Cosas que me pertenecen: el orgullo de haber sobrellevado la presentación de la obra de teatro de mis salvajes sin pegarle a nadie. No fue fácil que lo hicieran medianamente bien, y no salió del todo bien tampoco, ¡y aún así no golpeé a nadie! Aunque ganas no me faltaron…
Cosas que no me pertenecen: los derechos de autor de la saga Los juegos del hambre, aunque cito casi textualmente un parrafito aquí y allá en este capítulo. Pero voy a pedirlos para Navidad.
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Epílogo: Haymitch el Astuto
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—Un poco más a la derecha… ajusta más el nudo, Haymitch. Más. Ahora, alísalo. Arregla el pliegue…
Gruño de irritación. Esto de vestirme de gala es una porquería. Al menos esta vez el que tiene que encargarse de lidiar conmigo es el estilista nuevo, el tal Cinna. Derecho de piso, me imagino: dejen que el novato se las arregle con el viejo cascarrabias.
Tengo que admitirlo, de todos los estilistas que conocí, es el menos peor. Al menos este fulano (que, pintura dorada alrededor de los ojos aparte, parece bastante normal) comprendió pronto que no soporto por ningún motivo, razón o circunstancia que nadie me toque, de modo que llegamos a un acuerdo: él me dice cómo debo vestirme, yo hago lo que él me dice, él no me pone un dedo encima, yo no discuto con él, y todos felices. O casi. Si sólo la maldita corbata se dejara atar como debe…
—Tranquilo, no aprietes tanto el nudo. Te necesitamos vivo —observa él, enarcando una ceja.
Gruño de nuevo, aflojando la maldita corbata frente al espejo.
—Voy a estrangular con una de éstas al malnacido que las inventó —mascullo, arreglando el nudo.
—Ya existían en los Días de Antaño —observa Cinna, refiriéndose a la época que precedió a la fundación de Panem.
Bufo. Eso no me consuela precisamente.
—Unas cuantas horas y estarás fuera del foco de las cámaras por los siguientes seis meses —comenta Cinna en un tono que mezcla el consuelo con la advertencia.
—Hasta el maldito Tour de la Victoria —suelto por entre los dientes apretados, anudando con infinito cuidado el estúpido nudo de la maldita corbata.
—Falta para eso —responde él—. Por ahora, preocupémonos por Katniss.
Sí, tengo las manos llenas con esa chica, añado mentalmente. Mantenerla viva y fuera de problemas es trabajo más que suficiente.
—Tiene que estar espléndida esta noche —añade Cinna al cabo de un segundo, lo que me recuerda dónde están las prioridades de cada uno de nosotros. Yo me preocupo por el impacto político de sus palabras, mientras que a éste otro le quita el sueño si ella tiene el pelo opaco o si su ropa no es lo bastante provocativa.
—Sí, inolvidable debe estar —respondo con sarcasmo.
—Exacto —añade Cinna con un tono de voz extraño—. ¿Quieres ver su vestido?
Normalmente, ver vestidos es algo que evito como a la peste, más si son vestidos diseñados en y para el Capitolio, pero algo en su voz, su expresión, me hace asentir con la cabeza. Después de la discusión con esos malnacidos que querían "arreglar" quirúrgicamente a la chica, en la que yo los amenacé, insulté y prohibí que la tocaran, y el estilista actuó de voz de la razón y cordura sugiriendo alterar la ropa, tengo cierta confianza en él… y algo de curiosidad por el ver el dichoso vestido.
Cinna trae desde una especie de perchero sobre rueditas un vestido amarillo pálido envuelto en una funda protectora. Es muy sencillo, ni muy largo ni corto, no exactamente entallado y para nada sensual. Si estuviese hecho de una tela más vasta y de un color menos delicado sería casi igual al tipo de vestido que las mujeres del Distrito 12 usan. Los zapatos que Cinna tiene pensados para acompañarlo son unas sandalias nada extravagantes, y a menos que el vestido tenga algún mecanismo para arder de pronto y dejar a la Vencedora en un provocativo conjunto de ropa interior, es completamente inofensivo e inocente.
—Es muy… normal —se me escapa decir.
—Gracias —responde Cinna en tono complacido.
—Lo dije como un elogio —le aclaro, por las dudas.
—Lo sé —responde él, sonriendo, antes de volver a colgar el vestido.
—¿Con qué vestirán al Chico?
