sus piernas.

—Finnick me advirtió que me amenazará con matar a mi familia si yo me niego —susurra Peeta—. Con matarlos a todos. Incluso a mis amigos. A las familias de mis amigos. A todos los que tienen algún tipo de relación conmigo…

Estoy helada. Helada y lívida y bullendo de furia, todo a la vez. Comprendo perfectamente la expresión de Gale después de que le ayudara a Peeta a ducharse, él debió decirle ahí. Esto es… es tan indignante… no tengo ni palabras. Obligar a alguien a vender su cuerpo ya es horrible, pero amenazarlo con matar a su familia, con matar a sus amigos, lo hace todo tanto peor.

—Te amenazarán, de acuerdo, pero nadie dice que vayan a… —empieza Gale.

—Lo harán —interrumpe Haymitch—. Si consideran que el Chico desobedece, matarán a quienes más le importan.

—¿Cómo está tan seguro? —replica Gale con frialdad, antes de volver a dirigirse hacia Peeta—. Están jugando con tu miedo, se aprovechan de tu preocupación por tu familia y amigos. Nadie dice que…

—Muchacho —el tono de Haymitch es profundo, peligroso, y mortalmente serio cuando mira a Gale—. Lo harán. No sería la primera vez.

Gale abre la boca para seguir discutiendo, pero yo tengo otras cosas en que pensar.

—¿Pero cómo… cómo se le ocurrió...? ¿Por qué a ti, Peeta? —pregunto, todavía incapaz de aceptarlo del todo.

—Aparentemente no soy el único —suspira Peeta con resignación—. Ocasionalmente, un Vencedor es lo bastante deseable como para que la gente quiera comprarlo, y entonces Snow lo vende. Hace lo mismo con Finnick, desde hace años… y con Cashmere del Distrito 1, entre otros. Lo intentó con Johanna Mason del 7. Ella se negó, y Snow aniquiló a toda su familia. Un muy conveniente incendio los mató a todos.

Estoy sin habla de nuevo. Todos sabemos que los del Capitolio son una montaña de corruptos que viven una vida de lujos mientras en los distritos la gente se muere de hambre, pero esto… esto alcanza niveles de perversión que yo no pude, hasta ahora, ni imaginarme.

—Finnick, a su manera, encontró un modo de sacar provecho de la situación. La gente que lo compraba le daba regalos, dinero o joyas generalmente, para sentirse menos mal por básicamente forzarlo. Pero según me explicó, desde hace tiempo él pide que en lugar de con bienes materiales le paguen con secretos —continúa Peeta, inexpresivo—. Así fue capaz de avisarme. Pensó que yo preferiría saber qué me esperaba para cuando regrese al Capitolio.

—Y te dio esas porquerías. Un gran amigo —gruñe Haymitch.

—Se asusta el muerto del degollado —masculla Peeta, lanzándole una mirada enojada a Haymitch—. ¿Dónde quedó tu discurso de "cada cual lidia con los recuerdos como puede"?

—Al menos yo no tomo alucinógenos —se defiende Haymitch.

—No, te emborrachas al punto de no saber ni quién eres —le replica Peeta ásperamente—. Cashmere se corta a sí misma para que el dolor físico le evite pensar, ya la salvaron dos veces de desangrarse. Finnick se droga, pasa dos días en un delirio tal que no tiene idea de nada, y al cabo de ellos se baña, se afeita, compone una sonrisa y sigue adelante. Ya ves, cada uno sobrevive como puede.

Pese a que el sol sigue subiendo y ése promete ser un día muy caluroso, yo tengo la piel de gallina instalada en el cuerpo y no parece que vaya a dejarme en ningún momento cercano.

¿En serio que los Vencedores viven así? Son vendidos. Se emborrachan, se drogan, se cortan a sí mismos, pintan sus pesadillas en el piso y las paredes. Le temen al frío. No duermen profundamente si no es con un cuchillo en la mano. Sus familias son masacradas si ellos no son lo bastante dóciles. Viven en esas enormes casas donde están solos, como Haymitch, y como Peeta estaba hasta que Prim se le acercó para contarle sobre la vez que una zarigüeya casi atacó a su gato.

—¿Sabes por qué están esperando a que vuelvas al Capitolio para… eso? —le pregunta Gale a Peeta.

—No quieren llamar la atención al respecto teniéndome ahí fuera de temporada —responde Peeta con voz hueca—. Ya que tienen la gentileza de esperar a que yo cumpla dieciséis para venderme, supongo que esperan mejorar el precio haciéndome más publicidad —señala con una mueca a las revistas.

—Tendremos que escapar antes —concluye Gale en voz resuelta.

—¿Escapar? ¿A dónde? —pregunta Peeta, confundido.

—Al bosque. Podemos irnos, todos. Las Everdeen, los Hawthorne, y ustedes dos —enumera Gale, tranquilamente confiado, señalando a Haymitch y Peeta—. ¿Se te ocurre alguien más?

—¿Mi familia…? —pregunta Peeta, dudoso—. No puedo dejarlos. Los castigarían a ellos.

