Cosas que me pertenecen: mi perro, el Destructor de Sobres, también conocido como Asesino Serial de las Facturas, y como el Indignado de los Precios de los Servicios Públicos… este pedazo de ser vivo destruyó a tal punto las últimas facturas de la luz y el teléfono que tuvimos que hacer imprimir de nuevo las facturas para poder pagarlas.
Cosas que no me pertenecen: los derechos de autor de Los Juegos del Hambre. Qué le vamos a hacer… tendré que seguir escribiendo sólo por diversión y sin cobrar un centavo.
Mis disculpas por no responder a los reviews, pero el tiempo no me alcanza para nada y por estos días ni siquiera estoy durmiendo suficiente. Prometo que en cuanto mi vida se calme un poco, pongo las cosas en orden. Mientras tanto, gracias por leer.
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Capítulo 18: El discurso de la Chica en Llamas
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Seeder se acerca a donde estamos Haymitch y yo. Tiene los ojos enrojecidos y señales de haber llorado, algo que no me sorprende.
—Lo lamento —le digo en voz baja, sin que haga falta entrar en detalles. Tomo su mano y le doy un pequeño apretón, una pequeña señal de apoyo.
—Al menos no estuvo sola —musita ella con una pequeña sonrisa triste, devolviéndome el apretón y soltándome rápidamente ante el ceño fruncido del Agente de la Paz más cercano.
—¿Cómo está Chaff? —le pregunto, mirando de reojo hacia el mentor masculino de su Distrito, que está mirando hacia las pantallas con aspecto de no ver nada de cuanto está ocurriendo.
—Destrozado —admite ella con un suspiro—. Chaff había estado ocupándose de ella. Él pretenderá que nada de esto le importa, pero…
No hace falta que complete la frase. Chaff no es un tipo sentimental y pretenderá que esto no lo afecta demasiado, pero todos sabemos que ver morir al chico que tenías a cargo te destruye. Haymitch, sin decir palabra, toma una de las botellas de vino que tiene a su lado, se levanta un poco trabajosamente y va hacia Chaff. Seeder y yo observamos como le pone una mano en el hombro a su viejo amigo, y sin decir palabra le tiende la botella. Chaff asiente. Haymitch se deja caer en la silla que está junto a Chaff, la que habitualmente ocupa Seeder, destapa la botella y se la tiende a su amigo. Chaff vacía media botella a grandes tragos, mientras Haymitch observa las pantallas en silencio, dejando tranquilo a su compinche.
—Pero no vine sólo a cosechar condolencias —dice Seeder, enderezando los hombros y levantando la cabeza—. Queremos enviarle algo a Katniss.
La miro, sorprendido. El que un Distrito quiera enviarle algo a un tributo de otro Distrito es algo que jamás se me hubiese ocurrido.
—Tenemos la aprobación de nuestro Distrito. Queremos enviarle una hogaza de pan del Distrito 11 a Katniss… en agradecimiento —explica Seeder, con emoción contenida en la voz—, por no... no abandonar a su aliada.
—A su amiga —le digo en voz baja, con una ligera sonrisa, que ella me devuelve.
El trámite es bastante simple, aunque no demasiado rápido. Los Organizadores de los Juegos parecen confundidos y un tanto atónitos de que un Distrito quiera enviarle un regalo a un tributo que no es el suyo. En realidad, regalarle algo a un tributo que no es de su Distrito es algo que los Distritos tienen prohibido, ya que según parece hubo una ocasión en que alguien lo usó para delatar la posición de un tributo rival. De manera que el Distrito 11 pone el dinero para que el Distrito 12 le envíe una hogaza del tradicional pan del Distrito 11, en forma de medialuna y salpicado de semillas, al tributo del Distrito 12. Complicado, pero no tanto.
Ya está atardeciendo cuando por fin el trámite está aprobado. Para esa hora Chaff está completamente borracho, roncando con ganas en su sillón de mentor, mientras que Haymitch, casi sobrio, se las arregla para mantener un ojo en los tributos del Distrito 12 y en el que le queda al Distrito 11, al menos hasta que Seeder y yo regresamos de completar el trámite y lo relevamos.
