Cosas que me pertenecen: un perro que, ya que no es obediente, al menos es terriblemente terco.
Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre *suspiro* Ya quisiera yo...
Hay algunos fragmentos tomados textualmente del libro, los sabrán reconocer igual o mejor que yo. El resto es trabajo mío. Y, sin más, ¡los dejo con el capítulo!
Capítulo 11: La primicia
La sonrisita soberbia de Nigel a la mañana siguiente en el desayuno hace que me sea muy difícil controlar el impulso de "oh–tan–accidentalmente" clavarle una flecha en el cuello durante el entrenamiento. Haymitch se comportó igual que siempre, lo que me hace pensar que, o estaba demasiado borracho como para acordarse de lo que vio, o que prefiere hacer la vista gorda conmigo. Aunque sea mentor de Nigel, tengo la impresión que siente cierta simpatía por mí, aunque jamás va a reconocerlo y yo no pienso usar eso a mi favor. No necesito que nadie me haga favores, yo puedo sola.
Ese día noto que tengo una sombra. Es la niña del Distrito 11, la pequeña Rue. No quiero alentarla a que se acerque, pero no la echo de mi lado tampoco. Hago de cuenta que no la veo, y ella tampoco parece registrarme a mí. Trato de no pensar en lo mucho que me recuerda a Prim, lo injusto que es que una niña de doce años (porque no puede tener ni un segundo más que la edad mínima necesaria para ser elegida) sea obligada a matar o morir, ni lo que puede llegar a ser su vida en el poco probable pero no imposible caso que ella gane.
Nigel parece haber dejado su reserva de lado y da la impresión de estar tratando de hacer amigos. Se acerca a hablar con el chico cojo del Distrito 10, que parece renuente pero no completamente opuesto a hablar con él. Luego lo veo hablando en susurros con la chica del Distrito 7. Después, riendo y asumo que bromeando con la chica del Distrito 3. Escuchando atentamente a algo que le cuenta el chico del Distrito 5. Coqueteando con la chica del Distrito 10, que suelta risitas tontas.
¿Qué rayos se trae entre manos? Todos sabemos que si hay un lugar en el que no estamos para hacer amigos, es éste. Sólo uno de nosotros vivirá, y cada uno planea que sea él o ella quien sobreviva. ¿Quién quiere dedicarse a conocer a la gente que posiblemente tendrá que matar? No yo, eso seguro.
.
Llega el día en que tendremos la sesión privada con los organizadores de los Juegos. Decir que el ambiente es tenso mientras esperamos en la sala a de que nos llamen es como decir que Haymitch a veces está achispado. El nerviosismo es casi palpable.
Como la chica del Distrito 12, quedo para última. Llevo horas con el estómago hecho un nudo de nervios. Peeta me recomendó fervientemente mostrarles mis habilidades de arquería, y eso es lo que me propongo hacer. Tengo toda la buena voluntad de impresionarlos haciendo algo espectacular, pero todo sale de mal en peor.
Los Organizadores de los Juegos están borrachos y hartos. Yo estoy cansada y enojada. El arco y las flechas no son como las de casa, y yerro el primer tiro. Cuando doy en el blanco, con un bonito espectáculo, casi nadie lo nota. Un estúpido cerdo asado me está robando protagonismo. Prefieren prestarle atención a un animal muerto antes que a mí.
Disparo una flecha. Clavo la manzana en la pared. Con un burlón "gracias por su tiempo" a las caras pasmadas de esos payasos, salgo de la habitación hecha un vendaval.
.
—Katniss, por favor, abre la puerta —me suplica Peeta, lo escucho aún por encima de mis sollozos—. ¿Por qué no me cuentas qué pasó? No puede ser tan malo, estoy seguro.
Eso sólo me hace llorar más fuerte y hundir más la cara en la almohada. No, no es tan malo, es peor. Seguro que van a arrestarme. Posiblemente quieran ejecutarme. O a Prim y mi mamá. ¿No dijo Peeta que ésa es la modalidad del Capitolio? Si un Vencedor hace algo mal, castigan a su familia. ¿Por qué iba a ser diferente para los tributos?
—Por favor, habla conmigo —ruega Peeta al otro lado de la puerta cerrada con llave—. Sé que las sesiones privadas pueden no ser miel sobre hojuelas, pero no creo que lo hayas hecho así de mal… ¿Qué pasó, Katniss?
