Cosas que me pertenecen: una pila de trabajos prácticos que corregir... ¡sí, estoy dando clases de Lengua y Literatura en una escuela secundaria!

Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre, lamentablemente. Ah, las cosas que haría si fuesen míos...


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Capítulo Veinte: Cuenta regresiva

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—Ahora que hicimos las paces, me gustaría pedirte un favor —dice Nigel en voz calmada, casi impersonal—. Por favor, ejecútame.

Katniss lo mira como si él hubiese perdido la razón. En cierto sentido, no está muy lejos.

—No pienso matarte —le advierte ella—. Eres un mal bicho repelente, pero somos del mismo Distrito y no pienso matarte a sangre fría.

—Me siento tan halagado —gruñe Nigel, sarcástico—. Vamos, Preciosa, líbrame de tener que morirme lentamente. No tengo casi comida, se me acabó el agua… tengo dos heridas infectadas, una de ellas con gangrena… y si no me liquidas, van a encontrarme Glow y Cato, que tienen planes de destripar vivo al siguiente tributo que atrapen. ¿Querrás ver eso en la proyección final? —Katniss empieza a sacudir la cabeza; Nigel sigue hablando, frío, feroz—. Cuando estés sentada en ese sillón, esa especie de trono, con tu corona de Vencedora, mirando el resumen de los Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre, ¿qué cara pondrás cuando llegue la parte en que Glow me abre de un tajo del esternón hasta la ingle, y Cato empieza a arrancarme los intestinos? —sigue Nigel, implacable.

—¡No voy a hacerlo! —chilla Katniss, tapándose las orejas con las manos—. ¡Cállate!

—¿Qué vas a hacer cuando regreses a nuestro buen viejo Distrito 12, y la gente te pregunte, aunque sea silenciosamente, por qué no me sacaste de mi miseria? —insiste Nigel, sin variar el tono seco, impersonal, de su voz—. Apuesto a que cuando te muestren el video, también vas a cerrar los ojos y a taparte los oídos, como ahora…

—¡No lo voy a hacer! ¡NO! ¡No insistas! —grita Katniss.

—…pero igual que ahora, no podrás dejar de oírme —medio sonríe, entre afiebrado y salvaje, Nigel—. Tendrás que escuchar como Cato y Glow me matan, y tendrás que vivir con eso en tu conciencia, sabiendo que podrías haberme ayudado, y no lo hiciste…

—¡NO ENTIENDES QUE NO PUEDO AYUDARTE! —explota Katniss—. No puedo matarte, no… no puedo… no… puedo…

Se me rompe el corazón al ver las lágrimas corriendo por sus mejillas. Está meciéndose hacia atrás y hacia adelante, rodeándose el torso con las manos, y sin dejar de murmurar "no… no puedo" una y otra vez, como un mantra.

Hasta Nigel debe reconocer un caso perdido cuando lo ve, porque suspira profundamente y se recuesta más en el tronco del árbol en que está apoyado.

—Entonces lárgate. Tus gritos deben haberlos atraído si están remotamente cerca. Que al menos no nos maten a los dos —masculla, sin mirarla.

—Nigel… quisiera ayudarte, pero… yo no… —tartamudea Katniss.

—No puedes. Claro. Entonces vete —gruñe él.

Katniss parece estar dividida entre huir lo antes posible y quedarse a ayudar en la medida que pueda. La indecisión tiene todo el aspecto de estar corroyéndola.

—Huye. ¡Vamos, vete! Si ganas, al menos el Distrito 12 recibe algo. Si nos matan a los dos, nuestras familias se quedan sin nada —le ladra Nigel—. ¿Quieres que tu hermana tenga que ver cómo te matan?

La mención de Prim al fin pone en marcha a Katniss. Tambaleando, se pone de pie y corre unos metros, antes de frenar en seco.

—¿Qué hace? ¿Por qué se detiene? —musito, desesperado.

—Tiene una idea… acaba de recordar algo —musita Haymitch de regreso, tenso—. Tenía la misma expresión antes de ir a buscar el arco y las flechas.

Katniss gira, trota unos cuantos metros, y se detiene por fin ante un arbusto con unos pequeños frutos oscuros. Me recuerdan un poco a los arándanos negros, aunque no estoy seguro si la forma de las hojas del arbusto es la correcta…

—¡Suelta eso! —le ladra Haymitch a la pantalla, furioso y aterrado.

