Cosas que me pertenecen: un par de zapatos apenas usados que me regalaron, muy lindos por fuera y muy incómodos de usar (al próximo que me diga que a caballo regalado no se le miran los dientes, prometo morderlo).
Cosas que no me pertenecen: Katniss, Peeta, Gale, Sae la Grasienta, su nieta, el Distrito 12, el el Capitolio y en general todo el universo de Los Juegos del Hambre. Sólo escribo por diversión y sin fines de lucro.
Capítulo 8: Planes de rescate
Pese a nuestras buenas intenciones y a que nos rompemos las cabezas tratando de encontrar alternativas, la verdad es que no se nos ocurre ninguna solución brillante. Yo insisto en mi sugerencia que Peeta se finja loco, mientras que Gale continúa rumiando sobre escapar de este agujero mugriento. Los dos estamos en punto muerto: Peeta dijo que no podrá fingir tan bien como para engañar a los médicos del Capitolio, y mal que me pese Haymitch tiene razón en que preparar un lugar en el bosque para acogernos a todos los hipotéticos fugitivos demandaría más tiempo y recursos de los que tenemos.
Ante Prim hacemos una puesta en escena en la que Gale nos cuenta, a mi hermana y a mí, que en el Capitolio quieren alterar quirúrgicamente a Peeta de un modo drástico. Prim se escandaliza y yo también me enojo, y los tres estamos de acuerdo en que es una barbaridad y que ojalá que no le hagan nada. A espaldas de Prim, Gale y yo seguimos conspirando en secreto.
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A medida que pasan las semanas, nuestros planes se vuelven más descabellados. Gale ya está planeando sabotear el tren para que Peeta y los tributos nunca puedan salir del Distrito; hasta habla de hacerlo explotar y fingir la muerte de Peeta. El problema es que no tenemos nada con que hacer estallar el tren. Yo averiguo si no hay unas hierbas o algo que sumerjan a Peeta en un estado cataléptico tal que los mediocres médicos del Distrito 12 lo den por muerto cuando en realidad sólo está profundamente dormido. No sólo que esas hierbas son una leyenda más que una realidad, además está el peligro que el Capitolio exija realizarle una autopsia a Peeta.
Pensamos en involucrar a la familia de Peeta, que su padre o su madre se finjan enfermos y que él sea llamado urgentemente a casa a acompañarlos. El plan tiene demasiados cabos sueltos y realmente preferiríamos no involucrar a la Vieja Bruja si hay cualquier otra manera, además que eso aplazaría el problema, no lo solucionaría.
Hasta se nos cruza por la cabeza hacer una colecta en todo el Distrito 12 para comprar a Peeta, pero eso no serviría tampoco: con lo pobre que el Distrito es, jamás podríamos competir con los bolsillos llenos a rebalsar de los estirados ciudadanos del Capitolio. Sin mencionar que no podríamos muy bien pedirle dinero a la gente sin decir para qué, y los dos estamos de acuerdo en salvar a Peeta de toda la humillación que podamos, lo que incluye no divulgar este tipo de cosas.
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Pasa el tiempo, y nada útil se nos ocurre. Peeta está resignado, y aunque desde luego no está feliz, da la impresión que al menos no piensa constantemente en lo que le espera en el Capitolio cuando regrese en nueve meses. Gale y yo ya consideramos y descartamos todo tipo de ideas, desde prenderle fuego a la casa de Peeta y pretender que él murió en el incendio (pero nos faltaría un cadáver, aunque fuese uno chamuscado) hasta hacerle llegar anónimamente un pastel envenenado al Presidente Snow (difícilmente llegaría hasta él sin que alguien advierta que está envenenado).
A decir verdad, se nos están agotando las ideas, y seguimos sin estar más cerca de una solución que lo que estábamos cuando Haymitch nos reunió sobre el techo a contarme (Gale ya lo sabía, pero Peeta le había pedido que no dijera nada) lo que pasaba.
