Ni siquiera voy a tratar de disculparme por la demora…
Cosas que me pertenecen: la convicción que jamás voy a perdonarle a Noé haber embarcado en el arca una pareja de mosquitos.
Cosas que no me pertenecen: los derechos de autor de la saga Los Juegos del Hambre. Nop. Siguen sin ser míos. O sea, que no cobro un centavo, y encima me siento mal por hacer esperar a mis lectores.
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Capítulo diecinueve: Redención
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No pasa gran cosa durante el día siguiente. Básicamente, los tributos están sobreviviendo lo mejor posible. Katniss caza, recoge frutas y raíces, purifica agua, y en general tiene físicamente buen aspecto, mientras que Cato y Glow están cada día más flacos y malhumorados.
Nigel resultó ser astuto a la hora de conseguir comida: el primer día después de ser herido, trató de clavarle la lanza a un conejo de estaba mordisqueando unas plantas cerca de donde Nigel se hallaba. El conejo desde luego lo escuchó y escapó, pero cuando fue a buscar el lugar en que la lanza se había clavado en el suelo, Nigel notó que el conejo había estado mordisqueando unos pequeños frutos rojos que colgaban de una planta cercana. Acertadamente, Nigel dedujo que lo que no era venenoso para el conejo tampoco lo sería para él, y se llenó el estómago. No es una dieta muy variada, pero le permite conservar fuerzas, que es más de lo que puedo decir de varios de los otros tributos.
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Somos vigilados constantemente. Desde que Katniss dio su discurso, Haymitch y yo siempre tenemos algún Agente de la Paz respirándonos en la nuca, y no podemos intercambiar más de dos palabras con los otros mentores, aunque sea en voz alta y sobre temas completamente intrascendentes, sin que el que sea que nos esté controlando gruña algo o haga sonar el seguro de su pistola automática.
Los mentores que ya no tienen tributos en los Juegos han sido invitados a retirarse de la sala de mentores, algo que nunca antes en setenta y cuatro años de Juegos del Hambre había ocurrido. Esto comenzó planteándose como una opción, pero pronto derivó en la orden de que todos los mentores que ya no tuviesen tributos en los Juegos abandonaran la sala, con sólo permiso para regresar de visita, un máximo de media hora diaria, bajo estrecha vigilancia.
No es hasta la noche siguiente, cuando prácticamente todos los mentores que quedan están durmiendo y los Agentes de la Paz por una vez relajan un poco la vigilancia, que Haymitch y yo podemos hablar. Hablar entre nosotros dos ya es toda una hazaña a estas alturas.
—Gracias, Preciosa, por no sólo pintarte una bonita diana en medio del pecho, sino incluirnos en la lista de enemigos públicos número uno del Capitolio —le gruñe Haymitch a la pantalla que muestra a una Katniss profundamente dormida, elevando su botella como una especie de brindis burlón.
—Ella no lo entiende —trato de explicarle en susurros—. No entiende el efecto que ejerce en los demás.
—Dile eso a Snow —gruñe Haymitch, pasándose otra vez las manos por el cabello. Tiene todos los pelos parados de las veces que se pasó las manos por ellos en el último rato, presa del estrés. Estar bajo vigilancia lo irrita, y el tener que estar casi sobrio no ayuda.
—Katniss realmente no intentó hacer nada contra el orden público, la figura del Presidente ni contra la Patria —insisto—. Ella sólo… dijo lo que pensaba… dijo la verdad…
Hasta yo me doy cuenta de lo débil que suena esa defensa. Haymitch me mira con exasperación.
—Eso es más que suficiente para que te corten la lengua, Chico —masculla Haymitch, bajando la voz—. La verdad y la opinión son cosas que los líderes del Capitolio no quieren oír, en especial de labios de un tributo.
—Katniss no pretendía cometer alta traición —insisto, inútilmente.
—Lo que pretendía no importa. Importa que dijo lo que dijo, y cómo puede interpretarse eso —gruñe Haymitch, pasándose una mano por las mejillas sin afeitar.
—¿Cómo crees que lo interpreten? —me atrevo a preguntarle en voz baja.