Katniss, desde luego, no le hace caso; no puede oírlo, y de todos modos no es como si le obedeciera mucho a Haymitch por regla general. Yo frunzo el ceño, tratando de descifrar qué está pasando… Haymitch nunca reacciona de manera tan enérgica cuando Katniss recoge comida.

Ella toma uno de los frutos, rompe la piel y la pulpa hasta dejar al descubierto unas minúsculas semillas negras. La piel del fruto es negra, o de un violeta intenso, mientras que la pulpa es roja…

En ese momento yo también palidezco y salto de la silla, jadeando de horror. Mi pierna ortopédica no deja de hacerme notar que saltar de golpe después de días de mínima actividad física es una mala idea, pero de momento tengo otro tipo de preocupaciones más urgentes. Por ejemplo, que Katniss tiene en sus manos unas bayas que no recuerdo cómo se llaman pero sé que pueden intoxicarla en cuestión de segundos.

Incapaz de intervenir, tengo que observar con el corazón en la boca, a lo largo de tres pantallas, cómo Katniss corre a volver a reunirse con Nigel, que parece haber agotado sus fuerzas discutiendo con ella antes y ahora está en un estado febril semi delirante, con la vista perdida y murmurando cosas inconexas.

—Nigel —musita ella, colocándole un puñado de bajas en la mano sana, la izquierda—. Lo lamento, Nigel, no puedo hacerlo… pero no puedo dejarte solo tampoco. Prometo… prometo cuidar a tu familia. Si gano, voy a darles parte de mis ganancias como Vencedora. No voy a permitir que pasen hambre.

Nigel parpadea, aturdido. No sé hasta qué punto está comprendiendo lo que ella le dice.

—Aquí tienes —Katniss coloca una botella de agua y un paquete de comida a su lado, cerca de su muslo izquierdo, donde Nigel puede alcanzar fácilmente las provisiones con su mano buena—. No es mucho, pero espero que ayude.

Él entrecierra los ojos, aturdido o quizás sólo cansado.

—Una de las bayas debería bastar para… —la voz de Katniss se debilita hasta perderse. Ella traga saliva con evidente esfuerzo y sigue hablando, en voz muy baja—. Una baya debería bastar. No la muerdas, trágala entera. Se supone que estás muerto antes de que lleguen al estómago. Lo lamento, es todo lo que puedo hacer.

Katniss echa una nerviosa mirada a su alrededor. No hay movimiento visible, pero sé que lo que no perciben sus sentidos, lo debe estar supliendo su imaginación: realmente, para un tributo no es difícil ver emboscadas y trampas a cada paso en la arena.

Ella se pone de pie. Se lleva los dedos índice, medio y anular de la mano izquierda un momento a los labios, antes de señalar a Nigel con ellos. Es el mismo gesto que utilizó con Rue, el mismo que el Distrito 12 le dirigió a ella. Es una muestra de respeto y una forma de despedida… la que se le dedica a una persona que uno ya no cuenta con volver a ver.

—Adiós, Nigel…

Katniss está por girar para alejarse de allí cuando retumba la detonación de un cañón.

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—¿Esto formaba parte del plan desde el principio, verdad? —pregunta una mujer verde. Quiero decir, es literalmente verde: piel verde, cabello verde, ropa en diferentes tonos de verde, uñas verdes… hasta tiene los dientes están teñidos de verde. Me recuerda a un pan viejo cubierto de moho—. ¿Es todo parte de un gran plan para que el Distrito 12 gane, verdad?

—Siempre supe que Katniss iba a ganar —se jacta un hombre con múltiples piercings en las orejas, la nariz, las cejas y hasta el labio. Al menos los trozos de metal que atraviesan su piel distraen un poco de su piel color rojo furioso y los dos pequeños… cuernos… que tiene en la frente—. ¡Era tan claro desde el mismo momento en que fue elegida! ¡Ese espíritu, esa fortaleza…! Yo me di cuenta enseguida.

—¡Nigel es una persona horrible y Katniss debe matarlo de inmediato! ¡Díselo! —me chilla una mujer de mediana edad con una melena de cabello color magenta intenso, completamente lacia y larga hasta sus tobillos—. ¡Él le está tendiendo una trampa, quiere apuñalarla por la espalda en cuanto tenga la menor oportunidad! ¡Dile que lo mate antes de que él la mate a ella!