Haymitch, a todo esto, o es un genio ocultando lo que se trae entre manos, o no está haciendo absolutamente nada. Mientras que Gale y yo nos pasamos cada día revisando planes y detectando fallas, Haymitch sigue bebiendo tanto como antes y en general comportándose igual que siempre. No nos atrevemos a preguntarle, pero verlo tan desentendido del caso al menos a mí me irrita. Gale parece haberlo descartado desde un principio.
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El tiempo pasa, no sabe hacer otra cosa.
Pasa el verano.
Llega el frío.
Tiene lugar el Tour de la Victoria. El arrogante Vencedor del último año, un muchacho del Distrito 2, visita nuestro Distrito y se aburre a muerte en la modesta recepción que se ofrece en su honor. Peeta lo saluda con desinterés cuando son presentados; Haymitch está tan borracho que apenas se entera de nada, o al menos eso me contó Madge.
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El decimosexto cumpleaños de Peeta tiene la misma atmósfera que un velorio especialmente triste. Hay torta de cumpleaños, algunos regalos humildes, chocolate caliente y sonrisas forzadas. Sólo los pequeños Hawthorne y en menor medida Prim ven éste como un día festivo.
Delly sigue viniendo a ver a Peeta de vez en cuando, y yo la trato con toda la frialdad que se merece. Peeta evidentemente la perdonó, Prim la adora y hasta Gale cree que es simpática, pero yo le sigo guardando rencor. Me cuesta tratarla mal, cuando ella es tan malditamente amable con todo el mundo, incluso conmigo, pero no me cuesta comportarme fría y un poco antipática sin ser directamente maleducada.
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Peeta, aunque jamás habla al respecto de lo que sabemos pasará en cada vez menos tiempo, desde hace tiempo pinta paisajes oscuros y melancólicos. Mi favorito es uno en el que una mano sostiene un candelabro con una vela y otra mano protege la llama del viento. El lugar está completamente a oscuras, el único punto de luz del lugar es la llama de esa vela, que ilumina tenuemente las formas de las manos, apenas suficiente como para que se reconozcan las formas. Lo interesante es que las manos, aunque similares, evidentemente pertenecen a personas distintas.
Decididos a sacarlo de su tristeza y encierro, ya que Peeta apenas sale de su casa, Gale y yo lo convencemos de vestirse con la ropa más vieja que tenga y lo llevamos al bosque con nosotros. Al igual que la vez anterior, Peeta demuestra que es un excelente panadero y un pésimo cazador; hasta se le escapa un conejo herido de una de las trampas de Gale. Lo ponemos entonces a recoger plantas y la cosa marcha por un rato, o al menos eso parecía, porque resulta que Peeta confundió las plantas, se pasó media hora recogiendo salvia venenosa en lugar de salvia curativa y ahora tiene las manos cubiertas de un doloroso sarpullido.
Yo lo trato con salvia curativa, de la clase correcta, mientras él se disculpa una y otra vez. Gale, que no dijo ni media palabra al respecto de todas las metidas de pata de nuestro amigo, termina de recolectar los conejos de las trampas y a juntar las cebollas silvestres que desenterramos más temprano.
—Irá mejor la próxima vez —dice Gale con un encogimiento de hombros cuando ya estamos yéndonos—. Sólo te falta práctica.
—Soy un inútil para esto —murmura Peeta, mirando sus manos precariamente vendadas y cubiertas de salvia con vergüenza—. Es una suerte que el Capitolio me pague por haber matado gente, o me moriría de hambre.
—No te morirías de hambre. Trabajarías como panadero —replico, frunciendo el ceño.
