NENAS PERDÓN AQUÍ HAY UN REGALO POR EL ERROR Y DENTRO DE UNAS HORAS PONDRÉ OTRO LAS QUIERO

Capítulo 4

Carlisle cobraba un poco más de lo que cobraban otros barcos, pero daba a los pasajeros champán, zumo de naranja y refrescos, mientras que los demás les decían que se llevaran lo que fueran a consumir durante el trayecto.

Bella suspiró, levantó la bandeja y se la llevó con cuidado a cubierta. Cuando salió, se dirigió hacia la proa del barco, donde se habían juntado todos, posiblemente porque era el sitio más espacioso, o porque era allí donde estaba Carlisle, al timón, contándoles historias de los días en que había salido a buscar perlas.

—Sí —estaba diciendo cuando se puso a su lado—. Miles de japoneses murieron, pero eso no impidió que otros más vinieran, buscando las codiciadas perlas. Ya está aquí Bella con las bebidas. Seguro que a aquellos japoneses les hubiera gustado tener una chica tan guapa como Bella a bordo, ¿no crees, Anthony?

Anthony, que estaba sentado un poco alejado de los demás, mirando el horizonte, volvió la cabeza.

—Seguro. Tienes mucha suerte, Carlisle, por tener una chica tan guapa trabajando contigo —le dijo.

Bella le sorprendió aquel comentario. Se sonrojó, al tiempo que se preguntaba si no se habría confundido al pensar que Anthony no sentía ninguna atracción hacia ella. Sus ojos sólo reflejaban curiosidad, preocupación, pero no deseo. ¿Cómo iba a sentir otra cosa, cuando acababa de conocerla?

—No encontrarás puestas de sol en Australia tan bonitas como éstas —estaba diciendo Carlisle—. En Darwin dicen que son mejores, pero en mi opinión no son comparables. Todas las puestas de sol aquí son diferentes. Yo nunca me canso de mirarlas.

Bella logró apartar su mirada de Anthony y empezó a ofrecer las bebidas. Cuando le tocó el turno a Anthony, pensó que ya había conseguido controlar sus emociones. Pero nada más mirarla, se dio cuenta de su error.

—¿Dónde podemos hablar a solas? —le preguntó. Hubiera deseado que no tuviera los mismos ojos de Edward, a pesar de que la mirase con otra expresión.

—Bueno… no sé…

—¿Esta noche? —le sugirió él.

—No, esta noche no puedo —le contestó, poniéndose muy nerviosa, nada más pensar en la inmediatez e intimidad de aquel encuentro.

—¿Por qué no? —le preguntó, levantando un vaso con refresco de la bandeja.

Edward hubiera elegido champán, pensó Bella. Le encantaba el champán. Era un hombre al que le gustaba todo lo caro. Le gustaba trabajar duro, beber mucho y el riesgo. Un hombre de extremos.

Su hermano parecía diferente. Más relajado, menos impulsivo. Pero sin embargo, lo mismo de atractivo y sensual.

Por primera vez, desde que lo había conocido, se preguntó qué haría Edward si se enterara de que había conocido a su hermano gemelo. Sólo de pensar en esa posibilidad se le revolvió el estómago. Edward había sido un hombre muy posesivo. En ciertos momentos muy celoso. Lo había demostrado con algunos hombres que la habían mirado. Estaba segura de que la odiaría, si se enteraba de que había salido con Anthony.

—Esta noche he quedado —le contestó—. Podemos quedar mañana a comer —era más seguro verlo a la luz del día.

Bella temía quedar con él por la noche. La noche era para los enamorados…

—Muy bien. Dime sitio y hora.

—¿Dónde te has alojado?

—En los apartamentos de Roebuck Bay.

No estaban lejos de donde ella estaba viviendo. Podía ir allí caminando.

—Podemos quedar a las doce, en la recepción. Y desde allí, podemos ir a cualquier sitio.

—He alquilado un coche.

—Bueno, tengo que ir a por la comida, o Carlisle me va a despedir.

—Lo dudo —oyó a Anthony murmurar, según se alejaba.

Bella frunció el ceño al oír aquel comentario. ¿Pensaría que Carlisle y ella estaban saliendo juntos? No sería la primera vez que alguien lo pensara. Varias personas habían supuesto que dormían juntos, en especial cuando ella no volvía a su apartamento después de un crucero y se quedaba en el barco a pasar la noche.

Muy pocos se podían imaginar que esas noches eran las que Carlisle había ligado con alguna viuda adinerada, a la que no le gustaba acostarse en su desordenado camarote y le invitaban a pasar la noche en sus lujosos aposentos de Cable Beach Resort. En esas ocasiones, Carlisle le daba algo más de dinero por que se quedase a cuidar del barco. Ella aceptaba encantada, porque era algo delicioso poder mirar las estrellas por la noche, tumbada en la cubierta.