—El Capitolio… —Haymitch hace una pausa, dudando—. Depende. Los líderes políticos leerán una denuncia social sobre la pobreza y la miseria de los Distritos, lo injusto de las diferencias entre los habitantes del Capitolio y los de los Distritos… y lo más peligroso de todo: el que esto apesta a rebelión.
Como siempre, la palabra "rebelión" me causa una punzada de miedo, pero también de emoción, y desde hace poco, determinación. No sé si una rebelión es exactamente buena idea, pero estoy cada vez más convencido que así como están las cosas, no pueden seguir tampoco.
—Los ciudadanos del Capitolio que no están involucrados ni interesados en política, eso es, la inmensa mayoría de ellos… —sigue Haymitch, reflexivo—… probablemente lean el discurso de la chica como una confirmación de todo lo que ya habías dicho antes sobre ella. Reforzarán su imagen de guerrera virginal, y advertirán que ambas historias coinciden, lo cual los hace perfectos el uno para el otro, y te coloca en el lugar ideal para ser quien domestique a ese ser semi salvaje y algo descontrolado que es la Chica en Llamas. La convertirás en un ser civilizado y correcto, algo que no podía esperarse de ella antes de este momento, porque es sabido que los habitantes de los Distritos son más bien cercanos a las bestias que a los seres humanos. Pero claro, como ya tienes dos años de contacto con el civilizado Capitolio, conseguiste superar la barbarie de tu Distrito y estás en buena posición para ayudarle a ella a hacer lo mismo.
Abro la boca con una mezcla de incredulidad, enojo, asombro y duda, antes de volver a cerrarla al comprender que no sé ni qué responder a eso.
—No estés tan sorprendido —me advierte Haymitch—. Palabras más o menos, fue bastante exactamente eso lo que Effie me dijo que opinaban ella y las amigas con que se había encontrado en la peluquería. Ahora bien, los habitantes de los Distritos… —Haymitch hace una pausa algo más extensa—. Probablemente lo lean como… esperanza. Alguien por fin dice la verdad, lo que nadie se atreve a decir pero que sucede todo el tiempo, lo que por fin alguien se atreve a denunciar.
Trago en seco. Es una responsabilidad enorme el ser el símbolo de esperanza para la mayor parte de los doce Distritos que forman la parte más desfavorecida del país.
—Pensándolo un poco —musita Haymitch, con aspecto muy pensativo, el ceño fruncido de concentración—, quizás… ella acaba de ponerse más a salvo que nunca.
Ahora sí que estoy perdido.
—¿Cómo? ¿No acabas de decirme que se enemistó con Snow en persona con ese discurso sobre el hambre? ¿Cómo puede ponerla a salvo ser el tributo que con más énfasis quieren ver muerto? —pregunto, honestamente sin comprenderlo.
—Si la matan, ella se convierte en mártir —explica Haymitch lentamente—. Lo único peor que tener un tributo rebelde es tener un tributo idealizado y cuasi santificado. Si la mantienen con vida, aún pueden volverla un instrumento a favor del Capitolio… pero si la matan, la convierten en una leyenda, un mito, una heroína.
—De manera que la mantendrán con vida, aunque más no sea porque les es más útil y más segura viva que muerta —concluyo.
—No necesariamente —replica Haymitch—. No pueden matarla ellos de un modo obvio, pero eso no significa que no puedan ponerle todas las piedras posibles en el camino… y facilitar las cosas para que algún otro tributo, muto o desastre 'natural' la mate…
Suspiro con cansancio. Ahí va mi relativa tranquilidad de que nada demasiado horrible podía pasarle a Katniss.
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Sigue sin pasar nada interesante al día siguiente, o al menos "interesante" en términos del Capitolio. Yo estoy al borde del colapso nervioso del temor de que en el momento menos esperado algo horrible pase, algo que mate a unos cuantos tributos y haga sufrir espantosamente a los otros. Inundaciones, olas de frío polar, volcanes, terremotos, sequías, plantas venenosas, animales salvajes… recuerdos de Juegos pasados y creaciones de mi imaginación se combinan para causarme pesadillas cuando duermo y miedo constante cuando estoy despierto.
