Cosas que me pertenecen: un intenso resfrío acompañado de dolor de cabeza y de garganta, cansancio y oídos tapados.
Cosas que no me pertenecen: Los Juegos del Hambre. Ya quisiera yo… pero escribo por diversión y sin fines de lucro.
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Recuerden que pasamos al punto de vista de Peeta.
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Capítulo 12: Conversaciones de ascensor
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El primer y rotundo pensamiento que recorre mi mente es una letanía de voy a matarlo acompañada de un muy rítmico y pegadizo lenta y dolorosamente. Llevo años esperando el momento propicio para decirle a Katniss lo que siento por ella, resignándome cada vez más a que nunca podrá ser, sólo para que este celoso resentido venga a decir algo así al respecto de ella y de mí…
—Sé lo que estás pensando.
No le hago caso a Haymitch. Soy muy bueno en eso de no hacerle caso. Su aliento apesta a alcohol, como siempre, lo que agrega a mi decisión de no tomar en cuenta nada que él diga. La entrevista de Nigel acaba de terminar con Caesar asegurándole que todos entendemos el amor juvenil y que no creía que alguien pudiese condenar a unos enamorados sólo por amarse. El público rugió su aprobación.
—Sé lo que estás pensando —repite a media voz en mi oído—, y no vas a hacerlo.
—Sí voy a hacerlo —lo desafío por entre dientes apretados.
—No, no vas a hacerlo. No vas a matar a Nigel Herbheart, por muchas ganas que tengas. Tampoco a mutilarlo ni castrarlo, si es eso en lo que estabas pensando.
No lo había pensado todavía, pero suena como una gran idea.
—¿No lo ves, chico? El idiota acaba de hacerte un gran favor —gruñe Haymitch.
—¿Difamar a Katniss delante de todo el país es un favor? —gruño de regreso.
Empieza a sonar el himno, y nos ponemos de pie y miramos al frente en la muestra de respeto obligatoria. Veo que Katniss está muy sonrojada, y una de las pantallas refleja mi rostro, repleto de emociones contradictorias. Claro que yo quería que Katniss supiera que la amo, pero no así, no a través de Nigel de entre todas las personas del mundo, y no justo antes de acabar en la arena, de modo tal que mi confesión sea otro peso sobre sus delgados hombros.
Después del himno Caesar despide el espectáculo con un par de chistes y comentarios antes de dar por finalizada la transmisión. Por fin podemos irnos, y estoy por salir a zancadas a buscar a Nigel para mutilarlo y obligarlo a disculparse cuando Haymitch me aferra por el brazo. Para haber pasado veinticuatro años sin hacer mucho más que beber e insultar, es asombrosamente fuerte y ágil.
—No vas a hacer nada estúpido —masculla—. ¿No te das cuenta? Es posible que este patán haya resuelto dos de tus más grandes problemas de una sola vez.
—A ver, ilumíname —le digo con todo el sarcasmo posible—. ¿Cómo puede el hecho de básicamente decir que Katniss es una mujer de mala vida resolver mis problemas?
—¿No es obvio? La gente del Capitolio te admira. Si haces publicidad por la chica, tendrá más patrocinadores y mejores chances de salir adelante —replica Haymitch, irritado.
—Katniss tiene suficientes patrocinadores por mérito propio, no necesita ayuda.
—Nunca tienes bastantes patrocinadores —refuta Haymitch, sin soltarme pero haciéndome ir a su lado hacia el ascensor—. ¿Tienes la menor idea de en qué consistirá la arena? ¿Qué tipo de peligros habrá? ¿Qué podría llegar a necesitar ella?
—Claro que no —le replico, irritado—. Se supone que todo eso es secreto.
—Exacto. Entonces, ¿cómo sabes cuándo tienes suficientes patrocinadores?
Nuestra discusión se interrumpe cuando entramos al ascensor junto con un grupo de otros mentores y algunos estilistas.