Cuando las tres chicas con las que compartía el piso en Broome hacían comentarios, ella no se molestaba en negarlos. En cierto sentido, le venía bien que pensaran que tenía novio. Se sentía más protegida. Sus compañeras de piso eran buenas chicas. Trabajaban en Broome durante el verano y celebraban fiestas salvajes en casa todos los fines de semana.

Por un momento, le preocupó que Anthony pensara que Carlisle y ella eran amantes. Pero por otra parte, esa situación le beneficiaba. Lo peor que le podía ocurrir era un lío con el hermano gemelo de su marido. Ya tenía demasiadas complicaciones en su vida. Saldría a comer con él, respondería sus preguntas, le preguntaría ella algunas y le diría adiós.

Bella sacó la comida del frigorífico y la puso encima de la mesa, antes de empezar a quitarles los plásticos en los que iba envuelta. Levantó la primera bandeja, en la que había una gran variedad de canapés de mariscos. Luego levantó una segunda bandeja, en la que habían puesto varias lonchas de entremeses.

Cuando subió a cubierta, el sol ya casi se estaba poniendo, sus rayos dorados se habían transformado en un naranja oscuro maravilloso. Había veces que adquiría un tono rojo, como el de la sangre, antes de desaparecer en el horizonte. Carlisle tenía razón. No había puestas de sol como las de Cable Beach.

Las dos parejas inseparables se habían desplazado a un lado del barco para poder ver mejor la puesta de sol. Sandra, sin embargo, estaba pegada a Carlisle. A las mujeres como ella les interesaba poco aquel espectáculo.

Anthony se había ido a la popa del barco y estaba apoyado en la barandilla, con la mirada perdida. Era un hombre un tanto misterioso. ¿Dónde viviría? ¿A qué se dedicaría? ¿Por qué habría ido a aquel lugar perdido de Australia?

El destino había sido el que había elegido que el hermano gemelo de Edward se encontrara con ella en el lugar que había decidido esconderse.

Aunque si lo pensaba detenidamente, no estaba muy segura de que aquella hubiera sido una coincidencia. Estaba claro de que no era Edward, pero no obstante había algo extraño en toda aquella situación, aparte del hecho de que le recordara tanto a su marido.

Bella ofreció comida a todos, antes de dirigirse a proa. Cuando llegó a su lado estaba terriblemente tensa.

Anthony no pareció darse cuenta de su presencia. Estaba mirando el movimiento que hacía el barco desplazándose por el agua. Se había levantado algo de brisa y el barco se desplazaba a una buena velocidad, no como la tarde anterior, que Carlisle había tenido que utilizar el motor.

Bella frunció el ceño, mientras recorría con su mirada su cuerpo, su espalda y su trasero. Un cuerpo que conocía a la perfección.

Cuando pensó la cantidad de veces que le había clavado las uñas a Edward en el trasero, agarró las bandejas para no tirarlas.

—¿Quieres comer algo, Anthony? —logró preguntarle, sintiendo que los labios se le habían resecado.

—Delfines —fue su respuesta. Y siguió mirando los bellos animales que se desplazaban con gráciles movimientos por el mar.

A ella le gustó mucho aquella actitud tan infantil. Edward habría dicho que aquello era una pérdida de tiempo.

—A veces nos siguen todo el trayecto —le explicó—. En especial cuando navegamos deprisa. Se lo toman como un juego. Y les gusta ir a nuestro lado.

—Es como cuando un coche le echa una carrera a un tren —respondió él, levantando la cabeza.

Ella tuvo que apartar la mirada, para que él no se diera cuenta de sus emociones. ¿Cómo podía desearlo de aquella forma? Se sentía como si estuviera traicionando a Edward.

Cuando logró controlarse, fue levantando poco a poco la mirada y sonrió de forma forzada.

—¿Te gusta el marisco, o los entremeses?

—¿No lo sabes? —le dijo, sonriendo.

Ella lo miró, sin saber qué responder.

—Mi hermano y yo tenemos los mismos gustos —le dijo, mientras elegía un canapé con carne de cangrejo—. Casi en todo —añadió, antes de meterse el canapé en la boca.

Bella lo miró. Si se estaba refiriendo a su gusto por las mujeres, ella en concreto, no se le notaba en la cara.

No obstante, se sintió un poco más aliviada. Al parecer a ella era a la que más se le podía notar. Anthony no encontraría mucha resistencia, caso de intentar conquistarla. ¿Cómo iba a poder resistirse, si no había sido capaz de conseguirlo con su hermano? Y él era la viva imagen de Edward.

—¿Te ocurre algo, Bella? —le preguntó Anthony con mucha amabilidad.

—No, no, no me pasa nada —respondió—. Será mejor que vaya con los demás. Toma otro canapé.

Edward eligió uno y ella se fue con Carlisle y los demás.