Katniss se subió a un árbol y está preparándose para dormir, con expresión vacía y movimientos mecánicos. Aprieto el botón y segundos después un paracaídas plateado baja suavemente hacia donde está Katniss. Ella lo toma con algo de sorpresa, como si no acabara de entender por qué está recibiendo un regalo justo ahora, y lo desenvuelve. Su cara pierde la expresión pétrea, y una mezcla de dolor, emoción, respeto y unas cuantas otras emociones aparecen en el rostro de Katniss. Ella levanta la cara, de modo que una cámara cercana puede enfocarla perfectamente.
—Mi agradecimiento a la gente del Distrito 11 —dice en voz firme y clara, a la vez que educada.
Se acurruca en su bolsa de dormir y empieza a darle mordisquitos al pan. Pero sé que no se va a dormir todavía. Katniss tiene el ceño fruncido, del modo que sólo lo tiene cuando está pensando obsesivamente en algo. Solía tener esa expresión un horroroso montón de tiempo antes de la última Cosecha, cuando Gale y ella buscaban maneras de ayudarme. Los dos trataban de ser sutiles, pero para ser dos cazadores tan sigilosos, los dos son más o menos tan sutiles como una bolsa de harina reventándosete en la cara. Sé que tenían buena intención y que estaban esforzándose en ayudarme sin mencionar el tema constantemente, por eso nunca les dije nada, pero la verdad fue que nunca estuve a oscuras del hecho que los dos estaban tramando algo. Hasta sé que Gale planeaba algo con el tren, supongo que inutilizarlo; aunque debo que admitir que sólo sé lo que Katniss intentaba porque Gale me lo dijo en nuestra última conversación telefónica.
Volviendo a Katniss, ella dejó de comer el pan que aún tiene en las manos. Ahora lo está mirando con el entrecejo severamente fruncido. Algo está molestándola, y mucho. Por fin se sienta en su escondite en el árbol, levanta la cabeza, mirando hacia la nada, y su expresión se suaviza.
—Peeta… —menciona en voz baja—. ¿Recuerdas cuando hablamos sobre los tipos de pan de cada Distrito? Habías hecho una muestra, una hogaza del pan típico de cada Distrito. Estaban esos esponjosos bocaditos muy blancos del Capitolio, unos bizcochos cuadrados del Distrito 3… unos panes con unas algas verdosas y sal de mar, raros pero muy ricos, con forma de pez, del Distrito 4… los en forma de medialuna del Distrito 11, con semillas de sésamo, chía y girasol… los de harina de centeno, marrones y planos, de nuestro Distrito 12… y había otros de los que no me acuerdo…
Sonrío ligeramente. Sí, me acuerdo. Katniss había dicho que el pan es pan, "aquí o en la China", un viejo dicho heredado de su padre que ella no estaba segura a qué se refería exactamente pero que quería decir que algo no variaba de ninguna manera. Para probarle que es totalmente posible variar algo tan universal como el pan, yo había hecho un muestrario de todos los tipos de pan tradicionales de cada Distrito; ella renuentemente había tenido que darme la razón.
—Decías que los panes son diferentes porque los Distritos tenemos costumbres y tradiciones distintas, aunque en esencia, todos los tipos de pan siguen siendo pan, un alimento básico que no se le debe negar a nadie, nunca —sigue Katniss, pensativa, mirando el pan medio comido que tiene en las manos—. ¿Recuerdas cuando me salvaste la vida dándome pan?
Frunzo el ceño de sorpresa, inseguro de cuándo le salvé yo la vida a Katniss. Más bien todo lo contrario, ella y Prim salvaron la mía.
—Fue a los pocos meses de que mi papá muriera en el accidente de la mina —sigue ella—. La pequeña cantidad de dinero que nos habían dado se nos había acabado, mi mamá… estaba enferma… y la medalla que conmemorativa que habíamos recibido no nos servía para comer —recuerda Katniss con voz algo dura—. Pasaban los días, e incluso racionando severamente lo poco que nos quedaba, llegó un día en que no teníamos nada que comer. Nada. Ni una migaja. Recuerdo bien que estómago me rugía de hambre, y yo no tenía nada que llevarme a la boca, ni tampoco lo tenían Prim ni mi madre enferma. ¿Lo recuerdas? —insiste ella—. Prim tenía siete años. Yo, once, y las dos sabíamos que íbamos en camino a morirnos de hambre.