—Vaya, Mellark, resultaste todo un pillo —me sonríe maliciosamente Johanna Mason.
—Hola, Johanna —suspiro con cansancio.
—Espero que te guste de verdad esta tal Katniss, porque después de esto, si sobrevive tendrás que casarte con ella. Quiero decir, es lo menos que tendrás que hacer después de que todo el país sepa que te andabas revolcando con ella cuando deberías estar preparándola para masacrar otra gente —continúa Johanna con su falta de tacto tan habitual.
—Hey, es linda y sacó un buen puntaje, algo debe tener —se mete Chaff, antes de darme una aprobadora sonrisa maliciosa—. Buena elección, chico.
—No sé, ella no me pareció muy femenina —se entromete una estilista, tan maquillada y alterada quirúrgicamente que sus padres probablemente le exigen huellas dactilares cuando va a verlos para asegurarse de no estar dejando entrar a una desconocida—. No está habituada a llevar vestidos largos, eso seguro.
—¿Quién lleva vestidos largos a diario en los distritos? —le replica Portia mientras se cierran las puertas y el ascensor se pone en marcha—. A mí me pareció encantadora la forma en que Katniss se sonrojó.
—¡Es tan dulce! —suspira otro estilista, el del Distrito 4, que se hizo implantar iridiscentes escamas de pescado en las mejillas y la frente—. Una chica tan sensible, y a la vez tan apasionada…
—Eres muy gentil —observa Seeder con una sonrisa amable en mi dirección—, forman un equilibrio perfecto.
—A mí todas esas llamas me gritan sexy —opina Brutus con una sonrisa lasciva—. ¿Es tan fogosa como los vestidos que usa? Seguro que no vas a aburrirte con ella…
—¡¿Alguien más quiere opinar sobre mi relación con Katniss? —grito, harto.
—Sí, yo creo que si hubieses querido ahorrarte todo esto no tendrías que haberte dejado atrapar en primer lugar —replica Haymitch con una sonrisa malvada.
El ascensor se detiene y Brutus sale, sin dejar de reír socarronamente, lo que le asegura el segundo lugar en la lista de gente que pienso mutilar, castrar y matar. El primero sigue ocupado por Nigel. Las puertas se cierran y el ascensor se pone en marcha de nuevo.
—Katniss parece alguien muy… —empieza Wiress antes de interrumpirse distraídamente a mitad de la frase, como suele hacerlo.
—Real —completa Beetee, como también es habitual—. Parece sincera, da la impresión de decir siempre lo que piensa. No parecía estar actuando.
—No estaba actuando. Es terrible actuando, ni siquiera puede hacer bromas —confieso, no sé por qué.
El ascensor se detiene de nuevo; Wiress y Beetee salen con una inclinación de cabeza.
—La conoces bien, ¿eh? —se ríe Chaff. Las puertas se cierran y el ascensor parte.
—Vamos, eso hasta yo hubiese podido decirlo —opina Johanna, poniendo los ojos en blanco—. Está claro que la chica lleva las emociones escritas en la frente.
—Ahora, este Nigel… —la estilista del maquillaje excesivo y las demasiadas cirugías frunce la nariz—. Qué actitud tan fea la suya.
—Sí, sabiendo perfectamente que podría meterlos en problemas, ¿tenía que sacar el tema? —se pregunta el estilista del Distrito 4 con reproche. El ascensor se detiene en el cuarto piso—. Yo creo que a él le gusta Katniss y está celoso —opina el estilista antes de salir.
—A mí me sonó más a que trataba de boicotear a su compañera de distrito—dice Seeder, pensativa, mientras se cierran las puertas.
—Es un alcahuete y un miserable, al que no le importa pisar cabezas con tal de sacar ventaja —afirma Johanna.
—O fue un complot armado para hacer brillar a la chica —sugiere Chaff con una significativa mirada a Haymitch.