El barco había virado y se estaba dirigiendo a su punto de partida, cuando Anthony volvió con el resto de los pasajeros. Carlisle les estaba contando otra de sus historias, esta vez la de un ciclón que barrió las costas de Broome.

—Pero no tienen que preocuparse —terminó diciendo—. En esta época del año no hay ningún ciclón. A excepción de la señora aquí presente —añadió en broma, dirigiendo su mirada a Bella—. Porque por un momento, ha habido más que una tormenta entre tú y ella, Anthony, ¿no crees? Aunque tu hermano debe ser de cuidado, para que Bella lo odie tanto. Porque ella es un encanto —finalizó, alargando una mano y agarrándola por la cintura.

Bella trató de mantener la calma y no derramar los vasos que aún quedaban en la bandeja. Al parecer Carlisle no había podido engatusar a Sandra. No era la primera vez que la utilizaba de forma sutil, aunque esta vez no tanto, para castigar a otra mujer. A juzgar por la cara que puso Sandra, lo estaba consiguiendo.

Bella miró a Anthony, para ver qué pensaba de aquella situación.

Tenía una expresión indescifrable. Sin embargo, al fijarse en sus manos, vio que tenía los nudillos blancos, de la fuerza que estaba haciendo con los puños.

—He de advertirte —comentó Anthony—, que mi hermano se pondría furioso si se enterara de que otro hombre le pone la mano encima a su mujer.

Carlisle se echó a reír.

—¿De verdad? Pues es una suerte que no esté aquí —dijo, tirando de Bella hacia él, mientras inclinaba la cabeza, para darle un beso en la cara.

Bella decidió poner fin a toda aquella pantomima. Se apartó y se encaró con él.

—Será mejor que no hagas bromas sobre mi marido, Carlisle. Es un hombre muy rico, poderoso y despiadado.

—Pero no está aquí, ¿no?

—Yo no estaría tan segura —murmuró Bella.

—No es un hombre al que se le pueda subestimar —comentó Anthony, mirando a Bella.

—Yo no subestimo a nadie, créeme. ¿Por qué crees que estoy aquí, en un lugar tan apartado?

—¿Quieres decir que le tienes miedo? —le preguntó Anthony, frunciendo el ceño.

—Es mejor no estar a su lado cuando se enfada.

—Puedes acusar a Edward de lo quieras, pero nunca de ser violento.

A pesar de estar de acuerdo con él, Bella se sintió molesta con la defensa tan vehemente que estaba haciendo Anthony de su hermano.

—Pareces estar muy seguro de ello. ¿Cuántos años hace que no le ves?

—Nos separamos cuando teníamos veintitrés años. Pero he procurado estar al tanto siempre de lo que hace. Sé que es despiadado con sus enemigos comerciales, pero sus ataques son siempre verbales, nunca físicos. Y sé, por ejemplo, que ha utilizado muchas veces su dinero para obras de beneficencia.

—No te creas todo lo que ponen los periódicos. Edward sabe manipular muy bien los medios de comunicación. De hecho, eso es lo que es, un manipulador nato —dijo con amargura—. Pero no creo que a nadie de los que hay aquí les interese esta conversación. ¿Quiere alguien algo más de beber?

Bella sirvió a todos, antes de disculparse y retirarse a la cabina del barco. Una vez allí, empezó a lavar los vasos, suspirando cada cierto tiempo, para intentar relajar la tensión que tenía en los hombros.

No obstante, se sintió más aliviada, tan sólo estando fuera del radio de acción de la mirada de Anthony. Estaba claro que no sabía en lo que se había convertido su hermano. Dudaba mucho que supiera la sangre fría que tenía. Como tampoco podía saber lo que más le atemorizaba de él.

Bella tenía miedo a decirle la verdad. Y la verdad era que Edward tenía tal poder sexual sobre ella, que incluso su hermano podría evocarlo si lo deseara.

Bella se estremeció al pensarlo.

—Carlisle me ha dicho que me digas dónde está el baño.

Bella se dio la vuelta y vio a Anthony a un metro escaso de ella. ¿Cuánto tiempo habría estado allí de pie? ¿La habría estado observando y oyendo sus murmullos?

Su presencia física en aquel sitio tan estrecho, le ponía muy nerviosa. Casi era imposible aguantar la tentación, al oler su fragancia y observar su masculino cuerpo. No se atrevía a mirarlo a la cara, por miedo a ver otra vez la cara de Edward.

—Está allí —le contestó, señCarlisledo las escaleras que había al fondo—. La segunda puerta a la izquierda. No la primera. Ese es el camarote de Carlisle.

Cuidado con la cabeza.

—De acuerdo —lo vio marcharse y agachar la cabeza un poco.

Pensó marcharse, antes de que él saliera, pero le pareció una tontería. Continuó lavando los platos. Cuando salió, ya había terminado. Lo miró y vio que estaba pálido. Bella nunca hubiera pensado que había ido al lavabo porque estaba mareado.