—Portia tiene preparado un pantalón oscuro, botas negras, y una camisa de la misma tela que el vestido. Será un buen efecto que los enamorados vayan a juego —menciona Cinna con estudiada casualidad.
Suspiro profundamente. Lo de los "enamorados" está probando ser un dolor de cabeza. El Chico está en el hospital, si no en una habitación contigua a la de Preciosa, entonces casi. Tiene una úlcera casi perforándole el estómago, nervios, por supuesto; y una ligera lesión en la espalda. Jamás lo oí quejarse de dolor de espalda, pero el Chico no es de los que se quejan de todos modos. Parece que los genios del Capitolio no tuvieron en cuenta que entre los catorce y los dieciséis años todo chico crece a lo alto, pero que una prótesis no lo hace, de manera que la que el Chico tiene en la pierna izquierda le queda corta. Esto hizo que pisara mal, y además de probables dolores de espalda de los que nunca lo escuché quejarse, le causó un inicio de desviación de columna que afortunadamente podrá ser corregido con facilidad.
La chica también está en una cama de hospital, en su caso con golpes, quemaduras, deshidratación, una ligera fiebre y pesando doce kilos menos de los que debería. De modo que quedó en mis manos seguir adelante con esta charada de los "Amantes trágicos", que de trágicos están teniendo cada vez menos ahora que por fin serán reunidos para las pantallas.
El idiota encargado de la televisación de la ceremonia, un tal Plutarch, quiere que los componentes de la pareja del momento se reencuentren por primera vez en el escenario, para poder transmitir en vivo y en directo a todo el país las reacciones auténticas de los "enamorados trágicos", que tantas desventuras superaron ya, todo gracias a la fortaleza de su amor.
Puaj. Tanto romance me da arcadas, no por último porque no es del todo verdad.
—Ahí está bien. Perfecto —sonríe Cinna, observando mi corbata, a la que estuve manoseando el último medio minuto mientras pensaba—. Ahora, el chaleco.
Bueno, ése al menos es fácil. Quiero decir, no hay mangas en las que enredarse ni nada, y sólo tiene dos pequeños botones dorados, que son a presión en lugar de con ojales. Realmente, no hay modo de meter la pata.
—Bien, ahora arregla los pliegues que se formaron en tu camisa. Tira suavemente de las mangas —me indica el estilista—. No, la corbata va adentro del chaleco. Eso es. Ahora, toma el borde inferior de los faldones y dale un pequeño tirón. Así. Bien.
Sólo en el Capitolio uno necesita un asistente para vestirse. Sólo en el Capitolio. Los viejos y abolsados pantalones, las camisas, mi viejo abrigo de lana y las botas que uso en el Distrito 12 puedo ponérmelos a oscuras, borracho y con los ojos cerrados. Literalmente.
—El frac arriba de todo —indica Cinna.
Me calzo el frac, una cosa ridícula y nada práctica, pero que este año es el último grito de la moda. Dentro de todo, este tiene un corte cómodo, y es de un discreto negro, no como esos otros mamarrachos que vi por ahí. Creo que el peor de cuantos vi esta temporada era ese rosado con rayas doradas que usaba ese ridículo presentador de televisión. En comparación, el mío es la imagen misma de la discreción.
Cinna da una vuelta a mi alrededor, durante la cual no dejo de seguirlo con la mirada. Me pone de los pelos darle la espalda a alguien, aunque ese alguien sea tan mayormente inofensivo como este estilista. Aparentemente satisfecho con lo que ve, Cinna asiente y me sonríe ligeramente.
—Estás listo —determina Cinna—. Intenta no arrugar tu ropa más de lo normal en la próxima hora, ¿sí? Voy a ver a Katniss.
Gruño a modo de asentimiento. Lo que realmente quisiera ahora es un trago de algo, preferentemente algo fuerte, pero creo que en ese "no arrugues tu ropa" estaban implícitos "no te emborraches, no te vomites encima, no te ensucies con nada que no pueda quitarse con un cepillo para la ropa". Aunque normalmente las indicaciones de los estilistas no podrían importarme menos, éste me cae marginalmente bien… y tengo una imagen que cuidar por el bien de otros.
Diablos con esto de preocuparse por otras personas. Es por eso que no tengo amigos, no me hablo con mis parientes lejanos y en general evito a los seres humanos en medida de lo posible. Después me pasa esto que les tengo aprecio y sufro cuando están metidos en problemas. Y tanto Preciosa como el Chico lo están en grado sumo ahora mismo.