No quiero abrirle. No quiero confesarle la verdad. Tanto esfuerzo, tanto trabajo de su parte y de Cinna, tirado a la basura. Todo por no saber apretar los dientes y aguantarme cuando debía. Soy un desastre, eso es lo que soy.
Peeta se va al cabo de un rato, y eventualmente me quedo sin lágrimas. Me quedo tumbada en mi lujosa, enorme y mullida cama, sintiéndome miserable y convenciéndome más y más que me darán un puntaje horrible, que nadie querrá patrocinarme y que mi maldito mal carácter acabará llevándome a la tumba.
Cuando Effie me llama cautelosamente a comer, cedo. No puedo esconderme para siempre, especialmente porque esta noche se anuncian las calificaciones y no sólo quiero enterarme, además me parece justo dar la cara ante los demás. No soy una cobarde. Me lavo la cara con agua bien fría, me peino y salgo de mi habitación.
La cena es tranquila. Cinna y Portia están presentes, y aunque no hacen comentarios, parecen preocupados por mí. Me odio otro poco más por decepcionarlos a ellos también, que parecen de lo mejorcito dentro de la fauna del Capitolio, además de a Peeta y quizás a Haymitch… y si Nigel llega a reír, voy a golpearlo. No me importa que se suponga que los tributos no deben pelear entre ellos, voy a bajarle un par de dientes si se ríe. Por el momento parece satisfecho consigo mismo… debe haberle ido bien en su sesión privada. Bien por él.
—¿Puedo preguntar qué tal les fue? —comenta Haymitch tras un rato de charla insustancial sobre el tiempo, el vestuario para las entrevistas y un monólogo de Effie sobre todas las personas importantes que ella conoce y que intentará atraer como patrocinadores.
—Puedes preguntar —responde Nigel tranquilamente, cortando otro pedazo de chuleta de cerdo.
—¿Cómo les fue? —bufa Haymitch, impaciente.
—Puedes preguntar, nadie dijo que yo te iba a responder —completa Nigel con superioridad.
Haymitch masculla no tan por lo bajo algo que escandaliza a Effie y me hace sonrojar, pero no puedo evitar una sonrisa. Si Nigel no dice nada en público, yo tampoco tengo por qué ventilar mis papelones delante de toda esta gente.
—¿Y bien? —me pregunta Haymitch, pero bajo toda esa capa de brusquedad e irritación, ¿puede ser que haya preocupación por mí?—. Te pasaste la mitad de la tarde llorando, Preciosa. Dime que mataste a uno de ellos, por lo menos.
—No me pasé la mitad de la tarde llorando —protesto de inmediato, enojada—. Y no, no maté a nadie.
—¿Entonces? —insiste Haymitch, y de pronto me doy cuenta que todos en la mesa están quietos y callados, mirándome.
—Sólo… hice una gran estupidez —admito finalmente, bajando la vista, avergonzada.
—Sí mataste a alguien —concluye Haymitch, rotundo.
—¡No maté a nadie! —le grito, enojada—. Pero puedo corregir eso —amenazo, levantando uno de los tres cuchillos que hay junto a mi plato. Haymitch está a menos de dos metros de distancia, podría clavarle ese cuchillo en la yugular con los ojos cerrados.
—Tranquila, Preciosa —dice Haymitch con su tono burlón habitual, levantando las manos en gesto de rendición—. Ya tendrás oportunidades suficientes en la arena. No malgastes energías.
Hay un silencio incómodo por un minuto.
—Estaban borrachos cuando yo entré, pero algunos me prestaron atención —menciona Nigel, mirando a Haymitch—. ¿Cómo deciden el puntaje que recibe un tributo? Son unos veinte los que estaban evaluando, aunque no había más de tres o cuatro sobrios. ¿Cómo ponen una nota entre todos?
Yo me inclino hacia delante, interesada. No me lo había cuestionado antes, pero es una buena pregunta.
—Cada uno de ellos da una nota, y se promedia —explica Haymitch—. Normalmente están más o menos de acuerdo, de todos modos. O por lo menos eso me dijo Crane una vez en una fiesta. Pero estaba borracho… de modo que estaba diciendo tonterías o toda la verdad. No estoy seguro.