Haymitch está bebiendo más que nunca estos días, apenas nos hablamos, y en general la tensión es tan severa que hasta los Agentes de la Paz nos evitan la mayor parte del tiempo.
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Al mediodía del segundo día sin muertos ni más sangre que la que está manando de las heridas mal vendadas de Nigel, el público está impacientándose. Finnick, que vino a vernos brevemente, nos advirtió que en las calles la gente (la gente del Capitolio, desde luego; seguro que en los Distritos todo el mundo está feliz de no tener que ver morir a nadie) se está quejando que falta acción en la arena. Una fuente le advirtió que es probable que suelten los mutos pronto, a más tardar mañana, antes que se cumplan tres días desde la última muerte. Sé que Katniss no debería correr peligro respecto a alguna jauría, enjambre, tropilla o manada (o lo que sea) de mounstrosos animales manipulados genéticamente, pero estoy lejos de quedarme tranquilo.
Al caer la tarde al fin ocurre algo que rompe con la monotonía y aleja, al menos temporalmente, la amenaza de los mutos. Cato y Glow, los tributos Profesionales que quedan, consiguieron descubrir a Tsam, el muchacho del Distrito 11, y lo acorralaron cuando estaba bebiendo agua del arroyo.
—¡Lo quiero vivo! —vocifera Cato—. ¡Él va a decirnos qué pasó con nuestras provisiones!
—¿Y darle la posibilidad de que escape? —replica Glow, furiosa—. Lo matamos y listo. ¿Qué más da quién explotó nuestros suministros?
—¡A mí me importa! Vamos a matarlo, ¡después de que confiese! —gruñe Cato a viva voz.
Tsam los escucha discutir con mucha atención, los ojos muy abiertos y la boca bien cerrada. En un momento en que Glow y Cato están particularmente enfrascados en su pelea a gritos, Tsam intenta escapar saltando por sobre las rocas que sobresalían del agua hasta la otra orilla. Casi lo hubiese logrado, si Glow no le hubiese arrojado una piedra; Tsam pierde el equilibrio y cae al agua, donde se hunde. Cato trata de sacarlo, sin dejar de maldecir todo el tiempo, pero tampoco quiere adentrarse demasiado en la correntada… aparentemente Cato no sabe nadar. Tsam no reaparece, y en cambio una sección del agua se tiñe de un tono rojizo.
—¡NO! —aúlla Cato, lívido de furia—. ¡Más te vale que salgas de ahí, idiota, porque si no, voy a matarte!
Tsam no se toma muy en serio la amenaza, o no está en condiciones de responder. Más probablemente lo segundo, considerando que momentos después suena el cañonazo que marca el deceso del muchacho del Distrito 11.
Cato y Glow se quedan muy quietos, sin moverse de sus sitios, Glow en la orilla y Cato sobre una de las rocas cercanas al centro del arroyo. Un sinsajo silba la advertencia que precede a la llegada del aerodeslizador, y unos segundos más tarde el aparato está levitando sobre un sector del arroyo corriente abajo, donde saca a Tsam del agua. De una herida en la cabeza chorrea agua rojiza… debió haber perdido la conciencia al caer y golpearse la cabeza con las rocas, lo que lo llevó a ahogarse. Aún si hubiese sabido nadar, no tenía ninguna oportunidad.
Me giro para mirar a Chaff y Seeder. Sé que probablemente no me dejarán ir a hablar con ellos, pero al menos quiero darles todo el apoyo, aunque más no sea simbólico, que pueda. Seeder capta mi mirada por un momento y me sonríe por un segundo débilmente, con cansancio, antes de que los Agentes de la Paz poco menos que los arrastran, a ella y a Chaff, fuera de la sala ahora que al Distrito 11 no le quedan tributos que supervisar. Chaff saluda con la mano en nuestra dirección, sin mirar, mientras bebe a grandes tragos de una botella no muy diferente de las que Haymitch tiene a su alrededor.
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Aunque el pensamiento es terriblemente egoísta, la muerte de Tsam sirve como ventaja, ya que nos da tiempo. Ningún tipo de muto es soltado en la arena esa tarde ni esa noche, algo que me tranquiliza y mucho.