Salgo de la habitación en que me vestí/me hicieron vestirme, y me dirijo hacia mi lugar detrás del escenario desde donde me anunciarán antes de mi entrada a escena. Antes de llegar, me encuentro con Effie, a quien por lo visto los estilistas embutieron en un vestido de noche negro con toques de blanco, amarillo, naranja y rojo. Este tema de las llamas está agotando rápidamente mi paciencia; al menos ella y yo no vamos exactamente a juego, o…
—¡Haymitch! ¿Puedes creerlo? ¡Sólo faltan minutos para la gran entrada de Katniss! —chilla ella, en un tono tan agudo y penetrante que mi deseo de un trago aumenta exponencialmente. ¿En serio voy a tener que pasar los siguientes, qué, cincuenta minutos, al lado de este esperpento?—. ¡Siempre supe que ella podría lograrlo! ¡Es una chica tan increíble! ¡Una perla, toda una perla, siempre lo supe!
Effie sigue parloteando sobre perlas y patrocinadores y enamorados, y yo la tolero del mismo modo en que llevo tolerándola todo este tiempo sin estrangularla ni rugirle que se calle, dos acciones muy tentadoras cuando ella está en modo entusiasta: desconecto mis oídos y sueño con todo el licor que seré capaz de beber una vez que regrese al Distrito 12.
Al cabo de unos minutos, se nos suma Johanna Mason. Lleva un sentador vestido verde en el que luce positivamente incómoda y un ceño profundamente fruncido, que es su expresión normal cuando está en el Capitolio.
—Hey, Haymitch, ¿quién es eso? —pregunta con una mirada de disgusto hacia Effie, cuya radiante sonrisa flaquea un poco.
—¿Eso? —pregunto, siguiéndole el juego—. No sé. Me siguió hasta aquí y me dio culpa echarla.
Effie luce seriamente herida, pero sus buenos modales superan mi rudeza y la de Mason junta. Rayos. Hará falta más para echarla.
—Hola, soy Effie Trinkett, escolta del Distrito 12 —se presenta en su tono más amable, el que suele usar con los patrocinadores, los animales y los niños—. Usted es la señorita Johanna Mason, por supuesto, Vencedora del Distrito 7 —añade con una radiante sonrisa, tendiéndole una emperifollada mano a Johanna, que la mira de un modo no diferente de cómo yo miraría a un vaso de agua que me ofrecieran al pedir una bebida.
—¿De dónde la sacaste? —me pregunta la campeona del Distrito 7 con lo que parece auténtico pavor, ignorando la mano extendida de Effie.
—La dejaron en una cesta en la estación de tren del Distrito 12 —me encojo de hombros.
—Yo, hum, voy a ver si todo está preparado —murmura Effie, escabulléndose.
La observamos alejarse, y es sólo cuando está a una distancia más que segura que Johanna y yo nos atrevemos a hablar.
—¿Algo interesante en la casa? —murmuro.
—Todo tranquilo en el comedor —musita Johanna, encogiéndose de hombros—. Las habitaciones son otra cosa.
El código no es muy seguro que digamos y cualquiera con dos dedos de frente lo deduce rápidamente, pero para un poco de información poco relevante como ésta, es suficiente. La casa es el país de Panem, el comedor es el Capitolio, las habitaciones son los Distritos. Distrito 13 es la cocina, en el sentido que la organización de la rebelión viene, valga la redundancia, cocinándose, allí desde hace años.
—¿La cocina? —me atrevo a preguntar.
—Oh, la cocinera no estaba muy convencida con esos bocaditos de caviar, pero creo que acabará accediendo. Sabes que no puede negarle nada a Finnick —responde Johanna en voz alta, con un rodar de ojos.
Recién entonces noto un Agente de la Paz apostado en el pasillo, estirando el cuello en nuestra dirección.
—Hhhmmpfff. Nadie le niega nada a Odair —gruño en respuesta, inseguro si interpretar que Coin accedió a algo porque Finnick es tan buen informante, o si Johanna dijo cualquier cosa para despistar al mercenario del gobierno. Oh, bueno, ya habrá tiempo.
—¿Tus enamorados —Johanna carga la palabra de toda la sorna posible— hicieron algún pedido especial a la cocina?