—Dios mío. Vaya cara tienes —le dijo, sintiendo pena por él—. No te preocupes. Llegaremos a tierra en unos minutos.

Anthony se la quedó mirando, como si no supiera a lo que se estaba refiriendo. Pasados unos segundos, volvió a recuperarse un poco.

—Estoy bien —le dijo—. Escucha, si no quieres que nos veamos mañana, dímelo.

A Bella le sorprendió la brusquedad con que se lo dijo, aunque lo achacó a su mareo.

—No es que no quiera Anthony. Es que…

—¿Qué? —le espetó—. ¿Es que quieres esconderte toda la vida? O es que has encontrado tu sitio aquí en este barco junto a Carlisle, y no quieres ni siquiera oír hablar de que tienes un marido en Brisbane, que puede estar preocupado por ti?

—De lo único que se preocupa Edward es de sí mismo —le contestó—. Además, ¿tú por qué lo defiendes? No le has visto desde hace diez años. Un hermano no se separa de su gemelo sin tener una buena razón. ¿Qué es lo que te hizo a ti, Anthony? ¿Te engañó con la herencia? ¿Te echó la culpa de algo que hizo él? ¿Se acostó con tu novia?

Anthony se quedó mirándola durante unos segundos.

—Lo siento, no lo sabía —le dijo, con gesto de cansancio.

—¿No sabías qué?

—Que Edward pudiera hacer tanto daño a una persona como te ha hecho a ti. Lo siento, Bella. Aunque no lo creas, era un buen chico. Yo le admiraba. Nos separamos cuando nuestro padre murió. Él le echó la culpa a nuestra madre. Le afectó mucho.

—¡No sigas defendiéndole! —gruñó Bella—. No tiene defensa. No tienes idea de lo que me hizo. Me mintió. Me dijo que me quería y se casó conmigo por otros motivos. Yo le he dado todo y él sólo me ha devuelto mentiras. Me ha utilizado. Yo sólo soy para él como un trozo de terreno, que hay que comprar y en el que hay que edificar. Yo era como una posesión, un proyecto.

Anthony asintió.

—Tienes razón. Es una conducta imperdonable. ¿Pero no crees que hubiera sido mejor discutir todo eso con él, y pedirle el divorcio si hubiera sido necesario?

—No pude quedarme —le contestó—. No lo entiendes. No podía quedarme… —se cruzó de brazos y bajó la mirada al suelo.

Con una delicadeza increíble, él le puso el dedo en la barbilla y poco a poco le subió la cabeza, hasta que sus ojos se encontraron.

—Tienes razón —le dijo—. Yo no lo entiendo. Pero si no tenías miedo de que él se pusiera violento contigo, ¿por qué huiste? ¿Por qué no lo hablaste con él? Eso hubiera sido lo más lógico.

¡Lógica! ¿Qué tenía que ver la lógica con sus reacciones hacia Edward? Desde el momento que se había cruzado en su camino, se había sentido como hechizada.

Era imposible decirle a Anthony que había tenido miedo de ella misma, de esa criatura patéticamente débil, que se había quedado al lado de su marido y había hecho el amor con él, después de enterarse de la horrible realidad. Tenía miedo de esa criatura patéticamente débil que se excitaba cuando la tocaba el hermano gemelo de su marido. Sólo tenía un dedo en su barbilla y ella estaba deseando que la estrechara entre sus brazos, la besara, la acariciara y se fuera a la cama con ella.

Y era algo que Anthony podía hacer con suma facilidad, porque al parecer su cuerpo no podía distinguir entre los dos hombres. Edward… Anthony… eran para su cuerpo una misma persona.

Cuando Anthony retiró la mano, se sintió un poco más aliviada.

—¿De qué te estás escondiendo en realidad, Bella? —quiso saber, poniendo cara de asombro—. Dime lo que te da miedo de Edward.

—No puedo —le respondió.

—¿Por qué no?

—No lo entenderías. Tú no lo conoces, como yo lo conozco.

—No —admitió él—. Eso es cierto. Pero lo conozco mejor de lo que tú piensas. Es mi otra mitad.

—Es un hombre malvado —susurró ella, cerrando los ojos, para borrar de su cabeza el recuerdo. Sin embargo, todavía podía sentir su boca, las manos en sus pechos, su cuerpo entrando en ella.

Se estremeció de forma un tanto violenta.

Abrió los ojos, justo en el momento en que Anthony estaba agarrándole las manos.

—¡No! —gritó ella—. ¡No me toques! ¡No quiero que me toques!

Por un momento, Anthony puso cara como si le hubiera dado un golpe.

—Lo siento —se disculpó ella—. No es por ti. Cuando reacciono así, no es por ti.

—Está bien. Intentaré tenerlo en cuenta.

—Escucha, tengo que irme —le dijo, de repente—. Tengo que ayudar a Carlisle a bajar las velas.