Por otro lado, las apuestas suben como espuma. Quedan cinco tributos en la arena: Glow del Distrito 1, Cato del Distrito 2, Finna del Distrito 5, y Katniss y Nigel del Distrito 12.
Los favoritos son Katniss, Cato y Glow, en ese orden. Finna se las arregló para hacerse tan invisible que nadie la tomó en cuenta desde el principio, algo que creo es un error, porque la chica se las está arreglando para sobrevivir sin patrocinadores ni alianza, y eso es decir bastante. A Nigel, cuya herida lo hace moverse lentamente y con dificultad, la mayoría de los apostadores ya lo da por muerto.
Katniss es la gran favorita, aunque Cato le pisa los talones. Las habilidades de caza y recolección de Katniss la hacen especialmente atractiva como superviviente. Escuché a un comentarista lamentar que ella no se hubiese encontrado con otros tributos, porque así sería capaz de demostrar que puede eliminar a la competencia. Yo estoy agradecido de que ella no se haya encontrado en la encrucijada de tener que pelear o huir, que a estas alturas son sus únicas posibilidades.
Pese a que Katniss es excelente en supervivencia, Cato la aventaja en ferocidad y crueldad. Mientras que Katniss jamás dio muestras de disfrutar de eliminar a otros tributos (vaya un eufemismo para decir matar gente), ni planificó a viva voz cómo piensa matar a nadie ni fanfarroneó con todas las formas que conoce de quitarle la vida a otra persona, Cato es exactamente el opuesto.
Para quienes se deleitan en observar el presunto salvajismo de los tributos de los Distritos, Cato es un modelo a seguir. Para quienes prefieren el sigilo, la astucia y la discreción, Katniss es la tributo por excelencia.
Katniss gana por saber cómo alimentarse, Cato gana por saber mejor como matar gente de un modo doloroso y cruel. Si la gran pelea final llega a ser entre ellos dos, ese combate hará historia.
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Katniss y Nigel se encuentran por fin, cara a cara, casi cuatro días después de la tarde en que Rue murió y Nigel fue herido. Si el público esperaba un sigiloso rastreo, un rondarse el uno al otro como depredadores, o una encarnizada lucha a muerte preferentemente con gritos de guerra en cuanto uno de ellos viese al otro, quedaron seriamente decepcionados.
Para empezar, Katniss y Nigel prácticamente se tropiezan el uno con el otro. Nada de seguir las, para el inexperto público, invisibles pisadas y rastros del otro por la espesura. El encuentro se produce casi por casualidad. Nigel está junto a un árbol, con la espalda apoyada en el tronco y los ojos cerrados, cuando Katniss, que había estado juntando más de las hojas que ayudan contra el veneno de las rastrevíspulas, de pronto levanta la vista y se encuentra con que Nigel está a escasos cuatro o cinco metros de ella. Nigel abre los ojos y la ve a ella.
Como para seguir decepcionando al público respecto a las expectativas que tenían para el encuentro entre el par de jóvenes que ya han sido declarados archinémesis, ninguno de los dos se mueve por al menos un sólido minuto cuando por fin están cara a cara. Nada de rondar al otro buscando por puntos débiles o buscando el momento oportuno para ultimarlo. Nada de lanzarse encima del otro y atacarlo a la primera oportunidad.
Y si todavía quedaban esperanzas de un épico combate a muerte, de lanzarse el uno contra el otro entre aullidos, de una pelea feroz y sanguinaria, quedan sepultadas cuando Nigel inclina ligeramente la cabeza y con tono entre respetuoso y aburrido pronuncia una sola palabra:
—Katniss.
—Nigel —responde ella, inexpresiva.
Silencio. Los dos están inmóviles y sin decir palabra. No me parece raro. ¿Qué se dice en estas circunstancias?
—Veo que conseguiste el arco y las flechas —menciona Nigel, señalando con un cabeceo el arco que Katniss lleva en la mano.
—Sí —responde ella.
Nuevo silencio.
—¿Ya no estás con los Profesionales? —pregunta Katniss.
—No —contesta él, entrecerrando los ojos.
Silencio, nuevamente.
—Estás herido —constata Katniss, observándolo con ojo crítico.