—No creo que sepan ni dónde queda la cocina. Rayos, yo no sé dónde queda la cocina de esta cosa, y llevo años en esto —estoy hablando en sentido tanto literal como figurado aquí. No sé dónde queda la cocina del Centro de Entrenamiento y no sé dónde queda exactamente el Distrito 13.
—Ven, te la muestro. Puedes pedirles pasteles borrachos o algo por el estilo —sonríe Johanna sarcásticamente. Como si el alcohol estuviese permitido en el Distrito 13…
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Para mi sorpresa, Johanna efectivamente me guía a la cocina, aunque dando mil vueltas y tomando unos atajos imposibles a través de pasillos ocultos tras lo que yo hubiese podido jurar que era pared maciza, una vitrina llena de fotos y medallas, y hasta un retrato a tamaño natural de Snow. Como para confundirme más, la chica desmantela alarmas o quizás solo inhabilita contraseñas con un invisible para el cabello, una escupida y hasta a golpes del tacón de su zapato. Al cabo de un tiempo sorprendentemente breve acabamos en lo que debe ser un anexo de la cocina, o más exactamente, la despensa. Por el lugar transitan unos cuantos avox vestidos de blanco y pertrechados con delantales, que nos dirigen sonrisas fugaces sin dejar de trabajar.
—Por aquí —indica Mason, metiéndose en algo muy grande y de color blanco.
Casi espero salir en un jardín soleado en mitad de la noche después de todos los pasadizos secretos que acabamos de transitar, pero el lugar es sólo un refrigerador de tamaño industrial. Es casi un anticlímax después de tanto misterio, estar hablando en un lugar que está a tres grados bajo cero.
—Nada pasó en los Distritos todavía, pero es obvio que estamos en la calma antes de la tormenta —informa Johanna rápidamente—. Nadie se atreve a disparar la primera bala, pero tenemos más adeptos que nunca. En el Capitolio no ven más allá de los enamorados, pero a los Distritos les llegó de cerca la historia de dos tortolitos que vieron sus vidas casi destruidas por los Juegos. Es fácil compararlos con el primo, la hermana, el tío, la hija que cualquiera de ellos perdió y querer luchar del lado de los enamorados en memoria de los caídos.
Aunque algo mórbido, el razonamiento tiene sentido, emocionalmente al menos. Noto que ella se rodeó el torso con los brazos, en los que tiene piel de gallina. Sin decir nada, me saco el frac y se lo tiendo. Ella lo toma sin dejar de hablar y se viste con él. Le queda ridículo, y no puede abotonarlo a causa de los músculos de sus brazos y hombros, resultado de descargar su furia talando árboles, pero sigue siendo mejor que nada.
—Coin no estaba muy convencida con tu chica, pero estamos haciendo presión para que se deje de encontrar excusas —dice Johanna velozmente—. Ella servirá. Tendrá que servir. Ella y el chico, juntos, son justo lo que estábamos buscando. El ángulo del romance es bueno, y de paso resaltamos el trabajo en equipo. Mellark tiene una oratoria lo bastante elocuente como para venderle madera al Distrito 7 si quisiera, y la tal Katniss es quien empezó todo, con ese discursito sobre el hambre.
Asiento con la cabeza. Algún rincón de mi cabeza, o quizás mi largamente muerto corazón, se encoge de culpa por mandar a los dos chicos, porque no son otra cosa que chicos, al frente de una guerra… chicos, como también lo era yo cuando el Capitolio se ocupó de que yo nunca fuese nada más que un borracho amargado, como lo éramos todos los vencedores antes de convertirnos en los despojos de persona que somos ahora.
—Sólo una cosa más —anuncia Mason con una sonrisa algo sarcástica—. Hay un cierto revuelo en los laboratorios de genética de los Juegos. La prensa quiere mantener todo silenciado, pero están dando vuelta el lugar y revisando con lupa cada rincón. Parece que estos últimos mutos no eran lo que se esperaba de ellos.
Enarco una ceja por toda respuesta, esperando una aclaración.
—Como todos adivinamos o conjeturamos, que a veces viene a ser lo mismo, no fue un error de programación el que los soltaran la segunda vez. Sabemos que recibieron órdenes de muy arriba de sacarlos de nuevo a la arena a, cito textual, "terminar el trabajo" —empieza Mason, su aliento formando nubecillas.
Exhalo el peor insulto que sé en voz muy baja. Lo supe desde el primer momento, pero de algún modo no quise creer que Preciosa estuviese en tanto peligro.
