Cosas que me pertenecen: la alegría de anunciar que hoy ¡ES MI CUMPLEAÑOS! De manera que, festejemos juntos con el capítulo.
Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre. *suspiro* Había pedido como regalo la propiedad intelectual de la serie, pero no tuve suerte.
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Capítulo 16: Alianzas
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Los tres días que Katniss tarda en purgar el veneno de su cuerpo, es como si yo estuviese sufriendo los efectos de las toxinas también. Afortunadamente nunca fui picado por rastrevíspulas, pero tener que verla a ella gritando por Prim, chillándole a alguna persona invisible que corra y se salve, diciendo mi nombre entre gemidos estrangulados de dolor, entre un montón de "no, no, no… nononono… ¡No!", es lo más cercano a tener alucinaciones yo también.
Finnick, que ya no tiene tributos por los que preocuparse ahora que Cora murió, suele venir a pasar tiempo con Haymitch y conmigo. Un rincón de mi mente me dice que él debería estar al menos tan enojado conmigo como Johanna, considerando que Nigel mató a Rick, el chico de su Distrito, y Katniss dejó caer el nido de rastrevíspulas que acabó con Cora. Sin embargo, cuando lo menciono Finnick sólo se encoge de hombros y me dice que debería por lo menos comer algo si de todos modos no voy a dormir. Hay algo reconfortante en su compañía mayormente silenciosa, pese a que él desaparece ocasionalmente durante unas horas o hasta días. Nadie le pregunta y él no hace comentarios. Pese a que debería ser la última de mis preocupaciones en ese momento, no puedo evitar pensar que ése podría ser yo en unas semanas… o días…
A Johanna la furia homicida se la pasa al cabo del primer día de ver a Katniss sufriendo en pantalla.
—Tienes una pinta como si estuvieses ahí también —me gruñe, mirando a Katniss convulsionándose de dolor.
—Casi quisiera estar ahí —admito—. Preferiría estar ahí para ayudarle, en lugar de aquí, donde me siento tan… inútil.
—Ah, claro, sin duda hubieses sido capaz de ayudarle —replica Johanna con sarcasmo—. ¿Qué, hubieses ahuyentado a las rastrevíspulas con un abanico gigante, para que no la piquen?
—Al menos podría estar cuidándola ahora —respondo en voz baja, con una mueca de dolor cuando Katniss suelta otro agudo grito llamando a Prim.
—No hay nada que hacer. El cuerpo se libera solo del veneno. Hay que esperar tres días, no puedes hacer nada mientras tanto —responde Johanna con fastidio, pero sin su mordacidad habitual—. Si te sirve de consuelo, todos los otros tributos que podrían suponer una amenaza para ella también fueron picados y están igual o peor.
Tiene razón en eso. Nigel, Cato, Marvel y Glow están sufriendo de la misma agonía que Katniss, quizás un poco peor, porque recibieron más picaduras que ella. Los chicos del Distrito 11 estaban lejos y a salvo cuando el nido cayó y no sufrieron daño, y el chico rengo del Distrito 10, Derek, tampoco estaba cerca. Chip, el chico del Distrito 3 que está cuidando los suministros, sufrió dos picaduras cuando el enjambre persiguió a Marvel y Glow hacia al campamento junto al lago. Sus alucinaciones son menos fuertes que las de los otros, pero también está fuera de juego por ahora.
Me falta alguien. De acuerdo a la pantalla, hay diez tributos vivos aún. ¿Quién es el décimo? Ah, ahí está listada, es la chica pelirroja de cara astuta, del Distrito 5… Finna. No sé por qué siempre la olvido…
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A lo largo de los tres días, diversos candidatos a patrocinadores vienen a verme. Hay un par que no vienen a donarme dinero, sino a reprocharme que Nigel esté incapacitado, cuando ellos habían apostado una fuerte suma por él y hasta lo habían auspiciado. No sé si esperan que yo me disculpe por el hecho que Nigel esté sufriendo o qué rayos pretenden, pero los dejo despotricar a sus anchas sin prestarles la menor atención, pensando todo el tiempo en Katniss y en su promesa de hacer lo posible para ganar. El recuerdo de esas palabras es lo único que me está manteniendo cuerdo estos días.
Muchos otros de cuantos vienen a verme me felicitan por la inteligente estrategia de Katniss, como si yo tuviese algo que ver con el hecho que el ese nido de rastrevíspulas estaba justo ahí y que ella haya tenido la idea de tirarlo sobre sus adversarios.