—Sólo un rasguño —responde Nigel con ironía. Katniss no contesta. Por fin, Nigel suspira con cansancio, y cuando habla es como si confesara—. Marvel me atravesó la mano con una lanza.
—Marvel está muerto —le informa Katniss con voz inexpresiva.
—Lo vi —dice Nigel, señalando vagamente hacia arriba, al cielo—. ¿Lo mataste?
—Sí.
—Bien.
Otro silencio.
—¿Te atravesó la mano o te cortó? —pregunta Katniss, acercándose un paso.
—Me atravesó la mano. De lado a lado —responde Nigel, sonando cansado.
—Tienes fiebre —observa Katniss. No es una pregunta.
—Puede ser —replica Nigel, encogiéndose de hombros.
Largo silencio. Los dos sólo se miran, sin decir ni hacer nada.
—Voy a morirme.
La voz de Nigel es tan baja que casi no lo escucho. De algún modo, viéndolo ahora, siento pena por él. No es ni por asomo el muchacho orgulloso y arrogante que era al momento de ser elegido en la Cosecha.
—La herida se infectó. Es por eso que tengo fiebre —musita Nigel, entrecerrando los ojos—. Estoy muriéndome.
—Tal vez puedas aguantar hasta que esto acabe. Si eres el último, te curarán en el Capitolio —musita Katniss, insegura.
Nigel suelta una carcajada seca, carente de todo humor o alegría.
—No voy a ganar. Hice lo posible, pero no. No voy a ser yo. Al final… todo lo que hice fue para nada. Tratar de estropear tu imagen, aliarme con los Profesionales, ayudar a matar a los tributos de los otros distritos, el fuego, las rastrevíspulas, hambre, sed… todo eso no sirvió para nada —suspira Nigel.
Katniss no dice nada. Sólo lo mira ladeando un poco la cabeza.
—Yo sólo quería ganar. Fue bastante malo ser elegido en la Cosecha, pero traté de verlo del mejor modo posible. Quizás ése era mi destino. Quizás esto es lo que yo debía hacer. Ir, ganar, volver a casa asquerosamente rico y famoso, para vivir sin preocupaciones el resto de mi vida. Quiero decir, si Mellark pudo, no debía ser tan difícil, ¿no?
Katniss lo fulmina con la mirada y casi le gruñe. Abre la boca para decir algo, pero Nigel sigue hablando.
—Pero me equivoqué —dice Nigel, como distraído—. Es jodidamente difícil sobrevivir, no hablemos ya de ganar. No sé cómo lo hicieron ellos… los que ganaron antes. Pero yo no voy a ser parte de ese grupo. Raro, ¿no?, que todos recuerdan que tal o cual persona ganó y vivió. Nadie parece recordar que cada año, para que uno viva, veintitrés deben morir.
—No creo que nadie en los Distritos olvida ese hecho —lo contradice Katniss ásperamente.
—Es verdad —responde Nigel en voz baja, pensativo—. ¿Sabías que uno de mis tíos acabó en los Juegos cuando tenía mi misma edad? Murió. No llegué a conocerlo, fue antes de que yo naciera. Tal vez por eso pensé que mi familia ya había tenido su cuota de desgracia y que a mí me tocaba ganar.
—No es así como funciona —niega Katniss con la cabeza.
—No. Ni que lo digas. Dile eso a mi mano —comenta Nigel, levantando la mano vendada.
Aún cubierta por el tejido de la camisa, la herida tiene un aspecto horrible. Lo que se ve de la mano está hinchado y enrojecido; no parece que Nigel pueda mover los dedos.
—¿Trataste de limpiar la herida? —pregunta Katniss.
—Me mandaron alcohol etílico y me desinfecté lo mejor posible… pero no sirvió de mucho.
—Teniendo sólo una camisa para vendarte, no me sorprende —responde Katniss—. La mujer del Centro de Entrenamiento dijo que deshidratación e infecciones serían las principales causas de muerte para los que no acababan atravesados por una espada o algo así.
—De algún modo, nunca creí que yo acabaría entre los muertos por infección —admite Nigel.
—Todos creemos que será otro —asiente ella.
—Tu mamá es sanadora, ¿no? —comenta Nigel de pronto.