Trago un nudo en la garganta. Esa Katniss casi esquelética, prácticamente moribunda, aún me visita en mis pesadillas a veces.
—Traté de vender algunas ropas de bebé de Prim. Era un día de lluvia, nadie me hizo caso, no conseguí ni una moneda… estaba aterrada de volver a casa y ver a mi madre y mi hermanita tan consumidas, tan… agonizantes. Intenté lo que yo me había propuesto no hacer nunca… revolví un contenedor de basura, en la esperanza de encontrar algo mínimamente comestible, ya no para mí, sino para ellas. El contenedor estaba vacío —sigue Katniss, antes de fruncir el ceño—. Entonces se asomó a la puerta la dueña de la casa, y me echó. Me gritó que me largara, que si quería que llamase a los Agentes de la Paz, y que estaba harta de que los mocosos de la Veta escarbaran en su basura.
»¿Sabes cómo es morir de hambre? No es una muerte agradable ni pacífica. Lo sé, yo casi estuve ahí. Sé lo que se siente —afirma Katniss con voz hueca—. Primero tienes hambre. Mucha, mucha hambre. Te duele el estómago de hambre, te ruge, se te contrae dolorosamente cuando ves a alguien más comiendo, o cuando hueles comida. Después, llega un punto en que ya no tienes hambre. Sólo estás débil. Muy débil, sin fuerzas, sin ganas, sin interés, sin esperanzas… casi no puedes pensar, todo duele, todo supone un esfuerzo demasiado grande. Te cuesta cada vez más estar despierto, y finalmente, un día, ya no despiertas. Caes en coma, y finalmente te mueres. Todo eso no es rápido, puede tomar semanas… tienes semanas de tiempo para que alguien lo vea y te ayude, pero muchas veces nadie te ayuda. Lo he visto.
La sala de mentores está en el más completo silencio. No vuela una mosca. Todos están pendientes de las palabras de Katniss, escuchándola con completa atención. Por entre la puerta entreabierta que está a mi derecha, escucho una discusión furiosa.
—¡Saquen eso ahora mismo! ¡No puede estar diciendo esas cosas! ¡Pasen a otro tributo AHORA! —ordena una voz masculina, muy enojada.
—Señor, ¡está marcando un pico histórico de rating! No podemos cortarlo ahora… —discute otra voz, entusiasmada.
—Mi mamá es sanadora. ¿Sabes cuántas veces la gente le lleva alguien enfermo y desnutrido, al que ella tiene que prescribirle lo único que no pueden darle: más comida? Esa gente se muere —sigue diciendo Katniss, en tono mortalmente serio—. Es gente a la que nadie le ayuda… si no mueren de hambre, al estar tan débiles, contraen alguna otra enfermedad. Gripe, tos ferina, hepatitis, neumonía, mononucleosis, meningitis, diarrea… y acaban muriendo de todos modos.
—¡No me importa si hasta los perros están mirando ahora, sáquenla del aire YA MISMO! —ruge la voz enojada.
—¡Sólo llamará más la atención! —advierte la otra voz—. ¡Si la sacamos del aire, será evidente que no queremos que se sepa esto! Es mejor restarle importancia…
—¡Es que no queremos que se sepa esto! —ruge la voz del principio—. ¡Panem es un gran país en el que nadie muere de hambre, ese tributo no puede andar diciendo esas cosas! ¡Es alta traición a la Patria!
—Yo al menos no estaba enferma —sigue Katniss, ajena a la discusión que viene de la Sala de Controles, donde se decide qué material recogido por las cámaras de la arena se envía al aire—. Pero aún así, estaba muriéndome de hambre. Cuando vi que ni siquiera en ese contenedor de basura podía encontrar algo, y cuando la mujer me echó… caí en la tercera etapa, cuando ya casi no estás lúcido y cuesta mantenerte despierto. Ya no tenía fuerzas… y me rendí —admite ella en voz baja—. Me rendí. Reconocí que había fracasado en tratar de mantener con vida a lo que quedaba de mi familia. Yo misma ya no tenía fuerzas ni esperanzas. Simplemente me rendí.
Pese a que sé que Katniss no murió entonces, no puedo evitar el nudo de miedo que me oprime el estómago. Los gritos que vienen de la habitación de la derecha no ayudan a tranquilizarme.
