Cosas que me pertenecen: un precioso abrigo nuevo, color gris con botones negros.

Cosas que no me pertenecen: Los Juegos del Hambre, como era de prever. Escribo sin fines de lucro y sólo por diversión tomo prestados los personajes de la magistral S. Collins.


Mis disculpas por no haber respondido a los reviews del último capítulo, pero preferí actualizar la historia. Voy a responder más adelante, lo prometo. Mientras tanto, ¿me cuentan qué les pareció éste capítulo?

Oh, y para los seguidores de la traducción A través de los ojos del Mentor, hay un nuevo capítulo. ¡Y la autora dio señales de vida! La historia no está abandonada, ni por mí ni por ella.


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Capítulo 13: El plan de Haymitch

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—Vi a la chica salir de tu dormitorio. Estaba borracho, pero no tanto como para no recordarlo —me gruñe Haymitch, acodado en el balcón.

—Gracias por cubrirme respecto a Effie —le digo con sinceridad, ubicándome a su lado.

—Ni lo menciones. Ahora, ¿cómo piensas usar a tu favor la metedura de pata de ese infeliz? —pregunta Haymitch bruscamente, bebiendo un trago de la botella recién abierta.

—No estoy seguro —admito—. No puedo confirmar lo que él dijo, porque es mentira, pero negarlo no hará nada por convencer a nadie, porque ya creen que es cierto…

—Sí, sí. ¿Entonces? —insiste Haymitch, impaciente.

—Entonces… si hubiese un modo de dejar en claro que no somos amantes, limpiar la imagen de Katniss, y todo eso sin afectar sus posibilidades de ganar, eso sería estupendo —suspiro—. Estuve pensando en una declaración jurada de que ella y yo no somos pareja, aunque no sé cuánto valor pueda tener si se trata de mi palabra contra la de Nigel. Sólo espero que esto no haga que me prohíban ser el mentor de Katniss… ni que lo que Nigel dijo apresure los planes de Snow… —soplo más que hablo, con la boca seca.

—No podrán hacerte nada mientras duren los Juegos. Te necesitan como mentor —gruñe Haymitch, menos feroz de lo habitual. Suena un poco… comprensivo, y sigue hablando tras apoyar la botella en el borde del balcón—. Por reglamento, necesitan dos mentores.

—Ellos hacen los reglamentos, pueden cambiarlos. También se supone que los mentores deben ser un hombre y una mujer, e hicieron una excepción conmigo —le recuerdo.

—Hhhmmm, ¿seguro que no eres una chica? —pregunta Haymitch con una sonrisa sardónica—. Tanto pintar y hornear, ya está haciéndome sospechar…

Haymitch es ágil y tiene buenos reflejos, pero yo soy más rápido. Doy un manotazo y antes de que Haymitch pueda reaccionar, la botella está volando hacia abajo, con el pico señalando al suelo. Me agacho justo a tiempo, porque debido al campo de fuerza la botella regresa, como yo sabía que haría. Haymitch alcanza a sujetarla gracias a su rápida reacción, pero no puede evitar la lluvia de gotitas de vino que el campo de fuerza le devuelve junto a la botella medio vacía.

Me da un ataque de risa verlo ahí, de pie, parpadeando aturdido y húmedo de vino. En serio, estoy rodando por el suelo, riendo a carcajadas, tan fuerte que me duele el costado. Haymitch, furioso, parece estar a punto de echarme encima el resto del contenido de la botella, pero luego lo piensa mejor y se limita a farfullar una letanía tal de insultos que probablemente le darían un infarto a Effie.

—Grandioso, Chico. Gran truco con el campo de fuerza, pero no te lo recomiendo —gruñe Haymitch, secándose la cara con el puño de la manga de la camisa—. Estoy seguro que estarás riendo igual cuando Snow te presente a tu amante paga.

Esto me quita la risa bien rápido. Dejo de reír y me siento en el suelo.

—Como sea, es Katniss quien me preocupa —explico, moviendo la mano como si mis otros problemas fuesen una mosca y pudiese espantarlos—. Tengo miedo que esto la perjudique. Va contra las reglas, y entre esto y el flechazo a la manzana, ella está demasiado expuesta —señalo, sin molestarme en ocultar mi preocupación.

—¿Y qué piensas hacer para sacar ventaja de lo que dijo ése muchacho? —insiste Haymitch.

Suspiro de nuevo, mientras lucho por ponerme de pie. Es fácil perder el equilibrio con la pierna ortopédica, pero por fin consigo pararme, y sin ponerme en ridículo ni lastimarme. Haymitch no me ofreció ayuda, nunca lo hace. Él sabe que puedo solo.

—Voy a aclarar hasta el cansancio que Katniss es fiel a las reglas y que Nigel mintió para perjudicarla. Más que eso realmente no puedo hacer.

