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Capítulo 3
—¡Eso no es suficiente! —fue la reacción inmediata de Bella. Todos los demás se dieron la vuelta y la miraron.
A la evidente exasperación con su actitud, ella respondió levantando su mentón de forma desafiante.
—Las cicatrices pueden ser falsas. Quiero verla con mis propios ojos. Creo que tengo todo el derecho del mundo.
Carlisle puso la mirada en blanco, mientras el hombre al que se le ponía en duda, se limitó a encogerse de hombros.
—Si insistes.
—Por favor Bella —murmuró Carlisle, apretando los dientes—. Si fueras otra… —movió de lado a lado la cabeza—. Está bien. Llévatelo abajo y a ver si te convences de una vez por todas. Pero no tardes, porque tenemos todavía muchas cosas que hacer. Cuando termines, sube con la bandeja de las bebidas.
La fe que tenía Carlisle en la identidad de Anthony, la hizo dudar a ella misma. ¿Estaría metiendo la pata?
Probablemente. Pero no podía confiar a ciegas en lo que aquel hombre le estaba diciendo, porque al fin y al cabo todos sus problemas habían vEsmeo por confiar ciegamente en un hombre idéntico a él. Tenía que ver la cicatriz con sus propios ojos y juzgar si era real o no.
El corazón empezó a golpear contra su pecho, mientras se dirigían hacia uno de los camarotes. Bella no miró hacia atrás, para ver si la seguía. Podía oír sus pasos justo detrás de ella. También podía percibir su olor.
Cuando entraron en el camarote, se dio cuenta de que olía igual que Edward. Su cuerpo tenía el mismo olor que el de Edward. Su marido se duchaba todas las mañanas y se ponía una colonia muy cara. Se llamaba East Meets West y tenía una fragancia muy exótica.
A Bella le gustaba mucho aquel olor y lo tenía asociado a los momentos en que Edward se acostaba desnudo a su lado. Era un olor que excitaba sus sentidos, sin necesidad de tocarla, ni decir una sola palabra.
Era imposible que aquel mismo olor lo tuviera otra persona. La posibilidad de que el hermano gemelo de Edward utilizase su misma colonia era tan remota, como para tenerla de verdad en cuenta.
Aquel nuevo dato la hizo volver a pensar lo que desde el principio había pensado de él, porque los argumentos de Carlisle casi la habían convencido de lo contrario. Pero lo de la colonia era un dato más convincente que lo del gesto de la cara. Un gesto que podía explicarse por tener la misma constitución. Sus propios hermanos hacían gestos idénticos, a pesar de no ser gemelos.
Pero lo de la colonia no tenía una explicación tan sencilla, como tampoco lo tenía la reacción que estaba teniendo su cuerpo. Sin siquiera mirarlo, se le estaba poniendo carne de gallina. Era su olor, su presencia, su aura.
Su cuerpo estaba reaccionando de la misma manera que reaccionaba en presencia de Edward. Su corazón se aceleraba. La temperatura de su piel subía. Sus pezones se endurecían.
Por suerte la ropa que llevaba puesta era bastante ancha. Antes de darse la vuelta y mirarlo, intentó volver a recuperar el control de su cuerpo.
—Veamos esa cicatriz —le dijo—. ¿O vas a admitir ahora que no tienes ninguna, Edward?
Antes de levantar sus manos y empezar a desabrocharse sus pantalones cortos, frunció el ceño. Bella tragó saliva al ver que se bajaba la cremallera.
—Después no te quejes de que no te lo advertí —le dijo.
Cuando dejó caer los pantalones al suelo, se levantó la camiseta y se bajó un poco la ropa interior, Bella se quedó sin respiración.
Por suerte, no se los quitó del todo. Pero pudo ver con claridad la cicatriz más desagradable que jamás había visto. Le iba desde su cadera derecha, recorriendo todo el abdomen, para terminar en la entrepierna.
Era de verdad, no falsa, ni reciente. Las cicatrices recientes tenían color rojo, o rosado, o incluso violeta. No blanco.
Anthony tenía todo el cuerpo moreno. Edward nunca había tenido tiempo para esas frivolidades.
—Tócala —le ordenó, de forma contundente—. Verás como es de verdad.
Bella se quedó quieta, sin hacer nada.