—¡Pasen a cualquier otro tributo, no me importa si es uno que está orinando o metiéndose los dedos en la nariz, pero sáquenla del aire AHORA! —ruge la voz masculina, ya frenética de furia y desesperación.
—Señor, los otros tributos están durmiendo… —se atreve a mencionar el defensor del rating.
—Me dejé caer bajo el árbol más cercano, un pequeño manzano, y me propuse a esperar la muerte ahí —continúa Katniss—. Sentí que ya no podía faltar mucho para que me llegara la hora… estaba lloviendo… y de pronto oí a la misma mujer gritándole a su hijo, llamándolo un crío estúpido y diciéndole que era un inútil y una desgracia como hijo. Por entre la lluvia un chico rubio, al que sólo conocía de vista porque estaba en mi curso de la escuela, se asomó a la puerta… y me arrojó dos panes —rememora Katniss con una sonrisa muy suave—. Recuerdo con toda claridad su cabello rubio y el feo verdugón que tenía junto al ojo… era evidente que alguien lo había golpeado, y fuerte. Pero más que todo eso, en ese momento me importó el pan. Dos grandes hogazas de pan bueno y sabroso, con pasas y nueces, justo ahí a mis pies, con sólo unas cuantas marcas de quemaduras. Mientras tanto, su madre le gritaba que era un estúpido y que se lo echara al cerdo, porque nadie decente querría ese pan quemado. El pan estaba perfecto, sólo un poco chamuscado, pero aún caliente y bueno.
—Cámbialo —gruñe con cansancio el hombre de la Sala de Controles.
—¿Ahora? Creo que pasó el peligro —se atreve a opinar el otro.
—Me lo metí bajo la camisa y lo llevé a casa —dice Katniss con una nota de alivio en la voz—. Mi hermanita quiso tomar un trozo y empezar a devorarlo, pero yo sabía que eso nos haría enfermar y vomitarlo, después de tanto tiempo comiendo poco y nada; entonces la hice sentarse, conseguí llevar a mamá hasta la mesa, preparé té de menta para todas y lo serví junto con el pan cortado en rodajas. Después de rasparle un poco las partes ennegrecidas, el pan estaba perfectamente comestible, e incluso delicioso. Nos comimos un pan completo en pequeños bocados esa noche, y por primera vez en mucho tiempo nos fuimos a la cama con el estómago lleno.
—Pasó el peligro, señor —comenta el que estaba en contra de sacar a Katniss del aire.
—Eso crees —bufa el otro—. Esto nos va a costar caro.
—No entiendo —dice el primero, con lo que me suena a honesta sorpresa.
—No me sorprende —gruñe el que quería sacar el discurso de Katniss de la emisión.
—A la mañana siguiente, la lluvia había terminado, el cielo estaba despejado, y se podía empezar a sentir el principio de la primavera en el aire —narra Katniss, mirando fijamente el trozo de pan que tiene en sus manos—. No fue hasta ese día, cuando yo ya había recuperado la lucidez y pude empezar a pensar las cosas, que comprendí que él había quemado el pan a propósito para dármelo. Vi otra vez al chico rubio en la escuela. El verdugón había derivado en un ojo morado y una fuerte hinchazón en la mejilla y todo el costado de la cara. Había soportado un buen golpe, además de muchos gritos, para ayudarme, y lo había hecho a sabiendas que lo castigarían. Alguien había sabido que yo estaba muriendo de hambre, me había visto, y había intervenido. Al hacerlo, nos salvó la vida, a mi madre, mi hermana y a mí.
Katniss levanta la cabeza, mirando hacia un punto indefinido, pero la cámara consigue captar su rostro claramente cuando dice las siguientes palabras.
—Peeta, te debo mi vida y la de mi familia. Sin ese pan, yo me hubiese rendido, me hubiese muerto de hambre, y mi hermana y mi madre conmigo. Me diste dos panes, pero también me diste esperanza. Me diste vida. No te lo dije antes, pero gracias, Peeta. Gracias Distrito 11 por darme vida y esperanza. Prometo honrar la memoria de Rue como ella merece —concluye Katniss, guardando la última mitad del pan y arrebujándose en su bolsa de dormir.
