Cosas que me pertenecen: el orgullo, la emoción y la satisfacción de haber tenido a 33 personas comentando el último capítulo. ¡Algo debo haber hecho bien!

Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre. No hay caso, ya tienen dueña. Tendré que limitarme a seguir inventando fics al respecto, que escribo por diversión y sin fines de lucro.


Un pequeño anuncio: por razones de escasez de tiempo, estoy optando por responder sólo a los reviews que plantean algún tipo de pregunta o comentan sobre un fragmento en particular. Creo que alguien que deja un comentario que constituya, básicamente, una variante de "actualiza pronto" está más interesado en seguir leyendo que en recibir una respuesta a su review, de manera que prefiero dedicar mi poco tiempo a escribir. Sepan que, desde luego, leo todos sus comentarios y todos me alegran el día, sean largos o cortos, de usuarios registrados o no... pero unos ameritan una respuesta más personal, mientras que los otros me impulsan esencialmente a seguir escribiendo.


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Capítulo 15: Sed, fuego y rastrevíspulas

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Los siguientes días son pura tortura.

La primera prueba para mi paciencia y cordura es cuando, ni bien se autoriza el envío de regalos, busco en el menú un arco y un puñado de flechas para enviarle a Katniss. Arco y flechas significan comida segura y defensa en manos de la Chica en Llamas. Eso los Organizadores de los Juegos evidentemente lo saben. No por nada hay un solo arco y carcaj de flechas en toda la arena… y no están en manos de la chica que mejor sabe utilizarlos de cuantos tributos están en la arena.

Reviso los ítems de la lista general, que luego se divide en sub listas específicas:

Abrigo

Alimento

Bebida

Camuflaje

Medicinas

Ropa

Utensilios

Algo está decididamente mal con este menú… ¿dónde está la sección Armas? Estaba ahí, incluso por encima de los otros ítems, el año pasado. Tentativamente, reviso la sección Utensilios, pero no hay armas listadas ahí. Puedo enviarle a mi tributo cucharas, tenedores, cuchillos de untar, platos, vasos, tazas, servilletas, fósforos, yesca, pañuelos de papel, abrelatas, una cacerola, una sartén, un espetón de acero inoxidable con mango de madera y una serie de otras cosas que globalmente se consideran "utensilios" para los fines de estos Juegos del Hambre, pero no hay modo de enviarle un cuchillo, un garrote, arco y flechas, una espada, un hacha ni nada parecido.

No sé si renuentemente alegrarme que al menos no habrá modo de introducir más armas a la arena, o si empezar a echar sapos y culebras porque no haya modo de hacerle llegar a Katniss su mejor arma. Los Organizadores de los Juegos, ¿planearon esto antes o después del espectáculo del flechazo en la manzana? Es difícil saberlo, porque tanto pueden haber decidido la imposibilidad de introducir más armas al momento de proyectar los Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre, como preferir ponerle piedras en el camino al tributo más rebelde después de conocer a Katniss.

Sólo para estar seguro, reviso todas las otras secciones también, pese a que sé que no voy a encontrar nada. El año pasado hasta había una sección para Venenos, este año no se puede enviar ni siquiera un cuchillo filoso.

—No hay armas —le digo a Haymitch, sin levantar la vista del menú.

—No sé de qué hablas, para mi gusto hay más que suficientes —gruñe Haymitch.

Levanto la vista para encontrarme, en la pantalla, con los Profesionales, incluido Nigel, revisando los suministros desparramados alrededor de la Cornucopia y reuniendo una cantidad importante de armas en un montón, que ya están empezando a repartirse.

—Me refería al menú —aclaro, sintiendo repulsión al ver a Cato del Distrito 2 fanfarronear con una espada larga y delgada en la mano. Ojalá se caiga sobre la espada y se mate él mismo, pero sé que eso es poco probable: está claro que, mal que me pese, Cato sabe usarla; se mueve con seguridad y agilidad. Debe haberse entrenado por años.

—¿No hay armas en el menú? —pregunta Haymitch, apartando los ojos de la pantalla para mirarme con sorpresa.

—Nada. Ni siquiera cuchillos comunes, sólo de untar —explico.

—Hum… inusual —masculla Haymitch, pensativo.

—¿Es la primera vez que algo así pasa? —quiero saber, preocupado.

—No sé. Normalmente el Distrito 12 no tiene dinero suficiente para gastar en armas… pero hubo un año en el que no había para enviar otra cosa que armas...

Haymitch duda un momento antes de girarse en su silla hacia el otro lado de la sala.

—¡HEY! ¡CHAFF! ¿HABÍA PASADO ANTES QUE NO HUBIESE ARMAS EN EL MENÚ DE REGALOS? —pregunta Haymitch a los gritos en dirección a Chaff, que está del lado de los Distritos impares, dándonos la espalda.

—¿A QUIÉN QUIERES ENVIARLE ARMAS TAN TEMPRANO EN LOS JUEGOS? —vuelve a preguntar Chaff a gritos, sonriendo en nuestra dirección.

—YO NO, EL ENAMORADO TRÁGICO QUIERE ENVIARLE UNA DE ESAS PISTOLAS DE RAYOS CALCINANTES A SU CHICA —replica Haymitch en voz igualmente alta, señalándome—. ¡DIME SI NO ES UN GESTO ENCANTADOR!