—La tributo nunca va a ganar a este ritmo —critica un chico de unos dieciocho años, con la cabeza rapada, encorvado y gruñón. Está vestido con lo que parece una colcha de retazos con agujeros para sacar los brazos y la cabeza, sujeta en la cintura con un grueso cinto de cuero—. Armé una lista con los diez fallos más evidentes en su accionar hasta la fecha, y el modo correcto de remediarlos…

—¿Estás celoso de que el chico está pasando tiempo con tu chica? Apuesto a que sí —pregunta y se responde con tono sabihondo una mujer de edad indefinible, con un millón de cirugías estéticas encima, que la hacen parecer extrañamente artificial. Ya he visto maniquíes más realistas que ella—. Están los dos juntos, solos, en medio de ese bosque…

Patrocinadores. La onceava plaga, solía decir mi abuelo cuando algo causaba problemas recurrentemente, aunque cuando le pregunté confesó que no sabía cuáles se suponían que eran las diez primeras ni de dónde venía la expresión. Yo tampoco sé cuáles son las diez primeras plagas, y empiezo a replantearme si ésta no es la peor de todas, después de todo.

Tengo a cinco personas frente a mí, gritándome desordenadamente qué debo hacer. No ofreciéndome dinero para Katniss, apoyo emocional o algo parecido. Claro que no. Como de costumbre, lo único en lo que los ciudadanos del Capitolio pueden pensar es en sí mismos.

—De a uno, por favor —pido en voz baja, pero en un tono lo bastante enérgico como para que todos me escuchen—. Usted primero —añado, señalando a la mujer hiper operada. Su voz suena como la de una anciana, aunque tenga la cara libre de arrugas.

—Apuesto a que estás muy celoso de que Katty y Niguel están los dos juntos y solos… —me sonríe.

—¿Quiénes? —pregunto, sin entender.

—¡Katty y Niguel, por supuesto! —me replica con una risita maliciosa—. ¡Los chicos! ¡Los tributos!

—No, no estoy celoso de que Nigel esté a días o quizás horas de morir, y no estoy celoso de que Katniss esté por matar o morir —replico en mi tono de voz más frío. Ella abre la boca, quizás para repreguntar, pero señalo a la mujer de la cabellera magenta y aspecto nervioso lo más rápido posible—. Siguiente.

—¡Nigel es una muy mala persona! —chilla ella, con ojos algo desorbitados—. ¡Tienes que avisarle a Katniss! ¡Él quiere matarla! ¡Él va a hacer algo para lastimarla! ¡Estoy segura! ¡Dile que vaya y lo mate de inmediato, antes que él la mate a ella…!

—Tendremos que confiar en Nigel por esta vez —suspiro—. Si Katniss decide que no va a matarlo personalmente, apoyo su decisión. Y no es como si pudiese llamarla y avisarle que creo que él no es alguien confiable. Tendremos que esperar lo mejor de la situación. Siguiente —completo, señalando al joven encorvado.

—El plan que tiene la tributo es una miseria —escupe él, desdeñoso—. Elaboré una lista de correcciones y un nuevo plan de en doce pasos que es la victoria garantizada.

—Excelente. Hágame el favor de hacérselo llegar a Katniss —le replico.

—No puedo, no es posible enviarle este tipo de cosas a los tributos —responde él, aturdido.

—Entonces hágame otro favor —le respondo en el tono que mi mamá solía usar para contestarle a quienes aparecían en la panadería pidiendo limosna—: tome el plan, dóblelo muchas, muchas veces hasta hacerlo pequeñito, pequeñito, y guárdeselo bien guardado en…

—¡Chico, cómo van esas entrevistas con los patrocinadores! —me ladra Haymitch desde un poco más lejos.

—…y guárdeselo en el bolsillo más adecuado para la ocasión —completo, mordiéndome por no completar la frase original—. Siguiente.

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Las cosas están un tanto descontroladas desde que la chica del Distrito 5 comió unas bayas del mismo arbusto del que Katniss recogió las que ahora Nigel tiene en su regazo. La pelirroja, que una vez más tengo de recordarme que se llama (llamaba) Finna, aparentemente espió a Katniss recogiendo los frutos y debió creer que eran curativos o al menos comestibles, porque se metió un puñado a la boca… y cayó muerta al instante. Al menos no debe haber sufrido, fue todo tan rápido que honestamente dudo que se haya dado cuenta de nada. Mejor así.

Esto deja a cuatro tributos en carrera: Glow, Cato, Nigel y Katniss. Todo el mundo está descontando a Nigel a causa de sus heridas, y mal que me pese debo darles la razón. Tiene un aspecto horrible, y el microchip rastreador que tiene en el brazo indica una temperatura corporal cercana a los cuarenta grados centígrados, principio de deshidratación y probable presencia de bacterias en la sangre. En otras palabras, sí, bien puede dárselo por muerto.