La cena sigue, recordando puntajes especialmente altos o bajos y cómo les fue a los tributos que los recibieron. Haymitch cita a un tal Beetee, que en el entrenamiento recibió un tres, pero en la arena construyó una trampa eléctrica con la que eliminó a los competidores, y acabó siendo coronado Vencedor. Effie recuerda a Johanna Mason, del Distrito 7, que se había fingido débil y llorona; sólo obtuvo un dos en el entrenamiento, pero en la arena demostró ser una asesina despiadada. Cinna menciona a un tributo del Distrito 2 de hace algunos años que obtuvo uno de los poquísimo puntajes de doce de la historia, y que era tan arrogante y orgulloso que sus colegas Profesionales se cansaron de sus maltratos y se complotaron para matarlo.
Aunque no es la charla más divertida o amena, si yo fuese un poco más egocéntrica tendría la impresión de que están tratando de animarme.
Por fin vamos a ver los puntajes. Una vez más, quedo para última. Los profesionales obtienen los estándares puntaje de nueve y diez, y la mayoría de los otros tributos reciben un cinco o seis. Estoy apretando los dientes de nervios, y empiezo a arrepentirme de no haberme escabullido a mi habitación, pero no puedo irme ahora. La pequeña Rue obtiene un siete, algo que me alegra y preocupa a la vez: le deseo una buena oportunidad, pero temo que se haya señalado a sí misma como objetivo.
Nigel obtiene un nueve. Nada mal, a decir verdad. Me preguntó qué habrá hecho. Los demás lo felicitan, y yo también le sonrío con un poco de admiración. Él me mira condescendiente, y mi ligera admiración se vuelve repulsión de inmediato.
Por fin es mi turno… y mi nota es un once. ¡Un once!
Yo no puedo creerlo. Miro fijamente la pantalla, parpadeo y miro de nuevo, pero el once sigue ahí. No puede ser. Alguien debió meter mal el dedo. Quisieron darme un uno, se atascó la tecla y salió un once por accidente… debió ser algo así… qué papelón cuando tengan que desdecirse…
Pero quienes me rodean no parecen estar de acuerdo con mi suposición. Peeta tiene una enorme sonrisa mientras me felicita a viva voz, Haymitch me mira con renovado respeto, Effie chilla de alegría y Cinna hasta me abraza. Portia también parece contenta, mientras que Nigel tiene un aspecto como si acabaran decirle que todo este tiempo estuvo equivocado, que el Sol gira alrededor de la Tierra y que no era Gale quien cazaba los conejos y ardillas que yo vendía.
—Vaya, Preciosa, si tu estrategia era fingirte Johanna Mason, acabas de arruinarla —dice Haymitch con una sonrisa socarrona, pero sonrisa al fin.
—¡Yo sabía que serías la mejor! —me dice Peeta, feliz, tomándome de las manos—. ¿Ves? ¡Y creíste que habías hecho algo mal!
—Pero… pero… —barboteo, sin comprender.
—¡Oh, Katnis, querida, qué maravillosa, maravillosa calificación! ¡Tendrás a los patrocinadores rogando poder apoyarte! —chilla Effie, radiante—. Y si ganas, ¡tal vez el próximo año por fin me transfieran a un Distrito importante!
Hay veces en que honestamente no sé si Effie es malvada o sólo tonta. Pero su alegría, sus saltitos y risitas parecen tan sinceros que concluyo que es demasiado tonta como para ser malvada y estar tratando de hacerme sufrir. No es malicia, sólo estupidez Capitolina la que la hace comportarse así.
Peeta está radiante y aliviado. Haymitch me mira con curiosidad, supongo que sin entender la cara de pánico que debo tener, porque acabo de darme cuenta de algo que me hiela la sangre en las venas: si no me están haciendo nada a mí, ¿significan que Prim, mi mamá, quizás hasta Gale, están recibiendo mi castigo?
—Yo… no lo entiendo —digo en voz tan clara como el nudo de nervios de la garganta me lo permite—. Peeta, yo hice algo realmente estúpido en el entrenamiento, no hay forma que me hayan dado esa nota…
Su alegría decae un poco.
—Quién sabe, quizás interpretaron como genialidad algo que a tus ojos fue una tontería —me dice, todavía animado.