Algunos critican que Katniss se haya dejado picar, porque si no estuviese sufriendo de dolor y alucinaciones, ella podría estar aniquilando a los Profesionales restantes justo ahora. Me muerdo la lengua hasta que sangra para no gritarles que obviamente Katniss no se dejó picar a propósito. Idiotas redomados.
Unos pocos me aseguran que ellos siempre supieron que Katniss iba a salir adelante y depositan dinero con el que auspiciarla. Pero son bastante tacaños en sus dádivas. El hecho que ella no haya salido ilesa del ataque parece haberle restado puntos.
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—Tienes un aspecto horrible.
Ignoro por completo a Finnick. No podría importarme menos lo que alguien opine de mí cuando Katniss está chillando ese grito agudo y desgarrador que me perfora los tímpanos y me parte el alma a la vez.
—¿Hace cuánto que no te bañas? ¿O por lo menos te peinas? —insiste Finnick.
Katniss jadea por aire, agotada tras esa especie de chirrido que escapó de su boca.
—Al menos intenta dormir un poco.
Ni siquiera me molesto en tomarme su parloteo lo bastante en serio como para responderle. Estoy demasiado ocupado viendo a Katniss contorsionándose de dolor, mientras yo estoy en esta maldita silla acolchada sin poder hacer nada. Pocas veces me sentí tan inútil y miserable. Ella está sufriendo, yo estoy viéndolo, y no puedo ayudarle.
—Los patrocinadores no quieren ver a alguien maltrecho y desesperado. Necesitan verte como alguien fuerte y seguro en tu tributo…
Empiezo a apretar los puños. No me considero alguien violento, la mayor parte del tiempo. Suelo tomarme las cosas con calma e intento no enojarme salvo por una muy buena razón. Hace falta mucho para enfurecerme lo bastante como para gritar o golpear a alguien…
—…no estás haciéndole ningún favor a ella al descuidarte de esta manera…
…pero ya estoy tenso y furioso por tener que ver a Katniss sufrir sin poder hacer nada, de modo que está tomando menos trabajo del habitual sacarme de quicio. Ella lloriquea en pantalla. Katniss, la chica más valiente y decidida, lloriquea como un niño, de dolor y desesperación.
—…si das la imagen de no creer que tu tributo puede lograrlo, los patrocinadores tampoco lo creerán y no querrán patrocinarla…
—Finnick —suelto por entre dientes apretados, sin aflojar los puños a mis costados—, cállate.
—¡Pero si lo que digo es cierto! —replica él—. Por el bien de ella, deberías arreglarte…
—¡CÁLLATE! —aúllo, furioso y desesperado y al borde de las lágrimas de impotencia y conteniéndome apenas para no saltarle encima y desfigurarle su bonita cara.
—Odair, si sabes lo que te conviene, cierra el pico —masculla Haymitch, arrastrando las palabras. Como tantas veces, está lo bastante borracho como para no estar completamente lúcido y lo bastante sobrio como para funcionar—. Estás a dos palabras de acabar con la nariz rota.
Finnick mira de Haymitch a mí y de mí a Haymitch con duda.
—Ya estuve en tu lugar. El chico tiene un buen gancho de derecha. No olvides que tiene dos hermanos mayores —gruñe Haymitch, rascándose la barriga.
Finnick luce terriblemente inimpresionado. Al contrario, me mira evaluativamente, parece como si estuviese deseando poder medirse conmigo en un combate cuerpo a cuerpo. Me recuerda un poco a mi hermano mayor, él tampoco puede oír de nadie que sabe pelear sin querer probar a ver qué tan bueno es. Eso ya le causó unos cuantos golpes, bastantes problemas y hasta un par de huesos rotos.
—Además, no a todos les resulta el rol de rompecorazones —gruñe Haymitch en voz baja—. Para algunos, el enfoque de amante desolado y triste es el más acertado.
Por un momento tengo ganas de partirle una botella por la cabeza a Haymitch por su sugerencia de que todo esto lo hago como parte de una actuación, pero lo dejo correr. Seré bueno peleando, pero no quiero empezar una batalla campal y sé que Haymitch es al menos tan hábil como yo cuando de defenderse se trata. Finnick parece pensativo.
—Es una buena estrategia, pensándolo bien —admite el mentor del Distrito 4 al cabo de un momento, reflexivo—. Es sólo que no estoy acostumbrado a que en el Capitolio las cosas sean lo que parecen.
—Ni Katniss ni yo somos del Capitolio —nos defiendo, tratando de no sonar tan ofendido como me siento. Eso fue un golpe bajo.
Katniss medio jadea, medio solloza. Aprieto los dientes, angustiado.
