Cosas que me pertenecen: un reproductor de MP3 pegado con cinta adhesiva y con una bandita elástica para mantener en su lugar la pila.

Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre. Sólo escribo por diversión y sin fines de lucro.


Capítulo 9: Los Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre

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A un mes de los siguientes Juegos del Hambre, Gale está pensando seriamente en hacer algo que descarrile el tren, y prueba palancas que arrojarían piedras al medio de la vía justo antes de que pase el tren. El problema es que si su plan tiene éxito, más que descarrilar, por la velocidad a la que va, el tren quedaría convertido en papilla, junto a quienes están en su interior. Gale planea entonces aceitar las vías para que el tren descarrile en alguna curva, pero nuevamente, está el problema de la velocidad. Frustrado, Gale planifica sabotear el sistema de energía del tren, para que vaya más lento y pueda ser descarrilado sin matar a nadie, pero por desgracia el tren es eléctrico y ninguno de nosotros tiene ni idea de electricidad, salvo que puede electrocutarte si no sabes lo que haces.

Yo no me saco de la cabeza la idea una catalepsia tal que engañe hasta a los médicos del Capitolio, pero aunque busco y pruebo hierbas, raíces, flores, frutos, semillas, cualquier cosa, nada tiene el efecto deseado. Lo más cercano que estoy de la catalepsia es cuando Prim, harta de que yo patalee tanto en sueños que ella tiene las piernas llenas de moretones, desliza una cucharada de jarabe somnífero en mi taza de leche, lo que me hace dormir diez horas seguidas. Al menos tengo algo que causa sueño, pero no puedo usarlo. Lamentablemente, una sobredosis de jarabe somnífero no es cataléptica, sino mortal, aunque sólo si se consume en dosis exageradamente grandes: hace falta un litro para matar a un adulto. Dosis menores provocan sueño por períodos muy extensos de tiempo, pero no la desaparición de los signos vitales.

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Peeta menciona que necesita hacer algunas preparaciones. Eso incluye darnos a Gale y a mí copias de las llaves de su casa para que podamos ir y venir mientras él no esté, mostrarnos el lugar donde guarda el dinero que le da el Capitolio y encargarnos de seguir dejando Oros donde los puedan encontrar las familias más necesitadas. Me causa un nudo en la garganta el que, en un momento así, Peeta esté antes que nada pensando en los demás, algo que no debería sorprenderme considerando la relación de Peeta con Minna.

Minna, la pequeña nieta de Sae la Grasienta, es probablemente la presidente del club de fans de Peeta. La chiquita chilla y patalea de alegría cada vez que lo ve, gritando "¡DÚCE!" tan a viva voz que todo el Quemador se entera que Peeta llegó. Él la levanta en brazos cada vez, le dice cuánto se alegra de verla, y le permite con una sonrisa hacer cualquier desastre con su pelo. La niña lo adora completamente. El trato normal que le dispensa Sae la Grasienta a Peeta parece haberle dado un sello de aprobación que ni siquiera la compañía de Gale y la mía podía dale.

Últimamente Peeta estuvo practicando nuevas palabras con Minna, quien ya sabe decir "Gái" por Gale, "Niss" por Katniss e "Íita" por Peeta. A sí misma se llama "Míma", y Sae la Grasienta es "abéla". También sabe pedir agua, disculparse, dar las gracias, saludar y despedirse, en su media lengua, pero se la entiende. Todo gracias al paciente trabajo de Peeta, que además le hizo construir por el fabricante de muebles del distrito una especie de andador con rueditas que le permite estar erguida aunque no camine, impulsándose con los pies, y la tiene correteando por todo el Quemador entre risas.