Haymitch me observa fijamente, en completo silencio. Hasta deja de llevarse la botella a los labios para mirarme sin apartar la vista. Pese a la incomodidad que me causa su escrutinio, le sostengo la mirada, también en silencio.

—Es lo asqueroso del hecho que aún tengas moral, pese a haber ganado los Juegos y eso —bufa Haymitch por fin, apartado la vista y bebiendo un largo trago de su botella antes de seguir—. ¿Es que nunca voy a dejar de ser tu mentor?

—¿Qué tiene que ver eso con Katniss?

—Piensa, chico, por una vez, con un poco de malicia. Piensa. Hay un modo sencillísimo de limpiar el nombre de tu chica, hacerla relumbrar más aún, conseguirle más simpatías y patrocinadores, y si todo sale bien, quizás hasta resolver tu problema con Snow —gruñe Haymitch—. Y lo mejor es que no te costaría nada, porque ni siquiera tendrías que mentir.

Me quedo mirándolo, mientras Haymitch bebe otro trago. De algún modo intuyo que lo que está tratando de decirme es muy obvio, y sin embargo, no caigo en la cuenta.

—¿Por qué a mí? —gime Haymitch con desesperación—. Chico, por favor… no me hagas decirlo —advierte, ceñudo. Ante mi silencio, su expresión cambia a resignación—. Sólo diles que estás loco por ella, y acabemos este melodrama de una vez, ¿sí?

Puedo sentir el sonrojo cubriéndome la cara.

—¡No! ¡De ninguna manera! ¡No puedo implicarla de ese modo! —me niego rotundamente, sacudiendo la cabeza. Me aparto un paso de Haymitch, que me mira ceñudo.

—No sé si lo habrás notado, pero ella ya está implicada —observa Haymitch, entornando los ojos—. Igual que tu otro amigo también está implicado. Los dos estuvieron implicados al momento de ser tus amigos más cercanos y las personas con que te amenazarían si fueras a desobedecer.

—¡No puedo! ¡Podrían matarla por eso! —exclamo, asustado.

—Sí —admite Haymitch, brutalmente honesto como siempre—. O podrías estar salvándola. Ella está muy expuesta entre los tributos, sobre todo con una nota tan alta, y frente a los Organizadores de los Juegos, después del berrinche con la flecha. Contar con tu protección podría jugarle definitivamente a favor.

—O podría matarla —soplo más que hablo, asustado—. No, no puedo.

Haymitch gruñe de impaciencia, bebe otro trago y se seca la boca con el dorso de la mano. Estoy pensando en lo escandalizada que estaría Effie por sus modales cuando él habla de nuevo.

—Consúltalo con la almohada. Pero sigo creyendo que es tu mejor salida: te saca de un problema y la salva a ella.

—No creo que inventarme un romance sea buena idea —me atrevo a discutir—. Es sangre lo que quieren ver aquí, no otra cosa.

—No estarías inventándolo. De tu lado, el romance existe seguro, y del de ella… te sorprenderías —Haymitch tiene la misma mueca astuta con que le respondió a Chaff en el ascensor—. Lo que quieren ver es un espectáculo: si son muertes, gente haciendo el ridículo, o una trágica historia de amor, da igual. Dales de qué hablar, bueno o malo, y encontrarás a quienes les guste. Si es algo innovador, tanto mejor, y el argumento de los Amantes Trágicos no fue llevado a los Juegos todavía.

—¿"Amantes trágicos"? —pregunto, arqueando las cejas.

—Es perfecto: los pobres amantes cruelmente separados por el destino que luchan contra todos los obstáculos para volver a estar juntos, y los magnánimos patrocinadores pueden ayudar a hacer realidad esta dulcísima historia de amor —replica Hatmitch con una mezcla de burla y asco—. Tendrán algo que contarle a sus nietos: "gracias a mí, los tontorrones enamorados del Distrito 12 acabaron juntos". Es un plan a prueba de errores, y de paso, te quedas con la chica que te gusta desde hace años.

Ni siquiera tengo energía para desmentir su última afirmación o justificarme ante Haymitch.

—Yo no quería que fuese así —admito en voz muy baja, mirando las luces eléctricas más lejanas—. Quería que cuando se lo dijera, fuese… real.

—Oh, lamento si tu "felices por siempre" no sale de acuerdo al libreto —ladra Haymitch, enojado, pero a la vez con tanto dolor que su furia queda opacada.

Mientras bebe varios tragos, como para ahogar algunos fantasmas, me pregunto cuál será su historia. Él es siempre muy cuidadoso de no mencionar nada de su pasado, pero sospecho que el Capitolio le hizo algo, algo horrible, y que eso es parte de la razón de por qué Haymitch es tan borracho y pesimista. Ver a sus tributos ser asesinados durante los últimos veintitrés años, con mi sola excepción, no debe haberle ayudado tampoco a hacerlo más sobrio o más feliz.