—Pero estamos en el Capitolio y los Juegos están teniendo lugar aquí, a eso me refería —explica Finnick—. Después de que tu entrevista con Drusilla, me cuesta un poco llevar la cuenta de qué es real y qué fingido.
—¡Todo lo que dije en esa entrevista fue real! —protesto.
—Pero lo hiciste como parte de una estrategia para ayudar a tu chica. Perdona si a veces me confundo un poco —replica Finnick, irónico.
—No es "mi chica", su nombre es Katniss —corrijo, malhumorado.
Haymitch y Finnick suspiran a dúo.
—¿Siempre es tan difícil, o eso sólo sucede cuando está enamorado? —le pregunta Finnick a Haymitch, conversacionalmente.
En la pantalla, tras un último grito desesperado, Katniss se desmaya o se duerme o lo que sea. Al menos tendrá un rato de paz antes de despertar… o empezar con las pesadillas. De vez en cuando hay breves pausas en su delirio. Supongo que ninguna mente podría sobrellevar tres días de alucinaciones ininterrumpidas sin enloquecer, de manera que el veneno cede a veces y permite pequeños descansos.
—Nah, normalmente es bastante decente —se encoge de hombros Haymitch, echándose atrás en su silla—. Claro que cuando está la chica de por medio, olvídate. Supe que eran el uno para el otro ese día en que ella apareció por su casa y le gritó que era un idiota.
—Bueno, si eso no es amor… —masculla Finnick con una sonrisa.
—Es amor, sin duda alguna —confirma Haymitch.
—¿Y qué hizo él? —quiere saber Finnick.
—Se disculpó —Haymitch rueda los ojos, mientras que Finnick apenas contiene la risa—. Supe entonces que tendría que empezar a buscar mi traje bueno, el que uso para bautismo, funerales y tuestes. Ahí había un matrimonio en puertas.
—¿Cómo puedes haber sabido? —le reclamo con incredulidad—. ¡Katniss y yo teníamos catorce años cuando pasó eso!
—¿Y qué? ¿No le dijiste a esa entrevistadora que estás enamorado de ella desde los cinco años?
—Sí, pero… ¿matrimonio?
—Eres tan asquerosamente honrado, aún después de todo lo que pasó, que seguro que no querías sólo encamarte con ella sin compromisos —bufa Haymitch—. Querrías casarte con ella después de que pasara el peligro de la cosecha, como es habitual.
Asiento en silencio.
—Mala suerte, Chico, lamento informarte que estás en el mundo real. También estuvimos en tu lugar una vez —comenta, señalando a Finnick, que ahora está muy serio, y a sí mismo—. Habla la voz de la experiencia cuando te lo digo: los finales felices no existen. Olvídate del tueste y de vivir tranquilos en el Distrito 12. Nunca va a pasar.
Haymitch empina la botella para beber un largo trago, mientras Finnick parece pensativo.
—No hay finales felices —musita el Mentor del Distrito 4 en voz tan baja que sólo yo puedo oírlo—, pero a veces… algunos finales son menos peores que otros. Haz lo que puedas para que el tuyo sea lo menos peor posible.
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Los potenciales patrocinadores con los que me entrevisto notan que estoy durmiendo mal, comiendo poco, y en general estoy hecho un solo manojo de nervios y angustia desde que Katniss entró a los Juegos. Quizás no notan esto último, pero sin duda sí todo lo anterior. Tal como Finnick remarcó, desde la noche antes de que los Juegos empezaran que no me di siquiera una ducha, sólo picoteo la comida (¿cómo puedo llenarme el estómago cuando Katniss tiene apenas suficiente en la arena?) y sólo duermo de a ratos en mi sillón de mentor. No me molesté en peinarme o cambiarme de ropa, eso insumiría un tiempo y energías que están mucho mejor dedicados a vigilar las pantallas, para que si cualquier cosa le ocurriera a Katniss, yo esté listo y alerta para intervenir.
Algunos patrocinadores fruncen la nariz ante lo que debe ser mi apariencia descuidada y un poco olorosa, supongo. El agotamiento me hace cojear más que de costumbre y los fuertes dolores de espalda que sufro desde hace algún tiempo no ayudan, pero ahora mismo, por menos que la mitad de mis órganos colgando fuera de mi cuerpo no abandonaría mi puesto para ir a ver un médico. Mi dolor de espalda puede esperar.