Chaff ríe antes de ponerse serio y consultar el menú. Los demás mentores también lo están revisando con diversos grados de sorpresa, alivio, duda, y en el caso particular de Enobaria y Brutus, enojo.

—NO, ES LA PRIMERA VEZ QUE HACEN ESTO, QUE YO RECUERDE —replica Chaff finalmente, con gritos un poco más serios y menos burlones—. ¿Qué crees que signifique?

—Que tendrán que masacrarse con lo que tienen a mano —responde Haymitch, gritando, pero en voz no tan alta.

—Hey, pero hay sartenes entre los utensilios, ¡podrán utilizar eso como arma! —chilla Finnick Odair, en un tono falsamente radiante—. ¡O podrán hacer astillas las tazas de cerámica y cortar al contrincante con eso! ¡O ahorcarlo con las bufandas de la sección Ropa!

—O simplemente recoger una buena rama del suelo del bosque y matar al rival a golpes —gruñe Johanna en voz alta.

—Hey, ¿por qué no sofocarlo con las frazadas de la sección Abrigo? —propone el mentor del Distrito 7.

—¡O meterle una cuchara en la garganta y ahogarlo con eso! —propone la mentor del Distrito 8.

Los que ya no tienen tributos por los que preocuparse pasan un rato largo inventando formas originales y cada vez más absurdas y ridículas de matar con los elementos que proporciona el menú. Los otros participan a veces, pero con un ojo puesto en las pantallas.

—Déjalos, Chico —dice Haymitch con una mirada más comprensiva que irritada en mi dirección. Si estoy tan verde en la cara como me siento de mal del estómago al oír a esa gente inventando modos de matar, Haymitch es lo bastante amable de no decirme nada al respecto—. Es su modo de lidiar con lo que pasa. Pretender que no importa —y sin decirme más se gira hacia los otros y sugiere— ¿Qué les parece calentar un tenedor al rojo vivo y ultimar a los otros con eso?

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Johanna, que ya no tiene tributos por los que velar gracias (indirectamente) a Nigel, descarga su furia, frustración y malhumor general en Haymitch y en mí. Él está acostumbrado a lidiar con ella y más borracho de lo acordado para los Juegos (no es que lo culpe, viendo lo que hizo el tributo que tenía a cargo), de modo que en realidad no le importa, pero yo me siento un poco peor con cada vez que ella dice algo sobre qué efectivo asesino que es Nigel o cómo Katniss no va a durar nada si no encuentra agua pronto. Haymitch reacciona finalmente, no sé si a las pullas de Johanna o a mi cara de miseria, y se enzarza en una pelea a gritos con ella, al punto que tienen que intervenir los Agentes de la Paz.

Katniss está saliendo adelante. Los Profesionales, Nigel incluido, pasaron bajo el árbol en el que ella estaba escondida la primera noche, mientras peinaban los bosques en busca de tributos, de manera que ella al menos sabe que Nigel está de lado de los Profesionales y que bajo ningún concepto debe fiarse de él. La sonrisita de superioridad que mostró Katniss al bajar del árbol a la mañana siguiente tuvo a los programas de chismorreo ocupados durante horas.

Pero de momento me preocupa más la falta de agua potable. Katniss ya tuvo un encontronazo con un arbusto de bayas tóxicas que por suerte reconoció y tiró lejos. Es el segundo día en los Juegos y ella lleva demasiado tiempo sin beber nada. Tiene un arroyo no muy lejos, pero está tan agotada y deshidratada que no estoy seguro que llegue hasta allá. Haymitch dice que me guarde los recursos para algo realmente urgente, pero tenemos dinero suficiente y no soporto verla sufrir. Le envío un litro de agua en lugar de cinco como yo hubiese querido, en parte porque sólo tiene que avanzar un poco más, y en parte porque, aunque no quiero admitirlo, Haymitch tiene razón y cinco litros son demasiado pesados para ella.

Katniss alza la vista, agotada, al notar el movimiento por encima de ella, y sus ojos brillan con renovada esperanza al ver el paracaídas plateado flotando hacia ella.

—Oh, Peeta, muchas gracias —musita con una ligera sonrisa al descubrir qué contiene la botella.

—De nada —respondo en voz baja, a pesar de que no puede oírme, mientras la veo beber un pequeño trago con el mismo deleite con que Minna, la pequeña nieta de Sae la Grasienta, toma la leche chocolatada que le llevo a veces.

Katniss se esfuerza en beber sólo algo más de la mitad de la botella de a pequeño tragos, pese a que evidentemente desearía poder vaciarla, pero es lo suficientemente inteligente y precavida como para no hacerlo. Guarda la botella con el resto del agua en su mochila, se levanta con nueva determinación y sigue adelante, evidentemente aún cansada y sedienta, pero no tan desesperada como antes. Verla levantar el mentón, desafiante, y seguir adelante, me causa una sonrisa de orgullo.

Una de las pantallas más pequeñas que tengo frente a mí me indica que hay un potencial patrocinador deseando verme. Lo ignoro de momento, más preocupado por ver cuándo Katniss llegará al agua. Está bastante cerca, pero con lo lenta que va ella, podría tardar un rato. Cuando vuelvo a fijarme, ya son tres los interesados en patrocinarla que quieren hablar conmigo, y renuentemente acepto un encuentro.