El silencio dura dos segundos más, antes de que todos los mentores de la sala estallen en conversaciones en voz tan baja y tan frenética que suenan como zumbidos. Miro a Haymitch, que se está agarrando la cabeza con las dos manos.
—Eso —dice señalando la durmiente figura de Katniss en la pantalla— en donde yo vivo lo llamamos suicidio. Lo que esta chica acaba de hacer es buscarse motivos para que no sólo los otros tributos de la arena, sino incluso los Organizadores de los Juegos, quieran verla muerta lo antes posible. Chico, olvídalo. Necesitaremos una tonelada de milagros para sacarla con vida de la arena.
La pantalla que señala la llegada de potenciales patrocinadores empieza a titilar.
—El primer milagro ya llegó —murmuro, poniéndome e pie y dirigiéndome al centro de la sala.
Un hombre de cabello azul y una tupida y larga barba del mismo color está esperándome, casi diría que ansioso. Viste un uniforme simple, una túnica azul con bandas grises en los hombros.
—Buenas noches —me dice estrechándome la mano ni bien llego lo más rápido posible hacia donde está él, ignorando los dolores de mi espalda—. No tengo mucho tiempo. Soy el Jefe del Laboratorio de Genética de los Juegos.
Asiento sin entender del todo qué tiene que ver eso con Katniss o conmigo. Al ser parte implicada en el desarrollo de los Juegos, este hombre no puede auspiciar tributos.
—Soy el coordinador del equipo que crea las mutaciones —confiesa en voz más baja.
Asiento secamente. Los mutos son siempre horrorosos, y pensar que este hombre ayudó a crear los zorros árticos mutos que devoraron a algunos tributos el año que yo fui el último superviviente de los Juegos (me niego a decir que gané los Juegos) no ayuda a hacerlo más simpático a mis ojos. Además, el que esté aquí ahora significa que evidentemente el laboratorio está trabajando otra vez, y eso no me alegra para nada.
—También soy el padre de Lavinia —añade en voz más baja.
Me lleva un momento conectar el nombre con la cara. Oh, la chica Avox pelirroja que Katniss reconoció… la amiga de la chica de pelo y cejas amarillas, a la que trato de ya no llamar Huevo Frito.
—No puedo auspiciar a nadie en los Juegos, pero puedo hacer algo mejor —sonríe ligeramente, lo deduzco por el movimiento de su barba—. Hice a tu chica inmune a los mutos. Alteré el código genético de las mutaciones para que no la ataquen. La perseguirán, para guardar las apariencias, pero no le pondrán una pata encima. Lo juro.
Abro y cierro la boca varias veces, como un pez fuera del agua. Casi no puedo creerlo. ¿Realmente Katniss acaba de librarse del peligro de los mutos?
—¿En… serio? —es todo lo que me sale decir.
—En serio. No bromearía con algo como eso —me asegura en tono amable.
—Yo… esto… es… yo… gracias —tartamudeo por fin, demasiado perplejo para articular algo más elaborado.
—De nada. Te lo debía. Me devolviste a mi hija —dice en voz baja, pero emocionada—. Compramos su libertad, ya está en casa con nosotros. Gracias a ti, y a tu chica —echa una mirada a su reloj de pulsera, un ostentoso artículo dorado e incrustado de piedras preciosas—. Debo irme. Adiós.
Sin otra palabra, se da media vuelta y sale casi corriendo. Una vez más, me quedo atónito y sin siquiera un nombre que recordar con gratitud.
Con pasos lentos, todavía aturdido, regreso junto a Haymitch y me dejo caer sobre mi sillón.
—¿Decías que íbamos a necesitar una tonelada de milagros para sacarla viva de ahí? —le pregunto, notando lo rara que suena mi voz.
—Sí, eso está claro, esta chica se enemistó con Snow en persona y todo su gobierno —gruñe Haymitch, masajeándose las sienes, como queriendo ahuyentar una jaqueca.
—Bueno, creo que acabamos de conseguir media tonelada —le respondo.
Haymitch me mira entrecerrando los ojos, pero no hace preguntas. Es demasiado astuto como para arriesgarse a que algo llegue a los oídos equivocados.