—Se suponía que tenías un plan para ayudarme con lo de Snow —le recuerdo con un poco de desesperación. Siempre nos referimos elípticamente a mi "problema" con Snow, ninguno de nosotros lo menciona claramente—. Lo prometiste. No creo que ese plan involucrara a Katniss, no podías saber que ella iba a ser tributo. ¿Por qué no pones en marcha ese plan, y dejamos a Katniss al margen? No quiero que ella acabe metida en más problemas por mi culpa.

—Chico, este nuevo plan es mil veces mejor que cualquier posible plan anterior —gruñe Haymitch con una carcajada seca—. No es infalible, pero sí es harto más probable de llegue a buen puerto. Créeme, los dos tienen más probabilidades de sobrevivir con el nuevo plan. Sólo tienes que plantarte frente a las cámaras mañana y decirles que estás loco de amor por la chica, que quieres casarte con ella, tener muchos niños rubios con mal carácter que sepan hornear pan y usar vestidos envueltos en llamas, y que sueñas con vivir felices por siempre con ella en el Distrito 12. ¿Tan difícil es eso?

Ni siquiera me molesto en dignificar ese montón de tonterías con una respuesta.

—¿Sabías que Nigel iba a decir lo que dijo? —pregunto con desconfianza. La gigantesca sonrisa de Haymitch que vi en la repetición de las entrevistas me está haciendo cuestionarme cuánto sabía él realmente.

—No… pero me sospeché que iba a usar esa información en algún momento —reconoce Haymitch, rascándose pensativamente la barbilla—. Es lo que yo hubiese hecho, aunque quizás no exactamente así, porque de este modo lo que logró fue simpatía para tu causa. Yo en su lugar los hubiese delatado ante el Organizador de los Juegos con aspecto más retorcido, malicioso y severo. Este Nigel no es buen juez de sus acciones a largo plazo… las cosas que parecen buena idea en el momento pueden traerle muchos problemas si no empieza a tener más cuidado…

—¿Qué tipo de problemas podría traerle a él esto que dijo? —pregunto, un poco cáustico. Johanna dijo que es un miserable y yo quisiera reducirlo a papilla de tanto golpearlo, pero eso es lo peor que le pasó hasta ahora.

—No sólo esto… otras cosas que hizo o dijo, también tienen consecuencias… —responde Haymitch oscuramente, mirando a la nada—… siempre hay consecuencias… para cada acción…

—Vamos a dormir. Quiero aprovechar a dormir hoy, no sé cuándo voy a volver a pegar un ojo —sugiero, yendo hacia la puerta que nos lleva al piso inferior.

Haymitch está evidentemente borracho, si ya empieza a divagar y cuasi filosofar. De todos modos, él me sigue, refunfuñando. En el comedor, de camino a los dormitorios, nos encontramos a Katniss.

—Effie ya se largó, ¿no? —pregunta, entre nerviosa y arisca.

—Sí, pero te dejó saludos —informo con una sonrisa—. Te alegrará saber que Nigel no recibió sus saludos, "por egoísta y antipático", según Effie.

—Seguro que eso le quitará el sueño —bufa Katniss, irritada.

—En realidad no, ya que no lo sabe —señalo.

—¿Qué haces levantada a esta hora, Preciosa? —masculla Haymitch.

Katniss frunce la nariz ante el olor a alcohol que desprende Haymitch, y cuando responde me está mirando más a mí que a él.

—Yo… quería despedirme —musita ella, incómoda, y como siempre cuando está asustada, desafiante.

Espontáneamente, le doy un abrazo. Se siente tan bien tenerla entre mis brazos… si sólo no tuviese que dejarla ir nunca… Ella está inmóvil por un momento, antes de reaccionar y aferrarme con la misma fuerza. Sé que mi fuerte son las palabras, pero algunas cosas se dicen mejor con gestos.

Te voy a extrañar. Buena suerte. Tengo fe en ti. Todo va a salir bien. No te preocupes. Te quiero. Gracias por tu amistad. Voy a hacer todo lo posible por ayudarte. Vamos a salir adelante. Te lo prometo.

Suelto a Katniss, tratando que ella no note mis ojos brillantes. No quiero ponerla más nerviosa. Además posiblemente lo interpretaría como debilidad o miedo, y no quiero que piense eso de mí.

—Cuando suene el gong, sal corriendo de ahí como si te pagaran por hacerlo —le ordena Haymitch. Es su forma de preocuparse por ella, dándole un último consejo—. No te metas en el baño de sangre. No confíes en Nigel por ninguna razón. Corre tan lejos como te lleven las piernas, pon toda la distancia que puedas con respecto a los demás, y consigue una fuente de agua dulce.