Katniss encabeza la lista de favoritos, con Cato y Glow cerca detrás de ella. Cato tiene no poco apoyo, considerando que viene de un distrito que es una tradicional fuente de Vencedores, que está obviamente entrenado, es duro y es quien más muertes tiene en su conciencia hasta la fecha. Glow, aunque no anda escasa de admiradores, es menos estoica que Cato y esto la hace parecer débil de a ratos.

Pero Katniss es la gran favorita. Es la única de cuantos quedan que puede alimentarse a sí misma debidamente. Puede cazar, no duda al recoger plantas, y sabe encender hogueras mucho mejor que Cato y Glow juntos. Por otro lado, es del despreciado Distrito 12, y no aprovechó a matar a Nigel cuando tuvo lo oportunidad de hacerlo…

Las apuestan aumentan a cada hora: Katniss o Cato… Cato o Katniss… Cato o Glow…

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El segundo grupo de posibles patrocinadores no es muy diferente. Los Agentes de la Paz no están dejando entrar a más de cinco personas a la vez, lo que es un alivio ya que no tengo que lidiar con más de cinco personas por vez y una carga porque parece que no voy a terminar nunca con el trabajo.

Casi nadie está aportando dinero. Sólo quedan cuatro tributos a todo lo largo y ancho de la arena, y los patrocinadores saben que ahora realmente es cuestión de horas, un par de días a lo sumo, para que estos Juegos acaben. Cuando los tributos vivos quedan reducidos a tres, se cierra la posibilidad de enviar regalos de patrocinadores, sin importar la cantidad de dinero que un tributo tenga en sus cuentas. De hecho, el saldo que queda en las cuentas pasa a pertenecer al Estado. No es que normalmente sea mucho lo que queda a esa altura de los acontecimientos, pero aún así…

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El tercer grupo de patrocinadores consiste en un variopinto grupo de, una vez más, cinco personas. En primer lugar, está una chica que evidentemente se esforzó mucho por parecerse a Katniss todo lo posible, desde el cabello y el color de los ojos hasta la ropa, aunque el resultado final deja que desear en cuanto a actitud: Katniss jamás empujaría a codazos a otros del camino para lanzarse a mi cuello al grito de "¡te extrañé, mi amor!". Tomado de sorpresa y actuando por instinto, me aparto de su camino y me escudo detrás de uno de los sillones… ella cae muy poco elegantemente al piso. Ahí es donde nos demuestra una vez más que no es Katniss, que jamás lloraría a gritos porque se golpeó la rodilla. Por fin, los Agentes de la Paz se la llevan.

En segundo lugar, está la mocosa malcriada que quiere ser el centro de atención todo el tiempo y a toda costa. No tendrá más de seis o siete años, porta un arcoíris de gemas implantadas en la cara, y tiene tatuajes dorados en las manos y los brazos. Su niñera, una histérica con la piel pintada con franjas horizontales blancas y negras, no le presta la menor atención al pequeño monstruo más que para chillarle en un tono tan agudo y penetrante que me duelen los oídos; todo el resto del tiempo se la pasa con la nariz pegada a la pantalla de una de esas cosas minúsculas por las que los habitantes del Capitolio mandan mensajes de texto, hablan, realizan transferencias bancarias, sacan fotos, se controlan la cantidad de azúcar en sangre y no sé cuántas cosas más.

El cuarto del grupo es un hombre vestido de forma similar a Cinna: camisa, pantalones, zapatos, chaqueta, con el añadido de una corbata en su caso. El estilo se parece, sólo que en lugar del modesto y sobrio negro del nuevo estilista, este hombre prefiere los colores, y cuanto más visibles, mejor. Así es que su pantalón es color plateado brillante, la camisa es anaranjado fosforescente, los zapatos son amarillos, la chaqueta es roja… y la corbata, como para mitigar un poco el asalto visual, es un gris apagado. Para colmo, este fulano (que tiene el pelo azul y bigote verde, supongo que para completar la paleta de colores) habla con voz nasal durante un cuarto de hora sobre todos los Vencedores que él auspició y cómo él supo desde el inicio que Nigel no ganaría. Consigo no oír casi nada de cuanto dice, a favor de conservar mi cordura.