Suficiente. Tengo que sacarlo de su error cuanto antes, y tenemos que encontrar un modo de averiguar si mis seres queridos siguen vivos o no. Agarro a Peeta de la muñeca y poco menos lo arrastro hacia su habitación. Veo de refilón la sonrisa sardónica de Haymitch, la risita de Effie, las cejas enarcadas de Cinna, el sonrojo de Portia, y la mirada de odio de Nigel antes de dar un portazo.
Le cuento todo a Peeta, con lujo de detalles, y le explico mis temores de que mi familia esté pagando por eso. A Peeta la boca se le queda colgando abierta cuando llego a la parte de dispararle una flecha a la manzana del cerdo asado, y empieza a reírse a carcajadas con mi mención del hombre que se cayó de cabeza en el ponche.
—¡No es divertido! —protesto, airada.
—¡Claro que lo es! ¡Es genial! —se ríe Peeta, sosteniéndose el costado de tan fuerte que ríe.
—¡Peeta, esto es serio! Prim… Gale… mi mamá… —bajo la voz—. Dijiste que el Capitolio castiga a las familias de los Vencedores cuando ellos hacen algo mal, ¿cómo sé que no están torturándolos justo ahora?
Peeta deja de reír de inmediato y baja la voz también.
—No quiero alarmarte, pero lo más probable es que te hayan dado esa nota tan alta para marcarte como objetivo dentro de la arena —admite, serio—. Voy a asegurarme de que ellas estén bien, y también Gale y su familia. No pueden hacerte nada públicamente porque para eso tendrían que divulgar lo que pasó en el Centro de Entrenamiento y eso está prohibido… además que no los hace quedar muy bien. El Capitolio no se molestaría en eliminar a tu familia si no están seguros que serás Vencedora, aún tienen suficientes posibilidades de desquitarse contigo durante los Juegos. Por otro lado, no sé si estás al tanto, pero eres una de las favoritas, y después de las entrevistas de mañana… —el rostro de Peeta vuelve a iluminarse—… serás la estrella principal. Tienes la habilidad, tienes la destreza, y no te faltarán patrocinadores. Estarás de regreso con Prim, o cazando con Gale antes de que te des cuenta.
—Estaremos de regreso pronto —afirmo con toda la seguridad posible—. En casa, en el Distrito 12, los dos.
Peeta sólo sonríe su sonrisa más hermosa y triste.
—Mientras haya al menos un tributo vivo de mi distrito, no pueden sacarme del Cuartel de Mentores —menciona Peeta en voz muy, muy baja—. Tenemos prohibido salir hasta que acaben los Juegos o nuestros tributos mueran, lo que ocurra primero. Por favor, intenta ganar, aunque más no sea para evitarme… ya sabes… salir.
—¿Haymitch todavía no… mencionó nada? —casi no emito un sonido, sólo muevo los labios.
Peeta sacude la cabeza.
—Dice que voy a jugar mi papel mejor si actúo con naturalidad. No sé a qué se refiere, pero es mejor hacerle caso. No le digas que yo admití esto, pero suele tener razón cuando se trata del Capitolio, de modo que… tendré que esperar a ver qué pasa.
.
A la mañana siguiente, Effie y yo tenemos entrenamiento. Al comienzo no entiendo por qué harían falta cuatro horas para hacerme practicar el comportamiento, ni siquiera el contenido, de una entrevista, pero acabo aprovechando hasta el último minuto. Antes de esa mañana yo sentía cierto desprecio por Effie, esa mujer tan frívola y superficial, pero después de cuatro horas de intentar dominar un vestido largo, zapatos de tacón, estúpidas sonrisas y las posturas adecuadas para una dama, decido que la odio con toda mi alma. O quizás odio a quien decidió que es así como debo comportarme en la maldita entrevista. O a ambos.
El único momento feliz del día es cuando Peeta me susurra, antes del desayuno, que todos mis seres queridos en el Distrito 12 están sanos y salvos y muy admirados de mi puntaje. Me cuesta desprenderme de la melancolía que me causa pensar en ese otro mundo, tanto más simple y más natural, pero pronto tengo todas mis energías puestas en no bajar la mirada, no abrir las piernas y caminar graciosamente en esos engendros cruza de un zanco y una chinela, y eso no me deja lugar para preocuparme por mucho más. Effie y yo acabamos peleando, porque yo me niego a ser simpática con esa gente que está apostando cuánto voy a durar con vida, a cuántos voy a matar, que planea comprar a Peeta y que podría querer hacer lo mismo conmigo si llego a ganar. No soy simpática ni encantadora, y menos quiero serlo para ellos.
