Cosas que me pertenecen: el título de "Directora" de una obra de teatro y la obligación de conseguir que los actores, una pandilla de rebeldes sin causa con demasiado tiempo libre, no se maten entre ellos y estudien su texto.
Cosas que no me pertenecen: los derechos de autor de Los Juegos del Hambre. Me fijé en Google a ver si por casualidad de pronto eran míos, pero no. Voy a tener que seguir escribiendo sin fines de lucro y cuando el tiempo entre recibir clases, dar clases, estudiar y ensayar con el grupete me lo permita…
Las canciones cuasi citadas aquí existen en su inmensa mayoría. Además de la nana y El árbol de la ejecución del canon, las más extensamente citadas son Mañana zarpa un barco, A media luz y el Romance del enamorado y la muerte. Obviamente, esas canciones no me pertenecen, y las demás citadas desordenadamente aquí, tampoco.
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Capítulo Veintiuno: Vencedora
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Inesperadamente, al menos para mí, tanto Cato como Glow sobreviven a las horas de oscuridad. Ninguno de los dos tiene aspecto de haber pegado un ojo en toda la noche. Aunque no los vi personalmente, no me cuesta nada imaginármelos vigilando cada pequeño movimiento, cada respiración, cada tic del otro.
Katniss sigue arriba del árbol, mordisqueando el cuello del pájaro que cazó y asó días antes. Su mirada sigue perdida y ella todavía está canturreando en voz baja, aunque ahora alterna entre El árbol de la ejecución y Mañana zarpa un barco, o al menos así dijo Finnick que se llama, una canción que no tengo idea de dónde la conoce Katniss.
—Bailemos hasta el eco
del último compás…
Mañana zarpa un barco,
tal vez no vuelva más.
Glow y Cato están silenciosos, vigilándose, constantemente a la defensiva. El que los sinsajos se la pasan repitiendo fragmentos de la nana y las otras canciones que Katniss canturrea los tiene al borde del ataque de nervios, según parece.
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La tarde llega sin traer consigo muertos ni heridos. Cato y Glow están más exhaustos que antes, con los nervios destrozados por la vigilia y el cantar de los pajaritos. Los sinsajos, perfectamente camuflados por su pequeño tamaño y el contraste de luz y sombra, están bastante cerca de los dos profesionales sobrevivientes, y sin dejar de cantar alegremente.
—Tú estás, tú estás llegando al árbol / Donde colgaron a un hombre que dicen que asesinó a tres.
Cato y Glow parecen listos para empezar a lanzar estocadas y golpes de lanza contra la siguiente hoja que sea agitada por una brisa.
—…cosas extrañas han ocurrido aquí…
Los sinsajos repiten las melodías en forma desordenada, alternando los fragmentos, mezclando las melodías, creando composiciones extrañas:
—…no sería extraño si nos encontramos a la medianoche / en el árbol de la ejecución.
—Diré tu nombre, cuando me encuentre lejos, / Tendré un recuerdo para contarle al mar…
—· Tus sueños son dulces y se harán realidad / y mi amor por ti aquí perdurará.
—Todo a media luz, crepúsculo interior./ A media luz los besos, a media luz los dos.
—No tengas miedo, ya dimos la vuelta al espanto. / Un viento algo más calmo se viene anunciando…
—Entró una señora muy blanca, muy más que la nieve fría...
—Pero no hay nadie, y ella no viene… / Es un fantasma que crea mi ilusión…
—… tanta calma, desespero… / Salgo mucho, a veces vuelvo.
—Tu canción fue la rueda de los días que siguieron…
—…y que al desvanecerse va dejando su visión cenizas en mi corazón.
—… negro, negro, es todo lo que tengo…
—… Muchacha, vamos, no sé por qué llorás.
—…Tu canción fue más lejos que la muerte que te hicieron.
—… y todo a media luz, que es brujo el Amor…
—La noche es larga, no quiero que estés triste...
—… las margaritas te cuidan y te dan amor...
—…canta el Pueblo su canción…
—Lejana tierra mía, bajo tu cielo, bajo tu cielo…
—Verde que te quiero verde, verde viento, verde rama…
—…Yo no soy el Amor, amante. Soy la Muerte, Dios me envía…
—… tal vez no vuelva más…
—… quiero morirme un día, con tu consuelo, con tu consuelo…
—¡BAAASTAAAAA!