—Sí, pero no tengo sus habilidades —advierte Katniss de inmediato—. No sé curar.
—Hey, sólo quiero que me digas cuánto tiempo me queda.
—Tampoco soy buena en eso. No sé. Depende de la gravedad de tu herida y cómo de infectada está. Si es algo ligero, quizás te recuperes.
Por toda respuesta, Nigel lentamente y apretando con fuerza las mandíbulas quita la improvisada venda de alrededor de su mano, y luego levanta lentamente la extremidad para que Katniss pueda verla.
En la pantalla, Katniss palidece antes de ponerse un poco verde, y la verdad es que no puedo culparla. Personalmente, tengo el estómago revuelto de ver la mano.
La cámara por supuesto hace un detallado zoom en la herida, mostrando con todo detalle la lesión y el efecto que el tiempo trascurrido sin atención médica apropiada tuvo en ella. Como si el corte que la atraviesa no fuese suficiente, toda la carne alrededor del tajo está inflamada y como ennegrecida. La piel está tirante, hinchada, y hay como pequeñas burbujas bajo la piel. Eso de ninguna manera puede ser bueno. Las uñas de Nigel están parcialmente ennegrecidas, varias parecen a punto de caerse.
—Gangrena.
La voz de Katniss es muy aguda, y su cara todavía está un tanto verde. Inhala por la boca y sigue hablando.
—Gangrena gaseosa, si no me equivoco, que es totalmente posible, porque la verdad, no tengo idea de lo que estoy haciendo. No sé dar diagnósticos.
—¿Hay algo que pueda hacer? —pregunta Nigel casi con curiosidad, examinando la mano como si fuese un objeto ajeno a su cuerpo.
Katniss sacude la cabeza.
—A esta altura, no. Lo único que podría ayudarte es… la amputación.
—¿Amputación? ¿Cortarme la mano? —pregunta Nigel, impresionado.
—Me temo que sí. Pero eso no es una garantía tampoco, porque la infección ya está avanzada, necesitarías antibióticos muy fuertes, o al menos mucho descanso y una buena alimentación para tener al menos la posibilidad de que tu cuerpo luche por su cuenta contra la infección. Amputarte la mano sólo eliminaría la fuente de la enfermedad… suponiendo que no te desangres ni bien la mano sea cortada…
—¿No hay un modo de cerrar la herida, de evitar que siga sangrando…?
—¿Cauterizarla, quieres decir?
—Si ésa es la palabra, sí, eso quiero decir.
—Quizás. Necesitarías algo, por ejemplo un trozo de metal de tamaño adecuado casi al rojo vivo, para eso —explica Katniss.
—Encantador —masculla Nigel—. Debería cortarme la mano y luego sostener un trozo de metal ardiendo contra el muñón.
—No dije que fuera buena idea —advierte ella—. Ni que fuera fácil o agradable.
—Decididamente no lo es —asiente él.
Los dos se quedan mirándose.
—Entonces, ¿cuánto tiempo de vida me queda? —pregunta Nigel en un tono que pretende ser aburrido y casi desinteresado, pero se le escapa una buena dosis de amargura en la voz.
—No es fácil de asegurar, esto varía de una persona a otra, pero… con gangrena así de avanzada… —Katniss se encoge de hombros, evidentemente insegura y un tanto incómoda—… y con este tipo de gangrena… si ésta es tu única herida… y considerando que no estarás comiendo ni descansando de maravillas… suponiendo que no te pesques además alguna otra enfermedad, por beber agua contaminada o comer algo…
—¿Cuánto tiempo? —insiste Nigel, con voz dura.
—No sé. Cuatro días —decide Katniss finalmente—. Quizás más. Posiblemente menos.
Nigel traga en seco. Está claro que quiere ser fuerte y no mostrar miedo o debilidad, pero saber que le quedan como mucho cuatro días de vida le estropea la valentía a cualquiera.
—Entiendo —responde en tono neutro.
Katniss mira hacia otro lado, sin dejar de vigilar los alrededores, pero sin observar directamente a Nigel. Me lleva un momento comprender que le está dando privacidad, en medida de lo posible, al menos respecto a ella.