La gente del mercado negro aceptó a Peeta como si siempre hubiese formado parte del mundillo no del todo legal. Él suele comprarles cosas a buen precio, y para mi sorpresa es asombrosamente bueno regateando cuando vendemos las cosas que recolectamos o cazamos. Siempre fui educada con los compradores pero nunca le dediqué demasiado tiempo o pensamientos al hecho que ser amable con la gente, hacer una broma, interesarme por su salud o escucharlos cuando hablan de sus problemas podría ayudarme a hacer mejores trueques, y algo me dice que Peeta tampoco, que sólo está siendo él mismo al escucharlos, consolarlos, bromear con ellos y reírse de sí mismo. Pero lo cierto es que Peeta consigue los mejores canjes, entre su simpatía y buen humor. Si no fuese tan buen amigo mío, estaría muy envidiosa.

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Pero Peeta es mi amigo, y yo no abandono a mis amigos cuando más me necesitan. Gale y yo seguimos conspirando siempre que podemos.

—Le ofrecí darle la dirección de Dita. No la quiso —comenta Gale, distraído.

—¿Quién es Dita? —pregunto. Me siento estúpida, y no es una sensación que me guste.

De momento estamos en bosque, limpiando las presas. Conseguimos abatir varios gansos hoy, y Gale y yo estamos desplumándolos. Peeta está más bosque adentro, recogiendo zarzamoras y arándanos.

—Dita… ya sabes… Dita Craigh… —Gale lo dice como si yo debiera conocerla, cuando no tengo idea.

—No sé quién es Dita Craigh —digo con el ceño fruncido, arrancando otro puñado de plumas y metiéndolas en la bolsa de arpillera. El plumón más suave hará unas cuantas buenas almohadas y quizás hasta alcance para una colcha.

—Es una… conocida de Cray —explica Gale elípticamente.

Tardo un momento en caer en la cuenta de lo que él está implicando.

—¿Le ofreciste la dirección de una…? —estoy tan enojada, atónita, asqueada, sorprendida y un largo etcétera de emociones que no puedo ni hablar.

—Era con buena intención —se defiende Gale—. Mejor ella, que tiene el aspecto de una mujer normal, y no alguna cosa indefinida del Capitolio con pelo de quién sabe qué color o piel teñida o cualquier locura.

—¿Se te ocurrió que Peeta no se sentiría mejor que los del Capitolio si hiciera algo así? —le siseo a Gale en voz baja, con muchas ganas de darle una paliza—. ¿Que sentiría que es igual que los que quieren hacerle eso a él si le pagara alguien para… eso? ¿Y por qué tendría que ir a verla, en primer lugar?

—Hey, no se lo sugerí para hacerlo sentir mal, al contrario —trata de defenderse Gale, aparentemente sorprendido por mi furia—. Peeta admitió que nunca había, ya sabes, no se había acostado con una chica, y pensé… no fue con mala intención. Mejor alguien que no lo haga sentir ridículo o lo humille.

No sé por qué, eso me desestructura. Jamás me había puesto a pensar en la vida privada de Peeta, del mismo modo que tampoco se me ocurrió pensar en la de Gale. Supongo que como yo no tengo interés en casarme ni nada de eso, automáticamente asumí que los demás eran tan asexuados como yo.

—Katniss, Peeta tenía catorce años cuando fue enviado a la arena —me recuerda Gale, arrancando otro manojo de plumas—. Apuesto a que a esa edad estaría empezando a fijarse en las chicas de un modo más, cómo decirlo, físico… pero no habría tenido tiempo de algo más. Seguro que conoce la mecánica, teniendo dos hermanos mayores, pero vamos, tal como conocemos a Peeta, no es el tipo de chico que se acueste con la primera que le sonría, por así decirlo. Después de que volvió como Vencedor, estoy seguro que eres la chica con la que más contacto tuvo, de modo que a menos que quieras confesarme algo…

Gale está distraído y yo estoy furiosa. Los dos gritamos de dolor a la vez cuando mi puño hace contacto con su mandíbula.

—¿Por qué fue eso? —pregunta Gale, enojado y dolorido. Parece que tiene el labio roto, está sangrando.

—Por ser un idiota —le replico con la misma dosis de dolor por mi mano derecha y de furia.