Otros lo encuentran terriblemente trágico, el que yo esté sufriendo de ese modo por ella. Alaban mi "conexión" con Katniss, mi empatía, mi dedicación en cuerpo y alma a velar por ella. Pero siguen sin darme todo el dinero que yo sé que podrían. La mayoría parece querer esperar a asegurarse que Katniss se recupere por completo antes de abrir sus bolsas repletas de Oros… o sus tarjetas de transferencias, ya que es raro que lleven dinero en efectivo encima, y de todos modos el dinero de patrocinio se maneja en forma digital. Al principio me costó aceptar que todo era virtual, que no había dinero contante y sonante cambiando de manos… pero una vez más, las cosas son diferentes en el Capitolio.
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Katniss por fin se despierta al tercer día. Está tiesa y sin duda adolorida, pero viva y de una pieza. Ningún otro tributo la encontró durante el tiempo que yació indefensa en ese hoyo repleto de hojas secas, y eso por sí solo ya es un pequeño milagro. Además de la bolsa de comida que llevaba Calila, la chica del Distrito 2 a la que mataron las rastrevíspulas, Katniss se hizo con un arco y un carcaj con una docena de flechas. Las cosas empiezan a pintar mejor para ella ahora que tiene su mejor arma.
Un par de horas después de despertar, Katniss ya abatió dos presas. Despellejó el conejo, desplumó el pájaro, destripó ambos y está asándolos con su acostumbrada eficiencia. Los comentaristas del Capitolio están extasiados ante el "instinto de supervivencia" de Katniss. Por supuesto, no falta la idiota de pelo teñido de verde y piel tatuada con dibujos de flores que llora por el pobrecito conejo, ni la estirada con piel lila y joyas incrustadas en los dientes que opina con la nariz fruncida que es muy poco femenino eso de dispararle a animales y destriparlos con las manos desnudas. Pero en general todos concuerdan que Katniss es valiente, fuerte, sabe conseguir comida, y hasta ahora demostró ser una luchadora. A los pobladores del Capitolio les gusta esto.
Un rato después, Katniss se hace de una aliada. Es la niña del Distrito 11, la pequeña Rue. Traté, hasta el momento, de pensar en ella lo menos posible, por lo mucho que me recuerda a Mellie, mi compañera de distrito el año en que fui tributo. Las dos parecen demasiado pequeñas, demasiado frágiles. Rue y Mellie no se parece demasiado físicamente fuera de que son niñas, su corta edad, su cabello oscuro y piel morena, pero eso es suficiente para causarme incómodos retortijones de culpa al recordar a la niña que no pude proteger.
Rue atiende las picaduras de Katniss, y Katniss le cura una quemadura con lo que queda de la crema. Las dos comparten la comida y conversan amistosamente. Aunque me alegra que Katniss tenga una amiga, ya sufro por adelantado por el momento en que esta alianza se acabe… porque no puedo imaginarme a Rue matando a Katniss, pero mucho menos puedo visualizar a Katniss asesinando a Rue.
Haymitch gruñe ante la alianza, pero no dice nada. Estratégicamente quizás no es el movimiento más adecuado, pero ambos sabemos que Katniss no tiene la mente fría de Haymitch ni la falta de escrúpulos de Nigel. Una alianza de este tipo era casi previsible, si conozco a Katniss tan bien como creo.
Después de comer, las dos chicas se acurrucan en lo alto de un árbol para pasar la noche. Están metidas en el mismo saco de dormir, buscando darse calor, haciéndose compañía, tratando de evitar pensar que están en medio de una lucha a muerte. Hablan en susurros durante la transmisión del himno, y aunque Haymitch gruñe de impaciencia, comprendo ese desesperado deseo que tener al menos la ilusión de privacidad cuando sabes que cada uno de tus movimientos está siendo monitoreado.
Katniss prueba los lentes que traía la mochila, y que recién ahí ella y yo venimos a enterarnos, gracias a Rue, que son para la oscuridad y no para el sol. Yo ni siquiera sabía que algo así existía, o les hubiese conseguido algunos pares a Katniss y Gale para cuando cazaban en bosque…
—Me pregunto quién más tendrá un par de éstos —comenta Katniss, mirando con atención alrededor.
Las cámaras tienen filtros que permiten ver a los tributos con claridad aún de noche, pero supongo que para quienes están en la arena, tener un par de estos lentes es lo más parecido posible a ver en la oscuridad.
—Los profesionales tienen dos, pero lo guardan todo en el lago. Y son muy fuertes —musita Rue, sonando muy pequeña y asustada.
—Nosotras también, aunque de una forma distinta —responde Katniss, segura.
—Tú eres fuerte. Eres capaz de disparar. ¿Qué puedo hacer yo? —pregunta Rue, triste.