Los tributos pueden recibir patrocinio desde el momento mismo en que los Juegos comienzan, pero los Mentores no tenemos autorización de entrevistarnos con gente que quiera patrocinar a los tributos durante el primer día, no sé por qué. Pero ya es el segundo día, y aunque todavía tengo una reserva más que aceptable de dinero para comprarle a Katniss lo que necesite, Haymitch tenía razón al decir que nunca tienes demasiados patrocinadores. Quién sabe qué pasará más adelante en los Juegos, o cuánto durarán, es mejor estar preparados… y siempre es mejor no ofender a alguien del Capitolio rechazando su entrevista.

—Tengo que ir a ver a alguien —le digo a Haymitch, que está observando alternadamente entre la pantalla más amplia, que marca el mapa de la arena, y la pantalla que muestra la imagen de cómo Katniss se acerca más y más al arroyo—. Si pasa cualquier cosa…

—Te llamo —gruñe. Estar en el Cuartel de los Juegos lo pone de pésimo humor aún cuando las cosas están saliendo relativamente bien.

Asiento con la cabeza y me paso a la silla de ruedas. Anoche me dormí con la pierna ortopédica colocada; ahora el muñón me duele y está un poco lastimado, de modo que me tomé la libertad de quitarme la prótesis y pedirle a un avox que me consiga unas muletas, que es lo que usa la gente en el Distrito 12. Pero por lo visto en el Capitolio nadie que no pueda usar las dos piernas se toma la molestia de sostenerse con muletas y arreglárselas con la pierna restante, sino que se sienta en una acolchada silla de ruedas motorizada, que es en lo que estoy viajando yo ahora. Ni siquiera tengo que impulsarme con los brazos, sólo necesito manejar una pequeña palanca y unos botones que controlan la dirección, la velocidad y los frenos.

Los posibles patrocinadores están esperándome en el centro de la sala donde estamos los mentores, en un espacio acondicionado para sentarse en unos cómodos sillones y tomar una copa de unas bebidas absolutamente desconocidas para mí mientras las pantallas que cuelgan del techo y las paredes siguen transmitiendo los Juegos. Nadie querría perderse un minuto de lo que está pasando, por supuesto, menos mientras da una limosna que podría ayudar a mantener con vida a esos niños tan lejanos y desconocidos que están matándose en vivo y en directo. Amargura aparte, tengo dos mujeres y un hombre esperando a verme; los tres parecen estupefactos y horrorizados al verme llegar en la silla de ruedas.

—¿Qué te pasó? —pregunta con miedo la más joven, que tiene el pelo, las cejas, los ojos y hasta los labios teñidos o pintados de amarillo furioso. Junto con su piel blanca, me recuerda un poco a un huevo frito. El que esté usando un vestido blanco con lunares amarillos no ayuda a contrarrestar la imagen.

—Oh, problemas con el muñón —digo palmeándolo y fingiendo una mueca de dolor. Tuve la precaución de recoger el pantalón largo de modo que el contraste sea lo más claro posible—. Estaré bien en unos días.

—¿Te… duele mucho? —pregunta Huevo Frito con recelo, apartándose un paso, como si la amputación fuese contagiosa.

—Ahora mismo, menos que esta mañana, o anoche —respondo con la verdad, aunque sin especificar cuán mucho o poco—. Pero yo no importo, mientras Katniss esté bien, me cortaría yo mismo la otra pierna. Sé que suena exagerado —me atajo al ver las expresiones de shock—, pero es la pura verdad. Si el costo de que Katniss salga de la arena sana y salva es mi otra pierna, o cualquier parte de mi cuerpo, la daría con todo gusto.

—¡Es tan romántico! —suspira la otra mujer (supongo que nada grita romance tanto como una oferta de automutilación), una señora regordeta de mediana edad que lleva un largo vestido adornado con plumas de brillantes colores y el cabello recogido en lo alto de su cabeza con lo que parece varios pajaritos disecados, que por alguna razón están cubiertos de purpurina, metidos entre sus bucles castaños.

—Es tan difícil verla sufrir —admito—. Sé que ella estará bien, pero no puedo dejar de preocuparme.

—¿Por qué sonrió de esa manera después de escuchar que su colega de distrito está con los Profesionales y que la buscan para matarla? —pregunta Huevo Frito con fascinación, aunque desde una prudente distancia.

—Tendremos que preguntárselo personalmente —sonrío con amabilidad— cuando ella salga de la arena. Yo creo que es porque ya tiene un plan, pero no estoy seguro de cuál es… ciertamente no va a fiarse de Nigel, y va a estar el doble de alerta que antes. Creo que la suerte definitivamente está de su lado.

—Voy a darte doscientos Oros para tu tributo, y quiero conocerla personalmente cuando gane —suelta de pronto el hombre, un gigante de dos metros, muy flaco y con la cabeza rapada, quizás para compensar el peludo tapado de algún tipo de piel de animal, largo hasta el suelo, que está usando—. Quiero conocerla, bailar una pieza con ella, y que Feles Lovejoy nos vea.

Yo había tenido un par de pedidos extraños, pero éste es uno de los que se llevan las palmas.

—Será un gusto presentarlos, y podemos arreglar ese baile… siempre que yo esté cerca, porque no voy a perder de vista a la chica de mi vida cuando por fin la vuelva a tener conmigo —medio bromeo, medio advierto. Un baile es aceptable, mientras sea sólo eso—. En cuanto a… eh…

—Feles Lovejoy —repite el calvo con manía—. Y que esa desgraciada vea que sí puedo bailar, y que si invito a una chica a bailar, ella acepta. Feles Lovejoy tiene que vernos —insiste.

