Nenas se las recomiendo mucho es excelente historia

Capítulo 1

Seis meses.

Bella estaba apoyada en el mástil del barco, respiró hondo y fue soltando poco a poco el aire.

Seis meses…

Tiempo para relajarse, quizá. Tiempo para dejar de mirar por encima del hombro para ver si Edward estaba cerca.

Todavía no la había encontrado.

Lo cual era una sorpresa.

Aunque había que admitir que había planeado muy bien la huida. No se había llevado nada que la pudiera identificar como la señora de EdwardCullen. Ninguno de sus caros vestidos que había en su amplio guardarropa. Ni tampoco ninguna de sus tarjetas de crédito.

Sólo dinero en efectivo. Y sólo lo que necesitaba.

Bella no quiso llevarse nada de aquel matrimonio, sólo quería escapar de su lado.

No se había ido a su casa, en Hidden Bay, porque ése iba a ser el primer sitio donde la podía buscar Edward. Se había ido a Townsville, donde sus hermanos le habían inscrito como ayudante en un barco de carreras que estaba participando en una regata alrededor de Indonesia. Cuando terminó, se enroló en otro barco de carreras, para llevárselo a su adinerado propietario, que vivía en la Riviera.

En aquellos momentos estaba otra vez en Australia, pero donde a Edward nunca se le ocurriría buscarla.

Bella cerró los ojos y se estremeció. Aunque había podido escapar físicamente, todavía tenía que pasar más tiempo antes de poder olvidarse de sus emociones. Aunque no había visto a Edward desde hacía seis meses, no sabía cuándo iba a poder olvidarlo.

Todavía soñaba con él por las noches. Edward hacía el amor con ella como él sólo lo sabía hacer. Siempre se despertaba justo en el momento en que se iba a consumar el acto, dejándola acalorada y temblando de deseo.

¿Cuánto tiempo tenía que pasar, antes de que el fuego que Edward había encendido en ella se extinguiera? ¿Cuánto tiempo tenía que pasar para dejar de desearlo? El, todas las noches en su cama. El, haciéndola responder, aunque a ella no le apeteciera.

Bella se estremeció, al recordar la debilidad que sentía por aquel hombre, incluso después de lo que descubrió aquel domingo.

¿Cómo le había permitido hacerle el amor esa misma noche, cuando se había dado cuenta de la clase de hombre que era? Y lo peor de todo, ¿cómo pudo sentir placer?

Se estremeció de nuevo, despreciándose a sí misma. Era espantoso que un hombre tuviera tanto poder sobre una mujer. Pero Edward era un hombre malvado.

Bella suspiró. Lo curioso era que no le había parecido un hombre malvado dieciocho meses antes, cuando se lo encontró en Hidden Bay, con pantalones cortos y camiseta, enseñando su cuerpo musculoso.

Bella no supo, hasta después de casarse, lo mucho que le costaba a Edward conseguir tener aquel cuerpo. Horas y horas de gimnasio para conseguir aquella perfección física.

Sin embargo, no tenía que hacer mucho esfuerzo en lo que se refería a su cara. Era perfecta, con unas facciones clásicas, una boca como para morirse y unos ojos verde esmeralda deliciosos.

Bella no podía olvidar lo que sintió en el estómago el día que miró y vio aquella cara tan bella.

—Hola —saludó él, acercándose a la proa del barco de sus hermanos—. ¿Qué precio tienes?

Ella se quedó mirándolo y se puso roja como un tomate.

—Me refiero al barco —le aclaró, con voz ronca.

—Oh —exclamó, poniéndose de pie y dejando a un lado el estropajo que estaba utilizando para limpiar el barco.

¡Por supuesto que se refería al barco! ¿Cómo se le había podido ocurrir que un hombre como él, se pudiera referir a otra cosa? Y más con la pinta que tenía ella en aquellos momentos, sudorosa, despeinada y con los pantalones empapados.