—Muy bien. Pero tenemos que seguir hablando de esto, Bella. Mañana…

Capítulo 4

Carlisle cobraba un poco más de lo que cobraban otros barcos, pero daba a los pasajeros champán, zumo de naranja y refrescos, mientras que los demás les decían que se llevaran lo que fueran a consumir durante el trayecto.

Bella suspiró, levantó la bandeja y se la llevó con cuidado a cubierta. Cuando salió, se dirigió hacia la proa del barco, donde se habían juntado todos, posiblemente porque era el sitio más espacioso, o porque era allí donde estaba Carlisle, al timón, contándoles historias de los días en que había salido a buscar perlas.

—Sí —estaba diciendo cuando se puso a su lado—. Miles de japoneses murieron, pero eso no impidió que otros más vinieran, buscando las codiciadas perlas. Ya está aquí Bella con las bebidas. Seguro que a aquellos japoneses les hubiera gustado tener una chica tan guapa como Bella a bordo, ¿no crees, Anthony?

Anthony, que estaba sentado un poco alejado de los demás, mirando el horizonte, volvió la cabeza.

—Seguro. Tienes mucha suerte, Carlisle, por tener una chica tan guapa trabajando contigo —le dijo.

Bella le sorprendió aquel comentario. Se sonrojó, al tiempo que se preguntaba si no se habría confundido al pensar que Anthony no sentía ninguna atracción hacia ella. Sus ojos sólo reflejaban curiosidad, preocupación, pero no deseo. ¿Cómo iba a sentir otra cosa, cuando acababa de conocerla?

—No encontrarás puestas de sol en Australia tan bonitas como éstas —estaba diciendo Carlisle—. En Darwin dicen que son mejores, pero en mi opinión no son comparables. Todas las puestas de sol aquí son diferentes. Yo nunca me canso de mirarlas.

Bella logró apartar su mirada de Anthony y empezó a ofrecer las bebidas. Cuando le tocó el turno a Anthony, pensó que ya había conseguido controlar sus emociones. Pero nada más mirarla, se dio cuenta de su error.

—¿Dónde podemos hablar a solas? —le preguntó. Hubiera deseado que no tuviera los mismos ojos de Edward, a pesar de que la mirase con otra expresión.

—Bueno… no sé…

—¿Esta noche? —le sugirió él.

—No, esta noche no puedo —le contestó, poniéndose muy nerviosa, nada más pensar en la inmediatez e intimidad de aquel encuentro.

—¿Por qué no? —le preguntó, levantando un vaso con refresco de la bandeja.

Edward hubiera elegido champán, pensó Bella. Le encantaba el champán. Era un hombre al que le gustaba todo lo caro. Le gustaba trabajar duro, beber mucho y el riesgo. Un hombre de extremos.

Su hermano parecía diferente. Más relajado, menos impulsivo. Pero sin embargo, lo mismo de atractivo y sensual.

Por primera vez, desde que lo había conocido, se preguntó qué haría Edward si se enterara de que había conocido a su hermano gemelo. Sólo de pensar en esa posibilidad se le revolvió el estómago. Edward había sido un hombre muy posesivo. En ciertos momentos muy celoso. Lo había demostrado con algunos hombres que la habían mirado. Estaba segura de que la odiaría, si se enteraba de que había salido con Anthony.

—Esta noche he quedado —le contestó—. Podemos quedar mañana a comer —era más seguro verlo a la luz del día.

Bella temía quedar con él por la noche. La noche era para los enamorados…

—Muy bien. Dime sitio y hora.

—¿Dónde te has alojado?

—En los apartamentos de Roebuck Bay.

No estaban lejos de donde ella estaba viviendo. Podía ir allí caminando.

—Podemos quedar a las doce, en la recepción. Y desde allí, podemos ir a cualquier sitio.

—He alquilado un coche.

—Bueno, tengo que ir a por la comida, o Carlisle me va a despedir.

—Lo dudo —oyó a Anthony murmurar, según se alejaba.

Bella frunció el ceño al oír aquel comentario. ¿Pensaría que Carlisle y ella estaban saliendo juntos? No sería la primera vez que alguien lo pensara. Varias personas habían supuesto que dormían juntos, en especial cuando ella no volvía a su apartamento después de un crucero y se quedaba en el barco a pasar la noche.

Muy pocos se podían imaginar que esas noches eran las que Carlisle había ligado con alguna viuda adinerada, a la que no le gustaba acostarse en su desordenado camarote y le invitaban a pasar la noche en sus lujosos aposentos de Cable Beach Resort. En esas ocasiones, Carlisle le daba algo más de dinero por que se quedase a cuidar del barco. Ella aceptaba encantada, porque era algo delicioso poder mirar las estrellas por la noche, tumbada en la cubierta.