—Pero por alguna razón los mutos se mataron entre ellos en vez de matar a la chica, a la que de hecho no le tocaron un pelo. Aparentemente, estaban programados para seguir el código genético de los tributos que quedaban en la arena, pero el de tu Katniss estaba sospechosamente contaminado, a tal punto que los mutos no pudieron reconocerla —explica Johanna—. Hay serias sospechas de que fue sabotaje, aunque ninguno de los nuestros tuvo nada que ver, hasta donde sabemos… parece que alguien más tiene un interés especial en que ella viva, aunque no sabemos quién ni por qué.
A esta altura de los acontecimientos, ya no sé si alegrarme o no de alguien está velando por la vida de la chica. Me asusta pensar qué querrán a cambio.
—Es eso lo que acabó de convencer a Coin —completa Johanna—. Alguien a quien Snow tiene tanto interés en destruir tiene que tener algo especial. Quiero decir, quiso matarla cuando quedó en claro que ella era la vencedora; prefirió no tener vencedor alguno antes que coronarla a ella…
Trago en seco. Trago la culpa, los nervios, el miedo por ella, la lástima, la conmiseración, la pena, el dolor, la empatía, el cierto reluctante aprecio que le tengo, y cuadro los hombros.
—Katniss Everdeen es la persona ideal para convertirse en la imagen de la rebelión —digo con voz firme.
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Treinta minutos después de esta conversación y tras recuperar mi frac, estoy tras el escenario elevado en el que la chica saldrá a saludar a las cámaras. Todavía quedan unos minutos antes de que empiece el show, y siento que debo advertirle. Ya que la estoy tirando a las fauces de los leones, al menos puedo advertirle al respecto. Tácitamente.
—¿Qué tal un abrazo de buena suerte? —le sugiero tras casi matarla del susto, de manera totalmente involuntaria, por una vez.
Ella parece sorprendida, pero no se niega. Por mucho que rechazo el contacto físico normalmente, ésta vez la aferro con alma y vida.
—Escucha, tienes problemas —le informo lo más rápido que puedo, hablándole diretamente en el oído—. Se dice que el Capitolio está furioso por lo que dijiste en el estadio sobre el hambre. Si hay algo que no soportan es que los critiquen, y ahora mismo todos los Distritos están de acuerdo en lo mucho que odian al Capitolio.
Ella tiembla como una hoja, pero suelta una risita.
—¿Y qué?
Me alegra que sea buena para disimular. Ese talento le vendrá muy bien.
—Tu única defensa sería que estuvieses tan ligeramente desequilibrada por el hambre que pasaste que no fueses responsable de tus acciones. El Chico dijo que te ama para reunir patrocinadores. Síguele la corriente con todo lo que diga, él va a sacarte de este embrollo, sólo haz el papel de tontorrona enamorada —me aparto antes de que el abrazo se haga sospechosamente largo y le arreglo la cinta del pelo—. ¿De acuerdo, preciosa?
—De acuerdo. ¿Se lo has dicho a Peeta? —quiere saber.
—Voy a hablarle ahora. Mientras tanto, será mejor que ocupemos nuestros puestos —la conduzco al círculo de metal que se elevará para dejarla en escena—. Es tu noche, preciosa, disfrútala.
Las palabras me saben a ceniza en la boca al decirlas.
Encuentro al Chico al otro lado del tabique de madera. Tiene un bastón que le ayuda con su nueva prótesis, y parece ansioso. Si es por el ceremonial, por ver a la chica, o nervios en general, es algo que no sé y no tengo tiempo de descifrar.
—Acabo de verla —anuncio.
—¿Cómo está ella? —pregunta, casi temblando de emoción.
Suspiro profundamente y sacudo la cabeza, componiendo la expresión más triste que soy capaz.
—Nada bien. El hambre que pasó en la arena la desequilibró más de lo que creí. Ya sabes, ella no está acostumbrada a no tener sus tres comidas calientes por día —digo en el tono más casual que puedo.
El Chico entorna ligeramente los ojos, pero no hace comentarios. Una mentira tan enorme como ésa está destinada a hacerle llegar un mensaje, y confío en que comprenderá éste.
—Tendrás que ser muy paciente con ella —sigo en mi mejor tono de consejo desinteresado—. Literalmente, será como tomarla de ambas manos y enseñarle a caminar. Sé que la amas, demuéstraselo, eso ayudará a que se sienta segura.