Se miró el cuerpo y se dio cuenta de que tenía la camiseta también empapada. Como no llevaba sujetador, la tela húmeda delimitaba a la perfección el contorno de sus pechos.

Bella se sintió avergonzada y se cruzó de brazos, para tratar de tapárselos.

—Sí, sí —le contestó, con un tono agudo que ni a ella misma le gustó—. Pero Mike y Pete no están aquí en estos momentos.

—¿Mike y Pete?

Bella trató de tragar saliva, pero el nudo en su garganta se lo impidió.

—Mis hermanos. Son los dueños del barco. Van a volver de un momento a otro. Se fueron a dar una vuelta en bicicleta esta mañana temprano —que era el mejor momento para salir a dar una vuelta, porque después hacía un calor insoportable. Porque la única pega que tenía vivir en Queensland era la humedad.

—Y te han dejado a ti el trabajo más duro…

A Bella no le gustó que criticaran a sus hermanos y menos un desconocido.

—¡En absoluto! —se defendió—. Ellos también trabajan mucho y se merecen un día libre de vez en cuando. Lo que pasa es que odio fregar suelos. Cualquier otra cosa me da igual, pero odio fregar suelos.

—En ese caso, nunca te pediré que me friegues el suelo —le respondió él, sonriendo.

Bella le devolvió la sonrisa, a pesar de tener el corazón en un puño. Nunca antes un hombre había provocado en ella una respuesta parecida. Aunque nunca antes había pasado un hombre como aquél por Hidden Bay, un sitio apartado, rodeado de montañas y vegetación. Un lugar donde cien años antes se estableció una comunidad de cazadores de ballenas, porque era el sitio perfecto para protegerse de los ciclones.

En la actualidad, sólo vivían allí unas cien personas. Tenían electricidad desde hacía sólo unos años. El año anterior habían construido la primera carretera.

Pero a pesar de todo aquel progreso, no iban muchos visitantes a Hidden Bay, y los pocos que iban, guardaban en secreto la existencia de aquel lugar apartado. Había varias familias del sur que iban a pasar allí su vacaciones durante los meses que hacía menos calor, a pesar de que no haber buenas instalaciones. Pero por lo menos no había contaminación, siendo un sitio donde podían encontrar la paz y tranquilidad que andaban buscando.

A pesar de ir vestido muy deportivo, el hombre que estaba frente a ella no parecía el típico veraneante. Esa clase de personas que les gustaba sentarse en torno a un fuego a hablar de pesca.

Bella sospechaba que aquel hombre estaba acostumbrado a pasatiempos mucho más sofisticados. Tenía un porte por el que se veía con claridad que tenía dinero. Llevaba un reloj de oro y gafas de sol de marca.

Se preguntó qué diablos hacía aquel hombre allí y por qué quería alquilarle el barco a sus hermanos. Sólo había una explicación posible.

—Supongo que quiere que Mike y Peter vayan con usted de pesca —le dijo. En aquellas aguas se podía pescar muy bien la trucha de coral y el pez espada.

—No, no me interesa la pesca —le respondió.

—Pues si lo que está buscando es un crucero de vacaciones, nosotros no nos dedicamos a eso.

—Tampoco quiero un crucero —le dijo, mirándola de arriba abajo.

Bella estaba ya acostumbrada a la mirada de los hombres, porque era una mujer de un hermoso cabello caoba, piel palida, unos ojos chocolates intensos, con cada curva bien proporcionada, y bastante guapa. Normalmente no le importaba, porque sus hermanos siempre la protegían.

Desde que habían muerto sus padres, sus dos hermanos habían asumido el papel de guardianes y eran bastante estrictos con ella, a pesar de que los dos se acostaban con sus novias, que no eran mucho mayores que Bella.

Casi nunca la dejaban salir con hombres, por lo que Bella no tenía muchos amigos.

Estaba a punto de cumplir los veinte años y todavía era virgen.