—Los idiotas se ponen en evidencia solos —se encoge de hombros Haymitch—. ¿No conoces ese dicho? "Quien cava la fosa…"
—"…en ella cae" —completa Chaff con una sonrisa socarrona.
—Su chico aún puede obtener algunos puntos con su apariencia, un buen puntaje y el principio de la entrevista, pero en general no tendrá mucho apoyo —informa la estilista de los excesivos retoques. El ascensor se detiene y ella sale en el sexto piso.
—Quién sabe —replica Johanna mientras el ascensor sigue—. Con lo retorcidos que son por aquí, tal vez la idea de alguien que trata de hundir a otros les gusta.
—Aún a los retorcidos les gusta mantener cierto semblante de moralidad —observa Portia, la única habitante del Capitolio que queda en el ascensor.
—Creo que Johanna se refiere a los que se dedican a apostar compulsivamente —trato de salvar la situación. Portia asiente.
El ascensor se detiene. Aunque Johanna jamás pedirá perdón en voz alta, creo ver que al salir le dirige una mirada de disculpa a Portia, que le responde con una sonrisa. Las puertas se cierran y el ascensor se pone otra vez en marcha.
—¿Qué piensan hacer con el chico, Nigel? —pregunta Chaff con curiosidad.
—Dejarlo sin postre.
—Mandarlo a la cama sin cenar.
Haymitch y yo respondemos a la vez, yo con hastío, él con una mueca irónica. Ugh. Pasar tanto tiempo con él me está contagiando su carácter, por lo visto.
—Es un tributo, tiene dieciocho años y lo echarán a la arena mañana al mediodía. ¿Qué esperas que hagamos? ¿Qué le mandemos una redacción de por lo menos cuatro páginas sobre por qué no es amable delatar a su rival cuando la ve a la hora que no debe en el lugar en que no debe? —pregunta Haymitch retóricamente.
—¿Entonces es verdad lo de…? —Portia se interrumpe, sonrojada, y se cubre la boca con ambas manos—. Perdón. No es asunto mío.
—No es asunto tuyo. Pero sí, es verdad —responde Haymitch bruscamente.
—Estábamos discutiendo su estrategia para el entrenamiento —digo débilmente, justificándome.
—Ahora lo llaman "discutir estrategias" —bufa Chaff. Haymitch se ríe.
—Bueno, dio resultado, ¿no? —comenta Seeder—. Katniss obtuvo una estupenda nota.
Le sonrío agradecido. Es lo bueno de Seeder, ella es amable con todos en todo momento. Hay que hacer algo realmente atroz para caer en desgracia ante ella.
—Sabía que Nigel estaba envidioso de Katniss, pero no creí que fuese para tanto —comenta Portia, casi para sí—. Desde que Katniss obtuvo esa calificación, él parecía… odiarla.
—No creo que esté muy lejos —se encoge de hombros Haymitch—. Dejemos que diriman sus diferencias del modo que la humanidad mejor sabe: matando al adversario.
—¿Crees que se enfrenten en la arena? —le pregunta Seeder.
—Creo que no tendrán problemas en matarse el uno al otro llegada la oportunidad —replica Haymitch con aspereza.
El ascensor se detiene, y Chaff y Seeder salen despidiéndose con vagos "hasta luego". Nos veremos mañana en el Cuartel General de los Juegos. También conocido como la Cárcel de Mentores entre nosotros. O como el infierno en la tierra para los que tendremos el inmenso privilegio de ver veintitrés muertes, varias de ellas asesinatos sangrientos, en múltiples pantallas.
—Ésta sí que será una cena de lo más divertida —suspiro, tratando de no imaginarme a Katniss, Nigel y varios juegos de cuchillos y tenedores en la misma habitación. Yo mismo estoy bastante más tranquilo ahora, pero no del todo calmado.
—¿Quién dijo que toda la emoción está en el estadio? —comenta Portia con una pequeña sonrisa.