—¿Y después? —pregunta ella con un hilo de voz.

—Sigue viva —espeta Haymitch, ocultando bajo una gruesa capa de brusquedad la emoción que le produce el momento.

—Lo demás vendrá solo —me las arreglo para sonreírle.

Ella me devuelve una sonrisa pequeña, forzada, triste, y aún así, increíblemente valiente. Si algo llegara a salir horriblemente mal, es ésta la imagen que quiero conservar de ella: sonriendo levemente, con valentía.

—Voy a ver al otro. Buena suerte, Preciosa —dice Haymitch, dándose vuelta y yendo a zancadas hacia la habitación de Nigel.

Nos quedamos los dos solos, mirándonos. Ardo en deseos de besarla, pero me contengo. No sería justo hacer algo así, algo que la confunda o distraiga o añada a su estrés tan poco antes de estar peleando por su vida.

—Nos vemos en unos días —le digo en voz baja, acariciando su trenza con las puntas de los dedos—. A más tardar, en tu ceremonia de Coronación como Vencedora.

—Peeta… —empieza ella.

—Procura ganar la simpatía de la gente en la arena —insisto—. Los del Capitolio quieren ver a alguien fuerte, pero también sensible. Habla con tu familia, conmigo, con Haymitch…

—¿Cómo quieres que les hable cuando esté en la arena? —pregunta Katniss con un bufido—. ¿Le pido a uno de los Organizadores de los Juegos que me permitan usar un teléfono? Aunque, considerando lo de la flecha, no sé si querrán…

Ella debe estar realmente nerviosa y asustada si está así de sarcástica. Normalmente Katniss tiene un sentido del humor más bien seco, pero es sólo cuando está realmente preocupada que sale a relucir este lado agresivo y gruñón.

—Habrá cámaras más que suficientes como para no perderte de vista un momento. Sólo tienes que mirar en una dirección y empezar a hablar —explico, tratando de mantener la calma. No quiero ponerla más nerviosa, pero debo decirle esto—. Funcionó en la entrevista, ¿no? Sólo imagina que estás hablando con Prim, o con Gale, o con tu mamá… diles que los quieres, que quieres volver a verlos, cuenta alguna anécdota…

—No quiero arrastrar a nadie más a este desastre —gruñe Katniss, cruzándose de brazos.

—Entonces habla conmigo —insisto—. Pídeme cosas, tómame el pelo… algo. Por sobre todo, cuenta alguna anécdota, algo dulce y encantador. Algo que te muestre en la mejor luz posible.

—¡Pero yo no soy dulce ni encantadora! —protesta ella, un poco ofendida y un poco desesperada.

—Sólo tienes que ser tú misma —insisto—. Sólo tienes que hacer de cuenta que estamos solos, que estás hablándome sólo a mí. O a Cinna, si te es más fácil.

—Cinna me confunde —gruñe Katniss—. Es demasiado decente para ser del Capitolio.

Se me escapa una carcajada. Yo había pensado algo parecido cuando lo conocí.

—Dejando de lado su piromanía, me parece un buen hombre. ¿No podrías considerarlo algo parecido a un amigo? —pregunto. Me había parecido que ese era el tipo de relación que tenían.

—Bueno, sí —admite ella, dejando caer los brazos a los costados de su cuerpo—. Pero no confío en él tanto como en ti.

Esto no debería conmoverme, pero me toca en lo más profundo del corazón.

—Por favor —no puedo evitar rogarle—. Regresa. Sé que puedes hacerlo. Volveremos al Distrito 12, los dos. De alguna manera, vamos a lograrlo.

Ella asiente, lentamente, decidida. Cuando habla, es casi con fiereza:

—Vamos a lograrlo.

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Muy temprano a la mañana siguiente, marco el número telefónico de mi casa con un cierto sentimiento de temor. Sé lo protector que Gale es para con Katniss, y me preocupa que él se haya tomado en serio las mentiras de Nigel. Pero tengo que dar la cara, tengo que hablar con él, y sé que a esta hora estará en mi casa, porque así lo acordamos para que pudiésemos mantenernos en contacto.

—¿Peeta? ¿Es verdad que la vio saliendo de tu dormitorio?

Normalmente no me importan demasiado los modales que el Capitolio considera apropiados para hablar por teléfono, pero en ese momento me vendría tan bien que Gale quisiera hacer un poco de conversación antes de ir al punto…

—Hola, Gale. Antes que nada, te aseguro que Katniss y yo no somos amantes —empiezo.

—Eso ya lo sé. Quiero saber por qué estaba en tu habitación —gruñe él.

Le explico lo que pasó y cómo Nigel tergiversó algo completamente inofensivo, pero Gale sigue sin estar muy convencido.