—Puedes alimentarte —responde Katniss, sin dejar de otear los alrededores con sus recién descubiertos lentes—. ¿Y ellos?
—No les hace falta, tienen un montón de suministros.
Rue tiene razón. A pesar del tiempo que pasó desde que los Juegos empezaron, los profesionales apenas consumieron un poco más del 8% de sus reservas, de acuerdo a las pantallas. Esperar a que los profesionales consuman sus suministros y atacarlos cuando estén débiles no funcionaría.
—Supón que no los tuvieran. Supón que los suministros desapareciesen. ¿Cuánto durarían? Es decir, estamos en los Juegos del Hambre, ¿no? —replica Katniss.
Algo en su tono me causa un cosquilleo. Ese tono tan tranquilo y casi indiferente de Katniss es siempre preludio de algo grande. La última vez que Katniss usó ese tono fue para contarme que había abatido un lobo que había estado robándole las presas de las trampas a Gale. Yo todavía estaba recuperándome del susto de saber que Katniss se había enfrentado a un lobo cuando, con total desparpajo, ella me ofreció la piel para una alfombra, al módico precio de cuatro décimos. Cuando le mencioné que los lobos suelen andar en jaurías y que si ella había matado a uno era muy probable que hubiese más sueltos por el bosque, ella se limitó a sonreír y a decir en ese tono que me dejaba tres pieles a diez céntimos.
Si Katniss usa ese tono para hablar de qué pasaría si los profesionales no tuviesen comida, los profesionales harían bien en echarse a temblar.
—Pero, Katniss, ellos no tienen hambre —observa Rue, pero parece expectante, como si adivinara que su aliada no está hablando sólo por hablar.
—No, es verdad, ése es el problema —reconoce Katniss, pensativa. Se quita los lentes, los guarda, y añade en ese tono:— Creo que vamos a tener que solucionar eso, Rue.
Las chicas se acurrucan en el árbol y se disponen a dormir. No sé muy bien qué tiene Katniss en mente, ni siquiera parece más que una idea abstracta y general, pero verla planeando un movimiento tan estratégico me enorgullece y asusta a muerte a la vez.
Por un lado, quitarles la seguridad y tranquilidad que supone una pirámide de comida segura y custodiada a unas personas entrenadas para ser máquinas asesinas desde que sabían hablar y caminar es la mejor forma de equilibrar el terreno de juego, quizás hasta ganar ventaja sobre ellos, que son muy buenos peleando pero no saben cazar animales ni qué plantas son comestibles.
Por otro lado, enemistarse tan abiertamente con ellos es garantía de ensañamiento y de una muerte cruel y dolorosa si llegan a capturar a quien les quitó el privilegio del control sobre los suministros.
Sólo quisiera que hubiese una forma de que Katniss los derrotara sin ponerse en peligro…
A todo esto, se me ocurre preguntarme, ¿qué es de la vida de Nigel? Si Katniss ya lleva todo el día despierta, cabría suponer que él también. Desvío por primera vez la vista de ella para buscar la pantalla que lo muestra junto a los otros Profesionales, acurrucados alrededor de la fogata, tostando pan reseco. Ninguno de ellos tiene buen aspecto. Sin nadie para atender sus picaduras y sin el conocimiento que cuanto antes se extraigan los aguijones, tanto mejor, todos ellos tienen dolorosos bultos en distintas partes del cuerpo. Están callados y parecen malhumorados: es evidente que la fuga de Katniss, el perder a dos de los suyos, el dolor de las picaduras y pasar tres días sufriendo de alucinaciones no contribuyeron precisamente a crear un clima de algarabía.
Algo me dice que si Katniss llega a tener éxito en despojarlos de la comida, los profesionales no tardarán en volverse unos contra otros.
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Me despierta un cañonazo muy temprano a la mañana siguiente. De acuerdo a la repetición que muestra la pantalla frente a mí en cámara lenta, el chico del Distrito 10, llamado Derek, se acercó demasiado al campamento de los Profesionales, supongo que con la intención de robar sobras de comida. Cato despertó y atacó al chico, que intentó huir, pero al ser cojo no pudo escapar lo bastante rápido. Quince centímetros de espada clavados en su pecho acabaron con su vida, al menos piadosamente rápido.
Miro de reojo a Luke y Cathy, los mentores del Distrito 10, que están a nuestra izquierda al ser de los distritos pares. Ambos parecen entre cansados y resignados.
—Lo lamento —les digo en voz baja.
—Al menos fue rápido —responde Cathy, forzando una sonrisa. Luke sólo se encoge de hombros.