Estoy por responderle, pero en ese momento el ascensor se detiene, las puertas se abren y nos encontramos con Cinna y dos Avox que intentan reducir a un furioso Nigel, mientras Effie y una Avox sujetan a Katniss, que está farfullando con la cara roja de furia e intentando soltarse. Hablando de emoción…
Haymitch sale disparado hacia Nigel y yo voy hacia Katniss, bloqueando su visión de Nigel con mi cuerpo. Pongo mis manos en sus hombros y le hablo lenta y claramente.
—¿Katniss? ¿Katniss, que pasó?
—Ése… ese… cerdo —Katniss escupe la palabra. Está tan furiosa que no puede ni hablar—, me dijo… me acusó… que yo…
—Katniss —la interrumpo, tratando de calmarla—, mírame. ¿Te lastimó? ¿Te golpeó?
—No —bufa ella.
—¿Lo golpeaste? —pregunto de nuevo.
—Sí —admite en voz baja.
—Bien —le digo. Ella deja de pelear contra Effie y la chica Avox, al menos, para mirarme con sorpresa—. ¿Qué te parece si te das una ducha, te cambias a algo más cómodo, y cenamos? —le sugiero. El vestido es fantástico y le sienta estupendo, pero no parece la mar de confortable.
Katniss asiente sumisamente, con una débil sonrisa.
—Pueden soltarla, yo la acompaño —les digo a Effie y la chica.
La Avox suelta a Katniss con cuidado, veo preocupación en su mirada. Es la misma chica pelirroja a la que Katniss reconoció hace unos días en la cena. Effie la suelta como si Katniss quemara, y empieza a arreglarse la ropa arrugada y la peluca torcida mientras suelta un largo discurso farfullado sobre los modales, la prohibición de que los tributos peleen y que no es propio de una señorita agarrarse a golpes de esa manera. Es algo tan ridículo para decirle a un tributo de los Juegos del Hambre que no le hacemos caso, sino de nos vamos directamente hacia la habitación de Katniss. La dejo para que se duche y cambie tranquila, y vuelvo al comedor, donde Portia está aplicándole una bolsa de hielo en el mentón a Cinna.
—¿Nigel te golpeó? —pregunto, sintiéndome culpable.
—Cuando intenté detenerlo de agredir a Katniss —asiente Cinna—. En su defensa, debo decir que ella le pegó primero.
—Lo lamento —digo, sintiéndome peor—. Hiciste un grandioso trabajo, y acabas con un moretón —suspiro, sentándome a la mesa—. Te merecías las mayores felicitaciones, una ovación o al menos un aplauso, y en lugar de eso acabas con un golpe en la cara.
—Gajes del oficio —se encoge de hombros Cinna con una sonrisa—. O, como decía uno de mis profesores, gargajos del oficio.
Estamos riéndonos cuando llega Effie, ya con la peluca en su lugar y la ropa arreglada, pero todavía agitada y un poco indignada por lo que tuvo que presenciar. Es evidente que está a punto de empezar de nuevo su sermón.
—Effie, por favor, siéntate —le digo, tratando de aplacarla—. Estás muy hermosa, no pude dejar de notar hoy que de entre todas las escoltas, eras la más elegante. ¿Cómo haces para estar siempre impecable?
Ella se sonroja de placer, y sé que nos salvamos del discurso pro modales por ahora.
—Oh, es sólo parte de mi trabajo —dice con modestia, tomando asiento.
—Haces muy bien tu trabajo. Aunque comprendo tu deseo de progresar, lamentaría que te transfieran a otro distrito, nos harías muchas falta aquí —le digo sin mentirle.
Le tengo aprecio a Effie, por más que a veces me exaspere. La enorme mayoría de las veces que dice cosas horribles ella honestamente no se da cuenta de que está hiriendo los sentimientos de alguien más. Y quién sabe a quién designarían para tomar su lugar si algún día la destinaran a otro distrito…
—Gracias, Peeta, querido —me dice con una radiante sonrisa—. Y aún no se dijo nada de transferirme. Es algo que espero desde hace años, pero ese tipo de cosas toman tiempo.