—¿Qué vas a hacer? Espero que no los dejes creer a todos que es verdad que Katniss es… ese tipo de mujer —casi me acusa Gale.

—Claro que no, voy a explicar que Katniss y yo no tenemos esa relación, y que se debió todo a un malentendido —acuerdo de inmediato—. Es sólo que será difícil que me crean. Todos estarán convencidos que estoy mintiendo para evitar problemas.

Gale tapa el micrófono del teléfono por un momento, y sé que está diciendo insultos contra el Capitolio. Yo mismo le enseñé a tapar esa parte del auricular.

—Gale —le digo en voz baja. Ahora viene la peor parte de lo que tengo que decirle—. Haymitch tiene un plan.

—¿Por fin tiene un plan para…? —Gale no completa la frase intencionalmente, sabemos a qué me refiero. La esperanza en su voz me produce culpa.

—Sí. Pero… es muy arriesgado, e incluye a Katniss —tengo que confesar—. Haymitch quiere que yo… al desmentir la historia de Nigel, diga la verdad sobre Katniss.

—¿Y qué verdad sería ésa? —pregunta Gale, tenso. Puedo imaginarlo apretando el puño al otro lado de la línea.

—Que estoy enamorado de Katniss. Que jamás le dije una palabra al respecto, pero ella tiene mi corazón desde que teníamos cinco años. Que no puedo imaginarme mi vida si no es con Katniss en ella. Que cuando supe lo que Snow quería de mí, me juré hacer lo necesario para salvarlos a todos, pero muy especialmente a ella, y que me aseguraría que Katniss sea feliz con alguien digno de ella, aunque ese alguien claramente no sea yo —expongo de un tirón. Después de un segundo, me corrijo—. Bueno, Haymitch no quiere que yo diga eso último, pero sí todo lo anterior.

Gale guarda completo silencio. Si no fuera porque escucho su respiración, me preocuparía que la comunicación se haya interrumpido.

—¿Por qué me estás contando todo esto? —dice al cabo de lo que me parece un largo rato.

—Porque no es una decisión que puedo tomar solo, pero no puedo involucrar a Katniss, que ya está de camino a la arena. No sé si es lo correcto, y eso me aterra. Puedo salir públicamente a declarar mi amor por ella; si bien eso no garantiza su victoria, al menos le aseguraría apoyo —explico, pasándome una mano por el cabello de los nervios—. Por otro lado, la pone en el punto de mira. No se supone que yo deba tener una novia o amar a una chica en particular, todo lo contrario.

Respiro profundamente antes de explicar la parte más difícil.

—Hay dos grandes posibilidades: o los Organizadores de los Juegos leales a Snow la matan intencionalmente, y será mi culpa, o la dejan tranquila y quizás hasta le ayuden para que gane, en cuyo caso se esperará que me ame de regreso y los dos vivamos felices por siempre sin que Katniss tenga algún tipo de poder de decisión o elección en el caso, lo que también sería mi culpa. De cualquier manera, Katniss termina mal: muerta u obligada a casarse conmigo quiera o no —expongo con amargura.

—Nunca me dijiste que la amas —dice Gale lentamente—. Lo sospeché… pero no estaba seguro.

—Ya no importa —suspiro de dolor—. Al principio, yo iba a esperar a que pasara la Cosecha para los dos antes de hablarle. Entonces fui enviado a los Juegos. Cuando regresé nadie me hablaba… hasta que Prim y Katniss empezaron a ir a verme. Después de saber de los planes de Snow, estuve convencido que ya jamás podría aspirar a Katniss, que ella nunca me amaría y que sería justo, porque con lo que yo estaría haciendo… jamás se me cruzó por la cabeza que ella podría acabar en los Juegos. No seriamente. Sabía que existía la posibilidad, pero de algún modo… —mi voz se pierde.

Una vez más, Gale guarda silencio.

—¿Qué hago? —casi le ruego.

—¿Qué pasaría si no haces nada? ¿Si no dices nada? —pregunta Gale, serio.

—En principio, nada —suspiro—. Los Juegos se desarrollarían igual que siempre. Katniss está entre los favoritos. Sé que, si realmente quiere, puede ganarlos por mérito propio: tiene la fuerza, la capacidad, la tenacidad necesaria para salir adelante. Y no habría más motivos para que nadie del Capitolio quisiera matarla.

—¿Y qué pasa contigo? —quiere saber Gale, mortalmente serio.

—Eso también sigue adelante, sin cambios —admito—. Pero eso no es lo importante. Katniss es la prioridad.