El aullido de Cato es tan primitivo, tan bestial, y al mismo tiempo tan sorpresivo e inesperado, que prácticamente salto en mi silla. Haymitch, que estaba durmiendo una siesta preparándose para pasar la noche montando guardia, se sienta de golpe y da un par de manotazos con su cuchillo antes de despertarse del todo y comprender que no hay peligro.
—¡Basta! ¡BASTA! ¡Cállense, malditos! —sigue chillando Cato, una expresión enloquecida en los ojos.
—Es un truco —musita Glow.
Ella está marginalmente más tranquila. Quiero decir, al menos no está gritando. Por lo demás, su cara muestra que está tan al borde de un quiebre psicótico (como dirían los médicos del Capitolio) o del ataque de locura (como diríamos en el Distrito 12) como Cato.
—Es un truco —repite Glow, cortando en trocitos minúsculos unos duraznos silvestres. Las frutas están verdes, ella va a enfermarse si las come… —. Quieren volvernos locos. Pusieron esta especie de música para volvernos locos. Quieren que acabemos suicidándonos.
—Yo no voy a suicidarme —estalla Cato, indignado—. Y no van a volverme loco. No pueden.
Ajenos a todo, los sinsajos siguen repitiendo fragmentos de las canciones que Katniss canturreó durante todo el día.
—… por el cielo va la Luna con un niño de la mano.
—… contemplando una muñeca con deseos de llorar…
—… cantaba la rana, cantaba sin parar…
—… a media luz los besos, a media luz los dos…
—· Este sol te protege y te da calor…
—… las aves que iban volando se paraban a escuchar…
—Mañana zarpa un barco…
—Negros, negros, son todos mis vestidos…
—… dejando un rastro de sangre, dejando un rastro de lágrimas…
—Niño, déjame que baile…
—Vamos, el enamorado, que la hora ya es cumplida…
—… por eso amo, todo lo negro, porque mi amor es un minero.
Cato se arranca algunos pelos de la desesperación.
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Al anochecer, los sinsajos, al igual de las demás aves, buscan una rama confortable en la que pasar la noche. Su canto es especialmente intenso y mágico en el rato previo a la puesta del sol, cuando varios sinsajos ubicados en el mismo árbol enlazan las distintas melodías hasta formar una canción diferente a cualquiera que el ser humano pueda haber compuesto.
Es recién entonces que Cato y Glow advierten que no se trata de parlantes, equipos de sonido, computadoras ni ninguna terrorífica creación del Capitolio, sino unos inofensivos pajaritos lo que Katniss, creo que inconscientemente, estuvo usando como arma.
—Tendrán que dormirse —masculla Glow por entre dientes apretados, sin dejar de trozar plantas con furia asesina—. Los pájaros duermen de noche. No pueden seguir todo el tiempo…
—Ya sé qué voy a desayunar —gruñe Cato, que se cubrió ambas orejas con las manos, en un inútil intento de no oírlos más—. De entrada, pájaro frito con puré de pájaro. Plato principal, pájaro relleno de pájaro, con una guarnición de pájaro. Oh, y de postre, pájaro muerto.
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Llega la noche, y con ella el silencio de los sinsajos. Glow y Cato respiran aliviados. Llega el sello, himno, y sello de nuevo; no hubo muertos ese día.
—Mañana vamos a buscar a la mocosa del Distrito 12 y a convertirla en papilla —gruñe Cato—. Sabrán que es ella porque una persona muerta en la arena sólo puede ser un tributo, y deducirán por descarte que es ella. Sólo por eso. No porque esté reconocible, o porque quede suficiente como para reconstruirla. Una caja de zapatos bastará como ataúd…
Glow asiente satisfecha, sin dejar de hacer picadillo con uno de sus cuchillos unos frutos secos.
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A la mañana siguiente, los sinsajos repiten aún algún fragmento aislado, pero no hay punto de comparación con el día anterior. Para el mediodía, las canciones cesaron por completo.
Katniss está nuevamente en un árbol. Bajó al arroyo al amanecer, se aprovisionó de agua y algunos peces, y ahora está comiendo los peces y algo del pan que Haymitch le envió ayer. Parece compuesta, aunque aún un tanto distraída. Suspira con frecuencia y está claro que está triste, pero no parece al borde del ataque de llanto ni de la catatonia, y con eso me doy por satisfecho en este momento.