Cuando las tres chicas con las que compartía el piso en Broome hacían comentarios, ella no se molestaba en negarlos. En cierto sentido, le venía bien que pensaran que tenía novio. Se sentía más protegida. Sus compañeras de piso eran buenas chicas. Trabajaban en Broome durante el verano y celebraban fiestas salvajes en casa todos los fines de semana.

Por un momento, le preocupó que Anthony pensara que Carlisle y ella eran amantes. Pero por otra parte, esa situación le beneficiaba. Lo peor que le podía ocurrir era un lío con el hermano gemelo de su marido. Ya tenía demasiadas complicaciones en su vida. Saldría a comer con él, respondería sus preguntas, le preguntaría ella algunas y le diría adiós.

Bella sacó la comida del frigorífico y la puso encima de la mesa, antes de empezar a quitarles los plásticos en los que iba envuelta. Levantó la primera bandeja, en la que había una gran variedad de canapés de mariscos. Luego levantó una segunda bandeja, en la que habían puesto varias lonchas de entremeses.

Cuando subió a cubierta, el sol ya casi se estaba poniendo, sus rayos dorados se habían transformado en un naranja oscuro maravilloso. Había veces que adquiría un tono rojo, como el de la sangre, antes de desaparecer en el horizonte. Carlisle tenía razón. No había puestas de sol como las de Cable Beach.

Las dos parejas inseparables se habían desplazado a un lado del barco para poder ver mejor la puesta de sol. Sandra, sin embargo, estaba pegada a Carlisle. A las mujeres como ella les interesaba poco aquel espectáculo.

Anthony se había ido a la popa del barco y estaba apoyado en la barandilla, con la mirada perdida. Era un hombre un tanto misterioso. ¿Dónde viviría? ¿A qué se dedicaría? ¿Por qué habría ido a aquel lugar perdido de Australia?

El destino había sido el que había elegido que el hermano gemelo de Edward se encontrara con ella en el lugar que había decidido esconderse.

Aunque si lo pensaba detenidamente, no estaba muy segura de que aquella hubiera sido una coincidencia. Estaba claro de que no era Edward, pero no obstante había algo extraño en toda aquella situación, aparte del hecho de que le recordara tanto a su marido.

Bella ofreció comida a todos, antes de dirigirse a proa. Cuando llegó a su lado estaba terriblemente tensa.

Anthony no pareció darse cuenta de su presencia. Estaba mirando el movimiento que hacía el barco desplazándose por el agua. Se había levantado algo de brisa y el barco se desplazaba a una buena velocidad, no como la tarde anterior, que Carlisle había tenido que utilizar el motor.

Bella frunció el ceño, mientras recorría con su mirada su cuerpo, su espalda y su trasero. Un cuerpo que conocía a la perfección.

Cuando pensó la cantidad de veces que le había clavado las uñas a Edward en el trasero, agarró las bandejas para no tirarlas.

—¿Quieres comer algo, Anthony? —logró preguntarle, sintiendo que los labios se le habían resecado.

—Delfines —fue su respuesta. Y siguió mirando los bellos animales que se desplazaban con gráciles movimientos por el mar.

A ella le gustó mucho aquella actitud tan infantil. Edward habría dicho que aquello era una pérdida de tiempo.

—A veces nos siguen todo el trayecto —le explicó—. En especial cuando navegamos deprisa. Se lo toman como un juego. Y les gusta ir a nuestro lado.

—Es como cuando un coche le echa una carrera a un tren —respondió él, levantando la cabeza.

Ella tuvo que apartar la mirada, para que él no se diera cuenta de sus emociones. ¿Cómo podía desearlo de aquella forma? Se sentía como si estuviera traicionando a Edward.

Cuando logró controlarse, fue levantando poco a poco la mirada y sonrió de forma forzada.

—¿Te gusta el marisco, o los entremeses?

—¿No lo sabes? —le dijo, sonriendo.

Ella lo miró, sin saber qué responder.

—Mi hermano y yo tenemos los mismos gustos —le dijo, mientras elegía un canapé con carne de cangrejo—. Casi en todo —añadió, antes de meterse el canapé en la boca.

Bella lo miró. Si se estaba refiriendo a su gusto por las mujeres, ella en concreto, no se le notaba en la cara.

No obstante, se sintió un poco más aliviada. Al parecer a ella era a la que más se le podía notar. Anthony no encontraría mucha resistencia, caso de intentar conquistarla. ¿Cómo iba a poder resistirse, si no había sido capaz de conseguirlo con su hermano? Y él era la viva imagen de Edward.

—¿Te ocurre algo, Bella? —le preguntó Anthony con mucha amabilidad.

—No, no, no me pasa nada —respondió—. Será mejor que vaya con los demás. Toma otro canapé.

Edward eligió uno y ella se fue con Carlisle y los demás.

El barco había virado y se estaba dirigiendo a su punto de partida, cuando Anthony volvió con el resto de los pasajeros. Carlisle les estaba contando otra de sus historias, esta vez la de un ciclón que barrió las costas de Broome.