Nigel debía saber que no se encontraba bien y probablemente sabía que está muriéndose, pero tener la confirmación de labios de alguien que entiende algo de medicina es distinto a sospecharlo… tengo que admirar la integridad con que está lidiando con la noticia. Está enojado, triste y asustado, todas estas emociones pasan por su rostro mientras Katniss no está mirando, pero Nigel no llora, grita ni se queja o protesta. Al cabo de unos minutos compone nuevamente sus facciones y levanta la vista hacia Katniss.
—Sabes, Katniss —dice Nigel al cabo de un rato—, de no haber habido los Juegos de por medio… bueno, no creo que nunca hubiésemos sido amigos, pero supongo que… te hubiese respetado. Si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias.
—Lo mismo digo, Nigel —responde ella, pensativa, un poco triste—. ¿Quizás en otra ocasión?
—Seguro —replica él con una pequeña sonrisa cansada—. Quizás en otra vida.
—Quizás en otra muerte —completa Katniss.
—Yo, eh, realmente lamento lo que dije —musita Nigel, incómodo—. Sobre que te acostabas con Mellark. Sé que no es cierto, y lo dije sólo para desacreditarte…
—Podrías haber dicho algo peor —se encoge de hombros Katniss, indiferente—. Por ejemplo, que me acostaba con Haymitch.
—Ugh, ni siquiera yo soy tan retorcido como para sugerir algo tan… —Nigel parece estar sin palabras ante la idea.
—Ja, ja. Par de graciosos —gruñe Haymitch a mi lado, pero tiene una minúscula sonrisa. Minúscula, pero sonrisa al fin.
—Sabes, era algo así como una leyenda urbana, al menos en la escuela y algunos otros lugares de chismorreo —explica Nigel—. Que tenías tanto a Mellark como a Hawthorne en tu puño. Que eras tan buena que preferían compartirte antes que perderte. Que los tenías tan controlados que no se atrevían ni a respirar sin tu permiso. Que… bueno, te imaginas el resto. Más de una chica te odiaba por eso.
Katniss parpadea, enrojece, y boquea un par de veces. Nigel sonríe con todo el ancho de la boca.
—Eso es tan… aaargghhh —Katniss sacude la cabeza, las mejillas de un bonito tono bermellón—. No sé de dónde saca la gente esas cosas. Eso es... absolutamente degenerado.
—Sí, es lo que lo hace tan entretenido —asiente Nigel, aún sonriendo sardónicamente.
—Te lo estás inventando —lo acusa Katniss—. La gente no puede haber creído algo así.
—Oh, podría darte una lista, con nombre y apellido, de toda la gente que inventó, repitió y embelleció los chismes, pero sería muy larga y seguro que me olvidaría algunos nombres —advierte Nigel, disfrutando un poco demasiado la incomodidad de Katniss—. Y estoy seguro que tampoco conoces todos los rumores que circulaban. ¿O vas a decirme que estabas al tanto de las sospechas de que eras hija de Haymitch Abenarthy?
A Katniss se le queda colgando abierta la boca antes de que la cierre de golpe, con gesto ofendido. Yo tengo que contener la risa; es un rumor tan absurdo y ridículo que es gracioso. A mi lado, Haymitch parece tan horrorizado como Katniss.
—Tu mamá lo conocía, de antes de que él fuese Vencedor —explica Nigel—, lo que en realidad no es gran cosa, porque según parece Abenarthy era amigo de tu papá. Después de todo, se criaron juntos en la Veta. Pero como sea… parece que tu mal humor se parece lo bastante al suyo como para emparentarlos…
—Mi mamá nunca haría algo así —masculla Katniss entre dientes.
—Totalmente de acuerdo —gruñe Haymitch a mi lado—. Es demasiado inteligente.
—No digo que ella haya hecho nada, sólo que hay rumores diciendo que lo hizo —aclara Nigel, levantando las manos en gesto conciliador—, y que hay gente que lo cree y lo repite. Igual que tu supuesto trío amoroso con Hawthorne y Mellark.
Katniss hace una mueca de asco.
—Ahora que hicimos las paces, me gustaría pedirte un favor —dice Nigel en voz calmada, casi impersonal—. Por favor, ejecútame.
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