—No lo creo. Se supone que mi hermano mayor debe heredar la panadería —explica Peeta con un encogimiento de hombros—. Mi segundo hermano, al menos de acuerdo a los planes de mi abnegada madre, se casaría con Maggie, la única hija de Rooba, la carnicera, y ellos heredarían la carnicería. En cuanto a mí… nunca supo muy bien qué hacer conmigo a largo plazo. Supongo que los Juegos le hicieron un favor al no tener que buscarme una esposa adinerada de entre las hijas de los comerciantes. Sé que tenía los ojos puestos en Dilka Simpson…
Yo no sé quién es Dilka Simpson, pero Gale suela un sonido mezcla de risa y ruido de asco.
—¿Dilka Simpson? —repite Gale, incrédulo—. ¿Tu madre se detuvo a considerar que te lleva tres años, es casi dos cabezas más alta y tiene bigote?
—Es la hija del dueño de la tienda de dulces —se encoge de hombros Peeta con una sonrisa algo burlona—. Por suerte, me consta que jamás le interesé a Dilka, ni ella a mí.
—Bueno, no es difícil que no te gustara… quiero decir, ya sólo el hecho que tenga más bigote que yo me haría sentir un poco acomplejado —se ríe Gale.
—Me gustaría poder decir que tiene una hermosa personalidad para compensar el vello facial, pero ni siquiera puedo decir eso —masculla Peeta con una sonrisa.
—La verdad, pobre Dilka… es espantosa. Peor que un susto a medianoche —asiente Gale—. Mide como dos metros, flaca y huesuda, pelo de ese color rubio opaco, sin curvas, narigona, los dientes torcidos, nunca sonríe, además es miope… ¡y por eso si fuera poco, el bigote!
Una débil memoria viene a mi mente. Recuerdo una chica muy alta en el patio de la escuela… ella no mide dos metros, Gale exageraba, pero sí era una de las personas más altas del lugar. La Dilka de mis recuerdos era desgarbada y un poco torpe, jamás sonreía y no parecía tener amigos. Era brusca con los demás, sobre todo los más pequeños, y antipática con todo el mundo… eso a mí me parecía, y me sigue pareciendo, un defecto más grave que no ser hermosa.
—¿Ella ya terminó la escuela, no? ¿Qué hace ahora? —pregunto.
—Trabaja en la tienda de sus padres, por lo que sé —responde Peeta.
—Su hermano trabaja en la sastrería como ayudante, suele comprarme las zanahorias silvestres —menciona Gale—. Supongo que Dilka sabe que pinta para solterona y por eso es tan amargada. Y el hecho de saber que es una de las chicas más feas del Distrito no ayuda, precisamente.
—No todas las chicas vivimos pendientes del aspecto que tenemos ni nos amargamos por eso —gruño, a la defensiva. Dilka no es santo de mi devoción, pero tengo que defender al género femenino, siendo la única chica presente en la conversación.
—Qué va. Todas las chicas se preocupan que si la ropa les sienta bien, si el peinado las favorece y no sé cuántas cosas más —me contradice Gale, levantando una rama para que Peeta y yo pasemos con más comodidad por debajo.
—¿Alguna vez me escuchaste diciendo algo de eso, hablando de ropa o peinados? —le pregunto, agachándome ligeramente para pasar por debajo de la rama.
—No, pero no eres una chica —constata Gale, soltando la rama ahora que Peeta pasó.
—¿No? La última vez que me fijé, yo todavía era una chica —medio chillo, sonrojándome.
—No eres una chica. Eres Katniss —declara Gale con tono de absoluta convicción, poniéndose a nuestra altura a zancadas.
No sé si estar halagada de que Gale no me considere una persona superficial o sentirme herida de que no me considere una chica en el sentido estricto.
—Creo que lo que Gale quiere decir es que eres una chica, pero una especial, no una persona tonta que pierde el tiempo con ropa, peinados y cosas parecidas, sino una fuerte, inteligente y preocupada por las cosas realmente importantes —sugiere Peeta en voz baja, con una sonrisa.
Sus palabras me hacen sonrojarme terriblemente. Es lo más dulce que un chico me dijo nunca.
—Sí, es lo que dije —replica Gale.