Glow y Cato, que están muy flacos, muy paranoicos y muy mal humorados, recorren lentamente un trecho de la arena, buscando a Katniss. El par está a kilómetros de tener éxito, literal y figurativamente. Literalmente, porque Katniss está a tres kilómetros en línea recta desde donde se encuentran ellos, y figurativamente, porque la están buscando entre los arbustos y al ras del suelo. A este ritmo, no van a encontrarla nunca.
Es evidente que los Organizadores de los Juegos piensan igual.
Cerca del mediodía, un ligero temblor se siente en la arena, o al menos eso supongo a partir del leve temblor de las cámaras. No dura más de unos segundos. Cuando el enfoque regresa a la normalidad, hay mutos en la arena. Al menos una docena de ellos. Probablemente más.
Siento la boca seca, todo me da vueltas al momento en que veo claramente los mutos. A mi lado, Haymitch comienza insultando, al cabo de un minuto vomita al costado de la silla, y luego sigue maldiciendo en voz más baja. Yo coloco la cabeza entre las rodillas, al menos hasta que el mundo deja de girar y los puntos negros desaparecen de mi visión.
Los mutos… son… parecen una mezcla de perros gigantes y ese lobo muerto que vi una vez en que mi hermano mayor y yo nos escapamos a hurtadillas al Quemador a canjear un pastelito que habíamos robado por medicina para el resfrío. Mi hermano del medio estaba enfermo, y mi querida madre se negaba a comprarle el jarabe que era la cura popular porque decía que era culpa de él que se hubiese enfermado. Los ojos vacíos del lobo muerto colgado de una viga y la lengua colgando afuera del hocico del animal me causaron pesadillas durante semanas. Yo tenía siete años en ese entonces.
Si sólo fuese eso, pero no. Los mutos se asemejan físicamente a los tributos caídos. El color del pelaje, los ojos, la estructura física… cada uno de ellos es identificable con un chico muerto. Reconozco a Calila, Rue, Tsam, Rick, Finna, Cora, Marvel, Chip… Nigel…
Los mutos corren enloquecidos, olfateando el lugar, dando medio aullidos, medio ladridos, medio gruñidos. No sé cómo definir el sonido, salvo decir que me pone los pelos de punta. Contengo la respiración cuando se acercan a la zona en la que está Katniss. Aunque ese encargado de los laboratorios me dijo que haría a Katniss inmune, no voy a quedarme tranquilo, menos aún viendo cómo son los mutos.
Al cabo de un minuto, los mutos pasan justo debajo del árbol sobre el que está pertrechada Katniss. Ella los advierte, y a juzgar por su expresión de espanto, los reconoce. Ella se queda completamente inmóvil sobre la rama en que está, aferrada con ambas manos al árbol, blanca como un papel del Capitolio… y los mutos pasan de largo, sin siquiera mirarla.
No consigo respirar tranquilo hasta que las bestias están a una considerable distancia, pero una vez que están claramente fuera de vista desde el lugar de Katniss, consigo relajarme un poco…
…al menos hasta que el grito desesperado de Glow vuelca mi atención hacia la pantalla que los muestra a ella y a Cato, corriendo a toda velocidad y con los mutos pisándoles los talones.
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Cato y Glow corren por sus vidas, en el sentido más estricto de la palabra. Los dos llegan hasta la Cornucopia, no lejos de allí, y empiezan a trepar. Glow abandonó su cuchillo y Cato su lanza durante la huida. No tienen cómo defenderse, sólo les queda intentar escapar. Los mutos les pisan los talones, gruñendo y dando tarascones.
Los dos trepan a la Cornucopia, la desesperación compensando su falta de agilidad o práctica. Los mutos están abajo, gruñendo y rugiendo. Cuando Glow y Cato consiguen ubicarse en la punta de la abertura de la boca, el lugar más alto y por lo tanto seguro, Cato sujeta a Glow por la mochila que ella aún tiene en la espalda. En un primer momento creo que es para mantener el equilibrio, hasta que caigo en la cuenta que está empujándola por el borde. Ella se defiende con uñas y dientes, gritando y tratando de aferrarse, pero Cato corta las correas de la mochila con una navaja no diferente de la que constituyó el último desesperado intento de defensa de Nigel, y luego pisa los dedos de Glow con el talón de la bota hasta quebrárselos, haciendo que su aliada caiga directo a las fauces de los mutos que están debajo.