La verdad, tampoco le importaba mucho, porque tampoco ella había querido nunca pasar de la fase de los besos y de ir agarraditos de la mano.

Hasta ese momento…

—¿Entonces qué es lo que quiere? —le preguntó, un tanto desesperada y agitada por los sentimientos tan extraños que estaba experimentando.

—Sólo dar una vuelta por la bahía —le respondió, comiéndosela con los ojos—. Sabía de la existencia de este lugar, pero nunca me había imaginado que tuviera estos tesoros.

Bella no podía creerse los mensajes subliminales que estaba emitiendo a través de aquellos ojos tan azules. Se quedó mirándolo y saboreando la convicción de que aquel hombre tan guapo y sensual sentía tanta atracción por ella, como ella por él.

—Por cierto, me llamo Edward —le dijo, subiéndose a cubierta, mientras le ofrecía su mano, bronceada por el sol—. Edward Cullen .

—Bella —le respondió, casi sin respiración, mientras dejaba sus temblorosos dedos en su mano—. Bella, mmm… mmm —tan nerviosa estaba, que no se acordaba ni de su propio apellido.

—Bella mmm… mmm… —le dijo, burlándose de ella—. Un apellido muy interesante.

—Swan —le dijo, después de un rato—. Bella Swan.

—Muy bien, Bella Swan —le dijo, sonriendo de forma cálida y agradable—. Un apellido muy agradable, que te sienta muy bien, pero creo que te sentaría mejor el de Cullen.

—¿Cullen?

—Ese es mi apellido. ¿Lo has olvidado? Qué divertido será cuando les digamos a nuestros hijos que su madre se olvidó de su propio apellido cuando conoció a su padre.

—¿Nuestros hijos? —repitió ella asustada.

—¿Es que no quieres tener hijos? —replicó él, como si hablara en serio.

—Yo… yo…

—Ya veo que tendré que ser yo el que tome las decisiones importantes en este matrimonio —le dijo, mientras le besaba la mano—. Yo siempre he creído que un hombre es el cabeza de familia y rey de su castillo.

Bella retiró la mano.

—¡Tú estás más loco que una cabra!

—En absoluto —le respondió, sin inmutarse—. De hecho puedo darte cientos de referencias que pueden atestiguar mi cordura. Aunque está claro que me estoy precipitando un poco. Te prometo que iré más despacio, si sales conmigo a cenar esta noche. Ah, esos deben ser tus hermanos. ¿Dijiste que se llamaban Mike y Pete?

Ella asintió, mientras observaba cómo aquel hombre se metía a sus dos hermanos en el bolsillo, de la misma manera que se la había metido a ella.

Les explicó que era el dueño de una empresa inmobiliaria en Brisbane y que estaba interesado en comprar algunos terrenos en aquella zona, con la intención de construir un hotel sólo para gente con mucho dinero. A pesar de todas las objeciones que pusieron los dos hermanos, Edward supo tranquilizarlos. Les dijo que iba a respetar el entorno y que el negocio daría el dinero que tanto necesitaba aquella comunidad. El lo garantizaba.

Cuando terminaron la conversación, ni Mike ni Pete pusieron objeción alguna, cuando Edward les preguntó si dejaban que Bella se fuera con él a cenar. Y no le hicieron ninguna advertencia.

Tampoco las necesitó, porque se comportó como un caballero y sólo le dio un beso en la mejilla cuando se despidió.

Bella tardó bastante aquella noche en quedarse dormida, porque todo el tiempo estuvo pensando en él…

Y así fue como empezaron a salir juntos. Y a los tres meses de conocerse, se casaron.

La noche de bodas, ella todavía era virgen.

Aunque no había pretendido llegar así al matrimonio. Porque desde el momento en que vio a Edward, había despertado unos deseos en ella, que nunca hubiera imaginado que poseía. Pero él había preferido esperar.