—¿Puedo preguntar… por qué cojeaba Derek? —me atrevo a preguntar.
—Polio —responde Luke, cerrando los ojos mientras el aerodeslizador se lleva el cuerpo del chico.
—Tuvimos una epidemia de poliomielitis hace ocho años en nuestro Distrito —explica Cathy con dolor—. Derek tuvo suerte, sólo cojeaba de una pierna. Muchos chicos murieron, y algunos quedaron inválidos, con las piernas deshechas… a algunos hasta les afectó los brazos… no quiero ni imaginarme qué pasará si alguno de ellos sale seleccionado en la Cosecha.
—Pero, ¿no hay tratamientos para eso? —pregunto, confundido.
—No en el Distrito 10 —suspira Cathy con amargura—. El Capitolio realizó una vacunación después de que se detectara la epidemia, pero no hubo nada que hacer para los que ya estaban enfermos.
—Señores, si me permiten recordárselo, están aquí para velar por sus tributos —nos recuerda un Agente de la Paz que de pronto está detrás de nosotros, respirándonos en la nuca.
Cathy y yo asentimos y nos separamos, pero me guardo esa información.
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Quedan nueve personas con vida en la arena: Glow y Marvel del Distrito 1, Cato del 2, Chip del 3, Finna la pelirroja del 5, Rue y Tsam del 11, Katniss y Nigel del 12. Cinco Profesionales, si contamos a Nigel y a Chip como tales, aliados y trabajando en equipo. Dos tributos trabajando en forma independiente, Finna y Tsam. Y otros dos tributos aliados para acabar nada menos que con los Profesionales, Katniss y Rue.
Nadie puede quejarse que no hay entretenimiento en estos Juegos, pienso con amargura.
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—Lo hizo —murmuro, casi sin poder creerlo—. Lo hizo.
—Seh —asiente Haymitch, impresionado; lo veo por el rabillo de ojo—. Sólo espero que no le haya costado demasiado caro.
Katniss acaba de hacer lo que no me atreví a considerar posible, ni siquiera cuando ella anunció que lo haría: destruyó la comida de los profesionales. La voló por los aires. Hizo explotar el montón. Detonó las bombas y pulverizó hasta el último trozo. Supongo que debería agradecerle a la chica pelirroja del Distrito 5 (nunca consigo recordar cómo se llama), que fue quien sin saberlo le mostró cuál era la trampa… y al chico del Distrito 3, que sin pretenderlo le dio a Katniss las armas para destruir los suministros de los Profesionales.
Veo con el corazón en un puño cómo Katniss escapa del escenario de destrucción, arrastrándose aturdida, con sangre manándole de la oreja izquierda e incapaz de ponerse de pie, pero con una sonrisa satisfecha al ver la pila humeante. Consigue esconderse justo a tiempo, debo decir, porque los profesionales llegan volando más que corriendo.
Cato, el tributo feroz del Distrito 2, tiene una rabieta de importantes proporciones al ver los destrozos. Si no estuviese pasando tanto miedo por Katniss, me reiría por lo ridículo que se lo ve, arrancándose los pelos, rugiendo de furia y dándole puñetazos al suelo. Supongo que es para combinar con Brutus, el mentor del Distrito 2, que cerca de nosotros en el Cuartel General de los Juegos también está gritando e insultando, furioso. Brutus es el único con una rabieta. Enobaria parece furiosa, pero fríamente contenida, mientras que Gloss y Cashmere susurran furiosos entre ellos. Todos los demás mentores tienen anchas sonrisas más o menos disimuladas. Todos disfrutamos de ver a los arrogantes Profesionales siendo burlados.
Glow y Marvel, los tributos del Distrito 1, rodean el lugar de la explosión, sin atreverse a acercarse a donde estaban las bombas, pero tratando de ver si consiguen encontrar algo que haya sobrevivido entre la pila de escombros. Nigel permanece un poco más atrás, evaluando el panorama, con aspecto serio y calculador. Temo por un momento que descubra a Katniss, pero Nigel está mirando mayormente hacia el lado opuesto del bosque de donde está Katniss, hacia el lugar del que salió el humo que los hizo abandonar su campamento.
El chico del Distrito 3 les advierte a los demás que se aparten. Luego arroja unas cuantas piedras al montón de chatarra, evidentemente para asegurarse que todas las bombas están detonadas. Lo están, por lo visto. Él, Marvel y Glow recorren el montón de restos humeantes buscando algo útil que haya sobrevivido a las explosiones, pero no parecen encontrar nada. Cato patea los restos, sin dejar de gruñir y maldecir. Nigel no se acerca. Permanece más lejos de los demás, con expresión pensativa.