—Sé que no quieres oír esto, pero ojalá que no te cambien nunca. Nadie podría tomar tu lugar con facilidad —sigo halagándola.
Ella suelta una risita. Cinna me mira con curiosidad y Portia me echa una mirada que parece decir "compórtate"; admito que probablemente mi amiga estilista tiene razón, por lo que cambio de tema.
—¿Saben si esperamos a alguien más para cenar?
—Supongo que Haymitch vendrá, pero no sé si los chicos no preferirán cenar en sus habitaciones. O al menos, uno de ellos —apunta Portia.
—Es buena idea —acepto, aunque no estoy seguro de cómo decirle a ninguno de ellos que será mejor que no vengan al comedor.
—Nigel actuó de un modo muy poco educado hoy —dice Effie, sacudiendo desaprobadoramente la cabeza—. Un caballero no diría ese tipo de cosas sobre una dama.
—¿Quizás se debe a que son adolescentes y no damas y caballeros? —le pregunto más ásperamente de lo que hubiese querido. La manía de Effie de mirar a los Distritos con ojos del Capitolio nunca falla en sacarme de quicio.
Effie parece algo herida, pero la llegada de Haymitch, solo, nos distrae. Está claramente malhumorado y eso, lo sé por propia experiencia, lo vuelve más gruñón que de costumbre.
—El muchacho va a comer solo en su habitación —nos informa Haymitch con una especie de ladrido.
—Katniss iba a darse una ducha. Debe estar por llegar —menciono.
—¿Nos sentamos a la mesa? —pregunta Effie con una gran sonrisa un tanto forzada.
Acabamos de ubicarnos, y Haymitch ya vació su primera copa de vino de la noche cuando Katniss, vestida con ropa simple y el cabello recogido en una trenza, entra a la sala. Tras echarle un vistazo rápido a los que ocupamos la mesa, se sienta silenciosamente en su lugar habitual, no me cuesta imaginar que aliviada de no ver a Nigel. La recibo con una gran sonrisa, feliz de verla con una apariencia tan normal. Los trajes de llamas y los vestidos de piedras preciosas son espectaculares, pero esta Katniss al natural, sin maquillaje, sin peinados exóticos y vestida con ropa como la que estaría usando de estar en casa, es mucho más cercana a la chica de la que me enamoré.
Ella me responde con una sonrisa pequeña, la habitual en ella. Katniss no derrocha sonrisas, por lo que cada una que vaya dirigida a mí tiene tanto más valor.
Cenamos tranquilamente, hablando de nada en particular. Agradezco la presencia de Cinna y Portia, porque parece conseguir que Effie y Haymitch se traten más civilizadamente. Vamos a comer el postre a la sala, frente a la pantalla del gran televisor, donde vemos la repetición de las entrevistas. Katniss está preciosa, irradia energía y muestra un espíritu ardiente. Nigel pretende pasar por galán, y mal que me pese, debo admitir que no hace del todo mal. Entonces llega su "confesión": la cámara muestra más a Katniss, con la cara enrojecida de vergüenza, y a mí, con el deseo de destriparlo vivo pintado en cada gesto, que a Nigel mismo.
Haymitch no está mirando a la pantalla, nos está mirando a nosotros. Effie tiene una amplia sonrisa en toda la cara, mientras que Portia mira la pantalla con toda atención y Cinna también sigue la transmisión, pero con el entrecejo fruncido, como si hubiese algo que él no está entendiendo.
—Effie, ¿es verdad que Nigel te preguntó al respecto y le dijiste que ese tipo de relaciones están prohibidas? —le pregunto en el tono menos acusador que puedo conjurar.