El quinto integrante del grupo es una dulce ancianita. O al menos, su aspecto es lo más parecido al que uno esperaría encontrar en una dulce ancianita en el Distrito 12, si se es capaz de lidiar con el hecho que una dulce ancianita está usando lo que parece una réplica del vestido dorado translúcido que usó la tributo del Distrito 2, Glimmer, en los 72os. Juegos del Hambre. Mientras que Glimmer tenía la figura y la presencia necesaria para que el vestido luciera espectacular y realzara la belleza de la chica, usado por esta mujer un vestido parecido sólo es… triste. Al final, la dulce ancianita resulta ser una ninfómana descontrolada que trata de molestar al fulano de los pantalones plateados; cuando él huye despavorido ella trata de manosearme a mí, se las arregla para plantarle un beso en la boca a Haymitch cuando él viene a mi rescate, y acaba intentando convencer a los Agentes de la Paz que la arrastran fuera de la sala que la acompañen hasta su casa. Ambos, insiste ella, melosa, tratando de darle un pellizco en el trasero al más cercano.

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El día termina, una vez más. Entre los sucesos de la tarde y los diversos grupos de patrocinadores que nos estuvieron viniendo a ver para fanfarronear o quejarse, Finnick no puedo traernos novedades. Seeder consiguió visitarnos por unos minutos y nos trajo la noticia que, más o menos discretamente, todos los mentores están haciendo lobby por Katniss. Algunos, como Seeder, respetan su fortaleza y saben que mis sentimientos por ella son reales; otros, como Johanna y Chaff, aparentemente desean ver perder a los Profesionales con suficiente intensidad como para hacer publicidad por otro tributo, cualquier otro tributo.

Tras picotear unos sándwiches y beber un vaso o dos de jugo en mi caso y casi medio litro de agua en el caso de Haymitch, nos disponemos a pasar la noche frente a las pantallas. Haymich, armado con una botella de algún tipo de bebida alcohólica llamada brandy y un termo de café, monta guardia durante la noche, mientras yo me las arreglo para, más allá de la preocupación de que algo ocurra mientras yo no esté vigilando, el dolor de espalda que me persigue desde hace días, el malhumor constante y la angustia general, cerrar los ojos por unas horas y dejar de pensar conscientemente en todo lo que está pasando sin que yo pueda intervenir.

Es una noche tranquila, hasta diría buena. Katniss no corre ningún riesgo, Nigel no muere durante la noche, y Haymitch sólo tiene que despertarme dos veces a causa de las pesadillas. Una excelente noche, en realidad.

La mañana siguiente no trae novedades, o al menos, nada relevante. Haymitch ronca desacompasadamente en su butaca, con el cuchillo en la mano derecha y una botella medio vacía en la izquierda. Desayuno algo de pan con dulce de almezas, mi favorito, y bebo una taza de leche chocolatada mientras Katniss come conejo asado frío y raíces. Nigel parece estar inconsciente, en tanto que Cato y Glow encontraron un conejo atrapado en una de las trampas que Katniss colocó hace unos días, antes de trasladarse a otra zona de la arena, y están peleando acerca de cómo debe cocinárselo. Los dos están hambrientos, pero ninguno de los dos sabe cómo despellejar y limpiar el animal.

El mediodía no trae demasiados cambios en el panorama. Katniss está cómodamente ubicada en una rama, sorbiendo agua y comiendo conejo y zarzamoras. Nigel se despertó y bebió algo de agua, pero parece estar demasiado agotado o enfermo como para comer nada. Glow y Cato, en tanto, se ocuparon del conejo que encontraron, y que les llevó toda la mañana preparar. Menos mal que el pobre animal ya estaba muerto, porque más que despellejarlo, destriparlo y trozarlo, ésos dos lo masacraron… y sin dejar de pelear todo el tiempo.

Johanna viene a visitarnos y nos cuenta, entre complacida y cáustica, que la ronda de apuestas que más dinero está recogiendo ya no es la que intenta establecer el ganador de los Juegos, sino la que trata de predecir quién de los dos Profesionales restante mata al otro: si Cato a Glow o Glow a Cato.

Se me escapa un suspiro melancólico. ¿Sería mucho pedir que se maten el uno al otro?

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Es por la tarde, casi veinticuatro horas después del primer encuentro de Katniss con Nigel, que él está lo bastante lúcido y despierto como para advertir las bayas y reconocer qué son. Evidentemente las conoce y conoce sus efectos, porque sus ojos van del agua y la comida a las bayas con manifiesta perplejidad, como si no comprendiera cómo es que tiene víveres que lo mantendrán con vida un tiempo más, pero también algo que puede matarlo en segundos.