—¿Yo soy un idiota? —Gale está decididamente enojado—. ¡Estaba tratando de ayudarle!

—¿Recomendándole una…? —no puedo ni decir la palabra—. ¿Cómo sabes de ella, de todos modos?

—Dita estaba en mi año en la escuela —responde Gale en un gruñido—. Salimos un par de veces, hasta que ella de pronto me dejó y abandonó la escuela. Lo siguiente que supe fue que ahora cobra por hacer lo que no quiso hacer conmigo. No la culpo, tiene todos esos hermanos que alimentar, y su mamá murió de parto…

—¿Cómo pudiste creer que yo… que él y yo…? —me fallan las palabras, tan furiosa estoy. Mi puño late dolorosamente, pero estoy a punto de golpearlo de nuevo, de puro furibunda.

—¡Fue un comentario tonto, por todos los cielos! —exclama Gale, rodando los ojos—. Sé que no hay nada de eso entre los dos… sabemos que no eres una chica.

Intento golpearlo de nuevo, pero Gale es más rápido y me sujeta por la muñeca. Intento golpearlo con la otra mano, y también me retiene. Él es más alto y fuerte que yo, por lo que me inmoviliza con relativa facilidad.

—¿Sería tan grave, tan terrible, si Peeta se acostara con Dita? —susurra Gale, mirándome fijamente, como contándome un secreto que no quiero escuchar—. Dita no es fea, los ojos grises hacen un contraste interesante con la piel morena y el cabello negro. Es una persona agradable y estoy bastante seguro que los dos lo pasarían bien.

—¡No! —protesto, queriendo taparme los oídos, pero no puedo, Gale aún sostiene mis muñecas.

—Sí —me contradice él, implacable—. Es mejor que sea ella y no alguna ciudadana del Capitolio. La primera vez es torpe y un poco patética. Mejor que sea con alguien que no se burlará de él ni agregará insultos a la humillación de venderse para mantener a su familia y sus amigos a salvo.

—¡No hará falta! —grito, desesperada, retorciéndome por liberarme—. ¡Vamos a salvarlo!

—¿Cómo? Nada de lo que planeamos da resultado. No podemos escapar, no podemos fingirlo muerto, no podemos esconderlo, ¡no podemos hacer nada por salvarlo! —la furia y la impotencia son tan claros en Gale que hasta dejo de retorcerme para que me suelte—. Si no podemos salvarlo, ¡al menos quiero ayudarle a hacerlo lo menos peor posible!

—¡Te estás rindiendo! —le reprocho, herida y decepcionada.

—No —sopla más que habla Gale, de pronto sin fuerzas, mientras suelta mis muñecas—. No, no me rendí. Pero nada da resultado. Se nos acaba el tiempo, ¡y no tenemos nada!

—Vamos a encontrar la forma —repito, convenciéndome yo misma, mientras me froto las muñecas doloridas—. Algo se nos va a ocurrir.

—¿Algo como qué? —pregunta Gale, incrédulo, recuperando su ganso muerto y arrancándole las plumas como si el animal lo hubiese ofendido personalmente de algún modo grave.

—No sé todavía —tengo que admitir—. Pero se nos va a ocurrir algo. Estoy segura.

—Bueno, eso sí que es de mucha ayuda —Gale suena más cansado que mordaz.

—Haymitch está ocupándose —menciono débilmente.

—Haymitch es un maldito borracho incapaz de hacer nada bien —replica Gale con desdén.

Yo no estoy tan segura. Algo me dice que Haymitch no es un completo inútil. Después de todo, él ganó un Quater Quell, nada menos. Y el modo en que se comportó en el tejado tampoco era el de un bueno para nada. Nos ayudó cuando Peeta tomó las drogas. Sé que se preocupa por Peeta, en la medida que su constante pesimismo, malhumor y alcoholismo le permiten. Confío en que encontrará la forma de ayudarle.

O quizás sólo quiero creer que alguien más solucionará un problema que por lo visto yo soy incapaz de resolver.