—Entonces los llevamos también —acepta Gale.

—Eso jamás funcionará, Muchacho —se ríe socarronamente Haymitch—. Piensas llevar a toda esa gente al bosque… ¿y después qué? ¿Dónde dormirán? ¿Qué comerán? ¿Qué piensas hacer cuando llegue el invierno?

—Nos arreglaremos —afirma Gale, seguro.

—Oh, eso lo dices ahora. ¿Dirás lo mismo cuando no tengan qué comer? ¿Cuando los niños tengan frío? ¿Cuando llueva y no tengan un techo sobre sus cabezas? —pregunta retóricamente Haymitch, con una sonrisa desagradable.

—Construiremos un refugio. Y estamos acostumbrados a arreglarnos con poco —digo yo.

—Ah, construirán un refugio. ¿Con qué materiales? ¿Con qué herramientas? —quiere saber Haymitch, burlón.

—Hay material de sobra en el bosque. Y llevaremos herramientas —replico, a la defensiva.

—¿Cuándo las llevarán? ¿Cómo? ¿Qué herramientas? ¿Y qué saben de construir nada que resista la lluvia, el viento, el frío, la nieve, el sol intenso? ¿Piensan que nadie los buscará? ¿Que el Capitolio aceptará con un encogimiento de hombros algo así? ¿Que no rastrillarán el bosque, que no se desquitarán con la gente del Distrito 12? ¿Quieren vivir el resto de sus breves vidas con miedo, mirando por sobre el hombro, sin atreverse a caminar con normalidad por el bosque porque podría aparecer un Agente de la Paz para matarlos?

Haymitch dispara las palabras como si fuesen balas. Y dan en el blanco.

—¿Se te ocurre una idea mejor? —le espeta Gale, furioso—. ¿Qué sugieres, dejar a Peeta librado a su suerte? ¿Que hagan lo que quieran con él? ¿Que lo usen, y lo tiren cuando se aburran? ¿Eso es lo que sugieres? ¿Abandonarlo?

—Muchacho, siempre tan dramático —Haymitch rueda los ojos antes de beber otro trago de su petaca—. No, no digo eso. Digo que tu plan es una basura, no que voy a dejar al Chico solo.

Haymitch tiene la costumbre de no llamarnos por nuestros nombres prácticamente nunca. Peeta es "chico", Gale es "muchacho", Prim es "niñita" o "bebé", y yo soy "preciosa" (dicho en tono tan irónico que jamás fue un halago, siempre sonó a una especie de burla).

—¿Qué brillante plan sugieres entonces? —le pregunto a Haymitch, ceñuda.

—Todo a su debido tiempo, Preciosa —me responde en voz falsamente dulce—. Por ahora, todos vamos a actuar con normalidad, a no decir ni una palabra de esto a nadie y a jamás mencionarlo dentro de la casa. No estoy seguro sobre los micrófonos, pero es mejor no arriesgarnos. En un aparte, yo voy a ocuparme de algunas cosas, sobre las que espero que nadie me pregunte ni haga comentarios.

Aunque me hubiese gustado tener algo más concreto en las manos que estas vagas indicaciones, sé que no le podremos sonsacar a Haymitch nada más. Será un solterón, un borracho y un amargado, pero le tengo suficiente respeto como para saber que si promete ocuparse del tema y no dejar a Peeta solo, va a cumplir con su palabra.

Haymitch suspira y quiere beber otro trago, pero su petaca está vacía. Gruñendo, enrosca la tapa antes de volver a guardársela en el bolsillo.

—Vamos a encontrar una manera —gruñe Gale, decidido—. Tiene que haber algo que podamos hacer. ¿Qué pasaría si te casaras?

—¿Quién en su sano juicio querría casarse conmigo? —le pregunta Peeta, sorprendido.

—No importa, imaginémoslo. ¿Qué pasarías si estuvieses casado al llegar al Capitolio dentro de un año, cuando tengan lugar los siguientes Juegos del Hambre? —insiste Gale.

—No sé —admite Peeta, abatido—. Conociendo a Snow, es tan probable que me haga viudo como que la venda a ella también.

Gale masculla una palabrota.

—¿Y si… qué tal si estuvieses enfermo? —sugiero.

—Me curarían. Tienen medicinas con la que aquí sólo podemos soñar —suspira Peeta.

—¿Y si te hubieses vuelto loco? —propongo—. Podrías tener, no sé, arranques de ira en los que rompes cosas, o ataques de gritos, o delirios en los que ves cosas que no existen, o… algo que los asuste a tal punto que nadie quiera comprarte.

—Se darían cuenta que es fingido, tienen máquinas que son capaces de tomar fotos del cerebro sin abrirle la cabeza a nadie, y cosas parecidas —dice Peeta con resignación.

Gale y yo intercambiamos una mirada. Peeta parece resignado y Haymitch no va a hacer nada en lo inmediato, pero nosotros no vamos a quedarnos de brazos cruzados. Vamos a encontrar una forma de evitar que el Presidente Snow le haga eso a Peeta, cueste lo que cueste.

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