¿Ex esposa que lo dejó por otro? ¿Novia que lo engañó? ¿Vecina que no le presta atención? ¿Profesora de danza que le dijo que era torpe? Las posibilidades son muchas, y no me molesto en considerarlas. En el Capitolio, un odio mortal puede surgir a partir de la crítica poco amable de un par de zapatos. O al menos, Portia me contó que una vez no la tomaron para un trabajo porque un par de semanas antes ella había criticado las botas de quien más tarde hubiese sido su jefe.

—Siempre que Feles Lovejoy esté presente, le diré a Katniss que se paren justo delante de ella para bailar —le aseguro con lo que espero sea una sonrisa cómplice. Ahora sólo tengo que averiguar quién es la tal Feles.

El gigante sonríe satisfecho. Saca un pequeño aparato electrónico, de la mitad del tamaño que la palma de su mano, y se pone a toquetearlo.

—Listo —anuncia al cabo de un segundo—. Los Oros son tuyos. Y la revancha es mía.

—Muchísimas gracias por su ayuda, realmente aprecio muchísimo… —empiezo, cuando el gigante me interrumpe.

—Sólo quiero ese baile. Nos vemos en el Banquete del Vencedor.

—Nos vemos, sin duda —le sonrío. Estrechamos las manos, y él se va.

—¡Qué tacaño! —bufa la del vestido de plumas, mirando con desprecio al calvo del abrigo peludo—. Todos sabemos que con su cadena de peluquerías él gana eso en un día. ¡Mira que sólo darte doscientos Oros!

—Tengo que estar agradecido por cada pequeña ayuda, la gente no tiene fe en el Distrito 12 —suspiro, recordando con cierta ironía que no tenemos peluquerías en el Distrito 12—. Me duele verlos apostar por los otros tributos, sabiendo que no durarán, pero no puedo obligarlos a comprender que Katniss es sin dudas quien va a ganar.

—¡Claro que va a ganar! —asiente la del vestido de plumas con energía—. Y yo sí le tengo fe, y quiero sacarme una foto con ella cuando gane, y que ella me firme un autógrafo.

—Sé que Katniss estará encantada de dejarse fotografiar y de agradecerle personalmente a toda la gente con suficiente astucia e inteligencia como para auspiciarla —aseguro, sin poder dejar de pensar que Katniss preferiría comer carbón antes que sacarse fotos o firmarle autógrafos a esta gente… pero no necesitamos enemigos.

—Y para que veas, yo voy a darte cien Oros, que es lo que gano en dos días de trabajo —anuncia Vestido Emplumado, orgullosa.

—Oh, muchísimas gracias, pero… ¿no le estaremos quitando el pan de la boca, si nos da ese dinero? —pregunto, tratando de sonar culpable—. No quisiera que usted se prive de algo por ayudarnos, no podría vivir con eso en mi conciencia… y Katniss tampoco…

Ella se sonroja de satisfacción, empezando a tipear algo dentro de su pequeño aparato.

—Oh, no, no te preocupes… simplemente dejaré pagar a mi novio esos días —dice con una risita, toqueteando las plumas de su escote—. Valdrá la pena cuando pueda enrostrarle a todos que yo aposté por la ganadora desde el inicio.

—Muchas gracias por ayudarme a traer de vuelta a mi lado al amor de mi vida —le digo en un tono algo teatral, pero que a ella le llena los ojos de lágrimas.

—Todo sea por el amor. Ah, el Amor… —suspira la mujer del vestido de plumas, antes de despedirse con una mirada soñadora.

—Yo no tengo mucho dinero —se disculpa Huevo Frito, acercándose un paso hacia donde estoy yo, pero del lado de mi pierna buena—, pero sé lo que es querer ayudarle a alguien y no poder… mi mejor amiga está Desaparecida desde hace varios años —añade en voz bajísima, tanto que tengo que inclinarme hacia adelante para oírla.

—Lo lamento —digo en voz igualmente baja, con un pequeño escalofrío.

Esto lo aprendí de mi equipo de preparación, en el Capitolio la gente que comete crímenes (sobre todo los acusados de traición) no enfrentan la cárcel ni algún tipo de juicio, sino que son Desaparecidos. Esto significa que virtualmente dejan de existir, no hay registros de que haya sido arrestados ni asesinados ni deportados ni nada, aunque se presume que ése es el destino más frecuente de los Desaparecidos, cuando no acaban convertidos en Avox. Las familias, avergonzadas y asustadas, echan tierra sobre el asunto, porque es sabido que tratar de encontrar a un Desaparecido lo convierte a uno en el perfecto candidato para Desaparecer también. No es frecuente que haya Desaparecidos en los distritos, las ejecuciones son más comunes, aunque no en el Distrito 12 afortunadamente. Con todos sus vicios y su incompetencia, Cray al menos no gusta de torturar a nadie y evita las ejecuciones en la enorme mayoría de los casos.