Cierro los ojos y me aparto de la pantalla para no ver, pero no puedo evitar oír.
Los mutos gruñen.
Glow grita, llora, suplica, aúlla.
Cato ríe en un momento, una risa completamente desquiciada e inhumana.
Parece durar horas y horas, pero más tarde me dirán que no fueron más de diez minutos. Los mutos mordieron a Glow, sin prisa ni pausa; no la desfiguraron ni arrancaron pedazos de su cuerpo ni nada… sólo la mordieron con sus dientes como cuchillas, en todo el cuerpo, hasta que la masiva cantidad de heridas le produjo a la chica un shock hemorrágico que le costó la vida. En otras palabras, fue como si la hubiesen apuñalado hasta que murió desangrada.
Una vez que suena el cañón que marca el deceso de Glow, los mutos se quedan muy quietos un momento antes de alejarse un par de metros. Cerca de allí un ligero temblor abre otra de esa especie de compuerta, los mutos saltan dentro, la puerta (o lo que sea) se cierra, y al cabo de medio minuto todo el lugar tiene un aspecto como si nunca un muto hubiese pisado la arena.
Cato baja de la Cornucopia, aferrado a la mochila como si de ella dependiera su vida. Tiene aún una expresión maníaca en los ojos, y se ríe a carcajadas histéricas al ver a Glow, cubierta de sangre, cerca de allí.
—Lo hice —susurra Cato, los ojos un tanto desorbitados, una sonrisa que no tiene nada de alegre desfigurándole las facciones—. Lo hice. Gané. Ya gané. Lo hice…
Toma unos minutos que Cato pueda apartar la vista de los restos de quien hasta hace media hora era su aliada. Por fin, cuando él se aleja hacia el lago, un sinsajo silba la advertencia que precede a la llegada del aerodeslizador, que aparece y se lleva el cadáver de Glow.
Por el rabillo del ojo veo cómo, a mis espaldas, Cashmere y Gloss se retiran de la Sala de Mentores, con la frente tan en alto como pueden. Están compungidos, pero se niegan a mostrar debilidad… se niegan a mostrar emoción, directamente. Enobaria y Brutus, a todo esto, están haciendo planes a viva voz sobre cómo van a festejar la victoria de Cato, que ahora ya dan por hecha. Yo aprieto los dientes de disgusto y me esfuerzo en no prestarles atención.
Cato se sienta en la orilla del lago, temblando y sonriendo y riendo y con lágrimas corriéndole por las mejillas, todo a la vez. Al cabo de unos minutos se calma lo suficiente como para abrir la mochila. De adentro saca una botella de agua casi vacía y un pañuelo formando un pequeño paquete; cuando lo abre, adentro descubre un puñado de almendras.
—Las estabas guardando, ¿eh? —le dice Cato a la nada, sonriendo más que antes—. ¿Querías comerlas todas? ¡Ja! ¡Mira lo que hago con tus almendras, Glow! —grita, toma un puñado y mira alrededor, como si esperara ver a Glow aparecer detrás de uno de los árboles—. ¡Mira!
Se mete el puñado de almendras en la boca, mastica, hace una mueca, traga. Toma el resto y se las come también; después vacía lo que queda de la botella de agua.
—Ahí tienes —susurra—. Ahí tienes. Mías. Yo las comí. Mías…
Hace otra mueca, como de disconformidad, y bebe más agua, directamente del lago. Cato empieza a jadear, y bebe más agua, sin dejar de hacer muecas.
—Preciosa ganó.
Me giro a ver a Haymitch sin comprender más nada. La expresión de asombro, alivio y asco de su cara me confunde más todavía.
—¿Qué?
—Katniss ganó —susurra él—. Ese muchacho está muriéndose.
Lo miro. No sé ni cómo preguntarle cómo es que de pronto sabe eso, suponiendo que sea cierto…
Haymitch aparta la vista de la pantalla y me mira directamente.
—No hay almendros en la arena. ¿No te preguntaste de dónde repentinamente salieron esas almendras?
—¿Honestamente? No —admito.
—No son almendras. Es decir, sí lo son, pero no del tipo comestible. Son almendras amargas —explica Haymitch con voz débil, como si no pudiese creerlo—. Son venenosas. Y en la cantidad que comió el chico, mortales.
Miro de nuevo a la pantalla. Cato está sujetándose el vientre con ambas manos, con una mueca de dolor intenso plasmada en la cara. Respira con dificultad y parece cubierto de sudor.