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A una semana de la Cosecha me las arreglo para encontrarme con Haymitch en una de las ocasiones en que va a comprar licor al mercado negro. El largo y desierto trayecto desde la Aldea de los Vencedores hasta el pueblo es perfecto para hablar de ciertos temas sin ojos ni oídos curiosos cerca.

—Sé que nos advertiste que no debíamos preguntarte nada —me atajo—, pero por favor, dime que tienes algún tipo de plan para sacar a Peeta de este desastre.

Casi sobrio como está hoy, Haymitch enarca una ceja.

—Gale sigue murmurando sobre sabotear la velocidad del tren y yo aún no me rendí con el jarabe somnífero, pero no está resultando. Necesitamos alguna otra salida —añado, sin ocultar mi desesperación.

—Mira, Preciosa, no tengo idea qué tiene que ver la velocidad de ningún tren y no sé qué problema tendrás con el jarabe somnífero, pero a mí no me metan en nada de eso —advierte Haymitch, gruñón.

No me molesto en explicarle los planes de Gale ni los míos. Sólo necesito saber si él tiene una idea mejor.

—Sólo dime que tienes un plan —casi le suplico.

—No me estorben. No hagan nada que llame la atención —me gruñe, en voz tan baja y amenazante que por un segundo recuerdo que él ganó los Juegos que tenían el doble de tributos, y que sobrevivió no a veintitrés, sino a cuarenta y siete otras personas, porque fue más rápido, más inteligente, más agudo o simplemente más afortunado que ellos—. No vuelvas a hablarme al respecto de esto. Y por sobre todo, no te metas en mi camino cuando estoy yendo a comprar licor.

—¿Tienes un plan sí o no? Es todo lo que quiero saber —insisto, desesperada.

Él no me responde. Pasa a mi lado y sigue a zancadas hasta el pueblo.

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Me lleva el resto de la semana convencer a Gale de no tocar el tren ni las vías. Es difícil convencerlo cuando no tengo un mejor argumento que "tengo la corazonada que es mejor no hacer nada". Yo misma dejo el tema del jarabe, pero muy en secreto, a escondidas de mí misma, sigo imaginando soluciones. Fallo en imaginarme un desenlace para la situación en la que Madge Undersee declara públicamente su amor por Peeta, en parte porque por más que quiera no puedo imaginarme a Madge haciendo algo así y en parte porque me molesta imaginarme a Peeta con otra chica que nos robaría a nuestro amigo. Entonces fantaseo con que los Agentes de la Paz se llevan a Peeta, que resulta ser hijo de una prominente familia del Capitolio a la que fue robado siendo bebé y cambiado por el hijito del panadero y su esposa la Vieja Bruja, que lo trató mal porque sabía que era mejor que ella. Es harto improbable que eso suceda, pero al menos esa posibilidad tiene un final feliz.

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El temido día de la Cosecha llega. Al menos es la última para Gale, que si no es elegido este año, estará a salvo. Pero los Hawthorne no podrán respirar tranquilos, a partir de este año y durante los seis siguientes el nombre de Rory figurará entre los candidatos. Luego Vick. Y después Posy.

Además de por mis conocidos de la escuela y los Hawthorne, me preocupo por partida doble. Por Prim, que aunque tiene una sola posibilidad de entre los cientos de nombres que hay en el gran bol de vidrio, está muy asustada. Y por mí misma y las diecisiete veces que mi nombre entrará en el sorteo: cinco veces porque a los dieciséis años es la cantidad mínima, y nueve veces por las teselas que tomé en años anteriores, aunque al menos no necesité hacerlo últimamente.