Pero entiendo el dolor de la chica que mordazmente apodé Huevo Frito. Peor que saber que un amigo fue asesinado es no saber qué pasó con él. ¿Está vivo? ¿Está muerto? ¿Lo están torturando en algún lado? ¿Está haciendo trabajos forzados? ¿Le cortaron la lengua y lo obligan a trabajar en condiciones de esclavitud? ¿Por qué lo arrestaron en primer lugar? ¿Realmente fue un traidor o sólo estuvo en el momento equivocado en el lugar equivocado? ¿Alguien en quien confiaba lo delató? ¿O lo vendió alguien que lo odiaba sólo por rencor?

—¿Quieres hablarme de ella? —le pregunto a la chica.

Ella duda un momento antes de sentarse a mi lado.

—Lavinia era mi mejor amiga —empieza en voz baja—. Crecimos viendo los espectáculos de danzas, y las dos estábamos convencidas que nos convertiríamos en las más maravillosas bailarinas una vez que creciéramos. Lavinia era muy buena bailando, se podía olvidar del mundo una vez que empezaba a sonar la música…

La chica, cuyo nombre todavía no sé, sigue desgranando anécdotas. Tengo la impresión que hace años que quisiera poder contarle todo esto a alguien, pero al ser un tema tan tabú, nadie quiso escucharla cuando recordaba a su amiga. Me cuenta cómo Lavinia empezó a salir con Septimius, que ese chico era tan curioso y siempre estaba metiendo la nariz donde no debía, que un día Lavinia le contó con miedo que habían descubierto un secreto enorme y terrible, y que se lo diría esa noche cuando se encontraran para salir a bailar… pero Lavinia nunca apareció, y también de Septimius perdieron todo rastro. De eso hacen tres años, y nunca más volvió a saber nada de su amiga. Para el momento en que acaba de contarme todo esto, la chica está llorando y yo sostengo sus manos entre las mías para contenerla lo mejor posible. No hay consuelo posible, pero al menos puedo compartir su dolor.

—Lavinia fue siempre la más bonita de nosotras dos —suspira ella con un ligero sollozo—. Tenía el pelo del color del fuego, rojo brillante, con reflejos dorados, y anaranjados, y… jamás se lo quiso teñir, estaba muy orgullosa de su color natural. Tampoco se quiso quitar el lunar que tenía en la mejilla izquierda, decía que le daba personalidad…

—¿Lavinia era pelirroja y con un lunar en la mejilla izquierda? —repito, sorprendido.

—Sí…

La abrazo y susurro en su oído, esto es importante y nadie debe oírnos.

—¿Tenía ojos verdes? ¿Estatura mediana y contextura delgada?

Ella casi salta en mi abrazo antes de responderme.

—S–sí…

—Es una Avox. Sirve al Distrito 12 en el Centro de Entrenamiento. Siempre es amable y cordial… oh, y Katniss la conoce —susurro a toda velocidad, directamente en su oído—. La reconoció una noche, cuando Lavinia nos sirvió el postre. No me dijo dónde, pero estoy seguro que se habían visto antes. Lavinia parecía aterrorizada de que alguien la reconociera. Ella está bien, se la nota sana, bien alimentada y con ropa limpia… pero es una Avox.

La chica se aferra a mi camisa como si fuese la única cosa sólida que queda en el mundo. Noto que está temblando.

—Lamento tener que darte esta noticia, pero creí que preferirías saberlo —musito antes de soltarla lentamente.

La joven está pálida, aún bajo todo el maquillaje que le cubre la cara. Lentamente, sin embargo, se recompone. Yo le ofrezco un vaso de agua, ella lo bebe a pequeños sorbos, sin dejar de temblar.

—Gracias, Peeta Mellark —dice al cabo de unos minutos, con voz sorprendentemente firme, considerando que todo su cuerpo tiembla—. Me… me diste… paz.

Yo sólo sonrío un poco, con tristeza. No hay realmente nada que pueda decirle.

—Iba a auspiciar a tu tributo porque… tu chica me es simpática… parece lista… y un poco, lo hubiese hecho en memoria de la amiga a la que no pude ayudar… pero… ahora… por favor, sálvala —casi me ruega, sacando su propio pequeño aparato para realizar la transferencia de fondos—. No sólo por ti, también por Lavinia… y por mí…

—Voy a hacer todo lo posible —digo, sintiéndome cansado después de tantas emociones.

—Lo sé —me dice ella con suavidad, volviendo a guardar el aparato—. Y espero que los 9.755 Oros con cinco Décimos que acabo de transferirte ayuden. Son mis ahorros de toda la vida.

Yo sólo puedo mirarla boquiabierto. Por una vez, estoy sin palabras.

—No quiero nada a cambio —continúa ella—. Ya me diste… más de lo que hubiese podido pedirte. Gracias.

Con una última ligera sonrisa, se levanta y se va. Y yo… yo me quedo ahí, mudo y asombrado y cayendo en la cuenta que ni siquiera sé el nombre de esta chica.

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Cuando regreso junto a Haymitch, el shock se me pasó un poco, pero todavía me duran la confusión y el asombro. Mi antiguo mentor no parece darse cuenta, o si lo advierte, no comenta. Está mirando las pantallas, ceñudo.

—¿Novedades?

—Katniss llegó a un arroyo y bebió, no sé, cuatro litros de agua en dos horas o algo así. También comió algo y está descansando ahora, subida a un árbol —informa Haymitch con aspereza—. No me gusta como pinta esto.

—¿Por qué? ¿Los Profesionales están cerca? —pregunto, preocupado, verificando la pantalla que muestra la localización de los tributos.