—Nada —gruñe Marvel, frustrado.
—Un pedazo de metal abollado, comida quemada, astillas de madera —bufa Glow.
Cato, iracundo, patea lejos algo que quizás fue una lata de aceite. Al menos el sonido que hace es metálico, pero está tan ennegrecida y abollada que es difícil estar seguro. Sea lo que fuere que una vez haya contenido, lo cierto es que ya no se lo puede aprovechar.
—Bien hecho, Preciosa —musita Haymitch, satisfecho, a mi lado.
—Dependerán de sus patrocinadores para recibir comida de ahora en adelante —asiento, pensativo—. ¿Crees que sepan cazar?
—Animales, no —replica Haymitch en voz baja. Su tono impersonal me causa un escalofrío, no por último porque es cierto—. Realmente espero que no la atrapen. Antes la hubiesen asesinado, pero después de eso, la masacrarían.
—¡Todo esto es tu culpa! —vocifera Cato, con la cara enrojecida de furia, echando escupitajos hacia el chico flacucho y tímido del Distrito 3—. ¡Tu maldita trampa salió mal! ¡Inútil, estúpido, idiota…!
—¡La trampa estaba bien! —intenta defenderse, inútilmente, el otro chico—. Alguien debió detonar intencionalmente las bombas…
—¿Estás diciendo que alguien sabía cómo funcionaba? —ruge Cato, más feroz todavía que antes.
—¡Yo no…! —replica el otro, temblando.
—Corre —dice Cato de pronto.
—¿Qué?
—Contaré hasta tres. ¡Corre!
El chico, que acabo de recordar se llama Chip, da media vuelta y corre lo más rápido que puede. Cato cuenta hasta tres con un asqueroso tono de deleite, antes de correr hacia Chip; lo alcanza a los pocos metros, previsiblemente, y le rompe el cuello. Suena un cañonazo al tiempo que Cato deja caer sin consideración alguna al suelo el cuerpo. Considerando que es Cato, al menos se trató de una muerte rápida.
—¡Vamos! ¡Voy a matar a esa asquerosa cucarachita! —ruge, dirigiéndose a zancadas hacia el bosque.
—Cato, quien sea que haya hecho esto, está muerto —le dice Glow, con el ceño fruncido—. Mira cómo quedaron las cosas. Quien quiera que haya sido, está hecho pedazos.
—Tardamos un rato en llegar, el aerodeslizador tuvo tiempo de llevarse lo que sea que quedara del tributo que activó las bombas —asiente Marvel.
—¡No! ¡Fue esa mocosa del 12! ¡Estoy seguro! —ruge Cato, aún fuera de sí.
Los demás intercambian miradas que hablan de lo poco convencidos que están de esa teoría. A decir verdad, suena más razonable suponer que alguien activó las bombas por error y murió. Ojalá puedan convencer a Cato…
—Ese idiota —Marvel señala con la cabeza al chico muerto— armó mal la cosa de las bombas, seguro que se detonaron todas juntas cuando alguien se acercó a robar comida.
—Fue la 12 —escupe Cato, blandiendo la espada que siempre lleva encima—. En cuanto le ponga las manos encima a esa asquerosa rata, voy a sacudirla tan fuerte, ¡que creerá que es un terremoto! ¡Y después voy a destriparla como la rata que es!
—Debe haber sido uno de esos muertos de hambre del Distrito 11 —sugiere Glow.
—Lo veremos esta noche —completa Marvel, señalando al cielo.
—Apuesto a que era la chica del 11 —opina Glow—. Esa flacucha seguro que se estaba muriendo de hambre y quiso robarnos. Bien hecho que haya volado en pedazos.
—¡Fue la del 12! —grita Cato, maníaco, señalando al bosque con la espada—. ¡Voy a buscarla y a matarla! ¡La voy a cortar en pedazos! ¡La voy a despellejar viva…!
—¡La veremos esta noche! —insiste Marvel, señalando nuevamente al cielo.
—Sea quien haya sido, seguro que está muerto. Veremos esta noche quién fue —añade Glow, señalando al cielo ella también.
Toma un poco más de tiempo para que Cato se calme y deje de querer ir corriendo hacia el bosque a matar a Katniss. Desde luego, no la hubiese encontrado ahí, pero aún así…
—Fueron al menos dos personas trabajando en equipo —menciona Nigel de pronto—. Una encendió el fuego que nos distrajo, la otra voló la comida. Esto estuvo demasiado bien organizado para ser obra de una sola persona.