El gran día en que dos de los nuestros serán elegidos para ir a enfrentar la muerte hace calor, corre una ligera brisa, no hay una nube en el cielo y sería un día precioso, ideal para cazar y recolectar por horas en el bosque con Gale y Peeta, canjear las cosas en el mercado negro y luego regresar a casa, donde Prim me esperaría para contarme la más reciente aventura de su asqueroso gato y Peeta le ayudaría con los deberes sonriendo, sin más preocupación que el que la humedad ambiente estropeó el glaseado de las galletitas. Pero no, es el preludio de los Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre, y al final del día Peeta y dos chicos más de este Distrito estarán viajando al Capitolio… a menos que Haymitch consiga hacer algo después de todo…

Hablando de Haymitch, él está tan borracho que dos Agentes de la Paz lo arrastran hasta el escenario y lo arrojan sobre una silla, donde se queda farfullando. Peeta está pálido y aferrando con fuerza su asiento. Effie Trinkett sigue tan escandalosamente feliz como siempre, en medio de un ambiente de duelo general.

En mi apartado, el de las chicas de dieciséis años, Dina Summers llora silenciosamente, con grandes lágrimas corriéndole por las mejillas. Su hermanita fue tributo el año pasado y murió. No quiero ni pensar lo que esta Cosecha debe ser para ella. Gale está muy tieso, con los puños apretados, fulminando con la mirada al borracho Haymitch, a los Agentes de la Paz, a Effie Trinkett y en general a cualquier cosa relacionada con los Juegos o el Capitolio. Yo alterno entre mirar con súplica a Haymitch, mantener un ojo en Prim y angustiarme en general.

El Alcalde Undersee lee el viejo y aburrido Tratado de la Traición, recordándonos lo que dio origen a los Juegos del Hambre. Sé que sólo lo hace porque es obligatorio y que no disfruta en absoluto de tener que leer eso en voz alta, pero no puedo evitar enojarme. Como si hiciera falta que nos recordaran que estamos siendo castigados por el intento de generaciones que nos precedieron de luchar contra lo mismo que nos sigue atormentando ahora, la tiranía del Capitolio. Después de saber a qué extremo llega esa tiranía, este año estoy especialmente furiosa y asqueada.

Por alguna razón que sólo él entiende, Haymitch se levanta tambaleándose y trata de abrazar a Effie, que se lo saca de encima arrojándolo de nuevo en su silla, pero no sin mucho manoseo de parte del viejo Vencedor y una bofetada que le da vuelta la cara a él de parte de Effie. Y todo esto se vio en vivo y en directo en todo el país. Genial. Después nos sorprendemos por qué nadie se toma al Distrito 12 en serio.

Effie, cuya blusa color rosado furioso quedó arrugada y su peluca rosa brillante, torcida, se arregla lo mejor posible y tras unas palabras de rigor infundadas de su enfermizo entusiasmo, anuncia el tan temido "¡las damas primero!" y saca un papel.

Que no sea yo… que no sea yo… que no sea yo…

Todos guardamos silencio. Hasta contenemos la respiración.

Que no sea yo, que no sea yo, que no sea yo…

Podrías oír caer un alfiler.

Effie lee el nombre. No soy yo.

Es Primrose Everdeen.

Es extraño, porque es como si pudiese ver todo lo que ocurre en simultáneo, y verlo todo a la vez. Peeta abre los ojos y la boca en un mudo grito de horror. Gale suelta una palabrota en voz nada baja. Haymitch parpadea, sólo medio consciente. Mi mamá se cubre la boca con las dos manos. Y Prim está ahí, de pie en medio de un gentío que se separa para dejarla, sola y pequeña y expuesta, frente al mundo.

Tardo más en asimilar la situación que en presentarme voluntaria.

La expresión de horror de Peeta cambió a rotundo pánico, puedo verlo hiperventilando. Gale está temblando con una mezcla de furia e impotencia mientras retiene a Prim. Mi mamá llora, cuándo no. Prim llora a gritos, ruidosamente, sin importarle nada más que el que yo esté subiendo a ese escenario.

El resto es como una especie de sueño. Un mal sueño, pero aún así irreal. El gesto de despedida de la gente de mi Distrito, Haymitch abrazándome, hablando de mi coraje y cayéndose del escenario al momento siguiente, Peeta desmayándose por fin en su silla, Effie tratando de contener la situación, los Agentes de la Paz llevándose a Haymitch en una camilla y a Peeta en otra, la elección del tributo masculino…

—¡Nigel Herbheart!

