nenas el segundo capitulo las quiero muchisisimo

Aun con migrana para q vean como las quiero

Capítulo 2

El corazón de Bella empezó a golpear contra su pecho.

¿Cómo se había atrevido a seguirla hasta allí? Habían transcurrido seis meses. Seis míseros y largos meses. Había empezado a sentirse segura. Había empezado a sentir que podía sobrevivir sin él. De pronto aparecía de la forma más inesperada.

¿Qué tenía que hacer para lograr librarse de él? Se había ido del país, se había ido a vivir a alta mar. Había estado trabajado en muchos sitios, antes de volver a Australia. Y se había quedado, sólo porque había encontrado aquel trabajo, en el rincón más apartado de Australia. Edward siempre había dicho que a él no le interesaba otro estado más que Queensland.

¿Cómo la habría encontrado? ¿La habría reconocido alguien de Brisbane y se lo habría comunicado a él?

Era imposible. La gente de Brisbane no iba a veranear a Broome.

La había encontrado de la única forma que la gente de su clase encuentra a otra persona. Seguro que había contratado a algún detective privado, para que localizase su rastro, como si ella fuera un criminal. Y había ido hasta allí para llevársela otra vez con él.

Pero no estaba dispuesta a irse con él. Tendría que llevársela arrastras. No estaba dispuesta a ir por voluntad propia.

Bella había pensado que iba a estar asustada cuando volviera a ver a Edward. Pero no lo estaba.

Cuando la lancha estuvo cerca del barco, Bella le dirigió una mirada asesina. Ni siquiera se dio cuenta de la mirada que le dirigió Carlisle, cuando no pudo agarrar la cuerda que le tiró para que la atase al barco. Ella sólo tenía ojos para Edward.

Carlisle manifestó claramente su enfado, poniéndole la cuerda en las manos.

Con desgana, intentó concentrarse en su trabajo y aseguró la lancha al barco. Se presentó a todos los pasajeros, sonriendo de forma forzada, ayudándolos a subirse al barco. La primera pareja se llamaba David y Dawn, y la segunda Geoff y Peggy. Le dijeron que eran jubilados y que llevaban varias semanas viajando alrededor de Australia.

La mujer que venía sola se llamaba Sandra. Era una mujer de unos cuarenta años. Muy atractiva, rubia y un poco regordeta. Carlisle miró con ojos ávidos su trasero.

—¡Esto es tan excitante! —exclamó Sandra, cuando se subió al barco.

—¡Con cuidado! —le advirtió Bella, al observar que llevaba zapatos de tacón alto—. La cubierta está mojada y se puede resbalar.

—No se preocupe, querida —contestó ella—. Con estos zapatos he subido a la cima del Ayer's Rock. Son ya como parte de mi cuerpo.

Bella no lo dudó un momento. Ya había conocido mujeres como Sandra en otros viajes. Parecían delicadas por fuera, pero por dentro era fuertes como caballos percherones. Eran supervivientes. No como Bella, blanda, tonta y sentimental.

Reunió fuerzas, se dio la vuelta y miró a Edward, quien se levantó de su sitio poniendo cara de asombro.

¿Cómo podía pensar que la podía engañar, poniendo aquella estúpida expresión? Sabía a lo que había ido. Había ido para convencerla de que volviera con él. ¡El todo poderoso Edward Cullen no podía aceptar un fracaso! ¡No podía admitir que su matrimonio terminase en una deserción, incluso en divorcio!

Su enfado fue en aumento, hasta el punto que, cuando Edward se subió al barco, ella, apuntándole con el dedo le espetó:

—¡Tú no! ¡Quédate donde estás y que Carlisle te lleve otra vez a tierra!

Edward se limitó a parpadear, mientras que Carlisle se quedó boquiabierto.

—¡Por Dios, Bella! —le recriminó su jefe—. ¿Qué mosca te ha picado?

—Te diré qué mosca me ha picado. Este hombre —le aclaró, poniéndole el dedo en el pecho de Edward—, no es quien te ha dicho que es. Es mi ex—marido y no ha venido aquí para dar una vuelta en barco. Es el hombre más falso y mezquino que te puedas echar a la cara.