Después de un abundante almuerzo, tengo entrenamiento con Peeta. Él tiene un talento natural para caerle bien a la gente, no porque él sea falso o se finja algo que no es, sino porque tiene un carácter amigable y es simplemente alguien fácil de querer. Vamos, si hasta se abrió un lugar hasta mi corazoncito, y eso ya es decir, porque no hay demasiadas personas que me importen realmente, y Peeta es uno de los más cercanos. Espero que su encanto sea de algún modo contagioso, porque es la única forma de que yo acabe simpatizándole a alguien mañana por la noche en la entrevista.
Tras hablar un rato sobre nada en especial, Peeta toma el papel de Ceasar Flickermann, el entrevistador; hasta imita su sonrisa y tono de voz. Se ofrece a vestirse con un traje azul para hacerlo más realista, pero le espeto que no sea ridículo… aunque lo digo con una sonrisa. Peeta me presenta a un público imaginario, me hace "entrar a escena" y comienza a formularme preguntas. Me siento ridícula hablando de esas cosas que Peeta ya sabe de mí; me cuesta recordarme que supuestamente es un desconocido quien está interrogándome y que "por favor, Peeta, recuerdas eso mejor que yo" no es una respuesta apropiada a la pregunta de cómo festejé mi último cumpleaños.
—Katniss, no voy a mentirte: estas entrevistas fueron un desastre —me dice Peeta con seriedad después de una hora de ensayo—. ¿Quieres practicar con Haymitch, así te sacas de la cabeza estos de estar hablándole a alguien que ya te conoce?
—No, Haymitch está del lado de Nigel y está borracho —me niego de inmediato.
—No creo que Haymitch esté del lado de nadie, y siempre está borracho, eso no le impide estar lúcido —observa Peeta—. Por otra parte, sé que puedes hacerlo. Antes de que empezáramos a practicar, estabas hablando con naturalidad. Lo tuyo es miedo escénico, te pone nerviosa estar frente a toda esa gente.
—No me da miedo —protesto enseguida—. Es que no quiero que esa gente me conozca —admito por fin, cruzándome de brazos—. Como si no fuese suficiente que me obligan a venir acá, a disfrazarme con ropa que yo jamás usaría, ¿además tengo que fingir ser alguien que no soy? ¡Me niego!
—No tienes que fingir nada —discute Peeta—. Eres perfecta tal como eres.
No sé por qué, pero su comentario me hace sonrojarme terriblemente.
—Mentira —murmuro, mirando mis pies.
—No es mentira —discute él enseguida—. Piensa en toda la gente que te quiere y admira. Prim es tu fan número uno, Gale te admira, Delly piensa que eres maravillosa, los pequeños Hawthorne creen que eres capaz de caminar sobre el agua o poco menos, Cinna te adora, el equipo de preparación no deja de hablar sobre lo valiente y asombrosa que eres, te ganaste hasta a los Organizadores de los Juegos, Effie te aprecia y hasta Haymitch te respeta —enumera Peeta, tan serio que tiene que estar diciendo la verdad, él no bromearía sobre algo como esto.
—¿Y qué hay de ti? —se me escapa preguntarle. Enumeró a un montón de gente, pero no me dijo qué siente él respecto a mí, y siento curiosidad por saber.
—¿Yo? —pregunta él, sorprendido.
—¿Qué piensas de mí? —insisto, no sé por qué, ya que normalmente no podría importarme menos lo que alguien piense de mí.
—Pienso que eres hermosa, fuerte y decidida, y que vas a deslumbrar al público mañana por la noche —responde él con una sonrisa—. ¿Seguimos?
.
No es sino hasta mucho más tarde, cuando estoy metida en mi cama y a punto de dormirme, que me doy cuenta de que Peeta en realidad no respondió a mi pregunta: me dijo qué pensaba de mí, no lo que siente por mí en un plano más general.
.