Es el único suspiro de alivio que suelto en todo el día. En un pensamiento horrible y egoísta, pero al menos no es Gale.

No es Gale, pero casi. Nigel se le parece mucho. Alto, flaco, moreno, sin duda alguna es de la Veta. También tiene dieciocho años, la misma edad que Gale. Y tiene la misma expresión mezcla de miedo y furia que Gale tendría de haber sido seleccionado.

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Prim llora ruidosamente, con hipo, cuando va a despedirse de mí. Mi mamá promete no dejarse ir de nuevo. Prim me suplica que regrese, insiste en que yo puedo hacerlo. Dejo largas instrucciones sobre terminar el colegio, vender el queso de cabra, que Gale las proveerá de carne fresca y de hierbas medicinales. Al fin me trago el orgullo y les digo que en el peor de los casos acepten ayuda de Peeta. Les recalco que él es una buena persona, no importa lo que a veces el Capitolio lo obligue a decir o hacer. Insisto en que siempre recuerden eso. Prim rueda los ojos, dando a entender que estoy diciendo algo por demás obvio. Mi mamá asiente silenciosamente, y en ese momento, cuando nos miramos a los ojos, es como si por fin hiciéramos las paces.

Gale también va a despedirse. Él es práctico y sensato; no hay lágrimas de su parte, lo que me alivia. Me recuerda mis habilidades para cazar e insiste en que haga todo lo necesario para volver a casa.

—No sé si quiero —admito contra el tejido de su camisa, sin soltarme de su abrazo—. Después de saber de lo que son capaces, no sé si quiero ganar.

—Katniss, te necesitamos. Prim. Peeta. Yo. Tu mamá. Te necesitamos aquí. No sería lo mismo si no estuvieses —insiste Gale.

—Se arreglarán sin mí —musito.

—Podríamos, estrictamente hablando, seguir viviendo si no estuvieses aquí. Pero no sería igual. Prim te necesita, eres su heroína. Peeta te necesita, hay días en que sólo sonríe cuando te ve. Yo te necesito, ¿quién más va a cuidarme la espalda en el bosque? Katniss… no te digo que ganes. Sólo prométeme que no te rendirás.

—Puedo prometer eso —respondo, segura. No tengo intenciones de rendirme. Es sólo que no me desespera ganar.

—Bien. Eso bastará por ahora —dice Gale, deshaciendo el abrazo y mirándome a los ojos, esforzándose en sonreír—. Mostrémosles a esos hijos de mala madre del Capitolio de qué estamos hechos en el Distrito 12. Oh, y cuidado con Nigel —me advierte Gale en voz baja, serio.

—¿Lo conoces? —le pregunto, sintiéndome un poco mal. Podría ser un amigo suyo…

Gale duda un momento antes de admitirlo. Pero, como siempre, me dice la verdad.

—Sí. Coincidimos en clases. No es malo, pero sí un poco fanfarrón. Le gustaba alardear de todas las chicas a las que había besado. Eso lo metió en problemas más de una vez —menciona—. Es bueno peleando con los puños, pero no sabe manejar armas, por lo que sé, y lo sabría, porque le encanta contar esas cosas. Lleva dos años trabajando cerca las minas, cargando sacos de carbón en el tren que los lleva fuera del Distrito: es fuerte y tiene resistencia.

Asiento con la cabeza. Aún no sé si Nigel es, no un amigo, ya que eso no puede ser, pero al menos un aliado, o si es un enemigo. De cualquier manera, es mejor saber algunas cosas sobre él.

—Catnip… —la voz de Gale se quiebra sólo por un momento. Finjo no darme cuenta de su instante de debilidad, sé que a él no le gustaría admitirlo—… buena suerte.

No me abandona la impresión de que quiso decirme otra cosa, pero lo dejo pasar.