Carlisle lo miró, con la sombra de la duda en su mirada.

—¿Es verdad lo que dice? ¿Es usted el ex—marido de Bella?

—No —le respondió, sin inmutarse.

Bella se echó a reír.

—Está bien, no se puede decir que seas mi ex—marido, en el sentido literal del término! Supongo que legalmente todavía lo eres. Pero yo hace seis meses que lo abandoné y no lo he visto desde entonces. Para mí eso cae en la categoría de ex.

—Tampoco soy su marido.

Esa vez, fue Bella la que se quedó boquiabierta.

—¿Qué no eres mi marido? —le dijo—. ¿A qué crees que estás jugando, Edward? En este país no puedes conseguir el divorcio si no llevas como mínimo doce meses separados, por mucho dinero e influencias que tengas. Lo sé porque lo he preguntado.

—Yo no soy tu marido, porque no soy Edward. No obstante, es normal que te hayas confundido, porque soy Anthony, su hermano gemelo.

Bella se quedó sin habla, pero no por mucho tiempo.

—Edward no tiene un hermano gemelo —argumentó—. De hecho, no tiene hermano alguno. Es hijo único.

—¿Eso es lo que él te contó? —le preguntó, con mucha calma.

—Sí.

—¿Y qué más?

—¿Cómo qué más?

—Con respecto a su familia…

—No tiene familia. Su padre y su madre murieron hace años.

—Nuestro padre sí murió. Pero nuestra madre está viva y goza de buena salud. Vive en Nueva York. Ayer precisamente hablé con ella por teléfono.

Bella se quedó sin saber qué decir.

—Bueno, dijiste que no te creías nada de lo que dijera tu marido —comentó Carlisle, con lógica despiadada.

—Sí, pero… pero… —Bella miró desconcertada a aquel hombre que tenía frente a ella, para ver si descubría algo que evidenciara que no era Edward. Era un poco más delgado y no tan musculoso. Parecía un poco más viejo, con arrugas alrededor de la boca y de sus ojos. Ojos que la miraban con una tranquilidad irritante, como esperando con paciencia a que ella asumiera la realidad.

—Creo que lo mejor que puedes hacer es disculparte —le dijo Carlisle.

Bella miró a aquel hombre a los ojos, unos ojos que eran idénticos a los de Edward. El ni se inmutó. Sin embargo, sintió de forma inmediata una respuesta sexual en su cuerpo.

Edward tenía la habilidad de excitarla sólo con la mirada. Ningún otro hombre podría conseguirlo, ni siquiera su hermano gemelo.

—Yo no me voy a disculpar con nadie, porque sé que tengo razón. Este hombre es mi marido, Edward Cullen , diga lo que diga él.

—¡Bella, por favor! —exclamó Carlisle desesperado—. ¿Para qué iba a decir que es tu marido si no lo fuera?

—No sé —a lo mejor estaba pensando en secuestrarla, u otra cosa parecida. De Edward se podía esperar cualquier cosa. Sabía de lo que aquel hombre era capaz.

Hubo un tiempo en que pensó que era un hombre maravilloso, fuerte, decisivo. Pero se había dado cuenta de que era el hombre más frío y despiadado que había conocido. Por sus venas circulaba hielo en vez de sangre. Era capaz de mentir con una facilidad increíble. ¡Dios mío, las veces que le había dicho que la amaba! Todas las mañanas, antes de irse a trabajar. Cada vez que había hecho el amor con ella.

¿Hecho el amor? Era como para tomárselo a broma. Edward no había hecho el amor con ella. Más bien la había seducido. La había manipulado. La había utilizado. Pero nunca la había amado.

Sintió náuseas, al pensar en ello. Todo había sido mentira. Aquel hombre sólo sabía decir mentiras. Como también era mentira ese cuento de que tenía un hermano gemelo.

—Yo no soy Edward —repitió, con un tono de voz tan distinto a Edward, que la desconcertó. De repente, sus ojos no parecían los de Edward. Eran más cálidos y con un cierto aire de tristeza. Edward tenía una gran variedad de expresiones en su mirada, pero no calidez, ni tristeza.