—No, están casi al otro lado de la arena —Haymitch confirma lo que mis ojos acaban de ver—. Pero hay demasiada calma. Ahora que ella no está en peligro inmediato, no hay nada que entretenga a la audiencia. Los Organizadores de los Juegos prepararán alguna catástrofe en cualquier momento.

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La anunciada catástrofe llega en medio de la noche, bajo la forma de un incendio forestal que arrasa con todo a su paso. Como si el fuego que devora árboles y plantas por igual a una velocidad mucho mayor de lo que un fuego normal debiera no fuese suficiente, hay algún tipo de dispositivo que dispara bolas de fuego hacia los tributos. Los Profesionales, incluido Nigel, reciben la peor parte del humo y casi consiguen evitar el fuego, pero Katniss, la pequeña del Distrito 11 y la pelirroja del Distrito 5 tienen que zigzaguear, saltar y agacharse para no acabar calcinadas. Casi consiguen evitar las bolas de fuego; Katniss es quien se lleva la peor parte, con una dolorosa quemadura en la pierna.

Haymitch maldice constantemente en voz baja, aferrado a una botella de algún tipo de bebida que es algo así como 95% alcohol puro, pero sin beber. Yo me muerdo las uñas constantemente, para evitar gritar. Es sólo cuando Katniss se sumerge en un pequeño estanque y está claro que va a sobrevivir, al menos al incendio inmediato, que me saco la mano de la boca y noto que tengo las puntas de los dedos tan heridos que están sangrando. Algunas de mis uñas están amoratadas, de tan fuerte que las mordí.

Ni que me importara. Katniss está viva, y nada más interesa.

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—¿Cómo va eso? —grita Katniss en tono alegre a la jauría de Profesionales reunidos bajo su árbol.

—Bastante bien —responde el chico del Distrito 2, superando la sorpresa—. ¿Y a ti?

—Un clima demasiado cálido para mi gusto —responde Katniss conversacionalmente, como si no le importara demasiado—. Aquí arriba se respira mejor. ¿Por qué no subes?

—Creo que lo haré —contesta el mismo chico, casi frotándose las manos.

Muerdo de nuevo mis uñas y suelto un jadeo de dolor. Las heridas apenas dejaron de sangrar hace un rato y yo estoy volviendo a abrirlas. Me siento encima de mis manos y miro a la pantalla con desesperación.

—Toma esto, Cato —le dice la chica del Distrito 2, ofreciéndole el arco plateado y el carcaj con las flechas.

Katniss casi echa humo al ver las armas. No quiero ni imaginarme lo que ella sería capaz de hacer si tuviese ese arco y esas flechas en las manos. Estos Juegos probablemente acabarían en una media hora.

—No —dice el tributo del Distrito 2, el corpulento llamado Cato, apartando el arco—. Me irá mejor con la espada.

Cato intenta trepar, pero es más grande y corpulento que Katniss, quien salta ramas arriba como si fuese una ardilla. Yo sólo sonrío levemente, acostumbrado a verla así, tranquilo de que ella estará, al menos por ahora, a salvo. Cato la sigue ruidosa y torpemente, mientras los demás lo animan desde abajo, pero pronto una rama se rompe y Cato y la rama caen ruidosamente al suelo. Por un momento se me escapa desear que Cato se haya roto el cuello, no es que le desee que está sufriendo, sólo quiero que deje a Katniss en paz y de paso persuada a los otros para que también la dejen tranquila. Pero él se levanta maldiciendo tan profusamente que hasta Haymitch debería ser capaz de aprender un par de cosas nuevas.

Glow, tributo femenino del Distrito 1, lo intenta entonces. Es una chica no muy alta, voluptuosa, con curvas bien marcadas, de sonrisa fácil, y diría que parece simpática si no estuviese tratando de matar con una ancha sonrisa a la chica que amo. Glow también es una buena lanzadora de cuchillos, como ya nos demostró en la Cornucopia, y según fanfarronea Gloss, su mentor, pocos saben más que ella en cuestión de venenos.

Glow es lo bastante precavida como para detenerse cuando la rama sobre la que está empieza a crujir bajo sus pies, antes de acabar despatarrada en el suelo con una rama rota sobre su estómago, como Cato. Calila le pasa el arco y las flechas, y Glow intenta dispararle a Katniss, pero evidentemente no es buena en arquería. Glow intenta entonces arrojarle cuchillos, pero después de perder tres que quedan clavados en el árbol y no conseguir más que burlas de la chica del Distrito 12, Glow baja del árbol, claramente lívida de haber sido superada.

Miro de reojo a Haymitch. Lo desperté cuando los profesionales detectaron a Katniss, y los dos estuvimos mirando silenciosamente desde entonces. Pero ahora, cuando los Profesionales están rondado enojados bajo el árbol de Katniss, me atrevo a preguntarle con la mirada qué opina.

—Están en tablas por el momento —masculla él, bebiendo sólo un pequeño trago—. Ninguno de los dos puede hacer gran cosa. Ellos no van a dejarla ahí, y ella no puede escapar. Hasta que a alguno de los lados se le ocurra algo nuevo, sólo podemos esperar.

A veces olvido que el Talento de Haymitch es el ajedrez. Difícilmente lo adivinaría alguien que lo vea con su usual apariencia de borracho desaliñado, pero él es realmente bueno en ese juego de estrategia. Estuvo enseñándome, y aunque creo que estoy mejorando, él sigue limpiando el piso conmigo en cada partida. Jaque mate en nueve movimientos y cosas parecidas son lo habitual.