—Sólo me preguntó si las relaciones amorosas entre tributos y mentores están permitidas, y yo le dije la verdad, que no están bien vistas, pero eso se debe a que en la gran mayoría de los casos los mentores son mayores que los tributos a los que tienen a cargo —explica Effie con tono compungido—. ¡Nunca me dijo de quién se trataba!
Claro que no se lo dijo. Nigel no es estúpido, y sabe que Effie sería incapaz de mantener la boca cerrada. Effie me lo hubiese dicho, o a Haymitch, y hubiésemos podido hacer algo al respecto para detenerlo.
—En fin, ya está hecho —se encoge de hombros Haymitch, bebiendo otro trago de su vaso.
En la pantalla, durante el himno las cámaras se pasan la mayor parte del himno enfocando o el rostro sonrojado de Katniss o la serie de emociones dispares que cruzan mi cara. Hay más planos de nosotros dos que de todos los demás tributos juntos. Ni bien la retransmisión está completa y comienza el programa de chismes a cargo de un grupo de comentaristas, está claro de somos el monotema de la emisión. La presentación con su traje de llamas, su alta puntuación y el aparentemente haber seducido a su mentor hacen de Katniss la figura más interesante de estos Juegos.
—¿Entonces es verdad? —pregunta Effie con una risita que pretende ser cómplice.
—¡Claro que no es verdad! —chilla Katniss, indignada.
—Somos amigos —le advierto a Effie, con una mirada severa— desde hace años. Considero a Katniss y su hermanita Prim como parte de mi familia. No somos amantes.
—Oh… lástima —suspira ella, decepcionada—. ¡Hacen tan bonita pareja!
Veo que Katnis parece a punto de saltarle a la yugular de la furia. Por más que Effie a veces sea irritante, no puedo dejar que Katniss la ataque, de modo que me apresuro a intervenir.
—No somos amantes —repito con firmeza y claridad—, ni siquiera somos novios. No hay ningún tipo de relación inapropiada teniendo lugar entre nosotros dos. ¿Está claro?
—¿Entonces no es verdad que Nigel vio a Katniss salir de tu dormitorio en mitad de la noche? —pregunta Effie, recelosa—. ¿Nos mintió?
—No creo que sea asunto nuestro, Effie —interviene Portia rápidamente.
—¡Pero quiero saber! —protesta Effie con un puchero.
Cuando Posy Hawthorne hace pucheros y está enfurruñada, a sus cuatro añitos es dulce y encantadora. Cuando Effie Trinkett hace pucheros, tiene un aspecto más bien ridículo. Más allá de eso, estoy en una encrucijada. ¿Admito que Katniss sí estaba ahí y doy pie a que Effie haga conjeturas y desparrame chismes, o digo que no y me arriesgo a que Haymitch me desmienta?
—¡Pero miren la hora que es! —grita de pronto Haymitch con exagerado dramatismo—. Todo el mundo a dormir. ¡Mañana nos espera un día muy, muy, muy importante!—imita él con tono de falsete, cruel pero acertadamente.
—Es verdad —acepto de inmediato—. Aprovechemos a una última noche de sueño tranquilo.
—Sí, se hizo tarde —concuerda Cinna, poniéndose de pie. Portia lo imita—. Buenas noches a todos. Nos vemos mañana, Katniss.
—Hasta mañana —musita ella.
Portia también se despide, y ambos estilistas toman el ascensor. Katniss se escabulle. Effie suspira de decepción, pero se despide y se va también, encargándonos de dejarle sus saludos a Katniss, pero no a Nigel, por antipático y egoísta. No puedo evitar pensar que perderse los saludos de Effie no le importará demasiado a Nigel, pero aún así le prometo comunicárselos a Katniss.
Haymitch y yo nos quedamos solos. Él toma por el cuello una botella de vino, nos miramos, y sin necesidad de decir nada más, nos vamos a la terraza del techo. Es tiempo de terminar en privado la conversación que empezamos en el ascensor.