En aquel momento, pensó que había sido un gesto muy dulce. Pero ahora se daba cuenta de que todo había sido muy calculado. Seguro que tenía otra mujer que satisfacía todas sus necesidades carnales, haciéndola esperar a ella. El día que se casaron, Bella estaba casi consumida por la tensión sexual, dispuesta a ser su esclava para que hiciera con ella lo que quisiera y cuando quisiera.

¡Era el diablo en persona!

Bella se preguntaba algunas veces, qué habría pasado si no hubiera oído aquella conversación. Pensar que habría seguido siendo la señora de Edward Cullen , la dejaba un poco desconcertada. Hubiera sido mejor para ella no haber escuchado aquella conversación. Habría sido más feliz.

No del todo, admitió. Aunque lo cierto era que Edward le había dado todo lo que ella le había pedido.

Los primeros meses fueron maravillosos. Edward la había transportado a un mundo que ella creía que no existía, un mundo sofisticado de diseñadores, fiestas y restaurantes muy caros.

Pero pasado ese tiempo, ese estilo de vida empezó a aburrirle un poco. No sabía qué hacer con su tiempo, porque lo único que hacía era ponerse guapa para salir a cenar con su marido.

Después de la luna de miel, casi nunca le había visto durante el día, porque trabajaba seis días a la semana. Los domingos se pasaba todo el día al teléfono, incluso en el coche, cuando salían a dar un paseo. Los teléfonos móviles eran una amenaza para el matrimonio.

Un día, ella se quejó de que aquella soledad le aburría y Edward le había sugerido que se apuntara a alguna asociación caritativa, o que asistiera a algunos cursos de cocina. Cuando ella le sugirió la posibilidad de tener un hijo, él le contestó que era mejor esperar otro año, porque quería tenerla a su entera disposición.

Esa noche, Edward había llegado a casa con dos docenas de rosas y estuvieron haciendo el amor durante horas.

Echando la vista atrás, comprendía la razón por la que no había sido feliz. Edward había limitado su vida. Nunca hablaba de sus problemas con ella. No sabía nada de su pasado, ni tampoco de lo que hacía, a excepción de lo que él quería contarle. Que no era mucho. No tenía amigos propios. No tenía vida propia. Era sólo la mujer de Edward.

Fue por casualidad, por lo que había oído la conversación en el jardín, aquella maldita noche. Uno de los colegas de Edward había ido a cenar y cuando terminaron, los dos se fueron al estudio a hablar de negocios, dejándola sola, como de costumbre.

Como no sabía qué hacer, salió al jardín y se sentó en el banco desde el que se veía el río Brisbane. El agua siempre la tranquilizaba. Era un sitio delicioso para estar de noche.

Había salido de la casa por una puerta lateral y había estado caminando por un sendero que pasaba muy cerca del estudio. Por eso oyó la voz de Edward.

—Cometiste una equivocación casándote con esa mujer, Steven. Tanta pasión destroza el cerebro de cualquier hombre. Y también su juicio. El matrimonio hay que verlo como un contrato. Hay que pensárselo con mucha frialdad.

Al oír aquellos comentarios, Bella se quedó clavada en el sitio. Pero todavía le quedaba algo más por oír.

—Hay dos tipos de mujeres —continuó diciendo Edward—. Las duras y las blandas. Las que dan y las que reciben. Las primeras quieren amar y ser amadas. Las segundas quieren todo lo demás. Te digo yo que en los tiempos que corren las blandas escasean. Tienes que conseguirlas jóvenes, antes que las contaminen otros hombres. Y la vida. Mira Bella, por ejemplo. Cuando la conocí sólo tenía diecinueve años y no había tenido novios antes de mí. Naturalmente, no era una chica de ciudad. Las chicas de la ciudad, en general están ya maleadas. Nada más verla, supe que era la chica que andaba buscando. La esposa perfecta, en sentido material. Inocente, dulce, guapa.

—Y se enamoró de ti —comentó Steven.