Paso todo el día siguiente en manos de mi equipo de preparación y de Cinna, que realizan un grandioso trabajo haciéndome lucir deslumbrante y fantástica. Mal que me pese, debo admitir que este vestuario tan espectacular me da la confidencia necesaria para enfrentarme a todos esos ojos y cámaras. Mientras estoy practicando andar con este vestido largo mucho más manejable que esa cosa que me hizo vestir Effie para el ensayo, y unos zapatos decididamente más cómodos que los aparatos de tortura de nuestra escolta de peluca rosada, Cinna toca el tema de mi enfoque para la entrevista. Pese a mi odio por el Capitolio y el desprecio por sus habitantes, respeto a Cinna y creo que es sincero en su intención de ayudarme, de manera que le confío que pese a todos los esfuerzos de Peeta, no soy gran cosa, porque no puedo hablar con esa gente.
—¿Pero podrías hablar conmigo? ¿Responderías esas preguntas si fuese yo quien estuviese haciéndotelas? —quiere saber Cinna, tomando con delicadeza mis manos heladas de nervios entre las suyas, de dedos largos y ágiles.
—Bueno, sí, pero que yo sepa, no vas a entrevistarme —le respondo.
—Sólo tendrás que hacer de cuenta que soy yo. Estaré sentado en la plataforma principal, con los demás estilistas; podrás mirarme directamente —promete—. Cuando te pregunten algo, mírame y contesta con toda la sinceridad posible.
—¿Aunque lo que piense decir sea horrible? —pregunto, porque podría ser así.
—Sobre todo si lo que vas a decir es horrible —sonríe Cinna—. ¿Lo intentarás?
Asiento. Es casi el mismo plan que Peeta… ser yo misma, decir lo que pienso. Me pregunto si no estará él detrás de esto.
Miro de nuevo a Cinna. Es alguien tan extrañamente normal, dentro de este show de locos que es el Capitolio, que ni puedo evitar sentir que no encaja. Es amable y paciente. No es egocéntrico ni superficial. La única concesión a las modificaciones de su aspecto es un delineador dorado aplicado con generosidad, y su ropa es siempre sencilla y discreta. Hasta Portia está más maquillada y vestida con prendas más extravagantes que él. Y sin embargo, está tratando de hacerme lucir deseable, trata de ayudarme para la entrevista, sabiendo que soy un tributo de los Juegos del Hambre. ¿No siente que me está preparando para el matadero? ¿O tiene tanta confianza en que yo gane? ¿Ve mi éxito como un triunfo personal? ¿Sabe lo que le espera a los tributos considerados deseables?
De algún modo, creo que no. Me cuesta imaginar que Cinna haga todo este esfuerzo sabiendo que en el hipotético caso que yo gane es posible que acabe como compañía de alquiler de los ricachones ciudadanos del Capitolio, sobre todo considerando que toda esta puesta en escena de la Chica en Llamas parece hacerme lucir "fogosa", o al menos eso dijo uno de los comentaristas. Pero aún así, Cinna sabe que me está embelleciendo para mandarme a matar o morir. ¿No le importa, o no lo ve de ese modo…? Es un ciudadano del Capitolio, después de todo…
—¿Hay algo que quieras preguntarme? —dice él con una ligera sonrisa—. Tienes una cara como si estuvieses tratando de descifrarme.
No hay un modo cortés de preguntarle si me ve como a un trozo de carne que preparar para servir o si tiene algún tipo de conciencia de lo que está haciendo, de modo que sacudo la cabeza.
—No, sólo… pensaba.
.
Me paso las entrevistas de los veintidós tributos que me preceden medio muerta de nervios y deseando con todo mi corazón estar en otra parte, preferentemente en casa con Prim y mi mamá, o en el bosque cazando con Gale, o en la casa de Peeta viéndolo pintar… hasta siento nostalgia por el horrible Buttercup…
Muy tarde considerando todas las personas que ya brillaron antes que yo, y demasiado pronto considerando no estoy para nada lista, soy llamada al escenario. Mi entrevista no es del todo horrible, al menos no insulto a nadie y hasta me río. Pensar que estoy respondiéndole a Cinna sí ayuda. La mención del guiso de cordero rompe el hielo, y a partir de ahí todo va bastante bien. Hablar del vestido y girar para lucirlo me hace parecer encantadora a ojos del Capitolio, y de paso puedo agradecerle a mi estilista. Me niego a revelar los detalles de lo que pasó en el entrenamiento, pero veo a Peeta entre la multitud sonriendo ampliamente con los dos pulgares en alto. Hablamos brevemente de Prim y mi resolución de volver, lo que me causa un escalofrío.