—Digamos que hay cuatro desenlaces posibles: en uno, no dices nada. Katniss gana, y eres vendido. Posiblemente ella también —expone Gale en tono forzadamente impersonal—. En el segundo, tampoco dices nada. Katniss muere, y eres vendido. En el tercero, dices todo eso. La matan, y te venden de todos modos. En el cuarto, dices que la amas, ella se salva y los dos tienen que casarse.

—Sí… ése es el panorama.

—En el peor escenario posible, ella es asesinada intencionalmente por el Capitolio y te venden —señala Gale—. En el mejor escenario posible, ella vive y se casa con alguien que la ama y a quien ella quiere. ¿Tienes que pensarlo tanto?

—Me quiere como a un amigo, no de un modo romántico. Y los dos sabemos que ella no quiere casarse —le señalo con amargura—. Me odiaría por hacerle eso.

—Los dos conocemos a Katniss lo suficiente como para saber que se odiaría más a sí misma si no aprovecha la oportunidad de intentar salvarte. ¿Sabes que estuvo probando drogas caseras para causar catalepsia? Quería encontrar una forma de fingir tu muerte y librarte del problema.

Parpadeo, atónito. No sabía que Katniss estuvo intentando ayudarme de esa manera.

—Y te quiere mucho. ¿Nunca notaste cómo reacciona cuando Delly va a verte? —intuyo la sonrisa en el tono de Gale.

—Es porque le guarda rencor a Delly por no acercarse antes a mí —explico.

—Ah, eso cree ella. Katniss tiene muchas virtudes, pero la comprensión de los sentimientos, siquiera de los propios, no es uno de ellas. Estuve hablando con Delly últimamente, la pobre está realmente afligida por el modo en que Katniss la trata —menciona Gale—. Yo suponía que no era sólo por haberte dejado solo que Katniss es tan antipática con ella, pero no conseguía entender qué bicho la había picado, cuando Delly tiene a Katniss en un pedestal… hasta que comprendí que eran celos.

Imaginar a Katniss celosa de otra chica es algo que me cuesta trabajo. Más que nada, celosa de la relación que otra chica podría tener conmigo… nunca creí que yo le importaría lo suficiente como para que quisiera celarme.

—No puedo asegurarte que te amará de inmediato —admite Gale—, pero sí que Katniss, si tiene que casarse, preferiría hacerlo con alguien que la comprende y la respeta. Sobre todo, alguien que no intente cambiar lo que ella es o lo que hace.

—¿Me estás diciendo… que siga adelante? —pregunto, incrédulo de alegría y temor y alivio y…

—Mira, quiero mucho a Katniss. Es… es mi mejor amiga. Es una de las pocas personas que respeto profundamente. No necesito decirte que si la haces sufrir voy a castrarte, porque de eso se encargará ella misma —me advierte Gale—. Ahora, de hombre a hombre —añade en tono más confidente—, ¿no te preocupa un poco estar enamorado de una chica que mata animales casi a diario, que te grita más veces de las que te abraza, está obstinada en hacer todo sola y jamás acepta ayuda porque lo ve como limosna?

—De hombre a hombre, es justo por eso que me enamoré de ella —admito con una sonrisa—. Es tan fuerte, hermosa, valiente, independiente, dulce…

—Amigo mío, estás mal —medio ríe Gale—. Ocúpate de traerla de regreso sana y salva, y de que ese estúpido Herbheart se trague sus palabras, ¿sí?

—Nigel se condenó a sí mismo al hacer esas declaraciones —señalo—. En vez de meternos en problemas, convirtió a Katniss en un mito. Por cierto, Katniss lo golpeó en cuanto estuvieron un momento a solas. Tuvieron que sujetarla entre dos personas para que no se le tirara encima a Nigel.

—Muy bien —acepta Gale, satisfecho—. Ésa es nuestra Katniss.

—Si voy a seguir adelante con esto, necesito que me hagas un favor. Prim tiene en su casa algo que voy a necesitar…

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—¡Ah, ahí estás! Tenía muchas ganas de verte, oh pervertidor de menores.

—¿No te parece que es demasiado temprano para estropearle el día a la gente? —suspiro hastiado, mientras Finnick Odair se deja caer en una silla a mi lado.

Estamos en el Cuartel General de los Juegos, en la Sala de Mentores. Falta alrededor de una hora para que los Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre comiencen. Entre el poco sueño de la noche anterior, el dolor de mi pie amputado, la tensión anterior a la charla con Gale esta mañana muy temprano, el nerviosismo general, el agotamiento emocional de la entrevista previa a venir aquí y las miradas de cuantas personas me crucé hoy, no estoy en mi mejor momento. Y ahora Finnick viene a querer hablar del tema que estoy evitando.

—Tonterías. Yo jamás le arruino el día a nadie —afirma él, sonriendo ampliamente—. La gente está demasiado emocionada y feliz de verme como para pensar en otra cosa que en el honor de respirar el mismo aire que yo.