—No, no dijiste eso. Dijiste que yo no era una chica, no dijiste que era una chica que no se preocupa por cosas intrascendentes —le recrimino.
—Bah, detalles —descarta Gale, saltando por sobre un tronco caído.
Lo fulmino con la mirada mientras salto por sobre el tronco tras él.
—Si sabes de chicas, deberías saber que para una chica esos detalles son importantes —menciona Peeta, pasando por encima del tronco con un gran paso cuidadoso. Debido a su pierna ortopédica, él evita los saltos y el suelo irregular, es demasiado fácil que pierda el equilibrio en esas circunstancias.
—Tampoco sé tanto de chicas —se defiende Gale—. Pero Lalisa Lightblue siempre me preguntaba ese tipo de cosas. Estaba todo el tiempo pendiente de lo que yo pensaba de ella.
—Eso es porque le gustabas —señala Peeta con una sonrisa.
Me sobresalto, no sé por qué. No es como si no hubiese oído a las chicas cuchicheando sobre lo atractivo que es Gale, pero saber que alguien en particular tenía interés en el es… raro.
—Ya sé —replica Gale, creo que tratando de no sonar demasiado satisfecho.
—Mi hermano la invitó a salir y ella le dijo que no —añade Peeta—. Lalisa tenía esperanza de que la invitaras a salir… pero entonces te vio besando a Penny Triffs después de clase y decidió salir con mi hermano para demostrarte que no le importabas. Pero mi hermano no quiso.
—Wow —responde Gale. Está claro en su cara y su tono que siente una mezcla de vergüenza y orgullo—. Eso explica algunas cosas.
—¿Desde cuándo tienes una vida amorosa tan agitada? —le pregunto a Gale, intrigada, cuestionándome cómo es posible que yo no me enteré de nada de esto.
—Katniss, sé que en los recreos de la escuela y en la pausa del almuerzo estabas demasiado ocupada no hablando con nadie como para tener vida social, pero no todos somos tan huraños —replica Gale con una sonrisa más cariñosa que burlona.
Quisiera protestar, pero él tiene razón, por lo que me limito a mirarlo feo. Gale se ríe y Peeta aguanta la risa.
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Otros cumpleaños llegan y se van. Nos esforzamos en festejar cada ocasión feliz posible, pero con el tiempo corriendo en contra, tenemos más bien pocas ocasiones de estar honestamente felices por algo.
Se derrite la nieve, se va el frío, vuelve al calor. No nos alegramos. Sólo significa que se nos está acabando el tiempo.
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Peeta progresa en sus habilidades recolectoras con el paso de las semanas. Cuando a veces me exaspera verlo cometer errores tontos, tengo que recordarme que yo tengo años de experiencia y él sólo lleva haciendo esto desde hace apenas algo más de un mes. Incluso Gale no es tan bueno como yo con las plantas, y él lleva el mismo tiempo que yo viniendo al bosque, es lógico que Peeta todavía tenga que aprender. Le presté bajo mil recomendaciones y un puñado de amenazas el libro de plantas de mi mamá, y Peeta estuvo estudiándolo aplicadamente. Prim le enseñó durante días sobre las plantas comestibles, que no están todas en el libro. Mi papá había agregado unas cuantas, pero no alcanzó a añadir ni por lejos todas las plantas que el bosque produce. Peeta todavía me consulta cuando no está seguro, pero se vuelve más y más hábil cada día.
Nuestra nueva rutina en el bosque incluye a Peeta recolectando mientras Gale revisa las trampas y de vez en cuando caza algo, y yo cazo activamente. Conseguimos reunir mucha más comida en menos tiempo, lo que nos beneficia a Gale y a mí particularmente porque Peeta jamás quiere su parte, salvo alguna vez que se lleva un puñado de ciruelas silvestres, unas ramitas de menta o un puñado de cebollas de verdeo. Tenerlo con nosotros nos quita algo de tiempo para conspirar planes de salvataje, porque de algún modo no nos parece correcto estar hablando de eso delante de Peeta.