—Vamos —insistió él—. Quiero que te convenzas por ti misma.
Bella tragó saliva antes de estirar su brazo, con mano temblorosa. No es que le diera reparo tocar la cicatriz, sino miedo a tocarlo a él.
De pronto se dio cuenta de que no era la cicatriz lo que atraía su atención, sino el resto de su cuerpo, en especial la parte que ocultaban sus calzoncillos.
Bella volvió a mirar la cicatriz y con un dedo tembloroso la tocó. Cuando él sintió el contacto y retiró un poco el cuerpo, Bella dejó caer la mano y lo miró a los ojos.
—¿Có… cómo te la hiciste? —le preguntó, con el corazón en un puño.
—En un accidente de coche, hace ya un tiempo —le respondió. Se inclinó y se volvió a subir los pantalones—. Me choqué contra un camión, en un cruce.
Bella luchó con sus emociones. Estaba claro que el hombre que estaba frente a ella no era Edward, pero podía excitarla sexualmente. Lo cual no decía mucho de sus sentimientos hacia su marido. Más bien que eran superficiales y que podían cambiar de un hermano a otro con facilidad.
Movió de lado a lado la cabeza, tratando de aclarar sus pensamientos. Ella amaba a Edward. Todavía estaba enamorada de él. De eso estaba segura.
—¿No me crees todavía?
Bella frunció el ceño al hermano gemelo de su marido, encontrando excusas por la respuesta sexual que estaba teniendo. Aquel hombre llevaba los mismos genes que Edward, al fin y al cabo. Cuando la miraba, su cerebro registraba de forma automática el cuerpo y la cara de su marido. No significaba nada más. Era una respuesta instintiva que se pasaría en unos minutos.
—Sí, sí te creo. Es que no tenía ni idea de que Edward tuviera un hermano y menos uno gemelo. Estoy impresionada. No tienes ni idea lo que te pareces a él.
—Sí que la tengo —le contestó, mientras se ponía la camiseta otra vez—. Pero sólo por fuera, Bella. No me juzgues sólo por el aspecto externo.
—Lo intentaré —le contestó, aunque no pudo evitar comérselo con los ojos. Estaba un poco más delgado que Edward, pero era igual de atractivo.
—Me alegro, porque me gustaría hablar contigo otro día. He de admitir que siento curiosidad por la relación entre tú y mi hermano. Pero ahora lo mejor es que vuelvas a tu trabajo, antes de que tu jefe pierda la paciencia.
En ese momento, Carlisle asomó la cabeza y gritó:
—Vosotros dos, ¿habéis solucionado todo?
—Sí —respondió Anthony, con la misma decisión que empleaba Edward cuando se relacionaba con los demás.
Bella suspiró. Estaba claro que los dos tenían que tener muchos puntos en común.
—En ese caso, sube la comida y las bebidas, Bella —le dijo Carlisle—. A lo mejor Anthony puede echarte una mano.
—Encantado —respondió Anthony, antes de que Bella pudiera abrir la boca—. Si a mi recién descubierta cuñada no le importa —añadió sonriendo. Cuando sonreía se ponía tan guapo como Edward.
—No te importa, ¿verdad? —le preguntó Anthony.
—No, en absoluto. Es sólo que…
—¿Qué?
Estuvo a punto de contestarle que porque no podía mirarlo a la cara, sin desear tocar su cuerpo…
Bella trató de disimular sus emociones.
Lo que le estaba pasando era algo natural. Tenía el mismo olor que él. Hablaba como él. Era normal que su cuerpo, después de meses de no haber estado con nadie, deseara al hombre que era igual que el hombre del que estaba enamorada.
Pero era difícil de digerir.
—Es que… es que me pongo furiosa cada vez que te miro —le respondió.
—¿Tanto odias a Edward?
—Sí —contestó. Lo cual era cierto. Lo amaba y lo odiaba.
—Lo siento. No es mi intención molestarte. Pero a menos que no salte por la borda, no tendrás más remedio que verme de vez en cuando. En ese caso, lo mejor será que te ayude a servir la comida, ¿no crees? De esa forma iré a tu lado, y no me verás de frente.
Bella movió de lado a lado la cabeza y sonrió.