—No sé si te comentaron la existencia de un sentimiento llamado "modestia"… —le digo con, pese a todo, una sonrisa.

—Algo me comentaron, pero no había existencias en el Capitolio —responde él con una mueca—. Y no creas que te vas a salvar de confesar. ¿De modo que tienes una amante? No te veía como pedófilo, pero por lo visto te gustan las menores de edad…

—Soy dos meses mayor que ella —le replico con aspereza—. No creo que la relación, que por otro lado no tenemos, cuente como pedofilia.

—Pero estás emancipado. Todos los Vencedores están automáticamente emancipados al momento de ser declarados ganadores de los Juegos, tengan la edad que tengan —me recuerda Finnick—. Y no importa qué relación tengas, porque ya todo el mundo está convencido que o eres un sátiro que seduce jovencitas, o que ella es un trepadora social que quería salir de la pobreza casándose con un chico rico, o que la de los dos es la más trágica historia de amor desde el fracasado romance de Aelia Brenner y Tertio Crane.

Ni me molesto en preguntarle quiénes son esas personas; no conozco a los personajes destacados del Capitolio ni me interesa qué hacen o dejar de hacer con sus vidas.

—Me verás en el programa de Drusilla Watercane contando toda la historia con lujo de detalles. Le vendí la primicia —me encojo de hombros.

Finnick da un silbido bajo y prolongado.

—Sí que aprendes de prisa. ¿Cuánto te pagaron?

—Lo suficiente como para comprarle todo el menú a mi tributo —le respondo con una sonrisa. Es el primer día y los regalos no son ni por asomo tan caros como llegarán a costar en cuatro o cinco días, no hablemos de diez o doce, pero aún así es una cifra más que importante.

—¿Todo el menú de comida? —pregunta Finnick, impresionado.

—No, todo el menú completo. Comida, agua, armas, medicina… todo. El precio que costaría una unidad de cada uno de los artículos disponibles para enviar —explico.

—No sé si felicitarte por la estrategia, o asustarme de lo rápido que comprendiste cómo funcionan las cosas.

El rostro serio de Finnick y la tristeza con que dice esto me hacen retorcerme incómodo en mi asiento.

—Tengo que sacarla con vida de ahí —intento justificarme—. Ella…

Finnick me detiene con un gesto, y sube el volumen del televisor que tenemos enfrente. Es casi imposible no encontrarse con televisores en el Capitolio. Son como una plaga, están en todas partes, transmitiendo todo el tiempo.

—¡…trevista ex–clu–si–va con el querido Peeta Mellark! —grita de entusiasmo en la pantalla Drusilla, una mujer de edad indefinida, innaturalmente flaca, con cabello arreglado en rulos de todos los colores del arcoiris y pechos tan enormes que siempre anda medio jorobada.

—Muchas gracias por recibirme —me veo a mí mismo diciendo, con una sonrisa.

—Es un placer tenerte aquí. Ahora, cuéntanos, ¿cuál es tu relación con el tributo femenino de tu distrito, Katniss Everdeen? —pregunta Drusilla con avidez.

—Antes que nada, quiero aclarar que no somos amantes —digo en la pantalla, muy serio—. Nigel Herbheart malinterpretó una situación completamente inocente. Sin embargo, es verdad que conozco a Katniss desde hace tiempo, y… estoy completamente enamorado de ella —admito, bajando la mirada. Agh, si hasta me sonrojo.

—¿Y ella corresponde tus sentimientos? —pregunta Drusilla con la misma avidez, inclinándose más hacia delante.

—No sé —me veo admitiendo, mi sonrojo es claramente visible—. Nunca le confesé lo que sentía.

Finnick me mira con incredulidad. Yo me encojo de hombros y señalo la pantalla con la cabeza.

—¿Cómo puede ser eso? —pregunta Drusilla, atónita.

En respuesta, hago lo que Katniss se rehusó a hacer: abro mi corazón y le cuento a la entrometida entrevistadora toda la historia. Sobre mi papá señalándome a Katniss el primer día de clases, Katniss cantando la canción del valle en la clase de música, mi convicción que ésa era la única chica que podría amar. La muerte de su papá, la transformación de Katniss de una chica alegre y desenvuelta a un despojo de persona, triste y flacucha. Cómo me rompió el corazón verla sufrir, pero a mis once años yo tampoco había sabido cómo ayudarle. Ese día de lluvia, el pan que le di, el ojo morado que me gané y que valió mil veces la pena por ayudarle. Que mi madre no es una mala persona, pero ese pan era bueno y hubiese podido venderse bien; sin embargo, yo hubiese aceptado aún una paliza mayor si eso al menos mitigaba el hambre de Katniss.