Pero ver el entusiasmo y las ganas que Peeta pone en ir al bosque vale mil veces el que nuestros planes queden relegados a momentos en que Peeta está recolectando más lejos o cuando regresamos del Quemador a nuestras casas. De hecho, Peeta estuvo pintando una serie impresionante de cuadros que muestran flores, frutas, árboles, conejos y pájaros, lejos de las imágenes oscuras y depresivas de antes, aunque aún cuidadosamente vagas, de modo que nadie lo pueda acusar de violar las reglas e ir al bosque a inspirarse. Por si acaso, también retrató a Lady la cabra, al repelente Buttercup que casi luce digno en la pintura, a la vieja y gorda cerda llamada Princess propiedad de los Mellark (parece que uno de los hermanos mayores de Peeta había elegido el nombre a los cinco años) y a Gluglú, el pececito de Posy que Gale capturó para ella en su cuarto cumpleaños.
Normalmente Peeta nos deja cuando volvemos a cruzar la verja hacia el interior del Distrito 12, pero un día estamos tan inmersos en la conversación sobre la escuela, los maestros y los aburridos planes de estudio que cuando nos queremos acordar ya llegamos los tres al Quemador. Peeta se detiene en la puerta y nos mira con incertidumbre.
—Vamos —le indico, señalando el interior con un gesto de la cabeza—. La gente aquí no muerde… mucho.
Peeta aún duda, inseguro de si entrar o no.
—Sabes que aquí se reúnen los contrabandistas, los cazadores furtivos, las chicas ligeras de cascos y un montón de otra gente encantadora… ¿no les tienes miedo, verdad? —pregunta Gale enarcando una ceja.
—No, no es eso. Es que no sé si seré bienvenido —murmura Peeta, mirando de Gale a mí, y luego a la puerta, con duda—. No quiero causarles problemas o que no puedan hacer sus canjes por mi culpa.
—Al que no le guste con quién venimos, que no mire —determina Gale rotundamente.
—Vamos —añado rotundamente. Peeta, un poco inseguro, entra tras nosotros.
Por suerte Peeta está usando un viejo gorro, por lo que su cabello rubio no llama inmediatamente la atención, y su ropa vieja y sucia de tierra ayuda a mimetizarlo en el gentío. Pasamos por algunos puestos y la gente lo mira extrañada al reconocerlo, pero no hace comentarios ni es grosera con él. Peeta se relaja poco a poco.
De pronto aparece la pequeña nieta de Sae la Grasienta, gateando como de costumbre, y se aferra a la pernera del pantalón de Gale, mirándolo con una sonrisa tan inocente como tonta. La niña no está bien de la cabeza, no es que sea peligrosa, pero sí realmente lenta. La gente la trata como una mascota un poco molesta pero cariñosa, le dan las sobras y la trata con paciencia.
—Hola, bichito —la saluda Gale con una sonrisa. La chiquita le sonríe enormemente.
—¡Apa! ¡Apa! —pide, extendiendo los brazos hacia Gale desde el suelo polvoriento.
Gale la levanta en brazos y ella se ríe. Yo me esfuerzo en sonreírle: la niña siempre está cubierta de tierra, polvo de carbón y con demasiada frecuencia babas o mocos. No es que me moleste ensuciarme, pero los niños pequeños son seres que no tengo idea de cómo manejar y de los que prefiero mantenerme alejada. La criatura lo sabe, a mí nunca se me acerca.
—Vamos a llevarte con tu abuela —le dice Gale, yendo hacia el puesto de Sae.
—¡Na! ¡Na! ¡Apa! —se queja la niña.
—Te llevo hasta allá, después me tengo que ir —explica Gale.
La nena no lo entiende, por supuesto, y sigue quejándose, hasta que descubre a Peeta. Lo mira con enorme atención antes de estirar el brazo y darle un tirón a un mechón de cabello que asoma por el costado del gorro.
—¡Ouch! —se queja Peeta, tomado de sorpresa.