Observo las pantallas. Katniss está acurrucada en su bolsa de dormir sobre el árbol, y si todavía no está durmiendo, no le falta mucho. Nigel se hizo una bolita bajo unos arbustos cerca de donde fue herido, y parece estar tratando de conciliar el sueño. Tsam, el tributo masculino del Distrito 11, se armó una especie de nido–madriguera en los campos de grano y está adormilado dentro de su escondite. La chica pelirroja del Distrito 5 se acurrucó en un tronco hueco y también parece estar tratando de dormir. Cato y Glow están cada uno en una tienda de campaña, metidos en sus respectivas bolsas de dormir, dando sacudidas y girándose de un lado al otro. No comprendo qué les pasa, hasta que escucho rugir el estómago de Cato. Oh… tienen hambre.
En eso, empieza a sonar el himno y el sello del Capitolio aparece en el cielo. Es el recuento diario de muertes para los tributos. Aparecen Marvel del Distrito 1, sonriendo arrogantemente, y Rue del Distrito 11, sonriendo con timidez. Unas últimas notas musicales, el sello, y fin por ese día.
Katniss se acurruca más en su bolsa de dormir, como si quisiera aislarse. La chica pelirroja del Distrito 5, cuyo nombre siempre olvido, parpadea con interés antes de volver a esconderse. Nigel sonríe ligeramente al ver a Marvel en la lista de muertos, mientras que no reacciona ante Rue. Tsam no mueve un músculo al ver el rostro de Marvel, pero una expresión de intenso dolor recorre su rostro al ver a Rue. Glow abre la boca de incredulidad al ver a Marvel entre los muertos de ese día, mientras que Cato aprieta ambos puños… pero ambos pierden completamente la compostura cuando el otro tributo muerto es Rue y no Nigel.
—¿Cómo puede ser? —susurra Glow, atónita, asomándose a su tienda de campaña.
—Doce mató a Marvel —masculla Cato, lívido, saliendo de la suya—. Es obvio, lo traicionó. ¡Seguro que se alió con la Doce, y entre los dos mataron a Marvel y a la otra niña!
—Marvel era un buen luchador —musita Glow, aturdida, saliendo de su tienda de campaña—. ¿Cómo puede ser?
—Eran dos contra uno —gruñe Cato, alimentando la fogata que arde entre ambas tiendas de campaña—, lo agarraron por sorpresa… esos malditos del Doce… estaban aliados desde el principio… hasta deben tener un plan para llegar hasta el final, al menos uno de ellos… se pusieron de acuerdo para destruir nuestras cosas, ¡por supuesto! —exclama Cato, con toda la apariencia de acabar de caer en la cuenta del maquiavélico plan de Nigel y Katniss—. El Doce le dijo a la chica cómo hacerlo, y ella se ocupó de llevarlo a cabo… él fingió que eran los del Distrito 11, ¡nos estuvo mintiendo todo el tiempo! —ruge, enfurecido.
Debo admitirlo, planteado así, la teoría de Nigel y Katniss trabajando en equipo tiene sentido. No veo cómo encaja la entrevista de Nigel en este esquema, pero…
—Pero, ¿y la entrevista? —pregunta Glow, insegura, acercando sus manos a las llamas—. El Doce dijo en su entrevista que la chica se acostaba con su mentor… la delató…
—Pppfff, seguro que era un trato para llamar la atención sobre ella —descarta Cato, enojado—. El Doce fingió delatarla, pelearse con ella, para poder infiltrarse con nosotros… —Cato está casi temblando de cólera apenas contenida, mientras también se acerca más al fuego—. Entonces planeaba aniquilarnos de a poco. Primero Rick, luego Calila y Cora, después las provisiones, ahora Marvel…
Glow parece más y más convencida cuanto más habla Cato; su expresión de aturdimiento pasa a una de furia.
—Yo quiero al Doce —gruñe Glow.
—Ni hablar. Es mío. Yo descubrí su plan, es mío —bufa Cato.
—Ya tienes a la chica del Doce —le reprocha Glow—. Déjame al Doce a mí. Puedes picarla en pedacitos a ella cuando la encontremos, pero déjame el Doce —exige—. Prometo dar un buen espectáculo.
Los dos negocian arduamente. Cato no está del todo dispuesto a ceder y dejarle Nigel a Glow, pero ella le recuerda todo el tiempo que él ya tiene a Katniss y que es justo que ella se quede con Nigel. La indiferencia con que los dos Profesionales se reparten los tributos a matar, como si fuesen pasteles que dividir y no personas que están discutiendo matar, me da un escalofrío.