—Todavía lo está —replicó Edward, con arrogancia.

Aquello dejó a Bella sin respiración.

—Claro que llevamos casados poco tiempo —continuó diciendo—. Pero no tengo ninguna intención de ser complaciente con ella. Ya sabes lo que pasa cuando descuidas un negocio. Ante de que te des cuenta se ha ido abajo. Yo pasé todo un mes de luna de miel, y todavía gasto un montón de tiempo y dinero con mi reciente esposa. No descuido las cosas de la cama y le doy todo lo que pueda desear una mujer, en el sentido material del término. Y ella me da lo que cualquier hombre desea de una mujer. Amor y lealtad.

—¿Pero tú no estás enamorado de ella, Edward? —le preguntó Steven.

—Eso del amor es cosa de mujeres —le respondió, muy cínico—. Como te he dicho antes, el hombre que ama es débil. El amor lo convierte en un estúpido. Lo que menos le gusta a una mujer es un marido débil, estúpido y vulnerable. Al final te deja y se va con otro más fuerte. Por supuesto, esto no quiere decir que no les digas que las quieres. Es impresionante el poder que tienen esas palabras en un matrimonio. No pasa día, sin que yo le diga a Bella lo mucho que la quiero.

—Pero eso es un poco hipócrita, Edward…

—En absoluto. Funciona, Steven. Ya verás como mi matrimonio no termina en divorcio. Recuerda mis palabras.

Bella las iba a recordar a la perfección. Todas y cada una de ellas.

¡Qué pena no haber tenido el coraje de tirárselas a la cara, en persona!

Porque fue lo que quiso hacer aquella noche, tan pronto Steven se hubiera ido de casa. Pero el condenado se quedó hasta muy tarde, hasta que ella, ya cansada de esperar, se fue a la cama.

No había podido dormirse. A media noche oyó los pasos de Edward, subiendo la escalera.

—¿Me estás esperando, querida? —le dijo, al entrar en la habitación—. ¡Qué amable! —murmuró, mientras se desnudaba.

Bella lo observó, con la boca seca y el estómago revuelto. Aquella situación la estaba poniendo enferma, por dejarse tomar el pelo de aquella manera.

¿Pero cómo podría haber sabido como era él en realidad? Siempre se habla comportado muy bien con ella, le había satisfecho sus fantasías románticas, en especial en la cama. Ningún otro hombre podría ser mejor amante. O más considerado.

Le estaba dando vueltas a la cabeza, con todo aquello, cuando se metió en la cama y se puso a su lado. Abrió la boca, para decirle algo, pero él en ese momento le dio un beso. Bella pensó que no iba a continuar, que sólo le había dado el beso de las buenas noches. Pero continuó.

Al cabo de un rato, ella estaba tumbada, preguntándose cómo le había dejado hacerlo y por qué a ella le había resultado tan placentero.

En ese momento se dio cuenta de que tenía que separarse de aquella influencia física tan corrupta. Si le decía que había oído la conversación que había tenido en el estudio con Steven, él habría encontrado alguna forma de explicárselo, de convencerla de que no lo había dicho en serio y que la quería de verdad.

Edward era un buen vendedor. Claro y convincente. Podía hacer que la gente viera negro lo que es blanco, si quería. Además utilizaba el sexo para seducirla y conseguir que hiciera lo que él quería, corrompiéndola con los placeres de la carne.

Bella pensó que si se lo permitía por más tiempo, se perdería. Podía soportar muchas cosas en la vida, pero no vivir en la mentira. El amor de Edward había significado mucho para ella. Había dejado todo por él. Su familia, sus amigos, su hogar, su amado océano.

Todo por nada, por una ilusión, una trampa.

El martes, empezó a hacer planes para huir del hombre que tenía aquel terrible poder sobre ella. Esa misma noche demostró su poder de nuevo, a pesar de haberle dicho que le dolía la cabeza.