Él asiente, reluctante y conflictuado. Ah, eso significa que entendió.
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Ya está. Más no puedo hacer. Sólo me queda rogar por lo mejor y esperar lo peor, como siempre. Tomo asiento entre el público, junto a Portia, que me dirige un cabeceo antes de clavar la mirada en el escenario. Como estilista y mentor de un tributo caído, ella y yo no somos parte del show esta noche.
Caesar Flickerman hace un par de chistes y comentarios antes de empezar el espectáculo propiamente dicho. Presenta al equipo de preparación de la chica, unas personas tan ridículas que no me molesto en prestarles atención. La multitud aplaude. Luego es el turno de Effie, que por supuesto tiene una cara como si todos sus más descabellados y abrumadores sueños se hicieron realidad. El público aplaude. Después, el estilista, Cinna. Al igual que con la ropa que viste, es medido y reservado, aunque a nadie se le escapa la satisfacción y el orgullo que irradia él. Los espectadores rugen su aprobación. Luego, el Chico entra, llevando el bastón que necesitará por un tiempo, hasta que se acostumbre a la nueva prótesis. Los presentes chillan, patalean, aplauden, rugen, silban, algunos hasta lloran, todo para mostrar su aprobación.
Por fin, sube la plataforma que transporta a la chica. La multitud, si había estado extasiada con el chico, enloquece por completo con ella. Por suerte, Preciosa saca a relucir unas dotes actorales que yo no sabía que tenía y actúa toda tímida e insegura. El Chico va hacia ella, literalmente la toma de las manos y le habla en voz baja.
—No te preocupes, estás a salvo ahora —le dice en un tono tranquilizador y amable—. Yo voy a cuidarte. Te extrañé tanto, Katniss…
Ella lo mira con atención y asiente. Él acaricia su cabello, que ella por una vez lleva suelto, y empieza a decir algo más, cuando Preciosa se lanza a sus brazos y entierra la cara en el pecho del chico. Él le devuelve el abrazo con ganas, escudándola con su cuerpo en medida de lo posible. La multitud se vuelve frenética de aplausos y muestras de aprobación.
Se separan al cabo de un par de minutos, sólo lo suficiente como para mirarse a los ojos. Ella coloca las manos en el cuello de él; él coloca una mano en la cintura de ella y otra en la mejilla de la chica. Ella cierra los ojos. Él también.
Contengo el aliento. Van a… realmente van a…
Se besan.
El ruido de la multitud es tan intenso que hasta yo tengo que cubrirme los oídos. No sé si en medio de tanto festejo y conmoción alguien más notó que la chica estaba escribiéndole "BESAME" con el dedo en la espalda al chico mientras lo abrazaba. Ni que él le respondió "PERDON" en el hombro de la chica antes de besarla.
El Capitolio los arrojó a la arena, a luchar en los Juegos. Los rebeldes lo arrojamos a una guerra que estallará más temprano que tarde, a ser nuestra insignia de lucha.
Entre una batalla y otra, todo lo que queda son dos chicos que, después de hoy, ya no tendrán en claro ni sus propios sentimientos. Quiero creer que, eventualmente, con el tiempo y sólo con el tiempo, descubrirán que se aman. Que, diferentes como son, los dos se necesitan y se complementan. Que cualquiera de los dos llegaría a extremos absurdos y terribles por proteger al otro.
Sólo con el tiempo…
Mientras tanto, los dos se besan de nuevo, en medio del rugido de la multitud, las brillantes luces del estudio, el atento ojo de las cámaras de televisión, la mirada escrutadora de miles de personas, los flashes de demasiadas cámaras, y una atmósfera de amenaza colgando sobre ellos.
Se besan, y sé que al menos por un momento, sienten que son las únicas dos personas sobre la tierra.
Queridos lectores, éste es el fin de Vencedores. Me despido con mi más sincero agradecimiento a cuantos me acompañaron en este recorrido, mis disculpas por las recientes demoras en actualizar, y mi promesa de responder todos los comentarios que reciba de aquí a un mes de la fecha de publicación de éste el último capítulo.
No, no tengo prevista una continuación. Nunca proyecté que esto abarcara más del primer tomo.
Quizás publique algunas historias en formato de capítulo único en el futuro más cercano, pero no creo que pueda emprender otro proyecto tan largo y detallado como éste pronto.
¡Gracias por leer y comentar!