—Upss —dice la chiquita. No habla mucho, pero cada vez que advierte que hizo algo mal, ese "upss" es inevitable de oír.
—Parece que le gusta tu color de cabello —sonrío.
—¡Apa! —exclama la niña, estirando los brazos hacia Peeta. Él se queda atónito.
—Quiere que la lleves en brazos —explica Gale, que todavía sostiene a nena.
—Yo… yo no sé… cómo… —balbucea Peeta.
—¡Apa! ¡Apa!
—Es fácil. Sólo no la dejes caer —es todo el consejo que da Gale antes de poco menos soltar a la niña en brazos de Peeta, que se las arregla para sostenerla como puede. Ella no parece molesta, está demasiado ocupada arrojando el gorro de Peeta al suelo y pasando sus manitas cubiertas de mugre por el pelo rubio de Peeta.
—Ooohhh… ¡dúce! —exclama, enredando sus manos en el pelo de nuestro amigo.
Peeta tiene una cara de estupefacción tan completa que Gale y yo estallamos en carcajadas antes de poder evitarlo. Peeta también se ríe al cabo de un momento, y la chiquita se suma a las risas, sin dejar de limpiarse las manos en cabello de Peeta. La gente se girar a mirarnos y sonríe.
—¡Minna! —suena la exclamación de advertencia de Sae.
—Upss —es la respuesta automática al tono de su abuela.
Sae la Grasienta se acerca, y mira con sorpresa al sonriente Peeta con la niña en brazos, apoyada contra su pecho y con las manos enredadas en su pelo rubio completamente desordenado.
—Hola, Sae. Parece que tu nieta encontró un nuevo amigo —sonríe Gale.
—¡Dúce! —exclama la nena con alegría.
—¿Qué quiere decir "dúce"? —pregunta Peeta con interés, mientras la chiquita sigue revolviéndole el cabello.
—Que le gusta. Le gusta lo dulce, por eso, to'o lo que le gusta, es "dulce" —explica Sae.
—Dúce —suspira la aludida, jugueteando con el flequillo de Peeta.
—Es encantadora —sonríe Peeta, dándole un beso en la frente antes de alcanzársela a Sae. Pero la niña no quiere, empieza a chillar y a quejarse.
—¡Na, na! ¡Dúce! ¡Apa!
—Creí que otra vé 'staría colgada 'e tu pantorriya —le dice Sae a Gale, sosteniendo con firmeza a la quejosa criatura.
—Lo estaba hasta que lo descubrió —admite Gale, señalando a Peeta.
—¡Dúce! ¡Dúce, apa!
—Hum, perdón por' l… lío —dice Sae, señalando con la cabeza el revuelto cabello de Peeta.
—Oh, no es nada —descarta él.
—¡DÚCE! ¡APA!
—¡Minna, sush! —la reprende Sae, firme. La nena empieza a llorar a gritos.
Peeta extiende los brazos y toma a la gritona criatura, acunándola contra su pecho. Ella se calma de inmediato.
—¿Qué edad tiene? —pregunta Peeta con suavidad.
—Dó año' —suspira Sae—. No camina. Se quiso pará' esto' día', pero se cae.
—Dúce —musita con satisfacción la pequeña.
—Siempre anda colgaá dél —menciona Sae, señalando a Gale—, se parece un poco al papá.
—¿El papá… vive? —pregunta Peeta con cautela.
—Seh, pero él y mi nuera tienen tres otros churumbeles, y ella está preñaá otra ve' —admite Sae—. Yo la crío a Minna ahora.
—Es un sol —sonríe Peeta, haciendo sólo una pequeña mueca cuando la nena lo tironea del cabello.
—Apa. Dúce —musita la niña, contenta.
—Vengan a comé un plato 'e sopa, es lo meno' que puedo hacé —ofrece Sae.