—Pero no tienen que preocuparse —terminó diciendo—. En esta época del año no hay ningún ciclón. A excepción de la señora aquí presente —añadió en broma, dirigiendo su mirada a Bella—. Porque por un momento, ha habido más que una tormenta entre tú y ella, Anthony, ¿no crees? Aunque tu hermano debe ser de cuidado, para que Bella lo odie tanto. Porque ella es un encanto —finalizó, alargando una mano y agarrándola por la cintura.

Bella trató de mantener la calma y no derramar los vasos que aún quedaban en la bandeja. Al parecer Carlisle no había podido engatusar a Sandra. No era la primera vez que la utilizaba de forma sutil, aunque esta vez no tanto, para castigar a otra mujer. A juzgar por la cara que puso Sandra, lo estaba consiguiendo.

Bella miró a Anthony, para ver qué pensaba de aquella situación.

Tenía una expresión indescifrable. Sin embargo, al fijarse en sus manos, vio que tenía los nudillos blancos, de la fuerza que estaba haciendo con los puños.

—He de advertirte —comentó Anthony—, que mi hermano se pondría furioso si se enterara de que otro hombre le pone la mano encima a su mujer.

Carlisle se echó a reír.

—¿De verdad? Pues es una suerte que no esté aquí —dijo, tirando de Bella hacia él, mientras inclinaba la cabeza, para darle un beso en la cara.

Bella decidió poner fin a toda aquella pantomima. Se apartó y se encaró con él.

—Será mejor que no hagas bromas sobre mi marido, Carlisle. Es un hombre muy rico, poderoso y despiadado.

—Pero no está aquí, ¿no?

—Yo no estaría tan segura —murmuró Bella.

—No es un hombre al que se le pueda subestimar —comentó Anthony, mirando a Bella.

—Yo no subestimo a nadie, créeme. ¿Por qué crees que estoy aquí, en un lugar tan apartado?

—¿Quieres decir que le tienes miedo? —le preguntó Anthony, frunciendo el ceño.

—Es mejor no estar a su lado cuando se enfada.

—Puedes acusar a Edward de lo quieras, pero nunca de ser violento.

A pesar de estar de acuerdo con él, Bella se sintió molesta con la defensa tan vehemente que estaba haciendo Anthony de su hermano.

—Pareces estar muy seguro de ello. ¿Cuántos años hace que no le ves?

—Nos separamos cuando teníamos veintitrés años. Pero he procurado estar al tanto siempre de lo que hace. Sé que es despiadado con sus enemigos comerciales, pero sus ataques son siempre verbales, nunca físicos. Y sé, por ejemplo, que ha utilizado muchas veces su dinero para obras de beneficencia.

—No te creas todo lo que ponen los periódicos. Edward sabe manipular muy bien los medios de comunicación. De hecho, eso es lo que es, un manipulador nato —dijo con amargura—. Pero no creo que a nadie de los que hay aquí les interese esta conversación. ¿Quiere alguien algo más de beber?

Bella sirvió a todos, antes de disculparse y retirarse a la cabina del barco. Una vez allí, empezó a lavar los vasos, suspirando cada cierto tiempo, para intentar relajar la tensión que tenía en los hombros.

No obstante, se sintió más aliviada, tan sólo estando fuera del radio de acción de la mirada de Anthony. Estaba claro que no sabía en lo que se había convertido su hermano. Dudaba mucho que supiera la sangre fría que tenía. Como tampoco podía saber lo que más le atemorizaba de él.

Bella tenía miedo a decirle la verdad. Y la verdad era que Edward tenía tal poder sexual sobre ella, que incluso su hermano podría evocarlo si lo deseara.

Bella se estremeció al pensarlo.

—Carlisle me ha dicho que me digas dónde está el baño.

Bella se dio la vuelta y vio a Anthony a un metro escaso de ella. ¿Cuánto tiempo habría estado allí de pie? ¿La habría estado observando y oyendo sus murmullos?

Su presencia física en aquel sitio tan estrecho, le ponía muy nerviosa. Casi era imposible aguantar la tentación, al oler su fragancia y observar su masculino cuerpo. No se atrevía a mirarlo a la cara, por miedo a ver otra vez la cara de Edward.

—Está allí —le contestó, señCarlisledo las escaleras que había al fondo—. La segunda puerta a la izquierda. No la primera. Ese es el camarote de Carlisle.

Cuidado con la cabeza.

—De acuerdo —lo vio marcharse y agachar la cabeza un poco.

Pensó marcharse, antes de que él saliera, pero le pareció una tontería. Continuó lavando los platos. Cuando salió, ya había terminado. Lo miró y vio que estaba pálido. Bella nunca hubiera pensado que había ido al lavabo porque estaba mareado.

—Dios mío. Vaya cara tienes —le dijo, sintiendo pena por él—. No te preocupes. Llegaremos a tierra en unos minutos.