Para mi sorpresa, el siguiente visitante es señor Mellark, el papá de Peeta. Me alcanza un pequeño paquete, no muy distinto al que Peeta le dio a Prim hace más de un año y medio, la primera vez que hablamos con él.

—Muchas gracias, de todo corazón, por lo que ya hiciste por mi hijo —dice el señor Mellark en voz baja—. Te prometo que voy a ocuparme de que la pequeña no pase hambre.

—Muchas gracias, pero le aseguro que yo le debo la vida a Peeta, no al revés —trato de explicarle, insegura de mencionarle lo del pan.

Él sacude la cabeza lentamente, con una sonrisa triste en los labios.

—No. Él había perdido el deseo de seguir. Entonces apareciste en su casa, le gritaste que era un idiota y que había hecho llorar a tu hermanita —menciona él. Yo me remuevo incómoda, sorprendida de que Peeta le haya contado eso—. Le salvaste la vida con eso.

El señor Mellark esboza una sonrisa triste y se despide. Nunca fue muy hablador, y parece no saber qué decirme, al igual que yo no sé qué responderle.

Recibo una última visita inesperada. Madge Undersee me regala una insignia dorada, un pajarito rodeado por un anillo, para que lleve como recuerdo de mi Distrito. Casi más especial que eso, recibo un beso en la mejilla. De algún modo, tengo la impresión de estar despidiéndome de una amiga que nunca supe que tenía.

—Peeta intentó comprar tus teselas y las de tu amigo Gale —me confía Madge en voz baja.

—¿Comprar las teselas? —repito, sin entender.

—Le ofreció a mi papá pagarle cinco Oros por cada tesela que hayas tomado, y que haya tomado Gale, a cambio de que se quiten esa cantidad de papeleteas, para que sus nombres entren la menor cantidad de veces posible en el sorteo —explica Madge en voz baja.

—¡Pero eso costaría una fortuna! —exclamo, aturdida. Tomé teslas tres veces, a los doce, a los trece y a los catorce años, y en cada ocasión lo hice por tres personas—. Serían… cuarenta y cinco Oros sólo en mi caso…

—Y setenta y cinco para Gale —confirma Madge—. Lo escuché por casualidad desde el pasillo, porque estaban discutiendo. Mi papá tuvo que explicarle que aunque quisiera no podía hacerlo, que iba contra las leyes y que podrían ejecutarlos a ambos, a Peeta y a mi papá, si eso llegaba a saberse. Peeta estaba desesperado, quería protegerlos a toda costa.

—Típico Peeta —no puedo evitar sonreír con melancolía.

—Va a hacer lo imposible por traerte de vuelta —sonríe Madge, llorosa—. Estás en buenas manos.

Demasiado pronto, la hora que tenemos para despedirnos pasa y los Agentes de la Paz nos llevan a Nigel, que tiene el ceño profundamente fruncido, y a mí, hacia el tren. Pero como son "nuestros" Agentes de la Paz, son pacientes y no nos empujan o apuran. De hecho, Darius, un joven Agente pelirrojo que compra mis patos y paga bien por ellos, me sonríe ligeramente y musita un "buena suerte, sé que puedes hacerlo" en voz muy baja. Veo, de pasada, a Peeta y Gale hablando en voz baja y rápidamente. Parece como que Peeta le estuviese dando instrucciones a Gale, quizás acerca de cuidar a mi mamá y a Prim… sería muy capaz.

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Nos llevan hasta la estación de tren en un automóvil, algo que me asusta un poco porque yo jamás había viajado en uno. Nigel también parece ansioso. Pasamos el enjambre de cámaras de televisión y subimos al tren; las puertas se cierran tras nosotros y nos ponemos en marcha de inmediato. A la friolera velocidad de cuatrocientos kilómetros por hora, tardaremos menos de un día en llegar al Capitolio. Effie Trinkett, con su irritante alegría habitual, nos muestra nuestro alojamiento: Nigel y yo tendremos un vagón cada uno a nuestra completa disposición. Es increíblemente lujoso, aún más que la casa de Peeta, y ésa es la cosa más lujosa que conocí en mi vida. Según Effie podemos hacer lo que se nos antoje, el único requisito es que debemos presentarnos en el vagón comedor para la cena en una hora.