Cato y Glow aún no se pusieron de acuerdo cuando de pronto todas las conversaciones de la Sala de Mentores se apagan. Quito la vista de la pantalla y me giro hacia el centro de la habitación, donde un sexteto de Agentes de la Paz de expresión pétrea y armados hasta los dientes va marchando, sin quitar la vista del frente, hacia la puerta que está a mi derecha. La que lleva a la Sala de Controles.
Los Agentes de la Paz desaparecen por la puerta. Escucho un murmullo de voces, pero nada muy claro, venir de ese lado, mientras de fondo sigo oyendo a Cato y Glow discutir quién tiene más derecho a matar a Nigel y cómo lo haría cada uno de ellos. Por fin, los Agentes de la Paz salen escoltando a dos hombres. Uno es un fulano completamente desconocido, de cabello muy lacio color turquesa, mientras que el otro probablemente sea el segundo hombre más temido y odiado por los Mentores, después del Presidente Snow en persona: Seneca Crane, el Jefe Organizador y Supervisor de los Juegos del Hambre. Mientras que el de pelo turquesa parece despreocupado y hasta sonriente, Crane tiene una expresión de temerosa amargura. Los Agentes de la Paz se los llevan a ambos.
Haymitch me mira sin decir palabra, sólo enarca las cejas. No hace falta que diga nada. Cuando el Capitolio está dispuesto a castigar a sus propios ciudadanos, un pobre habitante de los Distritos tiene pocas esperanzas.
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Despierto casi esperando alguna catástrofe en la mañana siguiente. No sé qué exactamente, pero mi mente se había pasado buena parte de la noche conjurando imágenes de inundaciones, más incendios, aludes, huracanes y montones de otros desastres. Por suerte, la arena parece igual que siempre, con Katniss embotellando agua y desenterrando unas raíces acuáticas, que deben ser comestibles si ella las está recogiendo.
Los otros tributos tampoco están haciendo nada excepcional. Básicamente, todos están tratando de sobrevivir.
A media mañana, Katniss derriba dos pájaros grandes, y tras limpiarlos y desplumarlos, enciende un fuego y empieza a asarlos, junto con las raíces. No me pongo a gritarle a la pantalla porque sé que no serviría de nada, pero quisiera sujetarla de los hombros y sacudirla hasta meterle un poco de sentido común en esa hermosa y terca cabeza suya. ¿Cómo puede ser tan descuidada de encender un fuego en pleno día, a plena luz, a simple vista?
Sin embargo, esconderse a plena vista parece ser la estrategia adecuada en este caso. Aunque Katniss se la pasa aferrada a su arco y sus flechas, ni un tributo se acerca. La pelirroja del Distrito 5, el chico del Distrito 11 y Nigel prefieren esconderse o mantenerse alejados al ver la columna de humo subir desde ese rincón del bosque. Cato y Glow se convencen que son Nigel y Katniss tratando de tenderles una trampa, y fanfarronean sobre cuánto más inteligentes son ellos al no caer en ese truco.
El día termina sin muertes ni enfrentamientos. Haymitch tomó una larga siesta esta tarde, de modo que él vigilará durante la noche, en la que él prefiere no dormir, y me dejará descansar a mí mientras esté oscuro. Después de un día tan agitado ayer y uno tan tranquilo hoy, algo grande debe estar a punto de irrumpir en la arena. No sé qué es y no quiero arriesgarme a hacer conjeturas, pero sé que probablemente no me guste lo que sea que vaya a pasar mañana. Ya que no puedo detenerlo, al menos voy a tratar de estar lo más descansado posible para hacerle frente.
Casi al anochecer, al menos de acuerdo a las pantallas ya que no tenemos ventanas, la puerta de la izquierda se abre de nuevo. Los mismos Agentes de la Paz de la noche anterior ingresan en idéntica severa formación. Entre medio de ellos traen a un Seneca Crane muy pálido, muy cansado, con andar muy tieso y con aspecto de estar tratando de ocultar una cojera. Atraviesan la sala, dejan a Crane en la Sala de Controles y vuelven a salir.
Del sujeto de pelo turquesa nunca más volvemos a saber nada.
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