Sin embargo, no podía admitir que se hubiera equivocado al juzgarlo.

—¿Crees, de verdad, que vas a poder engañarme otra vez? —le espetó, con un tono cargado de ira—. ¡Tú eres Edward y nada, ni nadie va a hacerme cambiar de opinión! Así que, o te vas o me voy yo nadando.

Carlisle resopló su frustración.

—¡Por Dios, Bella, estás paranoica! Está claro que este tipo no es tu marido. ¿Por qué no le crees?

—No importa —le dijo el hombre en cuestión—. La actitud de la joven es de entender, sobre todo cuando tiene la desgracia de ser la mujer de mi hermano. Edward no es lo que se puede decir una buena persona. De hecho, puede hasta llegar a ser un canalla. Pero te repito… ¿has dicho que te llamas Bella, no?… Yo no soy Edward. Yo sólo me parezco a él en el cuerpo, que es algo que yo no puedo remediar. Siento mucho haberte molestado. De verdad lo siento.

Bella se lo quedó mirando, sin creerse lo que estaba oyendo. Se estaba disculpando.

Edward nunca se disculpaba. Cuando más, explicaba sus acciones. Algunas veces daba excusas, pero nunca disculpas.

A lo mejor, sólo a lo mejor, aquel hombre no era Edward.

Pero sólo era una remota posibilidad. No estaba dispuesta a creerse cualquier cosa.

El hombre que decía no ser su marido se encogió de hombros.

—Creo que lo mejor es que me vaya —le dijo a Carlisle—. No creo que sea justo estropear el viaje a los demás.

—¡En absoluto! —respondió Carlisle—. Bella es la que no quiere que se quede, así que lo mejor es que se vaya ella. Yo sí me creo que no es su ex, diga ella lo que diga. Ningún hombre puede inventarse una historia así, cuando sabe que una mujer no quiere verlo ni en pintura. Es una pena que Bella no se dé cuenta.

Bella no sabía qué pensar, porque Carlisle tenía razón. Aquello no tenía sentido. La verdad, no se creía que Edward hubiera ido a secuestrarla. Porque él nunca utilizaba la violencia. Siempre la había persuadido con la palabra. Además, no sabía cómo fingiendo ser su hermano gemelo podría convencerla para que volviese con él.

—Si me dejan hacer una sugerencia.

Bella volvió la cabeza, al oír la voz de una mujer, sonrojándose al darse cuenta de que había más gente escuchando aquella conversación. Sandra parecía fascinada por aquella situación.

Pero fue Peggy la que habló, la mujer de Geoff.

—Yo iba al colegio con dos hermanas gemelas. Eran idénticas la una a la otra y les gustaba gastar muchas bromas, cambiándose de sitios y cosas así. Pero una de ellas tuvo un accidente y se partió un diente. Después de ese accidente todos pudimos saber quién era quién. A lo mejor este joven tiene algo que le pueda identificar, algún rasgo físico, por ejemplo. Así esta jovencita podría convencerse de lo que está diciendo.

La sugerencia de Peggy fue como un mazazo para aquel hombre.

A Bella le dio un vuelco el estómago, cuando vio el movimiento que hizo con la mandíbula. Edward hacía aquel gesto cada vez que se encontraba en una situación comprometida. Fue el mismo gesto que hizo cuando una mañana ella le dijo que estaba aburrida. O cuando le dijo que no iba a ir con él a una fiesta, a la que iba a asistir el alcalde de Brisbane.

El corazón de Bella empezó a latir con más fuerza. Aquel hombre no era Edward.

El grupo se lo quedó mirando y a la espera de que diera una respuesta.

—Tiene que haber algo, hombre —sugirió Carlisle.

—Una cicatriz —le contestó, lo que dejó asombrada a Bella, porque Bella no tenía ninguna.

—Pero me da un poco de vergüenza enseñarla aquí, delante de todo el mundo. Te dejaré que la veas tú Carlisle y luego se lo digas a Bella.