—¿De dónde salieron? —pregunto, atónito.
—La chica estaba pelando unos duraznos verdes ayer… les quitó la pulpa y conservó los carozos —recuerda Haymitch—. En el interior de los carozos están las semillas, las almendras…
—¿Glow sabía? —no puedo evitar jadear—. ¿Lo hizo a propósito?
—Si era tan buena con los venenos como Gloss y Chashmere gustaban de presumir, entonces sabía —musita Haymitch, con la mirada perdida—. Supongo que quiso tenderle una trampa al muchacho para eliminarlo, pero no tuvo tiempo…
En la pantalla, Cato está retorciéndose y gimiendo de dolor. Tiene los labios azulados, está enroscado en posición fetal…
La muerte de Cato es dolorosa y mucho más lenta de lo que nadie merece. El Capitolio podrá encontrarlo entretenido, pero a mí no deja de parecerme horrible. Por fin, por fin, suena el cañón. Un aerodeslizador retira el cuerpo de Cato al mismo tiempo que el orificio del suelo se abre de nuevo y los mutos salen otra vez, más feroces que nunca, a la arena.
—¿Qué…? —soplo más que hablo.
No tiene sentido. No deben soltar a los mutos de nuevo. Es hora de anunciar que Katniss ganó, que puede salir de la arena, ser coronada Vencedora y…
Los mutos corren, aullando, por la arena. Miro inmediatamente la pantalla de Katniss. Ella está segura arriba del árbol, más alto aún que antes, observando hacia abajo con temor.
Las mutaciones recorren la arena sin dejar de aullar y atropellar cosas. Al igual que antes, pasan bajo el árbol de Katniss sin dedicarle una segunda mirada.
Sin embargo, tras varios minutos de recorrer la arena aullando y rugiendo, algo parece congregarlos bajo el árbol de Katniss. Pero no lo atacan. No la atacan. Los mutos están junto al tronco, gruñéndose entre ellos, sin siquiera mirar hacia arriba.
La tensión crece, los gruñidos son cada vez peores, y de pronto uno de los mutos ataca a otro. El muto herido ruge y se sacude, golpeando a un tercer muto, que se une a la pelea y al hacerlo choca contra otro muto, que muerde ferozmente al tercero…
En cuestión de segundos, los mutos están enzarzados en una feroz pelea de todos–contra–todos. Los aullidos, gruñidos, ladridos de furia y dolor son espantosos. Katniss, que arriba del árbol tiembla como una hoja, está aferrada a las ramas y tiene los ojos cerrados mientras canta o recita algo, moviendo sólo los labios, sin arriesgarse a hacer ni un sonido.
En un baño de sangre, pelo y colmillos, los mutos acaban matándose entre ellos. Ésta vez literalmente tardan horas en morirse. Casi está anocheciendo cuando el último por fin termina de moverse.
Hay un minuto de completo silencio.
Entonces Katniss abre los ojos.
Tas un leve sonido de estática, la voz de Claudius Templesmith retumba en el estadio:
—Damas y caballeros, me llena de orgullo presentarles a la vencedora de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre: ¡Katniss Everdeen! ¡Les presento a... la tributo del Distrito 12!
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Después de eso, no supe más.
Creo que me puse de pie, quizás para festejar que Katniss sobrevivió, quizás para reclamar que no la hayan sacado antes de ahí, quizás para llorar de alivio o gritar de impotencia… lo cierto es que todo lo que recuerdo después en que todo se puso negro ante mis ojos.
Ahora estoy en una sala de hospital. Odio este lugar, la última vez que estuve en una sala similar a esta, si no exactamente la misma, fue cuando me amputaron parte de la pierna.
La coronación como Vencedora de Katniss es esta noche.
Algo grande está cocinándose. No sé los detalles, pero desde la extraña visita de Portia hace dos días hablando sobre fuego y luz y ropa, unos crípticos comentarios de Haymitch ayer sobre la Chica en Llamas, unas veladas advertencias del médico sobre no ejercitarme demasiado… sé que algo está ocurriendo.
Por ahora, sólo sé que Katniss está viva, sana y a salvo, y eso me basta por el momento. Al menos hasta que pueda salir de aquí y comprobar el estado de situación con mis propios ojos. Como eso será esta noche, no tengo más opción que esperar…
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