—Veo que tú y tu hermano os parecéis en bastantes más cosas que sólo en el aspecto externo. Tenéis la misma capacidad de convicción. Edward podría convencer a su verdugo para que no le ahorcase, si tuviera que hacerlo.
—En Australia no cuelgan a nadie. Aunque supongo que Edward se encontrase en una situación como ésa, no creo que te importara que él utilizase sus dones naturales para salvarse.
—Colgado es como mejor está —respondió Bella con amargura—. Pero dejemos de hablar de Edward. Vamos a por las bandejas —le dijo.
—¡Cuidado con la cabeza! —le advirtió Bella, mientras se dirigía hacia la cocina. Demasiado tarde, porque oyó el contacto de la frente de Anthony en la viga de madera.
Bella se dio la vuelta para socorrerle y de pronto se encontró con las manos apoyadas en su pecho.
—¿Estás bien? —le preguntó, mirándolo a los ojos.
—Sí, no te preocupes —le contestó, mientras se frotaba la frente.
Bella debería haberse dado la vuelta en ese momento. De eso se dio cuenta más tarde. Pero no lo hizo. Se quedó clavada donde estaba, con las palmas de la mano apoyadas en su sólido cuerpo, comiéndoselo con la mirada.
—No sería mala idea ponerme un poco de hielo —le dijo él.
—Sí, sí, claro —le respondió, dándose la vuelta y tropezando con un banco, poniendo en peligro los vasos vacíos que había en la bandeja.
—Olvídate del hielo —le dijo Anthony—. Estoy bien, en serio. Lo mejor será que me vaya arriba con los demás, porque veo que mi presencia te pone muy nerviosa. Le diré a Carlisle que te estaba entorpeciendo tu labor y que vas a subir en un momento.
Ella se dio la vuelta para protestar, pero él ya se había marchado.
Mejor, porque la verdad era que la ponía muy nerviosa, pero no por lo que él se hubiera podido imaginar. Nunca podría entender cómo se sentía con sólo mirarlo. Y menos cuando lo tocó. Cuando le puso las manos en su pecho, estuvo a punto de apoyar la cabeza también, como había hecho cientos de veces con Edward.
¡Qué segura se había sentido siempre en los brazos de su marido! Hubiera dado cualquier cosa por haber podido sentir eso otra vez. Había estado a punto de cerrar los ojos y repetir la experiencia con Anthony, pensando que era Edward.
Habría sido muy fácil.
Aunque Anthony no había dado muestras de haberle podido tolerar algo parecido. Más bien todo lo contrario.
Porque ella de forma inconsciente se sintiera atraída por el hermano gemelo de su marido, no quería decir que él se sintiera atraído por ella, aunque recordaba que en algún libro había leído que los gemelos tendían a elegir el mismo tipo de mujeres. Había habido casos de gemelos que los habían separado nada más nacer y cuando los habían reunido de adultos, habían descubierto que tenían profesionales, gustos y mujeres similares.
Anthony, sin embargo, no mostraba la misma inclinación. Bella sabía cuando ella le gustaba a un hombre. Se le notaba en los ojos y en sus acciones. En los últimos seis meses había tEsmeo múltiples ocasiones de comprobarlo.
Desde que se había casado con Edward, su habilidad para atraer al sexo opuesto había cambiado. Antes había tenido algún admirador que otro, pero ahora eran manadas. No estaba segura del porqué. Porque ella no había cambiado. Ni tampoco hacía nada por atraer su atención. No se maquillaba, ni llevaba el pelo suelto, ni se vestía de forma elegante. Sin embargo tenía que soportar el acoso de los hombres.
Pero parecía que su cuñado no iba a representar un problema en ese aspecto.
Lo cual era un alivio, ahora que ya se le había pasado el primer y descabellado impulso. Porque si Anthony hubiera mostrado algo hacia ella, se habría encontrado en una terrible posición, tratando de resistir lo que ella sabía que era sólo una fantasía.
Porque no era por Anthony por quien ella estaba respondiendo de aquella manera. Era por Edward.
Por su recuerdo, su influencia, su poder. Un poder de mucho más alcance de lo que ella hubiera podido imaginar.
Por suerte Anthony no se sentía atraído por ella, porque de lo contrario sólo. Dios hubiera sabido lo que habría podido pasar.