Anthony se la quedó mirando, como si no supiera a lo que se estaba refiriendo. Pasados unos segundos, volvió a recuperarse un poco.

—Estoy bien —le dijo—. Escucha, si no quieres que nos veamos mañana, dímelo.

A Bella le sorprendió la brusquedad con que se lo dijo, aunque lo achacó a su mareo.

—No es que no quiera Anthony. Es que…

—¿Qué? —le espetó—. ¿Es que quieres esconderte toda la vida? O es que has encontrado tu sitio aquí en este barco junto a Carlisle, y no quieres ni siquiera oír hablar de que tienes un marido en Brisbane, que puede estar preocupado por ti?

—De lo único que se preocupa Edward es de sí mismo —le contestó—. Además, ¿tú por qué lo defiendes? No le has visto desde hace diez años. Un hermano no se separa de su gemelo sin tener una buena razón. ¿Qué es lo que te hizo a ti, Anthony? ¿Te engañó con la herencia? ¿Te echó la culpa de algo que hizo él? ¿Se acostó con tu novia?

Anthony se quedó mirándola durante unos segundos.

—Lo siento, no lo sabía —le dijo, con gesto de cansancio.

—¿No sabías qué?

—Que Edward pudiera hacer tanto daño a una persona como te ha hecho a ti. Lo siento, Bella. Aunque no lo creas, era un buen chico. Yo le admiraba. Nos separamos cuando nuestro padre murió. Él le echó la culpa a nuestra madre. Le afectó mucho.

—¡No sigas defendiéndole! —gruñó Bella—. No tiene defensa. No tienes idea de lo que me hizo. Me mintió. Me dijo que me quería y se casó conmigo por otros motivos. Yo le he dado todo y él sólo me ha devuelto mentiras. Me ha utilizado. Yo sólo soy para él como un trozo de terreno, que hay que comprar y en el que hay que edificar. Yo era como una posesión, un proyecto.

Anthony asintió.

—Tienes razón. Es una conducta imperdonable. ¿Pero no crees que hubiera sido mejor discutir todo eso con él, y pedirle el divorcio si hubiera sido necesario?

—No pude quedarme —le contestó—. No lo entiendes. No podía quedarme… —se cruzó de brazos y bajó la mirada al suelo.

Con una delicadeza increíble, él le puso el dedo en la barbilla y poco a poco le subió la cabeza, hasta que sus ojos se encontraron.

—Tienes razón —le dijo—. Yo no lo entiendo. Pero si no tenías miedo de que él se pusiera violento contigo, ¿por qué huiste? ¿Por qué no lo hablaste con él? Eso hubiera sido lo más lógico.

¡Lógica! ¿Qué tenía que ver la lógica con sus reacciones hacia Edward? Desde el momento que se había cruzado en su camino, se había sentido como hechizada.

Era imposible decirle a Anthony que había tenido miedo de ella misma, de esa criatura patéticamente débil, que se había quedado al lado de su marido y había hecho el amor con él, después de enterarse de la horrible realidad. Tenía miedo de esa criatura patéticamente débil que se excitaba cuando la tocaba el hermano gemelo de su marido. Sólo tenía un dedo en su barbilla y ella estaba deseando que la estrechara entre sus brazos, la besara, la acariciara y se fuera a la cama con ella.

Y era algo que Anthony podía hacer con suma facilidad, porque al parecer su cuerpo no podía distinguir entre los dos hombres. Edward… Anthony… eran para su cuerpo una misma persona.

Cuando Anthony retiró la mano, se sintió un poco más aliviada.

—¿De qué te estás escondiendo en realidad, Bella? —quiso saber, poniendo cara de asombro—. Dime lo que te da miedo de Edward.

—No puedo —le respondió.

—¿Por qué no?

—No lo entenderías. Tú no lo conoces, como yo lo conozco.

—No —admitió él—. Eso es cierto. Pero lo conozco mejor de lo que tú piensas. Es mi otra mitad.

—Es un hombre malvado —susurró ella, cerrando los ojos, para borrar de su cabeza el recuerdo. Sin embargo, todavía podía sentir su boca, las manos en sus pechos, su cuerpo entrando en ella.

Se estremeció de forma un tanto violenta.

Abrió los ojos, justo en el momento en que Anthony estaba agarrándole las manos.

—¡No! —gritó ella—. ¡No me toques! ¡No quiero que me toques!

Por un momento, Anthony puso cara como si le hubiera dado un golpe.

—Lo siento —se disculpó ella—. No es por ti. Cuando reacciono así, no es por ti.

—Está bien. Intentaré tenerlo en cuenta.

—Escucha, tengo que irme —le dijo, de repente—. Tengo que ayudar a Carlisle a bajar las velas.

—Muy bien. Pero tenemos que seguir hablando de esto, Bella. Mañana…