Edward la había ofrecido muy solícito calmantes y un masaje. El masaje se prolongó en el tiempo y al final sucumbió a sus caricias, despreciándose después por ello. Cuando empezó a llorar en sus brazos, él creyó que todavía le dolía la cabeza, y se disculpó de tal manera que incluso llegó a pensar que se había equivocado al juzgarlo.

La última noche que pasó en la cama de matrimonio no quiso sufrir otra humillación. No hubiera podido soportarlo. Decidió tomar ella la iniciativa en la cama, salvando así el poco orgullo y autoestima que le quedaba.

Se metió en la cama desnuda y fue ella la que empezó el juego amoroso. Nunca antes lo había hecho. Y a él pareció gustarle mucho. No supo que sus actos estaban inspirados en la desesperación.

Fue irónico que después de hacer el amor sintiese una ternura que jamás había sentido en sus brazos. Ella respondió a aquella ternura con más pasión que las dos noches anteriores.

Edward nunca sabría lo mucho que iba a perder. Perdiéndola a ella. Habría sido capaz de dedicarle toda su vida, si sólo la hubiera querido.

—¿Ya has preparado la comida y la bebida, Bella?

Bella se dio la vuelta.

—Sí, Carlisle. Todo está listo —le contestó.

—Muy bien. Pues quédate al mando, mientras yo voy a por los pasajeros —le dijo, indicando con la cabeza las personas que había esperando en la playa.

Bella se hizo sombra en la cara con la mano y miró hacia la playa. Sabía que iban a ir seis personas. Desde aquella distancia, parecía que había dos parejas, una mujer y un hombre, que no tenían ninguna relación entre ellos. Se podía saber su estado civil sólo viendo cómo esperaban. Las parejas pegados el uno al otro y los otros dos separados.

—No tardaré —Carlisle desató la cuerda, se metió en la Zodiac y arrancó el motor. A los pocos segundos la lancha iba a toda velocidad hacia la playa, haciéndola saltar por las olas.

Parecía un vaquero.

Era el capitán del Zephyr, un barco de vela construido en 1920. Carlisle lo había comprado hacía años y se dedicaba a hacer recorridos por la costa oeste de Australia, siendo su especialidad las puestas de sol en Cable Beach durante la época de vacaciones en Broome, que iba desde finales de mayo a principios de septiembre.

Seis meses antes, Bella se había enterado en Darwin de que el propietario del Zephyr quería una mujer para que le echase una mano, una chica joven y atractiva que supiera navegar y también preparar algo de comida para el viaje. Ella solicitó el puesto y le ofreció el trabajo. Bella aceptó, pero dejándole claro a Carlisle que su contratación no implicaba ser su amante.

Carlisle se comportó como un caballero. Aunque no tanto con otras de su mismo sexo. Por su camarote pasaron bastantes mujeres, desde que llevaba trabajando en el Zephyr.

Carlisle tenía algo especial que les gustaba a las mujeres ya maduritas. Tenía una habilidad especial con ellas. Era un hombre de unos cincuenta anos y era muy guapo, era rubio, con el cuerpo bronceado, ojos azules profundos y resultaba resultón para las cuarentonas.

Carlisle recogió a los pasajeros y dirigió la lancha a toda velocidad otra vez hacia el barco. Le gustaba presumir, pensó Bella, mientras hacía los preparativos para ayudar a los pasajeros para subir a bordo. Veinte segundos más tarde, la lancha estuvo tan cerca que ya pudo ver las caras de los pasajeros.

Cuando se fijó en el hombre que iba solo, sentado en la parte de atrás de la lancha, el corazón le dio un vuelco.

—Oh, no —gruñó—. No puede ser.

Pero aquella cara tan guapa era inconfundible. Cómo también lo eran aquellos ojos penetrantes.

Su marido la había encontrado.

Esta vez no podía escapar, a menos que se tirase de cabeza a las profundidades del océano Índico.