Drusilla solloza escandalosamente, y el resto de la gente tras las cámaras también había estado lloriqueando cuando grabé esa entrevista un par de horas antes.

En la pantalla, sigo hablando. Narro cómo Katniss poco a poco se recuperó, pero nunca volvió a ser el cascabel que había sido. Cómo se convirtió en una chica reservada y seria, muy responsable, que cuidaba a su hermanita con abnegación. Cómo yo me había propuesto seriamente hablarle después de que la Cosecha pasara para los dos, pero entonces yo había sido elegido. El difícil regreso, sabiendo que la gente me temía por lo que yo claramente era capaz de hacer, y cómo Katniss y Prim fueron las primeras, después de mi papá y mis hermanos, en ver más allá de lo que yo había hecho en la arena y se convirtieron en mis amigas.

Hay que hacer una pausa en la entrevista, en teoría para ir a un corte comercial, pero en realidad fue para retocarle el maquillaje a Drusilla, estropeado por tantas lágrimas. Me han dicho que tengo un don con las palabras, y aunque no pretendo manipular a nadie, la verdad es que esta cruda narración de la historia de Katniss y mía, cada uno salvando al otro al menos una vez, está emocionando a todos.

De vuelta a la entrevista, sigo hablando sobre cómo las hermanas Everdeen y mi mejor amigo Gale fueron mi apoyo y mi razón de seguir. Cómo yo todo este tiempo había estado esperando y reuniendo valor para confesarle a Katniss mis sentimientos, pero entonces ella tomó el lugar de su hermana en la Cosecha, algo que no me sorprendía porque Katniss es sin lugar a dudas la chica más valiente que conozco. Narro cómo casi se me paró el corazón al verla envuelta en las llamas de su traje, y que me parece completamente natural que ella haya obtenido la nota más alta de todas porque Katniss es así de excepcional. Que me enfureció que Nigel haya dicho lo que dijo porque da una imagen totalmente equivocada de Katniss, que jamás se rebajaría a algo así en busca de favores, ni necesita hacerlo.

Con toda humildad, confieso mi deseo que Katniss salga viva de los Juegos lo antes posible. Admito mi anhelo por tenerla entre mis brazos y decirle personalmente cuánto la amo, y pedirle perdón por haber tenido que llegar a esto para reunir el valor necesario para confesar lo que siento por ella. En un momento cuidadosamente equilibrado entre lo orquestado y lo espontáneo, declaro que si ella no sobrevive, mi razón de seguir en este mundo se habrá acabado. Con una sonrisa, señalo que probablemente ella querrá golpearme por melodramático, y que me lo merezco por no haber dicho nada antes, pero es que ella es tan especial que yo no podía encontrar nunca el momento adecuado.

Drusilla llora a mares y yo acabo consolándola, y todo el estudio es un mar de lágrimas de emoción para el momento en que termino de hablar. Todos ríen y lloran a la vez, y de sus comentarios saco en limpio que es la historia de amor más triste y hermosa que escucharon jamás, y que esperan que tengamos el final feliz que tanto nos merecemos. Agradezco que me hayan escuchado, y mientras se seca delicadamente las lágrimas con un pañuelito bordado, Drusilla me desea el mayor de los éxitos y promete patrocinar a Katniss. Le agradezco de nuevo, y el programa acaba con una toma congelada de Katniss sonriendo en su entrevista.

—Oh, Peeta…

El silencioso suspiro a mi lado me recuerda que Finnick aún está ahí. Estuve tan pendiente de la pantalla, tratando de evaluar si la historia es lo suficientemente conmovedora como para darle a Katniss una oportunidad, que me olvidé que él sigue a mi lado. Me giro a verlo, sólo para encontrarme que tiene una expresión increíblemente triste. Parece muy joven y extrañamente vulnerable.

—¿Por qué les contaste eso? —me pregunta con dolor.

—Para darle una oportunidad a ella —respondo en voz baja.

—Les abriste tu alma —musita él—. Les diste armas. Ahora saben cómo herirte.

—Tenía que decirlo. Esto la salva a ella o nos mata a ambos —menciono a media voz—. Si Katniss no sobrevive, no pienso seguir adelante. Al diablo con mi distrito, si me la quitan a ella, que se hunda el mundo, con todo placer me hundo con él.

—Sabes que ganar no es el final —susurra Finnick—. Todo lo contrario. Después de esto, si ella sobrevive, jamás les quitarán los ojos de encima.

—Después de esto, cuando ella sobreviva, encontraremos el modo de salir adelante… una vez que ella me perdone por básicamente obligarla a casarse conmigo, lo demás será pan comido —intento bromear.

Nos quedamos en silencio, mientras una pantalla muestra sobre un fondo rojo unas letras amarillas tamaño catástrofe con el texto Noticias de Último Momento brillando.

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