Me doy una ducha y me cambio de ropa. Luego, sin fijarme en la hora, voy a explorar el lugar y quizás buscar a Peeta. Lo encuentro en lo que asumo debe ser el vagón comedor, bebiendo un vaso lleno de un líquido color amarillo.

—Hola —me dice con una sonrisa triste.

—Hola —le respondo, sentándome ante él.

—¿Quieres? Es jugo de limón. O si prefieres, tienen de naranja también —ofrece Peeta.

—No, gracias —rechazo educadamente.

Los dos nos quedamos en silencio, mirando por la ventana. El tren va tan rápido que la mayor parte del paisaje se ve borroso.

—Hablé por teléfono con Portia, la que fue mi estilista, esta mañana —dice Peeta de pronto, dejando el vaso sobre la mesa—. Sigue en su puesto, es la encargada del tributo masculino del Distrito 12. Me dijo que el gobierno designó un nuevo estilista para el tributo femenino, en reemplazo del mediocre ése.

—El que hiciste echar —menciono.

—Quintilius Applebaum era un perfecto inútil que no había visto un pedazo de carbón en toda su vida —masculla Peeta, y me sorprende ver el enojo en su rostro habitualmente tan bonachón—. Como si no fuese suficiente que no sabía nada sobre el Distrito 12, encima no permitía que nadie le dijera nada ni le explicara las cosas. ¿Sabes que el año en que Mellie y yo fuimos tributos yo diseñé los trajes?

Niego con la cabeza, sorprendida. Es verdad que no lo sabía.

—Portia siempre fue amable, y estaba interesada en saber cómo es el Distrito, cómo es la vida de quienes trabajan en las minas, qué vuelta de tuerca se le puede encontrar al tema de la minería —recuerda Peeta—. Además de una excelente profesional, es una persona muy cálida y agradable. Pero ese idiota Applebaum pretendía decirme a mí cómo era el Distrito en el que yo había vivido toda la vida y que él conocía sólo de oídas. Eso, sin mencionar que se la pasaba haciendo comentarios degradantes contra todos los demás. Traté de ser paciente con él, realmente traté, pero llegó un momento en que me saturó.

—No es que te lo eche en cara, es sólo que me sorprendió que golpearas a alguien —menciono.

—Supongo que se habían acumulado demasiadas cosas —admite Peeta, mirando a la nada—. Pero como sea —añade en tono más decidido, mirándome—, eso quedó atrás. Tenemos un nuevo estilista este año. Tendremos que esperar a ver qué tal es, pero Portia parece encantada con él.

—Si le cae bien a Portia, eso es bueno, ¿no? —trato de sonar optimista.

—Sí. Al menos parece ser alguien con quien es posible trabajar en equipo. Sólo eso ya es un avance espectacular, aunque no sea un estilista brillante —suspira Peeta—. Si debo creerle a Portia, el nuevo es una especie de genio con cantidad de buenas ideas, que usa materiales no del todo convencionales y cultiva el bajo perfil personal. Casi suena demasiado bueno para ser cierto el que tengamos a alguien tan excepcional, pero ya veremos cómo acaba siendo a la hora de que se le ocurra algo realmente nuevo e impresionante, este tal Cinna.

Yo asiento por cortesía. Todo lo que relativo al Capitolio o perteneciente a él es automáticamente algo que no me gusta tener en un radio de diez kilómetros a la redonda, y eso incluye a los estilistas, por muy bien que Peeta se lleve con la tal Portia. Respecto al nuevo, el llamado Cinna, realmente espero que tenga pensado algo más original que el disfraz minero, o voy a ser yo quien lo golpee.

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