La buena mujer nos sirve a Gale y a mí sin reservas, pero parece dudar cuando le acerca su bol a Peeta. Él toma una cucharada, sin soltar a la nena, y abre mucho los ojos.
—¡Es delicioso! —exclama con honesta admiración.
—No hace falta que diga' eso, si no gusta —se apresura a decirle Sae.
—No mentí, es fantástico. ¿Qué lleva adentro? —pregunta Peeta, tomando otra cucharada.
—Tripa 'e liebre, pescao y acelga —enumera Sae.
Gale, Sae y yo miramos con enorme atención como la cuchara de Peeta se detiene a medio camino hacia su boca. Tras un segundo, Peeta se encoge de hombros y se la mete a la boca.
—Es mejor que el pan rancio —dice con una sonrisa.
—¿Cuándo comiste pan rancio, eh? —quiere saber Sae.
—Oh, en casa lo comíamos todo el tiempo. El pan fresco era para vender, nosotros consumíamos el que estaba por demás seco y duro o el que estaba muy viejo. Normalmente con un té de hierbas lo más fuerte posible, para tapar el sabor —explica Peeta entre cucharadas—. Las ardillas de Gale y Katniss eran lo más fresco que había en nuestra mesa.
Me siento mal por todas las veces que di por sentado o hasta envidié los estómagos llenos de los mercaderes. Nadie en el Distrito 12 tiene una vida fácil, ni siquiera los un poco más afortunados que el resto.
Peeta sigue conversando con Sae sobre comida, de vez en cuando dándole a la niña en su regazo una cucharada de sopa que ella toma con obediencia y una sonrisa de adoración, mientras sigue mirando maravillada el pelo rubio entre sus manitas. Gale y yo terminamos nuestro potaje y vamos a terminar la ronda mientras Peeta se queda con Sae y la niña. Cuando regresamos, al cabo de una media hora, la nena está profundamente dormida en brazos de Peeta, quien está comiendo un segundo bol sentado en una banqueta mientras escucha a Ethel, la curandera/vidente, que está contándoles algo a él y a Sae.
La imagen me causa una sonrisa y un escalofrío a la vez. Peeta es demasiado bueno, tratando a toda la gente, incluso a mí y a Gale y a la nieta de Sae la Grasienta y a Sae misma y a todos los del Quemador, igual que como trata a los mercaderes o a su familia. Trató con dulzura y paciencia a la niña que lo despeinó y le llenó el pelo de mugre. Es amable, paciente, generoso y simplemente tan buena persona.
Si el Capitolio llega a ponerle las manos encima, no quiero ni imaginar lo que podrían hacer con él. Haymitch Abenarthy tenía razón: lo destruirán. Le quitarán toda la bondad, la paciencia, el bueno humor; lo chuparán como una araña chupa una mosca atrapada en la telaraña, hasta que no quede más que una carcasa vacía. Lo único que el Capitolio sabe hacer es destruir…
—Vamos a salvarlo —musita Gale casi en mi oído, detrás de mí, sin quitar los ojos de Peeta, que no parece haber notado que lo estamos observando—. No sé cómo, pero vamos a salvarlo, así sea lo último que hagamos —dice en voz baja y amenazadora.
—Él es tan bueno —digo en voz baja—. Si le hacen eso, lo destrozarán. Nunca volverá a ser el mismo.
—Lo sé. Por eso vamos a ayudarle. No se merece que el Capitolio le quite eso también.
—¿También? —repito, confundida.
—Ya le quitaron el dormir sin pesadillas, casi todos los amigos que tenía, lo obligarán a ser mentor por el resto de su vida… no van a quitarle nada más —gruñe Gale, decidido.
Estoy de acuerdo. No voy a permitir que le quiten nada más a Peeta. Si sólo supiera cómo hacer para ayudarle… cómo detener esto… si sólo hubiese una manera, algo que yo pudiese hacer…
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—Tengo una idea —le susurro a Gale una semana más tarde, mientras él está preparando las trampas y yo teóricamente estoy cazando, o al menos eso le dije a Peeta para que nos dejase solos.