Los otros tres profesionales lo miran con sorpresa… y un poco de sospecha.
—Hasta me arriesgaría a decir que nos debieron espiar —sigue Nigel, reflexivo—. El chico —señala con la cabeza al tributo muerto— no sabía de esto, él no colaboró con el saboteador. Alguien espió el campamento, descubrió el truco y se valió de las mismas bombas que debían proteger la comida para destruirla.
—Qué bien informado que estás —sisea Cato, acariciando su espada.
—Por favor, es sentido común. No hay forma de que alguien haya encendido esas fogatas y luego haya venido corriendo hacia aquí sin que nos cruzáramos con él… o ella. No, alguien más tiene una alianza —opina Nigel.
Debo admitirlo, Nigel será un prejuicioso arrogante, pero no es estúpido. Él supo leer esta situación mucho mejor que sus aliados. Mientras los otros profesionales estaban chillando o asegurando que sólo tenían que esperar a lo que mostrara el cielo para saber quién había sido, él descubrió la trampa detrás de la explosión.
—¿Quiénes crees que hayan sido? —le pregunta Glow, reluctante.
—Supongo que los tributos del Distrito 11 —arriesga él—. Son del mismo distrito, deben confiar mínimamente el uno en el otro, y quizás tienen algún tipo de pacto de permanecer aliados hasta destruir la comida o algo parecido…
—¿Pero están vivos o muertos? —insiste Marvel.
—Quien encendió las fogatas está vivo —declara Nigel—. Quien detonó las bombas… no creo que viviera para contarlo.
—Eso no nos lleva más lejos —bufa Cato, irritado—. Vamos, así se llevan al muerto.
Los profesionales se alejan hacia el lago, el aerodeslizador llega silenciosamente y recoge el cuerpo del chico muerto. Cato fulmina con la mirada al cadáver mientras desaparece.
—Por favor, no te muevas, no te muevas —murmuro, mirando hacia donde está escondida Katniss, mientras Cato patea un par de cosas más, sin dejar de gritar de rabia.
—No creo que sea lo bastante idiota para moverse —masculla Haymitch—. Sobre todo, con lo de la oreja.
—¿Será algo serio? —pregunto, ansioso—. ¿Debería enviarle algo para esa herida?
—Chico, enviarle un regalo ahora sería lo mismo que prenderle una luz roja brillante en la cabeza —gruñe Haymitch—. Perder un poco de sangre no sería nada comparado con lo que le pasaría si ese mini Brutus la descubre —completa, señalando a Cato en la pantalla.
—No planeaba enviarle algo ahora —mascullo—. Pero la herida… —pregunto, ansioso—, ¿será alguna esquirla que le produjo un corte, o…?
—Me temo que eso pinta más a tímpano reventado —admite Haymitch, tomando una botella y quitándole la tapa—. Les pasa a veces a los trabajadores de las minas. No es tan frecuente, mueren muchos más por enfermedades respiratorias.
—¿Tiene arreglo? —pregunto en un susurro—. ¿Hay algo que pueda hacer?
—No. Necesitaría cirugía —gruñe Haymitch, dudando con la botella en la mano—. De otro modo, quedará sorda. Con suerte, es sólo una oreja.
Katniss… sorda de una oreja… con suerte, será sólo de una oreja… Me paso las manos por el cabello, arrancándome unos cuantos pelos de pura desesperación.
—¿Podrán arreglarla cuando los Juegos acaben? —pregunto, odiando lo débil que suena mi voz.
—Cuento con que sí —responde Haymitch, volviendo a colocarle la tapa a la botella—. Pudieron arreglar cosas mucho peores —no sé por qué, se lleva una mano a su propio vientre—. Calculo que podrán repararle el oído —dice, dejando la botella otra vez en el suelo. Sin beber una gota.
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Cae la noche. Los profesionales de pronto son muy cuidadosos de repartirse la poca comida que llevan encima, y que es todo lo que les queda.
Suena el himno. Aparecen en pantalla Chip del Distrito 3, y Derek del Distrito 10. Floritura musical final, sello, y hasta mañana.
Ni Katniss ni los tributos del Distrito 11 están muertos. El saboteador sobrevivió.
Cato está casi temblando de furia contenida cuando le deja unos lentes para ver en la oscuridad a Marvel y se coloca los otros en la cara, al tiempo que Nigel prepara dos antorchas. Furiosos, hambrientos, ridiculizados y decididos, los profesionales se dirigen hacia el bosque, alejándose de Katniss, en busca de alguien en quien descargar su frustración.