Los Profesionales alternan entre murmurar enojados y fulminar con la mirada a Katniss, que les devuelve la expresión desafiante. Por fin, Nigel interviene.

—Cato, ¿tenemos hachas entre los suministros? —sonríe con malicia—. Este bosque está muy desordenado, todo lleno de árboles. Hay uno aquí mismo que me molesta, y quiero cortarlo…

Katniss y yo jadeamos a la vez. Yo aprieto los dientes frente a la pantalla, ella gruñe en lo alto del árbol.

—No tenemos hachas —gruñe Cato, frotándose el hombro derecho, que debe dolerle a causa de la caída—. No hay este año.

Nigel se encoge de hombros, cruzado de brazos como está, y levanta la cabeza para mirar a Katnis, que le devuelve la mirada con expresión desafiante.

—Entonces… ¿qué tal unos fósforos con que chamuscar un poco a la Chica en Llamas?

Debo decirlo, Katniss no le da el gusto de parecer asustada o nerviosa. De hecho, hasta bufa con cierto desprecio, como si no creyera que Nigel está hablando en serio. Estoy tremendamente orgulloso de ella, a la vez que completamente aterrorizado. Katniss es ágil, veloz, ingeniosa y sabe trepar mejor que nadie yo conozca, pero no puedo imaginarme cómo va a arreglárselas para escapar de esta situación.

—¿Quieres prenderle fuego al árbol con ella arriba? —pregunta Calila, tributo femenino del Distrito 2. Es una chica callada, corpulenta y musculosa, que sonríe rara vez y suele juguetear con un pequeño cuchillo, de hoja delgada y afiladísima, que tanto usa para limpiarse las uñas como para pelar una manzana como para cortar en trocitos diminutos un gorrión muerto que encontró en el bosque. Hay algo en ella que me pone los pelos de punta.

—Claro —sonríe Nigel, regodeándose en la posibilidad de asesinar a Katniss de un modo doloroso y horrible como lo es quemarla viva.

Los otros Profesionales intercambian miradas antes de sonreír ampliamente. Está claro que la idea les gusta.

—¿Qué estamos esperando? —sonríe un chico que según la pantalla que nos indica qué tributos están vivos, de qué distrito vienen, cómo se llaman y cuánto duraron en los Juegos, es Marvel del Distrito 1.

Los demás, asquerosamente entusiasmados, se ponen a juntar leña, ramas, ramitas, hojas secas, y amontonan todo en la base del árbol. Ríen y hacen bromas mientras preparan las cosas. Yo estoy tratando de calcular cuántos litros de agua necesitaría Katniss para empapar a tal punto la leña que no hubiese modo de prenderle fuego… ella tiene muchos patrocinadores, eso no es por sí solo un problema… pero si los otros sacan la madera mojada y la reemplazan por otra seca…

—¿Qué hago? ¿Qué hacemos? —miro a Haymitch, desesperado.

—Esperar —gruñe él, la mirada clavada en la pantalla—. Aún no prendieron el fuego.

—¿Se supone que voy a esperar a que Katniss esté ardiendo para intervenir? —siseo, incrédulo y furioso.

—Chico —replica él, fríamente calculador—, el cazar a tu chica es lo que mantuvo a los Profesionales trabajando juntos. Ella fue el reto desde el inicio, la chica con el puntaje de Once en el entrenamiento. Una vez que parezca que ella está fuera del juego, la alianza de los Profesionales se acabará y se volverán los unos contra los otros.

—¿Se supone que eso debe tranquilizarme? —pregunto con intranquilidad, viendo cómo Marvel añade más madera al montón.

—Debería —replica Haymitch—. Espera y verás.

—Tenemos suficiente —determina Cato en la pantalla, mirando la considerable montaña de combustible con una sonrisa feroz.

—Bien —sonríe la chica del Distrito 4… Cora, de acuerdo a la pantalla de los tributos—. ¿Quién tiene los fósforos?

—Yo tengo el agua, no los fósforos —replica Glow.

—Yo llevo las espadas —gruñe Cato.

—Yo me ocupo de la comida —se defiende Calila.

—Yo estoy encargado de las lanzas, no de los fósforos —responde Marvel.

—No pregunté qué tiene cada uno, pregunté quién tiene los fósforos —bufa Cora, poniendo los ojos en blanco.

Resulta que ninguno de ellos lleva fósforos consigo. Como los Profesionales vuelven a su campamento cuando es tiempo de comer o dormir, y allá tienen una fogata de la que está encargado Chip del Distrito 3, ninguno de ellos se preocupó por llevar fósforos en sus expediciones. Cato va hacia la zona del bosque que estuvo ardiendo hace unas pocas horas, decidido a buscar unas brasas a partir de las que iniciar un nuevo fuego, pero no encuentra nada. El bosque quemado está repleto de carbón y cenizas, pero no hay rescoldo alguno. Me relajo minúsculamente ante esta prueba que los Organizadores de los Juegos, pese a todo, no quieren ver muerta a Katniss… aún.

—Está oscureciendo, no vale la pena volver al campamento a buscar los fósforos —determina Cato—. Alguien puede ir mañana. Montaremos guardia esta noche, y la liquidamos mañana. Es mejor si esperamos a que haya luz, así se verá mejor en las pantallas —añade con una sonrisa maníaca.