Nigel levanta la mano herida para inspeccionarla. La infección está peor que antes, la mano tiene un aspecto como si fuese a disolverse en un montoncito de carne putrefacta en cualquier momento. Para colmo, durante el tiempo que pasó inconsciente, varias moscas pusieron huevos en la herida, de modo que ahora hay unos pequeños gusanos blanquecinos reptando por lo que queda de la mano de Nigel.

Él cierra los ojos, creo que con cansancio. Una lágrima corre por su mejilla, la primera y única señal de debilidad que vi de Nigel en todo este tiempo.

—Papá, mamá… Lila, Donnie, Lee, Sunny, Jim, Zaide… los quiero… no se enojen con Katniss…

La garganta se me cierra con un nudo. Nigel está despidiéndose, las personas a las que nombró son sus hermanos y hermanas. Donnie Herbheart estaba en la misma clase que Katniss y yo.

Nigel toma aire profundamente, y por unos segundos vuelve a ser el muchacho orgulloso, un poco arrogante, un poco seductor y peligroso al que entrevistó Caesar Flickermann.

—¡Viva el Distrito 12, carajo! —grita Nigel, en voz tal alta como le permiten sus fuerzas, antes de meterse una baya a la boca y tragar.

El cañón suena tres segundos más tarde.

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—No importa cuántas veces vivo esto, nunca se hace más fácil —musita Haymitch, que alcanzó el punto en que su intoxicación etílica se combina con su melancolía al punto de volverlo introspectivo y filosófico… y un poco depresivo.

—Sabíamos que no le quedaba mucho tiempo —me encojo de hombros, tratando de restarle importancia—. Era previsible.

—Claro, es porque no te afecta que estabas dándole patadas a la butaca hace unos minutos —asiente Haymitch.

Lo ignoro, tratando de desviar la atención de mi berrinche de hace un rato. Nigel era una de las personas por las que yo menos simpatía sentí en mi vida, pero verlo morir me causó un ataque de rabia tal que la emprendí contra la butaca, a falta de un mejor blanco para descargar mi furia e impotencia. Otro muerto más… otra vida perdida… otra familia sumida en el dolor… otros padres que deberán enterrar a su hijo…

—Le envié pan —dice Haymitch de pronto, antes de beber otro sorbo de su botella de turno.

—¿A quién? —pregunto, perdido.

—A ella —responde él, señalando la pantalla en la que Katniss está sentada en un árbol, canturreando en voz baja la misma nana que entonó para Rue, con la mirada perdida. Recién entonces noto que tiene un paquete medio envuelto en un paracaídas plateado apretado contra el pecho.

—¿Cuándo?

—Algo así como treinta segundos antes de que el muchacho dejara este valle de lágrimas —responde Haymitch, en voz baja—. Cuando sólo quedan tres tributos se cierra el envío de regalos, de manera que le envié algo mientras aún podía.

No comento nada por un minuto. Haymitch consiguió mantener la cabeza fría. Mientras yo estaba pendiente de los últimos minutos de Nigel, él tuve la claridad mental suficiente para hacerle llegar a Katniss un último regalo.

—¿Qué tipo de pan le enviaste? —pregunto por fin.

—El típico del Distrito 12. La chica necesita un recordatorio de vez en cuando sobre la vida fuera de la arena y por qué vale la pena volver a casa.

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El resto del día pasa sin que ocurra nada especial. Cato y Glow se pelean otro poco, como para no perder la costumbre. Cato trata de pescar en el arroyo usando la lanza como arpón, pero sólo consigue caerse al agua dos veces; los peces son más rápidos y escurridizos de lo que parecen. Finalmente, consigue atrapar un pequeño pez casi por casualidad. Glow trata de cazar pájaros con una improvisada honda y unas piedras, pero sólo consigue derribar uno que parece una paloma crecida. No es ni por asomo suficiente para dos personas, y menos dos personas muy hambrientas y muy enojadas.

Al anochecer, las pantallas traen el himno, el sello, la fotografía de Nigel, sello nuevamente, y fin por hoy.

Katniss suspira con tristeza, pero no llora.

Cato y Glow se miran de un modo tan frío y calculador que me pregunto seriamente si ambos estarán vivos mañana por la mañana. Una parte de mí sospecha que no… la pregunta es cuál de los dos sobrevivirá la noche.

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