—Te escucho.
—Peeta tiene que casarse. Si está casado, ¡no pueden pedir de él que vaya teniendo amantes por ahí! —explico lo que me parece una lógica irrefutable, asombrada de que no se nos hubiese ocurrido antes.
—¿Y la idea dónde está? —pregunta Gale, nada impresionado.
—¡Es ésa! Si Peeta está casado, no podrán obligarlo a nada.
—¿Recuerdas que yo ya lo sugerí, ese día sobre el techo? Peeta dijo que había tantas probabilidades de que Snow la vendiera a ella también como de que la matara —me recuerda Gale.
Frunzo el ceño en concentración un momento antes de recordar. Oh, es verdad… a Gale ya se le había ocurrido esa solución.
—Además, ¿con quién casarías a Peeta?
—No sé, con cualquier chica —descarto—. La que sea debería estar feliz de tenerlo.
Gale me mira raro un momento antes de esbozar una enorme sonrisa burlona.
—Eres tan romántica como un pedazo de carbón —replica Gale, volviendo a la trampa que está rearmando—. La gente común quiere casarse con alguien a quien ama, alguien que la hace reír, alguien que se preocupa por esta persona y junto a quien quiere pasar el resto de su vida.
—Eso es cursi —me defiendo, cruzándome de brazos—. Estamos hablando de salvarlo.
—Eso es la verdad —replica Gale sin mirarme—. Yo no me casaría con la primera chica que me diga que sí, ni siquiera para salvarme de un problema semejante, si significa que voy a pasar el resto de mis días junto a alguien que no amo. Y conozco lo suficiente a Peeta como para saber que él piensa igual. Eso, sin mencionar el peligro en el que podría estar poniendo a su teórica esposa. No, él jamás aceptará.
—¡Pero es por su bien! —protesto. ¡Es una buena idea! ¿Cómo Gale no puede verlo?
—Pero iría contra el bien de la chica, y ningún chico decente podría a una chica en peligro intencionalmente de ese modo. Además, no es como si Peeta tuviese a las chicas haciendo fila para casarse con él, ¿de dónde quieres que saque una novia de la noche a la mañana? —me pregunta Gale, dejando la trampa y mirándome muy detenidamente.
La primera chica que me viene a la cabeza es Delly Cartwright, y la rechazo de inmediato. No, Delly no es alguien que entendería a Peeta, ella es siempre tan alegre y asquerosamente amable con todos, no tendría idea de nada, y no sabe de lo que tiene que proteger a Peeta, y no vio las pinturas en el piso, los muebles y las paredes, no tiene idea de cuánto sufrió él, ella no le ayudó cuando él tomó las drogas para olvidar ni encontró el modo de sacarlo de su casa cuando estaba encerrado y triste, y…
Bueno, en realidad ninguna chica sabe eso ni vio todo eso, salvo Prim que ayudó con algunas cosas, pero que no cuenta porque no es una chica sino una niña, y yo, que tampoco cuento porque soy su amiga…
De acuerdo, tengo que admitir para mis adentros, que Peeta se case sería complicado y no ayudaría. Además, ya estoy sintiendo unos ciertos celos hacia la chica que nos quitaría a nuestro amigo. ¿Y si ella no quiere que se relacione con gente de Veta? ¿Y si lo convence de no vernos más? Podría soportarlo si eso significara que Peeta está completamente a salvo de los tejes y manejes del Capitolio, pero si ni siquiera eso está garantizado, es mucho mejor si encontramos otra solución.
—¿Lo ves? —dice Gale, interpretando mi silencio como derrota—. No funcionará.
—Era una buena idea. Pero ya se nos ocurrirá uno mejor —mascullo, tomando mi arco y yéndome a abatir algunas ardillas.
Todavía nos queda tiempo. Casi dos meses. Es ese tiempo pueden pasar muchas cosas.
Confío que una de ella sea un buen plan.
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