Mis tres minutos pasan con rapidez y ya estoy de vuelta en mi asiento, sin poder dejar de temblar ahora que lo peor pasó. Me pierdo una parte de la entrevista de Nigel por estar distraída, pero aparentemente él eligió el enfoque seductor y peligroso… me recuerda un poco a lo que esa revista escribía sobre el "chico malo". A juzgar por las risas y los suspiros del público, no está teniendo problemas.
—Y dime, Nigel, alguien tan galán y encantador, ¿tiene una chica esperándolo en casa? ¿O tal vez más de una? —le pregunta Caesar con una sonrisa cómplice.
—Caesar, qué puedo decir —responde Nigel de buen humor—. No todos tenemos la suerte de que nuestra novia nos acompañe al Capitolio.
—¿Cómo es eso? —pregunta Caesar ávidamente—. ¿Un chisme del que no me entré?
La audiencia ríe, pero también hay gritos exigiendo saber de qué está hablando Nigel. Yo no estoy segura, pero tengo un muy mal presentimiento al respecto.
—Oh, se supone que yo no debía decir nada… —vacila Nigel.
—Vamos, vamos, estamos entre amigos, ¡y queremos saber! —insiste el entrevistador.
—Sucede que… Katniss Everdeen y Peeta Mellark, su mentor, son amantes —dice Nigel en tono confidencial—. Pero la señorita Effie me dijo que ese tipo de relaciones entre un mentor y un tributo están prohibidas, y que no dijera nada, pese a que en realidad es un secreto a voces.
Jadeos, grititos de emoción, risitas. Yo estoy paralizada de horror. ¿Cómo puede decir algo de eso? ¡Peeta y yo somos amigos, no… eso!
—Es verdad que se supone que este tipo de relaciones no están bien vistas… —duda Caesar—. ¿Estás seguro de que tienen un affaire? ¿No será un enamoramiento mutuo, o tal vez un romance?
—Caesar —dice Nigel en tono sugerente—, la vi salir a ella del dormitorio de él a mitad de la noche, aquí mismo, en el alojamiento de los tributos —el público jadea y Nigel les guiña un ojo—. Mi mentor, Haymitch Abenarthy, estaba conmigo y también los vio. Al menor ataque a uno de los dos, el otro se alza como leche hervida. Y en el Distrito 12 todo el mundo sabe que ella iba a verlo todo el tiempo… claro, él tiene toda esa casa tan grande para él solo… tenían toda la privacidad que quisieran…
Paralizada como estoy, alcanzo a recorrer la multitud con la mirada. Veo a Cinna y Portia frunciendo el ceño de incredulidad, y me consuela un poco que no le estén creyendo a ese energúmeno que casualmente viene del mismo distrito que yo. Effie se cubre la boca con la mano mientras suelta risitas y sacude la cabeza. Peeta está fulminando a Nigel con la mirada, tiene los puños apretados y parece dispuesto a arrancarle la lengua con las manos desnudas. Su indignación me tranquiliza un poco, ¿pero por qué diablos Haymitch está sonriendo?
—Bueno, es verdad que la querida Katniss es una jovencita fascinante… y todos conocemos a Peeta y sabemos lo encantador que es él, ¿cómo no iba a surgir el amor? —pregunta Caesar, entusiasmado—. ¿Verdad que hacen una magnífica pareja?
El público ruge su aprobación. Yo miro al suelo, sonrojada, furiosa, asustada, desorientada… pero alcanzo a ver en una de las pantallas la expresión atónita y enojada de Nigel. Está claro que ésa no era la reacción que él esperaba, para nada.
—Sólo espero no haberles causado problemas —dice Nigel en un tono que no alcanza a disimular del todo la furia—. Nunca fue mi intención delatarlos… pero con un entrevistador tan bueno, es imposible no acabar contando todo…
Más risas y suspiros del público. Como si yo no me hubiese complicado lo suficiente la vida ya disparando esa flecha, ahora este idiota acaba de meternos a ambos, a Peeta y a mí, en un problema mucho, mucho más grande…
Con esto dejamos a Katniss narradora: a partir del capítulo siguiente y durante lo que duren los Juegos, será Peeta quien nos relate los acontecimientos.
¿Comentarios? ¿Críticas constructivas? ¿Elogios? ¿Correcciones? ¿Sugerencias? ¿Preguntas? ¿Teorías?
¡Un click en ese coqueto botón azul de ahí abajo y me cuentan!