Katniss le escupe desde el árbol, con tan buena puntería que el escupitajo le cae a Cato justo en la coronilla. Los demás se ríen de él, mientras Cato otra vez hace gala de su talento para injuriar.

Una vez que las cosas se calmaron un poco, veo a Katniss hacer una mueca de dolor mientras inspecciona con cierto temor su pierna herida. La pantorrilla tiene mal aspecto, ampollada e inflamada, y sin duda la quemadura es muy dolorosa. Me siento horrible por no haberme acordado antes de que ella estaba herida, pero toda la conmoción con los Profesionales me habían hecho olvidarme por completo. Tan rápido como me lo permite este aparato llamado computadora, que todavía no manejo del todo bien por falta de práctica, le envío a Katniss un pote de crema para las quemaduras y una hogaza de pan con pasas de uva, nueces y glaseado dulce, el tipo de pan favorito de Katniss para los días en que se sentía triste. La medicina cuesta una pequeña fortuna y el pan tampoco es barato, pero tengo los recursos necesarios y Katniss realmente merece un mimo después de todo por lo que tuve que pasar en las últimas horas.

Haymitch rueda los ojos y bufa de fastidio algo que suena a romántico empedernido cuando ve el pan, pero no le presto la menor atención: Katniss recibe el pote de crema, lo inspecciona con atención y pronto responde con una pequeña sonrisa y un suspiro de alivio cuando la piel enrojecida de las palmas de sus manos empieza a curarse. Aplica generosas cantidades de crema con suaves toques y ligeros masajes, y a juzgar por el alivio de su cara, el efecto debe ser casi inmediato. Luego, Katniss desenvuelve el pan, y si no la conociera mejor creería que sus ojos se le llenan de lágrimas al recibirlo.

—Gracias, Peeta —dice en voz baja, mirando hacia la nada—. Gracias… —ella inhala profundamente cerca del pan, con los ojos cerrados, antes de musitar:— Huele a casa. Es como estar un poquito más cerca de casa. Gracias.

Ahora es a mí a quien se le llenan los ojos de lágrimas. Katniss podría estar muerta mañana por la mañana. Y no hay nada que yo pueda hacer, salvo mandarle algo que la conforte en lo que bien podrían ser sus últimas horas de vida.

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Como yo monté guardia la última vez y desperté a Haymitch cuando fue el encuentro de Katniss con los Profesionales, es su turno de permanecer despierto y él es quien me despierta (no es como si yo hubiese dormido mucho o muy profundamente de todos modos) cuando, a primera hora de la madrugada, Katniss deja caer sobre quienes pretendían convertirse en sus verdugos un nido de rastrevíspulas. Fue una suerte que la pequeña del Distrito 11 se lo señalara anoche… Rue le salvó la vida a Katniss al advertirle sobre el nido que ninguno de nosotros había notado.

Katniss recibió varias dolorosas picaduras, pero considerando todo, es un costo relativamente pequeño que pagar por haber burlado y herido seriamente a sus enemigos. Cora del Distrito 4 y Calila del Distrito 2 no sobrevivieron al ataque de los insectos mutados genéticamente; por suerte Katniss tuvo la presencia de ánimo y el rastro de lucidez necesarios para arrancarle al cadáver de Calila el arco, las flechas y el bolso de comida antes de huir.

Justo a tiempo, debo decir, porque Nigel llega al lugar donde ya sólo quedan los cadáveres de las dos chicas segundos después de que Katniss desapareció en la espesura. Cato lo sigue menos de cinco metros más atrás, y parece tan atónito como Nigel al ver muertas a Cora y Calila, pero ningún rastro de Katniss. Sin duda escucharon los cañonazos y asumieron que uno de ellos era por ella.

—No puede estar lejos —masculla Cato, arrastrando las palabras—. ¡Hay que encontrarla!

Nigel asiente con la cabeza, tambaleándose peligrosamente. Tiene al menos cinco picaduras en la cara y las manos, es evidente que el veneno lo está afectando seriamente. Él y Cato salen corriendo en direcciones opuestas y perpendiculares a la ruta que tomó Katniss.

Aprieto tan fuertes los puños que me clavo las uñas en las palmas de las manos. Es verdad que Katniss no está lejos de ellos. De hecho, está horrorosamente cerca, y tan afectada por las rastrevíspulas que prácticamente se la puede considerar indefensa. No sería capaz de acertarle con el arco y flecha a nada mientras corre ruidosa y torpemente por la espesura. Una presa fácil, si quedara cerca alguien que no fue picado.

Por suerte para Katniss, Nigel y Cato también fueron picados, y más veces que ella. Son más corpulentos, por lo que el efecto si bien tarda un poco más en producirse, acaba siendo el mismo. Nigel corre en círculos, mirando todo el tiempo por sobre el hombro, mientras que Cato se tropieza cada pocos pasos, aunque se las arregla para no caerse.

Los tres colapsan casi en simultáneo. Katniss cae en un hueco poco profundo recubierto de hojas secas, Cato tropieza finalmente con una raíz y cae, Nigel simplemente cae o se deja caer, qué más da. Los tres se aovillan en posición fetal casi a la vez, y con diferencia de segundos están perdidos en un mundo de alucinaciones.

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